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Breve relato de los judíos que traicionaron Tiro y la quisieron tomar

Ciudad de Tiro

Cuando Cosroes asedió Constantinopla, el territorio de Siria se encontró sin soldados bizantinos (ğund al-rūm). En la ciudad de Tiro (Ṣūr) había cuatro mil judíos (yahūdī). Los judíos que se encontraban en Tiro mandaron cartas a los judíos de Jerusalén (Bayt al-Quds), de Chipre, de Damasco, de Galilea y de Tiberiades invitándolos a reunirse todos en la noche de la Pascua (Faṣah) de los cristianos (naṣāra) desde donde exterminar a los cristianos que se encontraban en Tiro, para después subir a Jerusalén, matar a cada cristiano que se encontrara allí y adueñarse de la ciudad.

Sabida la noticia, bien por el patricio (baṭrīq) de estancia en Tiro, bien por la población de Tiro, tomaron a los judíos que estaban en Tiro, los ataron con cadenas de hierro y los arrojaron a la cárcel. Después atrancaron las puertas de Tiro y colocaron las catapultas y las balistas. Cuando llegó la noche de la Pascua de los cristianos, los judíos de cada pueblo vinieron a Tiro como les habían escrito los judíos (de Tiro), y según el entendimiento acordado. Eran aproximadamente veinte mil hombres.




Los habitantes de la ciudad lucharon con saña contra ellos desde lo alto de las murallas. Los judíos se encargaron entonces de abatir cada iglesia (kanīsa) que se encontraban fuera de la muralla de Tiro. Pero por cada iglesia que abatían, los habitantes de Tiro hacían llevar sobre las murallas cien judíos que tenían prisioneros, los decapitaban y arrojaban fuera las cabezas. Decapitaron así a dos mil hombres. Después se elevó un griterío entre judíos y fueron derrotados. Los habitantes de Tiro salieron, los persiguieron, los pusieron en fuga e hicieron una gran masacre. Los que sobrevivieron regresaron humillados a sus respectivos lugares de proveniencia 1.

Por C. Martínez Carrasco (Univ. de Granada)


Notas:

  1. Eutiquio, Annales, I, XVII.29, pp. 308-309 [Ed. del texto: I, pp. 218-219].

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El Templo de la Iniciación de las Escuelas Esotéricas de Amón

Se estudiaban los libros de la Madre Eterna en este Templo, y fue en él donde con las Escuelas Esotéricas de Amón llegó al máximo esplendor el poder y la sabiduría de los Sacerdotes de Amón, con quienes alcanzó el politeísmo su mayor fulgor.




El Templo de Amón que se rememorará -la influencia de cuyos sacerdotes se hacía sentir en todo el mundo a pesar de que, físicamente, no lo abandonaban jamás-, podría ubicarse a unos cien kilómetros de Tebas, próximo al Nilo. Era de gran extensión, cuadrado, de mármol blanco.

Sus moradores, hombres y mujeres, vivían en recintos completamente separados por altos y anchos muros. Y -tanto hombres como mujeres-, estaban completamente apartados del mundo. Realmente muertos para el mundo exterior. Durante muchos años vivían en recintos, los cuales no tenían ventanas que dieran al exterior.

Para ingresar al Templo era menester, más que la vocación del candidato, ser elegido. Algunos eran atraídos hasta psíquicamente. Se ingresaba a los doce años. Tan solemne era el paso -pues verdaderamente se moría para la vida ordinaria-, que los parientes del candidato lo acompañaban como en procesión fúnebre, y lo llevaban a un recinto externo del Templo en el que no había más que un ataúd vacío en el que era depositado.

A menudo estos candidatos eran de sangre real. Esto era importante ya que los faraones, en época de esplendor, eran iniciados por los sacerdotes y éstos eran también “reales”, por su saber, su poder y su sangre.

Había siete recintos.

El ataúd, con el candidato depositado en él, era transportado al primero.

El postulante, de coronar su carrera, debía pasar por siete grados, variando la duración de cada uno, y sólo la minoría llegaba a la cima. Las enseñanzas versaban tanto sobre el aspecto físico como el intelectual; nunca a uno de ellos.

Cada grado se cumplía, sucesivamente, en uno de los amurallados recintos ya citados.

El primer grado, -que podría llamarse de “renovación física y olvido”- estaba a cargo de sacerdotes muy experimentados. En él se despojaba al neófito de todo lo que traía del mundo. Desde luego sus ropas y todo objeto personal. Se le sometía a pruebas de la vista y de escritura; se le arrancaban las uñas para librarlo de instintos animales.

Como en el caso de los novicios de las órdenes cristianas, no estudiaban. Por el contrario; se procuraba que olvidaran todo lo que sabían, lo que se conseguía mediante brebajes especiales que no sólo provocaban la eliminación de las impurezas del cuerpo, sino que también hacían olvidar todo lo aprendido.

Estos brebajes provocaban altas fiebres y se descendía mucho de peso. Dependía pues de la constitución de cada uno la duración de este grado, que variaba entre una semana o varios años.

Cuando el candidato estaba purificado y había olvidado todo lo que sabía: leer, escribir, etc., y hasta su nombre, su familia y todos los hechos acaecidos en su vida hasta ese momento, se le dormía una vez más y se le trasladaba al segundo recinto.

El segundo grado podría describirse como de “desarrollo de la inteligencia”. Téngase presente que aquí entraba el adolescente elegido, purificado y sin noción alguna de su vida anterior.

Se trataba de un lugar tan hermoso como imaginar se pueda. Todo lo que podía aportar la ciencia y el poderío de un rico imperio se reunía allí: palacios construidos con los incomparables mármoles blancos, azules y verdes del antiguo Egipto; tan maravillosos eran que servían para estudiar a los sacerdotes, los reflejos de la luz solar. En estos palacios se resumían las más hermosas pinturas, esculturas y obras de arte. Los jardines eran indescriptibles y tan cuidadas sus plantas que había casos en que una sola de éstas contaba con su cuidador exclusivo. Para los cultivos se aprovechaban las crecientes de primavera del Nilo. En este grado se estudiaban ciencia y artes. Religión, no. Se desarrollaba la inteligencia; la flexibilidad mental.




Se previene contra la posible confusión entre inteligencia y espiritualidad: un ser espiritual bien puede carecer de flexibilidad mental y, a la inversa, un intelectual carecer de espiritualidad.

En este grado se enseñaba a discernir. Después de un tiempo, naturalmente variable, poseían los estudiantes un juicio muy seguro tanto en el orden científico como en el estético.

Cuando llegaba el momento para el paso al tercer grado, -que podría calificarse de “recuerdo y elección”-, se hipnotizaba al estudiante y pasaba al siguiente recinto.

No todos, lógicamente, lograban dar este paso pues a muchos les resultaba excesivamente difícil. Dado que, una vez entrado el neófito al Templo no salía jamás, estos seres quedaban en lo que podría designarse “sacerdotes sirvientes”, entre los cuales se hallaban los embalsamadores. Los que no trascendían el primer grado se ocupaban de la proveeduría y demás aspectos de la administración material del Templo.

En el tercer grado ya leen los Libros de la Madre Divina. Estudian lo que podría denominarse “psicología”. Vuelven a recordar su vida anterior. Pero en este recinto fracasaba el setenta por ciento. El estudio de las Enseñanzas llevaba a muchos al conocimiento de que si lo único real es el Uno, de nada servía lo “demás”; ¿para que comer, o dormir o cualquier cosa que no sea Aquello? La mayoría se dejaba morir.

A partir del cuarto grado eran muy pocos los que fracasaban. Se dedicaban al estudio de la magia. Para que pudieran ofrecer a otros la oportunidad de adelantar, adquirían poderes psíquicos: clarividencia, viajes astrales, etc.

Recién en el quinto grado dedicábanse a la Contemplación.

En el sexto grado se estudiaba la Teología. Reconocían que cualquier unión lograda es momentánea; tan ligada está la personalidad a aquello que la rodea.

Cuando los sacerdotes imponían un castigo, por severo que fuera, procedían sin temor alguno pues sostenían que si el castigado era culpable, necesariamente expiaría por Karma su culpa, de tal modo que el castigo no hacía sino anticiparlo.

El Templo se encuentra ahora escondido, sepultado bajo las arenas. Los Islámicos se han encargado de hacerlo inaccesible.

Uno de los poderes que poseían los sacerdotes de Amón, era el morir por éxtasis. Habían adquirido tales conocimientos del más allá que nada temían; esto suscitó abusos que hizo necesaria una severa reglamentación.

Para ello se exigía que se juramentaran siete sacerdotes, acordando entre sí que todos ellos se provocarían la muerte llegado a determinado extremo; si uno sólo se decidía, los seis restantes debían también morir. Este pacto podía concertarse de por vida o por un término determinado.

Llegado el extremo los siete juramentados se retiraban a un lugar apartado. Ayunaban, por lo general cuarenta días; habiendo casos en que lo hacían por veintisiete o dieciocho días. El objeto de tal práctica era el de debilitar el cuerpo físico para disponer con mayor facilidad de él. Mientras tanto vivían concentrados sobre la entidad más alta concebible.




Recién pasado este ayuno se concentraban sobre sus centros, comenzando por los inferiores. Lo hacían sobre cada parte de un centro, considerando su inutilidad. Estos, vaciados de su razón de ser, cesaban de actuar.

Procedían así, sucesivamente, con todos los centros. Cuando llegaban al superior resultaba que, a pesar de todo, estaban fuertemente atados a la vida. Procedían entonces al examen retrospectivo, después del cual podían ya dar el gran paso.

Por el Maestro S. Bovisio

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