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Aletría con Costillejas – Cocina murciana con raíces árabes

Aletría con Costillejas
Cocina murciana con raíces árabes

Aunque el trigo se ha cultivado en Murcia desde hace siglos, fueron los árabes quienes consiguieron primero grandes cosechas de éste y de otros cereales en los campos de Sangonera y el valle del Guadalentín. Cosechas que se transformaban en pan, guisos de trigo, migas, y en una pasta elaborada con forma de fideos gordos que ellos llamaron Al-Atriya y que nosotros todavía en la actualidad conservamos y llamamos «aletría». Y a todo ello le sumaban el caldo de ave y la cebolla para su enriquecimiento; los cristianos, amantes de todo lo referente al cerdo, les echaron sus productos y lo impregnaron de su sabor; más tarde, los tomates sirvieron también para ponerles colorido y darles su peculiar sabor.





Temporada de consumo: invierno
Tiempo de realización: 50 minutos
Dificultad: mínima
Maridaje – Vino sugerido: Tinto

Valores nutricionales

Proteínas: 116 gr
Grasas: 37 gr
Hidratos de carbono: 260 gr
Aporte energético: 460 kcal/persona = 1837 kj


Ingredientes
Para 4 comensales

1/4 Kg de aletría (fideos gordos)
400 Gr de costillejas
1 1/2 Kg de tomates maduros
1/2 Lt de caldo de ave (o una pastilla de caldo de pollo)
50 Gr de queso rallado
1 cucharada de mantequilla
1 vasito de aceite
1 cebolla
Sal y un pellizco de azúcar




Preparación

Los fideos se cuecen en abundante agua hirviendo, con un poco de sal y un chorrito de aceite durante 15 minutos, luego, se escurren (sin pasarlos bajo el agua), y se reservan.

Cuando haya calentado el aceite vertido en una cazuela de barro, se echan las costillejas y la cebolla muy picadita. Ya doradas, se añaden los tomates, pelados y picaditos, una punta de azúcar, y se deja hacer lentamente, durante 15 minutos.

Pasado el tiempo, se riegan con el caldo, y a los 3 minutos, se incorpora la pasta hervida y reservada con anterioridad.

Tras mezclar la mantequilla y el queso, se incorpora el resultado a la cazuela, se revuelve y se deja cocer el preparado durante 3 minutos.

Se degusta en la mesa recién retirado del fuego, todavía caliente.


Por M. A. Díaz Párraga

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El Zéjel como modelo estrófico

Pero es el zéjel, una de las formas poéticas más tradicionalmente andalusíes, además de la muwassaha, el tipo de estrofa árabe cuya influencia más se aprecia en diferentes aspectos de la poesía popular europea.

Ya desde el siglo XVIII se había señalado a esta estrofa como el antecedente del metro y la rima de los trovadores. Posteriormente Ribera en 1912 1, presentó una teoría sobre esto al dar a la luz pública el Cancionero de Ibn Quzman, que, al ser editado por Nykl en 1933, reclamó la atención de todos los romanistas europeos.

Hay múltiples trabajos señalándolo como el precedente del villancico europeo. Menéndez Pidal apoyó esta tesis en 1937, expresando en síntesis que hay un parentesco entre el sistema de versificación árabe y el románico y que es de suponer que la poesía románica imitó a la árabe, desarollándose a la vez en dialecto andaluz, mozárabe, gallego y provenzaI. 2




Trabajos de Ribera acerca de la música de las Cantigas 3, apuntan a que Alfonso X el Sabio, gran conocedor de la lengua y la cultura árabes a través de su Corte en Toledo, utilizó para la mayoría de sus Cantigas la estrofa zejelesca, aunque adaptándola a la finalidad religiosa que pretendía, porque, según Americo Castro: «El poeta combinó sus versos con una melodía dirigida al alma y no al entendimiento … », y, puesto que la expresión del alma no podía emmarcarse en la racionalidad de la épica castellana, puso sus estrofas en zéjeles, porque, «expresar la intimidad en Castilla, llevaba a caer directa o indirectamente en el humanismo árabe, y por ser así, no sintió urgencia el castellano en hacer patente la intimidad de su alma» 4.

Por C. Del Moral Molina


Notas:

  1. Discurso de entrada en la Real Academia Española, publicado en 1928. Cf. VERNET, J. (1978) La cultura hispanoárabe en Oriente y Occidente, op.cit., 281-282
  2. ibid.,283.
  3. CL RIBERA, J. (1922) La Música de las Cantigas. Madrid.
  4. Cf. CASTRO, Americo (1983) España en su Historia. Cristianos. moros y judíos, Barcelona (2″ ed.), 324-325.

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Invocación de la historia árabe-islámica por escritores occidentales

Washington Irving y sus amigos literarios

El material árabe-islámico se utiliza como un nuevo campo para algunos escritores occidentales que desean sobresalir a través de invertir temas nuevos derivados de fuera del mundo industrial y sus temas consumidores. El material árabe era un campo de juego y trasfondo intelectual para varios escritores que querían jugar el drama de la ambición personal y el apego individual. 1 Por lo tanto, los materiales árabes e islámicos se usaron en un amplio espacio que podría preparar a los aspirantes con nuevas ideas que nunca les precede a ellas alguien antes. Observemos la carta personal del gran orientalista Charles Doughty a su amigo orientalista Hogarth, en la que expone los motivos de escribir su libro famoso Arabia Deserta (Arabia Desierta):

Los volúmenes de Arabia Desierta tenían necesariamente un tono personal. Una de las principales causas de su escritura fue, junto a la intersección de la vida semítica en tiendas de campaña, mi aversión al inglés victoriano; y deseaba mostrarlo, y pensé que podría ser capaz de demostrar, que había algo diferente más (Taylor,s.f.:1).



También en la segunda carta a Hogarth, Doughty confirmó a las aspiraciones paralelas, como el deseo de adular y enriquecer la literatura inglesa, ya que descubriera que los materiales árabes podrían facilitar el renacimiento de la excelencia literaria que disfruta el inglés en los siglos medievales, de la siguiente manera:

No fue mi intención principal de escribir Arabia Deserta representar la exposición de viajes personales entre personas de importancia bíblica, así como un intento de hacer un esfuerzo ideal para reanudar la antigua tradición de los poetas Choser y Spencer, resistido con todo el poder de la decadencia del inglés: si bien mi trabajo debe ser importante para los orientalistas, debe ser su contribución a mi vida, hasta el momento, en la literatura (Hogarth, 1928: 114-115.)

Por otro lado, las ideas y los materiales culturales árabes no eran un campo abierto para mentes inteligentes como Doughty, que querían explorar los mundos olvidados para demostrar sus genios. Tales ideas y temas sin fundamento brindaron una oportunidad de oro para los escritores fracasados en Occidente al invertir oportunidades de sus viajes al este para escribir y componer. James Mackintosh, el fundador de la Sociedad Literaria en Inglaterra, expresó claramente esta motivación cuando afirmó que: ‹‹había luchado para crear una dirección espiritual general entre aquellos cuya única contribución al aumento del conocimiento. Se derivaba de los tesoros de Oriente. He intentado de promover las consignas generales de la tradición histórica que hasta ahora parecen haber sido olvidadas›› (Yapp, 1962:344).

También el historiador alemán de Gustav Weil, se incluye en su libro History of the Caliphs este tipo de aspiración individualista, porque este historiador ha hecho su trabajo para presentar un libro gigante paralelo a La Historia de los papas de Leopold von Ranke (Dunlop, 1962: 329).

El representante de la literatura estadounidense, Washington Irving, cumple con este motivo individual, es difícil para el estudioso colocar a este escritor en la categoría de los sirvientes del imperio, en un momento en que Estados Unidos sigue siendo una emancipación moderna de la administración británica, pero, a pesar de esto, no escapó al sentido occidental de la arrogancia y la superioridad.

Pero acerca de Oriente oprimida, según su opinión, Oriente tiene un enorme potencia militar. En su carta al príncipe ruso Dolgorouki, su compañero en el viaje de Andalucía en 1829, Irving comentó sobre su historia: “Es una especie de experiencia en la literatura” (Pierre Munro e Irving, 1864: 366)



Esta tendencia experimental e individualista se materializa en la utilización de los materiales históricos árabes y técnicas narrativas inspiradas en Las mil y una noches en uno de sus mejores libros; la Alhambra. Una serie de leyendas y apuntes sobre moros y españoles. En contraste con la verdad histórica que debe ser la luz que guíe al historiador, Irving destruye el muro que separa la historia por un lado, y la historia romántica por el otro, a través de una nueva producción literaria de nueva forma, como notamos en la dedicación del libro la Alhambra a su amigo el príncipe ruso, donde quería Irving
escribirle algo «con un sabor especial y único en el estilo de Harun al-Rashid 2 dice:

Mi querido amigo–dice en ella–: Recordará usted que, en las andanzas que juntos realizamos por algunas viejas ciudades de EspañaToledo y Sevilla, sobre todo –, advertimos una intensa mezcla del sarraceno con el gótico, restos del tiempo de los moros; más de una vez nos sorprendieron escenas e incidentes callejeros que trajeron a nuestro recuerdo pasajes de Las mil y una noches. Me incitó usted entonces a que escribiese algo que representase estas singularidades, ‘algo a la manera de Harun al Raschid’, que tuviese cierto sabor a esa especia árabe que lo impregna todo en España. (Millet, 2015:192)

Los escritos de Irving van más allá de los deseos literarios individuales ofrecidos por la historia del califato árabe en España, ya que sus historias andaluzas con sus dos grandes volúmenes, Muhammad y sus sucesores 3 están bajo el impulso del deseo de dibujar la imagen estadounidense (una imagen del yo americano), esta imagen escrita y coloreada por el autor usando el pasado de los árabes y sus logros militares y de civilización como modelo.

La historia del islam en general, y la historia del Califato árabe en Andalucía en particular, reflejan la autoimagen del escritor estadounidense de su nuevo estado en ese momento, así como reflejan » los temores y esperanzas del historiador cuando sigue cómo evoluciona esta imagen de una manera similar al futuro de los Estados Unidos. Como refleja el espejo histórico árabe. Para establecer la imagen de sí mismo a través del árabe, Irving sugiere un paralelo histórico entre la conquista de la Península de Iberia por parte de los árabes y la adquisición de los primeros inmigrantes del Nuevo Continente a través del Atlántico.

Pero Irving usa la historia de los árabes para vivir ocho siglos en España como una forma de justificar la construcción de los Estados Unidos a expensas de su población indígena, independientemente de la humanidad de los árabes que tratan a los indígenas de España y no tratan de apedrearlos o aislarlos de una manera que haga que su población sea sometida y aplastada culturalmente al igual que los primeros inmigrantes en Nuevo Continente.



El nuevo pueblo” que nació a través de la estabilidad de los árabes en España, “el español de Morisco”, se asemeja y anticipa al nuevo pueblo que crea en América como una experiencia histórica pionera; es un pueblo híbrido, que se enfrenta al desafío de la supervivencia por un lado y al desafío de construir una nueva civilización que se diferencia de las civilizaciones del mundo antiguo por otro lado.

Por I. Ali Gaber (University of Baghdad / College of Languages-
Department of Spanish language).


Notas:

  1. Véase más información Dr.Mahdi I kareem Al-Utbi. Critical Discourse Anaysis of hate speech, Journal of the college of languages. Baghdad, University of Baghdad, 2019, 19-40.
  2. Harun al-Rashid (que traducido significa «Aarón el Justo») fue el quinto califa abasida y gobernó el Imperio Árabe desde el 786 hasta el 809 d. C. Durante su reinado, el califato se extendía desde España en el oeste hasta la India en el este, y era el ente político más poderoso del mundo. Harun fue un gobernante capaz y su reinado supuso una época de progreso científico y cultural, y de prosperidad para sus súbditos, véase Civilization V CIVILOPEDIA Online: Civilizaciones y líderes, http://www.dndjunkie.com/civilopedia/es/LEADER_HARUNAL_RASHID.aspx
  3. Para más información sobre la idea de Irving sobre Muhammad e Islam, véase Muhammed A. Al-Da’mi. “Irving on Muhammed”. Revista de American estudios, India, vol 19, 1989, pp.1-6.

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Los primeros orígenes de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo

El Milâd Isa y el Nayrûz

Al igual que lo hacemos hoy en día, en Al-Andalus, se celebró también la Navidad, especialmente en aquellas zonas donde había abundante población mozárabe (Toledo, Tortosa, Granada, Sevilla, Córdoba), siendo unas festividades muy diferentes a las actuales donde no había árbol de Navidad ni Papá Noel.

Los mozárabes, era la población cristiana que vivía bajo el régimen jurisdiccional  Islámico en Al-Andalus y podían celebrar sus tradiciones religiosas y mantener sus creencias pagando una capitación o «Yizya».

Las tres principales fiestas religiosas que se celebraban eran, en verano, «Ansara» o Fiesta de San Juan y en invierno, Id al-milâd (Navidad) Y Yannayr o Nayrûz (Año Nuevo).



Se sabe que seguían un ritual propio llamado «el rito mozárabe» de origen visigodo y con fuerte componente e influencia Bizantina.

Los feligreses celebraban la tradicional «Misa de gallo» la noche de nochebuena cuya parte de la liturgia se seguía en latín.

Ibn Yubayr de Valencia relata en su viaje a través de oriente, iglesias adornadas con velas por doquier en su interior. Las puertas abiertas de par en par.

Los musulmanes Andalusíes asimilaron estas festividades como propias y participaron en ellas.

Las adaptaron al calendario Islámico ya que los musulmanes en su mayoría eran «Muladíes» conversos o hispanos autóctonos de origen romano o visigodo.La figura de Jesús «Isâ», en árabe, formaba parte de la mentalidad Islámica, parte de la cadena de profetas enviado por Dios a la humanidad, siendo el segundo en importancia después del profeta Muhammad (la paz sea con Él). Además la virgen María (Sayyidatunâ Maryam en árabe), tenía también una veneración especial dentro de la comunidad mozárabe y el propio Islam.

«MILÂD o Navidad en árabe, se sigue celebrando con este nombre entre las comunidades cristianas de Medio Oriente.

Mawlid es la misma raíz trilítera árabe que Milâd (Natividad de Jesús), procedente de W-L-D (todo lo relativo a nacer), y significaría también «cumpleaños«.

Las celebraciones de Mawlid del Profeta Muhammad no eran nuevas ya que eran una tradición Chiita celebrada en Oriente y que se popularizó primero en La Meca y luego en Egipto con los Fatimíes. Desde allí se extendió al resto de Oriente Islámico y llegó a occidente gracias a los viajes de peregrinaje a La Meca de andalusíes.



NAYRÛZ, EL AÑO NUEVO

No es otra cosa que la adaptación andalusí de una festividad persa de origen Zoroastriano que aún hoy se celebra en Irán y los países de habla persa como Afganistán o Uzbekistán y entre los parsis o zoroastianos actuales. NAYRÛZ o NOWRÛZ es el Año Nuevo Persa que se celebra aún en la actualidad.

YANNAYR etimo mozárabe latino procedente del latin «jannuarius» «Enero» y en un contexto pre cristiano se lo indentifica con el dios Jano, el dios de las dos caras. El pasado y el futuro, que abría el nuevo año.

Lo cierto es que a pesar de la decadencia del Al-Andalus, estas tradiciones perduraron hasta una fecha tardía del período almorávide, casi a mitad del siglo XIII.

Abû Amrân Musâ de Triana, escribe un poema donde refleja las tradiciones de aquella época. Traducido por Simonet en «Historia de los Mozárabes».

-Y dijo Abu Amran Musa el Triani con motivo de haber entrado un día de Nairm, en casa de uno de los magnates, los cuales tenían por costumbre el hacer en tal día ciudades de pasta con preciosas figuras; y como mirando a la ciudad le hubiese agradado, le dijo al dueño de la casa: «Descríbela y tómala», y él dijo:

Una ciudad amurallada: asombrase de ella los mágicos.

No la construyeron sino las manos de una Virgen casta.

Parece una esposa que sale a vistas hecha de pan de flor y dulces.

Y no tiene más llaves que  los diez dedos.-




Bibliografía:

Boloix, Barbara, «Las primeras celebraciones del Mawlid en Al-Andalus y Ceuta»

Simonet,Francisco Javier «Historia de los Mozárabes en España»


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Los Árabes, una irreemplazable civilización

Hemos empezado por los Árabes en razón a que su civilización es una de aquellas que nuestros viajes nos han dado mejor a conocer; una de aquellas cuyo ciclo es más completo, y en la que se manifiesta con mayor claridad la influencia de los factores, cuya acción hemos procurado discernir; en fin, una de aquellas cuya historia es a un tiempo la más interesante y la menos conocida.

Reina la civilización árabe desde hace doce siglos en la inmensa región que se extiende desde las orillas del Atlántico hasta el mar de las Indias, desde las playas del Mediterráneo hasta los arenales del interior de África; y las poblaciones que habitan estas comarcas siguen la misma religión, hablan la misma lengua, poseen las mismas instituciones y artes, y formaron antiguamente parte del mismo imperio.

Encerrar en un conjunto las principales manifestaciones que esta civilización tuvo en los pueblos donde dominó, reproducir todas las maravillas que dejó en España, África, Egipto y Siria, Persia e India, trabajo es que todavía no se intentara. Las mismas artes, con ser el elemento más conocido de la civilización árabe, no habían sido aún sometidas a un cuadro de conjunto; pues los pocos autores que han emprendido la descripción de ellas reconocen a porfía que no existe nada de aquel cuadro, y que la falta de documentos les impedía probar de llevarlo a cabo.





Sin duda resultaba evidente que la identidad de creencias había establecido un gran parentesco entre las manifestaciones artísticas de cada país sometido a la ley del Islam; pero no resultaba menos evidente que la variedad de razas y de comarcas había producido profundas divergencias. ¿En qué consistían esas analogías, y esas divergencias?.

A medida que se adelanta en el estudio de esta civilización, se descubren nuevos datos y horizontes más extensos; quedando luego probado que la Edad Media no conoció a la antigüedad clásica sino por conducto de los Árabes; que durante 500 años las universidades de Occidente se alimentaron exclusivamente de sus libros, y que los Árabes son los que han civilizado a Europa en el triple concepto intelectual, moral y material. El que estudia sus trabajos científicos y descubrimientos ve que ningún pueblo los ha producido mayores en tan breve tiempo; y el que examina sus artes reconoce que poseyeron una originalidad que nadie ha sobrepujado.

La influencia de los Árabes, aunque muy grande ya en Occidente, fue todavía mucho mayor en Oriente; pues ninguna raza ha impreso su sello aquí de un modo igual. Los pueblos que antiguamente dominaron en el mundo, Asirios, Persas, Egipcios, Griegos y Romanos, han desaparecido entre el polvo de los siglos, sin dejar más que informes ruinas; y sus religiones, lenguas y artes no han quedado sino como recuerdos; pero aunque los Árabes, a su vez, hayan desaparecido también, los elementos más esenciales de su civilización, la religión, la lengua, las artes, todavía viven; y desde Marruecos hasta la India más de cien millones de hombres siguen las instituciones del Profeta.

Si varios conquistadores han derribado a los Árabes, ninguno ha pensado en reemplazar la civilización que éstos crearon, sino que por el contrario todos han abrazado su religión, han adoptado sus artes y la mayor parte hablan hoy su lengua. Dondequiera que se haya establecido la ley del Profeta, parece haberlo sido para siempre. Esa ley ha hecho retroceder en la India a ciertas religiones que databan de muchos siglos; esa ley ha convertido en árabe a aquel Antiguo Egipto de los Faraones, en el cual tan corta influencia lograron tener Persas, Griegos y Romanos; y aunque los pueblos de Persia, de Egipto y África han tenido otros señores que los discípulos de Muhammad, no han reconocido otra ley, desde que éstos les enseñaron la suya.

Maravillosa historia es la de ese alucinado ilustre, cuya voz sometió a aquel pueblo indócil, que ningún conquistador pudiera domar; en nombre del cual fueron derribados los más poderosos imperios, y que desde el fondo de la tumba retiene aún bajo su ley a millones de seres.

La ciencia moderna llama enajenados a esos grandes fundadores de religiones e imperios; y en el concepto de la verdad abstracta tiene razón. Sin embargo, hay que venerarlos; porque encarnan el alma de una época y el genio de una raza, y generaciones en masa de antepasados desaparecidos hablan por sus bocas. Sin duda esos creadores de ideales no engendran más que fantasmas; pero esos terribles fantasmas nos han hecho tales como somos, y sin ellos ninguna civilización habría llegado a nacer. La historia no es otra cosa que la relación de los acontecimientos que el hombre ha llevado a cabo para creer este o aquel ideal, para adorarlo, o para destruirlo.





Un pueblo semi-bárbaro formó la civilización árabe, saliendo de los desiertos de Arabia, derribando el poder secular de los Persas, de los Griegos y de los Romanos, fundando un inmenso imperio que se extendió desde la India hasta España, y produciendo esas maravillosas obras cuyos restos nos sorprenden, admiran y asombran .

¿Qué factores dirigieron el nacimiento y desarrollo de esa civilización e imperio? ¿qué causas tuvieron su grandeza y decadencia? Demasiado baladíes son las razones alegadas por los historiadores para sujetarlas a un examen. Así que no cabe someter a mejor prueba un método analítico que aplicarlo a un pueblo tan especial.

El Occidente procede del Oriente, y por consiguiente en este mismo Oriente debe buscarse la clave de los acontecimientos pasados. En esta maravillosa tierra se han manifestado las artes, las lenguas y casi todas las grandes religiones. Y es que los hombres no son aquí lo que en otras partes: las ideas, los pensamientos y sentimientos son diferentes; y como hoy en día las transformaciones se verifican en esta tierra con mucha lentitud, al recorrerla, uno puede examinar toda la cadena de las edades. Por eso lo mismo los artistas, que los sabios y los poetas, se sentirán siempre movidos a contemplarla. ¡Cuántas , veces sentado al pie de una palmera o del pilón de algún templo me he enajenado en largas divagaciones, llenas de claras visiones de las edades que fueron!

Uno se queda ligeramente adormecido; y por entre un fondo luminoso se le aparecen luego ciudades extrañas, cuyas torres almenadas, cuyos palacios fantásticos, y cuyos templos y minaretes centellean bajo un sol dorado, recorridos por caravanas de nómadas, por multitud de asiáticos vestidos de colores brillantes, y por masas de esclavos de piel bronceada, y de mujeres veladas.

Muertas están ya hoy en día esas grandes ciudades del pasado; Nínive, Damasco, Jerusalén, Atenas, Granada, Memfis y Tebas la de las cien puertas; los palacios del Asia y los templos de Egipto convertidos están en ruinas; y los dioses de Babilonia, de Siria, de Caldea y de las orillas del Nilo no existen sino en nuestras memorias. Pero ¡qué elocuencia en esas ruinas! ¡qué mundo de ideas en esos recuerdos! ¡cuántos secretos no se pueden pedir a todas esas razas diversas que se suceden desde las columnas de Hércules hasta las fértiles mesetas de la vieja Asia, y desde las verdes playas del mar Egeo hasta los abrasados arenales de Etiopía!

Muchas enseñanzas saca el hombre de esas lejanas comarcas; y no pocas creencias deja en ellas. Su estudio nos demuestra cuán grande es el abismo que a los hombres separa, y hasta qué punto son quiméricas nuestras ideas de civilización, y de fraternidad universal; como también hasta qué punto los principios y verdades que parecían más absolutos cambian al pasar de uno a otro país.





La historia de los Árabes contiene, pues, muchos problemas sin resolver, y más de una lección que recordar. Es este pueblo uno de los que mejor personifican a esas razas de Oriente que tanto se diferencian de las de Occidente. Europa las conoce todavía muy poco; a pesar de que conviene que sepa lo que son, porque se acerca el día en que sus destinos dependerán mucho de los de ellas.

Por G. Le Bon

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Los Árabes, una raza inteligentísima

El vendedor de tapices es una acuarela realizada por Mariano Fortuny en 1870 en París y que se expone en el Museo del Monasterio de Montserrat.

Los Árabes fueron una raza inteligentísima, de aptitudes variadas, por no decir universales, como merece; y valiente, a la vez que amiga de todo progreso; la cual, impulsada por la mejor religión positiva que había existido, no sólo conquistó un gran número de pueblos, sino que hasta supo reconstituirlos de nuevo, borrando preocupaciones gravísimas de orden social, y fundando y estableciendo otra civilización, de la cual dimana gran parte de la nuestra, y que fue tan sólida en lo moral y lo intelectual, que sólo cabe compararla con la griega antigua; pues lo que ha dado en llamarse cultura romana, no fue otra cosa que un reflejo de aquélla; brillante en unas cosas, y apagado en otras.

Tres pueblos antiguos tuvieron una civilización verdaderamente original, que trascendió a la humanidad, y de la cual todos procedemos. Egipto, Grecia y los Árabes; sin que ninguno de ellos, ni en lo relativo a la época, ni en lo absoluto de las instituciones, sea inferior al otro: todos son iguales, todos son grandes, todos son inmortales en la historia y ante la posteridad.

El estudio de la civilización árabe tiene para España un interés particular, dimanado de nuestra misma historia; pero aunque nadie modernamente ya lo niegue, quizá todavía nadie ha comprendido hasta qué extremo llega. Los Anales españoles no se escriben bien; no se escriben con la proporción que deben escribirse, lo cual depende sin duda de que todavía no se ha comprendido que es imposible componer una buena historia de España, sin ser el autor arabizante eruditísimo; o siquiera teniendo por colaboradores a hombres doctos en el conocimiento de los Árabes y de sus libros.

Un corto número de musulmanes, casi todo compuesto de Berberiscos, se apodera de España, después de una sola batalla; la ocupa, la organiza, y se adelanta hasta lo que después se llamó Provenza, donde formó una marca, o sea una avanzada para cubrirse contra los Francos.





¿Qué había sido de los Godos? Algunos habían quedado en el país conquistado, aceptando el yugo de los invasores; y la mayor parte se habían replegado en la Provenza, dominada por compatriotas suyos. En cuanto a los Españoles, o sea a los habitantes naturales de España, permanecieron muy tranquilos en sus ciudades, villas y aldeas, donde los musulmanes les trataron, en todos conceptos, mejor que los Romanos y que los Godos.

Pero la línea que forma España desde el cabo de Creus hasta el de Finisterre no había sido nunca positivamente dominada por Cartagineses, Romanos, ni Godos; y los Árabes tuvieron también la pretensión de sujetarla, buscando a los montañeses bárbaros e indómitos, que la ocupaban; y guerreando con ellos sistemática y anualmente, como lo ordenaba el Corán. Así comenzaron a adquirir aquellos montañeses una personalidad política que no tuvieran en los siglos anteriores. Mientras los gobernadores árabes de los Pirineos se entretenían de este modo, llegaban a España árabes distinguidos en comercio, industria, ciencia y letras; y aprovechando las huellas que habían quedado aquí de todo esto, al decaer la época romana, daban a los naturales del país un impulso vigoroso, que los entregaba a la vida intelectual, industrial y comercial.

La superioridad de aquella clase dirigente, el prestigio político que le daba la gobernación del país, la aristocracia militar que capitaneaba, la inmigración de Berberiscos que traía de África, y los continuos parentescos que todos contraían con las familias Españolas, casándose cada uno con varias mujeres de esta tierra; eso unido a las pocas raíces que todavía echara en los Españoles el cristianismo de aquellas épocas, que era muy diferente del de las nuestras, fue causa de que los Españoles abrazaran lentamente el Islam, quedando reducidos al cabo de algunos siglos los cristianos a un corto número de familias, que casi llegaron a desaparecer.

Por L. Carreras

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Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani – Abulcasis – Médico andalucí

Abulcasis,padre de la cirugía moderna

Sana Helwâ tabiba Yasmín!

Toda la Medicina árabe se encuentra influida por el espíritu de la dialéctrica peripatética, que ajustaba perfectamente al carácter mental de pueblos orientales, y que Galeno había adaptado a la Medicina griega, haciendo retroceder la investigación directa de la Naturaleza ante las construcciones mentales apriorísticas y estancando de este modo el avance de la Medicina.

Del mismo modo que el progreso de la Medicina clásica, después de Galeno, sólo fue posible al aparecer un gran material científico, que trae consigo una modificación esencial en los métodos de estudio del mismo, la Medicina árabe, que se mueve por completo dentro de las normas galénicas, supone progreso en cuanto amplía considerablemente la base de observaciones y de conocimiento médicos.

Es indiscutible que somos deudores a los árabes del beneficio de haber enriquecido extraordinariamente el tesoro terapéutico con valiosos remedios, fundando la profesión farmacéutica, creando la farmacopea y desenvolviendo la creación de grandes hospitales, utilizables para la enseñanza, y en la que se cultiva brillantemente la Medicina, sobre todo en las especialidades oftálmica y de enfermedades mentales.

El número de médicos árabes autores de obras científicas es extraordinario. Wüstenfeld lo calcula en más de trescientos ; Leclerc lo eleva a cuatrocientos. De la mayor parte no se conoce más que el nombre del autor y el título de las obras, que existen sólo como manuscritos o que se han perdido y no se conserva más que la cita que de ellas hacen los restantes escritores.

Es tan extraordinario el valor de la ciencia árabe, que en el siglo XII, y sólo por ser el centro de traducción de esta ciencia, Toledo, reconquistado en 1085, se convierte en el centro cultural de la Europa de Occidente. La escuela, conocida con el nombre de «los traductores de Toledo», traslada de Oriente a Occidente la ciencia clásica de los árabes, vertiendo hasta noventa textos médicos; lo habían hecho en sentido inverso es decir, del griego y el latín al árabe, los enviados de Bagdad, Mesué, Johannitus y otros. Estas traducciones nutren el pensamiento europeo por espacio de tres siglos.

Las mejores obras de la escuela de Salerno y las de la ciencia francesa no son más que traslaciones y comentarios de estas traducciones toledanas. Por lo que a España hace referencia, basta decir que en la segunda mitad del siglo XVIII aún eran libros de texto los Cánones de Avicena y de Mesué, y se estudiaban en uno o dos años de la carrera médica.






Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani-Abulcasis o Abulcasim (936-1013)

Pertenece al grupo de los grandes médicos bienhechores de la Humanidad y es indiscutiblemente la mayor autoridad quirúrgica de la Medicina árabe.

Nació en Zahara (Córdoba), la residencia del Califa Abderrahemen III, faltando datos seguros acerca de la fecha de su nacimiento y de su muerte, así como del sitio de su residencia habitual. Se admite en general que vivió en la corte de aquel Califa, y como Abderrahmen, murió en 961, la vida de Abulcasis debió deslizarse entre los dos últimos tercios del siglo X y el primero del XI, lo que coincide con los datos de algunos cronistas árabes, que afirman que vivía el año 460 de la Hegira  y que murió el 404 (es decir, el 1013 de la Era cristiana).

Si se admitiera, con León el Africano, que Albucasis vivió cien años, debió de nacer en el 912.

Conocedor de las obras de la antigüedad clásica, y especialmente de la literatura médica de griegos, romanos, judíos y árabes, tuvo Albucasis dos iniciativas que le han inmortalizado: una, la de rehabilitar la Cirugía, reuniendo metódicamente en un solo libro las nociones de este arte, disgregadas antes de él en diversas obras, y otra, el coleccionar alrededor de doscientas láminas que ilustran sus manuscritos, unas originales y otras recogidas de viejos pergaminos, sobre instrumentos, operaciones y representaciones de enfermos y de enfermedades, con lo cual su obra viene a ser el mejor, sino eI primer libro con atlas dedicado a la Cirugía.

La idea de ilustrar el texto con láminas se atribuye a Aristóteles, y varios libros de los comienzos de la Era cristiana las tienen ; pero ninguno en tanto número, ni tan bien expuestas, con sus nombres y descripciones, en cada uno de los capítulos donde tienen su aplicación adecuada.

El conjunto de su obra, dividido en treinta libros, lleva el título de Altasrif (en traducción latina, concessio ei data, qui componere hand valet). Es un compendio de Medicina práctica, traducido en el siglo XII al hebreo por Sem Tob y al latín por Gerardo de Cremona.

Se divide en dos partes : la primera , parte médica, tiene una traducción latina incompleta : Liber theorica nec non practicae Alsaharavii. Ang. Vid., 1519, y se basa principalmente en los escritos de autores árabes anteriores, principalmente de Rhazes. Merece ser citada la parte que trata de la preparación de los medicamentos ; los del reino mineral, principalmente, por sublimación. Para la destilación utilizaba una estufa especial cuyo combustible se iba renovando de un modo automático.

La segunda parte, quirúrgica, publicada primeramente en traducción latina, en Basilea, en 1541 ; después, en el texto original y traducción latina por Channing (Oxford, 1778), traducida posteriormente al francés por Leclerc (París, 1891)

A la Cirugía está consagrado el último de los treinta libros de Albucasis, en el que expone en primer término la Anatomía, aunque no sea ésta más que la primitiva y errónea de aquellos tiempos.

Según los eruditos modernos—Escribano—, la obra de Albucasis es, en lo quirúrgico y en gran parte, copia del sexto libro de Pablo de Egina, a quien, sin embargo, no cita el cordobés, siguiendo en esto la costumbre de los enciclopedistas árabes.

Roger de Parma y Guillermo de Salíceto (siglo XIII), pagaron a Albucasis en la misma moneda, silenciando su nombre a pesar de copiarle repetidas veces.

Por la traducción al francés que hizo Leclerc, en 1861, conocemos el texto y 150 láminas, a la vez que una crítica seria y apenas mejorada posteriormente del autor y de su obra.

Fué Albucasis, según se desprende del estudio de sus obras, un espíritu profundamente religioso, un partidario del método de la observación directa y un cirujano parco en operar y más inclinado al cauterio que al bisturí.

Como creyente convencido, repite varias veces la frase «Yo cuido a los enfermos ; pero realmente es Dios quien los cura», que cinco siglos más tarde adquirirá resonancia, pasando por original y simbólica, repetida en francés por Ambrosio Paré y esculpida en su estatua con las palabras : «Je le pensay et Dieu la guarist», cuya invención, como dice Escribano, es probable que tampoco pertenezca al cirujano de Córdoba, sino a literaturas mucho más antiguas, pero cuyo profundo y laudable sentido comparten gran número de sabios médicos de todos los tiempos.

Como observador sagaz, concede Albucasis gran predominio al método de observación y de experiencia al estilo de Hipócrates, frente a las supercherías de los charlatanes y la astrología de los ilustrados, asegurando que todo lo escrito en sus libros lo había visto con sus propios ojos y practicado con sus manos.

El libro consagrado a la Cirugía aparece dividido en tres partes. En la primera estudia todo lo relativo a los cauterios : sus formas, materiales empleados en su construcción y trastornos patológicos, muy numerosos, en que deben ser aplicados. Encuentra igualmente aplicación el cauterio en la hemostasia, especialmente en la hemorragia arterial. Para combatir ésta recurre, sin embargo, a otros métodos, como, por ejemplo, la división completa de la arteria sangrante, la ligadura doble con doble hebra de la arteria sacada al exterior con un gancho, etc.

Aunque en la segunda parte sigue, en la exposición y en el orden de la misma, a Pablo de Egina, se encuentran también gran número de observaciones propias y de métodos originales, que, prescindiendo de las láminas explicativas, dan gran valor a la obra. No podemos detenernos en la exposición del contenido de la obra, que comprende el estudio de las suturas, la talla, la litotricia y la circuncisión.

Dice, respecto de la traqueotomía, no conocer a nadie que haya realizado esta operación. En las resecciones, además de algún caso muy interesante, describe diferentes clases de sierras y otros instrumentos. La indicación de la amputación es la gangrena, que puede depender de diversas causas. Es admisible la amputación hasta por encima del codo o de la rodilla ; si la gangrena avanza más arriba, la muerte es inevitable. Describe la técnica de la amputación ; la hemorragia se cohibe con el termo con los cáusticos ; no se citan las ligaduras. En el último capítulo se describe la flebotomía y las ventosas.





La tercera parte del libro 30 comprende el estudio de las fracturas y de las luxaciones, describiendo muy detalladamente el tratamiento de las mismas.

Termina la obra exponiendo los métodos más adecuados en aquella época para tratar los partos difíciles y complicados y las diferentes operaciones de Oftalmología, Odontología y Otología.

De que es injusta la censura lanzada contra Albucasis de ser cirujano tímido da buena prueba, entre otras, la sutura intestinal que improvisó en un soldado herido y la extirpación de un tumor del maxilar superior profundamente adherido, empleando, uno tras otro, el bisturí, el escoplo y el martillo y, finalmente, el hierro candente.

La fama de Albucasis trascendió a toda Europa en el siglo XII, gracias a la traducción hecha en Toledo, siendo la base de los libros de Lanfranc (1296) y de Chauliac (1330-1363), los grandes divulgadores de la Cirugía en Francia, Italia y España.

En España debió ser muy leído Albucasis, primero en la escuela de Córdoba y después, ya traducido al latín, en los reinos cristianos, juzgando por la gran notoriedad que alcanzó en la Edad Media y lo mucho que le citan nuestros clásicos, posteriormente ya, en el siglo XVI ; pero al castellano sólo se tradujo un fragmento, en Valladolid, por Alfonso Rodríguez de Tudela, en 1516, y no su libro 30, de Cirugía, sino el 28, que trata de minerales, plantas y animales.

Es dudoso que la obra que con el título de Liber servatoris,impreso en 1471 en Venecia y más tarde, unido a las obras de Mesué el Joven, estudia la preparación de los medicamentos, sea verdaderamente original de Albucasis. 1


Por el Dr. García del Real

(1) Véase edición española de la Historia de la Cirugía, de Harvey Graham, y Apéndice de la Cirugía en España, por García del Real. Barcelona, 1942.


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