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El día de la Maldita Parada – Amin Maalouf

Vista General de la Alhambra [con el Albaicín en primer plano] Lewis 1833 BNE

« ¡Aquella maldita Parada! »

Mi madre volvió a sentir náuseas, como en las primeras semanas de su embarazo, y en sus confusos recuerdos volvió a verse como una niña de diez años, descalza, sentada en el barro en medio de una calleja desierta por la que había pasado cien veces pero que ya no reconocía, tirando de una punta del arrugado vestido rojo, empapado y sucio, para ocultar el rostro lloroso. «Yo era la niña más bonita y más mimada de todo el arrabal del Albaicín y tu abuela -¡Dios la perdone!- me había prendido a la ropa dos amuletos idénticos, uno a la vista y otro oculto, para no correr ningún riesgo con la mala suerte. Pero aquel día, todo fue inútil. »

«El sultán de entonces, Abu-l-Hasan, había decidido organizar, día tras día y semana tras semana, pomposas paradas militares para mostrar a todo el mundo cuán grande era su poderío -¡Sólo Dios es poderoso y no ama a los arrogantes!- Aquel sultán había mandado construir en la colina roja de la Alhambra, cerca de la puerta de la Traición, unas gradas en las que se instalaba todas las mañanas con su séquito, recibía a sus visitantes y trataba de los asuntos del Estado, mientras destacamentos de soldados procedentes de todos los rincones del reino, desde Ronda hasta Baeza y desde Málaga hasta Almería, desfilaban sin tregua saludándolo y deseándole salud y larga vida. Los habitantes de Granada y de los pueblos aledaños habían cogido la costumbre de concentrarse, grandes y chicos, en las laderas de la Sabika, al pie de la Alhambra, junto al cementerio, lugar desde el que podían ver, por encima de ellos, la interminable ceremonia. En las proximidades, se instalaban vendedores ambulantes que lo mismo vendían salchichas mirkás, que buñuelos o refrescos de agua de azahar.»

Al décimo día de Parada, cuando el año árabe 882 tocaba a su fin, la siempre discreta celebración del Ras-es-Sana apenas se notó en medio de los ininterrumpidos festejos. Estos iban a continuar durante todo el Muharram, el primer mes del año nuevo, y mi madre, que iba todos los días a la Sabika con sus hermanos y sus primos, se fijó en que el número de espectadores no dejaba de crecer, que había cada vez más caras desconocidas. Los borrachos se multiplicaban por las calles, se cometían robos, estallaban las riñas entre pandillas de jóvenes que se apaleaban hasta que corría la sangre. Hubo un muerto y varios heridos, lo que llevó al muhtasib, preboste de los comerciantes, a recurrir a la policía.


Fue entonces cuando, por temor a desórdenes y motines, el sultán decidió al fin interrumpir los festejos. Decretó que el último día de la Parada sería el 22 de Muharram del año 883, que correspondía al 25 de abril del año de Cristo de 1478, añadiendo, sin embargo, que los regocijos finales serían aún más suntuosos que los de las semanas anteriores. Aquel día, en la Sabika, las mujeres de las barriadas populares se habían mezclado, con o sin velo, con hombres de toda condición. Los niños de la ciudad, entre los que se hallaba mi madre, habían salido con sus vestidos nuevos desde las primeras horas de la mañana, no sin haberse provisto de algunas monedas de cobre para comprarse higos secos de Málaga.

Atraídos por la creciente muchedumbre, malabaristas, ilusionistas, saltimbanquis, funámbulos, equilibristas, exhibidores de jimios, mendigos, ciegos auténticos o fingidos, se habían diseminado por toda la barriada de la Sabika, y como era primavera, había campesinos que se paseaban con sementales que cubrían, a cambio de una retribución, a las yeguas que les llevaban.

«Toda la mañana, recordaba mi madre, habíamos estado gritando y palmoteando en el espectáculo del juego de la tabla, durante el cual los jinetes cenetes intentaban, uno tras otro, dar en la diana de madera con unos palos que arrojaban desde su montura al galope. No podíamos ver quién acertaba más, pero el clamor que no llegaba desde la colina, desde el lugar llamado precisamente al-Tabla, nos señalaba sin error posible a ganadores y perdedores.»

«De pronto, una nube negra apareció sobre nuestras cabezas. Llegó tan deprisa que nos dio la impresión de que el sol se apagaba como una lámpara que un genio hubiera soplado. Se hizo de noche a las doce del día, y sin haberlo ordenado el sultán, el juego se acabó, pues todo el mundo sentía sobre los hombros el peso de cielo.»

«Hubo un relámpago, el restallar de un rayo, otro relámpago, un fragor sordo luego trombas de agua se nos vinieron encima. Al saber que se trataba de una tormenta y no de una sombría maldición, me sentía algo menos atemorizada y, lo mismo que miles de personas apiñadas en la Sabika, me puse a buscar dónde refugiarme. Mi hermano el mayor me llevaba de la mano, lo que me tranquilizaba pero también me obligaba a ir corriendo por una calzada ya embarrada. De repente, a uno pasos de nosotros, se cayeron unos niños y unos viejos y, al pisotearlos, la muchedumbre enloqueció. Seguía reinando la misma oscuridad. Los alaridos de dolor se confundían con los gritos de espanto. Resbalé a mi vez y me solté de la mano de mi hermano para aferrarme a los vuelos de un vestido mojado, y luego a otros, sin poder nunca agarrarme de verdad. El agua me llegaba ya a las rodillas, gritaba, seguramente más fuerte que los demás.»

«En cinco o seis ocasiones me caí y me volví a levantar sin que me pisotearan hasta que poco a poco me di cuenta de que la muchedumbre que me rodeaba en menos densa y se movía también más despacio pues el camino era empinado y las riadas que por él bajaban iban creciendo. No reconocía a la gente ni el lugar, ya no buscaba a mis hermanos ni a mis primos. Me arrojé dentro de un portal y tanto de cansancio como de desesperación me quedé dormida.»

«Me desperté una o dos horas después. Estaba menos oscuro pero seguía lloviendo a cántaros y un fragor ensordecedor llegaba hasta mí por todas partes, haciendo temblar la losa en que estaba sentada. ¡Cuántas veces había recorrido la callejuela en que me hallaba! Pero al verla así, desierta y recorrida por un torrente, no lograba situarla. Me estremecí de frío, tenía la ropa empapada, las sandalias se me habían perdido en la carrera, del cabello me chorreaba un hilillo de agua helada que me bañaba sin cesar los ojos abrasados por el llanto. Volví a estremecerme, tosí a pleno pulmón, cuando una voz de mujer me llamó: “¡Niña, niña, por aquí!” Paseando la mirada en todas direcciones, vi, muy por encima de mí, en el marco de una ventana arqueada, un pañuelo de rayas y una mano que se agitaba.»

Mi madre me había advertido que no debía entrar nunca en una casa desconocida y que a mi edad debía empezar a no fiarme no sólo de los hombres sino tampoco de algunas mujeres. Mi vacilación no duró mucho, sin embargo. A unos treinta pasos, en el mismo lado de la calle, la que me había interpelado acudió, en efecto, a abrir una pesada puerta de madera, apresurándose a gritar, para tranquilizarme: “Te conozco, eres la hija de Suleymán el librero, un hombre de bien que vive en el temor del Altísimo? Me iba acercando a ella a medida que hablaba.” Te he visto varias veces pasar con él para ir a casa de tu tía materna Tamima, ha mujer del notario, que vive cerca de aquí, en el callejón del Membrillo?

Aunque no había ningún hombre a la vista, se había cubierto el rostro con un velo blanco que no se quitó hasta haber echado el cerrojo a la puerta, cuando hube entrado. Cogiéndome entonces de ha mano, me hizo recorrer un estrecho pasillo que formaba una especie de codo y luego, sin soltarme, cruzó corriendo bajo la lluvia un patinillo, antes de internarse en una estrecha escalera de peldaños empinados que nos condujo a su habitación.  Me llevó despacio hacia la ventana: “¡Mira, es la cólera de Dios!”

Me asomé con aprensión. Me hallaba en ha cumbre de la colina de Mauror. A la derecha, tenía la nueva Casba de la Alhambra, a la izquierda, en lontananza, la vieja Casba, con los minaretes blancos de mi arrabal del Albaicín al otro lado de las murallas. El fragor que había oído en la calle era ahora ensordecedor. Buscando con la vista el origen del ruido, miré hacia abajo y no pude contener un grito de horror. “¡Dios tenga piedad de nosotros, es el diluvio de Noé!”, mascullaba mi anfitriona detrás de mí.


El espectáculo que se ofrecía ante sus ojos de niña atemorizada, mi madre no había de olvidarlo jamás, como tampoco habían de olvidarlo cuantos se encontraban en Granada aquel maldito día de la Parada. En el valle por el que corría habitualmente el ruidoso pero apacible Darro, hete aquí que se había formado un torrente enloquecido que todo lo barría a su paso, que devastaba jardines y huertos, que arrancaba de raíz miles de árboles, majestuosos olmos, nogales centenarios, fresnos, almendros y alisos, antes de penetrar en el corazón de la ciudad, acarreando todos sus trofeos cual conquistador tártaro, rodeando los barrios del centro, demoliendo cientos de casas, de tenderetes y de almacenes, arrasando las viviendas construidas en los puentes, hasta formar, al final del día, a causa de los residuos que la Mezquita Mayor, la Alcaicería de los negociantes, el zoco de los joyeros y el de los herreros.

Nadie sabe el número de personas que perecieron ahogadas, aplastadas entre los escombros o arrastradas por la riada. Al atardecer, cuando el Cielo permitió al fin que se disipara la pesadilla, el torrente se llevó los residuos fuera de la ciudad, mientras que el agua refluía más deprisa de lo que había afluido. Al amanecer, las victimas seguían cubriendo el reluciente suelo pero el asesino estaba lejos.

«Era el justo castigo a los crímenes de Granada», decía mi madre con la monotonía de las frases definitivas. «Dios quería mostrar Su poder a ningún otro igual y castigar la arrogancia de los gobernantes, su corrupción, su injusticia y su depravación. Tenía empeño en avisarnos de lo que se nos iba a venir encima si persistíamos en el camino de la impiedad, pero los ojos y los corazones permanecieron cerrados.»

Amin Maalouf



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La ciudad árabe resplandeciente se oculta al lado del Guadalquivir

Almanzor muestra a Asma la cabeza de su padre Galib, clavada en la puerta de Medina Al Zahira. Litografía reproducida en ‘Almanzor’, de Laura Bariani (Nerea). J. J. Martínez

La falta de recursos impide buscar los restos de Al Medina Al Zahira, la espléndida fortaleza que levantó Almanzor al este de Córdoba para sustituir la Medina Azahara de los omeyas.

Tenía, según las crónicas árabes de la época, columnas transparentes como el agua y esbeltas como cuellos de doncellas, asientos de mármol blancos y relucientes como alcanfor perfumado y albercas con surtidores en forma de leones. Puede que todo ese lujo esté hoy sepultado a apenas un metro de la superficie bajo seis campos de fútbol, un gris molino harinero abandonado y una salida de la autopista A-4 que mira a un meandro del Guadalquivir.

Era Al Medina Al Zahira, el complejo palatino que mandó construir a las afueras de Córdoba hace más de mil años el famoso líder Almanzor para sustituir a Medina Azahara, el símbolo del poder omeya que había ordenado levantar el califa Abderramán III. Mientras la segunda es candidata a convertirse este año en Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, de Al Medina Al Zahira aún no se sabe siquiera dónde se alzaba, solo su emplazamiento más plausible —a escasos kilómetros al este de Córdoba— que nunca ha sido excavado. La “ciudad resplandeciente”, (su significado en árabe), apenas duró en pie dos décadas, antes de ser destruida en la fitna de Al Andalus, el enfrentamiento interno que acabó con el Califato de Córdoba y dio lugar a los primeros reinos de taifas.


Que la urbe existió se sabe desde hace tiempo: aparece en textos medievales y un libro andalusí, actualmente desaparecido, glosaba las “esplendidas maravillas de su belleza”. El Museo Arqueológico Nacional de Madrid expone una pila para abluciones con dos águilas enfrentadas y una cenefa en árabe que indica que era un encargo para el “Alcázar de Azzahira” terminado en el año islámico 376, es decir, el 987 o 988 después de Cristo.

Almanzor era entonces el gobernante de facto de Al Andalus, tras años de acumular poder sin miramientos, y veía necesario contar con su propia ciudad-fortaleza. “Estaba obsesionado por hacer lo que un califa sin ser califa”, explica Eduardo Manzano, investigador del CSIC experto en el Al Andalus omeya. Nacido en Torrox (Málaga), en una familia de origen yemení, Almanzor se esforzó desde su llegada a Córdoba en escalar posiciones en la enorme administración omeya.

Su gran momento llegó en el 976, cuando murió Al-Hakam II y el heredero califal, Hisham II, tenía solo 11 años, lo que generó una crisis sucesoria. Asesinó al pretendiente al trono y comenzó una carrera ascendente con el apoyo de la madre de Hisham II -y quizás su amante- Subh, la vascona conocida en las crónicas cristianas como Aurora. Acabó por controlar las administraciones civil, militar y judicial, mandó matar a sus antiguos aliados -y hasta a uno de sus hijos- y ganó popularidad entre los suyos gracias a una agresiva campaña de incursiones en los reinos cristianos que arrasó Barcelona y Santiago de Compostela.

Almanzor, (Al Mansur, “el victorioso”, en árabe), fue un personaje complejo que fascina desde hace siglos. “Sus biógrafos nos lo muestran cruel, maquiavélico, amigo de la intriga, pero también justo y refinado”, escribe Ana Echevarría Arsuaga, profesora de Historia Medieval en la UNED, en el libro Almanzor, un califa en la sombra (Sílex). “Siempre se le ha presentado como ambicioso, pero su actuación responde a las luchas de poder que se daban en el seno de la corte omeya. Su aura mítica viene en parte de ser el último de los grandes guerreros medievales musulmanes, junto con Saladino“, el mítico sultán que derrotó a los cruzados en Palestina dos siglos más tarde, apunta Manzano.

Fue en este contexto en el que mandó levantar Al Medina Al Zahira. “Buscaba gobernar con absoluta seguridad. No era una paranoia: las amenazas eran reales”, explica por teléfono Xavier Ballestin, profesor de la Universidad de Barcelona y autor de varios libros sobre el personaje. La urbe se convirtió en el “escenario en el que se mostraba en público y seguía el protocolo de un ceremonial similar al califal”, como recibir dignatarios extranjeros, entregar regalos honoríficos u organizar reuniones literarias, señala Echevarría Arsuaga. En su biografía de Almanzor, publicada por la editorial Nerea, Laura Bariani habla de una ciudad pequeña, “una verdadera fortaleza con torres y atalayas” a la que solo se podía acceder por la muralla opuesta a Córdoba para reforzar su imagen de inexpugnabilidad. En esa Puerta de la Victoria colgó Almanzor la cabeza degollada de Galib, el general que se asoció a castellanos y navarros para tratar de frenar la deriva caudillista de su hasta entonces aliado.

¿Por qué levantó a toda prisa y de la nada un recinto-fortaleza cuando ya existía otra ciudad amurallada? “Medina Azahara estaba demasiado asociada a los omeyas”, agrega Ballestin. “Se trataba además de controlar el acceso al califa. Que solo él lo tuviese”. Hisham II acabó siendo una mera figura simbólica encerrada en Al Medina Al Zahira cuyo nombre seguía apareciendo en las monedas, como si nada. El gran acierto estratégico de Almanzor fue precisamente centralizar el poder sin ceder a la tentación de reemplazar al soberano, considerado descendiente del Profeta Muhammad. De hecho, la guerra civil que desgarró Al Andalus estalló ya tras su muerte, cuando su hijo Abderramán Sanchuelo forzó al califa a nombrarle como sucesor. La población de Córdoba, caldeada ya por los altos impuestos y las desigualdades sociales, se levantó.

La elección de la ubicación de Al Zahira no fue casual. Según unos antiguos presagios, la ciudad que allí se levantase acumularía todo el poder y lo perdería la dinastía omeya. Mil años después, nadie ha logrado averiguar dónde era. Varios intentos, de mayor o menor seriedad, la han situado en el actual polígono industrial de las Quemadas, (con el argumento añadido de que el nombre procede del incendio provocado para destruirla), o bajo un hipermercado cercano. El jefe de la Oficina de Arqueología de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Córdoba, Juan Murillo, apunta a una opción más plausible.

Se trata de un espacio de no más de 300 metros cuadrados junto a la orilla izquierda del Guadalquivir, pocos kilómetros al este de la famosa mezquita-catedral cordobesa. Desde un alto al otro lado del río, se ve allí una mezcla dispersa de colores: el gris de naves y depósitos industriales, el verde de la ciudad deportiva donde entrena el club de fútbol local y el amarillo de los terrenos horadados de cereal.


Murillo, que sigue el tema desde hace años, cita varios indicios. El primero, una red viaria de la época que lleva hacia esa zona. “Si no fuese por la presencia de un conjunto de esa importancia, no tendría el más mínimo sentido, puesto que siempre ha sido una zona inundable”, señala en su despacho mientras muestra en el ordenador una vista aérea de los alrededores. Hay restos además de arrabales orientales, (los más famosos son los occidentales, los que llevaban a Medina Azahara), lo que cuadra con la cercanía de otro centro de poder. De allí proceden tres ataifores, (platos hondos típicamente andalusíes), con la técnica verde y manganeso que expone el Museo Arqueológico de Córdoba, señala su directora, Lola Baena.

Murillo cita también un estudio fluvial elaborado por un equipo del CSIC que concluyó que ese espacio estaría en la época a salvo de las inundaciones que anegaban los terrenos colindantes. Y la existencia en época islámica de tres puentes en esa parte del Guadalquivir, un número aparentemente excesivo.

¿Por qué no se excava allí para comprobarlo? “Se podría, pero no queremos”, responde Murillo. “Es una tema de preservación y de optimización de recursos. Ahora mismo no se dan las condiciones, fundamentalmente económicas, para embarcarnos en semejante cuestión. Los recursos se tienen que dedicar a otras cosas. La prioridad absoluta es la conservación del patrimonio que ya se ha incorporado a la ciudad”, argumenta.

El fin de Al Medina Al Zahira llegó en 1009. Según una crónica posterior, el omeya insurrecto Muhammad Al Mahdi, consciente del simbolismo de arrasar el centro de poder amirí, ordenó  “destruirlo, derribar sus muros, arrancar sus puertas, desmantelar sus palacios y borrar sus trazas, dándose prisa en ello”. Si quedó algo en pie, es todavía un misterio.

Por Antonio Pita
Con información de El País

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El mendigo y la leyenda del tesoro del castillo

Cuando estábamos dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido hermosas facciones; cubríase con un sombrero calañés y traía zamarra y calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido -aunque viejo y remendado- era decente y su porte muy noble, y dirigiose a nosotros con esa grave cortesía que se nota en el más pobre español.

Estuvimos expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de nuestro excelente vino de Málaga. Él lo recibió con gratitud, pero sin ninguna muestra de servil adulación.

Probando el vino lo levantó por alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego, bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años -dijo- que no he probado vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo.»


Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió: «¡Bendito sea tal pan. Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No, señores -respondió-; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia.»

Nuestro Sancho nos miró, e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se sentase a tomar un bocado.

Sentose, pues, a corta distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología.

Creí ver en su interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor. «Cuando era joven -decía- nada podía dañarme ni afligirme: siempre me encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años, y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme.»

Sin embargo, todavía no era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de él.

Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le dijeron, (que es el modo usual de despedir a un pobre en España).

«Yo me fui -continuó- con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era demasiado orgulloso todavía. Dirigime, pues, hacia un río de profundas márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo?

Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal exterior que daba al patio.

La puerta estaba cerrada, pero había dos señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano! Y cerraron la ventana. Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y cubriéndome la cabeza para morir.

A poco de esto vino a recogerme el amo de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas, metiome en su casa y me dio de comer. ¡Vean ustedes, señores, por qué tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen

El anciano iba camino de su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su vetusto castillo árabe: «Aquel castillo -nos dijo- estuvo habitado por un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo junto a las nubes y se reía con desprecio.

En esto se apareció la Virgen a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar. Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su caballo por un precipicio, se hizo pedazos.


Las huellas de las herraduras de su caballo -prosiguió el viejo- todavía se pueden ver en el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo.»

El ideal camino que nos señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra y desaparece.

Luego que el ánimo del viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto.

Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado a vivir perpetuamente de aquel modo.

He notado que las historias de tesoros escondidos por los moros, que
prevalecen tanto en España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!

W. Irving

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