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Origen e influencia del idioma árabe en el idioma español

El español es un idioma con una gran riqueza. Gracias a sus siglos de historia donde han existido múltiples variaciones provocadas por la interacción de distintas culturas la lengua ha conseguido ser todo un referente. Además, la expansión española en el siglo XV hacia Sudamérica provocó que el idioma se implantase en una parte muy importante de todo el planeta que continua vigente a día de hoy.

La gran extensión de países que abarca el español ha conseguido que incluso palabras cotidianas cuenten con distintos significados dependiendo de donde nos encontremos. Además, esta implantación ha conllevado que el idioma aumente sus hablantes hasta el punto de ser una de las lenguas más escuchadas y que según señalan algunos expertos podría convertirse en primera fuerza en países como Estados Unidos en un futuro.

Así las cosas, según datos analizados por el Instituto Cervantes en la actualidad alrededor de 585 millones de personas hablan castellano en todo el mundo. Además, la misma institución, cuenta con previsiones en sus estudios acerca del futuro del español donde esta cifra de hispanohablantes alcanzará su cenit en 2068. En ese año se prevé que la cantidad de personas que utilicen la lengua supere, incluso, los 700 millones de hablantes.

En datos globales el español muestra una fuerza envidiable debido a que se encuentra en la cuarta posición en idiomas más hablados en el mundo. Tras el inglés, el chino mandarín y el hindi, es el idioma mayoritario en España y Sudamérica donde destaca por encima de muchos otros. Incluso, si se contabilizasen los datos por lengua materna el español aumentaría su posición y sería el segundo de la lista de las lenguas mundiales.

Gracias a la cantidad de culturas con las que los habitantes del territorio que hoy es España se han encontrado a lo largo de los siglos junto a otras lenguas algunas palabras comunes provienen de ellas. El caso del árabe en el españoles un buen ejemplo donde algunos de los motes que hoy en día los hispanohablantes utilizan cuentan con origen en esta lengua.

Las siete palabras más utilizadas de origen árabe

Azúcar: el endulzante más común en nuestro país debe su nombre al árabe. “As-sukkar” proviene de Sharkara que los persas transformaron en sakar también usado por los griegos como sakjar. Así, los árabes tomaron este mote llamándolo sukkar donde se acabó transformando en la palabra que conocemos y utilizamos hoy en día.

Aceite: una palabra estrictamente relacionada con España y su historia. Esta deriva del árabe “az-záyt” que hace referencia al jugo de la aceituna designando los líquidos grasos que son más densos que el agua.

Almohada: no entenderíamos dormir sin este mote. El objeto que se encuentra en todas las camas proviene del árabe andalusí “mulada” donde al añadir “al” hacia referencia al árabe estándar de cojín o almohadón.

Barrio: indispensable en la urbanización de las ciudades todavía hoy en día esta palabra proviene de “barro”. Los árabes la usaban como vecindario y separaban el centro de la ciudad de las afueras.

Alcohol: esta sustancia presente en famosas bebidas cuenta también con origen árabe “kuhúl”. Inicialmente se usaba para definir una disolución maquillaje en las mujeres aunque posteriormente se incluyo en aquellos productos refinados.

Alfombra: el elemento decorativo en muchos espacios proviene de la palabra “al-hanbal”. Ésto hacia referencia a un objeto de pieles que los árabes utilizaban como tapiz en distintos lugares.

Alquiler: muy de moda en la actualidad cuenta con un origen árabe que hacía referencia al verbo arrendar bajo el mote de “al-kira”.

Vocablos tan significativos como barrio, fulano o aun jeta reconocen sus orígenes en la lengua semítica.

Existe un importante volumen de voces sobre cuya etimología árabe no hay discusión, y sí es verdad que la mayor parte de ellas incorpora el artículo definido, que en árabe asume la forma de un prefijo, al-, que se aglutina a la palabra. Ocurre, sin embargo, que ese artículo mantiene su forma original solamente frente a vocales y frente a un grupo de consonantes llamadas “lunares” (por la palabra qamar ‘luna’, que comienza con una de ellas); mientras que la -l- del artículo desaparece frente a otro grupo de consonantes llamadas “solares” (por la voz shams ‘sol’), y en su lugar se duplica la consonante que le sigue. (Esto es similar a lo que ocurre en castellano con el prefijo negativo in-, que cambia a ir- frente a una palabra iniciada en r-irrealizable, y no inrealizable). Tenemos, así, que al fusionar el artículo al- con la palabra míba se obtiene al-míba, y de allí nuestro almíbar (la -m- es una consonante lunar), mientras que al unirlo al sustantivo shuwár se obtiene ash-shuwár, y de allí nuestro ajuar (la -sh- es una consonante solar). De esa manera, algunas de las palabras de origen árabe que tienen el artículo aglutinado empiezan con al-, y otras con a- no seguida de -l-.

Pero también existe una gran cantidad de palabras árabes que no fueron incorporadas al castellano con el artículo aglutinado, y por ende no empiezan con a-. Por motivos que los historiadores de la lengua aún debaten, en los primeros cuatrocientos años de la dominación árabe de la península ibérica las palabras tendieron a conservar el artículo al pasar al castellano, y en los siguientes trescientos dicha tendencia desapareció. Así, de esos vocablos reclutados tardíamente por el español una buena proporción empieza en consonante, como en el caso de bellota, del árabe hispánico ballúta.

¿Hay alguna receta para detectar palabras árabes? Antes de acudir al diccionario, podemos sospechar que una voz tiene esa etimología. Las que empiezan en al- son candidatas preferentísimas, lógicamente, pero también podemos considerar las siguientes categorías:

  • Las que tienen una -h- intermedia: ahorro, azahar, rehén.
  • Las graves que terminan en –razúcar, almíbar, ámbar.
  • Las que terminan en  acentuado: alhelí, carmesí, jabalí.
  • Las que terminan en la sílaba -queachaque, badulaque, enroque.

También hay que tener en cuenta que determinados campos léxicos recibieron una influencia árabe más intensa. A modo de ilustración, podemos revisar algunas categorías que fueron particularmente permeables a las incorporaciones arábigas.

En agricultura y cultivos tenemos no sólo los nombres de gran cantidad de vegetales presentes en nuestra mesa diaria (y en otros usos comunes), sino también los de la infraestructura y procedimientos propios de esas actividades, entre otros: aceituna, acelga, acequia, albahaca, albaricoque, alcachofa, alcaparra, alfalfa, algodón, almácigo, alpiste, alubia, arroz, azafrán, berenjena, cúrcuma, espinaca, estragón, lima, limón, mazorca, naranja, noria, sandía, toronja, zafra, zanahoria.

En construcción y artesanía podemos contar términos propios del urbanismo, como adoquín, albañal, alcantarilla, aldea, arrabal, badén, baldío, barrio, dársena; otros relativos a albañilería y partes de la casa, como adobe, alacena, albañil, alcoba, alféizar, aljibe, azotea, azulejo, tabique, tarima, zaguán; y otros más que hacen referencia a los objetos domésticos y sus procesos de producción: alfarero, alfombra, alhaja, alicate, alpargata, argolla, batea, enchufe, engarzar, falleba, garrafa, jarra, taracea, taza.

Lo mismo se observa en campos como la ciencia, matemática y medicina (alambique, jaqueca, cénit…), la economía (aduana, arancel, tarifa…), los materiales y sustancias (azufre, latón, marfil…), la terminología administrativa y militar (alcalde, alférez, atalaya…), los juegos y entretenimientos (ajedrez, alfil, guitarra…), o simplemente en las palabras del vocabulario más cotidiano o coloquial (auge, azul, mamarracho, mengano, rincón…).

A casi siete siglos de la expulsión de los moros de la península ibérica, su copioso y variado legado léxico está más vivo que nunca entre nosotros.

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Cocina Libanesa: Puré de Berenjenas y Tahine

Tiempo de Preparación: 20 minutos
Tiempo de cocción: 20 minutos
Para 6-8 personas

Ingredientes:


2 berenjenas pequeñas partidas por la mitad en vertical

Sal
2 dientes de ajo machacados
2 cucharadas de zumo de limón
1/4 de taza de Tahine
1 cucharada de aceite de oliva
Sal a gusto
1 cucharada de menta fresca picada

Preparación:

Precaliente el horno a una temperatura de 190ºC.

Sale las berenjenas por la parte de la pulpa. Déjelas reposar de 10 a 15 minutos, elimine la sal con agua y séquelas con papel absorbente.

Disponga las berenjenas boca arriba en una bandeja de horno y áselas durante 20 minutos o hasta que la carne esté blanda y después quíteles la piel.

A continuación, coloque las berenjenas, el ajo, el zumo de limón, el Tahine y el aceite de oliva en una picadora y tritúrelos durante 30 segundos o hasta conseguir una masa fina. Sazónelo a gusto.

Decore el plato con menta y sírvalo acompañado de trozos de pan pita.

Este plato llamado Baba Ghannouj es un aperitivo muy apreciado en Oriente Medio. El Tahine consiste en una pasta hecha de semillas de sésamo tostadas y picadas y puede adquirirse en tiendas de productos naturales, supermercados y comercios especializados.

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Seres Mitológicos: Animales Esféricos – Jorge Luis Borges

Animales Esféricos

La esfera es el más uniforme de los cuerpos sólidos, ya que todos los puntos de la superficie equidistan del centro. Por eso y por su facultad de girar alrededor del eje sin cambiar de lugar y sin exceder sus límites, Platón (Timeo, 33) aprobó la decisión del Demiurgo, que dio forma esférica al mundo. Juzgó que el mundo es un ser vivo y en las Leyes (898) afirmó que los planetas y las estrellas también lo son. Dotó, así, de vastos animales esféricos a la zoología fantástica y censuró a los torpes astrónomos que no querían entender que el movimiento circular de los cuerpos celestes era espontáneo y voluntario.

(Más de quinientos años después, en Alejandría, Orígenes enseñó que los bienaventurados resucitarían en forma de esferas y entrarían rodando en la eternidad.)

En la época del Renacimiento, el concepto del cielo como animal reapareció en Vantini; el neoplatónico Marsilio Ficino habló de los pelos, dientes y huesos de la Tierra, y Giordano Bruno sintió que los planetas eran grandes animales tranquilos, de sangre caliente y de hábitos regulares, dotados de razón. A principios del siglo XVII, Kepler discutió con el ocultista inglés Robert Fludd la prioridad de la concepción de la Tierra como monstruo viviente, «cuya respiración de ballena, correspondiente al sueño y a la vigilia, produce el flujo y el reflujo del mar». La anatomía, la alimentación, el color, la memoria y la fuerza imaginativa y plástica del monstruo fueron estudiados por Kepler.

En el siglo XIX, el psicólogo alemán Gustav Theodor Fechner (hombre alabado por William James, en la obra A Pluralistic Universe) repensó con una suerte de ingenioso candor las ideas anteriores. Quienes no desdeñan la conjetura que la Tierra, nuestra madre, es un organismo, un organismo superior a la planta, al animal y al hombre, pueden examinar las piadosas páginas de su Zend-Avesta. Ahí leerán, por ejemplo, que la figura esférica de la Tierra es la del ojo humano, que es la parte más noble de nuestro cuerpo. También, «que si realmente el cielo es la casa de los ángeles, éstos sin duda son las estrellas, porque no hay otros habitantes del cielo».

Por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero

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