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El amor a la poesía y la feria de Ucaz

En Ucaz, ciudad pequeña, cercada de palmas, a tres jornadas cortas de la Meca, había anualmente una gran feria o mercado, donde venía a reunirse el pueblo de todos los puntos de la península. La feria se celebraba al empezar los tres santos meses, durante los cuales el pelear y verter sangre estaba prohibido; los que a ella acudían, se hallaban, por consiguiente, obligados por un precepto religioso a imponer silencio a sus rencores; si un hijo descubría entre los allí presentes al matador de su padre, en balde y por largo tiempo buscado, no se atrevía a cumplir su venganza. Cuando había motivo de temer que, a pesar de la prohibición, pudiesen romperse las hostilidades, cada uno, antes de llegar al sitio de la reunión, deponía las armas.

Los poetas, que casi siempre eran guerreros también, entraban allí en pacíficos certámenes y recitaban sus versos, en los que celebraban las propias hazañas, la gloria de los antepasados o las preeminencias de su tribu. Cuando uno de ellos obtenía en alto grado la aprobación de los oyentes, según una antigua tradición, cuya exactitud, a la verdad, se pone recientemente en duda, su composición poética, escrita sobre seda con letras de oro, era suspendida en los muros de la Ka’aba, el más antiguo santuario de los hijos de Ismael. Siete de estos cantares premiados, las famosas Mu’allaqat, se conservan aún.

Lo que principalmente los distingue de los primeros ensayos, es que no constan de algunos pocos versos, sino que son más extensas composiciones, en un ritmo más artificioso, y propendiendo a formar en su conjunto un todo completo. Se ha de confesar, sin embargo, que no llegan a la perfecta unidad, en que todos los pensamientos se subordinan a una idea capital, sino que contienen descripciones y sentimientos aislados; pero, a pesar de esta licencia, en cada composición se deja ver la propensión a un solo objeto, a más de estar ligadas todas las partes por una rima semejante y por el mismo metro.

En la edad de qué hablamos, el amor a la poesía se extendió entre todo el pueblo. No sólo en la feria de Ucaz, sino en otros puntos, hubo mufajaras, o certámenes de gloria, en los cuales cada tribu hacía valer su derecho a la preeminencia sobre las otras por medio de un poeta, y siempre alcanzando la victoria aquella cuyo encomiador acertaba a expresar más elegantemente sus alabanzas. Cuando en una familia sobresalía alguien por su talento poético, todos la felicitaban, se disponían fiestas para honrarla, y las mujeres venían al son del tamboril y proclamaban dichosa a la tribu entera, porque en ella se había levantado un poeta, que haría sabedora a la posteridad de todos sus grandes hechos. Hasta donde los árabes llevan su existencia vagabunda sobre las llanuras arenosas y respiran el aire libre bajo la bóveda inmensa del cielo, resonaban tales cantares, y eran estimados, después de la valentía, como la prenda más alta del hombre; tanto en las tiendas de los príncipes de las tribus y en las cortes de los reyes Gassan y de Hira, cuanto en el pobre campamento de los esclavos y en la guarida del facineroso, eran celebrados en verso el heroísmo, la lealtad y el amor.

Los versos que se distinguían por felicidad de pensamientos o de expresión se propagaban con rapidez, pasando de boca en boca. De esta suerte eran incalculables el poder y el influjo que el talento poético ejercía. Cuando surgían disputas entre las familias, el poeta era a menudo elegido como árbitro, y las gentes se sometían de buen talante a sus decisiones. Como por su encomio o su censura podía extenderse la fama y la gloria de una tribu, el favor del poeta era tan solicitado, como temido su enojo. Un pobre habitante de la Meca, que aún tenía muchas hijas por casar, hospedó amistosamente al poeta A’hab, que iba camino de Ucaz, y le habló incidentalmente de sus hijas y de la triste situación de él y ellas. El poeta no creyó pagar mejor aquella buena hospitalidad, que cantando en la feria de Ucaz las nobles cualidades del huésped y de sus hijas. Así lo hizo, y se cumplió su propósito. Apenas se divulgó su canto, los más ilustres caudillos de las diversas tribus pretendieron casarse con las doncellas.

Por A. Friedrich von Schack

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La diversidad de las poblaciones árabes

Arabes sedentarios de Siria, fotografiados en Damasco por G. Lebon

Se considera generalmente a los Árabes como formando una raza única, y para la mayor parte de los Europeos, todo musulmán del África y Asia, desde Marruecos hasta Arabia, es un Árabe, del mismo modo que para los Orientales todos los Europeos, ya sean Ingleses o Alemanes, ya Italianos, Rusos, etc., son los representantes de un pueblo único que designan con el nombre de los Francos.

El modo de juzgar nosotros de los Árabes no es en realidad menos inexacto que el que ellos tienen de juzgarnos a nosotros. Hay entre ellos muchos tipos tan diferentes como los que pueden hallarse en Europa. A consecuencia de los diferentes centros que han hallado y de los diversos pueblos con que se han mezclado, los Árabes han llegado a formar combinaciones muy complejas. Así, por ejemplo, los Árabes que hoy habitan la Meca, y que antes eran una de las razas más puras, son un producto del cruzamiento de los diferentes pueblos que desde el Atlántico hasta el Indo van anualmente a esta ciudad desde los tiempos del Profeta Muhammad. Lo mismo ha pasado en África y Siria, donde Fenicios, Berberiscos, Turcos, Caldeos, Turcomanos, Persas, Griegos y Romanos se han mezclado más o menos con los Árabes; y hasta en las mismas partes más centrales y aisladas de Arabia, como el Necljed, la raza dista de ser pura; pues hace siglos que el elemento negro se cruza con ella.

Todos los viajeros que han visitado el interior de África han quedado sorprendidos de esta influencia de los negros en la Península; de modo que Rotta cita una región del Yemen donde la población ha llegado a ser casi negra, al paso que en las montañas la misma población, poco mezclada, continúa siendo blanca; y al hablar de la familia de uno de los jeques de la comarca, dice que entre sus hijos los había de todos los colores, desde el negro hasta el blanco, según el cutis de sus madres. Wallin ha visto en el Djóf tribus enteras de esclavos negros. También son muy comunes los negros en el Nedjed, donde, lo mismo que en el resto de la Arabia, no existe ninguna preocupación de color; lo cual, como es consiguiente, no impide ningún cruzamiento. Cuenta Palgrave que Katif, ciudad importante del Nedjed, estaba gobernada por un negro, cuando él hizo su viaje. «He visto en Riadh, añade, muchos hijos de mulatos que llevaban orgullosamente la espada con empuñadura de plata, teniendo entre sus servidores a Árabes de la más pura sangre ismaelita o kahtanita.»

Esta falta de preocupación respecto al color ha sorprendido también a lady A. Blunt, quien en su narración reciente del viaje que hizo a Nedjed en 1878, refiere que el gobernador de una de las más grandes ciudades de esta región «era un negro completamente negro, con lo característicamente repulsivo del Africano. Parecióme de lo más absurdo del mundo, añade, ver a ese negro, que todavía es esclavo, en medio de un grupo de cortesanos de raza blanca; pues todos estos Árabes, la mayor parte de los cuáles son nobles por la sangre, se encorvaban delante de él, dispuestos a obedecer sus miradas, o a celebrar sus pobres ocurrencias.»

Esa mezcla de razas diferentes se verifica particularmente entre los Árabes sedentarios, por considerar honroso cada Árabe tener en su harem mujeres de diferentes colores. En las tribus del desierto, y particularmente de las montañas, la pureza de la raza es mucho mayor; aunque debe notarse que entre las tribus nómadas de la Siria oriental, especialmente de las que residen cerca de Palmira, en pleno desierto, hay rubios de ojos azules, lo cual parece implicar una mezcla con los pueblos procedentes de un origen mucho mas septentrional.

Por G. Lebon

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