Archivo de la categoría: Crónicas

Yūsuf I sucede al asesinado Muḥammad IV en Al-Andalus

Yūsuf I de Granada

A pesar de la protección de Fāṭima, su abuela, Muḥammad IV tan sólo llegaría a reinar ocho años, pues a la edad de dieciocho fue asesinado como lo había sido su padre. En su caso, fue víctima de una emboscada en el río Guadiaro cuando regresaba de Gibraltar, momento en el que fue atacado con lanzas por unos asesinos y rematado por un esclavo renegado llamado Zayyān 1. Ello sucedía un 13 de ḏū l ḥiŷŷa de 733 (25 de agosto de 1333), siendo enterrado en Málaga. Fāṭima quedaba, de nuevo, en primera línea de la corte nazarí. Y es que, el mismo día del asesinato repentino de Muḥammad IV, su otro nieto Yūsuf I (733-755/1333-1354) era proclamado emir siendo también menor de edad, pues tan sólo contaba con quince años.

En esta ocasión, Fāṭima compartió de nuevo la tutela del nuevo soberano con un ḥāŷib o chambelán llamado Riḍwān (m. 760/1359) 2. De hecho, Ibn al-Jaṭīb señala cómo, debido a su inmadurez, el nuevo emir no tomaba nada de su patrimonio ni se ocupaba de asunto alguno que fuese de su corte, así como tampoco tomaba más decisión que sobre los alimentos que había sobre su mesa de puertas para adentro de su alcázar hasta que alcanzó la adultez 3. Sin embargo, las fuentes no son muy explícitas al identificar en qué hechos concretos se materializó la actividad política de esta sultana en dicha época, que tal vez pudo ser poco intensa debido a su avanzada edad, pues cuando Yūsuf I subió al poder esta mujer debía de contar con más de setenta años lunares. María Jesús Rubiera llegó a sugerir la posible participación de Fāṭima, a la sombra de Yūsuf I, en el plan de construcción de los palacios de la Alhambra que este soberano ordenara erigir, entre ellos el de Comares, siguiendo en ello la política arquitectónica de Muḥammad III, su hermano uterino 4; pero, en realidad, no existen evidencias de dicha iniciativa.

Por Bárbara B. Gallardo

Notas:

1 Ibn al-Jaṭīb 2001, vol. I, pp. 540-541; 1980, pp. 96-97, trad. 2010, p. 205-206; 2004,p. 304. Sobre el asesinato de este emir nazarí, véase Vidal 2004, pp. 364-366.
2 Para su biografía, véase Ibn al-Jaṭīb 2001, vol. I, pp. 506-513.
3 Ibn al-Jaṭīb 2004, p. 305; Rubiera 1975, p. 129.
4 Rubiera 1996, p. 188.

©2022-paginasarabes®

Semblanza de Ahmed «El Cojo» – Amin Maalouf

Madraza de Bou Inania en Fez

El resto del año transcurrió en su totalidad en infatigables gestiones y en interminables conciliábulos. A veces, algunas personas ajenas a la familia se unían a nosotros, aportando sus consejos y compartiendo nuestras decepciones. Eran granadinos en su mayoría, pero también había dos amigos míos. Uno era Harún, por descontado, que pronto iba a hacer suyo el problema, hasta el punto de desposeerme de él. El otro se llamaba Ahmed. En el colegio tenía el sobrenombre de «el Cojo».

Cuando evoco su recuerdo, no puedo evitar permanecer unos instantes pensativo, perplejo, en tanto la pluma suspende su sinuoso rasgueo. Hasta en Túnez, hasta en El Cairo, hasta en La Meca y hasta en Nápoles he oído hablar del Cojo y nunca he de de preguntarme si este antiguo amigo dejará alguna huella en la Historia o si pasará por la memoria de los hombres como un nadador audaz cruza el Nilo, sin modificar su curso ni su crecida. Como cronista, sin embargo, tengo el deber de olvidar mis resentimientos para contar lo más fielmente posible lo que he sabido de Ahmed desde el día en que entró, por primera vez aquel año, en clase donde lo recibieron las risas y los sarcasmos de los estudiantes. Los jóvenes fesíes son despiadados con los forasteros, sobre todo si dan la impresión de llegar en derechura de su provincia de origen y, más aún, si arrastran alguna tara.

El Cojo había recorrido el aula con la mirada, como para quedarse con cada sonrisa, con cada rictus; luego, había venido a sentarse a mi lado, bien porque aquel fuera para él el sitio de más fácil acceso, bien porque hubiera visto que yo lo miraba de otra manera. Me había estrechado vigorosamente la mano, pero lo que dijo no era un simple saludo.

-Tú eres, como yo, forastero en esta maldita ciudad.

Ni preguntaba ni hablaba en voz baja. Miré a mi alrededor, violento. Insistió:

-No tengas miedo de los fesíes. Están demasiado atiborrados de ciencia para que les quede el menor valor.

Casi gritaba. Yo me sentía embarcado en contra de mi voluntad en un rencor que no sentía. Intenté zafarme, adoptando un tono de broma:

-¿Cómo dices eso tú que vienes a buscar ha ciencia a una madrasa de Fez?

Sonrió con condescendencia:

-No busco la ciencia pues es seguro que entorpece las manos más que una cadena. ¿Has visto alguna vez a un doctor de la Ley mandar un ejército o fundar un reino?

Mientras hablaba, entró el profesor con paso lento y majestuosa silueta. Por respeto, toda la clase se levantó.

-¿Cómo quieres que un hombre luche con esa cosa que le oscila en la cabeza?

Yo estaba ya lamentando que Ahmed se hubiera puesto a mi lado. Lo miré horrorizado.

-Baja la voz, te lo ruego, va a oírte el maestro.

Me dio en la espalda una palmada paternal.

-¡No seas tan medroso! Cuando eras niño, ¿no decías en voz alta verdades que los adultos ocultaban? Bueno, pues tú eras quien tenía razón en aquel momento. Tienes que volver a hallar en ti el tiempo de la ignorancia pues también era el tiempo del valor.

Como para ilustrar lo que acababa de afirmar, se levantó, avanzó cojeando hasta el elevado asiento del profesor y se dirigió a él sin reverencia, lo que acalló al instante todo ruido en el aula.

-Me llamo Ahmed, hijo del jerife Saadi, descendiente de la Casa del Profeta, ¡oración y salvación para él! Si cojeo, es porque me hirieron el año pasado cuando combatía contra los portugueses que invadieron los territorios de El Sus.

Ignoro si estaría más emparentado que yo con el Mensajero de Dios; en cuanto a la cojera, era de nacimiento como supe después por uno de sus parientes. Dos mentiras, pues, pero que intimidaron a cuantos estaban presentes, empezando por el profesor.

Ahmed volvió a su sitio con la cabeza muy alta. Desde el primer día de colegio se había convertido en el más respetado y admirado de los estudiantes. Ya no caminaba sino rodeado de una bandada de condiscípulos sumisos que reían cuando reía, temblaban cuando se enfadaba y compartían todas sus enemistades. Que eran de lo más tenaz. Un día, uno de nuestros maestros, fesí de rancio abolengo, se había atrevido a emitir dudas acerca de la ascendencia que reivindicaba el Cojo. Una opinión que no podía tomarse a la ligera, pues aquel profesor era el más célebre del colegio ya que había conseguido, hacía poco, el privilegio de pronunciar el sermón semanal en la Mezquita Mayor.

En el primer momento, Ahmed no contestó, conformándose con lanzarles una sonrisa enigmática a los estudiantes que lo interrogaban con la mirada. El viernes siguiente, la clase entera se desplazó para escuchar al predicador. Apenas hubo dicho éste las primeras palabras, al Cojo le dio un interminable ataque de tos. Poco a poco, empezaron a toser otros, tomando el relevo y, al cabo de un minuto, miles de gargantas sonaban y carraspeaban al unísono, curioso contagio que se prolongó hasta el final del sermón, de modo que los fieles volvieron a sus casas sin haber oído ni una palabra. A partir de entonces aquel profesor se guardó muy mucho de volver a hablar de Ahmed y de su noble pero dudosa ascendencia.

Yo nunca seguí las huellas del Cojo y, seguramente, era por eso por lo que me respetaba. Únicamente nos veíamos a solas, a veces en mi casa, a veces en la suya, es decir, en la propia madrasa donde había habitaciones destinadas a los estudiantes cuya familia no vivía en Fez; los suyos vivían en los confines del reino de Marrakech.

He de reconocer que, hasta cuando estábamos solos los dos, algunas de sus actitudes me repelían, me inquietaban e incluso a veces me asustaban. Pero también se mostraba, en ocasiones, generoso y abnegado. Así fue, en todo caso, como se me manifestó aquel año, pendiente de mis menores momentos de abatimiento, atinando en cada ocasión con el tono necesario para devolverme los ánimos.

De su presencia, así como de la de Harún, tenía yo gran necesidad, aun cuando ambos parecían incapaces de salvar a Mariam. Sólo mi tío parecía estar en condiciones de efectuar las gestiones que se imponían. Veía a hombres de ley, a emires del ejército, a dignatarios del reino; unos se mostraban tranquilizadores, otros, apurados, otros prometían una solución antes de la próxima fiesta. Nosotros no soltábamos una esperanza más que para aferrarnos a otra, igualmente vana.

Hasta que Jali consiguió, al cabo de mil intercesiones, llegar al hijo mayor del soberano, el príncipe Mohamed el Portugués, así apodado porque lo habían capturado a la edad de siete años en la ciudad de Arcila y conducido a Portugal donde estuvo muchos años cautivo. Ahora tenía cuarenta años, la edad de mi tío, y permanecieron un buen rato juntos hablando de poesía y recordando los infortunios de Andalucía. Cuando, al cabo de dos horas, Jali mencionó el problema de Mariam, el príncipe se mostró indignadísimo y se comprometió a hacer llegar el caso a oídos de su padre.

No tuvo tiempo, pues el sultán murió, curiosa coincidencia, al día siguiente mismo de la visita de mi tío a palacio.

Por Amin Maalouf

©2022-paginasarabes®

Amalia Nizzoli, viajera y narradora del mundo árabe

Amalia Nizzoli

Amalia Nizzoli es una burguesa que nace aproximadamente hacia 1806, en Toscana, y emprende el viaje a Egipto cuando tiene 13 años. Su tío es el médico del gran contable del reino de Mohameh- Ali. Aprende a hablar árabe y se casa por procura con Giuseppe Nizzoli, canciller del consulado de Austria en Alejandría.

“Las presentes memorias, que no sin sobresaltos de corazón oso presentaros, ¡oh benévolos lectores!, yo no pensaba que un día debieran ver la luz. Ni tuve nunca pensamiento de sacar materiales para un libro, por ser una empresa demasiado ardua para mí, que carezco de los necesarios conocimientos y porque no suponía el argumento lo bastante interesante. Tantos hombres de ingenio han escrito hasta ahora sobre Egipto, que absurda y también ridícula sería la idea de colocarme entre ellos. No fue nunca esta mi intención: siempre incierta y temerosa sobre lo que hacer” (Nizzoli, 2001: XV).

Amalia Nizzoli, introducción de sus Memorias

Amalia Nizzoli, habla de si misma en tercera persona, como conviene al género memorias, pero aún así ese hablar de sí misma se extiende demasiado en el libro, robando espacio a lo que en realidad importa en este tipo de textos, es decir, el relato de los lugares, de los habitantes y de los acontecimientos. Quiero decir que desde un punto de vista textual, las Memorias de Amalia Nizzoli se colocan al límite de lo que el género literario “memorias” y el género literario “libro de viaje” admiten y prescriben, porque muchos acontecimientos absolutamente personales e incluso íntimos, como su matrimonio o la muerte de su hija en el mar, tienen más que ver con la autobiografía personal y el diario.

“Los médicos me aconsejaran que apresurase mi viaje a Smirne, aduciendo que el aire de mar habría ayudado a la niña, pero ¡era el destino que en aquel viaje tuviera fin la tan penosa existencia de aquel ángel! Recordando tanta desgracia siento que se me encoge el corazón y que mis ojos se llenan de lágrimas. Si una madre leyera este pasaje de mis Memorias no me niegue su compasión” (Nizzoli, 2001: 204).

El viaje de Amalia Nizzoli, se abre caleidoscópicamente a tantos otros viajes, que contienen en sí las palabras claves de este género: nostalgia, despedida, retorno, encuentro, desplegando también diferentes identidades: desde la chica que viaja con sus padres, pasando por la novia y la esposa hasta llegar a la identidad de la madre, primero truncada con la muerte de su hija en el mar y después reencontrada con la hija que espera en su viaje de retorno a Italia. En este sentido, Amalia Nizzoli se coloca en la línea que la misma De Clementi señala para otras viajeras como Mary Wollstonekraft, Jane Bowles o Catherine Mansfied, que “viven el viaje como momento de nacimiento de sí, pero también negación o autocancelación” (De Clementi, 1995: 2).

El viaje de Amalia Nizzoli a Alejandría es cronológicamente el más largo, 1818-1828, pero su texto se publicará con posterioridad, en 1841.

Amalia Nizzoli verdaderamente ha podido entrar literalmente en la mente de las mujeres árabes, porque había aprendido su lengua. Desde su posición de traductora de un mundo diferente a nuestro mundo occidental no deja de subrayar que las mujeres árabes son felices porque no conocen otra realidad, con lo cual implícitamente está subrayando que la inferioridad de la mujer es de origen cultural y no biológico.

“¿No os da vergüenza, nos decían, presentaros en público de esa manera? Parece ser que vuestro maridos os amen muy poco, cuando con tanta indiferencia os permiten que todo os vean, mirad en cambio nuestros maridos cómo nos aman, de cuantos guardias nos rodean, como palpitan de celos y tiemblan con la sola idea de la más pequeña infidelidad”. Cuando nos dejamos con las demostraciones más sinceras y de recíproca amistad, y salimos del harem acompañadas por los eunucos hasta la última puerta de la casa. Me pareció entonces que renacía y que recuperaba mi libertad”. (Nizzoli, 2001: 107)

Amalia Nizzoli termina implicándose en la historia de Rosanne, precisamente como “personaje” que recompone la armonía entre las dos mujeres árabes:

“Y es necesario decir que verdaderamente mis palabras produjeron un gran efecto sobre su ánimo, ya que después de haberme invitado, la primera que vino a mi encuentro a la puerta del harem besándome la mano fue Zulecca. Rosanne me saludó sonriendo, y yo habiéndole dado las gracias de todo corazón por todo lo que había hecho, me respondió cortésmente: “soy yo, en cambio, la que tengo que darte las gracias por haberme enseñado a ser generosa”.(Nizzoli, 2001: 131)

Amalia Nizzoli es plenamente consciente de que su texto no encaja del todo en el género, por dos motivos fundamentales que expone en la introducción, pero que también se deducen de algunas alusiones en el texto: uno, ella no se siente autorizada a escribir y, dos, su visión de Oriente es diferente a la de esos autores con los que ella no osa competir:

“Yo os ruego, benévolos lectores, que no juzguéis la reunión de estas notas como una obra sobre el suelo clásico. Tantos hombres de ingenio escribieron hasta ahora sobre Egipto, que absurda y también ridícula sería sólo la idea de colocarme entre ellos”. (Nizzoli, 2001: XVI)

Como sostiene Julio Peñate, “los viajeros viajan con los ojos puestos en los libros que han leído, esperando su confirmación en la experiencia o incluso adaptando ésta a sus lecturas previas” (Peñate, 2004: 17), y la verdad es que Amalia Nizzoli, lo intenta, pero no pasa de la anécdota textual, como cuando al hablar del baile de las odaliscas cita a Heródoto, para no hablar de “la obscenidad de aquel baile y de los indecentes contorsiones del mismo” (Nizzoli, 2001:129).

Es el Romanticismo el que con sus deseos de evasión empuja a muchos escritores y artistas hacia metas exóticos y lejanas entre ellas Oriente y el mundo árabe, y en los viajes reales o imaginarios de los escritores y artistas románticos Oriente es visto como la antítesis de la vida burguesa europea, lugar donde el artista encuentra su verdadera alma, un más allá de fuga hacia lo desconocido.

En 1831 se abre, en Italia, el primer museo egipcio en Turín, y cinco años más tarde, Gregorio XVI inaugura el del Vaticano. Podemos decir que toda Europa, excepto España, que siempre se ha quedado un poco rezagada en las modas, está invadida por la moda egipcia, tanto en las decoraciones de los salones y de los edificios, como en muchos objetos y costumbres, como fumar la pipa de agua. Pero el mundo árabe representa sobre todo lo exótico y lo sensual, y estos dos conceptos se trasmiten a través del icono de la mujer árabe y del harem.

Los pintores más famosos de esa época, como Ingres, (La Odalisca y Mujeres en el baño turco) y Delacroix (Mujeres de Argelia en sus habitaciones) contribuyen también a la difusión de estas imágenes que, junto con el relato de algunos viajeros, van a forjar en la mente occidental el estereotipo del Oriente refinado y del harem como lugar erótico por excelencia. Todo esto naturalmente desde una óptica exquisitamente masculina.

Cuando las primeras viajeras europeas empiezan a viajar y escribir sobre Oriente el mito ya está en marcha, y uno de sus propósitos será precisamente el de restablecer la verdad con respecto a las mujeres árabes que ellas conocerán personalmente de cerca y con las que intercambiaran opiniones e ideas. Amalia Nizzoli en la introducción de sus Memorias declara que sus intenciones son:

“Siempre incierta y temerosa sobre lo que hacer, si al final me convencí, después de las repetidas insinuaciones de dar a la luz estas Memorias, sólo fue con la intención de dar a conocer como mujer italiana, a mis conciudadanas las costumbres y usanzas que vi, anécdotas y aventuras que no se conocen o que han sido grandemente malentendidas”. (Nizzoli, 2001: XVI)

Reestablecer la verdad sobre las mujeres de los harenes es al mismo tiempo contrastar las fantasías eróticas de otros escritores y viajeros:

“Se pueden desmentir las muchas tonterías que nos dan a entender por lo general algunos viajeros a propósito de las galantes aventuras que dicen haber tenido en los harenes asiáticos. Yo repetiré siempre que es algo dificilísimo y casi imposible a un extranjero poder ver una mujer descubierta en un harem y mucho más tener una historia amorosa” (Nizzoli, 2001: 110)

Amalia Nizzoli está pensando seguramente en el episodio de las Memorias de Casanova en el que cuenta haber tenido una aventura con una odalisca en su harem.

Cuando Amalia Nizzoli entra en el harem lo primero que nota es que las odaliscas están de rodillas lavando el suelo. El harem bajo la mirada atenta de una mujer occidental no es ese lugar de sensualidad y placeres, de voluptuosa inmovilidad donde las mujeres languidecen, sino un lugar con rígidas reglas carcelarias de jerarquía entre ellas, donde está prohibida cualquier intimidad.

Por Mercedes Arriaga Flórez (Universidad de Sevilla)

©2022-paginasarabes®