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Ser árabe – Cuando se conjugan el corazón y la razón

Sin lugar a dudas, la cultura árabe contiene una gran riqueza de tradiciones y costumbres muy arraigadas. Estando presente en todo el mundo a través de sus expresiones culturales como la danza, música, literatura y gastronomía.

Igualmente se ha destacado por tener personalidades como Jaber íbn Hayyan, Amr Diab, Yasser Arafat, Ibn Sina, Al-Mamún, y el Profeta Muhammad.

Rasgos de esta cultura se muestran en ciudades como El Cairo, Abu Dhabi, Jiddah, Dubái, Marrakech, Luxor y Medina.

Cultura árabe

La cultura árabe se originó en la Península Arábiga, extendiéndose geográficamente por el norte de África y Medio Oriente.

Se conoce como mundo árabe al conjunto de países que hablan la lengua arábiga y que conforman la Liga Árabe. En este sentido, las naciones que conforman el mundo árabe son: Egipto, Irak, Jordania, Líbano, Arabia Saudita, Siria, Yemen, Libia, Sudán, Marruecos, Túnez, Kuwait, Argelia, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Omán, Mauritania, Somalia, Palestina, Yibuti y Comoras.

Por ello es importante señalar, que la valoración de la cultura árabe, aunque tenga vínculos históricos con el Islam, es exclusivamente lingüística, tanto que muchos musulmanes no hablan árabe y un grupo de árabes profesan otras religiones.

Nacionalismo árabe

El nacionalismo árabe procura la alianza de prácticamente todo el mundo árabe como una sola nación. De tal forma, existen tres factores que determinan si una persona puede ser considerada árabe o no.

Políticos: si vive en un país miembro de la Liga Árabe, definición que cubre a más de 300 millones de personas.
Lingüísticos: si el idioma materno es el árabe, un concepto que abarca más de 200 millones de personas.
Genealógicos: si tiene ascendencia de originarios de la Península Arábiga.

Cuando fue fundada la Liga Árabe se estableció que: “árabe es una persona que hable árabe, viva en un país de lengua árabe, y simpatice con las aspiraciones de los pueblos árabes”.

En la organización geopolítica del mundo árabe, adicional a la Liga Árabe, el territorio se divide de la siguiente forma:

Magreb: son los países que se encuentran al occidente de Egipto, como Mauritania, Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. Estas naciones conforman la Unión del Magreb Árabe o UMA.
Mashrek: está conformado por el resto de las naciones que se ubican al oriente del mundo árabe, incluyendo Egipto. La única organización existente en esta área es el Consejo de Cooperación para Estados Árabes del Golfo, integrado por Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

Entre otros organismos políticos dedicados a incentivar el desarrollo económico, político y hermandad entre los árabes, para la organización de la economía ,el Fondo Monetario Árabe, Consejo de Cooperación Árabe, Consejo Económico de Unidad Árabe, Organización de los Países Árabes exportadores de Petróleo.


Períodos históricos

Se pueden distinguir dos grandes períodos históricos de la cultura árabe, que sirvieron la culturizar a Europa.

Preislámico

Esta etapa estuvo formada por los pueblos semitas que emigraron de la Península Arábiga, caracterizados por tener un idioma parecido. Así, los babilonios, caldeos, asirios, egipcios, arameos, fenicios, nabateos, sabaneses, himaritas fueron la base de la cultura árabe. De estos pueblos que actualmente conforman el mundo árabe, sobre todo Egipto, los griegos adquirieron muchos de sus conocimientos.

Islámico

Durante este período aparece el Islam, los pueblos de origen semita se unen en torno a las prédicas de Muhammad, constituyendo una civilización árabe musulmana. Con la muerte de Muhammad, empieza la expansión del Islam y una serie de disputas por el poder político-religioso. En este sentido, los sucesores de Muhammad fueron sus discípulos, llamados califas, que instauraron los siguientes califatos.

Ortodoxo (632 -660 D.C.).

Fue el único califato elegido y reconocido por los musulmanes suníes y shiíes. Estuvo distinguido por cuatro califas: Abu Beker, Omar, Otman y Alí, quienes implantaron la Guerra Santa contra los infieles. Conquistaron Palestina, Siria, Armenia, Bizancio, Mesopotamia, Persia y Egipto, y establecieron la capital en Medina.

Omeya (660 – 750 D.C.).

Constituye el primer califato hereditario de orientación musulmana sunnita. Instauraron la capital en Damasco, e iniciaron nuevas conquistas como Beluchistán, Afganistán, Turquestán, norte de África y España.

Abásida (750 – 1242 D.C.)

Fue un califato impuesto por Abu Abbas, luego de asesinar a la familia de los Omeyas, trasladando la capital a Bagdad y posteriormente a El Cairo.

El Islam se expandió hasta las fronteras con la India, pero una cantidad de vaivenes y diferencias generaron su división en tres califatos. De esta manera la civilización árabe musulmana quedó separada en: Califato de Bagdad, Califato de Córdoba, y Califato de El Cairo.

Escritura

Se puede afirmar que la escritura árabe es el principal arte islámico, ya que está basada en veintiocho letras del alfabeto árabe que se unen entre sí, formando las palabras mediante ligeros trazos de caligrafía cursiva llamados ductus, que poseen una gran flexibilidad y elegancia, a la vez que permiten alargar o compactar palabras.

Antes de la llegada del Islam, la mayoría de los árabes rendían culto a varios dioses como Hubal, Wadd, Al-Lat, Manat y Uzza. En ese entonces, algunos pueblos profesaban el cristianismo, otros el judaísmo y un grupo muy reducido, los hanif, rechazaban el politeísmo. Con la expansión del Islam, la mayoría de los árabes se convirtieron en musulmanes, desapareciendo las tradiciones politeístas.

Las principales corrientes de la religión islámica

Sunnitas: constituyen la rama más grande del Islam, y profesan los preceptos establecidos en las enseñanzas de Muhammad. Los sunitas dominan la mayoría del territorio del mundo árabe, especialmente al norte de África.

Shiitas: son los seguidores del yerno de Muhammad, llamado ‘Ali , al cual consideran su sucesor legítimo. Predominan en Bahréin, sur de Irak, adyacencias de Arabia Saudita, sur de Líbano, algunas partes de Siria, norte de Yemen, sur de Irán, y en las costas de Omán.

Otras corrientes son el sufismo, el jariyismo y yihadismo.

Dentro de la religión de la cultura árabe, los cristianos siguen a las iglesias maronitas, coptas, siriacas y griegas ortodoxas, en cambio los judíos no son considerados árabes.

También existe una pequeña comunidad drusa, una rama minoritaria del Islam, que se encuentra principalmente en Siria, Líbano y Jordania.

En la cultura árabe existen diferentes tipos de símbolos y costumbres de acuerdo a cada región, pero hay algunas que generalmente son una constante.

Vestimenta

Existe una tendencia a ser conservadores en la vestimenta, y en muchas ocasiones difieren de la forma de vestir occidental. Por ejemplo, las mujeres en Egipto usan un pañuelo para cubrir su cabeza llamado hijab, mientras que en Arabia Saudita se cubren la mitad inferior de la cara con un niqab, contrariamente, en Líbano el estilo es más occidental. Los hombres se visten con túnicas y camisas largas u otros usan trajes o jeans con una camiseta.

Para los árabes los valores como la lealtad y el honor son importantes en las relaciones para establecer la confianza. El sentido de la amistad, en esta cultura, es tomado muy en serio, por ello son muy selectivos. Ello incide en la interacción masculina, por ejemplo, cuando dos amigos se encuentran, se abrazan, se intercambian besos en la mejilla o se cogen de la mano si van caminando, no indicando esta conducta una preferencia sexual. Usualmente los hombres cuando conversan con una mujer no mantienen un contacto visual, y menos le estrechan la mano.

También, las leyes del matrimonio en el mundo árabe, le permiten al hombre tener hasta cuatro esposas al mismo tiempo.

Otra característica de la cultura árabe es la arguile, una pipa de agua que se suele fumar entre varias personas.

Una frase muy frecuente en la cultura árabe es In Shâ Allâh, que quiere decir si es lo que Dios quiere.

Legado árabe

El legado que le ha dado la cultura árabe a la humanidad aparte de inmenso, ha sido muy valioso.

Medicina.

En la antigua cultura árabe se descubrió la circulación de la sangre, se realizaban operaciones con anestesia y amplia tecnología.

Farmacia.

Los árabes fueron excelente alquimistas, descubriendo fórmulas químicas que se usan actualmente en muchas medicinas.

Química.

Lograron la extracción de minerales y metales, la mezcla de colores, el curtido del cuero y otras técnicas que surgieron de los procesos de investigación de sustancias químicas.

Fueron los pioneros en elaborar el papel de algodón, que sirvió posteriormente para que los europeos desarrollaran la imprenta.

Geografía.

No solamente en la cultura árabe se perfeccionó la brújula, debido al gran conocimiento astronómico, sino que también, elaboraron la cartografía que posteriormente utilizó Colón para “descubrir” América.

Arquitectura.

Sobresalieron en la construcción de muchas mezquitas con unos diseños propios y decorados en marfil, madera, yeso esculpido, mosaicos.


Otros aportes

En los números y la matemática fueron los precursores del cero, álgebra, trigonometría y geometría. De igual forma se le asigna al califa y poeta Al-Mamún la inspiración de la famosa obra Las mil y una noches.

La gastronomía árabe se ha internacionalizado con platos como el kebbe, cuscús, falafel, maqluba, hummus, shawarma, etc.

Vestimenta:

En la vestimenta árabe está prohibida la valoración de la mujer por su belleza física, el vestuario femenino es variado y se caracteriza por algunas indumentarias que no impiden el cumplimiento de su rol en la sociedad, siendo una de las más conocidas el hiyab. La forma en la que visten se basa en lo que reglamenta el Corán, de esta manera, se enfoca en aspectos tales como: no debe ser estrecha, transparente, imitar alguna moda y evitar los colores llamativos. Sin embargo, existen variaciones en la manera de vestir en los países que componen la cultura árabe.

Un requisito fundamental de la vestimenta árabe, es que el hombre debe cubrir el awrah, es decir, la parte del cuerpo entre el ombligo y las rodillas, igualmente, los atuendos deben ser sencillos, ligeros y no ceñidos al cuerpo. Generalmente, en los países del mundo árabe, los hombres utilizan como prenda diaria una túnica ancha de mangas largas que llega hasta los tobillos, llamada thawb o suriyah, que en verano es de algodón blanco y en invierno de lana oscura, además, lo acompañan con un turbante o kufiyya que usan en la cabeza, representando uno de los símbolos árabes.

Aunque en la cultura árabe está prohibida la valoración de la mujer por su belleza física, el vestuario femenino es variado y se caracteriza por algunas indumentarias que no impiden el cumplimiento de su rol en la sociedad, siendo una de las más conocidas el hiyab, que es una mantilla que cubre completamente la cabeza y el cuello, representando un símbolo tanto religioso como femenino con una gran variedad de estilos, como el niqab que oculta el rostro dejando al descubierto los ojos, también el al-amira, un manto de dos piezas ajustados a la cabeza, mientras que el shayla, por su largo envuelve la cabeza y se pliega en los hombros, o el khimar, que forma una capa que llega hasta la cintura arropando el cabello, el cuello y los hombros.

Entre otros tipos de vestimenta árabe femenina está la reconocida burka, un vestido que encubre absolutamente todo el cuerpo menos los ojos, igualmente, el chador que es una manta muy usada por las iraníes fuera del hogar, o la chilaba, que abriga desde el cuello hasta los tobillos, y es llevada encima de la ropa solo para salir a la calle, de un lugar a otro.

Ciertamente, cada uno de los países que configuran la maravillosa cultura árabe ha realizado sus adaptaciones a estos vestuarios, siempre respetando los cánones que rigen sus tradiciones, es por ello, que la vestimenta árabe se ha convertido en un elemento con mucha información sobre este particular estilo de vida.

Con información de  Cultura10

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Al-Wazzani, maldito entre malditos

Se concibe al África Negra como una región inerte, brutal, no civilizada… salvaje.
Se concibe al África Negra como una región inerte, brutal, no civilizada… salvaje.

“Los términos sustitutos de África del Sur o al norte del Sahara no logran disimular ese racismo latente. Aquí se afirma que el África Blanca tiene una tradición cultural milenaria, que es mediterránea, que prolonga a Europa, que participa de la cultura grecolatina.

Se concibe al África Negra como una región inerte, brutal, no civilizada… salvaje. Allá se escuchan todo el día reflexiones odiosas sobre violaciones de mujeres, sobre la poligamia, sobre el supuesto desprecio de los árabes por el sexo femenino.

Todas estas reflexiones recuerdan por su agresividad las que se han descrito tan frecuentemente como propias del colono. La burguesía nacional de cada una de esas dos grandes regiones, que ha asimilado hasta las raíces más podridas del pensamiento colonialista, sustituye a los europeos y establece en el Continente una filosofía racista terriblemente perjudicial para el futuro de África”

(Frantz Fanon, Los Condenados de la Tierra).

África es una realidad polisémica. Los signos culturales se entrelazan creando realidades complejas y, en muchos casos, alejadas para el occidental, que siente el deseo de acercarse a ellas. Etnias diversas, fronteras borrosas, historias míticas o la oralidad dificultan la comprensión de cualquiera que intente analizar esos signos desde los que se construye la imagen de África. Por eso, la tentación del orientalismo fue reducir estos signos a la categoría de subalternos, primitivos o exóticos.

A finales del siglo XIX, el colonialismo —impulsado por razones fundamentalmente económicas— fomentó estas visiones desde un ámbito académico. Los profesores de prestigiosas universidades europeas, legitimados por una visión positivista de la antropología y la historia, pontificaban sobre relatos de exploradores, manuscritos robados y algún otro paraíso perdido que tendrían que civilizar. Este tipo de discursos se fundamentaba en otros anteriores como, por ejemplo, los de Hegel, quien en sus Lecciones de Filosofía de la Historia dice: «Lo que entendemos como África es lo segregado y carente de historia, o sea lo que se halla envuelto todavía en formas sumamente primitivas que hemos analizado como un peldaño previo antes de incursionar en la historia universal».

La opinión de Hegel es un síntoma de lo que se avecinaba, aunque él mismo no tuviese en mente cómo sus palabras transformarían África. Para los etnólogos y científicos de la época, la realidad era lo que se daba en los datos y eso, en una mentalidad sin hermenéutica, convertía en realidad aquello que argumentaba el emisor del discurso. Las primeras décadas del siglo XX no fueron mucho mejores. África acabó siendo controlada por los alumnos de esos profesores que, traicionando la idea de que la ciencia debe ayudar al progreso, la usaron al servicio de las autoridades para dominar a las poblaciones indígenas. Como explica Fanon, muchos de ellos se esmeraron en crear unas élites europeizadas que ayudaran a proseguir con ese mito del África negra por generaciones.

La modernidad, a partir del siglo XVI, produjo una concepción epistémica abismal —como explica Boaventura de Sousa Santos— con la que se absolutizó la propuesta intelectual occidental científica, metafísica y mecanicista como la única posible. Esta estaba fundada tanto en una estructura que cartografiaba la realidad como en la necesidad de excluir al «otro», es decir, en la reafirmación de la idea de la existencia de una sola estructura de realidad respecto al poder y a la verdad. El poder absoluto de las monarquías occidentales también adoptó esta epistemología de la razón y de la anulación de lo diferente para justificar su expansión colonial. Con ello generó una serie de subalternos, objetos de conocimiento que no llegaban a sujetos para este paradigma moderno. De entre estos subalternos destacan los negros, quienes fueron malditos por su color de piel y por vivir en un paralelo diferente.

Tan malditos quedaron, que dieron con sus huesos en los ingenios de caña de azúcar de Cuba y en los cafetales de Colombia. Para aquellas mercedes, los doctos licenciados de la modernidad, los negros no valían nada, no tenían alma, no tenían existencia. Filósofos como Hume, Kant o Hegel lo dejaron claro años después en textos referenciales para la historia del pensamiento Occidental. Los negros poco valían entonces, y esta maldición se prolonga hasta nuestros días. Los episodios de la valla en la “triste frontera” lo atestiguan y el racismo institucional cotidiano lo remarca. De poco vale mencionar los manuscritos de Tombuctú o las historias del rey Son-Jara Keïta, el mítico Rey León quien sometió a los reyes-brujos del Sahel.

«El otro» se separaba por un tremendo abismo de ignorancia. Sin embargo, hubo un tiempo que no fue tan así. En el mundo andalusí África siempre estuvo muy presente, para África —llamada Bilad al-Sudan en árabe— Al-Ándalus también fue siempre una referencia. Aún hoy a la jurisprudencia se la llama andalusí y cientos de manuscritos guardan colofón con mención a Al-Ándalus. La cultura mauritana es en sí una mezcla suntuosa de la presencia andalusí, la fiereza bereber y el encanto de más allá del río Senegal.

Pero quizás de entre todos los andalusíes que viajaron a África pocos —a excepción del fascinante arquitecto y sabio andalusí al-Saheli— llegaron a conocerla tan bien como Hassan Ibn Muhammad al-Wazzani, a quien el Papa de Roma le impuso el nombre de Juan León el Africano.


Autor de la Della descrittione dell’Africa et delle cose notabili che iui sono, al-Wazzani (por respeto a su memoria utilizaremos su verdadero nombre) fue un maldito entre malditos. Curiosamente ser maldito suele ir acompañado de sabiduría, algo que no le faltaba a este granadino universal. Nacido como mudéjar (un musulmán nacido bajo dominio cristiano), su familia se vio obligada a partir al exilio tras la toma de Granada. Estudió en la prestigiosa Universidad de al-Qarawiyyin (Fez, Marruecos) y muy joven participó en una delegación diplomática al Songhay (actual Mali) desde donde realizó la ruta hacia la Meca a través de la tradicional ruta africana visitando diversos países del mundo islámico.

Años después, en 1518, sería capturado por piratas cristianos y vendido como esclavo. Al darse cuenta de su inteligencia y cultura fue llevado a Roma donde fue liberado por el Papa León X y bautizado a la fuerza, a fin de cuentas había que darle un «alma» y cierta «existencia ontológica» al pobre infiel. Sirvió en el Vaticano hasta la muerte del Papa en 1521, a partir de entonces sobrevivió como traductor por Italia, volviendo posteriormente a Túnez donde se reconvertiría al Islam y moriría allí. Su obra fue publicada por Giovanni Ramusio en 1550 y se convirtió en uno de los libros más fascinantes publicados en el renacimiento europeo.

Su obra es una de las fuentes principales para comprender que era África y justificar su importancia en la historia. La descripción que hace al-Wazzani en su libro es calmada, detallista y asombrada. A diferencia de Ibn Battuta, no suele juzgar moralmente y se deja cautivar por la belleza del lugar. Es un libro pre-moderno, es decir, ni es científico ni lo pretende. Es un relato, una narración de cómo se viaja y qué se ve.

Della descrittione le dedica su libro séptimo al Bilad al-Sudan, la tierra de los negros. Hassan al-Wazzani se permite el lujo de introducir detalles históricos típicos de las crónicas árabes. Genealogías, líneas reales y las trazas del poder son los objetos de deseo histórico de nuestro autor, que se entremezclan con datos geográficos. Mención especial merecen las descripciones de las ciudades de Tombuctú y Gao. Como detalle se cita a Ishaq al-Saheli al-Garnati bajo la imagen de «un arquitecto de la Bética», quien construyó la mítica mezquita para el emperador Kankan Musa. De la mítica ciudad de Gao queda fascinado por su arquitectura también del arquitecto granadino. El texto prosigue hasta llegar a la mítica Agadez —ciudad de los reyes tuaregs—, a cinco de las siete ciudades hausa: Kano, Katsina, Zaria, Zanfara y Gobir. También habla al-Wazzani  de la mítica Borno, el reino islámico más antiguo de África, terminando con la mítica Nubia al sur de Egipto. Una joya para todo aquel que guste de narraciones de otros tiempos.

Algunos autores señalan que al-Wazzani, probablemente, no visitó estos lugares porque el itinerario no es real. Pero el historiador finlandés Pekka Massonen indica que este tipo de libros no hay que verlos en clave científica, sino como relato puesto en orden años después. El valor de la obra, y si nos atrevemos de la figura incluso, de al-Wazzani es otro, más allá que la pretensión moderna de verdad y empirismo. Se trata de la experiencia de la convivencia en un entorno distinto, extraño y complejo, y el no extrañarse más allá de lo normal. Esto es algo típico de las maldiciones de la modernidad, excluirte o desprestigiarte si no juegas con su método.

Aunque suene obvio esto, no lo es. Al-Wazzani transmite, a lo largo de su monumental obra, una realidad muy extraña con normalidad. Por otra parte, no debe sorprendernos porque en la época los musulmanes se preocuparon mucho de articular las diferentes realidades a través del comercio o la cultura como ocurría en Tombuctú. De hecho, el caso de Tombuctú no es algo raro porque comercio y conocimiento iban unidos, al igual que en Meca. Los lugares que atraían extranjeros para comerciar tenían siempre un exceso de sabiduría porque había intercambio, bibliotecas y adquisición de nuevas habilidades y de otras culturas. Hoy en día no son pocos especialistas los que mencionan que la mayor parte de la herencia esotérica africana se la debe al Islam. Curiosamente este universo africano de los songhay o de los hausas es diferente a otras partes del mundo islámico y sin embargo se unen por la sed de conocimiento fundamental. Recordemos que así se salvó a Platón, Aristóteles y a Hipócrates de perecer en el olvido.

La obra de al-Wazzani requiere en castellano una revisión urgente. La edición castellana de Serafín Fanjul —conocido por su pública aversión a al-Ándalus y marcada islamofobia— publicada por El Legado Andalusí no satisface todos los puntos que requeriría una magna obra como la del granadino, siendo una crepuscular imitación de la magna edición francesa de Alexis Epaulard. De los episodios del Sudán hay una excelente traducción y edición del Profesor John Hunwick en su libro Timbuktu and the Songhay Empire.

La figura de Hassan al-Wazzani representa a un maldito en sí mismo. Hijo de malditos que huyeron de la persecución y el genocidio de la triunfante modernidad. Que fue maldecido nuevamente tras violentar su conciencia, acabando cuestionada su obra por no plegarse a los oscuros deseos de «objetividad» de la ciencia. Sin embargo, este texto fue la fuente principal para todos los geógrafos de la modernidad, porque este maldito estuvo en Tombuctú con otros malditos y alimentaron el mito de aquella ciudad donde rebosaba el oro. Una conjunción de malditos que aún hoy alimenta la imaginación de los que hemos decidido vivir en la frontera.


Antonio de Diego Gonzalez: Al-Wazzani, un maldito entre malditos. Publicado en Malditos. Secreto del Olivo, edición en papel, número 2, Córdoba, 2016. Con información de AIM.

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El cortijo de los desposeídos

Un trabajador lleva un cubo de agua a la cocina de un cortijo abandonado en el que vive en Níjar, Almería ©Santi Palacios
Un trabajador lleva un cubo de agua a la cocina de un cortijo abandonado en el que vive en Níjar, Almería ©Santi Palacios

“Vivir aquí es una mierda”. Mussa sobrevive desde hace años hacinado en un cortijo abandonado, sin luz, agua corriente ni esperanza. Cada mañana, a las siete y media se planta en la rotonda de San Isidro de Níjar y espera a que algún “jefe” de los invernaderos pare y le ofrezca un jornal. Así, buscándose la vida desde hace ocho años, cuando llegó a España. Como él, miles de trabajadores viven en decenas de asentamientos y cortijos abandonados y camuflados entre los plásticos del campo almeriense, según el recuento de las organizaciones que trabajan con los migrantes. Son trabajadores indigentes, que sacan adelante y en resignado silencio las cosechas que venden en los supermercados de media Europa. Este es el Calais español, invisible a ojos de unas autoridades que miran hacia otro lado.

Cae la tarde y van llegando al cortijo de Mussa (nombre ficticio) un goteo de subsaharianos montados en bicicleta, agotados y cubiertos de polvo. Da comienzo entonces el trasiego de cubos de agua para lavarse detrás de una tela roja a cielo abierto. Una persona, un cubo. Es la ley no escrita y exótica en un país en el que el agua sale del grifo como por arte de magia. Después un trabajador cocinará para todos en un hornillo mugriento y quedarán listos para dormir amontonados en un sótano lúgubre y helador.

En este cortijo hay gente de Mali, otros de Costa de Marfil y de Mauritania. En el pueblo les llaman “los morenos”. Los hay que llegaron en patera hace diez años y otros sorteando la valla de Melilla en el gran salto de hace un par de años. Algunos tienen papeles y otros no. Hay un grupo que ha llegado hace poco de un cortijo vecino, donde vivieron años dentro de un aljibe vacío hasta que el dueño les echó hace unos días.

Luego llega Kamagate de recoger tomates cherry. Cuenta que desembarcó en Canarias en patera hace más de siete años en plena crisis de los cayucos. Eran tiempos de ilusión y de proyectos de vida que con los años se han tornado en amargura y resignación. Ha probado suerte con la agricultura por media España y piensa que el tajo de Almería es el peor de todos. “Pensé que esto iba a ser totalmente distinto, que en dos años tendría un buen trabajo. Casi no conozco a mi hija de ocho años. Mi cabeza no está tranquila”. Otro trabajador, también llegado a Canarias desde Malí explica que tiene papeles “porque un jefe bueno se los hizo”. En penumbra y sentado en una silla de hospital desvencijada hace recuento junto a sus compañeros de los días que han trabajado. Los que mantienen contactos bien engrasados con los “jefes” les llaman directamente el día que les necesitan. El resto son carne de rotonda. Explican que algunos dicen que no tienen papeles aunque los tengan para tener más posibilidades de trabajar. Cobran entre 30 y 35 euros por ocho horas de trabajo. Hablan de jefes buenos y jefes malos, de una arbitrariedad ajena a las condiciones de trabajo reguladas; como si aquí rigieran relaciones laborales propias de otra época.

Un trabajador subsahariano de los invernaderos de Almería muestra sus manos en Níjar ©Santi Palacios
Un trabajador subsahariano de los invernaderos de Almería muestra sus manos en Níjar ©Santi Palacios

Junto a los veteranos, los recién llegados que aún conservan el entusiasmo. Como un chico de Costa de Marfil que asegura que llegó hace cuatro meses en zodiac a Tarifa en el quinto intento. “Fue difícil, pero gracias a Dios estoy aquí”. Dice que sí, que en su país los que vuelven les dicen que la vida aquí no es fácil, pero también dice que llegan con ropa nueva y cochazos y entonces no les creen. De momento no ha conseguido trabajo más allá de alguna media jornada suelta. “Veo a mucha gente que cada mañana sale a trabajar y pienso, un día yo también voy a trabajar”.

Ya es noche cerrada, cuando dos coches de policía se presentan armando cierto escándalo en el cortijo. Han recibido una llamada alertándoles de una pelea, pero resulta que no es aquí. “Hace diez años los inmigrantes [sin papeles] corrían cuando veían a la policía, ahora ya no. ¿Para qué?”. Los agentes confirman que estos asentamientos están dejados de la mano de Dios, que los trabajadores inmigrantes parecen no importarles a nadie y que los servicios sociales “están saturados y no pueden encargarse de esta gente”. Mientras el policía habla, un habitante del cortijo desdentado que ha perdido la cabeza pasa dando gritos. “Es una pena vivir así”, termina el agente.

Recuperación económica

Un kilómetro escaso más allá, en otro cortijo abandonado, a los trabajadores les da la risa floja cuando se les pregunta por la recuperación económica,. “La recuperación no es para los inmigrantes, eso es para los ciudadanos. Todo el mundo lo sabe”, dice un joven con chándal y chancletas de plástico blanco sentado en una silla de oficina desahuciada. Unas flores sembradas en el orificio de una pila de neumáticos dan fe de los esfuerzos por adecentar el campamento. “Somos negros pero somos humanos”. Un trabajador con una bombona de butano en equilibrio inestable sobre la barra de una bicicleta entra en el recinto. Por momentos da la impresión de estar en otro país, en otro continente.

A menos de una decena de kilómetros de este cortijo se esconde La Paula, un poblado chabolista construido con plásticos. Allí vive más de un centenar de marroquíes, conocidos en el pueblo como “los moros”. Se les ve caminando por la pista agrietada que une Paula con la carretera. Aquí, como a otros asentamientos no llega el transporte público. A la hora de la oración, los trabajadores van saliendo de sus casetas y rezan en la mezquita semienterrada y construida también con plásticos. En el muro de una nave abandonada se lee una pintada en árabe que más bien parece una broma de mal gusto: “Prohibido tirar basura”.

Cuentan en La Paula que llevan aquí muchos años. Que algunos se fueron a otras zonas de España a trabajar en la construcción, pero que la crisis les devolvió a la chabola, a la casilla de salida. “España es como Marruecos. Yo quiero ir a Berlín”, dice Mohamed. Llegó aquí hace nueve años y gana entre 600 y 900 euros al mes. El problema es que no hay trabajo todos los meses. Todos son hombres y la mayoría tiene papeles pero trabaja sin contrato. “Almería no da derechos a los extranjeros. Aquí trabajas 30 días y figuras cinco en nómina, o te pagan como media jornada”. Pero en general, aquí nadie tiene muchas ganas de hablar. ¿Para qué? No confían en que vaya a servir para nada. Son demasiados años de tozuda realidad como para fantasear con buenas noticias.

Cae la noche y en San Isidro apenas se ve población autóctona en la calle. Dicen los vecinos que con tantos forasteros no se sienten seguros. El censo de Níjar indica que hay 12.404 extranjeros en el municipio, que representan cerca del 42% de la población, sin contar los más de 4.000 de los asentados que calcula Cepaim, una organización de apoyo a los migrantes que trabaja en la zona. En los bares, se repiten los mismos argumentos: que los extranjeros destrozan las casas cuando alquilan, que son de otra cultura e incapaces de adaptarse y que en la zona hay robos y que es lógico, dicen que los autores sean los que no tienen de qué vivir. La alcaldesa de Níjar, Esperanza Pérez, rebaja la cifra de asentados a medio millar y dice que uno de los problemas es que son terrenos de propiedad privada y que evalúan la construcción de alojamientos de temporeros. Duda además, de que los inmigrantes lleven tanto tiempo aquí como aseguran.

Al día siguiente, Andrés Góngora, responsable de frutas y hortalizas de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos, COAG ofrece su interpretación. Asegura que los explotadores son apenas un puñado de manzanas podridas y que las inspecciones de trabajo son muy duras; que la inmensa mayoría de los agricultores cumplen la ley. “Somos 17.000 agricultores y tiene que haber de todas clases”. El principal problema, piensa, es que las grandes cadenas de supermercados les aprietan y tienen muy poco margen para subir los salarios. El cambio climático, explica ha acelerado la producción y pulverizado el equilibrio de la oferta y la demanda. Eso hace que se decanten por cultivos que precisan poca mano de obra, como las sandías que comienzan a asomar en su invernadero de 10.000 metros, en el que no hay un solo trabajador. “La situación es grave. Este año se han arruinado muchos agricultores. No hay quien aguante. Los agricultores están en los bancos renegociando las hipotecas de los invernaderos”. Calcula que el 70% de los trabajadores del municipio son extranjeros.

Preocupación por los autóctonos

Eva Moreno, coordinadora de Cepaim, coincide en que el problema trasciende a los agricultores y cifra en más de 60 los asentamientos. Su organización pide a la Administración que ofrezca alojamientos y que de momento al menos recojan la basura. “Los inmigrantes son gente que trabaja y que consumen en las tiendas y que contribuyen a que Níjar salga adelante. Los que no están documentados es porque no les hacen los papeles”. Las pocas veces que se hace algo, se lamenta, es para desalojar a los migrantes sin ofrecer soluciones alternativas.

Ya en la capital, Gracia Fernández, delegada del Gobierno de la Junta de Andalucía reconoce que hay gente viviendo en asentamientos junto a los invernaderos en toda Almería, aunque dice que no disponen de cifras y se explaya en el discurso oficial. Dice que en Andalucía la integración social de los inmigrantes es buena, que la vivienda es competencia del municipio y pide al Gobierno central recursos para viviendas sociales. “Nos preocupan los inmigrantes, pero también los autóctonos, muy afectados por la crisis”. Sostiene además que muchos inmigrantes aguantan en la indigencia porque prefieren ahorrar para enviar remesas a sus países.

En los cortijos todos dicen que preferirían vivir en un piso. También el joven que llegó a Melilla en zodiac, que no se atreve a explicarle a sus padres cómo vive, porque están felices de que haya llegado a Europa. “No les cuento lo difícil que es esto para que no se pongan tristes”. Imposible contarles que el sueño era esto.

Por Ana Carbajosa
Con información de El País

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