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Los Árabes, una irreemplazable civilización

Hemos empezado por los Árabes en razón a que su civilización es una de aquellas que nuestros viajes nos han dado mejor a conocer; una de aquellas cuyo ciclo es más completo, y en la que se manifiesta con mayor claridad la influencia de los factores, cuya acción hemos procurado discernir; en fin, una de aquellas cuya historia es a un tiempo la más interesante y la menos conocida.

Reina la civilización árabe desde hace doce siglos en la inmensa región que se extiende desde las orillas del Atlántico hasta el mar de las Indias, desde las playas del Mediterráneo hasta los arenales del interior de África; y las poblaciones que habitan estas comarcas siguen la misma religión, hablan la misma lengua, poseen las mismas instituciones y artes, y formaron antiguamente parte del mismo imperio.

Encerrar en un conjunto las principales manifestaciones que esta civilización tuvo en los pueblos donde dominó, reproducir todas las maravillas que dejó en España, África, Egipto y Siria, Persia e India, trabajo es que todavía no se intentara. Las mismas artes, con ser el elemento más conocido de la civilización árabe, no habían sido aún sometidas a un cuadro de conjunto; pues los pocos autores que han emprendido la descripción de ellas reconocen a porfía que no existe nada de aquel cuadro, y que la falta de documentos les impedía probar de llevarlo a cabo.



Sin duda resultaba evidente que la identidad de creencias había establecido un gran parentesco entre las manifestaciones artísticas de cada país sometido a la ley del Islam; pero no resultaba menos evidente que la variedad de razas y de comarcas había producido profundas divergencias. ¿En qué consistían esas analogías, y esas divergencias?.

A medida que se adelanta en el estudio de esta civilización, se descubren nuevos datos y horizontes más extensos; quedando luego probado que la Edad Media no conoció a la antigüedad clásica sino por conducto de los Árabes; que durante 500 años las universidades de Occidente se alimentaron exclusivamente de sus libros, y que los Árabes son los que han civilizado a Europa en el triple concepto intelectual, moral y material. El que estudia sus trabajos científicos y descubrimientos ve que ningún pueblo los ha producido mayores en tan breve tiempo; y el que examina sus artes reconoce que poseyeron una originalidad que nadie ha sobrepujado.

La influencia de los Árabes, aunque muy grande ya en Occidente, fue todavía mucho mayor en Oriente; pues ninguna raza ha impreso su sello aquí de un modo igual. Los pueblos que antiguamente dominaron en el mundo, Asirios, Persas, Egipcios, Griegos y Romanos, han desaparecido entre el polvo de los siglos, sin dejar más que informes ruinas; y sus religiones, lenguas y artes no han quedado sino como recuerdos; pero aunque los Árabes, a su vez, hayan desaparecido también, los elementos más esenciales de su civilización, la religión, la lengua, las artes, todavía viven; y desde Marruecos hasta la India más de cien millones de hombres siguen las instituciones del Profeta.

Si varios conquistadores han derribado a los Árabes, ninguno ha pensado en reemplazar la civilización que éstos crearon, sino que por el contrario todos han abrazado su religión, han adoptado sus artes y la mayor parte hablan hoy su lengua. Dondequiera que se haya establecido la ley del Profeta, parece haberlo sido para siempre. Esa ley ha hecho retroceder en la India a ciertas religiones que databan de muchos siglos; esa ley ha convertido en árabe a aquel Antiguo Egipto de los Faraones, en el cual tan corta influencia lograron tener Persas, Griegos y Romanos; y aunque los pueblos de Persia, de Egipto y África han tenido otros señores que los discípulos de Muhammad, no han reconocido otra ley, desde que éstos les enseñaron la suya.

Maravillosa historia es la de ese alucinado ilustre, cuya voz sometió a aquel pueblo indócil, que ningún conquistador pudiera domar; en nombre del cual fueron derribados los más poderosos imperios, y que desde el fondo de la tumba retiene aún bajo su ley a millones de seres.

La ciencia moderna llama enajenados a esos grandes fundadores de religiones e imperios; y en el concepto de la verdad abstracta tiene razón. Sin embargo, hay que venerarlos; porque encarnan el alma de una época y el genio de una raza, y generaciones en masa de antepasados desaparecidos hablan por sus bocas. Sin duda esos creadores de ideales no engendran más que fantasmas; pero esos terribles fantasmas nos han hecho tales como somos, y sin ellos ninguna civilización habría llegado a nacer. La historia no es otra cosa que la relación de los acontecimientos que el hombre ha llevado a cabo para creer este o aquel ideal, para adorarlo, o para destruirlo.



Un pueblo semi-bárbaro formó la civilización árabe, saliendo de los desiertos de Arabia, derribando el poder secular de los Persas, de los Griegos y de los Romanos, fundando un inmenso imperio que se extendió desde la India hasta España, y produciendo esas maravillosas obras cuyos restos nos sorprenden, admiran y asombran .

¿Qué factores dirigieron el nacimiento y desarrollo de esa civilización e imperio? ¿qué causas tuvieron su grandeza y decadencia? Demasiado baladíes son las razones alegadas por los historiadores para sujetarlas a un examen. Así que no cabe someter a mejor prueba un método analítico que aplicarlo a un pueblo tan especial.

El Occidente procede del Oriente, y por consiguiente en este mismo Oriente debe buscarse la clave de los acontecimientos pasados. En esta maravillosa tierra se han manifestado las artes, las lenguas y casi todas las grandes religiones. Y es que los hombres no son aquí lo que en otras partes: las ideas, los pensamientos y sentimientos son diferentes; y como hoy en día las transformaciones se verifican en esta tierra con mucha lentitud, al recorrerla, uno puede examinar toda la cadena de las edades. Por eso lo mismo los artistas, que los sabios y los poetas, se sentirán siempre movidos a contemplarla. ¡Cuántas , veces sentado al pie de una palmera o del pilón de algún templo me he enajenado en largas divagaciones, llenas de claras visiones de las edades que fueron!

Uno se queda ligeramente adormecido; y por entre un fondo luminoso se le aparecen luego ciudades extrañas, cuyas torres almenadas, cuyos palacios fantásticos, y cuyos templos y minaretes centellean bajo un sol dorado, recorridos por caravanas de nómadas, por multitud de asiáticos vestidos de colores brillantes, y por masas de esclavos de piel bronceada, y de mujeres veladas.

Muertas están ya hoy en día esas grandes ciudades del pasado; Nínive, Damasco, Jerusalén, Atenas, Granada, Memfis y Tebas la de las cien puertas; los palacios del Asia y los templos de Egipto convertidos están en ruinas; y los dioses de Babilonia, de Siria, de Caldea y de las orillas del Nilo no existen sino en nuestras memorias. Pero ¡qué elocuencia en esas ruinas! ¡qué mundo de ideas en esos recuerdos! ¡cuántos secretos no se pueden pedir a todas esas razas diversas que se suceden desde las columnas de Hércules hasta las fértiles mesetas de la vieja Asia, y desde las verdes playas del mar Egeo hasta los abrasados arenales de Etiopía!

Muchas enseñanzas saca el hombre de esas lejanas comarcas; y no pocas creencias deja en ellas. Su estudio nos demuestra cuán grande es el abismo que a los hombres separa, y hasta qué punto son quiméricas nuestras ideas de civilización, y de fraternidad universal; como también hasta qué punto los principios y verdades que parecían más absolutos cambian al pasar de uno a otro país.



La historia de los Árabes contiene, pues, muchos problemas sin resolver, y más de una lección que recordar. Es este pueblo uno de los que mejor personifican a esas razas de Oriente que tanto se diferencian de las de Occidente. Europa las conoce todavía muy poco; a pesar de que conviene que sepa lo que son, porque se acerca el día en que sus destinos dependerán mucho de los de ellas.

Por G. Le Bon

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Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Segunda Parte)

Tutankamón

Ir a Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

  • Para mejor adorar a su Dios, Iknatón resuelve abandonar Tebas y construir la Ciudad del Horizonte de Atón. Al quedar Tebas relegada a ciudad de provincia debilitaba al sacerdocio.
  • Es entonces que cambia su nombre de Amenofis -La Paz de Amón- en Iknaton.
  • La nueva ciudad se construyó sobre una isla en el Nilo a unos 250 kilómetros sud de la actual Cairo.
  • Poco después nace Meket-Atón, -Protegida de Atón-.
  • Durante el octavo año se instala en la nueva ciudad. Nace Ankhes-enpe-Atón-, -Ella vive para Atón-.
  • En el undécimo año nace Nefer-neferu-Atón. Empieza a desarrollarse la nueva religión. Hacia esa época se escribió el “Himno a Atón”.
  • Se nota la influencia de Nefertiti.
  • Al-Ra es nombrado Gran Sacerdote de Atón.
  • Durante los decimotercer y decimoquinto año nacen dos nuevas hijas.
  • La madre de Iknatón, Teye, visita el Templo en la Ciudad del Horizonte de Atón. Muere poco después. Fue enterrada en Tebas.
  • Con su muerte desaparece la moderación: el nombre de Amón es
    sistemáticamente borrado, aún de los más pequeños objetos. De millones de inscripciones conocidas, pocas se salvaron.



  • Hasta en la tumba de Amenofis III sustituyeron su nombre por el de Nis-Maat-Ra.
  • También se nota un detalle extraño: a su quinta hija la llamó Nefer-Ne-Feru-Ra y a la sexta Sotep-en-Ra; “Ra”, en vez de “Atón”, como a sus cuatro primeras hijas. Deseaba un hijo varón. Pero después de las seis “desilusiones” tuvo aún una séptima. No tuvo otra descendencia, al menos que haya sobrevivido la primera infancia. La primera hija casó con Smenk-ha-Ra, un noble egipcio.
  • El Rey de Babilonia pidió para cada uno de sus hijos: concedió la cuarta. La tercera casó con Tutank-Atón, quien fuera el Faraón Tutankamon.
  • La segunda era delicada de salud y murió joven, así como la hermana de Iknatón, Beket-Atón.
  • Como era delicado de salud, construyó muy pronto su tumba.
  • Al no tener sucesor, las perspectivas de su religión eran sombrías.
  • Asuntos exteriores agravaron su situación, tales como la querella con Babilonia y con las Hititas, las aventuras de Asiru, etc. Iknatón desarrolló una extraña pasividad; dejó sin ayuda a Rey Byblos, Risaddi, que le era fiel.
  • A los treinta años de su reinado, los faraones celebraban el jubileo. Iknatón lo hizo a los treinta años de edad, como si quisiera retroceder su reinado a la fecha de su nacimiento.
  • A esa edad ya era flaco y descarnado. Decide que todos los dioses, no sólo Amón, tengan su nombre borrado de cualquier inscripción. Sólo quedaba Atón. Esta medida no se aplicó muy estrictamente. Se borraban los nombres de Hathor, Etha, etc., y hasta el plural “Dioses”.
  • Mientras se limitó a borrar a Amón, no tuvo sino “un” clero en su contra; luego los tuvo a todos.
  • Parecía que el jefe del ejercito, Horenheb, en desacuerdo con la política pacifista de Iknatón, haya planeado en secreto las campañas que más tarde realizaría; tal vez en connivencia con el Gran Sacerdote de Atón, Meri-Ra.
  • Sin descendencia, con gran oposición, hasta dentro de sus funcionarios, otorgó su confianza a Smenkara, casado con gran pompa con su hija mayor, cuando ésta tenía doce años.
  • Asoció su yerno a la regencia, y cuando eventualmente lo sucedió,
    adoptó el epíteto de “Bien amado de Iknatón”.
  • El tener un asociado en el trono resultó una medida insuficiente. La Siria estaba casi perdida, y los grandes gastos para la construcción del Horizonte de Atón agotaron el inmenso tesoro egipcio.
  • Sin duda comprendió que la religión de Atón, no le sobreviviría, como en realidad aconteció.
  • Lo único que se sabe es que cuando se desplomaba su imperio murió. El examen de su momia sugiere un ataque. Se cree que era epiléptico. Tendría en ese entonces unos treinta años. Se creía que era el año dieciocho de su reinado, pero se ha encontrado una inscripción que hace mención del diecinueve.
  • De Nefertiti, nada más se sabe. Se cree que sólo sobrevivió un año a su marido. Su yerno y sucesor, Tutankhatón fue persuadido de volver a Tebas, y se abandonó definitivamente la Ciudad del Horizonte. A una época de contemporización entre los cultos de Atón y Amón, pero por influencia de Horenbeh, jefe del ejército, primó Amón.



  • A los cuarenta años de la muerte de Iknatón, el clero de Amón recobró íntegramente su influencia. El nombre de Iknatón fue borrado; se refería a él como “ese criminal”. Las inscripciones “Amenofis IV”, no fueron tocadas.
  • El Templo de Atón en Karnac fue demolido. Iknatón fue sepultado en la tumba de Teye. Esta fue abierta y retiraron el cuerpo de Iknatón. Su nombre fue retirado de todas las cintas recortándolas. Borraron las inscripciones. Luego fue repuesto en el féretro.
  • Esta lucha de Amón y Atón fue llamada la lucha de los dos Soles.
  • La semilla dejada por los partidarios de Atón, en forma curiosa, cristalizó en Osiris, encarnado y muerto entre los hombres por la salvación del mundo.

Por el Maestro S. Bovisio

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Mousaka egipcia de berenjenas

Este plato de particular elaboración, muy nutritivo. Especial para los que gustan de preparaciones sin carne.


Ingredientes

1 Kg de berenjenas
500 Grs. de tomates
1 Pimiento verde
1 taza de garbanzos hervidos
500 Grs. de papas
1 Taza de pulpa de tomates
Sal, pimienta, comino, pimentón dulce a gusto.
2 dientes de ajo picado
Aceite de oliva



Preparación

Pelar 500 grs de  berenjenas, cortarlas a lo largo en finas lonjas. Freírlas hasta que estén tiernas. Reservar.

Cortar los 500 grs de berenjenas restantes en rodajas. Rehogar en aceite con los ajos picados hasta que estén tiernas. Agregar la pulpa de tomates, las especias, sal y cocinar a fuego lento. Colocar  rodajas de tomate fresco y cocinar  por 10 minutos  más. Agregar los garbanzos.

Con la mitad de la preparación, rellenar las lonjas de berenjenas enrollar y acomodar en una fuente para horno.

Agregar  las papas hervidas cortadas en rodajas a la preparación sobrante y colocar sobre los rollos de berenjenas.

Gratinar en horno fuerte por 10 minutos. Servir caliente.


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Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

Amón en el Antiguo Egipto

  • Es necesario repetir una vez más la antigua y siempre actual pregunta: ¿existe un Dios Creador, o no existe? Y se deberá, por la posesión de ideas claras, propias, responder a conciencia.
  • Hacia fines del siglo XIX, en la antesala de la cámara mortuoria de un biólogo ilustre se habían reunido sus amigos, de diversas tendencias como es de imaginar, tratándose de un hombre de fama. Un católico, conversando con un anciano caballero, expresó su pesar por el hecho de que el moribundo no se hubiera reconciliado con Dios. ¿Cree usted, pregunto el caballero, que esté lejos de Dios? Dijo el católico que sí, que era ateo, que había orientado a muchos en el sendero del descreimiento. El caballero insistió: ¿puede creerse que tan gran ser, tan profundo conocedor del hombre y de la naturaleza, puede estar alejado de Dios?
  • Pero, ¿hay ateos? No refiriéndose a seres que lo afirman, sin haber reflexionado, tal vez incapaces de ello; sino refiriéndose a seres en quienes preocupa hondamente la cuestión.
  • De los que creen en Dios, pueden distinguirse dos tipos.
  • Pertenecen al primero, los que creen en un Dios Creador, fuera de ellos distinto a ellos, que no pueden alcanzar, con el que podrán unirse.
  • Pertenecen al segundo tipo los que creen que el Yo forma parte de la Unidad, de Dios, y tiende por expansión a confundirse con Él.
  • Es necesario aquí reseñar la razón de ser de las corrientes monoteístas y politeístas.
  • No se explica nada afirmando que los primeros creen en un solo Dios, y los últimos en varios dioses.
  • La raza aria, heredera de los atlantes, al desarrollar su personalidad individual y racional, necesitó aferrarse al Yo y la proyección del Yo daba como resultado el monoteísmo. Un hombre perfecto necesitaba un molde primordial, perfectísimo: Dios.
  • El monoteísmo degeneró, desde luego -según como el Yo se vincula o se opone al mundo que lo rodea y a las potencias interiores desconocidas de sí mismo-, en un Dios personal. Pero la mente del hombre ario, al trazar un puente entre el instinto y la intuición con la potencia de la razón, podía construir una infinidad de imágenes semejantes a la suya, más o menos perfectas, podía crear representaciones más o menos exactas de su molde divino, llegando así las almas al politeísmo.



  • Pasado el proceso de densificación del ser, del descenso del Yo, hay una tendencia de éste a unirse con otros entes separados: tiende a la expansión, y esto da como resultado el politeísmo. Individualiza aspectos del mundo externo del Yo a los cuales quiere unirse éste.
  • Pero siempre lo fundamental consiste en considerar que lo Inmanifestado se expresa por lo Manifestado, y que lo Manifestado sirve de asiento a lo Inmanifestado.
  • El hombre ario, al ir perfeccionando su propio yo, perfeccionó su creencia monoteísta y al ir perfeccionando sus posibilidades de similitud, desarrolló y perfeccionó su creencia politeísta.
  • El culto politeísta llego a su máxima expresión en Egipto, antes del culto personal de Osiris. Los sacerdotes desarrollaron la mente para conocer más y más; el amor no lo concebían como los monoteístas, sino como algo más elevado y divino. Muchos de estos sacerdotes eran de sangre real y el Faraón, siempre se desposaba con mujer de su sangre. Esto sucedió durante milenios. Si no lo hacían así creían que perderían el poder divino y real, como en efecto aconteció.
  • Simultáneamente con el politeísmo de los sacerdotes de Amón, en el … de los nómadas negros -tanto en Asia como en África- predomina el culto monoteísta.
  • En los Templos de los Sacerdotes de Amón como en los Templos de los Sacerdotes de Mitania, de Kush, de Punt y otros, se guardaban las enseñanzas esotéricas de ambas corrientes, y se practicaban estrictamente sus ritos.
  • Pero estas dos fuerzas tenían que trabarse en lucha para su predominio, y ésto aconteció en tiempos de Iknatón, primer personaje histórico de la era del Egipto, cuando se entabló la guerra religiosa llamada de los dos soles.
  • En tiempos de la Dinastía XVIII aparecieron en Egipto los primeros síntomas de crisis religiosa, que habrían de culminar con la lucha de los dos soles: Amón y Atón.
  • Tutmosis IV se casó con una princesa asiática de Mitania, y a esta influencia asiática hay que atribuir la importancia de los siguientes cambios religiosos ya que su nieto, Amenofis IV, cuando subió al trono -el año 1.375 A.C.-, empezó la lucha contra el Templo de Amón, y como ni él ni su esposa Nefertiti, también de origen asiático, no hicieron el juramento tradicional al Dios Amón, fue llamado más tarde el Faraón Hereje.
  • Tenía doce años al subir al trono y enseguida se mostró abiertamente adicto al Dios Único que llamó con el nombre del Sol Atón, y tomó luego el nombre de Iknatón (satisfecho está Atón).
  • La escuela esotérica monoteísta iba ganando terreno: el concepto de Dios Único -no se veneraban imágenes en la religión de Atón-, sino un disco solar que extiende sus rayos que terminan en forma de manos que sostienen el Ank, signo de la vida, y el concepto de la fraternidad universal los anima. La escuela de Amón con sus grandes jerarquías y su culto de muchos dioses fue suprimida y perseguida, y sus inmensas riquezas confiscadas. Sus sacerdotes se exilaron u ocultaron. Los sacerdotes rapados de la escuela de Amón, fueron substituidos por los de pelo largo de Atón.



  • El arte, en ese tiempo, tiene una gran evolución: las figuras simbólicas e hieráticas son suplantadas por las figuras reales y vivas; pero al Faraón se le empieza a representar de mayor tamaño en relación a las otras figuras. La madre Teye de Iknatón al parecer simpatizaba con las tendencias del hijo pero no abiertamente.
  • En el quinto año del reinado de Iknatón nace la primera hija: Merit-Aton. En ese tiempo, subsistían al lado de Atón, otros dioses. Pero este estado de cosas no debía durar, pues el Faraón entró en conflicto abierto con los sacerdotes de Amón-Ra. Esto se produjo poco después de la muerte de Tii, donde se deduce que la acción de ésta última era moderadora.

Por el Maestro S. Bovisio

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Napoleón y sus movimientos en Egipto y Palestina

Batalla de las Pirámides (1798)

Al atardecer del primero de julio de 1798, treinta y seis mil soldados, algo más de dos mil oficiales y unas trescientas mujeres entre esposas de militares y prostitutas embarcadas ilegalmente en una de las flotas de guerra más grandes jamás armadas, pusieron pie en las playas egipcias de Alejandría, Rosetta y Damietta. Salvo una reducidísima élite militar, ninguno sabía a ciencia cierta qué esperaba Francia de ellos al otro extremo del Mediterráneo.

Superados los primeros inconvenientes, en sólo veinte días parte de esos efectivos se habían hecho ya con el control del Delta del Nilo y descendían rumbo a El Cairo. Allí vieron por primera vez las impresionantes pirámides de Giza, y bajo sus sombras picudas derrotaron a las poco organizadas hordas de combatientes mamelucos. De esta forma, se ponía fin a tres siglos de dominio otomano en Egipto.



Quien dirigió tan colosal como desconocida operación fue el prometedor y ambicioso general Napoleón Bonaparte. Con la complicidad del ministro de Asuntos Exteriores y del cónsul francés en la capital egipcia, éste planeaba cortar la próspera ruta comercial de los ingleses con Asia, para debilitar así al peor enemigo que tenía Francia por aquel entonces. Napoleón, no obstante, pronto cayó preso de su propia ambición. El almirante británico Horace Nelson localizó y hundió su flamante flota frente a las costas de Abukir el 1 de agosto de aquel mismo año, causando más de mil setecientas bajas y dejándole aislado, sin suministros y a merced de sus enemigos en un territorio hostil y extraño. Pero los franceses resistieron con tenacidad.

Durante los siguientes catorce meses que pasó en tierras egipcias, Bonaparte aprovechó bien el tiempo: fundó un instituto para estudiar el misterioso pasado de aquel pueblo, y puso a trabajar a más de ciento sesenta sabios expresamente reclutados en Francia para exprimir de sus estériles arenas el jugo de una ciencia olvidada y poderosa. Sólo esa acción demostraba que su propósito final en tierras faraónicas no era exclusivamente bélico.

Tal fue la obsesión del general por controlar aquella región del planeta que incluso se adentró en Tierra Santa con la intención de sojuzgarla. Era como si Bonaparte pretendiera emular las hazañas de los primeros cruzados. De hecho, al modo de un templario del siglo XIII, atravesó Palestina de sur a norte, hasta que el 14 de abril de 1799, contra la voluntad de todos los generales que le acompañaban, quiso pernoctar en un pequeño villorrio cercano al lago Tiberiades llamado Nazaret. Jamás —nunca, ni siquiera en su postrer exilio en Santa Elena— explicó el porqué de aquella decisión.

Su campaña militar en los Santos Lugares y Siria fue otro fracaso. Sabía que su carrera amenazaba con desplomarse si persistían las derrotas y los errores estratégicos. Quizá por ello Napoleón asedió Jaffa, la conquistó a sangre y fuego y acabó con las vidas de soldados, mujeres, ancianos y niños sin ningún miramiento. Pero San Juan de Acre —el último reducto de los turcos rebeldes— se le resistió, truncando sus planes de llegar hasta las puertas mismas de Constantinopla, y echando por la borda su secreto deseo de emular las conquistas de Alejandro Magno.

Desmoralizado, el general regresó a El Cairo para descubrir que, el 15 de julio de 1799, más de quince mil turcos apoyados por los ingleses habían desembarcado en Abukir dispuestos a expulsarle definitivamente de Egipto. El lugar elegido por sus enemigos trajo funestos recuerdos a Napoleón. Pero el 25 de julio sus tropas derrotaron a los mamelucos, vengando en parte el agravio de Nelson.

Bonaparte, embriagado por el éxito, puso de nuevo rumbo a El Cairo, adonde llegó el 11 de agosto, en medio de los calores más fuertes del año. Fue entonces cuando sucedió algo inesperado: mientras ultimaba discretamente su regreso triunfal a Francia, decidió pasar otra noche en un lugar poco recomendable. Esta vez, en el interior de la Gran Pirámide de Giza.



Tampoco explicó nunca el porqué de esta otra decisión. Ni dio demasiados detalles de lo que allá adentro le ocurrió. Sus biógrafos no resolvieron jamás el misterio. Pero después de permanecer la madrugada del 12 al 13 de agosto de 1799 en el vientre del mayor monumento levantado por el hombre en la antigüedad, Napoleón no volvería a ser ya el mismo…

Por J. Sierra

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La eterna interacción de Osiris, Isis y Tifón

No es entonces descabellado que los egipcios sostengan en su mitología que el alma de Osiris es eterna e incorruptible, mientras su cuerpo es repetidamente desmembrado y ocultado por Tifón, e Isis lo busca por todas partes y logra recomponerlo nuevamente. El ser está por encima de toda corrupción, así como de todo cambio.

Plutarco, Iside et Osiride, LIV.



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El papiro del sacerdote escriba egipcio HAN ANA

Durante la época del Imperio Nuevo egipcio, y bajo el reinado del faraón SETI II en la dinastía XIX, vivió un sacerdote que fue escriba, cuyo nombre era HAN ANA, el cual hace 3300 años dejó escrito en un papiro que lleva su nombre, lo siguiente:

«Miren, en este papiro está escrito.
Lean esto hombres del futuro, si es que sus
dioses os dieron inteligencia.
Os pido que aprendáis los secretos de mi hoy
que es vuestro pasado y que para vosotros
se encuentra tan lejano, pero en verdad tan
próximo.

Los hombres no viven solo una vez y se van
para no volver. Viven muchas vidas en
diferentes lugares, incluso fuera de este
mundo. También hay un velo de oscuridad
entre una vida y otra. Nuestra ciencia nos
enseña que vivimos eternamente, y la
eternidad al ser sin principio y sin fin, es como
un círculo, por lo tanto si seguimos viviendo,
también es que hemos vivido siempre.

Nuestros Ka, que son nuestras secretas almas,
nos brindan de la fuente infinita de la sabiduría aquello que está oculto, olvidado en
el ser del hombre, así como dan a quienes
están formados en la Sagrada Ciencia poderes
para obrar milagros.

Entre los de nuestro pueblo, el escarabajo
Kephri, no es dios, si no, un símbolo que lo
representa porque pone a incubar sus huevos
dentro de una bola de lodo.
Como Dios, que hace rodar al mundo, que
parece ser redondo y hace que produzca
vida.

Todos los dioses envían su amor al mundo, sin
el cual éste no sería. Mi fe me enseña que la
vida no acaba con la muerte y por lo tanto ese
amor, siendo el alimento del alma debe existir
mientras ella exista.

La fortaleza (Djedú) de ese amor, que aunque
no se vea es como un cordón, unirá a dos almas
mucho después de que el mundo mismo esté
muerto.

Si perdieras a tu gran amor, no sufras, la
muerte es solo la nodriza que lo ha puesto
a dormir y por la mañana se despertará
otra vez para recorrer otro día
con aquellos
que la han acompañado desde el principio.
Sabe que el hombre, vuelve a la existencia
muchas veces y llega un momento en el cual él
es consciente de todas sus vidas pasadas…. «



En todos los escritos egipcios que se refieren a la reencarnación, veremos que se representa siempre simbólicamente a la vida, o a la nueva vida, como la duración de un día que recorrerá renaciendo o despertando por la mañana.

No podemos dejar de sorprendernos al ver como en un texto de mas de tres mil años de antigüedad, ya se tenía el concepto de la redondez de la tierra, así como el de la relatividad del tiempo, unido al entendimiento de la eternidad y el amor como motor de toda la creación.

Sin embargo, podemos encontrar similar información documentada también en papiros o en textos inscriptos en distintas tumbas, con una antigüedad mucho mayor inclusive.

Por S. A. Merek

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