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La catedral donde descansan los restos de los tres Reyes Magos

Hace algo más de siete siglos, el mercader veneciano Marco Polo narró en su libro de viajes que en la ciudad persa de Sava estaban enterrados Baltasar, Gaspar y Melchor. A lo largo de dos capítulos describe las tradiciones locales relacionadas a los Reyes Magos y el sitio en el que encontró sus tumbas: «…están enterrados en tres grandes y magníficos sepulcros. Encima de los cenotafios hay un templete cuadrado, muy bien labrado. Estos sepulcros se hallan el uno junto al otro. Los cuerpos de los Reyes están intactos, con sus barbas y sus cabellos». El viajero también afirma que Sava fue el lugar de donde partieron siguiendo la estrella de Belén.



La ciudad que visitó Marco Polo actualmente se llama Saveh y se encuentra en Irán. No quedan allí vestigios de aquellas tumbas pero, de haber existido, es probable que, a mediados del siglo XIII, el veneciano en realidad se haya topado con los sepulcros de sacerdotes del zoroastrismo. También pudo simplemente haber inventado la historia para darle algo más de color a tan colorido relato. O quizás realmente se topó con la tumba de los Reyes de Oriente, tal vez los intactos cuerpos descritos fueran en realidad grabados o parte de algún tipo de monumento funerario. Porque para entonces los restos ya llevaban un siglo en Colonia.

LA CATEDRAL MEDIEVAL DE COLONIA

Colonia es la cuarta ciudad más poblada de Alemania así que no es un pequeño pueblo. Y sin embargo, a 770 años del inicio de su construcción, la catedral medieval es el segundo edificio más alto. Destaca desde casi cualquier rincón de la ciudad y es por eso que siempre ha sido no sólo un símbolo sino también una referencia geográfica, como lo fue para las tropas francesas que tomaron Colonia en 1794.

La catedral de Colonia es una de las catedrales católicas más grandes del planeta, allí todo es superlativo. Entre la inmensidad y la quietud, cualquier despistado viajero podría llegar a agobiarse y olvidar el por qué de tal impresionante estructura.

EL RELICARIO DE LOS TRES REYES DE ORIENTE

La respuesta no está oculta, no es un secreto ni una diminuta reliquia en alguna cajita de cristal. Está detrás del altar mayor, en una zona accesible sólo de a ratos. Es un relicario grande, pesado, cubierto de oro y adornado con detalladas figuras de apóstoles y escenas de la vida de Cristo. Es una obra tan hermosa que parece haber sido hecha para un rey. O mejor, para tres reyes. Es que la Catedral de Colonia, Alemania, es el lugar de descanso final de los Tres Reyes Magos.

Antes de Colonia, los restos de los Reyes Magos estaban en Milán. Pero es dificultoso rastrear cómo es que un tesoro tan importante para el cristianismo llegó allí desde algún punto de Oriente Medio. La teoría más aceptada señala como responsable a la emperatriz romana Elena. Su hijo fue Constantino el Grande, emperador que legalizó el cristianismo en 313 y fundó la actual Estambul, ciudad que por entonces llevaba un nombre que honraba al soberano: Constantinopla.

Constantino no sólo era tolerante sino que sentía cierta fascinación por el naciente credo, fue por eso que envió a su madre en busca de las primeras reliquias del cristianismo. En sus dos años de viaje Elena mandó a construir templos y monasterios, entre ellos la Iglesia de la Natividad en Belén, pero también se dedicó a rastrear tesoros. La tradición afirma que Elena efectivamente logró importantes descubrimientos, entre ellos la cruz verdadera, en la que había sido crucificado Cristo, y también los restos de los Reyes Magos. Es posible que el hallazgo haya sido en la misma Sava que visitó mil años más tarde Marco Polo.

LOS VIAJES DE LAS RELIQUIAS

Las reliquias fueron enviadas alrededor del año 330 a Constantinopla, ya por entonces capital del Imperio Romano, pero no es fácil determinar cuánto tiempo permanecieron allí. Algunas versiones afirman que no fue mucho, ya que apenas catorce años más tarde fueron donadas por el emperador a San Eustorgio, arzobispo de Milán, quien las trasladó a esa ciudad. A partir de entonces los restos de Melchor, Baltasar y Gaspar permanecieron en la basílica que construyó el mismo San Eustorgio y que hoy lleva su nombre.



A media tarde la catedral ya está repleta de turistas, de cámaras, de flahes, de guías, de clicks, de selfies. En las puertas hay personal de seguridad que revisa mochilas y bolsos, pero también hay vendedores y limosneros que se mezclan con los participantes de una manifestación política frente al edificio. Hay gente, mucha gente. Y ya no se perciben ni las dimensiones ni los detalles de tamaña construcción. Si la mañana temprana es el horario ideal para visitar el interior de la catedral, la tarde es el momento de alejarse y tener una visión más general.

La exclusiva y excluyente razón de la opulencia de la catedral es aquel dorado relicario algo oculto detrás del altar mayor. Consiste en tres sarcófagos que forman una suerte de pirámide y está cubierto de oro, plata y numerosas piedras preciosas. Pesa 350 kilos y mide 2.20 metros de largo y 1.50 de alto. Ni siquiera la enormidad del edificio lo hace ver pequeño. Brilla como la más hermosa joya, reflejando las luces de algún flash y de las cámaras que no logran captar los intrincados detalles. Es una obra tan compleja que se necesitaron casi 45 años para terminarla. Fue recién en 1225. A partir de entonces se planificó una catedral acorde al tesoro que debía resguardar y con suficiente capacidad para albergar a los miles de peregrinos que querrían verlo. La construcción comenzó 23 años más tarde y se extendería por más de seis siglos.

En Milán aún extrañan tanto a los Reyes Magos que la Basílica de San Eustorgio conserva en la punta del campanario una estrella en lugar de la tradicional cruz. En el interior de la iglesia hay un sarcófago romano de mármol vacío desde que Federico Barbarroja, emperador del Sacro Imperio Romano, invadió y saqueó Milán en 1164. La última parte del largo andar de los restos es probablemente el único dato histórico certero y fidedigno de todo el recorrido: Barbarroja regaló las reliquias a Reinaldo de Dassel, uno de sus consejeros más cercanos y arzobispo de Colonia, quien las llevó al sitio en el que permanecen hasta hoy. A partir de entonces el escudo de la ciudad exhibe en su parte superior tres coronas doradas.



¿Pero qué certeza hay de que los tres Reyes Magos, aquellos que alguna vez siguieron una estrella desde Oriente y que hoy visitan nuestras casas a bordo de sus camellos, están realmente en Alemania? A mediados del siglo XIX se abrió el relicario y se encontraron huesos que correspondían a los restos de tres hombres. Ese es un comienzo. Lo cierto es que el relato bíblico no ofrece demasiados detalles sobre estos misteriosos hombres: no dice que fueran reyes, ni que fueran tres, ni sus nombres, ni sus orígenes, y tampoco que fueran magos, al menos no como sinónimo de hechiceros. Si la tradición les ha dado rostro e identidad a aquellos viajeros hasta el punto tal que hoy los niños cantan en las calles disfrazados de Reyes Magos, la misma tradición bien puede colocar su descanso final en Colonia. Misma tradición que hace que cada 5 de enero haya algo de pasto y un poco de agua en algún lugar de la casa.

Con información de  Infobae

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Las tres figuras de los Reyes Magos

Observando la estrella, aquellos sabios y ricos señores de Oriente se habían puesto en camino hacia Belén para conocer a Jesús y ofrecerle dones: oro, incienso y mirra. También estos regalos tienen un significado alegórico.

El oro honra la realeza de Jesús; el incienso su divinidad; la mirra su santa humanidad que conocerá la muerte y la sepultura.



Los Magos enseñan que se puede comenzar desde muy lejos para llegar a Cristo. Son hombres ricos, sabios extranjeros, sedientos de lo infinito, que parten para un largo y peligroso viaje que los lleva hasta Belén (cf. Mt 2,1-12). Una gran alegría los invade ante el Niño Rey. No se dejan escandalizar por la pobreza del ambiente; no dudan en ponerse de rodillas y adorarlo. Ante Él comprenden que Dios, igual que regula con soberana sabiduría el curso de las estrellas, guía el curso de la historia, abajando a los poderosos y exaltando a los humildes. Y ciertamente, llegados a su país, habrán contado este encuentro sorprendente con el Mesías, inaugurando el viaje del Evangelio entre las gentes.

Contemplando esta escena , estamos llamados a reflexionar sobre la responsabilidad que cada cristiano tiene de ser evangelizador. Cada uno de nosotros se hace portador de la Buena Noticia con los que encuentra, testimoniando con acciones concretas de misericordia la alegría de haber encontrado a Jesús y su amor.

Por el Papa Francisco

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Los primeros orígenes de las celebraciones de Navidad y Año Nuevo

El Milâd Isa y el Nayrûz

Al igual que lo hacemos hoy en día, en Al-Andalus, se celebró también la Navidad, especialmente en aquellas zonas donde había abundante población mozárabe (Toledo, Tortosa, Granada, Sevilla, Córdoba), siendo unas festividades muy diferentes a las actuales donde no había árbol de Navidad ni Papá Noel.

Los mozárabes, era la población cristiana que vivía bajo el régimen jurisdiccional  Islámico en Al-Andalus y podían celebrar sus tradiciones religiosas y mantener sus creencias pagando una capitación o «Yizya».

Las tres principales fiestas religiosas que se celebraban eran, en verano, «Ansara» o Fiesta de San Juan y en invierno, Id al-milâd (Navidad) Y Yannayr o Nayrûz (Año Nuevo).



Se sabe que seguían un ritual propio llamado «el rito mozárabe» de origen visigodo y con fuerte componente e influencia Bizantina.

Los feligreses celebraban la tradicional «Misa de gallo» la noche de nochebuena cuya parte de la liturgia se seguía en latín.

Ibn Yubayr de Valencia relata en su viaje a través de oriente, iglesias adornadas con velas por doquier en su interior. Las puertas abiertas de par en par.

Los musulmanes Andalusíes asimilaron estas festividades como propias y participaron en ellas.

Las adaptaron al calendario Islámico ya que los musulmanes en su mayoría eran «Muladíes» conversos o hispanos autóctonos de origen romano o visigodo.La figura de Jesús «Isâ», en árabe, formaba parte de la mentalidad Islámica, parte de la cadena de profetas enviado por Dios a la humanidad, siendo el segundo en importancia después del profeta Muhammad (la paz sea con Él). Además la virgen María (Sayyidatunâ Maryam en árabe), tenía también una veneración especial dentro de la comunidad mozárabe y el propio Islam.

«MILÂD o Navidad en árabe, se sigue celebrando con este nombre entre las comunidades cristianas de Medio Oriente.

Mawlid es la misma raíz trilítera árabe que Milâd (Natividad de Jesús), procedente de W-L-D (todo lo relativo a nacer), y significaría también «cumpleaños«.

Las celebraciones de Mawlid del Profeta Muhammad no eran nuevas ya que eran una tradición Chiita celebrada en Oriente y que se popularizó primero en La Meca y luego en Egipto con los Fatimíes. Desde allí se extendió al resto de Oriente Islámico y llegó a occidente gracias a los viajes de peregrinaje a La Meca de andalusíes.



NAYRÛZ, EL AÑO NUEVO

No es otra cosa que la adaptación andalusí de una festividad persa de origen Zoroastriano que aún hoy se celebra en Irán y los países de habla persa como Afganistán o Uzbekistán y entre los parsis o zoroastianos actuales. NAYRÛZ o NOWRÛZ es el Año Nuevo Persa que se celebra aún en la actualidad.

YANNAYR etimo mozárabe latino procedente del latin «jannuarius» «Enero» y en un contexto pre cristiano se lo indentifica con el dios Jano, el dios de las dos caras. El pasado y el futuro, que abría el nuevo año.

Lo cierto es que a pesar de la decadencia del Al-Andalus, estas tradiciones perduraron hasta una fecha tardía del período almorávide, casi a mitad del siglo XIII.

Abû Amrân Musâ de Triana, escribe un poema donde refleja las tradiciones de aquella época. Traducido por Simonet en «Historia de los Mozárabes».

-Y dijo Abu Amran Musa el Triani con motivo de haber entrado un día de Nairm, en casa de uno de los magnates, los cuales tenían por costumbre el hacer en tal día ciudades de pasta con preciosas figuras; y como mirando a la ciudad le hubiese agradado, le dijo al dueño de la casa: «Descríbela y tómala», y él dijo:

Una ciudad amurallada: asombrase de ella los mágicos.

No la construyeron sino las manos de una Virgen casta.

Parece una esposa que sale a vistas hecha de pan de flor y dulces.

Y no tiene más llaves que  los diez dedos.-




Bibliografía:

Boloix, Barbara, «Las primeras celebraciones del Mawlid en Al-Andalus y Ceuta»

Simonet,Francisco Javier «Historia de los Mozárabes en España»


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Breves conceptos sobre la filosofía islámica

Es una afirmación común en Occidente que nada hay de místico ni filosófico en el Qorán, y que nada deben a este Libro ni filósofos ni místicos. Pero lo que aquí nos planteamos no es discutir lo que los occidentales encuentran o dejan de encontrar en el Qorán, sino saber qué es lo que de hecho han encontrado en él los musulmanes.

La filosofía islámica es ante todo la obra de unos pensadores integrantes de una comunidad religiosa caracterizada por la expresión qoránica Ahl al-Kitâb: un pueblo que posee un Libro sagrado, es decir, un pueblo cuya religión está fundada en un Libro «descendido del Cielo», un Libro revelado a un profeta y que le ha sido enseñado por ese profeta. Los «pueblos del Libro» son propiamente los judíos, los cristianos y los musulmanes (los zoroastrianos, gracias al Avesta, se han beneficiado en mayor o menor medida de ese privilegio; los denominados «sabeos de Harrán» han sido menos afortunados).



Todas estas comunidades tienen en común un problema que les viene planteado por el fenómeno religioso fundamental que les es común, es decir, el fenómeno del Libro sagrado, regla de vida en este mundo y guía más allá de él. El problema a que nos referimos, tarea primera y última, es la comprensión del sentido verdadero del Libro.

Pero el modo de comprender está condicionado por el modo de ser del que comprende y, recíprocamente, el comportamiento interior del creyente está en función de su modo de comprender. La situación vivida es esencialmente una situación hermeneútica, es decir, una situación en la que aflora para el creyente el sentido verdadero, el cual, a su vez, hace verdadera su existencia. Esta verdad del sentido, correlativa de la verdad del ser, verdad que es real, realidad que es verdadera, es lo que se expresa en uno de los términos claves del vocabulario filosófico islámico: la palabra haqîqat.

El término haqîqat, aparte de tener otras acepciones, designa el sentido verdadero de las revelaciones divinas, es decir, el sentido que, al ser la verdad, es su esencia, y, en consecuencia, su sentido espiritual. De ahí que pueda decirse que el fenómeno del «Libro santo revelado» implica una antropología propia, incluso un tipo determinado de cultura espiritual, y por tanto que postula también, a la vez que estimula y orienta, un cierto tipo de filosofía. Hay algo en
común en los problemas que la búsqueda del sentido verdadero, en tanto que sentido espiritual, ha planteado a la hermeneútica bíblica y a la qoránica en el Cristianismo y en el Islam respectivamente. Pero hay también profundas diferencias, y analogías y diferencias deberían ser analizadas y expresadas en términos de estructura.

Plantearse como objetivo alcanzar el sentido espiritual, implica que hay otro sentido distinto a ése y que entre ambos puede existir quizá toda una escala que incluiría una pluralidad de sentidos espirituales. Todo depende, pues, del acto inicial de la conciencia que proyecta la perspectiva con las leyes que le corresponden. Ese acto, por el que la conciencia se revela a sí misma dicha perspectiva hermenéutica, le revela simultáneamente el mundo que debe organizar y jerarquizar.



Desde este punto de vista, el fenómeno del Libro santo ha suscitado estructuras que se corresponden en el Cristianismo y en el Islam; por el contrario, en la medida en que difiere el modo de acercamiento al sentido verdadero, las situaciones y las dificultades difieren en una y otra parte.

Continuará…

Por H. Corbin

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Cristo el Galileo no era judío

En interés de análisis futuros se impone a la Imagen de Cristo no solamente en su pureza inmaculada de todo lo circundante, sino también en su relación con ese medio ambiente. Muchos fenómenos importantes del pasado y del presente son, de lo contrario incomprensibles. No es de ninguna manera indiferente si mediante un agudo análisis adquirimos conceptos precisos acerca de lo que en esta figura es judío, y lo que no lo es.

En cuanto a esto impera desde los comienzos de la era cristiana y hasta el día de hoy, y desde los bajos niveles del mundo intelectual hasta sus cimas más altas, una desesperante confusión. No solamente una figura tan excelsa era fácil de captar y apreciar en su tiempo, sino que todo convergió para borrar y adulterar sus verdaderos rasgos: idiosincrasia religiosa judía, misticismo sirio, ascetismo egipcio, metafísica helénica, pronto también tradiciones estatales y pontificias romanas, agregado a ello la superstición de los bárbaros; no hubo malentendido ni incomprendida que no participasen en la obra.

En el siglo diecinueve, por cierto, muchos se han dedicado al desenredo de esta situación, pero sin que yo sepa, alguno haya logrado extraer de la masa de hechos los pocos puntos principales y ponerlos ante los ojos de todos. Es que contra el prejuicio y la prevención no protege ni siquiera la honesta erudición.

Queremos intentar aquí, si bien lamentablemente sin conocimientos especializados, pero también sin prejuicio, investigar en qué medida Cristo pertenecía a su entorno y se valía de sus conceptos, en qué se diferenciaba y se elevaba inconmensurablemente sobre él; sólo de esta manera puede lograrse extraer la personalidad en su plena dignidad autónoma más allá de todas las contingencias.

Preguntémonos, pues, por lo pronto:

¿Era Cristo un judío en cuanto a la pertenencia a la rama étnica (Stammesangehörzgkeit)?

Esta pregunta tiene a primera vista algo de mezquino. Ante semejante imagen las peculiaridades de las razas desaparecen. ¡Un Isaías sí! Por mucho que descuelle frente a sus contemporáneos, sigue siendo judío totalmente, ni una palabra que no brote de la historia del espíritu de su pueblo; también allí donde despiadadamente pone al desnudo y condena lo característicamente judío, se acredita –precisamente en esto- como judío: en Cristo no hay ni vestigio de esto.

¡Oh, nuevamente un Homero! Este despierta, el primero, al pueblo helénico a la conciencia de sí mismo; para poder hacerlo, debió albergar en el propio pecho la quintaesencia de todo helenismo. ¿Dónde, empero, está el pueblo que despertado por Cristo a la vida se hubiera ganado por ello el precioso derecho –y aunque viviese en las Antípodas- de calificar a Cristo como suyo? ¡De cualquier modo no en Judea!



Para el creyente Jesús es el Hijo de Dios, no de un ser humano; para el no creyente será difícil encontrar una fórmula que designe el hecho a la vista de esta personalidad incomparable en su inexplicabilidad, de una manera tan breve y expresiva. Es que existen manifestaciones que no pueden ser incorporadas al complejo de representaciones del intelecto sin un símbolo. Esto en cuanto a la cuestión principal y para alejar de mí toda sospecha de que pudiera navegar sujeto al cabo de remolque de aquella escuela ‘’histórica’’ chata que emprende la tarea de explicar lo inexplicable. Es cosa distinta instruirnos sobre el medio histórico de personalidad solamente para ver ésta con una mayor claridad. Si hacemos esto, entonces la respuesta a la pregunta:

¿Fue Cristo un judío? De ninguna manera es sencilla. Según la religión y la educación lo fue sin ninguna duda; según la raza –en el sentido más limitado y propio de la palabra ‘’judío’’– con la mayor probabilidad no.

El nombre Galilea (de Gelil haggoyim) significa Comarca de los Paganos. Parece que esta parte del territorio, tan alejada del centro espiritual, nunca se había mantenido tan pura, ni siquiera en los viejos tiempos en que Israel aún era fuerte y unido y en que servía a las tribus Naftalí y Sebulon como patria. De la tribu Naftalí se refiere que originariamente era ‘’de procedencia muy mezclada’’ y si bien la población primitiva no-israelita se mantuvo en todo el ámbito de Palestina, esto ‘’no sucedió en ninguna parte en tan grandes masas como en las masas del norte’’. (1)

A ello se agregaba otra circunstancia. Mientras que la restante Palestina por su situación geográfica está en cierto modo separada del mundo, ya cuando los israelitas ocuparon el país existía una vía de comunicación del lago Genesaret a Damasco. Y Tiro y Sidón podían ser alcanzadas más rápidamente desde allí que Jerusalén. Y así vemos a Salomón ceder una considerable parte de esta Comarca de los Paganos (como ya entonces se llamaba. /Reyes IX. 11) con veinte ciudades al rey Tiro en pago de sus suministros de cedros y abetos y de los 120 quintales de oro que éste había entregado para la construcción del templo; tan poco caro era al rey de Judea este país a medias poblado por extranjeros.

El rey Tirio Hiram debió encontrarlo en general poco poblado, ya que aprovechó la ocasión para radicar en Galilea a distintos pueblos extranjeros. (2) Después vino, como es sabido, la separación en dos reinos y desde esa época, es decir, desde mil años antes de Cristo se produjo sólo transitoriamente, de vez en cuando, una conexión más estrecha, política, entre Galilea y Judea, y sólo ésta, no una comunidad de la fe religiosa, promueve una fusión de los pueblos.

También en tiempos de Cristo galilea estaba separada totalmente de Judea desde el punto de vista político, de tal modo que estaba con respecto a ésta ‘’en la situación de un país extranjero’’. (3) Pero entretanto había ocurrido algo que debió eliminar el carácter israelita de esta región norteña casi por completo: 720 años A.C (o sea alrededor de un siglo y medio antes del cautiverio babilónico de los judíos), el reino norteño de Israel fue devastado por los asirios y su población –presuntamente en su totalidad, de todos modos en gran parte- deportada: y ello a distintas y alejadas comarcas del reino, en las que en poco tiempo se fusionó con los habitantes y, en consecuencia, desapareció completamente. (4)

Al mismo tiempo fueron trasladadas tribus extranjeras, de zonas apartadas, para su afincamiento en Palestina. Los eruditos sospechaban, empero, (sin poder dar seguridades al respecto) que una considerable fracción de la anterior población mestizada con sangre israelí, había quedado en el país, pero de todos modos ella no se mantuvo separada de los extranjeros, sino que se diluyó en ellos. (5)

El destino de estos países fue por consiguiente, muy diferente al de Judea. Porque cuando más tarde también fueron llevados los judíos, su país quedó por así decirlo vacío, poblado sólo por pocos campesinos autóctonos, de tal modo que al regreso del cautiverio de Babilonia, en el cual además habían conservado la pureza de su raza, los judíos pudieron sin dificultad seguir manteniendo esta pureza.

Galilea, por el contrario, y los países adyacentes habían sido, como queda dicho, colonizados sistemáticamente por los asirios, y, como se desprende de los informes bíblicos aparentemente de sectores muy distintos de este enorme reino, entre otras del norte montañoso de Siria. En los siglos previos al nacimiento de Cristo inmigraron, asimismo, muchos fenicios y también numerosos griegos. (6)

Conforme a estos últimos hechos hay que presumir que también sangre aria pura fue transplantada allí; pero es seguro que se produjo una gran mezcla de las más diversas razas, y que los extranjeros se habrían asentado en mayor número en la Galilea, más accesible y además más fértil. El Viejo Testamento mismo cuenta con subyugante ingenuidad como estos extranjeros originariamente llegaron a conocer el culto de Yahvé (II Reyes XVII, 24 y sig.) en el país despoblado se multiplicaron las fieras; se tomo esta plaga como una venganza del ‘’dios local’’ descuidado (versículo 26); pero no había nadie que hubiese sabido como éste quería ser venerado: así los colonos mandaron enviados al rey de Asiria y solicitaron un sacerdote israelita del cautiverio, y éste vino y ‘’les enseñó el culto del dios local’’.

De este modo los habitantes de Palestina norteña, a partir de Samaria, se convirtieron en judíos en cuanto a la fe, también aquellos de entre ellos que no tenían ni una gota de sangre israelita en sus venas. En épocas posteriores pueden muy bien haberse afincado allí algunos genuinos judíos; pero probablemente sólo como extranjeros en las ciudades mayores ya que una de las cualidades más dignas de admiración de los judíos –en especial a partir de su regreso del cautiverio, donde también se presenta por primera vez el concepto nítidamente circunscrito, de judío como designación para una religión (véase Zacarias VII, 23) –fue su preocupación de mantener pura la raza; un matrimonio entre judío y galileo era inconcebible. Sin embargo, también éstos núcleos judíos en medio de la población extranjera fueron completamente eliminados de Galilea no mucho tiempo antes del nacimiento de Cristo.

Simon Tharsi, uno de los macabeos fue el que, después de una campaña exitosa en Galilea contra los sirios: ‘’reunió a los judíos que vivían allí y los determinó a emigrar y a asentarse todos sin excepción en Judea (7). Y el prejuicio contra Galilea siguió siendo tan grande entre los judíos que, cuando Herodes Antipas hubo construido durante la juventud de Cristo la ciudad de Tiberias y quiso introducir a los judíos allí, no lo logró ni mediante promesas, ni por la fuerza (8).

No existe, pues, como se ve, ni el menor motivo para admitir que los padres de Jesucristo hayan sido, en cuanto raza, judíos.

En el ulterior transcurso de la evolución histórica tuvo lugar algo para lo cual se podía mostrar más de una analogía en la historia: entre los habitantes de la Samaria, situada más al Sur e inmediatamente adyacente a Judea, que sin duda por la sangre y el intercambio estaban mucho más próximos a los judíos propiamente dichos que los galileos, se conservó la tradición de la repugnancia y de la envidia norisraelita contra los judíos: los samaritanos no reconocieron la supremacía eclesiástica de Jerusalén y eran de ahí tan odiosos a los judíos como heréticos que no estaba permitido ningún trato con ellos: ni un pedazo de pan podía el ortodoxo tomar de sus manos, era considerado como si hubiera comido carne de cerdo. (9)

Los galileos, en cambio, que para los judíos eran directamente ’’extranjeros’’ y como tales despreciados y mantenidos excluidos de ciertas ceremonias religiosas, eran sin embargo ‘’judíos’’ estrictamente ortodoxos y frecuentemente hasta fanáticos. Querer ver en ello una prueba de su origen, es insensato.

Es exactamente lo mismo que si quisiera identificar a la población eslava genuina de Bosnia o los más puros indoarios de Afganistán etnológicamente con los turcos porque son musulmanes ortodoxos mucho más devotos y fanáticos que los auténticos otomanos. La expresión judío designa a una raza humana determinada, mantenida sorprendentemente pura, sólo en segundo término e impropiamente a los que profesan una religión. Tampoco puede ser de ninguna manera que se equipare el concepto ‘’judío’’ como últimamente sucede con frecuencia, con el concepto ‘’semita’’; el carácter nacional de los árabes por ejemplo, es absolutamente distinto al de los judíos.

Llamo la atención sobre el hecho de que también el carácter nacional de los galileos contrastaba esencialmente con el de los judíos. Consúltese la historia que se quiera de los judíos, la de Ewald, de Graetz o de Renán, en todas partes se encontrará que los galileos se diferenciaban por su carácter de otros habitantes de Palestina; se los califica de hombres coléricos, de idealistas enérgicos, de hombres de acción. En los largos disturbios con Roma, antes y después de la época de Cristo, los galileos son por lo general, el elemento propulsor y a los que únicamente la muerte vencía.



Mientras que las grandes colonias de judíos genuinos estaban en excelente relación, en Roma y Alejandría, con el imperio pagano, donde llevaban la buena vida como intérpretes de sueños (10), ropaviejeros, mercachifles, prestamistas, actores, consejeros legales, comerciantes, eruditos, etc., en la lejana Galilea, aun en época de César, Ezekia el Galileo osó levantar su bandera de la rebelión religiosa. A él siguió el famoso Judas el Galileo, con el lema: ‘’¡Dios sólo es Señor, la muerte es indiferente, la libertad uno y todo!’’ (11)

Luego se formó en Galilea el partido de los Sicarios (es decir, cuchilleros), no muy distintos de los actuales thugs indios; su jefe más importante, el galileo Menahem, aniquiló en tiempos de Nerón la guarnición romana de Jerusalén, y en agradecimiento, bajo el pretexto de que había querido hacerse pasar por el Mesías, fue ajusticiado por los mismos judíos; también los hijos de Judas fueron clavados en la cruz como agitadores peligrosos para el Estado (y ello por un procurador judío); Juan de Giachala, una ciudad en la extrema frontera norte de Galilea, dirigió la desesperada defensa de Jerusalén contra Tito, y la serie de héroes galileos fue cerrada por Eleaser, quien durante años después de la destrucción de Jerusalén se mantuvo atrincherado con una pequeña tropa en las montañas donde, cuando la última esperanza se había perdido, mataron primero a sus mujeres e hijos y luego se mataron a sí mismos. (12)

En estas cosas se manifiesta, evidentemente, un carácter nacional especial, diferente. Con frecuencia también se refiere que las mujeres de Galilea habrían poseído una belleza sólo peculiar a ellas; los cristianos de los primeros siglos hablan además, acerca de su gran bondad y su amabilidad en su trato con adherentes de otras religiones, en contraste con el soberbio desprecio de que eran objeto por parte de las judías genuinas. Este carácter nacional tuvo, empero, otra precisa particularidad: la lengua. En Judea y en los países limítrofes se hablaba en tiempos de Cristo el arameo; el hebreo ya era una lengua muerta, que únicamente seguía viviendo en las escrituras sagradas. Ahora bien: Se refiere que los galileos habrían hablado un dialecto del arameo tan peculiar y extraño, que se los reconocía a la primera palabra; ‘’tu lengua te traiciona’’ dicen los siervos del sumo sacerdote a Pedro. (13)

El hebreo se dice, no eran capaces de ninguna manera de aprenderlo, en especial sus sonidos guturales eran para ellos un obstáculo insalvable, de tal modo que a los galileos por ejemplo, no se los podía admitir para recitar las oraciones, porque su ‘’pronunciación descuidada causaba risa’’. (14)

Este hecho prueba una diferencia física en la construcción de la laringe y por sí sólo haría suponer que se había producido un fuerte agregado de sangre no semita; porque la riqueza en sonidos guturales y la virtuosidad en usarlos es un rasgo común a todos los semitas (15).

De esta cuestión -¿Fue Cristo un judío según la raza?- he creído haber tenido que ocuparme con cierta amplitud, porque en ninguna obra he encontrado reunidos claramente los hechos concernientes a ello. Hasta en una obra objetivamente científica, no influenciada por ninguna clase de intenciones teológicas, como la de Albert Réville (16) el conocido profesor de investigación religiosa comparada en el College de Francia, la palabra judío se emplea a veces par la raza judía, a veces para la religión judía. Leemos por ejemplo: ‘’Galilea estaba habitada en su mayor parte por judíos, pero había también paganos sirios, fenicios y griegos’’. Aquí por tanto, judío significa el que venera al dios local de Judea, indistintamente del origen racial. En la página siguiente, empero, se habla de una ‘’raza aria’’ en contraste con una ‘’nación judía’’ aquí por tanto, judío designa un tronco humano determinado, estrechamente limitado mantenido puro durante siglos. Y seguidamente hace la profunda observación: ‘’La cuestión si Cristo es de origen ario, es ociosa. Un hombre pertenece a la nación en cuyo medio se ha criado’’. ¡Esto se llamaba ciencia en el año del Señor de 1896!

En las postrimerías del siglo 19 un erudito aún no debía saber que la forma de la cabeza y la estructura del cerebro tienen una influencia del todo decisiva sobre la forma y la estructura de los pensamientos, de tal modo que la influencia del entorno, por grande que sea la importancia que se le asigne, está sin embargo limitada por ese hecho inicial de las disposiciones físicas a determinadas capacidades y posibilidades, con otras palabras, que están señalados caminos determinados; no debía saber que precisamente la figura del cráneo pertenece a aquellos caracteres que son transmitidos por herencia, de modo que mediante mediciones craneológicas se distinguen las razas y aún después de siglos de mestización los integrantes primitivos que se manifiestan atávicamente son revelados al investigador podía creer que la así llamada alma tiene su asiento fuera del cuerpo al que lleva de la nariz como un muñeco!

¡Oh Edad Media! ¿Cuándo se apartará tu noche de nosotros? ¿Cuándo comprenderán los hombres que la figura no es un accidente sin importancia sino una expresión del ser más íntimo? ¿Qué justamente aquí, en este punto, los dos mundos del interior y del exterior, de lo visible y de lo invisible, se tocan?

Denominé a la personalidad humana el mysterium magnum de la existencia; ahora bien: en su imagen visible este milagro insondable se presenta a la vista y al intelecto escudriñador. Y de la misma manera que las posibles figuras de un edificio están determinadas y limitadas por la naturaleza del material en construcción en aspectos esenciales, así también la posible figura de un ser humano, la interior y la exterior, está determinada en aspectos sustanciales por los elementos constructivos heredados, de los cuales se hace la composición de esta nueva personalidad.

Seguramente puede suceder que se dé una significación abusiva al concepto de raza: con ello se menoscaba la autonomía de la personalidad y se corre el peligro de subestimar el gran poder de las ideas; además, la cuestión racial es infinitamente más complicada que lo que cree el profano, pertenece eternamente al terreno de la antropología y no puede ser solucionada por sentencias de lingüistas e historiadores.

Pero, con todo, no puede ser que se deje simplemente de lado la raza como quantité négligeable; menos puede ser que se enuncie algo directamente acerca de la raza y permitir que semejante mentira histórica llegue a cristalizar si, en un dogma incontrovertible. El que sostiene la aserción de que Cristo fue un judío, es o bien ignorante o falta a la verdad: ignorante, si hace una mezcla confusa de religión y raza, falta a la verdad, si conoce la historia de Galilea y mitad calla mitad desfigura los hechos sumamente enredados a favor de sus prejuicios religiosos o aún para mostrarse complaciente al poderoso judaísmo. (17)

La probabilidad que Cristo no fue un judío, que no tenía una gota de sangre judía en las venas, es tan grande que casi equivale a una certeza. ¿A qué raza pertenecía? A esto no se puede dar ninguna respuesta. Como el país estaba situado entre Fenicia y Siria, impregnada en su porción sudoeste de sangre semita, además quizá no estaba del todo limpio de su anterior población mestizada con israelíes (pero nunca con judíos), la probabilidad de un árbol genealógico preponderantemente semita es grande. Pero el que ha echado aunque sea sólo un vistazo a la Babel de razas del reino asirio (18), y luego se entera de que de las partes más diversas de este reino se trasladaron colonos a aquel anterior hogar de Israel, no tendrá pronta la respuesta.

Es bien posible que en algunos de estos grupos de colonos existiese una tradición de casarse entre ellos, con lo que entonces una rama étnica se habría mantenido pura; pero que esto haya sido realizado durante más de medio milenio, es casi increíble pues precisamente por el traspaso al culto judío se iban borrando paulatinamente las diferencias étnicas, que al comienzo (II Reyes, XVII, 29), habían sido mantenidas por costumbres religiosas patrias. En épocas posteriores inmigraron además, como hemos oído, griegos; de todos modos pertenecía a las clases más pobres y por supuesto adoptaron de inmediato el ‘’dios local’’.

Sólo una afirmación podemos dejar sentada, por lo tanto, sobre sano fundamento histórico: en toda aquella parte del mundo había una única raza pura, una raza que mediante estrictas prescripciones se protegía de toda mezcla con otros pueblos, la judía; que Jesucristo no pertenecía a ella, puede ser considerado como seguro. Toda ulterior aseveración es hipotética.



Este resultado aunque puramente negativo es de gran valor; significa un importante aporte al exacto conocimiento de la imagen de Cristo, y con ello también para la comprensión de su influencia hasta el día de hoy y para el desenredo del ovillo terriblemente embrollado de conceptos, contradictorio e ideas erróneas, que se ha enlazado alrededor de la sencilla, transparente verdad. Pero ahora debemos calar mas hondo. La pertenencia exterior es menos importante que la interna; recién ahora llegamos a la cuestión decisiva: ¿hasta que punto Cristo pertenece como manifestación (Erscheinung) al judaísmo, hasta que punto no?

Por H. St. Chamberlain


Notas:

  1. Wellhausen Israelische und judische Geschichte (Historia israelita y judía) 3 ed.L8097, pág, 16 y 74. Como además Jueces /30 y 33 y aquí más abajo cap 5.
  2. Graetz: Volkstumbliche Geschichte der Juden, (Historia popular de los judíos/88.
  3. Graetz: Ic/ 567. Galilea y Perea tenían juntos un tetrarca propio que gobernaba independientemente, mientras que Judea, Samaria o Idumea estaban bajo un procurador romano. Graetz agrega en este lugar: ‘’Por la animosidad de los samaritanos, cuyo país formaba una cuña entre Judea y Galilea la comunicación entre las dos porciones de territorio separados estaba aún más trabada.’’ –Que además no se tiene el derecho de identificar a los genuinos ‘’israelitas’’ del norte con los ‘’judíos’’ propiamente dichos del sud, no lo he mencionado aquí por razones de simplicidad.
  4. Tan completamente desapareció que algunos teólogos que disponían de suficientes horas de ocio como para romperse la cabeza también en el siglo diecinueve sobre qué pudo haber sido de los israelitas ya que no podían admitir que cinco textos de un pueblo al que Yahvé había prometido toda la Tierra hubiesen simplemente desaparecido. Una cabeza ingeniosa hasta llegó a la conclusión de que las diez tribus que se creían perdidas eran los actuales ingleses! Tampoco se encontró en apuros en cuanto a la moraleja de este descubrimiento: por eso a los británicos les pertenecen por derecho cinco sextos de toda la superficie terrestre el restante sexto a los judíos. Compo. H.L.: Lost Israel where are they to be found? (Los israelitas perdidos, dónde se los encontrará? (Edinburg 6a,1877). En este folleto se menciona otra obra, Wilson Our Israelistisch Origin, nuestro origen Israelita. Hasta hay, según estas autoridades, honestos anglosajones que han remitido su genealogía hasta Moisés!
  5. Hasta qué considerablemente medida ‘’el carácter distintivo de la nación israelita estaba perdido’’, lo refiere Robertson Smith, The prophets of Israel (los profetas de Israel), (1895) pag. 1953
  6. Albert Reville Jesús de Nazareth 416. No se olvide tampoco que Alejandro el Grande había poblado después del alzamiento del año 331 a la próxima Samaria con macedonios.
  7. Graetz Lc. /.400. Véase también Macabeos V.23.
  8. Graetz Lc./ 544. (COMPO.Josefo, Libro XVIII, cap3.
  9. De la Mishna citado por Renan: Vie de Jesús, Vida de Jesus 23 ed. Pág 242.
  10. Juvenal cuenta: Aere minuto Quallacunque voles Judaei somnía verdunt
  11. Mommsen: Römische Geschichte, (Historia romana) V, 515
  12. También aún más tarde los habitantes de Galilea formaban una raza especial distinguida por su vigor y su valentía, como lo demuestra su participación en una campaña bajo el persa Sharbaza y en la toma de Jerusalén. En el año 614.
  13. Se podrían por cierto resumir de los Evangelios suficientes testimonios sobre la diferenciación entre los galileos y los judíos propiamente dichos. En particular, en Juan se habla reiteradamente de ‘’los judíos’’ como de algo extranjero y los judíos por su parte declaran: ‘’De Galilea no sale ningún profeta’’ (7,52).
  14. Compo. P. ej a Graetz lc/./, 575. Sobre la peculiaridad de la lengua de los galileos y la incapacidad de los mismos para pronunciar correctamente los sonidos guturales semitas: Comp. Especialmente a Renan: Langues sémitiques. Lenguas semitas 5ª. Ed. Pag 230.
  15. Véase p.Ej., el cuadro omparativo en Max Müller Science of Language, 9º ed,p. 169 y en cada uno de los tomos de los Sacred Books of the East (Libros Sagrados del Este). La lengua sanscrita conoce sólo seis auténticos guturales, la hebrea, diez; es principalmente llamativa la diferencia en el sonido alto gutural, la h, para el cual las lenguas indogermánicas desde siempre solo conocieron un solo sonido, las semitas en cambio cinco distintos. A su vez, se encuentran en el sanscrito siete distintos sonidos linguales y en hebreo sólo dos. Cuán inmediatamente difícil resulta borrar completamente tales signos raciales lingüísticos heredados; todos los conocemos perfectamente por el ejemplo de los judíos que viven entre nosotros; el dominio correcto de nuestros sonidos linguales les resulta tan imposible como a nosotros la maestría para emitir sonidos guturales.
  16. Jesus de Nazareth, etudes critiques sur le antécedents de l’historie evangelique et la vie de Jesús (Jesús de Nazareth estudios críticos sobre los antecedentes del a historia evangélica y la vida de Jesús) 2 vol 1897.
  17. ¿Cómo se puede explicar por ejemplo que Renan, en su Vie de Jesus aparecido en 1863 dice que es imposible aun hacer suposiciones en cuanto a la raza a la que perteneció Cristo por su sangre (véase cap. II), en el quinto tomo terminado en 1891 de su Historie du Peuple d’Israel, sostiene la categórica afirmación, Jesus etait un Juif, y ataca con inusitada violencia a la gente que osa poner esto en duda ¿No será que la Alliance Israélité con quien Renan en sus últimos años de vida se halló en tan vivas relaciones, tuvo también una palabra que decir en esto? En el siglo diecinueve escuchamos tantas cosas bellas sobre la libertad de la palabra, libertad de la ciencia, etc. Pero en verdad estuvimos mucho peor avasallados que en el siglo 18, porque a los anteriores detentadores del poder, se agregaron nuevos y peores. La coacción anterior podía, con toda su amarga injusticia, fortalecer el carácter. La nueva, que sólo parte del dinero y sólo tiene en vista el dinero, humilla la más baja esclavitud.
  18. Comp Hugo Wincker Die Volker Vorderasiens (Los Pueblos del Asia interior), 1900.

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Los clanes de las montañas de Líbano

Pierre Gemayel con sus hijos Amin y Bashir

Líbano, el auténtico Líbano es, sobre todo, la montaña. Las ciudades del litoral, Beirut, Trípoli, Saida, Tiro, fueron añadidas al abrupto e histórico originario País de los Cedros. Es por esto que los poderosos clanes, las influyentes familias tradicionales cristianas drusas, siguen teniendo sus feudos en su cadena montañosa, ya sea en Metn, en Kesruan, en Bcharre, o en el Chuf.

Bukfaya es un hermoso pueblo en el que hay todavía casas de piedra con tejados a cuatro vertientes de tejas rojas. En una de sus antiguas casonas vive la familia de los Gemayel, una de las más prominentes familias políticas libanesas a la que pertenecía el joven Pierre Gemayel, asesinado ministro de Industria. Su abuelo, que tenía el mismo nombre de pila, fue el fundador del partido del Kataeb o Falange que en 1975 con los guerrilleros palestinos desencadenaron la larga guerra civil de quince años. Esta familia que ha dado dos presidentes a la república, Bechir, también asesinado en 1982, y Amin, padre de la víctima, ha encarnado una cierta idea de Líbano radical maronita.

El otro clan rival, también maronita, el de los Frangie, algunos de cuyos miembros siempre se han decantado hacia Siria, tiene otra hermosa población de la montaña, Zghorta, como base de su autoridad.



La tercera gran familia maronita influyente que contó con un presidente de la república, la familia Chamun, está arraigada en la bella localidad de la montaña, en Deir el Kamar, el Convento de la Luna, en la misma región del Chuf en la que domina el jefe druso Walsd Jumblat, otro de los perennes señores de la guerra de Líbano.

La historia del Líbano es una historia de sangre, de sangre vertida en las intestinas luchas de clanes y familias originarias de la montaña. En 1977, en el feudo de los Frangie, un grupo de milicianos capitaneados por Sami Geagea, llamado el Doctor, actual jefe de las Fuerzas libanesas, irrumpió en la mansión de Tony Frangie, asesinándole con su mujer y sus dos hijos. La vendetta de los milicianos falangistas quiso castigar al clan Frangie que se oponía a su política y mantenía muy buenas relaciones con el Jefe del Estado de Siria. Dos años después, en un balneario de la costa, las piscinas de Saframarina quedaron manchadas de sangre cuando los hombres de Bechir Gemayel, tío del ministro asesinado el martes en Beirut, quisieron eliminar una pequeña milicia cristiana rival, la de los Tigres, salvándose de milagro Dany Chamun y los suyos.

En 1982 tras la invasión israelí fue asesinado Bechir Gemayel en su cuartel general de Achrafie. Y diez años más tarde, en la bella localidad de Deir el Kamar, antigua capital del principado de Líbano, unos hombres armados que nunca pudieron ser identificados mataron a Dany Chamun, a su esposa y a sus dos hijos. Las venganzas, los ajustes de cuentas, los asesinatos forman parte de esta política de una guerra incesante de mil caras. Todos estos crímenes, todos los demás magnicidios cometidos en treinta y cinco años, han quedado totalmente impunes. Una guerra secreta yace siempre por debajo de los conflictos armados que brotan en la población.

Sami Geagea cuenta también con su propio feudo montañés en Becharre, donde nació el poeta Gibran Khalil Gibran, la localidad vecina de los Cedros, de los últimos y milenarios cedros, que aún quedan en Líbano, y del valle de la Kadicha donde se encuentran antiguos monasterios y conventos excavados en las rocas.

Sami Geagea y el general Michel Aoun, también cristiano maronita que ya se enzarzaron entre 1988 y 1989 en una escandalosa guerra civil, se enfrentan de nuevo políticamente, en este nuevo tiempo de amenazas e incertidumbres de Líbano. Aún apoya al Hizbullah en contra de los demás jefes de los clanes maronitas que se han alineado con el gobierno antisirio del musulmán suní Fuad Siniora.



El asesinato de Pierre Gemayel ha embarazado a estos partidos de la oposición que habían planeado, antes del crimen, manifestaciones callejeras en favor de su plan de constituir un gobierno de unidad nacional. Porque quieren evitar ahora cualquier movimiento popular que exponga a Líbano a desbordantes oleadas emocionales. Todos los dirigentes han codeado el asesinato y han exhortado a sus simpatizantes que mantengan la calma. La jornada de la Fiesta de la Independencia de Líbano fue decretada día de luto nacional.

Por La Vanguardia

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La posición del Islam contra la usura – Parte II

El cambista y su mujer – Quentin Massys (1514)


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El mundo cristiano prohibió la usura, o al menos la mantuvo limitadamente mientras estuvo regido por la ley canónica. Los reformistas cristianos, tanto Lutero como Zuinglio, reafirmaron la condena de la usura, pero el reformista Jean Cauvin (Calvino), fue el primero en levantar la voz en favor de la usura; un siglo más tarde un discípulo suyo Claude Saumaire argumentará en su libro «Sobre la usura» (1638) que cargar interés es necesario para la salvación. El Renacimiento supondrá un cambio fundamental en la visión cristiana del mundo que pasará del teocentrismo cristiano a un paulatino humanismo que culmina en la Ilustración.

La fatal interpretación cartesiana del hombre como subjectum o medida del mundo afectó entre otras muchas cosas a la concepción tradicional de valor. La visión cartesiana daba licencia para concebir el valor, no como una vivencia existencial, sino como una figura idealizada racionalista dentro del esquema de sujeto/objeto. En este clima de profundo cambio los usureros obtuvieron su más importante victoria. La gran victoria de la usura, con claros precedentes en Inglaterra y Estados Unidos, fue sin duda la revolución francesa.

Dos acontecimientos cruciales en el año mismo de la revolución, aunque raramente mencionados,coronaron la misma: La circulación oficial por primera vez en Europa de papel-moneda estatal, los assignats ; y la derogación de la prohibición del interés en el préstamo, por primera vez en la historia de Francia, en el Decreto del 2 y 3 de Octubre de 1789.



Acerca de la revolución francesa, el Abate Barruel escribió en su libro «Memorias»: “Tres grupos diseñaron la revolución: ateos, enciclopedistas y economistas”. Asimismo, Edmond Burke diría en su «On French Revolution»: «La edad de la caballerosidad se ha ido. Una de sofistas, economistas y calculadores ha triunfado; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre”. ¿Pero quiénes eran estos economistas?

Se atribuye al Abate Ferdinando Galiani el haber sido el primero en sostener que la única medida del valor es el hombre, para él el valor es una idea en la mente del individuo. Turgot en su «Valeurs et Monnais» (1768) fue el primer escritor en afirmar que: “… en un cambio cada parte valora lo que recibe en más de lo que da”; posición exactamente opuesta al realismo aristotélico. Su escuela alcanzaría su máximo exponente en Jeremy Bentham, a quien se considera padre del utilitarismo. Bentham llamó a este concepto subjetivista de valor «utilidad», como esa propiedad de un objeto, que tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad. En 1787 escribió el libro explícitamente titulado «Defensa de la usura». El subjetivismo utilitarista permitía jugar con el valor.

Para los utilitaristas, valor es una idea en la mente del individuo, por tanto usura no es más que una idea en un mundo de ideas. Consecuentemente, las teorías utilitaristas, que derivaron hacia las modernas teorías de consumo, han aceptado el delito de la usura como principio, o bien han ignorado el tema hasta llevarlo al olvido.

El economista J. S. Mill podía proclamar en «Principios de Economía Política» (1848) que la teoría del sujeto está completa. Siguiendo esta línea, ya en pleno siglo XX, el judío y premio Nobel (1970) Paul Samuelsom presentó en su «Una nota sobre pura teoría del comportamiento de los consumidores» (1938) una significativa contribución a la tesis subjetivista con una teoría de la elección basada en los datos observables. Daba licencia así, a calcular «objetivamente» la valoración de la gente por medio de datos estadísticos, que se desentiende de la diferencia entre ambas formas de valoración: El tratamiento del acto de valorar como una cosa medible que hace del hombre algo cosificado y el “valorar, en cada caso mío” que caracteriza el modo de valorar del hombre libre.

Otra escuela fue la seguida por Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx. Aunque ellos admitían que en la transacción no hay incremento, su afirmación resulta contradictoria. Adam Smith considerado padre de la Economía, era calvinista, por tanto doctrinalmente usurero, y su contribución a la «teoría» del valor fue la de considerar que el trabajo es la fuente del valor. El judío Ricardo incluso llega a admitir que el individuo no produce el valor, ya que sería tanto como negar la realidad de que el precio lo establece el mercado, aunque consideraba que provenía del trabajo.

Con Marx, el más influyente economista moderno, también de origen judío, el valor de una mercancía se transforma en la forma objetiva del trabajo social gastado en su producción, y la cantidad de valor contenida en ella equivale a la cantidad de trabajo contenida en ella. No obstante, Marx mismo tuvo que reconocer que el trabajo (real o concreto, según su vocabulario), no puede ser utilizado como unidad elemental con la cual el valor de todas las mercancías pueda ser medida, ya que cada trabajo tiene distinto valor real. Por tanto, tuvo que formar la idea de dos tipos de naturalezas una “concreta” y otra “abstracta” del trabajo contenido en las mercancías(21), y apunta que la substancia del valor es el trabajo abstracto.

Pero he aquí la falacia: En primer lugar, hemos de admitir que el valor procede de un trabajo abstracto sin ninguna realidad, por tanto, «acientifico» e «idealista»; en segundo lugar, para que todos los trabajos tengan el mismo valor habremos de tener una total indiferencia en la elección de uno u otro, afirmación que también carece de realidad, pero que en la práctica resulta terriblemente peligrosa, ya que legitima la posibilidad de que esta indiferencia no-natural sea establecida impositivamente a la gente a través de un selecto grupo de políticos planificadores (el estado marxista).



Un examen detallado de las teorías de Marx revela que la teoría de la plusvalía no es nada más que una ocultación de la usura: Primero, desvía el problema del injusto infrasalario, que los obreros se ven forzados a aceptar bajo la coacción del desempleo -cuyo origen debe únicamente a la práctica de la usura y no a la introducción de nuevas máquinas como pretendía David Ricardo, a un aparente, pero no causal, conflicto entre empresarios y empleados; en segundo lugar, ignora toda crítica de la usura al considerar a los banqueros como otros empresarios más, que actúan en un negocio más. No es de extrañar pues el rumor de que el gran banquero Rothschild -también judío- financiara su obra «el Capital”, ya que en ella aparece la más abierta defensa del dinero fantástico (papel-moneda), con el que se habían enriquecido todas las casas bancarias de Europa:

“…en un proceso que lo hace cambiar constantemente de mano, basta con que el dinero exista simbólicamente. La existencia funcional absorbe, por así decirlo, su existencia material. No es más que un reflejo objetivo de los precios de las mercancías, reflejo llamado a desaparecer funcionando, sólo como función, como signo de sí mismo, es natural que pueda ser sustituido por otros signos”.

El famoso economista judío y premio Nobel (1976) Milton Friedman, considerado padre del monetarismo capitalista moderno, no tuvo más que continuar esta visión funcional que reemplaza la visión existencial de la moneda que Marx había trazado. Por esta razón podemos afirmar que el monetarismo no es más que una fórmula reformada de marxismo; otra prueba que revela la falsa oposición de la dialéctica izquierda / derecha.

La Economía es un típico producto de la metafísica subjetivista (metafísica cartesiana y kantiana). La Economía se fundamenta en una visión del hombre estrecha y funcional, independientemente de las escuelas. El lema “si funciona bien es bueno”, convertido en moral económica, ha servido como argumento para constreñir la libertad del individuo. Esta moral considera apropiado que los políticos estimen que es lo que la gente quiere y administren la riqueza de otras personas incluso sin su consentimiento. Para hacer posible esta justificación, el acto libre y vivido de valorar se ha «convertido» en cifras o algo medible al antojo de los economistas y políticos, y el derecho de propiedad ha sido también tergiversado. La Economía Moderna ha dado ya abundantes signos de haber perecido, de no ser capaz de entender ni al hombre, ni al mundo; al tiempo que conduce a ambos a una destrucción que nadie desea.

Por ‘Umar Ibrahim Vadillo


Notas:

21. Marx.»El capital», p.41


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