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La ciudad árabe resplandeciente se oculta al lado del Guadalquivir

Almanzor muestra a Asma la cabeza de su padre Galib, clavada en la puerta de Medina Al Zahira. Litografía reproducida en ‘Almanzor’, de Laura Bariani (Nerea). J. J. Martínez

La falta de recursos impide buscar los restos de Al Medina Al Zahira, la espléndida fortaleza que levantó Almanzor al este de Córdoba para sustituir la Medina Azahara de los omeyas.

Tenía, según las crónicas árabes de la época, columnas transparentes como el agua y esbeltas como cuellos de doncellas, asientos de mármol blancos y relucientes como alcanfor perfumado y albercas con surtidores en forma de leones. Puede que todo ese lujo esté hoy sepultado a apenas un metro de la superficie bajo seis campos de fútbol, un gris molino harinero abandonado y una salida de la autopista A-4 que mira a un meandro del Guadalquivir.

Era Al Medina Al Zahira, el complejo palatino que mandó construir a las afueras de Córdoba hace más de mil años el famoso líder Almanzor para sustituir a Medina Azahara, el símbolo del poder omeya que había ordenado levantar el califa Abderramán III. Mientras la segunda es candidata a convertirse este año en Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, de Al Medina Al Zahira aún no se sabe siquiera dónde se alzaba, solo su emplazamiento más plausible —a escasos kilómetros al este de Córdoba— que nunca ha sido excavado. La “ciudad resplandeciente”, (su significado en árabe), apenas duró en pie dos décadas, antes de ser destruida en la fitna de Al Andalus, el enfrentamiento interno que acabó con el Califato de Córdoba y dio lugar a los primeros reinos de taifas.


Que la urbe existió se sabe desde hace tiempo: aparece en textos medievales y un libro andalusí, actualmente desaparecido, glosaba las “esplendidas maravillas de su belleza”. El Museo Arqueológico Nacional de Madrid expone una pila para abluciones con dos águilas enfrentadas y una cenefa en árabe que indica que era un encargo para el “Alcázar de Azzahira” terminado en el año islámico 376, es decir, el 987 o 988 después de Cristo.

Almanzor era entonces el gobernante de facto de Al Andalus, tras años de acumular poder sin miramientos, y veía necesario contar con su propia ciudad-fortaleza. “Estaba obsesionado por hacer lo que un califa sin ser califa”, explica Eduardo Manzano, investigador del CSIC experto en el Al Andalus omeya. Nacido en Torrox (Málaga), en una familia de origen yemení, Almanzor se esforzó desde su llegada a Córdoba en escalar posiciones en la enorme administración omeya.

Su gran momento llegó en el 976, cuando murió Al-Hakam II y el heredero califal, Hisham II, tenía solo 11 años, lo que generó una crisis sucesoria. Asesinó al pretendiente al trono y comenzó una carrera ascendente con el apoyo de la madre de Hisham II -y quizás su amante- Subh, la vascona conocida en las crónicas cristianas como Aurora. Acabó por controlar las administraciones civil, militar y judicial, mandó matar a sus antiguos aliados -y hasta a uno de sus hijos- y ganó popularidad entre los suyos gracias a una agresiva campaña de incursiones en los reinos cristianos que arrasó Barcelona y Santiago de Compostela.

Almanzor, (Al Mansur, “el victorioso”, en árabe), fue un personaje complejo que fascina desde hace siglos. “Sus biógrafos nos lo muestran cruel, maquiavélico, amigo de la intriga, pero también justo y refinado”, escribe Ana Echevarría Arsuaga, profesora de Historia Medieval en la UNED, en el libro Almanzor, un califa en la sombra (Sílex). “Siempre se le ha presentado como ambicioso, pero su actuación responde a las luchas de poder que se daban en el seno de la corte omeya. Su aura mítica viene en parte de ser el último de los grandes guerreros medievales musulmanes, junto con Saladino“, el mítico sultán que derrotó a los cruzados en Palestina dos siglos más tarde, apunta Manzano.

Fue en este contexto en el que mandó levantar Al Medina Al Zahira. “Buscaba gobernar con absoluta seguridad. No era una paranoia: las amenazas eran reales”, explica por teléfono Xavier Ballestin, profesor de la Universidad de Barcelona y autor de varios libros sobre el personaje. La urbe se convirtió en el “escenario en el que se mostraba en público y seguía el protocolo de un ceremonial similar al califal”, como recibir dignatarios extranjeros, entregar regalos honoríficos u organizar reuniones literarias, señala Echevarría Arsuaga. En su biografía de Almanzor, publicada por la editorial Nerea, Laura Bariani habla de una ciudad pequeña, “una verdadera fortaleza con torres y atalayas” a la que solo se podía acceder por la muralla opuesta a Córdoba para reforzar su imagen de inexpugnabilidad. En esa Puerta de la Victoria colgó Almanzor la cabeza degollada de Galib, el general que se asoció a castellanos y navarros para tratar de frenar la deriva caudillista de su hasta entonces aliado.

¿Por qué levantó a toda prisa y de la nada un recinto-fortaleza cuando ya existía otra ciudad amurallada? “Medina Azahara estaba demasiado asociada a los omeyas”, agrega Ballestin. “Se trataba además de controlar el acceso al califa. Que solo él lo tuviese”. Hisham II acabó siendo una mera figura simbólica encerrada en Al Medina Al Zahira cuyo nombre seguía apareciendo en las monedas, como si nada. El gran acierto estratégico de Almanzor fue precisamente centralizar el poder sin ceder a la tentación de reemplazar al soberano, considerado descendiente del Profeta Muhammad. De hecho, la guerra civil que desgarró Al Andalus estalló ya tras su muerte, cuando su hijo Abderramán Sanchuelo forzó al califa a nombrarle como sucesor. La población de Córdoba, caldeada ya por los altos impuestos y las desigualdades sociales, se levantó.

La elección de la ubicación de Al Zahira no fue casual. Según unos antiguos presagios, la ciudad que allí se levantase acumularía todo el poder y lo perdería la dinastía omeya. Mil años después, nadie ha logrado averiguar dónde era. Varios intentos, de mayor o menor seriedad, la han situado en el actual polígono industrial de las Quemadas, (con el argumento añadido de que el nombre procede del incendio provocado para destruirla), o bajo un hipermercado cercano. El jefe de la Oficina de Arqueología de la Gerencia de Urbanismo del Ayuntamiento de Córdoba, Juan Murillo, apunta a una opción más plausible.

Se trata de un espacio de no más de 300 metros cuadrados junto a la orilla izquierda del Guadalquivir, pocos kilómetros al este de la famosa mezquita-catedral cordobesa. Desde un alto al otro lado del río, se ve allí una mezcla dispersa de colores: el gris de naves y depósitos industriales, el verde de la ciudad deportiva donde entrena el club de fútbol local y el amarillo de los terrenos horadados de cereal.


Murillo, que sigue el tema desde hace años, cita varios indicios. El primero, una red viaria de la época que lleva hacia esa zona. “Si no fuese por la presencia de un conjunto de esa importancia, no tendría el más mínimo sentido, puesto que siempre ha sido una zona inundable”, señala en su despacho mientras muestra en el ordenador una vista aérea de los alrededores. Hay restos además de arrabales orientales, (los más famosos son los occidentales, los que llevaban a Medina Azahara), lo que cuadra con la cercanía de otro centro de poder. De allí proceden tres ataifores, (platos hondos típicamente andalusíes), con la técnica verde y manganeso que expone el Museo Arqueológico de Córdoba, señala su directora, Lola Baena.

Murillo cita también un estudio fluvial elaborado por un equipo del CSIC que concluyó que ese espacio estaría en la época a salvo de las inundaciones que anegaban los terrenos colindantes. Y la existencia en época islámica de tres puentes en esa parte del Guadalquivir, un número aparentemente excesivo.

¿Por qué no se excava allí para comprobarlo? “Se podría, pero no queremos”, responde Murillo. “Es una tema de preservación y de optimización de recursos. Ahora mismo no se dan las condiciones, fundamentalmente económicas, para embarcarnos en semejante cuestión. Los recursos se tienen que dedicar a otras cosas. La prioridad absoluta es la conservación del patrimonio que ya se ha incorporado a la ciudad”, argumenta.

El fin de Al Medina Al Zahira llegó en 1009. Según una crónica posterior, el omeya insurrecto Muhammad Al Mahdi, consciente del simbolismo de arrasar el centro de poder amirí, ordenó  “destruirlo, derribar sus muros, arrancar sus puertas, desmantelar sus palacios y borrar sus trazas, dándose prisa en ello”. Si quedó algo en pie, es todavía un misterio.

Por Antonio Pita
Con información de El País

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Los Moriscos de Túnez y el legado del idioma español

Pintura de la expulsión de los moriscos camino a Túnez.

La lengua fue, evidentemente, un factor de identidad de los moriscos a lo largo de todos los siglos, de la pertenencia de los musulmanes en las sociedades hispanas. La lengua de la liturgia personal y colectiva del Islam y lengua de su texto sagrado, el Corán.

Los factores identitarios del grupo étnico o social que llamamos moriscos quedan modificados cuando se ven obligados a emigrar a sociedades islámicas, (Marruecos, Imperio Otomano del Magreb o del Máshreq u Oriente Árabes; territorios dominados por los turcos en Anatolia y en los Balcanes).


Las diversas oleadas de andalusíes que emigraron a Túnez en la Edad Media o los que lo hicieron a partir del Reino nazarí de Granada recién conquistado por los cristianos, a principios del siglo XVI, no sabrían generalmente las lenguas de la Península Ibérica, fuera del árabe. En cambio los moriscos expulsados de España a principios del siglo XVII, (Gran expulsión general de 1609-1614), eran en su mayoría hispanohablantes monolingües o bilingües con el árabe, sobre todo los de Castilla, (incluida Murcia, Extremadura y gran parte de Andalucía), y de los reinos de la Corona de Aragón . Conservan mejor el árabe de los reinos de Granada y  los del reino de Valencia.

Conservaron el uso social de su lengua de origen de la Península Ibérica durante más de un  siglo después de la expulsión, dentro de la sociedad tunecina árabe-hablante. La forzada diáspora de moriscos españoles hispano-hablantes es específica: se trata de un grupo religioso musulmán o cripto-musulman. Es un grupo demográficamente numeroso de hispano-hablantes: en la primera generación de expulsados de España serían unos 300.000. Aunque no todos poseían el mismo grado de uso del castellano o del catalán-valenciano junto al uso del árabe, para muchos de ellos, cuando aún estaban en la península.

Y ya en sus tierras de acogida se da un uso tradicional relativamente largo en el tiempo, ya que se prolonga, al menos ciertos grupos sociales de Tunicia, desde principios del siglo XVII a la primera mitad del XVIII, para la lengua hablada, (y escrita por algunos), con restos léxicos y onomásticos hispánicos, en el árabe tunecino hasta nuestros días. Este fenómeno no se puede comparar con los antecedentes poco conocidos del goteo de emigraciones de moriscos o de musulmanes hispano-hablantes a países musulmanes a lo largo de los siglos medievales y especialmente del siglo XVI, época de máxima expansión y poder político de España en el Mediterráneo y de bastante movilidad humana entre territorios de sus costas.

El árabe es lengua sagrada de culto y de cultura y lengua hablada dialectal o coloquial.

En Tunicia la lengua dominante es el árabe coloquial, en su variante magrebí semejante a la que actualmente se sigue usando en esa república y en los territorios vecinos de Libia, Argelia y algo más diferenciado por los aportes del italiano y del inglés, en las islas cristianas de Malta y Gozo. Tenía una estructura lingüística parecida, pero con diferencias al árabe coloquial andalusí y marroquí, él mismo diferenciado según las regiones de la península , especialmente en la Andalucía oriental, el antiguo reino nazarí de Granada, donde se habría conservado mejor, al menos hasta la mayoritaria diáspora que arrojó la guerra de Las Alpujarras a mediados del siglo XVI.

La lengua árabe clásica o coránica era conocida por una élite de la sociedad tunecina y de extranjeros musulmanes, entre ellos algunos andalusíes: es la lengua sagrada del Corán y por tanto con un carácter divino que hacia escribir a un morisco tunecino, en castellano y en 1627 que era “la más excelente de las hablas que Dios Nuestro Señor ha dado a sus escrituras desde el principio del mundo y la más suave y comprehendiosa”.


Los moriscos-andalusíes debieron aprender muy pronto, también, el árabe coloquial tunecino y algunos educarse en el árabe coránico, en la propia Tunicia o en otros territorios musulmanes adonde fueron a parar en su diáspora, países árabe-hablantes o turco-hablantes.

En Medio Oriente la lengua árabe dominante o Máshriq árabe pueden documentarse diversos territorios con presencia de mudéjares y moriscos, andalusíes, en época anterior o muy posterior a la gran expulsión, aunque no suele mencionarse documentalmente el uso del español de esos emigrantes. Se puede pensar lógicamente que los moriscos o de sus descendientes andalusíes aún conservarían el uso de las lenguas hispánicas- uso activo, al menos uso pasivo o uso residual de hispanismos en árabe- cuanto más reciente era la fecha de salida de España, a lo largo del siglo XVI o tras la expulsión general de 1609-1614.

El tantas veces mencionado texto del bien informado hstoriador AL-Máqqari de Tremecén, que se instaló en Egipto para redactar su principal libro sobre Al-Andalus, resume brevemente los territorios donde había una población importante de moriscos expulsados de España, con otros compatriotas de emigraciones anteriores. (…Un grupo llegó de Estambul a Egipto y a la gran Siria, así como a otras regiones musulmanas.  Actualmente así están los Andalusíes).

En Palestina y el territorio de la Gran Siria, (Bilâd ash-shâm), especialmente en Jerusalen, (en árabe Al-Quds), a principios del siglo XVIII se ha podido documentar la presencia de descendientes de moriscos o andalusíes, en un episodio ya presentado anteriormente, partiendo del estudio de la profesora Eva Lapiedra Gutiérrez. Se trata de un alboroto producido por la pretensión por parte de diversos cristianos, en particular por la llamada Custodia de Tierra Santa de los religiosos Franciscanos de España, de restaurar el templo cristiano, (Santísimo Templo del Santo Sepulcro), según reza el texto del franciscano español encargado de la obra. Contra la interpretación musulmana estricta del texto del Corán sobre este tema frente a la autorización otorgada por parte de las autoridades turcas. Esa interpretación coránica y prohibición de restaurar el templo era exigida en particular por unos descendientes de moriscos o andalusíes “magrevinos” según las crónicas y correspondencia en castellano de los franciscanos de la custodia.

En el extremo más oriental del mundo arabe-hablante o Máshriq, árabe, (Masiq “levante”), no está documentada, por ahora, la presencia de moriscos en Mesopotamia o actual Irak, pero sí en la península de Arabia, en dos dimensiones específicas: la presencia regular de peregrinos musulmanes de origen morisco en los lugares santos del Islam, La Meca y Medina, en el centro de Arabia, y la presencia de truchimanes o traductores moriscos, en las costas.

Del Océano Indico, por donde transitaban toda clase de naves y viajeros del Imperio asiático de Portugal. Finalmente, está documentada la presencia de un morisco “que hablaba en castellano” y era alto funcionario de la administración turco-otomana de la capital de Yemen, hacia 1590-1595, antes de la expulsión general de los moriscos de España. Sobre los peregrinos se ha podido resumir unas investigaciones particulares con muchas posibilidades de ampliación.

Por  Mîkel de Epalsa Ferrer-Abdel Hakim Slama Gafsi

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El mendigo y la leyenda del tesoro del castillo

Cuando estábamos dedicados a la refacción antes citada y divirtiéndonos con las bufonadas de nuestro escudero, se nos acercó un pobre mendigo que tenía cierto aspecto de peregrino. Era un anciano con la barba muy encanecida, y se venía apoyando en un cayado, aunque la vejez no le había encorvado todavía; era alto, esbelto y conservaba vestigios de haber tenido hermosas facciones; cubríase con un sombrero calañés y traía zamarra y calzones de cuero, polainas y sandalias. Su vestido -aunque viejo y remendado- era decente y su porte muy noble, y dirigiose a nosotros con esa grave cortesía que se nota en el más pobre español.

Estuvimos expresivos con semejante huésped, y por antojo de caprichosa caridad le dimos algunas monedas de plata, un pan de trigo blanco y un vaso de nuestro excelente vino de Málaga. Él lo recibió con gratitud, pero sin ninguna muestra de servil adulación.

Probando el vino lo levantó por alto, mirándolo al trasluz con cierta expresión de asombro, y luego, bebiéndoselo de un trago: «Ya hace muchos años -dijo- que no he probado vino igual a éste. Es un excelente tónico para el corazón de un viejo.»


Después, contemplando el panecillo que se le había ofrecido, añadió: «¡Bendito sea tal pan. Le invitamos a que lo comiese allí mismo: «No, señores -respondió-; el vino lo he bebido con vuestro permiso; pero el pan me lo llevo a la casa para compartirlo con mi familia.»

Nuestro Sancho nos miró, e interpretando a seguida nuestro asentimiento, dio al anciano una parte de las abundantes sobras de nuestra merienda, con la condición de que se sentase a tomar un bocado.

Sentose, pues, a corta distancia de nosotros, y empezó a comer despacio, con sobriedad y con la delicadeza propia de un hidalgo. Había, en verdad, cierto modo mesurado y tal tranquila serenidad en el anciano, que me hizo creer que habría disfrutado de mejores días; además, su lenguaje, aunque sencillo, era de vez en cuando pintoresco y de una poética fraseología.

Creí ver en su interior a un arruinado caballero, pero me equivoqué; no había más que la innata cortesía del español y los giros poéticos de la fantasía y del lenguaje usado comúnmente por las clases bajas de este pueblo de viva imaginación. Nos contó que durante cincuenta años había sido pastor. «Cuando era joven -decía- nada podía dañarme ni afligirme: siempre me encontraba bueno, siempre alegre; pero ahora tengo setenta y nueve años, y soy pobre y mi corazón empieza a abandonarme.»

Sin embargo, todavía no era un completo mendigo, pues hacia poco que había venido a aquel estado de degradación; nos hizo una conmovedora pintura de la lucha entre el hambre y la dignidad cuando las miserables privaciones se apoderaron de él.

Volvía de Málaga sin dinero; no había probado bocado desde algún tiempo, y cruzaba uno de los más dilatados llanos de España, donde había muy pocos albergues. Cuando casi desfallecía de necesidad, se acercó a la puerta de una venta: ¡Perdone usted por Dios, hermano!, le dijeron, (que es el modo usual de despedir a un pobre en España).

«Yo me fui -continuó- con más vergüenza que hambre, pues mi corazón era demasiado orgulloso todavía. Dirigime, pues, hacia un río de profundas márgenes e impetuosa y rápida corriente, y estuve tentado a arrojarme a él. ¿Para qué quiere vivir un viejo miserable y desgraciado como yo?

Mas, cuando estuve al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y volví atrás mis pasos. Anduve errante, hasta que divisé un cortijo situado a corta distancia del camino, y penetré en el portal exterior que daba al patio.

La puerta estaba cerrada, pero había dos señoritas en una ventana; me acerqué y les pedí una limosna: ¡Perdone usted por Dios, hermano! Y cerraron la ventana. Me salí del patio flaqueándome las piernas; pero el hambre me rindió y me faltó el valor; pensé que había llegado mi última hora, y me tendí en la puerta, encomendándome a la Santísima Virgen y cubriéndome la cabeza para morir.

A poco de esto vino a recogerme el amo de la casa, y viéndome acostado en su puerta, tuvo piedad de mis canas, metiome en su casa y me dio de comer. ¡Vean ustedes, señores, por qué tengo puesta mi confianza en la protección de la Virgen

El anciano iba camino de su pueblo natal, Archidona, que se halla situado en lo alto de una escarpada y áspera montaña. Señalando con el dedo las ruinas de su vetusto castillo árabe: «Aquel castillo -nos dijo- estuvo habitado por un rey moro en tiempo de las guerras de Granada. La reina Isabel lo sitió con un gran ejército; pero el infiel la miraba desde su castillo junto a las nubes y se reía con desprecio.

En esto se apareció la Virgen a la reina, y la guió juntamente con sus tropas por una misteriosa vereda de las montañas, que nunca después se ha vuelto a encontrar. Cuando el moro la vio venir quedó estupefacto, y, saltando con su caballo por un precipicio, se hizo pedazos.


Las huellas de las herraduras de su caballo -prosiguió el viejo- todavía se pueden ver en el borde de la roca; y véanlo ustedes, señores: aquél es el camino por donde la reina y sus soldados treparon; véanlo ustedes como una cinta por la falda de la montaña; el milagro consiste en que se ve a cierta distancia; pero a medida que uno se acerca va desapareciendo.»

El ideal camino que nos señaló es, sin duda, una faja arenisca de la montaña que se distingue perfectamente dibujada y marcada desde lejos, pero que de cerca se borra y desaparece.

Luego que el ánimo del viejo se reanimó con el vino y la merienda, se puso a contarnos cierta historia de un misterioso tesoro escondido debajo del castillo del rey moro, junto a cuyos cimientos estaba su propia casa. El cura y el notario soñaron tres veces con el tesoro y fueron a excavar al sitio indicado en sus ensueños, y su mismo yerno oyó el ruido de los picos y azadas cierta noche. Lo que ellos se encontraron nadie lo ha sabido: se hicieron ricos de la noche a la mañana, pero guardaron su mutuo secreto.

Así, pues, el anciano tuvo a su puerta la fortuna; pero estaba condenado a vivir perpetuamente de aquel modo.

He notado que las historias de tesoros escondidos por los moros, que
prevalecen tanto en España, son muy corrientes entre la gente menesterosa. ¡De tal suerte la benévola Naturaleza consuela con la fantasía la falta de recursos: el sediento sueña con fuentes y fugitivas corrientes; el hambriento, con fantásticos banquetes; el pobre, con montones de oro escondidos! ¡Nada hay, en verdad, más espléndido que la imaginación de un pobre!

W. Irving

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