La posición del Islam contra la usura – Parte II

El cambista y su mujer – Quentin Massys (1514)


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El mundo cristiano prohibió la usura, o al menos la mantuvo limitadamente mientras estuvo regido por la ley canónica. Los reformistas cristianos, tanto Lutero como Zuinglio, reafirmaron la condena de la usura, pero el reformista Jean Cauvin (Calvino), fue el primero en levantar la voz en favor de la usura; un siglo más tarde un discípulo suyo Claude Saumaire argumentará en su libro «Sobre la usura» (1638) que cargar interés es necesario para la salvación. El Renacimiento supondrá un cambio fundamental en la visión cristiana del mundo que pasará del teocentrismo cristiano a un paulatino humanismo que culmina en la Ilustración.

La fatal interpretación cartesiana del hombre como subjectum o medida del mundo afectó entre otras muchas cosas a la concepción tradicional de valor. La visión cartesiana daba licencia para concebir el valor, no como una vivencia existencial, sino como una figura idealizada racionalista dentro del esquema de sujeto/objeto. En este clima de profundo cambio los usureros obtuvieron su más importante victoria. La gran victoria de la usura, con claros precedentes en Inglaterra y Estados Unidos, fue sin duda la revolución francesa.

Dos acontecimientos cruciales en el año mismo de la revolución, aunque raramente mencionados,coronaron la misma: La circulación oficial por primera vez en Europa de papel-moneda estatal, los assignats ; y la derogación de la prohibición del interés en el préstamo, por primera vez en la historia de Francia, en el Decreto del 2 y 3 de Octubre de 1789.



Acerca de la revolución francesa, el Abate Barruel escribió en su libro «Memorias»: “Tres grupos diseñaron la revolución: ateos, enciclopedistas y economistas”. Asimismo, Edmond Burke diría en su «On French Revolution»: «La edad de la caballerosidad se ha ido. Una de sofistas, economistas y calculadores ha triunfado; y la gloria de Europa se ha extinguido para siempre”. ¿Pero quiénes eran estos economistas?

Se atribuye al Abate Ferdinando Galiani el haber sido el primero en sostener que la única medida del valor es el hombre, para él el valor es una idea en la mente del individuo. Turgot en su «Valeurs et Monnais» (1768) fue el primer escritor en afirmar que: “… en un cambio cada parte valora lo que recibe en más de lo que da”; posición exactamente opuesta al realismo aristotélico. Su escuela alcanzaría su máximo exponente en Jeremy Bentham, a quien se considera padre del utilitarismo. Bentham llamó a este concepto subjetivista de valor «utilidad», como esa propiedad de un objeto, que tiende a producir beneficio, ventaja, placer, bien o felicidad. En 1787 escribió el libro explícitamente titulado «Defensa de la usura». El subjetivismo utilitarista permitía jugar con el valor.

Para los utilitaristas, valor es una idea en la mente del individuo, por tanto usura no es más que una idea en un mundo de ideas. Consecuentemente, las teorías utilitaristas, que derivaron hacia las modernas teorías de consumo, han aceptado el delito de la usura como principio, o bien han ignorado el tema hasta llevarlo al olvido.

El economista J. S. Mill podía proclamar en «Principios de Economía Política» (1848) que la teoría del sujeto está completa. Siguiendo esta línea, ya en pleno siglo XX, el judío y premio Nobel (1970) Paul Samuelsom presentó en su «Una nota sobre pura teoría del comportamiento de los consumidores» (1938) una significativa contribución a la tesis subjetivista con una teoría de la elección basada en los datos observables. Daba licencia así, a calcular «objetivamente» la valoración de la gente por medio de datos estadísticos, que se desentiende de la diferencia entre ambas formas de valoración: El tratamiento del acto de valorar como una cosa medible que hace del hombre algo cosificado y el “valorar, en cada caso mío” que caracteriza el modo de valorar del hombre libre.

Otra escuela fue la seguida por Adam Smith, David Ricardo y Carlos Marx. Aunque ellos admitían que en la transacción no hay incremento, su afirmación resulta contradictoria. Adam Smith considerado padre de la Economía, era calvinista, por tanto doctrinalmente usurero, y su contribución a la «teoría» del valor fue la de considerar que el trabajo es la fuente del valor. El judío Ricardo incluso llega a admitir que el individuo no produce el valor, ya que sería tanto como negar la realidad de que el precio lo establece el mercado, aunque consideraba que provenía del trabajo.

Con Marx, el más influyente economista moderno, también de origen judío, el valor de una mercancía se transforma en la forma objetiva del trabajo social gastado en su producción, y la cantidad de valor contenida en ella equivale a la cantidad de trabajo contenida en ella. No obstante, Marx mismo tuvo que reconocer que el trabajo (real o concreto, según su vocabulario), no puede ser utilizado como unidad elemental con la cual el valor de todas las mercancías pueda ser medida, ya que cada trabajo tiene distinto valor real. Por tanto, tuvo que formar la idea de dos tipos de naturalezas una “concreta” y otra “abstracta” del trabajo contenido en las mercancías(21), y apunta que la substancia del valor es el trabajo abstracto.

Pero he aquí la falacia: En primer lugar, hemos de admitir que el valor procede de un trabajo abstracto sin ninguna realidad, por tanto, «acientifico» e «idealista»; en segundo lugar, para que todos los trabajos tengan el mismo valor habremos de tener una total indiferencia en la elección de uno u otro, afirmación que también carece de realidad, pero que en la práctica resulta terriblemente peligrosa, ya que legitima la posibilidad de que esta indiferencia no-natural sea establecida impositivamente a la gente a través de un selecto grupo de políticos planificadores (el estado marxista).



Un examen detallado de las teorías de Marx revela que la teoría de la plusvalía no es nada más que una ocultación de la usura: Primero, desvía el problema del injusto infrasalario, que los obreros se ven forzados a aceptar bajo la coacción del desempleo -cuyo origen debe únicamente a la práctica de la usura y no a la introducción de nuevas máquinas como pretendía David Ricardo, a un aparente, pero no causal, conflicto entre empresarios y empleados; en segundo lugar, ignora toda crítica de la usura al considerar a los banqueros como otros empresarios más, que actúan en un negocio más. No es de extrañar pues el rumor de que el gran banquero Rothschild -también judío- financiara su obra «el Capital”, ya que en ella aparece la más abierta defensa del dinero fantástico (papel-moneda), con el que se habían enriquecido todas las casas bancarias de Europa:

“…en un proceso que lo hace cambiar constantemente de mano, basta con que el dinero exista simbólicamente. La existencia funcional absorbe, por así decirlo, su existencia material. No es más que un reflejo objetivo de los precios de las mercancías, reflejo llamado a desaparecer funcionando, sólo como función, como signo de sí mismo, es natural que pueda ser sustituido por otros signos”.

El famoso economista judío y premio Nobel (1976) Milton Friedman, considerado padre del monetarismo capitalista moderno, no tuvo más que continuar esta visión funcional que reemplaza la visión existencial de la moneda que Marx había trazado. Por esta razón podemos afirmar que el monetarismo no es más que una fórmula reformada de marxismo; otra prueba que revela la falsa oposición de la dialéctica izquierda / derecha.

La Economía es un típico producto de la metafísica subjetivista (metafísica cartesiana y kantiana). La Economía se fundamenta en una visión del hombre estrecha y funcional, independientemente de las escuelas. El lema “si funciona bien es bueno”, convertido en moral económica, ha servido como argumento para constreñir la libertad del individuo. Esta moral considera apropiado que los políticos estimen que es lo que la gente quiere y administren la riqueza de otras personas incluso sin su consentimiento. Para hacer posible esta justificación, el acto libre y vivido de valorar se ha «convertido» en cifras o algo medible al antojo de los economistas y políticos, y el derecho de propiedad ha sido también tergiversado. La Economía Moderna ha dado ya abundantes signos de haber perecido, de no ser capaz de entender ni al hombre, ni al mundo; al tiempo que conduce a ambos a una destrucción que nadie desea.

Por ‘Umar Ibrahim Vadillo


Notas:

21. Marx.»El capital», p.41


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La posición del Islam contra la usura – Parte I

La cuestión de la usura

La posición del Islam contra la usura es tajante. Allâh dice en el Corán:

«Allâh ha permitido el comercio pero ha prohibido la usura»(1).

Esta prohibición de la usura fue Ley ya en los tiempos del Profeta Moisés, que la paz sea con él, concerniendo a todos los seres humanos; también el Profeta Jesús, que la paz sea con él, confirmó esta misma prohibición; y el Ultimo Profeta, Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él, reiteró la condena de la usura para todos los tiempos venideros.

Aunque muy poca gente sepa hoy lo que es realmente la usura, el crimen de la usura ha sido siempre condenado por todos los grandes hombres de nuestra civilización:

En la antigua Grecia: Platón(2), quien la consideraba como enemiga del bienestar social por crear una clase, la de los ricos prestamistas usureros, a costa de la de los pobres prestatarios; Aristóteles(3), quien la consideraba antinatural; Aristófanes(4); o Plutarco(5), quienes la consideraban como un robo.

Entre los romanos hombres como Séneca(6), o Cicerón(7), quienes comparaban la usura con el asesinato.



Entre los primeros padres de la iglesia cristiana: Gregorio Nysseno(8); Juan Chrisostomo(9) ; Agustín(10); Tomás de Aquino(11), quienes comparaban al usurero con alguien que trata de vender el vino y su uso separadamente; o Duns Escoto(12) . La condena también incluye a la mayor parte de los concilios celebrados hasta 1830 -año en el que la oficina vaticana empieza a autorizar el cobro de pequeñas cantidades de beneficio fijo en el préstamo de dinero- y de papas, como Benedicto XIV(13) .

Entre los reyes cristianos españoles algunos como Alfonso X, el Sabio(14), o Alfonso XI(15). Y la práctica totalidad de los califas musulmanes.

Entre los autores modernos tenemos a Goethe(16), quien se burlaba del timo del recién nacido papel-moneda; Richard Wagner(17), quien combatió a riesgo de su vida contra el estado y la usura; J.P. Proudhon(18) quien considera la usura la primera causa de paralización comercial e industrial; o Ezra Pound(19) quien, por condenar la usura, se vio acusado de traidor por su propio país.

La gran y desgraciada excepción histórica (y presente) es la de los judíos, que se empeñaron una y otra vez en la tergiversada interpretación talmúdica de las leyes mosaicas que les daba y da licencia para prestar con usura a los no judíos como medio para alcanzar poder,como bien muestra Werner Sombart en su libro «Los judíos y la vida económica».

El paso de la prohibición de la usura a su permisividad no se produjo de la noche a la mañana sino que llegó paulatinamente, al tiempo que se transformaba la visión del mundo y la existencia. Una atención especial merece la evolución del concepto de valor a lo largo de la historia.

Si nos remontamos a Aristóteles, observamos como su condena de la
usura fue bien clara y contundente. Aristóteles consideraba que en toda transacción comercial los valores de los bienes intercambiados son iguales, y advirtió que la medida del valor no puede «estar» en el hombre, ya que cosas con mucha importancia tienen poco valor, como el agua, mientras que cosas con poca importancia, como los diamantes, tienen mucho valor. Es por tanto, en el marco de la interrelación del mercado donde el valor sucede. Reparó en que, dadas las condiciones de mercado de Libertad y Equidad, en todo intercambio de un bien por otro, establecemos una equivalencia entre ambos.

Por ejemplo, cuando intercambio mi trabajo de una semana por unas cuantas monedas, estoy estableciendo que esta cantidad de monedas equivale a mi trabajo, que de hecho ha merecido el esfuerzo de mi trabajo. Esta apreciación tan elemental resulta de una trascendental importancia. Así, para Aristóteles valorar es un acto vivido y, por tanto, el valor, no es una representación subjetiva, sino el resultado vivido de valorar.

Esta misma forma de entender el valor fue traída a Occidente por los
musulmanes entre quienes Qadi Abu Bakr ibn al-Arabi, uno de los más
famosos jurista de Al-Andalus, definiría la usura de la forma considerada tradicional, como: “la usura es todo incremento no justificado entre el valor de los bienes recibidos y el contravalor de los bienes entregados”.

Los incrementos no justificados son todos aquellos debidos a irregularidades en las condiciones generales del mercado o de la transacción misma. Por ejemplo, son incrementos no justificados los debidos a la existencia de monopolios o monopsonios, o la imposición de precios máximos o mínimos, o la compulsión de una mercancía como medio de cambio o moneda, etc; y también los debidos al alquiler de mercancías no alquilables (de consumo), o establecimiento de incertidumbre en el contrato, loterías o juegos de azar, etc.



El Escolasticismo europeo preservó para toda la cristiandad esta concepción clásica del valor que condenaba la usura. Así, Tomás de Aquino distingue entre mercancías alquilables y mercancías no alquilables (como la moneda), para poder preservar la condición de equidad de todo trato comercial, esto es, la igualdad de valores:

Al prohibirse la usura se prohibía la posibilidad de que en los intercambios alguien pudiera ganar algo a cambio de nada.

La historia de la usura es tan antigua como el comercio mismo y ha sido su mal crónico, aliviado o agudizado, en la medida de la habilidad de los usureros y la fortaleza de las gentes. La ley romana, a parte de algunos fracasados intentos por prohibirla, admitía una limitada tolerancia y finalmente una abierta práctica de la usura, que condujo a la destrucción de Roma (20).

Como la práctica de la usura estaba prohibida a los cristianos y a los musulmanes, muy pronto se convirtió ésta en dominio exclusivo de los judíos. Desde el siglo XI hasta el XV, Venecia, centro del comercio mediterráneo, con un desproporcionado número de judíos, se convirtió en la más importante ciudad usurera de Europa, donde se establecieron los primeros negocios de depósito y crédito bancarios, que sirvieron de escuela a los futuros banqueros europeos.

Por ‘Umar Ibrahim Vadillo


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Notas:
  1. «Corán» 2, 275
  2.  Platón, «Leyes», v. 742.
  3.  Aristóteles, «Política», 1258 b 1, 2-8.
  4.  Aristófanes, «Las Nubes», 1283 sqq.
  5.  Plutarco, «Moralia», Sobre el préstamo, 829.
  6.  Séneca, «De Beneficiis» VII x.
  7.  Cicerón, «De Oficiis», II, xxv, acerca de Cato.
  8.  Gregorio Nysseno, PG 46, 434.
  9. Juan Chrisostomo, PG 53, 376: 57, 61 s.
  10.  Agustín, PL 33, 664.
  11. Tomás de Aquino,»Summa» II-II q. lxxviii; «De malo» q. xiii, t. 2a 14)
  12.  Duns Escoto, «In lV Sentent», d. 15, q. 2, nn. 17-20 y 26.
  13.  Benedicto XIV, «Encíclica a los obispos italianos del año 1745».
  14.  Alfonso X, “Partidas», 1ª, Título XIII, Ley IX.
  15.  Alfonso XI, «Ordenamiento de Alcala», Titulo XXIII.
  16.  Goethe, «Fausto», Parte II, Acto 1, Escena 2.
  17.  Ver su discurso en la revolucionaria ciudad de Dresden el 14 de Junio de 1848 en el libro deHouston Stewart Charnberlaín «Richard Wagner».
  18.  Proudhon, «¿Qué es la Propiedad?,1983, Barcelona, pag. 163.
  19.  Ezra Pound, «Cantos», XLV, XLVI .
  20. Ver «La grandeza y decaimiento de Roma» de Ferrero.

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Los bellos nombres de Allâh

Los 99  nombres de Allâh

BISMILLAH IR-RAHMAN IR-RAHIM

Nuestro  amado  Profeta (que  la Paz y las Bendiciones de Allâh sean con él), dice en un hadiz informado por Abu Hurayrah (quiera  Allâh estar complacido con él), «Hay 99  nombres que son solamente de Allâh. Quienquiera que los aprenda, comprenda y enumere (`ihsa’), entra en el Paraíso y logra eterna salvación.»

Este hadiz no significa que Allâh posea solamente 99 nombres. Existen nombres adicionales atribuídos a Allâh en el Corán, e infinitos otros que Él ha revelado a Su creación elegida. Si alguien dice «El Señor XX posee mil pesos que él ha reservado para dar  a otros,» ¿acaso está significando que la persona no tiene más dinero que ese?

Aquellos que saben dicen que Allâh posee tres mil nombres: mil, Él ha revelado a  Sus ángeles; mil, Él ha revelado a Sus profetas; trescientos están en los “zahur” – los salmos de David; trescientos se hallan en la Torah;  trescientos están en los  Evangelios; 99 están en el Sagrado Corán. Uno, el nombre de Su esencia,  Él lo ha mantenido para Si Mismo y se halla oculto en el Corán.



Los bellos nombres de Allâh son prueba de la existencia de la unicidad de Allâh. Oh ustedes que están cargados y conflictuados con el peso y el sufrimiento del mundo material, quiera Allâh hacer de Sus bellos nombres un bálsamo suavizador para vuestros heridos  corazones. Aprendan, comprendan y reciten los bellos nombres de Allâh. Busque las huellas de los atributos de Allâh arriba en los cielos, abajo en la tierra, y en aquello que es hermoso en su ser. Usted descubrirá en ello bendiciones hasta la extensión de su sinceridad.  Con el permiso de  Allâh,  el  inmerso  en  duda  hallará seguridad,  el  ignorante encontrará sabiduría, el negador obtendrá confirmación. El mezquino se convertirá en generoso, los tiranos inclinarán sus cabezas, el fuego en los corazones de los envidiosos será extinguido.

Por el Sheikh Tosun Bayrak al-Jerrahi al-Halveti

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Plegaria para los momentos difíciles, así como ante la pena

  • ¡Oh, Aquel a través de Quien se abren los nudos de las desgracias y las dificultades! ¡Oh, Aquel a través de Quien se quiebra la rigidez de los problemas! ¡Oh, Aquel a Quien se le pide la salida de la estrechez hacia el alivio!
  • Las dificultades resultan allanadas por Tu poder; los recursos son establecidos a través de Tu favor; el decreto es puesto en marcha a través de Tu autoridad; todo anda según Tu voluntad.
  • Y todo acepta Tu orden y se ejecuta según Tu deseo, sin que les digas nada, sin necesidad de expresar Tu mandato con la palabra, y todos se ajustan acorde a Tu intención, sin que expreses la prohibición.
  • Tú eres invocado para resolver los problemas que el ser humano por sí mismo no puede solucionar. Tú eres el refugio en las desgracias. No se rechaza de las dificultades excepto aquello que Tú rechazas, y no se aparta de ellas sino lo que Tú apartas.
  • Entonces, ¡oh, Señor!: Ha surgido para mí algo cuyo peso me agobia y se ha caído sobre mí un problema cuya carga me ha agotado.
  • Tú con Tu poder me has impuesto esto. Tú con Tu dominio lo has inclinado hacia mí.
  • Luego, no existe quien pueda hacer retornar aquello que Tú has hecho ingresar; no existe quien pueda cambiar y modificar aquello que Tú has impuesto; no existe quien pueda abrir aquello que Tú has cerrado; no existe quien pueda cerrar aquello que Tú has abierto; no existe quien pueda facilitar aquello que Tú has hecho difícil, y no existe ningún ayudante para quien Tú has humillado.



  • Entonces, bendice a Muhammad y a su familia, y abre para mí, ¡oh Señor!, la puerta del alivio con Tu misericordia, quebrando el reino de la tristeza con Tu fuerza. Haz que tenga una buena visión sobre aquello por lo cual me he quejado y haz que deguste la dulzura del beneficio de lo que Te he pedido. Otórgame de Tu parte la misericordia y la tranquilidad fácilmente, y por Tu gracia establece el rescate y la liberación rápidamente.
  • No hagas que me distraiga interesándome en algo que me prive de cumplir con las obligaciones y actos meritorios hacia Ti.
  • ¡Oh, Señor! Estoy agotado por lo que me ha sucedido, y estoy lleno de pena y tristeza por cargar con aquello que me ha ocurrido. Tú eres poderosísimo para apartar mis dificultades y rechazar lo que me ha acaecido. Entonces, Te pido que hagas todo esto, aunque ante Ti yo no sea merecedor de esto. ¡Oh, dueño del Trono Inmenso!.

Por el Imam ‘Ali ibn Al Husain Zain al Abidín (P)

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La tumba de Amenhotep III y el ritual de la fórmula de la vida.

Amenhotep III y reina Tiye – Winifred Brunton

Aquellos ojillos pequeños y luminosos le detuvieron. Jean-Baptiste —el primero que se decidió a entrar en la tumba de Amenhotep— supo en seguida a qué se estaba enfrentando. Y un terror seco se apoderó de él, paralizándolo de pies a cabeza. No era para menos: a pocos palmos, la silueta delgada de una cobra erguida, tensa, con los anillos del cuello hinchados, sus escamas romboidales relucientes como espejos y la lengua bífida silbante, le miraba con fiereza.

El barón no había entrado aún, por lo que la luz que se colaba en el interior de la tumba iluminaba bastante bien al reptil. Éste, tenso como la cuerda de un arco, se balanceaba casi imperceptiblemente sobre su panza, estudiando a su nueva víctima. De no ser por el brillo de su mirada, Jean-Baptiste Prosper Jollois podría haber creído que se trataba de una estatua. Pero no. Era como si aquel ofidio llevara horas aguardándole, planeando la forma más eficaz de darle muerte.

El ingeniero lo leyó claramente en su gesto: en breve, cuando terminara de examinar al intruso, atacaría su flanco más desprotegido, inoculándole una muerte rápida en sus venas. Jean-Baptiste no se atrevió siquiera a gritar. Si lo hacía, el áspid se lanzaría sobre su cuello y todo habría terminado demasiado deprisa. Así, en cuclillas, con las manos apoyadas sobre el suelo calcáreo del mausoleo, no tenía escapatoria posible. El desenlace —de eso estaba seguro— era sólo cuestión de tiempo. Y muy poco.



La mente del ingeniero calculó lo peor: en los siguientes diez o doce segundos la cobra, cada vez más rígida e hipnótica, le vería parpadear o tragar saliva y aprovecharía la menor contracción muscular del ingeniero para saltar sobre él. Ahí sí gritaría; para entonces entraría corriendo el barón De Villiers, hasta ese momento distraído en la boca de la tumba buscando huellas de saqueadores, y contemplaría la aterradora escena dejada tras el ataque. Mientras, él, retorcido de dolor, apretándose el estómago con los puños, cerraría los ojos para siempre sin tiempo apenas para pensar en su madre, sus hermanas, su casa de veraneo en Aix-en-Pro-vence o su perro Lucas.

Su vida se esfumaría en brazos del barón, y con ella todos sus sueños de grandeza y prosperidad.

El reptil bufó.

Su mirada se volvió más rígida si cabe, mientras su pequeña cabeza cuadrangular se inclinaba inesperadamente hacia atrás, como si tomara impulso para lo peor. Jean-Baptiste, impotente, creyó que su hora había llegado.

Sin embargo, la cobra se detuvo en seco.

—¡No se mueva, Prosper Jollois!

La voz familiar de Édouard de Villiers sonó nítida detrás de él. El reptil, confuso, no supo decidir a cuál de los dos blancos atacar.

—¡Sobre todo, no le quite la vista de encima! —insistió el barón.

Jean-Baptiste obedeció. No había acatado ninguna orden suya con tanto agrado en todo el tiempo que llevaban en Egipto. De pronto, con la eficacia de un cirujano, algo cortó el aire a la altura de su oído derecho. El sable de Édouard, brillante como un relámpago, segó de cuajo el cuello del reptil, que en silencio rodó sobre la piedra de la tumba, retorciéndose entre espasmos irregulares.

—¡Por Dios, barón! —se incorporó el ingeniero—. ¡Casi me corta usted la cabeza!
—¡Cállese!

Prosper Jollois hizo gesto de no comprender.

—¡Silencio! —repitió aquél en voz baja—. Sea quien fuere el que ha forzado la tumba de Amenhotep, debe estar aún dentro. Hay varios caballos ahí fuera, escondidos en un abrigo de roca. Y no son de nuestro ejército.

El joven ingeniero se estremeció. Aún palpitaban cerca de él las entrañas sanguinolentas del áspid, recordándole lo cerca que había estado de la muerte.

—¿Son… muchos?
—Seis o siete, por lo menos. ¿Trajo la carabina?
—No .

El barón hizo una mueca de desaprobación.

—¡Da igual! Hoy nos vamos a enterar de qué está ocurriendo aquí. Vamos a descender a la tumba, ¡y rápido!
—Pero, señor, ¿y si hay otras serpientes?
—Nos arriesgaremos.

Édouard de Villiers extrajo un par de velas de su casaca, que encendió de inmediato. Su luz, escasísima frente a las tinieblas que se abrían ante ellos, se agitó como si dudara de mantenerse encendida. Pero aguantó.

El barón estaba en lo cierto: más allá de los dos primeros tramos de escaleras, al fondo de un tétrico pasillo sembrado de escenas incomprensibles, se adivinaba un bisbiseo. En un principio fue poco más que un rumor. Un ruido profundo, que emergía de las entrañas de la tierra y que erizó los cabellos de Jean-Baptiste. Ninguno de los dos articuló palabra. Descendieron cautelosamente, tratando de no remover los escombros que salpicaban el lugar. Figuras humanas con rostro de perro, cortesanos vestidos con transparencias de una exquisitez indescriptible y aves con las alas desplegadas parecían no quitarles ojo de encima.

—Escuche —susurró el barón—. ¿Lo oye?

Prosper Jollois se adelantó hasta alcanzar la situación de su superior. Habían bajado otros dos tramos más de escaleras, y al fondo, de lo que parecía una sala mayor emergía un ruido sordo acompañado de un tenue resplandor. Los ingenieros soplaron las velas y avanzaron los seis pasos que les separaban del final del corredor.

Allá dentro la humedad casi se podía cortar con la espada. Al cabo, Jean-Baptiste tiró de las ropas del barón y se le acercó para cuchichearle algo:

—Esto no me gusta —masculló—. Si son seis y nos descubren, no saldremos vivos de aquí.

Édouard ignoró la advertencia y, despegándose del aliento de su compañero, estiró prudentemente la cabeza para asomarse al interior de la sala contigua.

Durante unos momentos, no reaccionó.

Al fondo de una estancia dividida en dos niveles, y flanqueada por seis columnas bellamente adornadas con nuevas figuras y jeroglíficos, se levantaba un sarcófago detrás del cual se adivinaba un trono de madera en el que se sentaba —Édouard dudó espantado— ¡una momia!

La luz era pobre; apenas una docena de lámparas de aceite alumbraban toda la estancia. Pero pese a todo, en medio del recinto, frente a la inmóvil silueta del entronizado, distinguió el rostro familiar y bien arreglado de Ornar ben Abiff. —¡Ornar...! —susurró satisfecho.

Ahora no tenía dudas: había sorprendido al mayor traficante de reliquias del sur de Egipto con las manos en la masa, en el interior de una propiedad francesa. En cuanto le denunciara al general Desaix, le detendrían y le enviarían a El Cairo para juzgarle. Pero algo en su actitud escamó al barón. Ornar no parecía interesado en rebuscar entre los cascotes y desperdicios de la tumba. Y tampoco su extravagante cuadrilla, un grupo de seres, mitad humanos mitad animales, que le rodeaban mientras Ornar recitaba una extraña salmodia:

—¡Oh, Osiris! —coreaban.
No cometí iniquidad contra los hombres. No maltraté a las gentes.
No cometí pecados en el Lugar de la Verdad.
No traté de conocer lo que no se debe conocer. No blasfemé contra Dios.
No obligué a nadie a pasar hambre. No hice llorar.
No maté.
No ordené matar…



El barón reculó. Dos de los fantasmas, con cabezas de chacal y halcón, se habían dado la vuelta en medio de la ceremonia para tomar una gran balanza de cobre que descansaba contra una de las paredes del recinto, muy cerca de donde estaban ellos. Mientras la instalaban, Ornar, extasiado, continuaba recitando, con el brazo izquierdo sobre el plexo solar, su monótona letanía.

—… No disminuí las ofrendas a los templos. No manché los panes de los dioses.
No fui pederasta.
No forniqué en los lugares santos del dios de mi ciudad.
No cacé en los cañaverales de los dioses. No pesqué en sus lagunas.
No opuse diques contra las aguas. No me opuse a ninguna procesión.
¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro!

Édouard, que comprendía bastante bien aquella especie de oración recitada en árabe, dejó pasar un tiempo prudencial antes de volver a asomarse. «Chacal» y «Halcón» deberían haber montado ya la balanza unos pasos por delante de él. Y así, mientras dos mujeres maquilladas como nunca había visto en Egipto hacían sonar sus sistros, una neblina de incienso ácido les envolvió en cuestión de segundos.

De repente, el «Chacal» habló. Su voz, vagamente familiar, muy grave, atronó la sala:

—Tú, que has superado el implacable juicio de los cuarenta y dos asesores de los muertos, que has sido capaz de declararte inocente de los cuarenta y dos pecados fundamentales del verdadero creyente, ¿te someterás ahora al veredicto de la balanza?
—Sí. Me someteré —respondió Ornar, al que su piel negra y perfumada con aceite de sándalo le brilló como la plata.
—En ese caso, debes saber que si superas el juicio y tu corazón pesa menos que la sagrada pluma de la diosa Maat, reina de la Verdad, accederás a los misterios de la vida eterna. Si no, tu Ka y tu Ba serán engullidos por Ammit, el terrible monstruo de cabeza de cocodrilo que devorará tu existencia y te condenará a la desaparición absoluta.
—Acepto.

¿Ka? ¿Ba?

Édouard se frotó los ojos, irritados por el incienso, antes de explicar a Jean-Baptiste lo que estaba sucediendo allá adentro. Apenas podía creer que el temido Ornar no hubiera entrado en aquella tumba para destrozarla o desposeerla de sus escasos tesoros. Y mucho menos que participara en aquel ritual y jurara no haber matado ni pecado. En cuanto a aquella jerga exótica, a duras penas creía identificarla con la idea que los antiguos egipcios tenían del alma.

El «Halcón» se inclinó ceremoniosamente sobre uno de los platos de la balanza, colocando sobre él un frasco de alabastro de pequeño tamaño.

—Aquí está Ib. Tu corazón —dijo.
—Y aquí Shes maat. El espíritu de la justicia —remató el «Chacal», depositando un cuenco opaco en el otro plato.

Una tercera criatura, con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro, provisto de un pico largo y afilado, se adelantó al grupo y, frente a la balanza, exclamó:

—Sea, pues, como quieres. Yo, Toth, Aquel que se creó a sí mismo, al que nadie dio a luz, Aquel que calcula desde el cielo y es capaz de contar las estrellas y llamarlas a todas por su nombre, inscribiré para la eternidad el resultado de este juicio severísimo. —Amén.

Mientras los sistros inundaban la estancia de un sonido silbante que a Jean-Baptiste le recordó los bufidos de la cobra, la balanza comenzó a hacer su trabajo. El joven ingeniero, sobrecogido por los ecos de aquel ritual, se acurrucó en la parte de atrás del corredor, mientras el barón, excitado, no perdía de vista la operación.

La báscula titubeó. Se inclinó alternativamente a favor de cada uno de los platos para, in extremis, flotar ecuánime entre ambos. Si los viejos ensalmos no mentían, Ornar era ya un Maat kheru, un justo y justificado ante Dios. El reo, al conocer el implacable veredicto de la balanza, respiró aliviado.

—Hemos cumplido con todo lo que ordena Reu Un Pert Em Hru (1) —dijo Toth—. Hemos seguido escrupulosamente los dictados de los antiguos conjuros. Ahora, Ornar, si Maat cumple con su justicia, deberá entregarte el mismo secreto que reveló al dueño de esta tumba, el gran Amenhotep III. —La fórmula de la vida.

Édouard se sobresaltó. La nueva frase del «Chacal» le recordó a alguien… Pero aguardó.

—¡Oh, Osiris! —exclamó éste mientras se tanteaba la base de su cabeza lobuna—, ahora que ya hemos concluido el ritual, guíanos hasta el hombre que ha de recibir tu secreto.

Y dicho esto, se arrancó la testa. Depositó la máscara en el suelo con cuidado y estrechó a Ornar ben Abiff con un abrazo intenso.

—¡Mohammed! —exclamó feliz el saqueador—. Gracias por indicarme el camino.

El barón, atónito, descubrió que su guía de Luxor era quien se escondía bajo la cabeza del «Chacal».Y lo que era peor: que trabajaba codo con codo con Ornar ben Abiff.

—No tienes por qué agradecérmelo —le dijo a éste—. Es mi sagrada misión guiarte hacia el éxito, y con ello a los verdaderos fieles del Sol que custodian el secreto.

Ornar sujetó a Mohammed por el antebrazo, mientras éste arqueaba su inconfundible ceja negra hacia el centro de la frente.

—Después de la fuga de Nadia, creí que habíamos perdido a la intermediaria para conseguir la fórmula.
—No. Aún nos queda Bonaparte. Si él es el imam que esperamos, si lo que anuncian los profetas shiíes es correcto, sólo cuando le encuentres y le obligues a pasar por este mismo ritual tendremos lo que buscamos.
—Que así sea, Mohammed ben Rashid. El guía clavó sus ojos en el saqueador.
—No me llames así —respondió con evidente disgusto—. Hace mucho que dejé el clan, cuando descubrí que nadie de mi familia me conduciría a la Luz. Que el culto que profesaban estaba basado en una vetusta religión estelar incapaz de mantener y proteger el secreto de la vida que un día poseyeron.
—¿Y lo hará Bonaparte cuando lo reciba?
—Ése es su destino.



Édouard y Jean-Baptiste abandonaron la tumba a toda velocidad, tanteando suelo y paredes para deshacer el camino. Estaban alterados. Habían escuchado lo suficiente para comprender, aún a medias, lo que estaba sucediendo bajo sus mismos bigotes. Alguien en el sur del país preparaba una emboscada al general en jefe de la expedición. Alguien —y eso lo sabían bien— capaz de todo por una absurda superstición egipcia.

Debían hacer algo. Quizá hacer llegar un mensaje a Bonaparte. Y pronto.

Por J. Sierra


Notas:

  1. Literalmente: Libro de lo que vendrá algún día.

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Cantos de Egipto para ahuyentar a los genios

Con fines preservadores se canta en Egipto lo siguiente, para ahuyentar a los genios (ifrit – عفريت) en las noches de Ramadán:

Ay, Ramadán; ay, tronco de cerilla…
Ay, el que prende a los duendes todos…
Ay, Ramadán; ay, cuenco de cobre…
A Abu l-’Abbás te eché encima…
y pasarás la noche con nosotros.
A Abu l-’Abbas te eché encima…
y te romperá la cabeza con el cerrojo. (1)

En otro país (Argelia, Mzab) y con la misma finalidad de aplacar a los
genios se canta (2):

Huéspedes vuestros, huéspedes de Dios
huéspedes vuestros y de mi Señor:
aquí estamos pidiendo perdón.
Vuestro dueño es nuestro señor Salomón.
Nada os haremos, no nos causéis dolor.
Ciegos, no podemos veros.
Sordos, no podemos oíros.
Somos musulmanes vuestros
Nada os haremos, no nos causéis dolor.

Por S. Fanjul


Notas:

  1. M.Qandil al-Baqlí, Suwar min adabi-na as-sa’bi p. 96-97.
  2. A. M. Goichon, La vie féminine au Mzab, II, París. 1927, p. 242.

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Santuario de Saydet El Mantara (Ntra. Señora de la Espera) – Líbano

En el sur de Líbano, a la entrada de la aldea de Maghdouche, el santuario mariano greco-católico de Saydet El Mantara (Nuestra Señora de la Espera), es un sitio de peregrinación nacional establecido.

El sitio ha sido reconocido por el Ministerio de Turismo durante varios años, y muchas agencias de viajes ya lo han integrado en sus recorridos bíblicos.

El santuario de Saydet El Mantara es un lugar de peregrinación compartido por todas las comunidades religiosas y uno de los principales lugares turísticos del sur de Líbano. Muchos historiadores creen que la devoción a la Virgen María en Líbano reemplazó el culto a la diosa Astarte, el ícono del culto fenicio.

De hecho, muchos de los santuarios y templos cristianos de hoy en el país se convirtieron de lugares de culto a Astarte, incluido el Santuario de Saydet El Mantara.

Muchos años antes del nacimiento de Cristo, la ubicación del santuario fue elegida como una torre de vigilancia para los sacerdotes de la diosa. La historia tradicional detrás de la historia de Saydet El Mantara afirma que la Virgen María, como mujer judía, tenía prohibido el acceso a algunas ciudades en ese momento.

Las huellas de una carretera romana cerca del santuario sugieren que la cueva probablemente estaba en la carretera que une Jerusalén con Saida, a través de la antigua ciudad romana Cesárea de Filipo y el sitio Panias, ambos ubicados al pie del monte Hermón. En 324 d.C, Santa Elena, la madre del emperador Constantino I el Grande, construyó una capilla dedicada a la Virgen María en el lugar donde actualmente se encuentra la torre y la capilla estaba decorada con un icono de San Lucas.

Debido a las persecuciones religiosas que tuvieron lugar durante el siglo VIII, la entrada a la cueva se ocultó, solo para ser redescubierta accidentalmente en 1726 por un pastor que encontró un altar y un icono de madera.



Desde entonces, se ha convertido en un lugar de peregrinación, y en 1860, la comunidad greco-católica tomó posesión de la tierra y la desarrolló. A principios de la década de 1960, el obispo Basil Khoury hizo construir la capilla hexagonal junto con una torre de 28 m de altura coronada con la estatua llamada «Madonna y niño», del artista italiano Pierrotti.

El santuario está ubicado en la cima de una colina, a la entrada de Maghdouche, con vistas a la costa y a la ciudad de Saida. La cueva y la basílica son accesibles para discapacitados y están abiertas durante todo el año.

Un largo paseo marítimo de aproximadamente 4.000 metros cuadrados separa la capilla y la torre. La cueva ha sido restaurada como una capilla de roca y en su entrada hay una estatua de una virgen esperando frente a un pozo. Un sendero en el santuario ilustra los eventos bíblicos, que según la tradición oral se han llevado a cabo en Líbano.

A lo largo de un camino bordeado de romeros y olivos, se conmemoran a través de estelas talladas en piedra. Debajo de la gran basílica, se han construido una sala de usos múltiples y un albergue. En la entrada del sitio, hay espacio para estacionamiento y una tienda con recuerdos y artículos religiosos.

Con información de Lebanon traveler

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