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La tumba de Amenhotep III y el ritual de la fórmula de la vida.

Amenhotep III y reina Tiye – Winifred Brunton

Aquellos ojillos pequeños y luminosos le detuvieron. Jean-Baptiste —el primero que se decidió a entrar en la tumba de Amenhotep— supo en seguida a qué se estaba enfrentando. Y un terror seco se apoderó de él, paralizándolo de pies a cabeza. No era para menos: a pocos palmos, la silueta delgada de una cobra erguida, tensa, con los anillos del cuello hinchados, sus escamas romboidales relucientes como espejos y la lengua bífida silbante, le miraba con fiereza.

El barón no había entrado aún, por lo que la luz que se colaba en el interior de la tumba iluminaba bastante bien al reptil. Éste, tenso como la cuerda de un arco, se balanceaba casi imperceptiblemente sobre su panza, estudiando a su nueva víctima. De no ser por el brillo de su mirada, Jean-Baptiste Prosper Jollois podría haber creído que se trataba de una estatua. Pero no. Era como si aquel ofidio llevara horas aguardándole, planeando la forma más eficaz de darle muerte.

El ingeniero lo leyó claramente en su gesto: en breve, cuando terminara de examinar al intruso, atacaría su flanco más desprotegido, inoculándole una muerte rápida en sus venas. Jean-Baptiste no se atrevió siquiera a gritar. Si lo hacía, el áspid se lanzaría sobre su cuello y todo habría terminado demasiado deprisa. Así, en cuclillas, con las manos apoyadas sobre el suelo calcáreo del mausoleo, no tenía escapatoria posible. El desenlace —de eso estaba seguro— era sólo cuestión de tiempo. Y muy poco.



La mente del ingeniero calculó lo peor: en los siguientes diez o doce segundos la cobra, cada vez más rígida e hipnótica, le vería parpadear o tragar saliva y aprovecharía la menor contracción muscular del ingeniero para saltar sobre él. Ahí sí gritaría; para entonces entraría corriendo el barón De Villiers, hasta ese momento distraído en la boca de la tumba buscando huellas de saqueadores, y contemplaría la aterradora escena dejada tras el ataque. Mientras, él, retorcido de dolor, apretándose el estómago con los puños, cerraría los ojos para siempre sin tiempo apenas para pensar en su madre, sus hermanas, su casa de veraneo en Aix-en-Pro-vence o su perro Lucas.

Su vida se esfumaría en brazos del barón, y con ella todos sus sueños de grandeza y prosperidad.

El reptil bufó.

Su mirada se volvió más rígida si cabe, mientras su pequeña cabeza cuadrangular se inclinaba inesperadamente hacia atrás, como si tomara impulso para lo peor. Jean-Baptiste, impotente, creyó que su hora había llegado.

Sin embargo, la cobra se detuvo en seco.

—¡No se mueva, Prosper Jollois!

La voz familiar de Édouard de Villiers sonó nítida detrás de él. El reptil, confuso, no supo decidir a cuál de los dos blancos atacar.

—¡Sobre todo, no le quite la vista de encima! —insistió el barón.

Jean-Baptiste obedeció. No había acatado ninguna orden suya con tanto agrado en todo el tiempo que llevaban en Egipto. De pronto, con la eficacia de un cirujano, algo cortó el aire a la altura de su oído derecho. El sable de Édouard, brillante como un relámpago, segó de cuajo el cuello del reptil, que en silencio rodó sobre la piedra de la tumba, retorciéndose entre espasmos irregulares.

—¡Por Dios, barón! —se incorporó el ingeniero—. ¡Casi me corta usted la cabeza!
—¡Cállese!

Prosper Jollois hizo gesto de no comprender.

—¡Silencio! —repitió aquél en voz baja—. Sea quien fuere el que ha forzado la tumba de Amenhotep, debe estar aún dentro. Hay varios caballos ahí fuera, escondidos en un abrigo de roca. Y no son de nuestro ejército.

El joven ingeniero se estremeció. Aún palpitaban cerca de él las entrañas sanguinolentas del áspid, recordándole lo cerca que había estado de la muerte.

—¿Son… muchos?
—Seis o siete, por lo menos. ¿Trajo la carabina?
—No .

El barón hizo una mueca de desaprobación.

—¡Da igual! Hoy nos vamos a enterar de qué está ocurriendo aquí. Vamos a descender a la tumba, ¡y rápido!
—Pero, señor, ¿y si hay otras serpientes?
—Nos arriesgaremos.

Édouard de Villiers extrajo un par de velas de su casaca, que encendió de inmediato. Su luz, escasísima frente a las tinieblas que se abrían ante ellos, se agitó como si dudara de mantenerse encendida. Pero aguantó.

El barón estaba en lo cierto: más allá de los dos primeros tramos de escaleras, al fondo de un tétrico pasillo sembrado de escenas incomprensibles, se adivinaba un bisbiseo. En un principio fue poco más que un rumor. Un ruido profundo, que emergía de las entrañas de la tierra y que erizó los cabellos de Jean-Baptiste. Ninguno de los dos articuló palabra. Descendieron cautelosamente, tratando de no remover los escombros que salpicaban el lugar. Figuras humanas con rostro de perro, cortesanos vestidos con transparencias de una exquisitez indescriptible y aves con las alas desplegadas parecían no quitarles ojo de encima.

—Escuche —susurró el barón—. ¿Lo oye?

Prosper Jollois se adelantó hasta alcanzar la situación de su superior. Habían bajado otros dos tramos más de escaleras, y al fondo, de lo que parecía una sala mayor emergía un ruido sordo acompañado de un tenue resplandor. Los ingenieros soplaron las velas y avanzaron los seis pasos que les separaban del final del corredor.

Allá dentro la humedad casi se podía cortar con la espada. Al cabo, Jean-Baptiste tiró de las ropas del barón y se le acercó para cuchichearle algo:

—Esto no me gusta —masculló—. Si son seis y nos descubren, no saldremos vivos de aquí.

Édouard ignoró la advertencia y, despegándose del aliento de su compañero, estiró prudentemente la cabeza para asomarse al interior de la sala contigua.

Durante unos momentos, no reaccionó.

Al fondo de una estancia dividida en dos niveles, y flanqueada por seis columnas bellamente adornadas con nuevas figuras y jeroglíficos, se levantaba un sarcófago detrás del cual se adivinaba un trono de madera en el que se sentaba —Édouard dudó espantado— ¡una momia!

La luz era pobre; apenas una docena de lámparas de aceite alumbraban toda la estancia. Pero pese a todo, en medio del recinto, frente a la inmóvil silueta del entronizado, distinguió el rostro familiar y bien arreglado de Ornar ben Abiff. —¡Ornar...! —susurró satisfecho.

Ahora no tenía dudas: había sorprendido al mayor traficante de reliquias del sur de Egipto con las manos en la masa, en el interior de una propiedad francesa. En cuanto le denunciara al general Desaix, le detendrían y le enviarían a El Cairo para juzgarle. Pero algo en su actitud escamó al barón. Ornar no parecía interesado en rebuscar entre los cascotes y desperdicios de la tumba. Y tampoco su extravagante cuadrilla, un grupo de seres, mitad humanos mitad animales, que le rodeaban mientras Ornar recitaba una extraña salmodia:

—¡Oh, Osiris! —coreaban.
No cometí iniquidad contra los hombres. No maltraté a las gentes.
No cometí pecados en el Lugar de la Verdad.
No traté de conocer lo que no se debe conocer. No blasfemé contra Dios.
No obligué a nadie a pasar hambre. No hice llorar.
No maté.
No ordené matar…



El barón reculó. Dos de los fantasmas, con cabezas de chacal y halcón, se habían dado la vuelta en medio de la ceremonia para tomar una gran balanza de cobre que descansaba contra una de las paredes del recinto, muy cerca de donde estaban ellos. Mientras la instalaban, Ornar, extasiado, continuaba recitando, con el brazo izquierdo sobre el plexo solar, su monótona letanía.

—… No disminuí las ofrendas a los templos. No manché los panes de los dioses.
No fui pederasta.
No forniqué en los lugares santos del dios de mi ciudad.
No cacé en los cañaverales de los dioses. No pesqué en sus lagunas.
No opuse diques contra las aguas. No me opuse a ninguna procesión.
¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro!

Édouard, que comprendía bastante bien aquella especie de oración recitada en árabe, dejó pasar un tiempo prudencial antes de volver a asomarse. «Chacal» y «Halcón» deberían haber montado ya la balanza unos pasos por delante de él. Y así, mientras dos mujeres maquilladas como nunca había visto en Egipto hacían sonar sus sistros, una neblina de incienso ácido les envolvió en cuestión de segundos.

De repente, el «Chacal» habló. Su voz, vagamente familiar, muy grave, atronó la sala:

—Tú, que has superado el implacable juicio de los cuarenta y dos asesores de los muertos, que has sido capaz de declararte inocente de los cuarenta y dos pecados fundamentales del verdadero creyente, ¿te someterás ahora al veredicto de la balanza?
—Sí. Me someteré —respondió Ornar, al que su piel negra y perfumada con aceite de sándalo le brilló como la plata.
—En ese caso, debes saber que si superas el juicio y tu corazón pesa menos que la sagrada pluma de la diosa Maat, reina de la Verdad, accederás a los misterios de la vida eterna. Si no, tu Ka y tu Ba serán engullidos por Ammit, el terrible monstruo de cabeza de cocodrilo que devorará tu existencia y te condenará a la desaparición absoluta.
—Acepto.

¿Ka? ¿Ba?

Édouard se frotó los ojos, irritados por el incienso, antes de explicar a Jean-Baptiste lo que estaba sucediendo allá adentro. Apenas podía creer que el temido Ornar no hubiera entrado en aquella tumba para destrozarla o desposeerla de sus escasos tesoros. Y mucho menos que participara en aquel ritual y jurara no haber matado ni pecado. En cuanto a aquella jerga exótica, a duras penas creía identificarla con la idea que los antiguos egipcios tenían del alma.

El «Halcón» se inclinó ceremoniosamente sobre uno de los platos de la balanza, colocando sobre él un frasco de alabastro de pequeño tamaño.

—Aquí está Ib. Tu corazón —dijo.
—Y aquí Shes maat. El espíritu de la justicia —remató el «Chacal», depositando un cuenco opaco en el otro plato.

Una tercera criatura, con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro, provisto de un pico largo y afilado, se adelantó al grupo y, frente a la balanza, exclamó:

—Sea, pues, como quieres. Yo, Toth, Aquel que se creó a sí mismo, al que nadie dio a luz, Aquel que calcula desde el cielo y es capaz de contar las estrellas y llamarlas a todas por su nombre, inscribiré para la eternidad el resultado de este juicio severísimo. —Amén.

Mientras los sistros inundaban la estancia de un sonido silbante que a Jean-Baptiste le recordó los bufidos de la cobra, la balanza comenzó a hacer su trabajo. El joven ingeniero, sobrecogido por los ecos de aquel ritual, se acurrucó en la parte de atrás del corredor, mientras el barón, excitado, no perdía de vista la operación.

La báscula titubeó. Se inclinó alternativamente a favor de cada uno de los platos para, in extremis, flotar ecuánime entre ambos. Si los viejos ensalmos no mentían, Ornar era ya un Maat kheru, un justo y justificado ante Dios. El reo, al conocer el implacable veredicto de la balanza, respiró aliviado.

—Hemos cumplido con todo lo que ordena Reu Un Pert Em Hru (1) —dijo Toth—. Hemos seguido escrupulosamente los dictados de los antiguos conjuros. Ahora, Ornar, si Maat cumple con su justicia, deberá entregarte el mismo secreto que reveló al dueño de esta tumba, el gran Amenhotep III. —La fórmula de la vida.

Édouard se sobresaltó. La nueva frase del «Chacal» le recordó a alguien… Pero aguardó.

—¡Oh, Osiris! —exclamó éste mientras se tanteaba la base de su cabeza lobuna—, ahora que ya hemos concluido el ritual, guíanos hasta el hombre que ha de recibir tu secreto.

Y dicho esto, se arrancó la testa. Depositó la máscara en el suelo con cuidado y estrechó a Ornar ben Abiff con un abrazo intenso.

—¡Mohammed! —exclamó feliz el saqueador—. Gracias por indicarme el camino.

El barón, atónito, descubrió que su guía de Luxor era quien se escondía bajo la cabeza del «Chacal».Y lo que era peor: que trabajaba codo con codo con Ornar ben Abiff.

—No tienes por qué agradecérmelo —le dijo a éste—. Es mi sagrada misión guiarte hacia el éxito, y con ello a los verdaderos fieles del Sol que custodian el secreto.

Ornar sujetó a Mohammed por el antebrazo, mientras éste arqueaba su inconfundible ceja negra hacia el centro de la frente.

—Después de la fuga de Nadia, creí que habíamos perdido a la intermediaria para conseguir la fórmula.
—No. Aún nos queda Bonaparte. Si él es el imam que esperamos, si lo que anuncian los profetas shiíes es correcto, sólo cuando le encuentres y le obligues a pasar por este mismo ritual tendremos lo que buscamos.
—Que así sea, Mohammed ben Rashid. El guía clavó sus ojos en el saqueador.
—No me llames así —respondió con evidente disgusto—. Hace mucho que dejé el clan, cuando descubrí que nadie de mi familia me conduciría a la Luz. Que el culto que profesaban estaba basado en una vetusta religión estelar incapaz de mantener y proteger el secreto de la vida que un día poseyeron.
—¿Y lo hará Bonaparte cuando lo reciba?
—Ése es su destino.



Édouard y Jean-Baptiste abandonaron la tumba a toda velocidad, tanteando suelo y paredes para deshacer el camino. Estaban alterados. Habían escuchado lo suficiente para comprender, aún a medias, lo que estaba sucediendo bajo sus mismos bigotes. Alguien en el sur del país preparaba una emboscada al general en jefe de la expedición. Alguien —y eso lo sabían bien— capaz de todo por una absurda superstición egipcia.

Debían hacer algo. Quizá hacer llegar un mensaje a Bonaparte. Y pronto.

Por J. Sierra


Notas:

  1. Literalmente: Libro de lo que vendrá algún día.

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Cantos de Egipto para ahuyentar a los genios

Con fines preservadores se canta en Egipto lo siguiente, para ahuyentar a los genios (ifrit – عفريت) en las noches de Ramadán:

Ay, Ramadán; ay, tronco de cerilla…
Ay, el que prende a los duendes todos…
Ay, Ramadán; ay, cuenco de cobre…
A Abu l-’Abbás te eché encima…
y pasarás la noche con nosotros.
A Abu l-’Abbas te eché encima…
y te romperá la cabeza con el cerrojo. (1)

En otro país (Argelia, Mzab) y con la misma finalidad de aplacar a los
genios se canta (2):

Huéspedes vuestros, huéspedes de Dios
huéspedes vuestros y de mi Señor:
aquí estamos pidiendo perdón.
Vuestro dueño es nuestro señor Salomón.
Nada os haremos, no nos causéis dolor.
Ciegos, no podemos veros.
Sordos, no podemos oíros.
Somos musulmanes vuestros
Nada os haremos, no nos causéis dolor.

Por S. Fanjul


Notas:

  1. M.Qandil al-Baqlí, Suwar min adabi-na as-sa’bi p. 96-97.
  2. A. M. Goichon, La vie féminine au Mzab, II, París. 1927, p. 242.

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Las organizaciones de Masones Operativos en Egipto

No hay duda alguna que había, hace algunos siglos, no sólo en Egipto sino en otras partes del mundo musulmán, organizaciones de Masones Operativos o de otros obreros; estos Masones orientales utilizaban incluso marcas similares a los de sus colegas occidentales de la Edad Media, y que eran llamadas en árabe Khatt el–Bannâin (es decir, «escritura de los constructores»); pero todo esto pertenece a un pasado ya bastante lejano.

Por otra parte, en las turuq islámicas o cofradías esotéricas (que son, de hecho, igualmente «operativas», pero evidentemente en otro sentido más profundo que el puramente «profesional»), han sido conservados ciertos elementos que recuerdan extrañamente al Compañerazgo occidental, por ejemplo: el uso de la banda; el uso del bastón, que tiene exactamente la misma forma; por lo que concierne al simbolismo de estos bastones, habría mucho que decir en referencia con las ciencias secretas que son atribuidas especialmente a Seyidnâ Suleymân (pues cada uno de los grandes Profetas posee sus propias ciencias, caracterizadas por el cielo sobre el cual preside).



Hay también otros puntos de interés más especialmente masónico: por ejemplo, en algunas de las turuq, el dhikr no puede cumplirse ritualmente si no hay al menos la presencia de siete hermanos; en la investidura de un naqîb hay algo que recordaría al cable–tow, etc.

Por otra parte, hay una interpretación simbólica de las letras árabes que forman el nombre de Allâh y que es puramente masónica, proveniente probablemente de las Organizaciones en cuestión: el alif es la regla; las dos lâm el compás y la escuadra; el ha el triángulo (o el círculo según otra explicación, la diferencia entre las dos corresponde a aquella entre Square y Arch Masonry); el nombre entero era pues un símbolo del Espíritu de Construcción Universal.

Estos pocos hechos no son más que simples referencias a un asunto que nos es conocido por experiencia directa y por tradición oral.

Por el Barón Rudolf von Sebottendorf

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Los Árabes, una irreemplazable civilización

Hemos empezado por los Árabes en razón a que su civilización es una de aquellas que nuestros viajes nos han dado mejor a conocer; una de aquellas cuyo ciclo es más completo, y en la que se manifiesta con mayor claridad la influencia de los factores, cuya acción hemos procurado discernir; en fin, una de aquellas cuya historia es a un tiempo la más interesante y la menos conocida.

Reina la civilización árabe desde hace doce siglos en la inmensa región que se extiende desde las orillas del Atlántico hasta el mar de las Indias, desde las playas del Mediterráneo hasta los arenales del interior de África; y las poblaciones que habitan estas comarcas siguen la misma religión, hablan la misma lengua, poseen las mismas instituciones y artes, y formaron antiguamente parte del mismo imperio.

Encerrar en un conjunto las principales manifestaciones que esta civilización tuvo en los pueblos donde dominó, reproducir todas las maravillas que dejó en España, África, Egipto y Siria, Persia e India, trabajo es que todavía no se intentara. Las mismas artes, con ser el elemento más conocido de la civilización árabe, no habían sido aún sometidas a un cuadro de conjunto; pues los pocos autores que han emprendido la descripción de ellas reconocen a porfía que no existe nada de aquel cuadro, y que la falta de documentos les impedía probar de llevarlo a cabo.



Sin duda resultaba evidente que la identidad de creencias había establecido un gran parentesco entre las manifestaciones artísticas de cada país sometido a la ley del Islam; pero no resultaba menos evidente que la variedad de razas y de comarcas había producido profundas divergencias. ¿En qué consistían esas analogías, y esas divergencias?.

A medida que se adelanta en el estudio de esta civilización, se descubren nuevos datos y horizontes más extensos; quedando luego probado que la Edad Media no conoció a la antigüedad clásica sino por conducto de los Árabes; que durante 500 años las universidades de Occidente se alimentaron exclusivamente de sus libros, y que los Árabes son los que han civilizado a Europa en el triple concepto intelectual, moral y material. El que estudia sus trabajos científicos y descubrimientos ve que ningún pueblo los ha producido mayores en tan breve tiempo; y el que examina sus artes reconoce que poseyeron una originalidad que nadie ha sobrepujado.

La influencia de los Árabes, aunque muy grande ya en Occidente, fue todavía mucho mayor en Oriente; pues ninguna raza ha impreso su sello aquí de un modo igual. Los pueblos que antiguamente dominaron en el mundo, Asirios, Persas, Egipcios, Griegos y Romanos, han desaparecido entre el polvo de los siglos, sin dejar más que informes ruinas; y sus religiones, lenguas y artes no han quedado sino como recuerdos; pero aunque los Árabes, a su vez, hayan desaparecido también, los elementos más esenciales de su civilización, la religión, la lengua, las artes, todavía viven; y desde Marruecos hasta la India más de cien millones de hombres siguen las instituciones del Profeta.

Si varios conquistadores han derribado a los Árabes, ninguno ha pensado en reemplazar la civilización que éstos crearon, sino que por el contrario todos han abrazado su religión, han adoptado sus artes y la mayor parte hablan hoy su lengua. Dondequiera que se haya establecido la ley del Profeta, parece haberlo sido para siempre. Esa ley ha hecho retroceder en la India a ciertas religiones que databan de muchos siglos; esa ley ha convertido en árabe a aquel Antiguo Egipto de los Faraones, en el cual tan corta influencia lograron tener Persas, Griegos y Romanos; y aunque los pueblos de Persia, de Egipto y África han tenido otros señores que los discípulos de Muhammad, no han reconocido otra ley, desde que éstos les enseñaron la suya.

Maravillosa historia es la de ese alucinado ilustre, cuya voz sometió a aquel pueblo indócil, que ningún conquistador pudiera domar; en nombre del cual fueron derribados los más poderosos imperios, y que desde el fondo de la tumba retiene aún bajo su ley a millones de seres.

La ciencia moderna llama enajenados a esos grandes fundadores de religiones e imperios; y en el concepto de la verdad abstracta tiene razón. Sin embargo, hay que venerarlos; porque encarnan el alma de una época y el genio de una raza, y generaciones en masa de antepasados desaparecidos hablan por sus bocas. Sin duda esos creadores de ideales no engendran más que fantasmas; pero esos terribles fantasmas nos han hecho tales como somos, y sin ellos ninguna civilización habría llegado a nacer. La historia no es otra cosa que la relación de los acontecimientos que el hombre ha llevado a cabo para creer este o aquel ideal, para adorarlo, o para destruirlo.



Un pueblo semi-bárbaro formó la civilización árabe, saliendo de los desiertos de Arabia, derribando el poder secular de los Persas, de los Griegos y de los Romanos, fundando un inmenso imperio que se extendió desde la India hasta España, y produciendo esas maravillosas obras cuyos restos nos sorprenden, admiran y asombran .

¿Qué factores dirigieron el nacimiento y desarrollo de esa civilización e imperio? ¿qué causas tuvieron su grandeza y decadencia? Demasiado baladíes son las razones alegadas por los historiadores para sujetarlas a un examen. Así que no cabe someter a mejor prueba un método analítico que aplicarlo a un pueblo tan especial.

El Occidente procede del Oriente, y por consiguiente en este mismo Oriente debe buscarse la clave de los acontecimientos pasados. En esta maravillosa tierra se han manifestado las artes, las lenguas y casi todas las grandes religiones. Y es que los hombres no son aquí lo que en otras partes: las ideas, los pensamientos y sentimientos son diferentes; y como hoy en día las transformaciones se verifican en esta tierra con mucha lentitud, al recorrerla, uno puede examinar toda la cadena de las edades. Por eso lo mismo los artistas, que los sabios y los poetas, se sentirán siempre movidos a contemplarla. ¡Cuántas , veces sentado al pie de una palmera o del pilón de algún templo me he enajenado en largas divagaciones, llenas de claras visiones de las edades que fueron!

Uno se queda ligeramente adormecido; y por entre un fondo luminoso se le aparecen luego ciudades extrañas, cuyas torres almenadas, cuyos palacios fantásticos, y cuyos templos y minaretes centellean bajo un sol dorado, recorridos por caravanas de nómadas, por multitud de asiáticos vestidos de colores brillantes, y por masas de esclavos de piel bronceada, y de mujeres veladas.

Muertas están ya hoy en día esas grandes ciudades del pasado; Nínive, Damasco, Jerusalén, Atenas, Granada, Memfis y Tebas la de las cien puertas; los palacios del Asia y los templos de Egipto convertidos están en ruinas; y los dioses de Babilonia, de Siria, de Caldea y de las orillas del Nilo no existen sino en nuestras memorias. Pero ¡qué elocuencia en esas ruinas! ¡qué mundo de ideas en esos recuerdos! ¡cuántos secretos no se pueden pedir a todas esas razas diversas que se suceden desde las columnas de Hércules hasta las fértiles mesetas de la vieja Asia, y desde las verdes playas del mar Egeo hasta los abrasados arenales de Etiopía!

Muchas enseñanzas saca el hombre de esas lejanas comarcas; y no pocas creencias deja en ellas. Su estudio nos demuestra cuán grande es el abismo que a los hombres separa, y hasta qué punto son quiméricas nuestras ideas de civilización, y de fraternidad universal; como también hasta qué punto los principios y verdades que parecían más absolutos cambian al pasar de uno a otro país.



La historia de los Árabes contiene, pues, muchos problemas sin resolver, y más de una lección que recordar. Es este pueblo uno de los que mejor personifican a esas razas de Oriente que tanto se diferencian de las de Occidente. Europa las conoce todavía muy poco; a pesar de que conviene que sepa lo que son, porque se acerca el día en que sus destinos dependerán mucho de los de ellas.

Por G. Le Bon

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Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Segunda Parte)

Tutankamón

Ir a Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

  • Para mejor adorar a su Dios, Iknatón resuelve abandonar Tebas y construir la Ciudad del Horizonte de Atón. Al quedar Tebas relegada a ciudad de provincia debilitaba al sacerdocio.
  • Es entonces que cambia su nombre de Amenofis -La Paz de Amón- en Iknaton.
  • La nueva ciudad se construyó sobre una isla en el Nilo a unos 250 kilómetros sud de la actual Cairo.
  • Poco después nace Meket-Atón, -Protegida de Atón-.
  • Durante el octavo año se instala en la nueva ciudad. Nace Ankhes-enpe-Atón-, -Ella vive para Atón-.
  • En el undécimo año nace Nefer-neferu-Atón. Empieza a desarrollarse la nueva religión. Hacia esa época se escribió el “Himno a Atón”.
  • Se nota la influencia de Nefertiti.
  • Al-Ra es nombrado Gran Sacerdote de Atón.
  • Durante los decimotercer y decimoquinto año nacen dos nuevas hijas.
  • La madre de Iknatón, Teye, visita el Templo en la Ciudad del Horizonte de Atón. Muere poco después. Fue enterrada en Tebas.
  • Con su muerte desaparece la moderación: el nombre de Amón es
    sistemáticamente borrado, aún de los más pequeños objetos. De millones de inscripciones conocidas, pocas se salvaron.



  • Hasta en la tumba de Amenofis III sustituyeron su nombre por el de Nis-Maat-Ra.
  • También se nota un detalle extraño: a su quinta hija la llamó Nefer-Ne-Feru-Ra y a la sexta Sotep-en-Ra; “Ra”, en vez de “Atón”, como a sus cuatro primeras hijas. Deseaba un hijo varón. Pero después de las seis “desilusiones” tuvo aún una séptima. No tuvo otra descendencia, al menos que haya sobrevivido la primera infancia. La primera hija casó con Smenk-ha-Ra, un noble egipcio.
  • El Rey de Babilonia pidió para cada uno de sus hijos: concedió la cuarta. La tercera casó con Tutank-Atón, quien fuera el Faraón Tutankamon.
  • La segunda era delicada de salud y murió joven, así como la hermana de Iknatón, Beket-Atón.
  • Como era delicado de salud, construyó muy pronto su tumba.
  • Al no tener sucesor, las perspectivas de su religión eran sombrías.
  • Asuntos exteriores agravaron su situación, tales como la querella con Babilonia y con las Hititas, las aventuras de Asiru, etc. Iknatón desarrolló una extraña pasividad; dejó sin ayuda a Rey Byblos, Risaddi, que le era fiel.
  • A los treinta años de su reinado, los faraones celebraban el jubileo. Iknatón lo hizo a los treinta años de edad, como si quisiera retroceder su reinado a la fecha de su nacimiento.
  • A esa edad ya era flaco y descarnado. Decide que todos los dioses, no sólo Amón, tengan su nombre borrado de cualquier inscripción. Sólo quedaba Atón. Esta medida no se aplicó muy estrictamente. Se borraban los nombres de Hathor, Etha, etc., y hasta el plural “Dioses”.
  • Mientras se limitó a borrar a Amón, no tuvo sino “un” clero en su contra; luego los tuvo a todos.
  • Parecía que el jefe del ejercito, Horenheb, en desacuerdo con la política pacifista de Iknatón, haya planeado en secreto las campañas que más tarde realizaría; tal vez en connivencia con el Gran Sacerdote de Atón, Meri-Ra.
  • Sin descendencia, con gran oposición, hasta dentro de sus funcionarios, otorgó su confianza a Smenkara, casado con gran pompa con su hija mayor, cuando ésta tenía doce años.
  • Asoció su yerno a la regencia, y cuando eventualmente lo sucedió,
    adoptó el epíteto de “Bien amado de Iknatón”.
  • El tener un asociado en el trono resultó una medida insuficiente. La Siria estaba casi perdida, y los grandes gastos para la construcción del Horizonte de Atón agotaron el inmenso tesoro egipcio.
  • Sin duda comprendió que la religión de Atón, no le sobreviviría, como en realidad aconteció.
  • Lo único que se sabe es que cuando se desplomaba su imperio murió. El examen de su momia sugiere un ataque. Se cree que era epiléptico. Tendría en ese entonces unos treinta años. Se creía que era el año dieciocho de su reinado, pero se ha encontrado una inscripción que hace mención del diecinueve.
  • De Nefertiti, nada más se sabe. Se cree que sólo sobrevivió un año a su marido. Su yerno y sucesor, Tutankhatón fue persuadido de volver a Tebas, y se abandonó definitivamente la Ciudad del Horizonte. A una época de contemporización entre los cultos de Atón y Amón, pero por influencia de Horenbeh, jefe del ejército, primó Amón.



  • A los cuarenta años de la muerte de Iknatón, el clero de Amón recobró íntegramente su influencia. El nombre de Iknatón fue borrado; se refería a él como “ese criminal”. Las inscripciones “Amenofis IV”, no fueron tocadas.
  • El Templo de Atón en Karnac fue demolido. Iknatón fue sepultado en la tumba de Teye. Esta fue abierta y retiraron el cuerpo de Iknatón. Su nombre fue retirado de todas las cintas recortándolas. Borraron las inscripciones. Luego fue repuesto en el féretro.
  • Esta lucha de Amón y Atón fue llamada la lucha de los dos Soles.
  • La semilla dejada por los partidarios de Atón, en forma curiosa, cristalizó en Osiris, encarnado y muerto entre los hombres por la salvación del mundo.

Por el Maestro S. Bovisio

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Mousaka egipcia de berenjenas

Este plato de particular elaboración, muy nutritivo. Especial para los que gustan de preparaciones sin carne.


Ingredientes

1 Kg de berenjenas
500 Grs. de tomates
1 Pimiento verde
1 taza de garbanzos hervidos
500 Grs. de papas
1 Taza de pulpa de tomates
Sal, pimienta, comino, pimentón dulce a gusto.
2 dientes de ajo picado
Aceite de oliva



Preparación

Pelar 500 grs de  berenjenas, cortarlas a lo largo en finas lonjas. Freírlas hasta que estén tiernas. Reservar.

Cortar los 500 grs de berenjenas restantes en rodajas. Rehogar en aceite con los ajos picados hasta que estén tiernas. Agregar la pulpa de tomates, las especias, sal y cocinar a fuego lento. Colocar  rodajas de tomate fresco y cocinar  por 10 minutos  más. Agregar los garbanzos.

Con la mitad de la preparación, rellenar las lonjas de berenjenas enrollar y acomodar en una fuente para horno.

Agregar  las papas hervidas cortadas en rodajas a la preparación sobrante y colocar sobre los rollos de berenjenas.

Gratinar en horno fuerte por 10 minutos. Servir caliente.


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Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

Amón en el Antiguo Egipto

  • Es necesario repetir una vez más la antigua y siempre actual pregunta: ¿existe un Dios Creador, o no existe? Y se deberá, por la posesión de ideas claras, propias, responder a conciencia.
  • Hacia fines del siglo XIX, en la antesala de la cámara mortuoria de un biólogo ilustre se habían reunido sus amigos, de diversas tendencias como es de imaginar, tratándose de un hombre de fama. Un católico, conversando con un anciano caballero, expresó su pesar por el hecho de que el moribundo no se hubiera reconciliado con Dios. ¿Cree usted, pregunto el caballero, que esté lejos de Dios? Dijo el católico que sí, que era ateo, que había orientado a muchos en el sendero del descreimiento. El caballero insistió: ¿puede creerse que tan gran ser, tan profundo conocedor del hombre y de la naturaleza, puede estar alejado de Dios?
  • Pero, ¿hay ateos? No refiriéndose a seres que lo afirman, sin haber reflexionado, tal vez incapaces de ello; sino refiriéndose a seres en quienes preocupa hondamente la cuestión.
  • De los que creen en Dios, pueden distinguirse dos tipos.
  • Pertenecen al primero, los que creen en un Dios Creador, fuera de ellos distinto a ellos, que no pueden alcanzar, con el que podrán unirse.
  • Pertenecen al segundo tipo los que creen que el Yo forma parte de la Unidad, de Dios, y tiende por expansión a confundirse con Él.
  • Es necesario aquí reseñar la razón de ser de las corrientes monoteístas y politeístas.
  • No se explica nada afirmando que los primeros creen en un solo Dios, y los últimos en varios dioses.
  • La raza aria, heredera de los atlantes, al desarrollar su personalidad individual y racional, necesitó aferrarse al Yo y la proyección del Yo daba como resultado el monoteísmo. Un hombre perfecto necesitaba un molde primordial, perfectísimo: Dios.
  • El monoteísmo degeneró, desde luego -según como el Yo se vincula o se opone al mundo que lo rodea y a las potencias interiores desconocidas de sí mismo-, en un Dios personal. Pero la mente del hombre ario, al trazar un puente entre el instinto y la intuición con la potencia de la razón, podía construir una infinidad de imágenes semejantes a la suya, más o menos perfectas, podía crear representaciones más o menos exactas de su molde divino, llegando así las almas al politeísmo.



  • Pasado el proceso de densificación del ser, del descenso del Yo, hay una tendencia de éste a unirse con otros entes separados: tiende a la expansión, y esto da como resultado el politeísmo. Individualiza aspectos del mundo externo del Yo a los cuales quiere unirse éste.
  • Pero siempre lo fundamental consiste en considerar que lo Inmanifestado se expresa por lo Manifestado, y que lo Manifestado sirve de asiento a lo Inmanifestado.
  • El hombre ario, al ir perfeccionando su propio yo, perfeccionó su creencia monoteísta y al ir perfeccionando sus posibilidades de similitud, desarrolló y perfeccionó su creencia politeísta.
  • El culto politeísta llego a su máxima expresión en Egipto, antes del culto personal de Osiris. Los sacerdotes desarrollaron la mente para conocer más y más; el amor no lo concebían como los monoteístas, sino como algo más elevado y divino. Muchos de estos sacerdotes eran de sangre real y el Faraón, siempre se desposaba con mujer de su sangre. Esto sucedió durante milenios. Si no lo hacían así creían que perderían el poder divino y real, como en efecto aconteció.
  • Simultáneamente con el politeísmo de los sacerdotes de Amón, en el … de los nómadas negros -tanto en Asia como en África- predomina el culto monoteísta.
  • En los Templos de los Sacerdotes de Amón como en los Templos de los Sacerdotes de Mitania, de Kush, de Punt y otros, se guardaban las enseñanzas esotéricas de ambas corrientes, y se practicaban estrictamente sus ritos.
  • Pero estas dos fuerzas tenían que trabarse en lucha para su predominio, y ésto aconteció en tiempos de Iknatón, primer personaje histórico de la era del Egipto, cuando se entabló la guerra religiosa llamada de los dos soles.
  • En tiempos de la Dinastía XVIII aparecieron en Egipto los primeros síntomas de crisis religiosa, que habrían de culminar con la lucha de los dos soles: Amón y Atón.
  • Tutmosis IV se casó con una princesa asiática de Mitania, y a esta influencia asiática hay que atribuir la importancia de los siguientes cambios religiosos ya que su nieto, Amenofis IV, cuando subió al trono -el año 1.375 A.C.-, empezó la lucha contra el Templo de Amón, y como ni él ni su esposa Nefertiti, también de origen asiático, no hicieron el juramento tradicional al Dios Amón, fue llamado más tarde el Faraón Hereje.
  • Tenía doce años al subir al trono y enseguida se mostró abiertamente adicto al Dios Único que llamó con el nombre del Sol Atón, y tomó luego el nombre de Iknatón (satisfecho está Atón).
  • La escuela esotérica monoteísta iba ganando terreno: el concepto de Dios Único -no se veneraban imágenes en la religión de Atón-, sino un disco solar que extiende sus rayos que terminan en forma de manos que sostienen el Ank, signo de la vida, y el concepto de la fraternidad universal los anima. La escuela de Amón con sus grandes jerarquías y su culto de muchos dioses fue suprimida y perseguida, y sus inmensas riquezas confiscadas. Sus sacerdotes se exilaron u ocultaron. Los sacerdotes rapados de la escuela de Amón, fueron substituidos por los de pelo largo de Atón.



  • El arte, en ese tiempo, tiene una gran evolución: las figuras simbólicas e hieráticas son suplantadas por las figuras reales y vivas; pero al Faraón se le empieza a representar de mayor tamaño en relación a las otras figuras. La madre Teye de Iknatón al parecer simpatizaba con las tendencias del hijo pero no abiertamente.
  • En el quinto año del reinado de Iknatón nace la primera hija: Merit-Aton. En ese tiempo, subsistían al lado de Atón, otros dioses. Pero este estado de cosas no debía durar, pues el Faraón entró en conflicto abierto con los sacerdotes de Amón-Ra. Esto se produjo poco después de la muerte de Tii, donde se deduce que la acción de ésta última era moderadora.

Por el Maestro S. Bovisio

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