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El sacerdote que eligió la vida de ermitaño

El padre Darío Escobar, un religioso colombiano que vive en las montañas en Líbano, precisamente en un lugar llamado El Valle Sagrado, es uno de los últimos ermitaños del mundo. Esta es la historia de un hombre que eligió la soledad desde hace 20 años.

El sacerdote ermitaño, latinoamericano, vive en una cueva en un valle de Líbano, Medio Oriente, y además es psicólogo.

Vive hace 20 años en el Valle de la Qadisha, Líbano, en el santuario de Nuestra Señora de Hauqa. En julio de 2021 cumplió 87 años de vida.

A este lugar se le conoce como el “Valle Santo”, ya que en sus cuevas se refugiaron monjes y anacoretas en el siglo XVI.

Proviene de Medellín, Colombia, y a los 11 años ingresó a un seminario de los Padres Eudistas.

Se mudó a Miami, Estados Unidos, donde enseñó psicología y daba consejos matrimoniales en una parroquia.

Fue en EEUU donde sintió el llamado a la vida en soledad, donde meditaría la Palabra de Dios y oraría por la Iglesia. Esto lo llevaría a convertirse en un sacerdote ermitaño.

El Padre Darío llegó a Líbano en 1990 por invitación de un monseñor amigo suyo. Ingresó al convento Antonio de Qozhaya, y después de 10 años de preparación, logró ser nombrado ermitaño.

Desde entonces, como sacerdote ermitaño, vive en una cueva donde ora 14 horas al días. Se alimenta de lo que siembre en su huerto, ofrece consejo psicológico a todo aquel que lo necesita, y ofrece Misa en una capilla escondida en otra cueva.

Duerme solo cinco oras por día sobre una tabla (por la humedad), y usa una roca como almohada.

A pesar que su vida podría sonar aburrida, ya que no cuenta con ninguna tecnología más que un walkie talkie, es lo que siempre soñó. Un estilo de vida abandonada a Dios.

Con información de Churchpop

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Fiestas Cristianas en Al-Andalus

El calendario religioso de al-Andalus siempre ha constituido un tema bastante curioso, y cuanto menos peculiar, por las especiales circunstancias sociales y culturales de este rincón occidental del Mundo Islámico.

La interacción cotidiana de los musulmanes de la península Ibérica con los mozárabes 1, uno de los diversos grupos étnicos y religiosos que conformaron desde el principio la sociedad andalusí, así como el inevitable contacto que aquellos siempre mantuvieron con las comunidades cristianas del otro lado de la frontera, tuvo su reflejo en numerosos ámbitos, siendo el de las celebraciones religiosas uno de los más notorios.

Como era de esperar, los andalusíes observaban el cumplimiento de las principales fiestas canónicas islámicas con rigor, al igual que hacían sus correligionarios del resto de la Dar al-Islam –es decir, de las tierras pertenecientes a la Umma o comunidad islámica y que, como tales, están sujetas a la ley musulmana– 2.

Por diversas noticias dispersas en fuentes árabes de todo tipo, sabemos que celebraban la Noche del Destino (Laylat al-qadr), que conmemora la revelación del Corán a Muhammad durante el mes de Ramadán, y la Fiesta de la Ruptura del Ayuno (‘Id al-fitr), que marcaba el final de dicho mes sirviendo de colofón a su obligada abstinencia; asimismo, cada año conmemoraban la ritual Fiesta del sacrificio (‘Id al-adhà) con la tradicional matanza de un cordero, que era cocinado en familia con toda clase de vituallas y frutos secos. Aquellos de tendencia shía vigilaban además la celebración del día de la Asura cada 10 de Muharram, guardando el acostumbrado ayuno 3.

Sin embargo, ciertos días festivos propios del calendario juliano calaron con fuerza en el almanaque musulmán, hasta el punto de que los andalusíes llegaron a asimilarlos con gran naturalidad, aunque sin otorgarles nunca la significación religiosa que realmente comportaban. Entre los festejos más extendidos figuraban, por orden cronológico, el día de año nuevo, Yannayr –fecha en la que los andalusíes celebraban el comienzo del año (ra’s al sana) comprando frutas a imitación de los cristianos y preparando pasteles en forma de ciudades amuralladas, precedentes tal vez del actual roscón de Reyes– e incluso, al parecer, la Nochevieja (Laylat al- ‘ayuz) 4 ; también vigilaban el Nayruz o Nawruz –que, aunque originalmente conmemoraba el primer día del año solar persa, era asociado en al-Andalus con el equinoccio de primavera–, así como el jueves santo –referido en los textos árabes
como “el jueves de abril” (jamis abril) 5–.

Pero lo más sorprendente aún es que celebraban el día de San Juan, conocido en árabe como Mahrayan o Ansara con el que se recibía el solsticio de verano el día 24 de junio, encendiendo hogueras en el campo, dejando las prendas de vestir a la intemperie para que les cayese el rocío de la noche, consumiendo almojábanas 6 y organizando carreras de caballos 7– y, sobre todo, el día de Navidad (Milad ‘Isà) 8 .

Cabe decir que estas dos últimas celebraciones no eran del todo ajenas, en su significación religiosa, a la tradición musulmana; recordemos que esta última reconoce a Juan el Bautista y a Jesús como dos grandes figuras proféticas que están contempladas en varios pasajes del Corán.

Por esta razón, “en el alma del pueblo [musulmán] latía un sentimiento de devoción por ambos, y el contenido religioso de su conmemoración (…) era idéntico para un cristiano que para un musulmán” en cierto modo, como en su día señaló Fernando de la Granja 9.

Sin embargo, tan generalizada llegó a ser la conmemoración de la Navidad entre la comunidad musulmana andalusí que, a partir del siglo XIII, la clase jurídico-religiosa comenzó a temer por los valores espirituales de al-Andalus que, debido a esta práctica herética, podían quedar seriamente corrompidos. Su erradicación por parte de los ulemas no era tan fácil de atajar pues, parafraseando de nuevo a F. de la Granja 10, “tanto ‘Isà como Yahyà eran para ellos [los musulmanes] Profetas venerables. Pero eran, al mismo tiempo, el Hijo de Dios y el San Juan de los Cristianos”.

Las primeras denuncias al respecto llegaron desde la cercana Ceuta, donde su reputado cadí y alfaquí, Abu l-‘Abbas al-‘Azafi (m. 633/1236) “expresaba (…) su indignación ante el comportamiento de sus correligionarios andaluces que festejaban la Navidad y el Año Nuevo del calendario cristiano, imitando a sus vecinos cristianos”, según indica Rachel Arié 11. Y es que, al parecer, durante estas fechas la vida se paralizaba en al-Andalus hasta el punto de que los musulmanes intercambiaban regalos, organizaban costosos banquetes, interrumpían sus actividades comerciales, se cerraban las tiendas e, incluso, los niños estaban exentos de asistir a las escuelas coránicas 12 . Tal relajación de costumbres se estaba contagiando incluso al Norte de África, especialmente a la ciudad de Ceuta cabeza de puente entre ambas orillas–, razón por la cual hubo que idear una manera de frenar el influjo que las prácticas cristianas estaban ejerciendo en los colectivos musulmanes.

Por Bárbara Boloix GallardoAnaquel de Estudios Árabes 2011

Notas:

1 Sobre la influencia de este colectivo cristiano arabizado residente en al-Andalus, véase el trabajo de HITCHCOCK, Richard, Mozarabs in Medieval and Early Modern Spain: identities and influences. Farnham: Ashgate Publishing Ltd, 2008, así como también la reciente publicación de AYLLET, Cirille, Les «Mozarabes»: islamisation, arabisation et christianisme en péninsule Ibérique (IXe-XIIe siècles), Madrid, Casa de Velázquez, 2010.
2 Sobre este concepto, véase ABEL, A., s.v. “Dar al-Islam”. Encyclopaedia of Islam (en adelante citada como EI2), v. II, 127-128.
3 Sobre las fiestas que se celebraban en al-Andalus, véase el epígrafe “Las Fiestas”, dentro del apartado “Las diversiones” inserto en la obra de ARIÉ, Rachel, España musulmana (Siglos VIII-XV). Tomo III de la Historia de España dirigida por TUÑÓN DE LARA, Manuel. Barcelona: Labor, 1994, especialmente 308-312.
4 Sobre esta celebración de carácter astronómico, véase el excelente trabajo de MUÑOZ, Rafael, “Fiestas de origen meteorológico en la literatura calendárica”, en GARCÍA SÁNCHEZ, E. (ed.), Ciencias de la Naturaleza en al-Andalus, I. Granada: CIS, 1990, 23-41, donde puede hallarse una amplia y documentada información al respecto.
5 Al parecer, este día también constituía una fecha señalada para los musulmanes en otros puntos del Mundo Islámico medieval, por influencia de las comunidades cristianas. Así lo ha demostrado DE LA GRANJA, Fernando, “Fiestas cristianas en al-Andalus (Materiales para su estudio). II: Textos del al-Turtusi, el cadí ‘Iyad y Wansarisi”, Al-Andalus, 35 (1970), 124, tomando como referencia el testimonio del egipcio AL-MAQRIZI, según el cual este día era conocido en Egipto como “el jueves de las lentejas” (jamis al-‘adas), por la costumbre cristiana de consumirlas en puré en dicho día, y en Siria, como “el jueves del arroz” (jamis al-arz) o “el jueves de los huevos” (jamis al-bid).
6 Muyabbanat, suculentas tortas de queso blanco, especialidad de la zona de Jerez (Cádiz), y típicas de al-Andalus, que se servían muy calientes, se espolvoreaban con canela y luego se bañaban con miel, según explica ARIÉ, R. en su Historia de la España Musulmana, 286. Quisiera destacar, como nota curiosa, que, aunque esta especialidad de dulce se sigue consumiendo hoy en día en España, también fue exportada con el descubrimiento del Nuevo Mundo a América Latina, donde en muchos países se sigue hoy en día cocinando.
7 Cfr. DE LA GRANJA, Fernando, “Fiestas cristianas en al-Andalus (Materiales para su estudio). II: Textos del al-Turtusi, el cadí ‘Iyad y Wansarisi”, 127, quien se basa en un texto del Tartib almadarik del cadí ‘IYĀD y en otro compilado por AL-WANSARISI, respectivamente.
8 Cfr. ARIÉ, Rachel, España musulmana, 310-312. He decidido citar todas estas celebraciones cristianas brevemente a modo informativo para justificar el ambiente que propició la implantación del Mawlid en al-Andalus.
9 “Fiestas cristianas en al-Andalus (Materiales para su estudio). I: Al-Durr al-munazzam de al ‘Azafi”, Al-Andalus, 34 (1969), 1-53, especialmente 4-5, de donde he extraído esta cita. Sobre la celebración de las fiestas cristianas mencionadas en al-Andalus, véanse tanto este trabajo como el anteriormente citado “Fiestas cristianas en al-Andalus (Materiales para su estudio). II: Textos del al- Turtusi, el cadí ‘Iyad y Wansarisi”, del mismo autor. Ambas aportaciones son consideradas pioneras y reveladoras en este tema.
10 Cfr. “Fiestas cristianas en al-Andalus (Materiales para su estudio). I: Al-Durr al-munazzam de al-‘Azafi”, 5.
11 España musulmana, 310.
12 Según especifica KAPTEIN, N. J. G., Muhammad`s birthday festival. Early History in the Central Muslim Lands and development in the Muslim West until the 10th/16th Century. Leiden-Nueva York-Köln: Brill, 1993, 81-82.

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Leyenda sobre el origen de la Cruz de Caravaca

Cruz de Caravaca

La Cruz de Caravaca es una cruz bizantina que consta de dos brazos horizontales en paralelo de desigual tamaño y uno vertical.

Se venera en Caravaca, en la provincia de Murcia, donde se encuentra el castillo-santuario de la Santísima Cruz de Caravaca.

La leyenda cuenta que en 1232 Ginés Pérez Chirinos iba a celebrar la misa en la fortaleza del rey moro Muley Acebutey * por orden de éste. Como no había cruz, dos ángeles aparecieron trayendo la del patriarca de Jerusalén, hecha con el madero donde fue crucificado Jesucristo. Al contemplar este milagro el rey moro se convirtió inmediatamente al cristianismo.

Desde entonces ha sido considerada como un poderoso amuleto, tanto para proteger a personas como animales. Llevar la cruz estaba especialmente indicado para evitar los maleficios formulados por las brujas que impedían las relaciones matrimoniales.

Cruz de Caravaca

La Cruz original fue robada en 1934 y fue sustituida por otra regalada por el Papa y traída desde Roma.

En la actualidad muchas personas siguen siendo portadoras de esta cruz para atraer la buena suerte.

* Una de aquellas plazas fuertes ocupadas por los almohades desde la caída del Califato de Córdoba estaba gobernada por el rey Ceyt-Abuceyt o según otras crónicas por Muley Acebutey. Este rey curioso, dado a lectura y a la cultura, estaba intrigado por la doctrina de la religión cristiana.

Así pues un día 3 de mayo del año 1231 ordenó traer a su presencia a la persona más representativa de sus prisioneros, un monje llamado Ginés Pérez Chirinos, pidiéndole le explicase la historia del Profeta de los cristianos y el rito de la Eucaristía que conmemoraba los sucesos de Jerusalén.

El monje Pérez Chirinos comenzó a celebrar la Misa, pero llegado al punto de la Eucaristía se dió cuenta de que en el Altar no estaba presente ninguna Cruz.

Fue entonces cuando, según las crónicas, leyendas y tradiciones se operó el milagro: Por la entrada al recinto y envuelta en una gran luz, apareció una Cruz transportada por ángeles. Esta visión fue observada por los presentes en el recinto. Sin duda les afectó enormemente, ya que el rey Acebutey y sus vasallos se convirtieron al cristianismo.

El monarca tomó el nombre de Vicente.

Desde aquel suceso Caravaca se convirtió en un lugar de peregrinación y la figura de la Cruz con cuatro brazos se propaga por toda la Península.

Esta reliquia junto con los corporales de la misa del día de su aparición y otros ornamentos, estuvo custodiada en el castillo musulmán. Pasó al poder de la Orden del Temple y de la Orden de Santiago una vez tomada la ciudad por el Rey Alfonso X el Sabio, hasta el reinado de Felipe II en cuya época el Arquitecto Juan de Herrera (1530-1597) construyó el fabuloso Castillo-Fortaleza o el llamado Templo de Santa Cruz.

La cruz fue guardada en el interior del nuevo Santuario-Fortaleza hasta una fatídica noche del 14 al 15 de Febrero de 1934, que desapareció misteriosamente.

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