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Cristo el Galileo no era judío

En interés de análisis futuros se impone a la Imagen de Cristo no solamente en su pureza inmaculada de todo lo circundante, sino también en su relación con ese medio ambiente. Muchos fenómenos importantes del pasado y del presente son, de lo contrario incomprensibles. No es de ninguna manera indiferente si mediante un agudo análisis adquirimos conceptos precisos acerca de lo que en esta figura es judío, y lo que no lo es.

En cuanto a esto impera desde los comienzos de la era cristiana y hasta el día de hoy, y desde los bajos niveles del mundo intelectual hasta sus cimas más altas, una desesperante confusión. No solamente una figura tan excelsa era fácil de captar y apreciar en su tiempo, sino que todo convergió para borrar y adulterar sus verdaderos rasgos: idiosincrasia religiosa judía, misticismo sirio, ascetismo egipcio, metafísica helénica, pronto también tradiciones estatales y pontificias romanas, agregado a ello la superstición de los bárbaros; no hubo malentendido ni incomprendida que no participasen en la obra.

En el siglo diecinueve, por cierto, muchos se han dedicado al desenredo de esta situación, pero sin que yo sepa, alguno haya logrado extraer de la masa de hechos los pocos puntos principales y ponerlos ante los ojos de todos. Es que contra el prejuicio y la prevención no protege ni siquiera la honesta erudición.

Queremos intentar aquí, si bien lamentablemente sin conocimientos especializados, pero también sin prejuicio, investigar en qué medida Cristo pertenecía a su entorno y se valía de sus conceptos, en qué se diferenciaba y se elevaba inconmensurablemente sobre él; sólo de esta manera puede lograrse extraer la personalidad en su plena dignidad autónoma más allá de todas las contingencias.

Preguntémonos, pues, por lo pronto:

¿Era Cristo un judío en cuanto a la pertenencia a la rama étnica (Stammesangehörzgkeit)?

Esta pregunta tiene a primera vista algo de mezquino. Ante semejante imagen las peculiaridades de las razas desaparecen. ¡Un Isaías sí! Por mucho que descuelle frente a sus contemporáneos, sigue siendo judío totalmente, ni una palabra que no brote de la historia del espíritu de su pueblo; también allí donde despiadadamente pone al desnudo y condena lo característicamente judío, se acredita –precisamente en esto- como judío: en Cristo no hay ni vestigio de esto.

¡Oh, nuevamente un Homero! Este despierta, el primero, al pueblo helénico a la conciencia de sí mismo; para poder hacerlo, debió albergar en el propio pecho la quintaesencia de todo helenismo. ¿Dónde, empero, está el pueblo que despertado por Cristo a la vida se hubiera ganado por ello el precioso derecho –y aunque viviese en las Antípodas- de calificar a Cristo como suyo? ¡De cualquier modo no en Judea!



Para el creyente Jesús es el Hijo de Dios, no de un ser humano; para el no creyente será difícil encontrar una fórmula que designe el hecho a la vista de esta personalidad incomparable en su inexplicabilidad, de una manera tan breve y expresiva. Es que existen manifestaciones que no pueden ser incorporadas al complejo de representaciones del intelecto sin un símbolo. Esto en cuanto a la cuestión principal y para alejar de mí toda sospecha de que pudiera navegar sujeto al cabo de remolque de aquella escuela ‘’histórica’’ chata que emprende la tarea de explicar lo inexplicable. Es cosa distinta instruirnos sobre el medio histórico de personalidad solamente para ver ésta con una mayor claridad. Si hacemos esto, entonces la respuesta a la pregunta:

¿Fue Cristo un judío? De ninguna manera es sencilla. Según la religión y la educación lo fue sin ninguna duda; según la raza –en el sentido más limitado y propio de la palabra ‘’judío’’– con la mayor probabilidad no.

El nombre Galilea (de Gelil haggoyim) significa Comarca de los Paganos. Parece que esta parte del territorio, tan alejada del centro espiritual, nunca se había mantenido tan pura, ni siquiera en los viejos tiempos en que Israel aún era fuerte y unido y en que servía a las tribus Naftalí y Sebulon como patria. De la tribu Naftalí se refiere que originariamente era ‘’de procedencia muy mezclada’’ y si bien la población primitiva no-israelita se mantuvo en todo el ámbito de Palestina, esto ‘’no sucedió en ninguna parte en tan grandes masas como en las masas del norte’’. (1)

A ello se agregaba otra circunstancia. Mientras que la restante Palestina por su situación geográfica está en cierto modo separada del mundo, ya cuando los israelitas ocuparon el país existía una vía de comunicación del lago Genesaret a Damasco. Y Tiro y Sidón podían ser alcanzadas más rápidamente desde allí que Jerusalén. Y así vemos a Salomón ceder una considerable parte de esta Comarca de los Paganos (como ya entonces se llamaba. /Reyes IX. 11) con veinte ciudades al rey Tiro en pago de sus suministros de cedros y abetos y de los 120 quintales de oro que éste había entregado para la construcción del templo; tan poco caro era al rey de Judea este país a medias poblado por extranjeros.

El rey Tirio Hiram debió encontrarlo en general poco poblado, ya que aprovechó la ocasión para radicar en Galilea a distintos pueblos extranjeros. (2) Después vino, como es sabido, la separación en dos reinos y desde esa época, es decir, desde mil años antes de Cristo se produjo sólo transitoriamente, de vez en cuando, una conexión más estrecha, política, entre Galilea y Judea, y sólo ésta, no una comunidad de la fe religiosa, promueve una fusión de los pueblos.

También en tiempos de Cristo galilea estaba separada totalmente de Judea desde el punto de vista político, de tal modo que estaba con respecto a ésta ‘’en la situación de un país extranjero’’. (3) Pero entretanto había ocurrido algo que debió eliminar el carácter israelita de esta región norteña casi por completo: 720 años A.C (o sea alrededor de un siglo y medio antes del cautiverio babilónico de los judíos), el reino norteño de Israel fue devastado por los asirios y su población –presuntamente en su totalidad, de todos modos en gran parte- deportada: y ello a distintas y alejadas comarcas del reino, en las que en poco tiempo se fusionó con los habitantes y, en consecuencia, desapareció completamente. (4)

Al mismo tiempo fueron trasladadas tribus extranjeras, de zonas apartadas, para su afincamiento en Palestina. Los eruditos sospechaban, empero, (sin poder dar seguridades al respecto) que una considerable fracción de la anterior población mestizada con sangre israelí, había quedado en el país, pero de todos modos ella no se mantuvo separada de los extranjeros, sino que se diluyó en ellos. (5)

El destino de estos países fue por consiguiente, muy diferente al de Judea. Porque cuando más tarde también fueron llevados los judíos, su país quedó por así decirlo vacío, poblado sólo por pocos campesinos autóctonos, de tal modo que al regreso del cautiverio de Babilonia, en el cual además habían conservado la pureza de su raza, los judíos pudieron sin dificultad seguir manteniendo esta pureza.

Galilea, por el contrario, y los países adyacentes habían sido, como queda dicho, colonizados sistemáticamente por los asirios, y, como se desprende de los informes bíblicos aparentemente de sectores muy distintos de este enorme reino, entre otras del norte montañoso de Siria. En los siglos previos al nacimiento de Cristo inmigraron, asimismo, muchos fenicios y también numerosos griegos. (6)

Conforme a estos últimos hechos hay que presumir que también sangre aria pura fue transplantada allí; pero es seguro que se produjo una gran mezcla de las más diversas razas, y que los extranjeros se habrían asentado en mayor número en la Galilea, más accesible y además más fértil. El Viejo Testamento mismo cuenta con subyugante ingenuidad como estos extranjeros originariamente llegaron a conocer el culto de Yahvé (II Reyes XVII, 24 y sig.) en el país despoblado se multiplicaron las fieras; se tomo esta plaga como una venganza del ‘’dios local’’ descuidado (versículo 26); pero no había nadie que hubiese sabido como éste quería ser venerado: así los colonos mandaron enviados al rey de Asiria y solicitaron un sacerdote israelita del cautiverio, y éste vino y ‘’les enseñó el culto del dios local’’.

De este modo los habitantes de Palestina norteña, a partir de Samaria, se convirtieron en judíos en cuanto a la fe, también aquellos de entre ellos que no tenían ni una gota de sangre israelita en sus venas. En épocas posteriores pueden muy bien haberse afincado allí algunos genuinos judíos; pero probablemente sólo como extranjeros en las ciudades mayores ya que una de las cualidades más dignas de admiración de los judíos –en especial a partir de su regreso del cautiverio, donde también se presenta por primera vez el concepto nítidamente circunscrito, de judío como designación para una religión (véase Zacarias VII, 23) –fue su preocupación de mantener pura la raza; un matrimonio entre judío y galileo era inconcebible. Sin embargo, también éstos núcleos judíos en medio de la población extranjera fueron completamente eliminados de Galilea no mucho tiempo antes del nacimiento de Cristo.

Simon Tharsi, uno de los macabeos fue el que, después de una campaña exitosa en Galilea contra los sirios: ‘’reunió a los judíos que vivían allí y los determinó a emigrar y a asentarse todos sin excepción en Judea (7). Y el prejuicio contra Galilea siguió siendo tan grande entre los judíos que, cuando Herodes Antipas hubo construido durante la juventud de Cristo la ciudad de Tiberias y quiso introducir a los judíos allí, no lo logró ni mediante promesas, ni por la fuerza (8).

No existe, pues, como se ve, ni el menor motivo para admitir que los padres de Jesucristo hayan sido, en cuanto raza, judíos.

En el ulterior transcurso de la evolución histórica tuvo lugar algo para lo cual se podía mostrar más de una analogía en la historia: entre los habitantes de la Samaria, situada más al Sur e inmediatamente adyacente a Judea, que sin duda por la sangre y el intercambio estaban mucho más próximos a los judíos propiamente dichos que los galileos, se conservó la tradición de la repugnancia y de la envidia norisraelita contra los judíos: los samaritanos no reconocieron la supremacía eclesiástica de Jerusalén y eran de ahí tan odiosos a los judíos como heréticos que no estaba permitido ningún trato con ellos: ni un pedazo de pan podía el ortodoxo tomar de sus manos, era considerado como si hubiera comido carne de cerdo. (9)

Los galileos, en cambio, que para los judíos eran directamente ’’extranjeros’’ y como tales despreciados y mantenidos excluidos de ciertas ceremonias religiosas, eran sin embargo ‘’judíos’’ estrictamente ortodoxos y frecuentemente hasta fanáticos. Querer ver en ello una prueba de su origen, es insensato.

Es exactamente lo mismo que si quisiera identificar a la población eslava genuina de Bosnia o los más puros indoarios de Afganistán etnológicamente con los turcos porque son musulmanes ortodoxos mucho más devotos y fanáticos que los auténticos otomanos. La expresión judío designa a una raza humana determinada, mantenida sorprendentemente pura, sólo en segundo término e impropiamente a los que profesan una religión. Tampoco puede ser de ninguna manera que se equipare el concepto ‘’judío’’ como últimamente sucede con frecuencia, con el concepto ‘’semita’’; el carácter nacional de los árabes por ejemplo, es absolutamente distinto al de los judíos.

Llamo la atención sobre el hecho de que también el carácter nacional de los galileos contrastaba esencialmente con el de los judíos. Consúltese la historia que se quiera de los judíos, la de Ewald, de Graetz o de Renán, en todas partes se encontrará que los galileos se diferenciaban por su carácter de otros habitantes de Palestina; se los califica de hombres coléricos, de idealistas enérgicos, de hombres de acción. En los largos disturbios con Roma, antes y después de la época de Cristo, los galileos son por lo general, el elemento propulsor y a los que únicamente la muerte vencía.



Mientras que las grandes colonias de judíos genuinos estaban en excelente relación, en Roma y Alejandría, con el imperio pagano, donde llevaban la buena vida como intérpretes de sueños (10), ropaviejeros, mercachifles, prestamistas, actores, consejeros legales, comerciantes, eruditos, etc., en la lejana Galilea, aun en época de César, Ezekia el Galileo osó levantar su bandera de la rebelión religiosa. A él siguió el famoso Judas el Galileo, con el lema: ‘’¡Dios sólo es Señor, la muerte es indiferente, la libertad uno y todo!’’ (11)

Luego se formó en Galilea el partido de los Sicarios (es decir, cuchilleros), no muy distintos de los actuales thugs indios; su jefe más importante, el galileo Menahem, aniquiló en tiempos de Nerón la guarnición romana de Jerusalén, y en agradecimiento, bajo el pretexto de que había querido hacerse pasar por el Mesías, fue ajusticiado por los mismos judíos; también los hijos de Judas fueron clavados en la cruz como agitadores peligrosos para el Estado (y ello por un procurador judío); Juan de Giachala, una ciudad en la extrema frontera norte de Galilea, dirigió la desesperada defensa de Jerusalén contra Tito, y la serie de héroes galileos fue cerrada por Eleaser, quien durante años después de la destrucción de Jerusalén se mantuvo atrincherado con una pequeña tropa en las montañas donde, cuando la última esperanza se había perdido, mataron primero a sus mujeres e hijos y luego se mataron a sí mismos. (12)

En estas cosas se manifiesta, evidentemente, un carácter nacional especial, diferente. Con frecuencia también se refiere que las mujeres de Galilea habrían poseído una belleza sólo peculiar a ellas; los cristianos de los primeros siglos hablan además, acerca de su gran bondad y su amabilidad en su trato con adherentes de otras religiones, en contraste con el soberbio desprecio de que eran objeto por parte de las judías genuinas. Este carácter nacional tuvo, empero, otra precisa particularidad: la lengua. En Judea y en los países limítrofes se hablaba en tiempos de Cristo el arameo; el hebreo ya era una lengua muerta, que únicamente seguía viviendo en las escrituras sagradas. Ahora bien: Se refiere que los galileos habrían hablado un dialecto del arameo tan peculiar y extraño, que se los reconocía a la primera palabra; ‘’tu lengua te traiciona’’ dicen los siervos del sumo sacerdote a Pedro. (13)

El hebreo se dice, no eran capaces de ninguna manera de aprenderlo, en especial sus sonidos guturales eran para ellos un obstáculo insalvable, de tal modo que a los galileos por ejemplo, no se los podía admitir para recitar las oraciones, porque su ‘’pronunciación descuidada causaba risa’’. (14)

Este hecho prueba una diferencia física en la construcción de la laringe y por sí sólo haría suponer que se había producido un fuerte agregado de sangre no semita; porque la riqueza en sonidos guturales y la virtuosidad en usarlos es un rasgo común a todos los semitas (15).

De esta cuestión -¿Fue Cristo un judío según la raza?- he creído haber tenido que ocuparme con cierta amplitud, porque en ninguna obra he encontrado reunidos claramente los hechos concernientes a ello. Hasta en una obra objetivamente científica, no influenciada por ninguna clase de intenciones teológicas, como la de Albert Réville (16) el conocido profesor de investigación religiosa comparada en el College de Francia, la palabra judío se emplea a veces par la raza judía, a veces para la religión judía. Leemos por ejemplo: ‘’Galilea estaba habitada en su mayor parte por judíos, pero había también paganos sirios, fenicios y griegos’’. Aquí por tanto, judío significa el que venera al dios local de Judea, indistintamente del origen racial. En la página siguiente, empero, se habla de una ‘’raza aria’’ en contraste con una ‘’nación judía’’ aquí por tanto, judío designa un tronco humano determinado, estrechamente limitado mantenido puro durante siglos. Y seguidamente hace la profunda observación: ‘’La cuestión si Cristo es de origen ario, es ociosa. Un hombre pertenece a la nación en cuyo medio se ha criado’’. ¡Esto se llamaba ciencia en el año del Señor de 1896!

En las postrimerías del siglo 19 un erudito aún no debía saber que la forma de la cabeza y la estructura del cerebro tienen una influencia del todo decisiva sobre la forma y la estructura de los pensamientos, de tal modo que la influencia del entorno, por grande que sea la importancia que se le asigne, está sin embargo limitada por ese hecho inicial de las disposiciones físicas a determinadas capacidades y posibilidades, con otras palabras, que están señalados caminos determinados; no debía saber que precisamente la figura del cráneo pertenece a aquellos caracteres que son transmitidos por herencia, de modo que mediante mediciones craneológicas se distinguen las razas y aún después de siglos de mestización los integrantes primitivos que se manifiestan atávicamente son revelados al investigador podía creer que la así llamada alma tiene su asiento fuera del cuerpo al que lleva de la nariz como un muñeco!

¡Oh Edad Media! ¿Cuándo se apartará tu noche de nosotros? ¿Cuándo comprenderán los hombres que la figura no es un accidente sin importancia sino una expresión del ser más íntimo? ¿Qué justamente aquí, en este punto, los dos mundos del interior y del exterior, de lo visible y de lo invisible, se tocan?

Denominé a la personalidad humana el mysterium magnum de la existencia; ahora bien: en su imagen visible este milagro insondable se presenta a la vista y al intelecto escudriñador. Y de la misma manera que las posibles figuras de un edificio están determinadas y limitadas por la naturaleza del material en construcción en aspectos esenciales, así también la posible figura de un ser humano, la interior y la exterior, está determinada en aspectos sustanciales por los elementos constructivos heredados, de los cuales se hace la composición de esta nueva personalidad.

Seguramente puede suceder que se dé una significación abusiva al concepto de raza: con ello se menoscaba la autonomía de la personalidad y se corre el peligro de subestimar el gran poder de las ideas; además, la cuestión racial es infinitamente más complicada que lo que cree el profano, pertenece eternamente al terreno de la antropología y no puede ser solucionada por sentencias de lingüistas e historiadores.

Pero, con todo, no puede ser que se deje simplemente de lado la raza como quantité négligeable; menos puede ser que se enuncie algo directamente acerca de la raza y permitir que semejante mentira histórica llegue a cristalizar si, en un dogma incontrovertible. El que sostiene la aserción de que Cristo fue un judío, es o bien ignorante o falta a la verdad: ignorante, si hace una mezcla confusa de religión y raza, falta a la verdad, si conoce la historia de Galilea y mitad calla mitad desfigura los hechos sumamente enredados a favor de sus prejuicios religiosos o aún para mostrarse complaciente al poderoso judaísmo. (17)

La probabilidad que Cristo no fue un judío, que no tenía una gota de sangre judía en las venas, es tan grande que casi equivale a una certeza. ¿A qué raza pertenecía? A esto no se puede dar ninguna respuesta. Como el país estaba situado entre Fenicia y Siria, impregnada en su porción sudoeste de sangre semita, además quizá no estaba del todo limpio de su anterior población mestizada con israelíes (pero nunca con judíos), la probabilidad de un árbol genealógico preponderantemente semita es grande. Pero el que ha echado aunque sea sólo un vistazo a la Babel de razas del reino asirio (18), y luego se entera de que de las partes más diversas de este reino se trasladaron colonos a aquel anterior hogar de Israel, no tendrá pronta la respuesta.

Es bien posible que en algunos de estos grupos de colonos existiese una tradición de casarse entre ellos, con lo que entonces una rama étnica se habría mantenido pura; pero que esto haya sido realizado durante más de medio milenio, es casi increíble pues precisamente por el traspaso al culto judío se iban borrando paulatinamente las diferencias étnicas, que al comienzo (II Reyes, XVII, 29), habían sido mantenidas por costumbres religiosas patrias. En épocas posteriores inmigraron además, como hemos oído, griegos; de todos modos pertenecía a las clases más pobres y por supuesto adoptaron de inmediato el ‘’dios local’’.

Sólo una afirmación podemos dejar sentada, por lo tanto, sobre sano fundamento histórico: en toda aquella parte del mundo había una única raza pura, una raza que mediante estrictas prescripciones se protegía de toda mezcla con otros pueblos, la judía; que Jesucristo no pertenecía a ella, puede ser considerado como seguro. Toda ulterior aseveración es hipotética.



Este resultado aunque puramente negativo es de gran valor; significa un importante aporte al exacto conocimiento de la imagen de Cristo, y con ello también para la comprensión de su influencia hasta el día de hoy y para el desenredo del ovillo terriblemente embrollado de conceptos, contradictorio e ideas erróneas, que se ha enlazado alrededor de la sencilla, transparente verdad. Pero ahora debemos calar mas hondo. La pertenencia exterior es menos importante que la interna; recién ahora llegamos a la cuestión decisiva: ¿hasta que punto Cristo pertenece como manifestación (Erscheinung) al judaísmo, hasta que punto no?

Por H. St. Chamberlain


Notas:

  1. Wellhausen Israelische und judische Geschichte (Historia israelita y judía) 3 ed.L8097, pág, 16 y 74. Como además Jueces /30 y 33 y aquí más abajo cap 5.
  2. Graetz: Volkstumbliche Geschichte der Juden, (Historia popular de los judíos/88.
  3. Graetz: Ic/ 567. Galilea y Perea tenían juntos un tetrarca propio que gobernaba independientemente, mientras que Judea, Samaria o Idumea estaban bajo un procurador romano. Graetz agrega en este lugar: ‘’Por la animosidad de los samaritanos, cuyo país formaba una cuña entre Judea y Galilea la comunicación entre las dos porciones de territorio separados estaba aún más trabada.’’ –Que además no se tiene el derecho de identificar a los genuinos ‘’israelitas’’ del norte con los ‘’judíos’’ propiamente dichos del sud, no lo he mencionado aquí por razones de simplicidad.
  4. Tan completamente desapareció que algunos teólogos que disponían de suficientes horas de ocio como para romperse la cabeza también en el siglo diecinueve sobre qué pudo haber sido de los israelitas ya que no podían admitir que cinco textos de un pueblo al que Yahvé había prometido toda la Tierra hubiesen simplemente desaparecido. Una cabeza ingeniosa hasta llegó a la conclusión de que las diez tribus que se creían perdidas eran los actuales ingleses! Tampoco se encontró en apuros en cuanto a la moraleja de este descubrimiento: por eso a los británicos les pertenecen por derecho cinco sextos de toda la superficie terrestre el restante sexto a los judíos. Compo. H.L.: Lost Israel where are they to be found? (Los israelitas perdidos, dónde se los encontrará? (Edinburg 6a,1877). En este folleto se menciona otra obra, Wilson Our Israelistisch Origin, nuestro origen Israelita. Hasta hay, según estas autoridades, honestos anglosajones que han remitido su genealogía hasta Moisés!
  5. Hasta qué considerablemente medida ‘’el carácter distintivo de la nación israelita estaba perdido’’, lo refiere Robertson Smith, The prophets of Israel (los profetas de Israel), (1895) pag. 1953
  6. Albert Reville Jesús de Nazareth 416. No se olvide tampoco que Alejandro el Grande había poblado después del alzamiento del año 331 a la próxima Samaria con macedonios.
  7. Graetz Lc. /.400. Véase también Macabeos V.23.
  8. Graetz Lc./ 544. (COMPO.Josefo, Libro XVIII, cap3.
  9. De la Mishna citado por Renan: Vie de Jesús, Vida de Jesus 23 ed. Pág 242.
  10. Juvenal cuenta: Aere minuto Quallacunque voles Judaei somnía verdunt
  11. Mommsen: Römische Geschichte, (Historia romana) V, 515
  12. También aún más tarde los habitantes de Galilea formaban una raza especial distinguida por su vigor y su valentía, como lo demuestra su participación en una campaña bajo el persa Sharbaza y en la toma de Jerusalén. En el año 614.
  13. Se podrían por cierto resumir de los Evangelios suficientes testimonios sobre la diferenciación entre los galileos y los judíos propiamente dichos. En particular, en Juan se habla reiteradamente de ‘’los judíos’’ como de algo extranjero y los judíos por su parte declaran: ‘’De Galilea no sale ningún profeta’’ (7,52).
  14. Compo. P. ej a Graetz lc/./, 575. Sobre la peculiaridad de la lengua de los galileos y la incapacidad de los mismos para pronunciar correctamente los sonidos guturales semitas: Comp. Especialmente a Renan: Langues sémitiques. Lenguas semitas 5ª. Ed. Pag 230.
  15. Véase p.Ej., el cuadro omparativo en Max Müller Science of Language, 9º ed,p. 169 y en cada uno de los tomos de los Sacred Books of the East (Libros Sagrados del Este). La lengua sanscrita conoce sólo seis auténticos guturales, la hebrea, diez; es principalmente llamativa la diferencia en el sonido alto gutural, la h, para el cual las lenguas indogermánicas desde siempre solo conocieron un solo sonido, las semitas en cambio cinco distintos. A su vez, se encuentran en el sanscrito siete distintos sonidos linguales y en hebreo sólo dos. Cuán inmediatamente difícil resulta borrar completamente tales signos raciales lingüísticos heredados; todos los conocemos perfectamente por el ejemplo de los judíos que viven entre nosotros; el dominio correcto de nuestros sonidos linguales les resulta tan imposible como a nosotros la maestría para emitir sonidos guturales.
  16. Jesus de Nazareth, etudes critiques sur le antécedents de l’historie evangelique et la vie de Jesús (Jesús de Nazareth estudios críticos sobre los antecedentes del a historia evangélica y la vida de Jesús) 2 vol 1897.
  17. ¿Cómo se puede explicar por ejemplo que Renan, en su Vie de Jesus aparecido en 1863 dice que es imposible aun hacer suposiciones en cuanto a la raza a la que perteneció Cristo por su sangre (véase cap. II), en el quinto tomo terminado en 1891 de su Historie du Peuple d’Israel, sostiene la categórica afirmación, Jesus etait un Juif, y ataca con inusitada violencia a la gente que osa poner esto en duda ¿No será que la Alliance Israélité con quien Renan en sus últimos años de vida se halló en tan vivas relaciones, tuvo también una palabra que decir en esto? En el siglo diecinueve escuchamos tantas cosas bellas sobre la libertad de la palabra, libertad de la ciencia, etc. Pero en verdad estuvimos mucho peor avasallados que en el siglo 18, porque a los anteriores detentadores del poder, se agregaron nuevos y peores. La coacción anterior podía, con toda su amarga injusticia, fortalecer el carácter. La nueva, que sólo parte del dinero y sólo tiene en vista el dinero, humilla la más baja esclavitud.
  18. Comp Hugo Wincker Die Volker Vorderasiens (Los Pueblos del Asia interior), 1900.

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La posición del Islam contra la usura – Parte I

La cuestión de la usura

La posición del Islam contra la usura es tajante. Allâh dice en el Corán:

«Allâh ha permitido el comercio pero ha prohibido la usura»(1).

Esta prohibición de la usura fue Ley ya en los tiempos del Profeta Moisés, que la paz sea con él, concerniendo a todos los seres humanos; también el Profeta Jesús, que la paz sea con él, confirmó esta misma prohibición; y el Ultimo Profeta, Muhammad, que la paz y las bendiciones sean con él, reiteró la condena de la usura para todos los tiempos venideros.

Aunque muy poca gente sepa hoy lo que es realmente la usura, el crimen de la usura ha sido siempre condenado por todos los grandes hombres de nuestra civilización:

En la antigua Grecia: Platón(2), quien la consideraba como enemiga del bienestar social por crear una clase, la de los ricos prestamistas usureros, a costa de la de los pobres prestatarios; Aristóteles(3), quien la consideraba antinatural; Aristófanes(4); o Plutarco(5), quienes la consideraban como un robo.

Entre los romanos hombres como Séneca(6), o Cicerón(7), quienes comparaban la usura con el asesinato.



Entre los primeros padres de la iglesia cristiana: Gregorio Nysseno(8); Juan Chrisostomo(9) ; Agustín(10); Tomás de Aquino(11), quienes comparaban al usurero con alguien que trata de vender el vino y su uso separadamente; o Duns Escoto(12) . La condena también incluye a la mayor parte de los concilios celebrados hasta 1830 -año en el que la oficina vaticana empieza a autorizar el cobro de pequeñas cantidades de beneficio fijo en el préstamo de dinero- y de papas, como Benedicto XIV(13) .

Entre los reyes cristianos españoles algunos como Alfonso X, el Sabio(14), o Alfonso XI(15). Y la práctica totalidad de los califas musulmanes.

Entre los autores modernos tenemos a Goethe(16), quien se burlaba del timo del recién nacido papel-moneda; Richard Wagner(17), quien combatió a riesgo de su vida contra el estado y la usura; J.P. Proudhon(18) quien considera la usura la primera causa de paralización comercial e industrial; o Ezra Pound(19) quien, por condenar la usura, se vio acusado de traidor por su propio país.

La gran y desgraciada excepción histórica (y presente) es la de los judíos, que se empeñaron una y otra vez en la tergiversada interpretación talmúdica de las leyes mosaicas que les daba y da licencia para prestar con usura a los no judíos como medio para alcanzar poder,como bien muestra Werner Sombart en su libro «Los judíos y la vida económica».

El paso de la prohibición de la usura a su permisividad no se produjo de la noche a la mañana sino que llegó paulatinamente, al tiempo que se transformaba la visión del mundo y la existencia. Una atención especial merece la evolución del concepto de valor a lo largo de la historia.

Si nos remontamos a Aristóteles, observamos como su condena de la
usura fue bien clara y contundente. Aristóteles consideraba que en toda transacción comercial los valores de los bienes intercambiados son iguales, y advirtió que la medida del valor no puede «estar» en el hombre, ya que cosas con mucha importancia tienen poco valor, como el agua, mientras que cosas con poca importancia, como los diamantes, tienen mucho valor. Es por tanto, en el marco de la interrelación del mercado donde el valor sucede. Reparó en que, dadas las condiciones de mercado de Libertad y Equidad, en todo intercambio de un bien por otro, establecemos una equivalencia entre ambos.

Por ejemplo, cuando intercambio mi trabajo de una semana por unas cuantas monedas, estoy estableciendo que esta cantidad de monedas equivale a mi trabajo, que de hecho ha merecido el esfuerzo de mi trabajo. Esta apreciación tan elemental resulta de una trascendental importancia. Así, para Aristóteles valorar es un acto vivido y, por tanto, el valor, no es una representación subjetiva, sino el resultado vivido de valorar.

Esta misma forma de entender el valor fue traída a Occidente por los
musulmanes entre quienes Qadi Abu Bakr ibn al-Arabi, uno de los más
famosos jurista de Al-Andalus, definiría la usura de la forma considerada tradicional, como: “la usura es todo incremento no justificado entre el valor de los bienes recibidos y el contravalor de los bienes entregados”.

Los incrementos no justificados son todos aquellos debidos a irregularidades en las condiciones generales del mercado o de la transacción misma. Por ejemplo, son incrementos no justificados los debidos a la existencia de monopolios o monopsonios, o la imposición de precios máximos o mínimos, o la compulsión de una mercancía como medio de cambio o moneda, etc; y también los debidos al alquiler de mercancías no alquilables (de consumo), o establecimiento de incertidumbre en el contrato, loterías o juegos de azar, etc.



El Escolasticismo europeo preservó para toda la cristiandad esta concepción clásica del valor que condenaba la usura. Así, Tomás de Aquino distingue entre mercancías alquilables y mercancías no alquilables (como la moneda), para poder preservar la condición de equidad de todo trato comercial, esto es, la igualdad de valores:

Al prohibirse la usura se prohibía la posibilidad de que en los intercambios alguien pudiera ganar algo a cambio de nada.

La historia de la usura es tan antigua como el comercio mismo y ha sido su mal crónico, aliviado o agudizado, en la medida de la habilidad de los usureros y la fortaleza de las gentes. La ley romana, a parte de algunos fracasados intentos por prohibirla, admitía una limitada tolerancia y finalmente una abierta práctica de la usura, que condujo a la destrucción de Roma (20).

Como la práctica de la usura estaba prohibida a los cristianos y a los musulmanes, muy pronto se convirtió ésta en dominio exclusivo de los judíos. Desde el siglo XI hasta el XV, Venecia, centro del comercio mediterráneo, con un desproporcionado número de judíos, se convirtió en la más importante ciudad usurera de Europa, donde se establecieron los primeros negocios de depósito y crédito bancarios, que sirvieron de escuela a los futuros banqueros europeos.

Por ‘Umar Ibrahim Vadillo


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Notas:
  1. «Corán» 2, 275
  2.  Platón, «Leyes», v. 742.
  3.  Aristóteles, «Política», 1258 b 1, 2-8.
  4.  Aristófanes, «Las Nubes», 1283 sqq.
  5.  Plutarco, «Moralia», Sobre el préstamo, 829.
  6.  Séneca, «De Beneficiis» VII x.
  7.  Cicerón, «De Oficiis», II, xxv, acerca de Cato.
  8.  Gregorio Nysseno, PG 46, 434.
  9. Juan Chrisostomo, PG 53, 376: 57, 61 s.
  10.  Agustín, PL 33, 664.
  11. Tomás de Aquino,»Summa» II-II q. lxxviii; «De malo» q. xiii, t. 2a 14)
  12.  Duns Escoto, «In lV Sentent», d. 15, q. 2, nn. 17-20 y 26.
  13.  Benedicto XIV, «Encíclica a los obispos italianos del año 1745».
  14.  Alfonso X, “Partidas», 1ª, Título XIII, Ley IX.
  15.  Alfonso XI, «Ordenamiento de Alcala», Titulo XXIII.
  16.  Goethe, «Fausto», Parte II, Acto 1, Escena 2.
  17.  Ver su discurso en la revolucionaria ciudad de Dresden el 14 de Junio de 1848 en el libro deHouston Stewart Charnberlaín «Richard Wagner».
  18.  Proudhon, «¿Qué es la Propiedad?,1983, Barcelona, pag. 163.
  19.  Ezra Pound, «Cantos», XLV, XLVI .
  20. Ver «La grandeza y decaimiento de Roma» de Ferrero.

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Los bellos nombres de Allâh

Los 99  nombres de Allâh

BISMILLAH IR-RAHMAN IR-RAHIM

Nuestro  amado  Profeta (que  la Paz y las Bendiciones de Allâh sean con él), dice en un hadiz informado por Abu Hurayrah (quiera  Allâh estar complacido con él), «Hay 99  nombres que son solamente de Allâh. Quienquiera que los aprenda, comprenda y enumere (`ihsa’), entra en el Paraíso y logra eterna salvación.»

Este hadiz no significa que Allâh posea solamente 99 nombres. Existen nombres adicionales atribuídos a Allâh en el Corán, e infinitos otros que Él ha revelado a Su creación elegida. Si alguien dice «El Señor XX posee mil pesos que él ha reservado para dar  a otros,» ¿acaso está significando que la persona no tiene más dinero que ese?

Aquellos que saben dicen que Allâh posee tres mil nombres: mil, Él ha revelado a  Sus ángeles; mil, Él ha revelado a Sus profetas; trescientos están en los “zahur” – los salmos de David; trescientos se hallan en la Torah;  trescientos están en los  Evangelios; 99 están en el Sagrado Corán. Uno, el nombre de Su esencia,  Él lo ha mantenido para Si Mismo y se halla oculto en el Corán.



Los bellos nombres de Allâh son prueba de la existencia de la unicidad de Allâh. Oh ustedes que están cargados y conflictuados con el peso y el sufrimiento del mundo material, quiera Allâh hacer de Sus bellos nombres un bálsamo suavizador para vuestros heridos  corazones. Aprendan, comprendan y reciten los bellos nombres de Allâh. Busque las huellas de los atributos de Allâh arriba en los cielos, abajo en la tierra, y en aquello que es hermoso en su ser. Usted descubrirá en ello bendiciones hasta la extensión de su sinceridad.  Con el permiso de  Allâh,  el  inmerso  en  duda  hallará seguridad,  el  ignorante encontrará sabiduría, el negador obtendrá confirmación. El mezquino se convertirá en generoso, los tiranos inclinarán sus cabezas, el fuego en los corazones de los envidiosos será extinguido.

Por el Sheikh Tosun Bayrak al-Jerrahi al-Halveti

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Plegaria para los momentos difíciles, así como ante la pena

  • ¡Oh, Aquel a través de Quien se abren los nudos de las desgracias y las dificultades! ¡Oh, Aquel a través de Quien se quiebra la rigidez de los problemas! ¡Oh, Aquel a Quien se le pide la salida de la estrechez hacia el alivio!
  • Las dificultades resultan allanadas por Tu poder; los recursos son establecidos a través de Tu favor; el decreto es puesto en marcha a través de Tu autoridad; todo anda según Tu voluntad.
  • Y todo acepta Tu orden y se ejecuta según Tu deseo, sin que les digas nada, sin necesidad de expresar Tu mandato con la palabra, y todos se ajustan acorde a Tu intención, sin que expreses la prohibición.
  • Tú eres invocado para resolver los problemas que el ser humano por sí mismo no puede solucionar. Tú eres el refugio en las desgracias. No se rechaza de las dificultades excepto aquello que Tú rechazas, y no se aparta de ellas sino lo que Tú apartas.
  • Entonces, ¡oh, Señor!: Ha surgido para mí algo cuyo peso me agobia y se ha caído sobre mí un problema cuya carga me ha agotado.
  • Tú con Tu poder me has impuesto esto. Tú con Tu dominio lo has inclinado hacia mí.
  • Luego, no existe quien pueda hacer retornar aquello que Tú has hecho ingresar; no existe quien pueda cambiar y modificar aquello que Tú has impuesto; no existe quien pueda abrir aquello que Tú has cerrado; no existe quien pueda cerrar aquello que Tú has abierto; no existe quien pueda facilitar aquello que Tú has hecho difícil, y no existe ningún ayudante para quien Tú has humillado.



  • Entonces, bendice a Muhammad y a su familia, y abre para mí, ¡oh Señor!, la puerta del alivio con Tu misericordia, quebrando el reino de la tristeza con Tu fuerza. Haz que tenga una buena visión sobre aquello por lo cual me he quejado y haz que deguste la dulzura del beneficio de lo que Te he pedido. Otórgame de Tu parte la misericordia y la tranquilidad fácilmente, y por Tu gracia establece el rescate y la liberación rápidamente.
  • No hagas que me distraiga interesándome en algo que me prive de cumplir con las obligaciones y actos meritorios hacia Ti.
  • ¡Oh, Señor! Estoy agotado por lo que me ha sucedido, y estoy lleno de pena y tristeza por cargar con aquello que me ha ocurrido. Tú eres poderosísimo para apartar mis dificultades y rechazar lo que me ha acaecido. Entonces, Te pido que hagas todo esto, aunque ante Ti yo no sea merecedor de esto. ¡Oh, dueño del Trono Inmenso!.

Por el Imam ‘Ali ibn Al Husain Zain al Abidín (P)

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La tumba de Amenhotep III y el ritual de la fórmula de la vida.

Amenhotep III y reina Tiye – Winifred Brunton

Aquellos ojillos pequeños y luminosos le detuvieron. Jean-Baptiste —el primero que se decidió a entrar en la tumba de Amenhotep— supo en seguida a qué se estaba enfrentando. Y un terror seco se apoderó de él, paralizándolo de pies a cabeza. No era para menos: a pocos palmos, la silueta delgada de una cobra erguida, tensa, con los anillos del cuello hinchados, sus escamas romboidales relucientes como espejos y la lengua bífida silbante, le miraba con fiereza.

El barón no había entrado aún, por lo que la luz que se colaba en el interior de la tumba iluminaba bastante bien al reptil. Éste, tenso como la cuerda de un arco, se balanceaba casi imperceptiblemente sobre su panza, estudiando a su nueva víctima. De no ser por el brillo de su mirada, Jean-Baptiste Prosper Jollois podría haber creído que se trataba de una estatua. Pero no. Era como si aquel ofidio llevara horas aguardándole, planeando la forma más eficaz de darle muerte.

El ingeniero lo leyó claramente en su gesto: en breve, cuando terminara de examinar al intruso, atacaría su flanco más desprotegido, inoculándole una muerte rápida en sus venas. Jean-Baptiste no se atrevió siquiera a gritar. Si lo hacía, el áspid se lanzaría sobre su cuello y todo habría terminado demasiado deprisa. Así, en cuclillas, con las manos apoyadas sobre el suelo calcáreo del mausoleo, no tenía escapatoria posible. El desenlace —de eso estaba seguro— era sólo cuestión de tiempo. Y muy poco.



La mente del ingeniero calculó lo peor: en los siguientes diez o doce segundos la cobra, cada vez más rígida e hipnótica, le vería parpadear o tragar saliva y aprovecharía la menor contracción muscular del ingeniero para saltar sobre él. Ahí sí gritaría; para entonces entraría corriendo el barón De Villiers, hasta ese momento distraído en la boca de la tumba buscando huellas de saqueadores, y contemplaría la aterradora escena dejada tras el ataque. Mientras, él, retorcido de dolor, apretándose el estómago con los puños, cerraría los ojos para siempre sin tiempo apenas para pensar en su madre, sus hermanas, su casa de veraneo en Aix-en-Pro-vence o su perro Lucas.

Su vida se esfumaría en brazos del barón, y con ella todos sus sueños de grandeza y prosperidad.

El reptil bufó.

Su mirada se volvió más rígida si cabe, mientras su pequeña cabeza cuadrangular se inclinaba inesperadamente hacia atrás, como si tomara impulso para lo peor. Jean-Baptiste, impotente, creyó que su hora había llegado.

Sin embargo, la cobra se detuvo en seco.

—¡No se mueva, Prosper Jollois!

La voz familiar de Édouard de Villiers sonó nítida detrás de él. El reptil, confuso, no supo decidir a cuál de los dos blancos atacar.

—¡Sobre todo, no le quite la vista de encima! —insistió el barón.

Jean-Baptiste obedeció. No había acatado ninguna orden suya con tanto agrado en todo el tiempo que llevaban en Egipto. De pronto, con la eficacia de un cirujano, algo cortó el aire a la altura de su oído derecho. El sable de Édouard, brillante como un relámpago, segó de cuajo el cuello del reptil, que en silencio rodó sobre la piedra de la tumba, retorciéndose entre espasmos irregulares.

—¡Por Dios, barón! —se incorporó el ingeniero—. ¡Casi me corta usted la cabeza!
—¡Cállese!

Prosper Jollois hizo gesto de no comprender.

—¡Silencio! —repitió aquél en voz baja—. Sea quien fuere el que ha forzado la tumba de Amenhotep, debe estar aún dentro. Hay varios caballos ahí fuera, escondidos en un abrigo de roca. Y no son de nuestro ejército.

El joven ingeniero se estremeció. Aún palpitaban cerca de él las entrañas sanguinolentas del áspid, recordándole lo cerca que había estado de la muerte.

—¿Son… muchos?
—Seis o siete, por lo menos. ¿Trajo la carabina?
—No .

El barón hizo una mueca de desaprobación.

—¡Da igual! Hoy nos vamos a enterar de qué está ocurriendo aquí. Vamos a descender a la tumba, ¡y rápido!
—Pero, señor, ¿y si hay otras serpientes?
—Nos arriesgaremos.

Édouard de Villiers extrajo un par de velas de su casaca, que encendió de inmediato. Su luz, escasísima frente a las tinieblas que se abrían ante ellos, se agitó como si dudara de mantenerse encendida. Pero aguantó.

El barón estaba en lo cierto: más allá de los dos primeros tramos de escaleras, al fondo de un tétrico pasillo sembrado de escenas incomprensibles, se adivinaba un bisbiseo. En un principio fue poco más que un rumor. Un ruido profundo, que emergía de las entrañas de la tierra y que erizó los cabellos de Jean-Baptiste. Ninguno de los dos articuló palabra. Descendieron cautelosamente, tratando de no remover los escombros que salpicaban el lugar. Figuras humanas con rostro de perro, cortesanos vestidos con transparencias de una exquisitez indescriptible y aves con las alas desplegadas parecían no quitarles ojo de encima.

—Escuche —susurró el barón—. ¿Lo oye?

Prosper Jollois se adelantó hasta alcanzar la situación de su superior. Habían bajado otros dos tramos más de escaleras, y al fondo, de lo que parecía una sala mayor emergía un ruido sordo acompañado de un tenue resplandor. Los ingenieros soplaron las velas y avanzaron los seis pasos que les separaban del final del corredor.

Allá dentro la humedad casi se podía cortar con la espada. Al cabo, Jean-Baptiste tiró de las ropas del barón y se le acercó para cuchichearle algo:

—Esto no me gusta —masculló—. Si son seis y nos descubren, no saldremos vivos de aquí.

Édouard ignoró la advertencia y, despegándose del aliento de su compañero, estiró prudentemente la cabeza para asomarse al interior de la sala contigua.

Durante unos momentos, no reaccionó.

Al fondo de una estancia dividida en dos niveles, y flanqueada por seis columnas bellamente adornadas con nuevas figuras y jeroglíficos, se levantaba un sarcófago detrás del cual se adivinaba un trono de madera en el que se sentaba —Édouard dudó espantado— ¡una momia!

La luz era pobre; apenas una docena de lámparas de aceite alumbraban toda la estancia. Pero pese a todo, en medio del recinto, frente a la inmóvil silueta del entronizado, distinguió el rostro familiar y bien arreglado de Ornar ben Abiff. —¡Ornar...! —susurró satisfecho.

Ahora no tenía dudas: había sorprendido al mayor traficante de reliquias del sur de Egipto con las manos en la masa, en el interior de una propiedad francesa. En cuanto le denunciara al general Desaix, le detendrían y le enviarían a El Cairo para juzgarle. Pero algo en su actitud escamó al barón. Ornar no parecía interesado en rebuscar entre los cascotes y desperdicios de la tumba. Y tampoco su extravagante cuadrilla, un grupo de seres, mitad humanos mitad animales, que le rodeaban mientras Ornar recitaba una extraña salmodia:

—¡Oh, Osiris! —coreaban.
No cometí iniquidad contra los hombres. No maltraté a las gentes.
No cometí pecados en el Lugar de la Verdad.
No traté de conocer lo que no se debe conocer. No blasfemé contra Dios.
No obligué a nadie a pasar hambre. No hice llorar.
No maté.
No ordené matar…



El barón reculó. Dos de los fantasmas, con cabezas de chacal y halcón, se habían dado la vuelta en medio de la ceremonia para tomar una gran balanza de cobre que descansaba contra una de las paredes del recinto, muy cerca de donde estaban ellos. Mientras la instalaban, Ornar, extasiado, continuaba recitando, con el brazo izquierdo sobre el plexo solar, su monótona letanía.

—… No disminuí las ofrendas a los templos. No manché los panes de los dioses.
No fui pederasta.
No forniqué en los lugares santos del dios de mi ciudad.
No cacé en los cañaverales de los dioses. No pesqué en sus lagunas.
No opuse diques contra las aguas. No me opuse a ninguna procesión.
¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro!

Édouard, que comprendía bastante bien aquella especie de oración recitada en árabe, dejó pasar un tiempo prudencial antes de volver a asomarse. «Chacal» y «Halcón» deberían haber montado ya la balanza unos pasos por delante de él. Y así, mientras dos mujeres maquilladas como nunca había visto en Egipto hacían sonar sus sistros, una neblina de incienso ácido les envolvió en cuestión de segundos.

De repente, el «Chacal» habló. Su voz, vagamente familiar, muy grave, atronó la sala:

—Tú, que has superado el implacable juicio de los cuarenta y dos asesores de los muertos, que has sido capaz de declararte inocente de los cuarenta y dos pecados fundamentales del verdadero creyente, ¿te someterás ahora al veredicto de la balanza?
—Sí. Me someteré —respondió Ornar, al que su piel negra y perfumada con aceite de sándalo le brilló como la plata.
—En ese caso, debes saber que si superas el juicio y tu corazón pesa menos que la sagrada pluma de la diosa Maat, reina de la Verdad, accederás a los misterios de la vida eterna. Si no, tu Ka y tu Ba serán engullidos por Ammit, el terrible monstruo de cabeza de cocodrilo que devorará tu existencia y te condenará a la desaparición absoluta.
—Acepto.

¿Ka? ¿Ba?

Édouard se frotó los ojos, irritados por el incienso, antes de explicar a Jean-Baptiste lo que estaba sucediendo allá adentro. Apenas podía creer que el temido Ornar no hubiera entrado en aquella tumba para destrozarla o desposeerla de sus escasos tesoros. Y mucho menos que participara en aquel ritual y jurara no haber matado ni pecado. En cuanto a aquella jerga exótica, a duras penas creía identificarla con la idea que los antiguos egipcios tenían del alma.

El «Halcón» se inclinó ceremoniosamente sobre uno de los platos de la balanza, colocando sobre él un frasco de alabastro de pequeño tamaño.

—Aquí está Ib. Tu corazón —dijo.
—Y aquí Shes maat. El espíritu de la justicia —remató el «Chacal», depositando un cuenco opaco en el otro plato.

Una tercera criatura, con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro, provisto de un pico largo y afilado, se adelantó al grupo y, frente a la balanza, exclamó:

—Sea, pues, como quieres. Yo, Toth, Aquel que se creó a sí mismo, al que nadie dio a luz, Aquel que calcula desde el cielo y es capaz de contar las estrellas y llamarlas a todas por su nombre, inscribiré para la eternidad el resultado de este juicio severísimo. —Amén.

Mientras los sistros inundaban la estancia de un sonido silbante que a Jean-Baptiste le recordó los bufidos de la cobra, la balanza comenzó a hacer su trabajo. El joven ingeniero, sobrecogido por los ecos de aquel ritual, se acurrucó en la parte de atrás del corredor, mientras el barón, excitado, no perdía de vista la operación.

La báscula titubeó. Se inclinó alternativamente a favor de cada uno de los platos para, in extremis, flotar ecuánime entre ambos. Si los viejos ensalmos no mentían, Ornar era ya un Maat kheru, un justo y justificado ante Dios. El reo, al conocer el implacable veredicto de la balanza, respiró aliviado.

—Hemos cumplido con todo lo que ordena Reu Un Pert Em Hru (1) —dijo Toth—. Hemos seguido escrupulosamente los dictados de los antiguos conjuros. Ahora, Ornar, si Maat cumple con su justicia, deberá entregarte el mismo secreto que reveló al dueño de esta tumba, el gran Amenhotep III. —La fórmula de la vida.

Édouard se sobresaltó. La nueva frase del «Chacal» le recordó a alguien… Pero aguardó.

—¡Oh, Osiris! —exclamó éste mientras se tanteaba la base de su cabeza lobuna—, ahora que ya hemos concluido el ritual, guíanos hasta el hombre que ha de recibir tu secreto.

Y dicho esto, se arrancó la testa. Depositó la máscara en el suelo con cuidado y estrechó a Ornar ben Abiff con un abrazo intenso.

—¡Mohammed! —exclamó feliz el saqueador—. Gracias por indicarme el camino.

El barón, atónito, descubrió que su guía de Luxor era quien se escondía bajo la cabeza del «Chacal».Y lo que era peor: que trabajaba codo con codo con Ornar ben Abiff.

—No tienes por qué agradecérmelo —le dijo a éste—. Es mi sagrada misión guiarte hacia el éxito, y con ello a los verdaderos fieles del Sol que custodian el secreto.

Ornar sujetó a Mohammed por el antebrazo, mientras éste arqueaba su inconfundible ceja negra hacia el centro de la frente.

—Después de la fuga de Nadia, creí que habíamos perdido a la intermediaria para conseguir la fórmula.
—No. Aún nos queda Bonaparte. Si él es el imam que esperamos, si lo que anuncian los profetas shiíes es correcto, sólo cuando le encuentres y le obligues a pasar por este mismo ritual tendremos lo que buscamos.
—Que así sea, Mohammed ben Rashid. El guía clavó sus ojos en el saqueador.
—No me llames así —respondió con evidente disgusto—. Hace mucho que dejé el clan, cuando descubrí que nadie de mi familia me conduciría a la Luz. Que el culto que profesaban estaba basado en una vetusta religión estelar incapaz de mantener y proteger el secreto de la vida que un día poseyeron.
—¿Y lo hará Bonaparte cuando lo reciba?
—Ése es su destino.



Édouard y Jean-Baptiste abandonaron la tumba a toda velocidad, tanteando suelo y paredes para deshacer el camino. Estaban alterados. Habían escuchado lo suficiente para comprender, aún a medias, lo que estaba sucediendo bajo sus mismos bigotes. Alguien en el sur del país preparaba una emboscada al general en jefe de la expedición. Alguien —y eso lo sabían bien— capaz de todo por una absurda superstición egipcia.

Debían hacer algo. Quizá hacer llegar un mensaje a Bonaparte. Y pronto.

Por J. Sierra


Notas:

  1. Literalmente: Libro de lo que vendrá algún día.

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Cantos de Egipto para ahuyentar a los genios

Con fines preservadores se canta en Egipto lo siguiente, para ahuyentar a los genios (ifrit – عفريت) en las noches de Ramadán:

Ay, Ramadán; ay, tronco de cerilla…
Ay, el que prende a los duendes todos…
Ay, Ramadán; ay, cuenco de cobre…
A Abu l-’Abbás te eché encima…
y pasarás la noche con nosotros.
A Abu l-’Abbas te eché encima…
y te romperá la cabeza con el cerrojo. (1)

En otro país (Argelia, Mzab) y con la misma finalidad de aplacar a los
genios se canta (2):

Huéspedes vuestros, huéspedes de Dios
huéspedes vuestros y de mi Señor:
aquí estamos pidiendo perdón.
Vuestro dueño es nuestro señor Salomón.
Nada os haremos, no nos causéis dolor.
Ciegos, no podemos veros.
Sordos, no podemos oíros.
Somos musulmanes vuestros
Nada os haremos, no nos causéis dolor.

Por S. Fanjul


Notas:

  1. M.Qandil al-Baqlí, Suwar min adabi-na as-sa’bi p. 96-97.
  2. A. M. Goichon, La vie féminine au Mzab, II, París. 1927, p. 242.

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Santuario de Saydet El Mantara (Ntra. Señora de la Espera) – Líbano

En el sur de Líbano, a la entrada de la aldea de Maghdouche, el santuario mariano greco-católico de Saydet El Mantara (Nuestra Señora de la Espera), es un sitio de peregrinación nacional establecido.

El sitio ha sido reconocido por el Ministerio de Turismo durante varios años, y muchas agencias de viajes ya lo han integrado en sus recorridos bíblicos.

El santuario de Saydet El Mantara es un lugar de peregrinación compartido por todas las comunidades religiosas y uno de los principales lugares turísticos del sur de Líbano. Muchos historiadores creen que la devoción a la Virgen María en Líbano reemplazó el culto a la diosa Astarte, el ícono del culto fenicio.

De hecho, muchos de los santuarios y templos cristianos de hoy en el país se convirtieron de lugares de culto a Astarte, incluido el Santuario de Saydet El Mantara.

Muchos años antes del nacimiento de Cristo, la ubicación del santuario fue elegida como una torre de vigilancia para los sacerdotes de la diosa. La historia tradicional detrás de la historia de Saydet El Mantara afirma que la Virgen María, como mujer judía, tenía prohibido el acceso a algunas ciudades en ese momento.

Las huellas de una carretera romana cerca del santuario sugieren que la cueva probablemente estaba en la carretera que une Jerusalén con Saida, a través de la antigua ciudad romana Cesárea de Filipo y el sitio Panias, ambos ubicados al pie del monte Hermón. En 324 d.C, Santa Elena, la madre del emperador Constantino I el Grande, construyó una capilla dedicada a la Virgen María en el lugar donde actualmente se encuentra la torre y la capilla estaba decorada con un icono de San Lucas.

Debido a las persecuciones religiosas que tuvieron lugar durante el siglo VIII, la entrada a la cueva se ocultó, solo para ser redescubierta accidentalmente en 1726 por un pastor que encontró un altar y un icono de madera.



Desde entonces, se ha convertido en un lugar de peregrinación, y en 1860, la comunidad greco-católica tomó posesión de la tierra y la desarrolló. A principios de la década de 1960, el obispo Basil Khoury hizo construir la capilla hexagonal junto con una torre de 28 m de altura coronada con la estatua llamada «Madonna y niño», del artista italiano Pierrotti.

El santuario está ubicado en la cima de una colina, a la entrada de Maghdouche, con vistas a la costa y a la ciudad de Saida. La cueva y la basílica son accesibles para discapacitados y están abiertas durante todo el año.

Un largo paseo marítimo de aproximadamente 4.000 metros cuadrados separa la capilla y la torre. La cueva ha sido restaurada como una capilla de roca y en su entrada hay una estatua de una virgen esperando frente a un pozo. Un sendero en el santuario ilustra los eventos bíblicos, que según la tradición oral se han llevado a cabo en Líbano.

A lo largo de un camino bordeado de romeros y olivos, se conmemoran a través de estelas talladas en piedra. Debajo de la gran basílica, se han construido una sala de usos múltiples y un albergue. En la entrada del sitio, hay espacio para estacionamiento y una tienda con recuerdos y artículos religiosos.

Con información de Lebanon traveler

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