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Una mirada europea sobre la literatura árabe

Gente de Yemen Hadramaut

Nunca nación alguna se ha criado en suelo menos a propósito para la poesía que los árabes. Arenosas y desnudas colinas, que se pierden en lontananza; montañas pedregosas, en cuyas grietas brotan zarzas y otras plantas miserables, escasamente regadas por el rocío de la noche; y sólo en raros sitios, por donde corre algún arroyo, tal cual palma o arbusto balsámico y un poco de yerba verde. Añádase a esto el huracán, que levanta en torbellinos la ardiente arena, y el encendido sol, que vierte sus rayos abrasadores. Alguna vez, o bien cuando la tormenta anuncia y trae la por largo tiempo deseada lluvia, o bien cuando en la clara bóveda del cielo, profundamente azul, resplandecen verticalmente las pléyades y la maravillosa estrella de Canopo, hay un cambio en la triste uniformidad.




En este inmenso desierto, que se extiende desde las peñascosas orillas del mar Rojo hasta el Éufrates y el golfo Pérsico, y desde las costas del Yemen y del Hadramaut, ricas de incienso, hasta la Siria, los errantes pastores o beduinos vagan desde los primeros tiempos de la historia. En tribus independientes, van de sitio en sitio plantando sus tiendas, ora acá, ora acullá, según encuentran pasto para sus camellos y ovejas. La libertad es el supremo bien de ellos; hasta el caudillo, que cada tribu elige para sí, alcanza poder muy limitado, y ha menester para cualquiera de sus actos, aunque no sea más que para levantar el campamento, la aprobación de los padres de familia. Los beduinos miran con desprecio a los habitantes de las ciudades, quienes, encerrados en lóbregas casas, pasan muy penosa vida, y la ganan con el comercio, la agricultura y la industria. Tienen por único placer la guerra, la caza; el amor y la hospitalidad, dada o recibida.

Cada tribu es un mundo para sí; considerándose como hermanos los individuos de ella, se defienden unos a otros con la sangre y la vida, y miran las otras tribus, si no están con ellas en las mejores relaciones de amistad o alianza, como tan enemigas, que cualquier expedición en contra, o cualquier incursión nocturna con el propósito de conquistar el botín, no es sólo permitida, sino que parece además gloriosa hazaña. Sin embargo, el deber de la hospitalidad está sobre todo entre ellos. Para el beduino el extranjero es sagrado apenas pasa el umbral de su tienda. Aun cuando sea su mortal enemigo, le defiende contra todos, y consume su hacienda para hospedarle y regalarle espléndidamente; pero, no bien le ha dejado ir, no tarda en obedecer a otro deber santo que le ordena matarle. La ley de una sangrienta venganza es inviolable entre ellos. Para expiar la muerte de un compañero de tribu, debe caer la cabeza del matador. De generación en generación domina a aquellos hombres este terrible sentimiento, exigiendo sangre por sangre, y por cada sacrificio otro nuevo.




A causa de las enemistades permanentes de las innumerables pequeñas tribus, nace, entre aquellos pastores guerreros del desierto, un modo de vivir atrevido, arrogante y heroico. Siempre amenazado de muerte, siempre pensando en cumplir el santo deber de vengador que le está confiado, el árabe errante sabe estimar sobre todo la gloria de la valentía. Las mujeres participan de este espíritu guerrero; acompañan a marido e hijos en sus expediciones, y los anima al combate. Como una vez, según se cuenta, durante la larga guerra de los becritas y taglabitas, los soldados del anciano Find vacilasen y cediesen, las dos hijas de aquel héroe secular se precipitaron entre las filas enemigas, mientras que en versos improvisados zaherían de cobardes a los suyos y los provocaban a la pelea. Porque entre aquellos hijos del desierto, en medio de su vida de forajidos, llena de peligrosas aventuras y continuos azares, tomó asiento el arte de la poesía, prefiriéndolos a los cultos cristianos. Y, cosa extraña, entre ellos alcanzó este arte una perfección que jamás, en épocas de la cultura más refinada, ha sido excedida, ni en la exquisita elegancia del lenguaje, ni en la exacta observancia de las complicadas y rigurosas reglas del metro.

Las primeras expansiones poéticas de los árabes fueron versos aislados, que improvisaban bajo la impresión del momento. Todas las tradiciones y colecciones de poesías de tiempos ante-islámicos están llenas de estas breves manifestaciones rítmicas de un contenido enteramente personal, según esta o aquella ocasión lo requería. Sentimientos o consideraciones, producidos acaso por una situación, eran expresados en forma sencilla y ligera, o sólo en rimadas sentencias. Sirvan de ejemplo los versos que el antiguo Amor dijo en su lecho de muerte:

Cansado estoy de la vida
harto larga ha sido ya;
años cuento por centenas;
doscientos llegué a contar,
y aún caminando la luna,
me concedió alguno más.

En ocasiones habla uno en verso de repente, como provocación o desafío, y otro da asimismo una respuesta en versos improvisados. Un caso que trae Abu-l-Fida, puede, aunque ya no es de los tiempos ante-islámicos, servir aquí como muestra del mencionado género:

«Alí, adornado de rojas vestiduras, se precipitó ansioso al combate; Marhab, el comandante de la fortaleza, salió a encontrarle, cubierta la cabeza de un yelmo. Marhab dijo:

Yo soy el héroe de Marhab,
que todo Chaibar celebra,
armado de fuertes armas,
valeroso hasta la huesa.

Alí respondió:

León me llamó mi madre;
de ser león daré pruebas;
con mi espada mediré
ese valor que ponderas.

Entonces ambos se acometieron, y la espada de Alí rompió el yelmo y cortó la cabeza de Marhab, la cual rodó por el suelo».




Importa conocer esta forma primitiva de la poesía arábiga, no sólo porque sirve de fundamento a todas las formas posteriores más artificiosas, sino porque ella misma permanece siempre inalterable al lado de los demás modos de poetizar. En suma: lo personal y subjetivo, procediendo de determinadas circunstancias, en más alto o más pequeño grado, forma el carácter de toda poesía arábiga. Las poesías están las más veces tan íntimamente enlazadas con la vida de los poetas, que sólo conociendo ésta pueden entenderse aquéllas bien, al paso que las colecciones de poesías son como un hilo biográfico, y aclaran los sucesos y lances que las han inspirado.

Hasta el sexto siglo de nuestra era no parece que el talento poético de los árabes haya dado otra muestra de sí que estas breves improvisaciones. Pero de tan pequeños comienzos, el arte de la poesía se alzó de repente y de una manera pasmosa a su más completa perfección, en el siglo mencionado. Como si no hubiese tenido ni crecimiento ni desarrollo, se manifiesta de una vez en toda su lozanía y ornada de cuantas propiedades la han distinguido siempre. Según sentencia de un antiguo árabe, los diversos poetas sobre cuya prioridad disputan diversas tribus han vivido casi en la misma época, y el más antiguo de ellos no es mucho más de un siglo anterior a la huida de Muhammad. En dicho momento histórico, hacia los años 500 después de Cristo, se encuentran también las primeras huellas del conocimiento de la escritura en Arabia, y al tiempo que corre desde entonces hasta mediada la vida del Profeta, deben su origen las estimadas obras maestras de la poesía ante-islámica.

Por A. F. v. Schack

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El judaísmo y la Antigua Roma

Saulo de Tarso

Saulo de Tarso, el fundador intelectual del Cristianismo, era un judío separado de la tradición, que denuncia la Ley como algo penoso y «transforma una fe despreciada y perseguida en una religión mundial» 1; las más antiguas comunidades cristianas estaban constituidas por judíos de Alejandría, Cirene, Siria y Cilicia.




Se ha observado que «a través de las formas primeras, precatólicas del cristianismo, mientras que el Imperio romano estaba ya animado de todo tipo de cultos impuros asiático-semíticos, el espíritu judaico se puso efectivamente a la cabeza de una gran insurrección de Oriente contra Occidente, de los shudra contra los aria, de la espiritualidad mezclada el Sur pelasgo y prehelénico contra la espiritualidad olímpica y urania de las razas superiores conquistadoras» 2; una confirmación de esto se tiene en el hecho de que fue el África semítica -la misma región donde se estableció, en otro tiempo, el foco antiromano de la fenicia Cartago– quien produjo los más famosos retóricos y apologetas de la superstitio nova ac malefica (Suetonio), no menos que el principal doctor de la Iglesia de la antigüedad: Tertuliano, Minucio Félix, Cipriano, Comodiano, Arnobio, Lactancio, Agustín eran, de hecho, semitas de África.

El hecho de que el cristianismo descienda del judaísmo de la decadencia es visible también en la obra específica que la nueva religión acomete en el terreno político y social 3. La secta cristiana, en realidad, se sitúa en la línea del profetismo que había anunciado la revancha de los «humildes, los pobres y los desheredados» (anavim ebionim) sobre las civilizaciones «inicuas y orgullosas», se relaciona con el ideal profético de «nivelación general que hará desaparecer todas las distinciones de clase y finalizará con la creación de una sociedad uniforme, donde serán eliminados cualquier privilegio» 4.

Además, desarrollando la antítesis judaica entre «espíritu» y «materia», entre «más allá» y «más acá», el cristianismo concibió la oposición bien conocida entre civitas Dei y civitas Diaboli. El mundo es impuro, el Estado es obra del demonio, el imperio la creación del orgullo y la soberbia.




«Todo lo armonioso de la sociedad romana es declarado culpable: su resistencia a las exigencias yavhicas, sus tradiciones, su modo de vida constituyen otras tantas ofensas a las leyes del socialismo celeste. Culpable, debe ser castigada, es decir, destruida» 5. Y en consecuencia las anatemas antipaganas de la literatura cristiana primitiva recuperan los temas y el tono del profetismo judío, incitan a la lucha de clases 6, anuncian la inminencia de la venganza, se extienden en imprecaciones contra Roma: la «gran prostituta», la «nueva Babilonia«.

Desconocen la sacralidad del imperium y rechazan sacrificar ante su símbolo viviente, los galileos atacaron los fundamentos de la concepción tradicional que confería a la fides una sanción divina y un valor religioso. La unidad de la autoridad espiritual y del poder civil, unidad que Roma había establecido en el principio imperial, fue sacudida desde la base, mientras que el «Rey de los judíos» proclamaba la separación del César y del Dios y anunciaba un Reino que excluía «este mundo» de sus fronteras.

«La tragedia del pueblo judío consistió en el hecho de que es precisamente cuando la Biblia y la ética judaica empezaron a difundirse en el mundo (con la cristianización del Imperio, NdT), cuando los judíos fueron excluidos de la sociedad de los hombres y el odio marcó siempre con su peso toda aportación espiritual procedente de ellos… El pueblo de Cristo, aquel que había enseñado el sufrimiento, se convirtió en el Cristo de los pueblos» 7.




En realidad, si la cristianización del Estado comportó un régimen jurídico de neta separación entre cristianos y judíos, e implícitamente la inferioridad declarada de estos últimos, una discriminación precisa no puede jamás completamente realizada, hasta tal punto que no fueron raros, en los siglos que siguieron a la caída de Roma, ver a judíos propietarios de esclavos cristianos 8.

Por C. Mutti


Notas:

  1. J. EVOLA, Tre aspetti…, op. cit., pág. 22.
  2. Es sobre todo en este terreno, según Marx, donde se manifiesta la marca judía del cristianismo: «El judaísmo -escribe Marx- alcanzó su apogeo con la perfección de la sociedad burguesa; pero la sociedad burguesa no ha alcanzado su perfección más que en el mundo cristiano. No es más que bajo el reino del cristianismo, quien exterioriza todas las relaciones nacionales, naturales, morales y teóricas del hombre, que la sociedad burguesa podía separarse completamente de la vía del Estado, desgarrar todos los lazos genéricos del hombre y colocar en su lugar el egoísmo, la necesidad egoísta, descomponer el mundo de los hombres en un mundo de individuos, atomísticos, hostiles unos a otros. El cristianismo ha nacido del judaísmo; y ha terminado por remitirse al judaísmo. Por definición, el cristiano fue el judío teorizante; el judío es, en consecuencia, el cristiano práctico y el cristiano práctico se ha vuelto judío» (K.MARX, La question juive, op. cit., pág. 54).
  3. G. WALTER, Les origines du communisme, París 1931. Se lee en el Libro de Enoch, bastante difundido entre los cristianos del siglo I: «El Hijo del Hombre expulsará a los reyes y a los poderosos de sus lechos, y a los fuertes de sus tronos; destrozará los reinos de los fuertes… Derribará los tronos de los Reyes y su poder. Hará bajar el rostro de los fuertes y los cubrirá de vergüenza…» (Enoch, XLVI, 4-6). Jeremías maldiciendo dice: «Sepáralos como se hace con las bestias pequeñas del ganado para el matadero y destínalos para la carnicería» (Jer., XII, 3). Y Amós amenazaba así a las mujeres de los poderosos, a las que llamaba «vacas de Basan»: «Adonai Iavhé ha jurado por su santidad que llegará el día para vosotros, en que se os levantará con arpones y vuestra posteridad con anzuelos de pesca» (Amos, IV, 2). El judío Isidoro Loeb ha encontrado huellas de este deseo social en los Salmos igualmente; mejor, según él el único verdadero problema de los Salmos es la lucha del pobre contra el malvado (Litterature des pauvres dans la Bible, París, 1892).
  4. A. DE BENOIST, Presentación del libro de Louis Rougier: El conflicto del cristianismo primitivo y de la civilización antigua, Ed. Thor, Barcelona, 1988, pág. 25).
  5. Cfr. SANTIAGO, V, 1-6: «!Os toca a vosotros los ricos! ¡Llorad y gritad a causa de las desgracias que vienen sobre vosotros… Habéis amasado en los últimos días! El salario que habéis hurtado a los obreros que han trabajado en vuestros campos, he aquí que grita, y los clamores de los que han trabajado para vosotros han llegado a los oídos del Señor de los Ejércitos, etc….» [NdT]. En el período igualitario introducido por el cristianismo: «El ciclo igualitario llega así a su fin. Según el proceso clásico del desarrollo y de la degradación de los ciclos, el tema igualitario ha pasado, en nuestra cultura, del estadio de mito, (igualdad ante Dios) al estadio de ideología (igualdad ante los hombres), luego al estadio de pretensión «científica» (afirmación del hecho igualitario): del cristianismo a la democracia, luego al socialismo y al marxismo. El gran reproche que se le puede hacer al cristianismo es haber inaugurado el ciclo igualitario, introduciendo en el pensamiento europeo una antropología revolucionaria, con carácter universalista y totalitario». (R. DE HERTE, La question religieuse, «Elements», n 17-18) [NdT].
  6. N. BENTWICH, Op. cit., pág. 22.
  7. Casi todos los judíos nombrados en las cartas de Gregorio el Grande aparecen como poseedores de esclavos cristianos: «…en Nápoles, en Luni, en Sicilia, donde Joses Nasas compra esclavos cristianos burlándose de los rigores de la Ley; en Galia, la reina Brunehilde tolera tal escándalo sin intervenir. La Galia del siglo VI debía constituir, en realidad, un medio particularmente favorable para los judíos, ya que un tal Basilio consiguió fácilmente burlar las disposiciones en vigor en este terreno, presentando sus esclavos cristianos como perteneciendo a sus hijos conversos; mientras que un tal Domingo, cristiano, se lamentada que cuatro de sus hermanos, reducidos a la esclavitud por los judíos, estuvieran todavía a su servicio en Narbona» (R. MORGHEN, Medioevo christiano, Bari, 1970, pág. 135).
  8. La «larga tradición comercial» de los judíos es reconocida, aunque de forma contradictoria, por R. FINZI (Per un’interpretazione materialistica della questione ebraica, en L. POLIAKOV, Storia dell’antisemitismo, Florencia, 1974; vol. I, pág. XX). Cfr. además sobre esta «larga tradición», A. LEON, Il marxismo e la questione ebraica, Roma 1968, cáp. I y II.

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