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La sabiduría de Ibn ‘Arabi

Ibn ‘Arabi

Viajero inagotable (recorrió Al-Ándalus, el norte de África, Turquía y Oriente Medio), vivificó el sufismo, la corriente mística islámica que aboga por la profundización en el propio yo como modo de llegar al conocimiento de lo divino.

“Mi corazón se ha hecho capaz de todas las formas. Es (…) templo para los ídolos y Kaaba del peregrino, tablas de la Torá y libro del Corán”.

Este respeto por toda creencia es una de las muchas cosas que le granjearon en su tiempo los títulos “El más grande de los maestros” o “Sello de los Santos de Muhammad”.

Sus detractores, en cambio, lo tildaron de “destructor de la religión”, “ateo” y “enemigo de Dios”.

Los postulados del sabio murciano desatan todavía hoy, ocho siglos después, muy opuestas reacciones en el mundo islámico: En Arabia Saudí, cuna del ultraconservador whahabismo, sus libros están prohibidos.

Lo contrario sucede en Marruecos o Turquía, “en cuyos centros de saber es una figura de referencia”, explica Pablo Beneito, profesor del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad de Murcia, traductor de la obra de Ibn Arabi y presidente de MIAS-Latina, asociación laica consagrada a la difusión de su legado.

Las enseñanzas del suní murciano han sido también profundamente integradas en la tradición espiritual de Irán, pese a ser país de mayoría chií.

Tanto es así que el Ayatollá Khomeini le recomendó su lectura a Gorvachov en su famosa carta de 1989, en que pronosticaba la inminente caída del comunismo.

La producción escrita de Ibn Arabi es casi inabarcable: cuatrocientas obras -se estima- de las que apenas se conservan cien. “Las iluminaciones de la Meca” suma ella sola 14.000 páginas. Escribió también más de mil poemas.

A todo ello se añade la confusión de numerosos escritos apócrifos que se le han atribuido a lo largo de siglos, algunos de los cuales, como el “Tratado de la unidad”, gozan de gran popularidad aún hoy.

De él se cuentan leyendas -apócrifas también- como que el Taj Mahal fue construido siguiendo el plano del Paraíso que dejó escrito.

Ibn Arabi es una figura compleja, de dimensión tan inabarcable como su propia obra, que desata amor o rechazo, y cuya vida y pensamiento, gracias al trabajo de numerosos investigadores, podemos reconstruir de manera muy precisa.

En la Murcia del rey Lobo

Ibn Arabi nació en Murcia en el 1165. Su madre era bereber. Su padre, murciano, fue un alto mando militar al servicio de Ibn Mardanis, el rey Lobo.

“Desde pequeño estuve acostumbrado a cabalgar, afilar espadas y maniobrar en campamentos militares”, relata el propio Ibn Arabi.

En la Murcia de Ibn Mardanis imperaba una visión muy abierta del Islam en la que musulmanes y cristianos convivían sin restricciones. Puede especularse que este ambiente de tolerancia dejase su impronta en el Ibn Arabi niño.

En el 1172, este mundo se desmorona con la derrota del rey Lobo. Murcia pasa a manos de los conquistadores almohades, que imponen una interpretación mucho más estricta del Islam.

Esto, sin embargo, no significa la caída en desgracia del padre de Ibn Arabi, quien los había combatido junto a su rey. Al contrario, “los almohades lo siguen teniendo en alta consideración” , afirma Fernando Mora, autor del libro “Ibn Arabi, vida y enseñanzas del gran místico andalusí”.

Tanto es así que, al servicio de la nueva bandera, la familia abandona Murcia y se traslada a Sevilla, nueva capital califal. “Siempre tendrán acceso al palacio”, afirma Mora.

Ibn Arabi tiene entonces ocho años.

Pese al rigor religioso que imponen los almohades, Sevilla es en la época una ciudad cosmopolita en pleno esplendor cultural.

“El califa tenía una biblioteca de un millón de volúmenes, conocía a Platón y a Sócrates, cuando en el medio cristiano todavía quedaban siglos para que se supiese, por ejemplo, de Aristóteles”, relata Fernando Mora.

Estudiosos de toda Europa viajaban a Sevilla para asomarse a este mar infinito de saber que abarcaba de la medicina a la religión.

Fue un tiempo de viajes. La inmensidad de los territorios islámicos permitía moverse sin peligro de Al-Ándalus a Persia. Todo musulmán estaba obligado, además, a peregrinar a la Meca al menos una vez en la vida.

Esto generaba conocimiento y un continuo intercambio.

“Había barrios andalusíes en Fez, Túnez, Alejandría, la Meca”, cuenta Fernando Mora.

Criado en este ambiente, Ibn Arabi se convierte en un joven brillante que aprende retórica, leyes, poesía y a recitar el Corán.

Como toca a su edad, también se dejó tentar por los brillos de nocturnos de Sevilla, donde el erudito y el asceta convivían con el vividor, el rufián, el juglar.

Se sume en fiestas, justas poéticas, cacerías.

Estas exploraciones terminan de manera abrupta cuando, una noche de farra en la casa de un miembro de la alta sociedad sevillana, una voz sin dueño le espeta: “¡No es esto para lo que te he creado!”

El propio místico narra como, aterrado, huyó de la casa, dio sus ropas a un mendigo y se instaló en una tumba abandonada del cementerio.

Fue su primer retiro. El místico iniciaba su andadura.

Las padres de Ibn Arabi tardaron mucho en aceptar que su hijo abandonase una prometedora carrera palaciega para abrazar el voto de pobreza y consagrarse a lo divino.

Además, decía haber recibido la iluminación y tener la guía de visiones que lo visitaban y aconsejaban en sueños.

El padre, temiendo que su hijo hubiese enloquecido, lo llevó a Córdoba ante el mismísimo Averroes, médico personal del califa y traductor de Aristóteles.

El encuentro entre los dos gigantes se resuelve con un breve diálogo, pero es suficiente para dejar al filósofo y jurista cordobés conmocionado por la profunda sabiduría del jovencísimo Ibn Arabi.

Su sistema de pensamiento, sin embargo, estaba muy lejos aún de forjarse. Eso empezaría a cambiar en el 1184 cuando, con veinte años, descubre el camino que iba a determinar su vida: el sufismo.

La senda sufí

El sufismo, corriente mística y ascética del Islam, considera que Dios puede ser hallado en cualquier forma o creencia.

Esta voluntad de apertura no impidió que en Al-Ándalus los almohades la toleraran ampliamente.

De hecho, “se erigieron, mediante una leyenda, en vengadores de la memoria del persa al-Ghazali, el gran sintetizador del misticismo islámico”, señala el historiador Javier Albarrán.

Tanto es así que, bajo el dominio de este imperio, se crearon los primeros diccionarios hagiográficos de sufíes del Occidente islámico, como el de al-Tadili.

La principal inspiración de los sufíes es el propio Corán:

“Por mucho que se diga, en el Corán hay un montón de pasajes en que se respeta a todos los mensajeros de la humanidad, de cada pueblo”, afirma Fernando Mora.

Y añade: “El Corán dice que, si Dios hubiese querido, hubiera creado a todos con la misma religión, y que nadie puede ser convertido a la fuerza. Otra cosa son las interpretaciones reductoras que hacen algunos”.

El sufismo tiene su eje en la búsqueda interior: “Ayer era inteligente, por lo que quería cambiar el mundo. Hoy soy sabio, por lo que me quiero cambiar a mí mismo”, escribió el poeta y místico persa Rumi.

El sufismo asume también que nada existe sin su contrario: “Las cosas se vuelven claras mediante sus opuestos”, dice de nuevo Rumi.

En esta visión abierta y eterogénea de la divinidad, rayana en el panteísmo, encontró Ibn Arabi el carrete con que hilar su propio pensamiento:

“Es Dios quien se muestra en cada faz, a quien se busca en cada señal (…) Ni una sola de sus criaturas puede dejar de encontrarlo en su naturaleza original”, escribió.

Ruta propia

En sus años iniciales de búsqueda, y también después, Ibn Arabi se acercó a muchísimos maestros, algunos por completo iletrados: Para él, entendimiento e inteligencia no son lo mismo. El primero va mucho más allá.

A la vez, “jamás se adscribió a una filiación particular que limitara el alcance de su enseñanza”, resalta Pablo Beneito.

Nunca se presentó a sí mismo como fundador de una escuela. No buscó la institucionalización de su mensaje, sino que éste permaneciese vivo, abierto a todos los lenguajes.

“Ibn Arabi no habla sólo a los musulmanes, sino a toda la humanidad”, concluye Beneito.

“Fue una persona muy inquieta en cuanto a saber y búsqueda del conocimiento”, añade Fernando Mora. “Visitó y se entrevistó con personas de todas las doctrinas que pudo”.

En tiempos de Ibn Arabi, Al-Ándalus albergaba todo tipo de eremitas, santos, peregrinos y contemplativos.

La Península “ era un centro espiritual de gran magnitud. Un cofre de tesoros cuyas huellas viven todavía; habría que recuperarlas para la educación, el arte”, señala Ana Crespo, artista y autora del libro “Los bellos colores del corazón”, sobre el cromatismo en el sufismo.

En esta época de consolidación espiritual, el joven Ibn Arabi frecuenta a maestros entre los que figuran dos mujeres: la octogenaria Yasmina de Marchena y la nonagenaria Fátima de Córdoba.

Otros sabios de los que aprendió fueron Abd Allah Muhammad de Aljarafe, quien pasó cincuenta años en una celda sin encender luz ni fuego, o Abu Ali Al-Sakkaz, hombre que jamás pronunció la palabra “yo”.

En Sevilla se cruza con el que será su más joven maestro: un niño de diez años que, según narra el propio Ibn Arabi, lo hizo sentir minúsculo “con sólo una sonrisa”.

Huida de Al-Ándalus

A la muerte de sus padres, Ibn-Arabi decide abandonar Al-Ándalus de manera definitiva. Lo hace de noche y a escondidas del califa quien, en su afán por protegerlo, le había ofrecido trabajo a él y matrimonio a sus hermanas.

“En esa época las circunstancias en Al-Ándalus no eran las más prometedoras”, explica Mora. “En pocos años Sevilla caería en manos de Fernando III. Tal vez él tuviera alguna intuición al respecto”.

Antes de cruzar para siempre el Estrecho en dirección a Marruecos, hace una última visita a Murcia.

De Fez a la Meca

Fez es en aquel entonces un centro de saber académico y sufí, además de refugio de andalusíes emigrados. Albergaba la primera universidad del mundo, que atraía a estudiantes de todos los rincones del territorio islámico.

Allí acude Ibn Arabi, y se nutre de nuevos conocimientos. Para entonces ya ha escrito algunas de sus obras: “El divino gobierno del reino humano”, “El viaje nocturno”, “El crepúsculo de las estrellas y la aparición de las lunas crecientes de los secretos y las ciencias”.

En 1201 emprende la prescriptiva peregrinación a la Meca, que le llevará a conocer Túnez, Alejandría, el Cairo.

Visita también Palestina, Jerusalén y Medina, donde presenta sus respetos ante la tumba del Profeta.

Tras un año de viaje, llega a la Meca. Allí pronto empieza a ser conocido por sus enseñanzas.

Es en esta ciudad donde se cruza con la joven que inspirará los versos de “El intérprete de los deseos”, compendio de poemas amorosos cuya escritura no concluirá hasta diez años después.

De toda su ingente obra poética, esta es la única que ha sido traducida a lenguas europeas y la que lo hizo conocido en Occidente, ya en el siglo XX.

El libro, por su temática, despertó las suspicacias de los ultraortodoxos, que lo acusaron de falso santo con apetitos terrenales.

“Las imágenes amorosas, que a primera vista son mundanas, tienen un significado espiritual”, argumenta Mora. “En Ibn Arabi no está clara la diferencia entre el amor divino y el humano”.

Esto nos ayuda a trazar algunos rasgos de su personalidad: “Era un hombre inmerso en un mundo trascendental, un contemplativo profundo, pero no vivía en las nubes: Viajó muchísimo, tuvo mujeres, hijos”.

Veinte años de vagabundeo

La peregrinación a la Meca no sacia las ansias de mundo de Ibn Arabi. Durante los veinte años siguientes recorre los dominios del Islam hasta sus confines, siempre escribiendo y sumando discípulos. En Bagdad ofrece lecturas públicas de su “Epístola de la santidad”. Da a conocer en tierras orientales a los sufíes andalusíes, haciendo de puente entre ambas tradiciones.

En Mosul escribe el “Libro de las revelaciones de Mosul”.

En Anatolia, adonde acude invitado por el rey de Konya, establece una profunda amistad con Kayka’us, su hijo y sucesor. Juntos compartirán una larga relación epistolar.

Tiene aquí origen la fuerte conexión histórica entre Ibn Arabi y Turquía. De hecho, fue un sultán otomano quien, a los dos siglos de la muerte del sabio murciano, cuando sus enseñanzas habían caído en el olvido, contribuyó a revivirlas alzando una mezquita en el lugar de Damasco donde reposan sus restos todavía hoy.

La Perla del Desierto

Damasco, la “Perla del Desierto”, el “Refugio de Profetas” donde, según la tradición islámica había de descender Jesucristo en el fin de los tiempos: Ese fue el lugar elegido por Ibn Arabi para establecerse por fin en 1223, tras toda una vida de vagabundeo.

Allí pasó los últimos diecisiete años de su vida, rodeado de familia, discípulos y amigos, culminando las ambiciosas obras que había empezado a escribir mucho tiempo atrás.

No es hasta el 1238, dos años antes de su muerte, cuando concluye el vastísimo compendio de metafísica islámica “Las iluminaciones de la Meca”.

“Absolutamente todo, incluidas las piedras, está imbuido de vida”, nos dice en él el sabio murciano.

También en ese periodo completa “Los engarces de las sabidurías”, su libro más atacado por la ortodoxia islámica durante siglos y que él asegura haber recibido de manos del propio Muhammad en un sueño.

Termina también “El gran diwan” o “Diwan de los conocimientos divinos”, que compendia los más de mil poemas que hizo a lo largo de su vida y que, ocho siglos después, sigue sin traducirse de manera completa.

Por José Miguel Vilar-Bou
Con información de El Diario

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Rock and roll islam (Fragmentos) – por Abdul Wakil Cicco

Páginas Árabes agradece la reseña de su libro que ha preparado el talentoso Abdul Wakil Cicco para hacerlo llegar a nuestros lectores. Shúkran yazilan jaie!

El islam, desde lado del mundo, suena lejano, ajeno, sospechoso. Pero está más cerca de lo que parece. Se cree que había musulmanes, que escapaban de la inquisición en España, en las carabelas de Colón. Y hay quienes juran que el primer mapa de América fue obra del marroquí Al Idris, también musulmán en el siglo XII. En Salvador, Bahía, en 1835, hubo una revuelta popular de esclavos musulmanes –se la llamó Revuelta de los Males (musulmanes)-: dos días de matanza sin cuartel de 70 esclavos y prisión para 280. Los líderes fueron sentenciados a muerte. Pero fue epopeya que dispararía, años más tarde, la abolición de la esclavitud.




El islam impregna la política argentina. Cuando buscaba respuestas en momentos difíciles, Juan Domingo Perón –según narra su secretario privado, Ramón Landajo-, abría su Corán, traducido al castellano. Las Fuerzas Armadas Peronistas surgieron en 1968 de la mano de Envar El Kadri. Si bien no practicaba las oraciones islámicas, y seguía más el ejemplo del Che Guevara que del Profeta Muhammad, poco antes de morir repetía a sus amigos: “Recuerden que soy musulmán. No me entierren como cristiano”. Hoy, El Kadri está sepultado en el cementerio musulmán de San Justo, bajo tierra que él mismo recogió en Líbano, país de sus antepasados.

Hay inscripciones islámicas en el subte de Buenos Aires –en la estación Independencia del ramal C se lee: “no hay más vencedor que Allâh-”-, y una iglesia del siglo XX empapada de estrofas del Corán: la de Santo Domingo, en la provincia argentina de San Luis, única en el mundo.

Hubo centenares de desaparecidos de origen árabe durante la dictadura que empezó en 1976 y se cree que muchos de ellos eran musulmanes. Los contó, para el 30 aniversario del golpe, Mustafá Ali, ex director de industrias culturales durante el gobierno de Kirchner.

-Nadie lo había hecho –se entusiasma Ali-. Me tomé el trabajo de contar uno por uno los apellidos árabes en la lista de la Conadep. Y luego quité los que ya estaban identificados como judíos.


«Tu libro lo leí en dos días. Me sentí muy representado». Suhail Assad es uno de los sheiks, de la corriente shia, con más presencia en Latinoamérica. Durante cinco años, en su otra vida, fue actor de teatro under en Buenos Aires. Su compañero era el provocador José María Muscari. Juntos hacían sus propias obras en el Rojas y el Parakultural. A los 25, dejó todo y se recibió en el Líbano de recitador coránico. Hace 20 años, vive en Irán, donde se doctoró en filosofía y misticismo. Y recibió doctorado honoris causa en ciencias del sufismo. Hoy, conduce programas islámicos de tevé seguidos en toda el habla hispana. Y fundó diez centros islámicos en Latinoamérica. Desde la Mezquita Imam Musa Alkazem, en Qom, Irán, le pone voz a un fragmento de «Rock and roll islam».


Los historiadores todavía debaten si los gauchos eran o no descendientes de musulmanes escapados de la Inquisición. A juzgar por sus costumbres, la ropa y el léxico, todo indica que eran más descendientes de moros que de españoles.

En la Argentina fue hecha una de las primeras traducciones al español del Corán –la hizo Ahmed Aboud, en 1943- y desde el año 2000 tiene la mezquita más grande de Latinoamérica –destronó a la mezquita Ibraheem Al Ibraheem en Caracas, aunque esa sigue teniendo el minarete más alto de Occidente-: tres hectáreas y media, con escuela, estacionamiento y capacidad para 2000 personas. Costó 14 millones de dólares (se dijo en un momento que fueron 40), y es producto de la visita que hizo durante su primer mandato el presidente Menem a Arabia Saudita, cuando le preguntó al rey Fahd en qué podía ayudar él, de familia musulmana, al islam en su país. El rey le dijo:

-Haga una mezquita.

Y Menem –esta vez sí- lo hizo. Eligió tres hectáreas en una de las zonas mejor cotizadas de la ciudad, que pertenecían a los ferrocarriles.

Se sabe que un musulmán cordobés –nunca supe quién- se carteaba con René Guenon, un esotérico que se inició como masón y vivió sus últimos años en Egipto convertido al Islam, y que el erudito suizo Frithjof Schuon –convertido al islam – tenía un representante de origen libanés en Buenos Ares, que celebraba reuniones sufis en un cuarto lleno de humo de tabaco y que murió sin pena ni gloria en el Hospital Ferroviario.

Hay un héroe de Malvinas musulmán que sobrevivió a la guerra: el soldado Marcelo Salomón, fallecido en 2007. Hay un pueblo musulmán, La Angelita, a 350 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, con 300 habitantes de los cuales, se estima, la mitad practica el islam. Y hasta hay un santo musulmán –a los santos en el islam se los llama awliya-, enterrado en el cementerio de Pérez, en Soldini, Santa Fe: Ahmed Amado. Gente de todas las religiones peregrina a su tumba y acumula cada día más milagros. Se cuenta que durante un apagón, cuando Amado estaba por morir, la única bombilla eléctrica que se mantuvo encendida pendía sobre su cama de hospital. En el islam, a los milagros se los llama karamat. Y por prudencia y humildad, en vida los santos los esconden.

-El hombre perdió la capacidad de maravillarse –dice el sheikh sufí yerrahi Abdul Qadir Ocampo, café en mano y mordiendo una Cerealita en el patio cerrado de su lugar de reunión en Buenos Aires-. ¿Cómo llegó este café a mi mano? Es un hecho excepcional. La existencia de un árbol ya es una maravilla. La bellota del roble está vacía. Entonces, uno se pregunta, ¿cómo algo puede nacer del vacío? Eso es un milagro. Lo que pasa es que cuando uno está lleno de ego, no le entra nada. Ninguna maravilla. Está enajenado de lo divino.


Abdul Wakil en el hajj en Arafat

Los sirios, libaneses y turcos que llegaron a la Argentina desde el siglo XIX, en vez de afirmar sus raíces islámicas las hicieron hilachas. No dejaron a su paso mezquitas, y apenas llegaban al puerto de Buenos Aires los empleados de migraciones, por apuro, desdén o incomprensión, les cambiaban el apellido. O directamente les decían:

-No te entiendo nada. Así que te anoto como Jorge.

Las cifras lo dicen todo: el 62% de los hijos de la primera generación de musulmanes argentinos no habla árabe. Y el 87 por ciento de sus nietos no sabe ni una palabra (el dato lo recoge Abdul Wahed Akmir en su estudio “La inmigración árabe en Argentina”). En los años ’80, para preservar la descendencia, la World Assembly of Muslim Youth, de Arabia Saudita, organizó campamentos juveniles en Tucumán. Convocaron a hijos de musulmanes de todo el país. Al comienzo, fueron un éxito: asistían 200 personas. Pero el campamento, para los jóvenes, era una patada en la ingle: los levantaban a rezar a los empujones antes del amanecer, y a las parejas de enamorados las disuadían de todo contacto con gritos y linternas. En las comidas, a los varones los sentaban con las madres de las chicas. Y tras un interrogatorio, si el joven salía airoso del desafío, la madre le señalaba a la candidata.

– Mirá, mi hija es la de allá. ¿Te gusta? ¿No querés venir a cenar a casa algún día de estos? Se nota que sos un chico de buen corazón.




El último campamento se celebró a mediados de los ’80, y no terminó a las piñas por muy poco. El que dirigía el rezo –el imam- casi se le echó encima al que convocaba a viva voz a la oración –el muecín- porque, decía, éste lo había hecho según la tradición shíita, y el imam era sunnita. La grieta que todo lo embrolla.

Nadie sabe cuántos musulmanes hay en la Argentina. El último censo religioso, de 1947, indica que existían 18 mil. Hoy sólo hay conjeturas: el Centro Islámico estima 800 mil. Un informe del International Religious Freedom Report calculaba en el 2010 la presencia de entre 400 y 500 mil. Para el mismo año, el centro de investigación Pew de Washington conjeturaba que había un millón. Otros, más modestos, trazan una proyección del último censo del ’47 y, como no hay más migración islámica –excepto la reciente ola de senegaleses-, señalan que en el país no hay más de 40.000 de musulmanes.

A veces, el islam se esfuma durante siglos y reaparece, como el bambú, en descendientes que, tan apartados de su origen, desconocen que tuvieron ancestros musulmanes. En el mundo islámico esto se explica por el poder de la dúa: el pedido a Allâh. Lo más probable es que, hoy en día, todo aquel que se convierte al islam haya tenido, allá lejos y hace tiempo, un antepasado que puso la frente en la alfombra y rogó a Dios para que alguien de su descendencia regresara al islam.

Muchas de las historias de este libro son respuestas a esas plegarias.


Construyó mezquitas en varios países. Tradujo un texto esencial de las ciencias islámicas. Sobrevivió a una picadura de escorpión. Una puñalada. Y su nombre figuró por error entre los desaparecidos. Desde Granada, Abdur Rahman Colombo lee un fragmento de «Rock and roll islam».


El origen del sufismo es obra y gracia de un acto de espionaje. El primer hombre en ser considerado sufí -aún cuando el término no existía- se llamaba Hudhayfa ibn Al Yaman y vivió en el siglo VII. Era contemporáneo y compañero del Profeta Muhammad. Hudhayfa dormía junto a otros emigrados sin techo, a un costado de la mezquita en Medina, en Arabia Saudita: unos 90 hombres y sus familias, viviendo de limosnas y changas y durmiendo en el piso.

-Estamos hechos de tierra –decían-, y volveremos a la tierra.

Sin ataduras de trabajo, Hudhayfa seguía al Profeta a toda hora y a todas partes. Y él le tenía tanta confianza que fue el único a quien le reveló un secreto: la lista de los hipócritas que convivían junto a ellos en Medina, la ciudad que lo había albergado a él y a los suyos tras el exilio de Meca.

Algunos lo habían recibido como profeta, y dieron su vida por él. Otros, lo consideraron enemigo y dieron su vida para acabar con él. Y había un tercer grupo: se hacían llamar musulmanes pero, puertas adentro, eran traidores. Eran los más peligrosos.

Muhammad le ordenó a Hudhayfa que los observara discretamente, noche y día. Hudhayfa reportaba reuniones clandestinas. Conspiraciones. Puñales escondidos. En poco tiempo, se volvió experto. La misión de espiar no hubiese pasado de anécdota si no fuera porque Hudhayfa empezó a aplicar ese método sobre sí mismo. Se detenía a observar si cuando rezaba era suficientemente sincero o si era, también él, un hipócrita oculto –la sinceridad, en el islam, representa un tercio del camino-. Se preguntaba si cuando daba limosnas no lo hacía sólo para que vieran lo generoso de su acto. Otros compañeros apuntaban a acumular actos virtuosos; él se dedicaba a quitar la mugre de su alma. Mientras los demás preguntaban al Profeta cómo plasmar buenas obras, él preguntaba cuáles eran las malas acciones.

-Así evito caer en ellas –decía.

Hudhayfa se hizo tan respetado que, tras la muerte del Profeta, los líderes que lo sucedieron le pedían consejo, y hasta que él no estuviera presente las oraciones fúnebres no se hacían. Algunos, con cierta vergüenza, le preguntaban si su nombre figuraba o no en la lista de hipócritas del Profeta.

-Hay distintas clases de corazón -enumeraba Hudhayfa-. El corazón cerrado o atrofiado, de los desagradecidos y no creyentes. El corazón envuelto en capas delgadas de los hipócritas. Y el corazón abierto y justo que emite luz radiante de los creyentes. La fe es un árbol que se alimenta de agua pura, mientras la hipocresía es un grano que se alimenta de sangre y pus. Aquel que más florece, gana el control.

Esta ciencia del corazón tiene tinte épico: es el duelo contra lo peor de uno mismo. Caprichos, miedos, hipocresía, estamos llenos de basura. El Profeta lo llamaba Yihad akbar: la gran batalla. El combate entre el hombre y cuatro enemigos: sus deseos, el ego, el mundo material y el demonio. Cada uno, de acuerdo a los sabios, equivale al ataque de 700.000 soldados. El guerrero que se dispone a pelear contra ellos es un verdadero sufi.

Los sufís hicieron del Profeta modelo de vida. Cuanto más se lo imita más se progresa. Cuanto más se lo ama, más lo ama a uno Dios. El Profeta repetía que él había venido a este mundo para perfeccionar la personalidad de los seres humanos. “Un hombre puede obtener virtudes en todas sus acciones, advertía, incluso en llevar comida a su boca”.

Los sufís son maestros de cortesía.


Aquí el sheik Abdul Rauf, representante de la orden sufí naqshbandi y guardián de una reliquia power, le pone voz a la primera enseñanza que recibí en casa de Mawlana Sheik Nazim, el maestro más apabullante de los últimos tiempos.


-El sufismo busca alcanzar el estado del Profeta -dice el argentino Abdul Rahman Colombo, en una confitería de Barrio Norte frente a su casa-. Sufismo es saborear lo que él saboreó.

El Corán y la conducta profética se volvieron así métodos de limpieza interior y elevación de conciencia. Semilla del sufismo.

Tal como hizo Hudhayfa, en lugar de sólo observar las conductas, los sufís colocaron el énfasis en las enfermedades espirituales del corazón –envidia, avaricia, falta de fe-, un órgano que late 100.000 veces al día, bombea por hora 300 litros de sangre e involucra un cablerío de 96.500 kilómetros de arterias y venas, dos veces y media la vuelta al mundo.

-Ni los cielos ni la tierra pueden contenerme -dice Dios, en un relato profético-. Sólo Me contiene el corazón del creyente.

En el islam, se insiste en que todos nacemos musulmanes. Uno, desde el comienzo, ya conoce a Dios. A lo largo de la vida el viaje hacia Él es, en realidad, viaje de vuelta. Descubrirlo es recordarlo.

En el Corán está claro: antes de venir al mundo, las almas fueron reunidas. Y Dios preguntó: “¿Acaso no soy su Señor?” Y todos dijimos que sí. Luego llegamos a este mundo, y entre boleta de luz, corte de calle y maratón de Netflix, uno lo olvidó todo –hombre, en árabe, también significa olvido-. Aún así, Dios dejó una marca de ese episodio. Un sello original en cada uno de nosotros: la Fitra. Tomar contacto con esa fitra y recuperar la memoria es el mayor objetivo de los místicos: es transformarse en ser humano. El Profeta lo llamaba morir antes de morir. Morir a la boludez. Despertar a la verdad.

Abdul Wakil en Medina

El sufismo era lenguaje nuevo, embriagador. Se cuenta de santos que, de tan absorbidos por el amor divino, no sienten nada cuando les amputan una pierna durante la oración. De quienes se inclinaron en la oración sin reparar en que habían sido atravesados por flechas. Y hay quienes irrumpen en afirmaciones que espantan a los musulmanes más atados a la ley que a la inspiración.




Mientras los musulmanes ortodoxos sostienen que creer en santos, visitar tumbas o seguir a un maestro es quitarle protagonismo a Dios –adjudicarle poder a otro es el peor pecado en el islam-, los sufís llaman a los santos “amigos de Dios”, rezan junto a sus tumbas y entregan su obediencia a un maestro espiritual, a quien ven como la encarnación viva del Profeta. Para los sufís, el éxtasis, la música y el canto son instrumentos para acercarse a Dios. Pero el resto de los musulmanes esas son actividades prohibidas y los más ortodoxos juzgan a los sufís como volados y soñadores. Los sufís los ven a ellos como la policía religiosa.

-Si todos los musulmanes fueran sufís -comenta Abdul Hakim Murad, un británico converso que hoy dirige el Muslim College en Cambridge-, entonces todo el mundo se haría musulmán.

Abdul Wakil al salir de la seclusion que cuenta al final del libro

Por Abdul Wakil Cicco


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El viaje espiritual en la visión de lbn ‘Arabi

Con independencia de otras consideraciones teóricas, lo que nos describe Ibn ‘Arabi en sus escritos no son sino los pormenores del prodigioso viaje espiritual que conduce, pasando por los diferentes reinos de la naturaleza -humano, animal, vegetal y mineral- y ascendiendo a través de las esferas celestiales, hasta arribar al corazón de la existencia y el horizonte supremo, que es una de las denominaciones que recibe Dios en el Corán (53:7).




El viaje -exterior e interior- es un motivo recurrente, tanto en la obra de lbn ‘Arabi como en su propia vida. Por otra parte, el modelo de esta clase de periplo metafísico nos lo proporciona, en el ámbito del sufismo, el llamado Viaje Nocturno y la Ascensión, un tipo de experiencia mística, cuyo principal exponente es el recorrido iniciático del Profeta Muhammad, donde el sujeto se ve transportado hasta la presencia inmediata de Dios.

El Sayj al-Akbar concede especial importancia a los pormenores prácticos concernientes a la vida religiosa: oración, recuerdo de los nombres divinos, ayuno, peregrinación, examen de conciencia, retiro, etcétera. En ese contexto distingue entre adoración esencial y adoración ritual. La primera de ellas se refiere a la adoración natural que, en su exclusivo y desconocido lenguaje, rinden a Dios todos los seres sin saberlo,mientras que la segunda consiste en los mandamientos transmitidos por los diferentes enviados religiosos.

Resulta imperativo tomar conciencia de dicha adoración esencial e ineludible, ya que aporta la base de la adoración prescrita y voluntaria. Sólo el ser humano está en condiciones de conjugar ambos tipos de adoración.

El conjunto de la doctrina de Ibn ‘Arabi converge, a la postre, en su concepción del ser humano perfecto, quien es, en su opinión, el espejo y el ojo de Dios en el cosmos. De ese modo, el individuo que ha realizado plenamente su potencial espiritual se transforma en eje que comunica cielo y tierra, en confluencia de tiempo y eternidad y en compasivo ojo a través del cual el Todo-Misericordioso derrama sus bendiciones sobre los mundos. En tanto microcosmos y síntesis de la creación, el ser humano congrega realidades contrapuestas.

Por eso, buena parte del trabajo espiritual estriba en la armonización de los aspectos en apariencia contradictorios del ser. En consonancia con su naturaleza universal y sintética, el ser humano perfecto también respeta las distintas religiones y creencias como expresiones de una sola verdad.




Y, como epítome de dicha perfección, no podemos sino evocar a los santos o «amigos de Dios» y, entre ellos, a las «gentes de la reprobación» (malamiyya) y los «solitarios» (airad), los cuales engrosan las filas de la santidad suprema. A pesar de sus más que encomiables virtudes, quienes componen ese selecto grupo disimulan sus profundas experiencias espirituales y, por tanto, suelen ser considerados personas ordinarias que no se arrogan ninguna sabiduría ni poder especial. Como reza un antiguo adagio sufí:

«Cuando están, nadie advierte su presencia y, si se marchan, ninguno se percata de su ausencia».

Por F. Mora

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