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Los Caballeros Templarios: Orígenes

Que nosotros sepamos, la primera información histórica sobre los Templarios la proporciona un historiador franco llamado Guillermo de Tiro, que escribió entre 1175 y 1185. Fue en el apogeo de las Cruzadas, cuando los ejércitos occidentales ya habían conquistado Tierra Santa y fundado el reino de Jerusalén o, como decían los propios Templarios, «Outremer», la «tierra más allá del mar». Pero cuando Guillermo de Tiro empezó a escribir, Palestina ya llevaba setenta años en manos occidentales, y los Templarios existían desde no más de cincuenta.

Por consiguiente, Guillermo escribía sobre acontecimientos anteriores a su tiempo, acontecimientos que él no había presenciado o experimentado personalmente, sino que conocía de segunda o incluso de tercera mano. De segunda o tercera mano y, por si fuera poco, basándose en fuentes inciertas. Porque no hubo cronistas occidentales en Outremer entre 1127 y 1144. Por tanto, no hay testimonios escritos de aquellos años cruciales.

En resumen, no es mucho lo que sabemos sobre las fuentes de Guillermo, por lo que cabe dudar de algunas de sus afirmaciones. Puede que se inspirase en lo que corría de boca en boca, en una tradición oral que no era demasiado fiable. Otra posibilidad es que consultara a los propios Templarios y luego escribiera lo que éstos le habían contado. En tal caso, da cuenta sólo de lo que los Templarios querían que diese cuenta.


Es verdad que Guillermo nos proporciona cierta información básica; y esta información es la base de todas las crónicas subsiguientes relativas a los Templarios, de todas las explicaciones de la fundación de la orden, de todas las narraciones de sus actividades. Pero, debido a la vaguedad y el esquematismo de Guillermo, debido a la época en que escribió, debido a la escasez de fuentes documentales, este historiador constituye una base precaria para hacernos una idea definitiva del asunto.

Ciertamente, las crónicas de Guillermo son útiles. Pero es una equivocación — ante la que han sucumbido muchos historiadores— considerarlas como irrefutables y totalmente fidedignas. Tal como señala Sir Steven Runciman, incluso las fechas que da Guillermo «son confusas y a veces puede demostrarse que equivocadas».1

Según Guillermo de Tiro, la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón se fundó en 1118. Se dice que su fundador fue un tal Hugues de Payen, un noble de la Champagne, vasallo del conde de la misma. 2 Un día, sin ser requerido a ello, Hugues y ocho de sus camaradas se presentaron en el palacio de Balduino I, rey de Jerusalén, cuyo hermano mayor, Godofredo de Bouillon, había conquistado la Ciudad Santa diecinueve años antes. Al parecer, Balduino los recibió con la mayor cordialidad, y lo mismo hizo el Patriarca de Jerusalén, líder religioso del nuevo reino y emisario especial del Papa.

Guillermo de Tiro añade que el objetivo manifiesto de los Templarios era, «en la medida en que su fuerza se lo permitiese, velar por la seguridad de los caminos y las carreteras […] cuidando de modo especial de la protección de los peregrinos». 3 Al parecer, este objetivo era tan meritorio que el rey puso toda un ala de su palacio a disposición de los caballeros. Y a pesar de su juramento de pobreza, éstos se instalaron en tan lujoso alojamiento. Dice la tradición que sus aposentos estaban edificados sobre los cimientos del antiguo Templo de Salomón y que de ello sacó su nombre la nueva orden.

Durante nueve años, nos cuenta Guillermo de Tiro, los nueve caballeros no permitieron que nadie más entrase en la orden. Se suponía que seguían viviendo en la pobreza, una pobreza tan grande que en los sellos oficiales aparecen dos caballeros a lomos de un solo caballo, lo que da a entender, no sólo fraternidad, sino también una penuria que les impedía tener monturas para todos. A menudo este estilo de sello se considera como una de las divisas más famosas y distintivas de los Templarios, y tiene su origen en los primeros días de la orden. Sin embargo, en realidad data de un siglo después, momento en que los Templarios no eran precisamente pobres, es decir suponiendo que lo fueran alguna vez.

Según Guillermo de Tiro, que escribió medio siglo después, los Templarios se fundaron en 1118 y se instalaron en el palacio del rey, de donde seguramente salían para proteger a los peregrinos en los caminos y carreteras de Tierra Santa. Y sin embargo, existía por aquel tiempo un historiador oficial al servicio del rey. Se llamaba Fulk de Chartres, y escribía, no cincuenta años después de la supuesta fundación de la orden, sino durante los años en que se llevó a cabo la misma. Lo curioso es que Fulk de Chartres no nombra a Hugues de Payen, a sus compañeros ni nada relacionado, siquiera remotamente, con los Caballeros Templarios.

De hecho, hay un silencio ensordecedor sobre las actividades de los Templarios durante los primeros días de su existencia. Ciertamente, no se encuentran testimonios en ninguna parte —ni siquiera más adelante— de que hicieran algo para proteger a los peregrinos. Y además, hay que preguntarse cómo un grupo tan reducido podía albergar la esperanza de desempeñar una tarea tan gigantesca como la que se habían impuesto a sí mismos. ¿Nueve hombres para proteger a los peregrinos que recorrían todas las vías públicas de Tierra Santa? ¿Sólo nueve? ¿Para proteger a todos los peregrinos? Si éste era su objetivo, lo lógico sería que hubiesen admitido nuevos reclutas. Sin embargo, según dice Guillermo de Tiro, durante nueve años no entró en la orden ningún caballero.


No obstante, parece ser que en el plazo de un decenio la fama de los Templarios se extendió por toda Europa. Las autoridades eclesiásticas les dedicaron grandes elogios y ensalzaron su cristiana empresa. En 1128 o poco después un opúsculo alabando sus virtudes y cualidades fue publicado nada menos que por San Bernardo, abad de Clairvaux y principal portavoz de la cristiandad en aquel tiempo. El opúsculo de Bernardo lleva por título «En alabanza de la nueva orden de caballería», y declara que los Templarios son el epítome y la apoteosis de los valores cristianos.

Transcurridos nueve años, en 1127, la mayoría de los nueve caballeros regresaron a Europa, donde se les tributó una bienvenida triunfal, orquestada en gran parte por San Bernardo. En enero de 1128 se convocó un concilio eclesiástico en Troyes —corte del conde de la Champagne, señor feudal de Hugues de Payen—, en el que Bernardo volvió a ser el espíritu guía. En dicho concilio los Templarios fueron reconocidos oficialmente y constituidos en orden religiosa-militar. Hugues de Payen recibió el título de Gran maestre.

Él y sus subordinados serían monjes-guerreros, soldados-místicos, en los que la austera disciplina del claustro se unía a un celo marcial que lindaba con el fanatismo: una «milicia de Cristo», como se les llamó en aquel tiempo. Y de nuevo fue San Bernardo quien, con un prefacio entusiástico, ayudó a redactar la regla de conducta que observarían los caballeros, una regla basada en la de la orden monástica del Cister, en la que el propio Bernardo tenía gran influencia.

Los Templarios hicieron votos de pobreza, de castidad y de obediencia. Estaban obligados a cortarse el pelo, pero tenían prohibido hacer lo mismo con la barba, lo cual les distinguía en una época en la que la mayoría de los hombres iban bien afeitados. La dieta, la indumentaria y otros aspectos de la vida cotidiana quedaron estrictamente reglamentados de acuerdo con pautas tanto religiosas como militares. Todos los miembros de la orden tenían la obligación de vestir hábito blanco o sobrevesta y capa del mismo color, prendas que no tardaron en convertirse en el manto blanco distintivo que hizo famosos a los Templarios.

«No se permite a nadie llevar hábitos blancos, o tener mantos blancos, exceptuando a los […] caballeros de Cristo 4 Así decía la regla de la orden, que explicaba la importancia simbólica de este atuendo: «A todos los caballeros profesos, tanto en invierno como en verano, damos, si pueden obtenerse, prendas blancas, para que aquellos que han dejado atrás una vida tenebrosa sepan que deben encomendarse a su creador por medio de una vida pura y blanca». 5

Además de estos detalles, la regla instauró una jerarquía y un aparato administrativos poco rígidos. Y el comportamiento en el campo de batalla quedaba estrictamente controlado. Si caían prisioneros, por ejemplo, a los Templarios no les estaba permitido pedir clemencia ni ser liberados mediante rescate. Tenían la obligación de luchar hasta la muerte. Tampoco estaban autorizados a retirarse, a menos que el enemigo le superase numéricamente a razón de tres a uno.

Por M. Baigent, R. Leigh & H. Lincoln 


Notas:
  1. RUNCIMAN, Historyofthe Crusades, vol. 2, p. 477.
  2. ESOUIEU, «Les tempüers de Cahors», p. 147, n. 1, explica que Hugues de Payen no nació en la Champagne, sino en el castillo de Mahun, cerca de Annonay, en el valle bajo del Ródano (Ardéche). El testimonio de su nacimiento ha sido encontrado y da como fecha de nacimiento el 9 de febrero de 1070. Seguramente, más adelante se trasladó a la Champagne.
  3. WILLIAM OF TYRE, History of Deeds Done Beyond the Sea, vol. 1, pp. 525 y ss.
  4. ADDISON, History of the Knights Templan, p. 19. Para una copia de la regla original, véase CURZON, La regle du Temple.
  5. ADDISON, History ofthe Knights Templars, p. 19.

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A Cristo – Fadwa Tuqán

Jesús y la samaritana

A Cristo

 

Señor, gloria de los universos
Este año en tu cumpleaños
Toda la alegría de Jerusalén ha sido crucificada
¡Todas las campanas, Oh Señor
Están en silencio!

Por dos mil años,
No han estado en silencio en tus cumpleaños,
A excepción de este año
Las cúpulas ahora están de luto
Lo negro está envuelto en negro
En la Vía Dolorosa,
Jerusalén es azotado
Bajo la cruz
Está sangrando
En las manos del verdugo.

El mundo es inflexible ante la tragedia
La luz se ha apartado de ese despiadado

[maestro perdido

Que no encendió una vela
Que no derramó una sola lágrima
Para lavar las penas de Jerusalén
Los labradores han matado al heredero,

[Oh Señor,

Y usurpado la vida.


Los labradores mataron al heredero, mi Señor
El pájaro del pecado se ha dispersado
Dentro de los pecadores del mundo
Y voló a profanar la castidad de Jerusalén
Qué maldito diablo es,
Odiado incluso por el Diablo.

Oh, Señor, gloria de Jerusalén
Fuera del pozo de agonía
Fuera del abismo
Fuera de los recovecos de la noche
Fuera del horror
El gemido de Jerusalén asciende a Tí
Misericordia, Señor

¡Libérale este cáliz!

Fadwa Tuqán

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Mitos de la Biblia: Dios plantó el árbol de la vida y de la ciencia

El Mito

Plantó luego el Señor Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí puso al hombre a quien formara. Hizo el Señor Dios brotar en él de la tierra toda clase de árboles hermosos a la vista y sabrosos al paladar, y en el medio del jardín el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Gn 2, 8-9).

La Realidad

Estos dos árboles especiales son representaciones simbólicas de las
divinidades egipcias Shu y Tefnut.

En el jardín del Edén Dios plantó dos árboles, el árbol de la ciencia del bien y del mal, y el árbol de la vida. Comiendo del primero se obtenía el conocimiento moral; al comer del segundo se obtenía la vida eterna. También colocó al hombre en ese jardín para que cuidara de las plantas, pero le dijo que no debía comer del árbol de la ciencia (y así convertirse en conocedor de la moral). En cuanto a comer del árbol de la vida, Dios no dijo nada:

«pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Más tarde, la supuestamente malvada serpiente le dijo a Eva que la amenaza de Dios era inútil. Pero la serpiente, la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera el Señor Dios, dijo a la mujer:

«¿Conque os ha mandado Dios que no comáis de los árboles todos del paraíso

Y respondió la mujer a la serpiente:

Del fruto de los árboles del paraíso comemos, pero del fruto del que está en medio del paraíso nos ha dicho Dios:

«No comáis de él, ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir».

Y dijo la serpiente a la mujer:

«No, no moriréis; es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal». (Gn 3, 1-5)

Adán y Eva no murieron al comer del árbol. Ciertamente, Dios temía que a continuación comieran del árbol de la vida y obtendrían la inmortalidad.


Dijo el Señor Dios:

«He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de el, viva para siempre» (Gn 3, 22).

¿Por qué temía Dios que Adán y Eva supieran de la inmortalidad y se convirtieran en divinidades? ¿Y por qué temía que se volvieran inmortales? Como una divinidad todopoderosa, él podría dar marcha atrás a la causa-efecto y devolver las cosas a su estado anterior.

¿Y quién es este «nosotros» al que se dirige? Las respuestas se pueden encontrar en los textos y tradiciones egipcias.

El «Texto de los Sarcófagos 80» contiene una extensa presentación filosófica del mito heliopolitano de la Creación, y contiene algunos pasajes interesantes que no se han tenido en cuenta acerca de la vida y la moralidad. Las partes más significativas para nuestros propósitos tienen que ver con los hijos de Atum, el Creador.

Los dos hijos de Atum son Shu y Tefnut, y en este texto Shu es identificado como el principio de la vida y Tefnut como el principio del orden moral, un concepto al que los egipcios se refieren como maat. Éstos son los dos principios asociados con los dos árboles especiales en el jardín del Edén, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.

El texto egipcio no sólo identifica estos dos mismos principios como descendientes de la divinidad Creadora, sino que el texto continúa, diciendo que Atum (a quien los editores de la Biblia habían confundido con Adán), recibe instrucciones de comerse a su hija, la cual representa el principio del orden moral. De tu hija Orden comerás. («Texto de los Sarcófagos 80, línea 63»).

Aquí tenemos una extraña correlación. Tanto el mito egipcio como el Génesis nos dicen que la divinidad principal creó dos principios fundamentales, la vida y el orden moral. En el mito egipcio, Atum debe comer del orden moral, pero en el Génesis, a Adán se le prohíbe comer de este orden.

También cabe destacar que el tema de la «serpiente en el árbol» asociado con el relato de Adán y Eva proviene directamente del arte egipcio. Los egipcios creían que Ra, el dios del Sol que rodeaba la tierra cada día, mantenía una pelea nocturna con la serpiente Apofis y la derrotaba cada noche.

Varias pinturas egipcias muestran una escena en la que Ra, que aparece con la forma de «Mau, el Gran Felino de Heliopolis», se sienta ante un árbol mientras la serpiente Apofis se enrosca alrededor del árbol, en una imagen paralela a la rivalidad entre Adán y la serpiente del árbol en el jardín del Edén.

Cuando Israel residía en Egipto, las imágenes de Ra y Atum estaban muy asociadas, y de hecho, los egipcios reconocían a una divinidad compuesta llamada Atum-Ra. Al reemplazar a Ra con Atum en el tema de la «serpiente en el árbol», la imagen se acerca todavía más al relato bíblico, que confundía a Atum con Adán.

Por Gary G.


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