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Gobierno de la Alhambra – W. Irving

La Alhambra es una antigua fortaleza o palacio amurallado de los reyes moros de Granada, desde donde ejercían dominio sobre este ensalzado paraíso terrenal, última posesión de su imperio en España. El palacio árabe no ocupa sino una parte de la fortaleza, cuyas murallas, guarnecidas de torres, circundan irregularmente toda la cresta de una elevada colina que domina la ciudad y forma una estribación de la Sierra Nevada.

  • En tiempo de los moros era capaz la Alhambra de contener un ejército de 40.000 hombres dentro de su recinto, y sirvió alguna que otra vez para librarse los soberanos del furor de sus rebeldes súbditos.

  • Después que el reino pasó a manos de los cristianos continuó la Alhambra siendo del patrimonio real, y también algunas veces ha sido habitada por los monarcas castellanos. El emperador Carlos V edificó un suntuoso palacio dentro de sus murallas, pero se suspendió la obra por los continuos terremotos.

  • El último rey que la vivió fue Felipe V y su hermosa esposa Isabel de Parma, a principios del siglo XVIII. Hiciéronse grandes preparativos para su recepción: el palacio y los jardines sufrieron notable reforma y se agregaron algunas habitaciones, que fueron decoradas por artistas traídos de Italia. La permanencia de estos soberanos fue efímera, y después de su partida el palacio volvió de nuevo a su abandono.

  • El recinto fue en adelante ocupado por fuerza militar; el gobernador de la Alhambra quedó bajo la dependencia de la Corona, y su jurisdicción se extendía hasta los arrabales de la ciudad. Su autoridad era del todo independiente de la del capitán general de Granada. Se alojaba en el interior de la Alhambra una respetable guarnición; el gobernador tenía sus habitaciones frente al viejo palacio morisco, y nunca bajaba a Granada sin una escolta militar. La fortaleza, en resumen, era una pequeña ciudadela independiente, con algunas calles y casas dentro de sus muros, y además con un convento de franciscanos y una iglesia parroquial.


  • La retirada de la Corte fue, en verdad, un golpe fatal para la Alhambra. Sus bellísimos salones se desmantelaron y algunos de ellos quedaron en ruinas; los jardines se destruyeron y las fuentes cesaron de correr. Poco a poco las viviendas se fueron habitando por gentes de mala reputación: contrabandistas que se aprovechaban de su exenta jurisdicción para emprender un vasto y atrevido tráfico de contrabando, y ladrones y tunantes de todas clases, que hacían de ella su guarida y su refugio, y desde donde a todas horas podían merodear por Granada y sus inmediaciones.

  • La energía del Gobierno intervino al fin: expulsó, por último, a esta
    gente y no se permitió el vivir allí sino el que probase que era hombre honrado y que, por tanto, tenia justos títulos para habitar en aquel recinto; se demolieron la mayor parte de las casas y solamente quedaron en pie unas pocas, con la iglesia parroquial y el convento de San Francisco.


  • Durante las últimas guerras habidas en España, mientras Granada se halló en poder de los franceses, la Alhambra estuvo guarnecida con sus tropas, y el general francés habitó provisionalmente en el Palacio. Con el ilustrado criterio que siempre ha distinguido a la nación francesa en sus conquistas, se preservó este monumento de elegancia y grandiosidad morisca de la inminente ruina que le amenazaba. Los tejados fueron reparados, los salones y las galerías protegidos de los temporales, los jardines cultivados, las cañerías restauradas, y se hicieron saltar en las fuentes vistosos juegos de aguas. España, por lo tanto, debe estar agradecida a sus invasores por haberle conservado el más bello e interesante de sus históricos monumentos.

  • A la salida de los franceses volaron éstos algunas torres de la muralla exterior y dejaron las fortificaciones casi en ruinas. Desde este tiempo cesó la importancia militar de la fortaleza. La guarnición consta de unos pocos soldados inválidos, cuya misión principal consiste en guardar algunas de las torres exteriores que sirven actualmente de prisiones de Estado; y el gobernador, habiendo abandonado la elevada colina de la Alhambra, reside en Granada, para el más cómodo despacho de los asuntos oficiales.

No concluiré esta breve reseña sobre el estado de la fortaleza sin rendir el debido elogio a los laudables esfuerzos de su actual gobernador, don Francisco de Serna, quien está empleando los limitados recursos de que dispone para ir reparando el Palacio, y con sus acertadas precauciones ha impedido su inminente ruina. Si sus predecesores hubieran cumplido los deberes de su cargo con igual esmero, la Alhambra podría haber permanecido casi en su prístina belleza; y si este Gobierno le ayudara con medios iguales a su celo, este edificio podría conservarse aún como la joya de la nación, y atraería a los curiosos e inteligentes de todos los países durante largas generaciones.

Por W. Irving

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Ibn ‘Arabi y el despojo de los bienes

Es así como yo mismo me despojé de todo cuanto me pertenecía; sin embargo, en aquella época, yo no tenía maestro (terrestre), a quien confiar el asunto y entregar mis bienes. Por lo tanto recurrí a mi padre; después de haberle consultado puse en sus manos todo cuanto poseía. No recurrí a nadie más porque no regresé a Dios por intermedio de un maestro, puesto que en aquel entonces no conocía a ninguno. Me separé de mis bienes como un muerto se separa de su familia y de sus propiedades.


En la mentada visión no sólo se le aparece Jesús, sino también las otras dos principales figuras del monoteísmo –Moisés y Muhammad-, brindándole cada uno de ellos un consejo específico. Si Jesús le exhorta a la renuncia de los bienes mundanos, Moisés le augura el logro del conocimiento trascendental de la unidad, mientras que el Profeta le recomienda que se aferre a él para salvarse. Y precisa Ibn ‘Arabi que, a partir de entonces, ya no abandonó el estudio de las tradiciones proféticas durante toda su vida. Por extraño que parezca, ese tipo de guía invisible no es ajeno en el ámbito del sufismo, sino que cuenta con reputados antecedentes históricos que se remontan a la época del mismo Muhammad. Quienes se benefician de ella poseen el estatuto de uwaysi, en alusión a la figura de Uways al-Qarani, contemporáneo del Profeta, que fue instruido por este sin que ambos se encontrasen físicamente.

Por F. Mora

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Día internacional de la mujer – Las mujeres del Islam

Cuando el llanto de un recién nacido sonaba en un casa de Meca, el padre sentía una poderosa sensación de desconcierto, especialmente cuando se le anunciaba que era una niña. No podía imaginar un destino peor.

“Se esconde de la gente a causa del mal de lo que se le anunció, pensando si se quedará con ello a pesar de la vergüenza o lo enterrará. ¿Acaso no es malo lo que juzgan?” (La Abeja, 16:59)


Por ello, se escurría en la oscuridad para enterrar a su hija en una tumba, con el fin de no volver a verla ni escucharla nunca más. Esto sucedía en la sociedad de Arabia antes del 621 d.C, en que se pensaba que a una niña recién nacida no merecía la pena mantenerla con vida. E incluso si vivía, llevaría una vida sin oportunidades. Entonces, en el año del elefante, llegó Muhammad, que la paz sea con él, como una misericordia para todos los mundos y una luz para la humanidad. Hizo que los hombres se dieran cuenta de que tenían que temer un día “Cuando la niña enterrada viva sea preguntada por qué crimen la mataron” *.

* [Alude a la práctica de la ignorancia anterior al Islam por la que algunos árabes enterraban vivas a sus hijas al nacer.] “…y en este día, todo aquel que perpetró este mal, tendrá que rendir cuentas por ello” (El Arrollamiento, 81:8-9)

El Islam llegó como una guía para toda la humanidad y como un catalizador en la vida de las mujeres, transformando su situación de la noche a la mañana. Los derechos de la mujer, un concepto que nunca antes se había escuchado, ni siquiera pensado, se estaba imponiendo y protegiendo. De ser una simple mercancía y un objeto de uso, las mujeres pasaron a tener dignidad y voz.

El Profeta, que la paz sea con él, enseñó que no hay diferencia en la valía de los creyentes en función de su sexo. Ambos tienen los mismos derechos y obligaciones de aprender y de enseñar. Las mujeres tienen la misma responsabilidad que los hombres a la hora de condenar el mal y ordenar hacer el bien. El Islam ha puesto el paraíso bajo sus pies como madres, [de ahí el hadith “El Paraíso está bajo los pies de la madre”]. Son la razón por la que sus padres entrarán en el Jardín, y una parte fundamental de la creencia de sus maridos, quienes, si no las honran, no habrán completado su fe. Fue a través de esta recién adquirida posición que las mujeres se elevaron y dejaron su impronta en la Historia.

Las mujeres musulmanas contribuyeron al legado del Islam como eruditas, juristas, gobernadoras, benefactoras, guerreras, mujeres de negocios, expertas legales y demás. El hogar del Profeta era lo que todos los compañeros tomaban como ejemplo y guía, y en él las esposas tenían personalidad y voz propia. Jadiya, quien era su compañera y confidente, fue una exitosa mujer de negocios que le apoyó moral y financieramente cuando recibió la Revelación; Aisha bint Abu Bakr transmitió grandes cantidades de conocimiento procedente de él y se convirtió en una gran jurista y erudita. El consejo de Umm Salama fue aceptado por el mismo Profeta en el momento del tratado de Hudaibiyah; Hafsa, la hija de Umar ibn Al-Jattab, fue la primera persona en quien se confió el Corán escrito cuando murió su padre.

Eruditas del ‘hadith’

La contribución de las mujeres a la preservación del hadith, o dicho y hecho atribuido al Profeta, ha sido de gran importancia. Un estudio de los textos de hadith nos indica que la mayoría de los primeros recopiladores recibieron muchos de ellos de mujeres que hicieron las veces de transmisoras directas. Ibn Hajar estudió bajo 53 mujeres diferentes, As-Sajawi recibió iyazas (licencias de enseñanza), de 68 mujeres, y As-Suyuti tuvo más de 33 maestras, un cuarto de la totalidad de sus maestros.

En el siglo X destacan Fatima bint Abdur-Rahman, comocida como as-sufiyyah, por su devoción; Fatima, la nieta de Abu Dawud, recopilador del Sunan; Amat al-Wahid, la nieta del distinguido jurista al-Muhamili; Umm al-Fath Amat as-Salam, la hija del juez Abu Bakr Ahmad; Jumuah bin Ahmad, cuyas clases eran atendidas por reverenciales audiencias. Todas ellas jugaron un rol importante en su tiempo.

Fathima bint al-Hasan ibn Ali Ad-Daqqaq al-Qushayri fue una gran erudita de los siglos XI-XII, conocida no solamente por su devoción y su maestría con la caligrafía, sino también por su conocimiento de los hadices y por la calidad de sus isnads (cadenas de transmisión). Karimah al-Marwaziyyah fue considerada una de las mayores autoridades de Sahih al-Bujari [la principal recopilación de hadices autentificados] su tiempo; Abu Dharr de Herat, uno de los eruditos más prominentes de ese tiempo, le daba tanta importancia a su autoridad en el Sahih al-Bujari, que recomendaba a sus estudiantes estudiarlo solamente a través de ella por la calidad de su erudición. Entre sus estudiantes se encontraron Al-Jatib al-Baghdadi y Al-Humaydi.

Fatima-bint-Muhammad, conocida como as-Shahdah, la escritora, recibió el honrado título de Musnida Asfahan (la gran autoridad en hadith de Isfahan). Fundó un centro de espiritualidad que su marido dotó generosamente. Sus clases de Sahih al-Bujari eran atendidas por multitudinarias audiencias y muchos incluso clamaban falsamente haber sido sus discípulos.

Sitt al-Wuzra fue otra conocida autoridad del Sahih al-Bujari, quien, además de ser una gran erudita en jurisprudencia islámica, daba clases sobre al-Bujari en Damasco y Egipto. De igual forma, Umm al-Khayr Amat al-Khaliq, fue considerada la última gran erudita del hadith en el Hiyaz.

En el siglo XIII, en Damasco, encontramos a Umm al-Darda, una importante jurista entre cuyos estudiantes se encontraba Abdul Malik ibn Marwan, el Califa en aquel momento; solía enseñar hadith y fiqh en la mezquita. Ilyas-ibn-Mu’awiyah, un importante erudito de aquel tiempo y juez de mérito indiscutible, la consideraba superior a todos los demás eruditos del hadith de su tiempo.

Aisha bint Sa’ad bin Abi Waqqas fue una jurista y erudita, maestra del conocido erudito Imam Malik, el fundador de la escuela de jurisprudencia maliki. Sayyida Nafisa, la nieta del Profeta e hija de Hassan bin Ali bin Abu Talib, fue una conocida maestra de jurisprudencia cuyos estudiantes provenían de sitios lejanos, siendo uno de ellos el Imam Shafi’, famoso erudito y fundador de la escuela de jurisprudencia Shafi’. Fue ella quien cubrió sus gastos de educación.


Enseñaban a hombres y mujeres

Es esta una tradición que nos viene de la época del Profeta, la paz sea con él, y de su esposa Aisha, que fue una de las grandes juristas y Sabias del Islam.

Ashifa bint Abdullah fue la primera mujer musulmana nombrada encargada e inspectora del mercado por el Califa Umar Ibn al-Jattab. Amra bint Abdurrahman fue una de las grandes eruditas del siglo XVIII, llegando a ser jurista, Mufti y erudita del hadith. El el tiempo del Califa Umar se la consideraba una gran autoridad en las tradiciones transmitidas por Aisha, la esposa del Profeta, que la paz sea con él. Entre sus estudiantes se encontraban Abu Bakr ibn Hazim, el conocido juez de Medina a quien el califa Umar ibn Abdul Aziz ordenó que recogiera todos los hadices transmitidos por ella.

Aisha bint Muhammad ibn Abdul Hadi fue una erudita de Damasco quien enseñó a muchos conocidos eruditos y que poseía la cadena de transmisión más corta hasta el Profeta Muhammad. Fue maestra de Ibn Hajr al Asqalani, el mayor erudito de su tiempo. Fatima al-Batayahiyyah fue una distinguida mujer de edad avanzada que enseñaba el Sahih al-Bujari en la misma mezquita del Profeta.

En el siglo IX encontramos a Fatima al-Fihriyya, en Fez, Marruecos, quien fundó la mezquita, y primera universidad del mundo, la Qarawiyyin. Esta fue establecida en el año 859 y a través de ella se extendió el uso de los números árabes en Europa. La universidad adjunta a la mezquita es la primera universidad y la más antigua que sigue en funcionamiento. Los estudiantes acudían de todas partes del mundo para estudiar ciencias, lenguas y estudios islámicos.

Fatima de Córdoba fue una bibliotecaria de siglo X que supervisaba setenta bibliotecas con más de 400.000 libros, mientras que las bibliotecas más avanzadas en Europa en ese momento tenían algunos centenares a lo sumo. En el siglo XI encontramos Banafshaa’ ar-Rumiyya, quien restauraba escuelas, puentes y casas para los pobres en Bagdad.

Después de ellas podemos mencionar a Abidah al-Madaniyya, Abdah bint Bishr, Umm Umar Ath-Thaqafiyyah, Zaynab, la nieta de Ali ibn Abdullah ibn Abbas, Nafisah bint al-Hassan ibn Ziyad, Khadijah Umm Muhammad, Abdah bint Abdar Rahman y muchas otras mujeres que sobresalieron dando clases públicas sobre hadith. Abidah comenzó siendo una esclava de Muhammad ibn Yazid. Aprendió un gran número de hadices y relató cerca de 10.000 provenientes de la autoridad de sus maestro, Madani. Cuando fue entregada por su señor a Habib Dahhun, el gran erudito de los hadices en Al-Andalus, durante una visita a Jerusalén, este quedó tan impresionado por su conocimiento que la liberó, se casó con ella y se fueron de vuelta a Andalucía.

Zaynab bint Sulaiman, al contrario que Abidah, fue una princesa. Su padre fue un primo de As-Saffah, el fundador de la dinastía Abasí, y fue gobernador de Basrah, Oman y Bahrain durante el califato de Al-Mansur. Zaynab recibió una cuidada educación y adquirió maestría en los hadices, ganándose una gran reputación, como una de las eruditas más importantes de su tiempo. Muchos hombres acudían a sus clases.

En el siglo XII tenemos a Shuhadah bint Ahmad al-Ibrii, quien estudió en Bagdad con conocidos eruditos del hadith y se convirtió en una gran erudita y jurista. Era conocida como el ‘orgullo de las mujeres’. Zainab bint Kamal enseñó más de 400 libros de hadith en algunas de las más prestigiosas instituciones académicas de Damasco, y mostraba tanta erudición y amabilidad que se ganaba el corazón de todos los estudiantes. También podemos ver a Fathima bint Muhammad al-Samarqandi, una jurista que aconsejaba a su famoso marido sobre las fatwas. Más recientemente, el el siglo XIX, encontramos a Nana Asma’u de Nigeria; una poeta, maestra, erudita y consejera de su padre, el famoso Usman Dan Fodio.

Mujeres gobernadoras

Algunas de las mujeres que sobresalieron como gobernadoras fueron Arwa al-Sulayhi, una mujer Yemení del siglo XI, quien gobernó durante 77 años y que era conocida como “La noble dama”. También destacó la Sultana Shajarat al-Durr, quien tomó control de Egipto tras la muerte de su marido en el siglo XIII.

Dhayfa Jatún, la sobrina y nuera de Salah Al-Din al-Ayyubi, tras la muerte de su hijo, el rey Abdul Aziz, se hizo reina de Alepo y gobernó durante cuatro años. Durante su reinado se enfrentó a las amenazas de los cruzados, Khuarzmain, los mogoles y los selyúcidas. Además de su función política y social, también apoyó la educación en Alepo, donde fundó dos escuelas.

Sitt al-Mulk fue una princesa Fatimí de Egipto, cuyas conocidas dotes administrativas estaban de acuerdo con las leyes islámicas.

La reina Zubayda, esposa del califa del siglo IX, Harun Ar-Rashid, era famosa por sus generosas contribuciones destinadas a construir recursos para obtener agua y casas para los peregrinos hacia Meca. Fue una intelectual que expresaba sus opiniones políticas en público y que patrocinaba a poetas y escritores -aunque no fuesen musulmanes-, a eruditos religiosos y a los necesitados. El famoso pozo de Zubayda, en las afueras de Meca, todavía lleva su nombre.

En India encontramos a Razia Sultana, la única mujer que ocupó el trono de Delhi durante cuatro años en el siglo XIII. Firishta, un historiador del siglo veinte escribió: “Razia era mejor que veinte hijos”.

Hurrem Sultán, también conocida como Roxelana, fue capturada como prisionera en el siglo XVI en las campañas de Crimea durante el reinado de Yazuz Sultan Salim, llevada al palacio otomano y presentada a Sultan Suleiman, quien más adelantes de casó con ella. Fue la fundadora de una gran número de instituciones, entre las que se incluyen el complejo de una mezquita que cuenta con una madrasa, una cocina pública, un hammam para hombres y mujeres, dos escuelas y un hospital para mujeres. También construyó cuatro escuelas en Meca y una mezquita en Jerusalén.

La educación de las niñas era una orden enfatizada por el Profeta Muhammad. Amina fue la reina de Zazzua, una provincia de Nigeria, en el siglo XVI. Cuando tenía dieciséis años se convirtió en la heredera aparente de su madre. Amina eligió aprender las artes militares y se convirtió en la líder de la caballería zazzua. Durante su reinado, que duró 34 años, expandió su territorio hasta los máximos límites que llegó a alcanzar. Se centró principalmente en que los gobernadores locales aceptasen el estatus de vasallos y permitiesen el paso seguro de los comerciantes Hausa. Se le atribuye el mérito de construir fortificaciones de tierra, características de los Hausa. Muchos de los pueblos y ciudades crecieron gracias a estas murallas, que aún hoy son conocidas como las murallas de Amina.

Hubo una familia de mujeres que gobernó Bophal entre 1819 y 1924, siendo la última gobernadora Begum Kaikhursau Jahan. Esta familia era conocida por haber mejorado la líneas de tren, los sistemas de agua, el sistema postal y la líneas de transporte con la vecindad.

Las mujeres musulmanas también se aseguraban de dejar una legado intelectual y académico. Sutayta al-Mahamili fue una matemática que vivió en la segunda mitad del siglo X y procedía de una familia educada en Baghdad. Sobresalió en muchos campos, como la literatura, la ciencia del hadith y la jurisprudencia. Inventó soluciones para muchas ecuaciones que han sido usadas por otros matemáticos y que muestran su aptitud para el álgebra. Fue alabada por historiadores como Ibn al-Jawzi, Ibn al-Jatib e Ibn Kazir.

Mujeres de Al-Andalus

Labana de Córdoba vivió en el siglo X en España y era una experta en matemática, pudiendo resolver los más complejos problemas geométricos y de álgebra conocidos en aquel tiempo. Trabajó como la secretaria personal del califa Omeya Al Hakam II.

Aisha, hija del príncipe Ahmed de Al-Andalus, quien vivió en el siglo XI, sobresalió en la rima y la oratoria. Sus versos causaban entusiasmo entre los graves poetas cordobeses, y su biblioteca era una de las mejores y más completas del reino.

Wallada, una princesa almohade del siglo XI, era conocida por su conocimiento de la poesía y la retórica, y por sus conversaciones, extraordinarias en cuanto profundidad y originalidad. En las competiciones académicas de Córdoba, la capital que atraía a los más sabios y elocuentes de la Península Ibérica, nunca fallaba en superar, en la prosa y la composición poética, a todos sus competidores.

Al Ghazaniya y Safiyya, las dos sevillanas, eran conocidas por sus genio poético y oratorio en el siglo XI. Safia además era única en la perfección y belleza de su caligrafía.

Miriam, la hija de Al-Faisuli, era conocida por sus logros literarios en todo Al-Andalus. Su agudo ingenio y la sátira de sus epigramas no tenía igual a finales del siglo XI.

En el arte de la caligrafía hay un nombre que surge una y otra vez, el de Thana, una sirviente en la casa de Ibn-Qayyuma. Ibn Qayyuma era el tutor de uno de los hijos del Califa Mansur. Una de las dos que mandó a aprender bajo el mejor calígrafo de su tiempo, Ishaq bint-Hamad, fue Thana, cuyos pupilos dicen que ‘escribió los manuscritos de medidas originales, que no han vuelto a ser igualados’.

Umm-al-Sa’d, en el siglo XI, era conocida por sus familiaridad con las tradiciones islámicas. Al Fihrist-ibn-al-Nadim, un historiador del siglo XVIII, nombra a muchas mujeres con múltiples habilidades. Dos de ellas eran expertas en la gramática, una muy respetada rama de conocimiento relacionada con el uso correcto y completo de la lengua árabe. Una de ellas, en el siglo XI, procedente de ‘las tribus’ era una experta en los dialectos del árabe. Otra conocía las leyendas tribales; una tercera escribió un libro titulado Formas raras y fuentes de los verbos. En un campo diferente, Arwa escribió un libro sobre sermones, moral y sabiduría.

Rasa, un mujer india, fue la autora de un libro sobre el trato médico y cuidado de las mujeres, el libro sigue estando disponible entre los libros de medicina en árabe. Mariyah-al-Qibtiyyah, que era egipcia, escribió sobre la alquimia en el siglo XIII.

Al Ijiliyyah bint al-Ijili al-Asturlabi, siguió el curso de su padre, de quien tomó el nombre el astrolabio, en Alepo, y trabajó en la corte de Sayf-ad-Dawla, uno de los poderosos gobernadores Hamdanin en el norte de Siria.


Mujeres médicos

La Sharia requiere que los musulmanes se preocupen por todas las esferas de la sociedad. Con la llegada del Islam la mujeres pudieron empezar a trabajar como médicos tratando a hombres y mujeres, especialmente en el campo de batalla. El honor de ser la primera enfermera lo tuvo Rufayda bint Sa’ad al-Aslamiyya, quien vivió en el mismo tiempo del Profeta. Ayudó a curar y tratar a los heridos en la batalla de Badr, el 13 de marzo del 625. Aprendió la mayoría de sus habilidades de ayudar a su padre, Sa’ad al-Aslami, quien también era médico.

Al Shifa bint Abdulla al-Quraishiyya al-Adawiyah fue una de las mujeres sabias de su tiempo. Estuvo involucrada en los asuntos de la administración pública y también era médico. Su nombre era Layla, pero recibió el apodo de ‘Al-Shifa’ que significa ‘la que cura’.

Nusayba bint Ka’ab al-Mazneya, puso en práctica sus conocimiento en la batalla de Uhud; Umm-e-Sinan Al-Islami pidió el permiso del Profeta para salir al campo de batalla a ayudar a los heridos y a llevarles agua; Umm Warqa bint Harith, quien participó en la recopilación del Corán, también ayudó en la batalla de Badr.

Nudaybah bint al-Harith, también conocida como Umm al-Athia, ayudaba con los heridos en las batallas y proveía a los soldados con agua, alimentos y primero auxilios; incluso hacía circuncisiones.

Líderes políticas

El relato más cercano de una erudita actual, que dedicó su vida al Islam, es el de Zainab al-Ghazali. Nació en 1917 en Egipto y estuvo relacionada al principio con los Hermanos Musulmanes. Su padre la animó a convertirse en una líder islámica citando el ejemplo de Nusayba bint Ka’ab al Muzaniyya, una mujer que luchó junto al Profeta en la batalla de Uhud. A la edad de diecinueve años fundó la Jama’at al-Sayyidat al-Muslimaat (Asociación de mujeres musulmanas), que contaba con tres millones de miembros cuando fue disuelta por el gobierno en 1964. Hasan al-Banna la invitó a unir su asociación con su movimiento de los Hermanos Musulmanes, oferta que rechazó para mantener su autonomía.

Sus clases semanales atraían a cerca de cinco mil personas. Además de ofrecer clases a las mujeres, la asociación tenía un orfanato, asistía a familias pobres, mediaba en disputas familiares y tenía una publicación periódica. Pasó una larga temporada en la cárcel en la que fue sometida a numerosas dificultades y escribió un libro que fue traducido al inglés como ‘El retorno de la faraona’. Murió el 3 de agosto de 2005 con 88 años.

El Dr. Akram Nadwi, autor contemporáneo de una obra de 40 volúmenes sobre la mujeres eruditas en el Islam, Al-Muhaddizat, sacó a la luz en su investigación muchas eruditas y sus logros, que en la mayoría de los casos están hoy olvidados. Su idea era desmontar la visión acerca de la supuesta sumisión de la mujer en algunos países de mayoría musulmana:

“En un principio creí que habría unas 30 o 40 mujeres, pero a medida que la investigación continuaba, la cuenta seguía aumentando hasta que me di cuenta de que tenía no menos de 8.000 notas biográficas de mujeres que habían jugado un rol importante en la preservación y avance de las tradiciones y ciencias islámicas desde el tiempo del Profeta, que la paz sea con él. Estas mujeres no eran, ni mucho menos, mediocres en comparación con los hombres, y de hecho, muchas excedieron a sus contemporáneos masculinos. Estas eran mujeres excepcionales que no solo participaban en la sociedad, sino que ayudan a que esta se reformase. Una de las cosas más impactantes era su calibre intelectual y el reconocimiento que recibieron por ello”.

Por Zaynab Aliyah
Con información de Young Muslim Digest

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Ser árabe – Cuando se conjugan el corazón y la razón

Sin lugar a dudas, la cultura árabe contiene una gran riqueza de tradiciones y costumbres muy arraigadas. Estando presente en todo el mundo a través de sus expresiones culturales como la danza, música, literatura y gastronomía.

Igualmente se ha destacado por tener personalidades como Jaber íbn Hayyan, Amr Diab, Yasser Arafat, Ibn Sina, Al-Mamún, y el Profeta Muhammad.

Rasgos de esta cultura se muestran en ciudades como El Cairo, Abu Dhabi, Jiddah, Dubái, Marrakech, Luxor y Medina.

Cultura árabe

La cultura árabe se originó en la Península Arábiga, extendiéndose geográficamente por el norte de África y Medio Oriente.

Se conoce como mundo árabe al conjunto de países que hablan la lengua arábiga y que conforman la Liga Árabe. En este sentido, las naciones que conforman el mundo árabe son: Egipto, Irak, Jordania, Líbano, Arabia Saudita, Siria, Yemen, Libia, Sudán, Marruecos, Túnez, Kuwait, Argelia, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Omán, Mauritania, Somalia, Palestina, Yibuti y Comoras.

Por ello es importante señalar, que la valoración de la cultura árabe, aunque tenga vínculos históricos con el Islam, es exclusivamente lingüística, tanto que muchos musulmanes no hablan árabe y un grupo de árabes profesan otras religiones.

Nacionalismo árabe

El nacionalismo árabe procura la alianza de prácticamente todo el mundo árabe como una sola nación. De tal forma, existen tres factores que determinan si una persona puede ser considerada árabe o no.

Políticos: si vive en un país miembro de la Liga Árabe, definición que cubre a más de 300 millones de personas.
Lingüísticos: si el idioma materno es el árabe, un concepto que abarca más de 200 millones de personas.
Genealógicos: si tiene ascendencia de originarios de la Península Arábiga.

Cuando fue fundada la Liga Árabe se estableció que: “árabe es una persona que hable árabe, viva en un país de lengua árabe, y simpatice con las aspiraciones de los pueblos árabes”.

En la organización geopolítica del mundo árabe, adicional a la Liga Árabe, el territorio se divide de la siguiente forma:

Magreb: son los países que se encuentran al occidente de Egipto, como Mauritania, Marruecos, Argelia, Túnez y Libia. Estas naciones conforman la Unión del Magreb Árabe o UMA.
Mashrek: está conformado por el resto de las naciones que se ubican al oriente del mundo árabe, incluyendo Egipto. La única organización existente en esta área es el Consejo de Cooperación para Estados Árabes del Golfo, integrado por Bahréin, Kuwait, Omán, Qatar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.

Entre otros organismos políticos dedicados a incentivar el desarrollo económico, político y hermandad entre los árabes, para la organización de la economía ,el Fondo Monetario Árabe, Consejo de Cooperación Árabe, Consejo Económico de Unidad Árabe, Organización de los Países Árabes exportadores de Petróleo.


Períodos históricos

Se pueden distinguir dos grandes períodos históricos de la cultura árabe, que sirvieron la culturizar a Europa.

Preislámico

Esta etapa estuvo formada por los pueblos semitas que emigraron de la Península Arábiga, caracterizados por tener un idioma parecido. Así, los babilonios, caldeos, asirios, egipcios, arameos, fenicios, nabateos, sabaneses, himaritas fueron la base de la cultura árabe. De estos pueblos que actualmente conforman el mundo árabe, sobre todo Egipto, los griegos adquirieron muchos de sus conocimientos.

Islámico

Durante este período aparece el Islam, los pueblos de origen semita se unen en torno a las prédicas de Muhammad, constituyendo una civilización árabe musulmana. Con la muerte de Muhammad, empieza la expansión del Islam y una serie de disputas por el poder político-religioso. En este sentido, los sucesores de Muhammad fueron sus discípulos, llamados califas, que instauraron los siguientes califatos.

Ortodoxo (632 -660 D.C.).

Fue el único califato elegido y reconocido por los musulmanes suníes y shiíes. Estuvo distinguido por cuatro califas: Abu Beker, Omar, Otman y Alí, quienes implantaron la Guerra Santa contra los infieles. Conquistaron Palestina, Siria, Armenia, Bizancio, Mesopotamia, Persia y Egipto, y establecieron la capital en Medina.

Omeya (660 – 750 D.C.).

Constituye el primer califato hereditario de orientación musulmana sunnita. Instauraron la capital en Damasco, e iniciaron nuevas conquistas como Beluchistán, Afganistán, Turquestán, norte de África y España.

Abásida (750 – 1242 D.C.)

Fue un califato impuesto por Abu Abbas, luego de asesinar a la familia de los Omeyas, trasladando la capital a Bagdad y posteriormente a El Cairo.

El Islam se expandió hasta las fronteras con la India, pero una cantidad de vaivenes y diferencias generaron su división en tres califatos. De esta manera la civilización árabe musulmana quedó separada en: Califato de Bagdad, Califato de Córdoba, y Califato de El Cairo.

Escritura

Se puede afirmar que la escritura árabe es el principal arte islámico, ya que está basada en veintiocho letras del alfabeto árabe que se unen entre sí, formando las palabras mediante ligeros trazos de caligrafía cursiva llamados ductus, que poseen una gran flexibilidad y elegancia, a la vez que permiten alargar o compactar palabras.

Antes de la llegada del Islam, la mayoría de los árabes rendían culto a varios dioses como Hubal, Wadd, Al-Lat, Manat y Uzza. En ese entonces, algunos pueblos profesaban el cristianismo, otros el judaísmo y un grupo muy reducido, los hanif, rechazaban el politeísmo. Con la expansión del Islam, la mayoría de los árabes se convirtieron en musulmanes, desapareciendo las tradiciones politeístas.

Las principales corrientes de la religión islámica

Sunnitas: constituyen la rama más grande del Islam, y profesan los preceptos establecidos en las enseñanzas de Muhammad. Los sunitas dominan la mayoría del territorio del mundo árabe, especialmente al norte de África.

Shiitas: son los seguidores del yerno de Muhammad, llamado ‘Ali , al cual consideran su sucesor legítimo. Predominan en Bahréin, sur de Irak, adyacencias de Arabia Saudita, sur de Líbano, algunas partes de Siria, norte de Yemen, sur de Irán, y en las costas de Omán.

Otras corrientes son el sufismo, el jariyismo y yihadismo.

Dentro de la religión de la cultura árabe, los cristianos siguen a las iglesias maronitas, coptas, siriacas y griegas ortodoxas, en cambio los judíos no son considerados árabes.

También existe una pequeña comunidad drusa, una rama minoritaria del Islam, que se encuentra principalmente en Siria, Líbano y Jordania.

En la cultura árabe existen diferentes tipos de símbolos y costumbres de acuerdo a cada región, pero hay algunas que generalmente son una constante.

Vestimenta

Existe una tendencia a ser conservadores en la vestimenta, y en muchas ocasiones difieren de la forma de vestir occidental. Por ejemplo, las mujeres en Egipto usan un pañuelo para cubrir su cabeza llamado hijab, mientras que en Arabia Saudita se cubren la mitad inferior de la cara con un niqab, contrariamente, en Líbano el estilo es más occidental. Los hombres se visten con túnicas y camisas largas u otros usan trajes o jeans con una camiseta.

Para los árabes los valores como la lealtad y el honor son importantes en las relaciones para establecer la confianza. El sentido de la amistad, en esta cultura, es tomado muy en serio, por ello son muy selectivos. Ello incide en la interacción masculina, por ejemplo, cuando dos amigos se encuentran, se abrazan, se intercambian besos en la mejilla o se cogen de la mano si van caminando, no indicando esta conducta una preferencia sexual. Usualmente los hombres cuando conversan con una mujer no mantienen un contacto visual, y menos le estrechan la mano.

También, las leyes del matrimonio en el mundo árabe, le permiten al hombre tener hasta cuatro esposas al mismo tiempo.

Otra característica de la cultura árabe es la arguile, una pipa de agua que se suele fumar entre varias personas.

Una frase muy frecuente en la cultura árabe es In Shâ Allâh, que quiere decir si es lo que Dios quiere.

Legado árabe

El legado que le ha dado la cultura árabe a la humanidad aparte de inmenso, ha sido muy valioso.

Medicina.

En la antigua cultura árabe se descubrió la circulación de la sangre, se realizaban operaciones con anestesia y amplia tecnología.

Farmacia.

Los árabes fueron excelente alquimistas, descubriendo fórmulas químicas que se usan actualmente en muchas medicinas.

Química.

Lograron la extracción de minerales y metales, la mezcla de colores, el curtido del cuero y otras técnicas que surgieron de los procesos de investigación de sustancias químicas.

Fueron los pioneros en elaborar el papel de algodón, que sirvió posteriormente para que los europeos desarrollaran la imprenta.

Geografía.

No solamente en la cultura árabe se perfeccionó la brújula, debido al gran conocimiento astronómico, sino que también, elaboraron la cartografía que posteriormente utilizó Colón para «descubrir» América.

Arquitectura.

Sobresalieron en la construcción de muchas mezquitas con unos diseños propios y decorados en marfil, madera, yeso esculpido, mosaicos.


Otros aportes

En los números y la matemática fueron los precursores del cero, álgebra, trigonometría y geometría. De igual forma se le asigna al califa y poeta Al-Mamún la inspiración de la famosa obra Las mil y una noches.

La gastronomía árabe se ha internacionalizado con platos como el kebbe, cuscús, falafel, maqluba, hummus, shawarma, etc.

Vestimenta:

En la vestimenta árabe está prohibida la valoración de la mujer por su belleza física, el vestuario femenino es variado y se caracteriza por algunas indumentarias que no impiden el cumplimiento de su rol en la sociedad, siendo una de las más conocidas el hiyab. La forma en la que visten se basa en lo que reglamenta el Corán, de esta manera, se enfoca en aspectos tales como: no debe ser estrecha, transparente, imitar alguna moda y evitar los colores llamativos. Sin embargo, existen variaciones en la manera de vestir en los países que componen la cultura árabe.

Un requisito fundamental de la vestimenta árabe, es que el hombre debe cubrir el awrah, es decir, la parte del cuerpo entre el ombligo y las rodillas, igualmente, los atuendos deben ser sencillos, ligeros y no ceñidos al cuerpo. Generalmente, en los países del mundo árabe, los hombres utilizan como prenda diaria una túnica ancha de mangas largas que llega hasta los tobillos, llamada thawb o suriyah, que en verano es de algodón blanco y en invierno de lana oscura, además, lo acompañan con un turbante o kufiyya que usan en la cabeza, representando uno de los símbolos árabes.

Aunque en la cultura árabe está prohibida la valoración de la mujer por su belleza física, el vestuario femenino es variado y se caracteriza por algunas indumentarias que no impiden el cumplimiento de su rol en la sociedad, siendo una de las más conocidas el hiyab, que es una mantilla que cubre completamente la cabeza y el cuello, representando un símbolo tanto religioso como femenino con una gran variedad de estilos, como el niqab que oculta el rostro dejando al descubierto los ojos, también el al-amira, un manto de dos piezas ajustados a la cabeza, mientras que el shayla, por su largo envuelve la cabeza y se pliega en los hombros, o el khimar, que forma una capa que llega hasta la cintura arropando el cabello, el cuello y los hombros.

Entre otros tipos de vestimenta árabe femenina está la reconocida burka, un vestido que encubre absolutamente todo el cuerpo menos los ojos, igualmente, el chador que es una manta muy usada por las iraníes fuera del hogar, o la chilaba, que abriga desde el cuello hasta los tobillos, y es llevada encima de la ropa solo para salir a la calle, de un lugar a otro.

Ciertamente, cada uno de los países que configuran la maravillosa cultura árabe ha realizado sus adaptaciones a estos vestuarios, siempre respetando los cánones que rigen sus tradiciones, es por ello, que la vestimenta árabe se ha convertido en un elemento con mucha información sobre este particular estilo de vida.

Con información de  Cultura10

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Boabdil, Yahya an-Nayyar, Fernando y la caída de Baza y Granada

El traidor Yahya an-Nayyar

Aquel año, por culpa de una sonrisa, mi tío materno tomó el camino del exilio. Por lo menos, así fue como me explicó su decisión muchos años después, cuando nuestra caravana iba por el vasto Sáhara, al sur de Segeimesse, una noche fresca y serena que más que turbar acunaban los lejanos lamentos de los chacales. El yenteculo obligaba a Jali a narrar muy alto su relato y tenía una voz tan tranquilizadora que me hacía respirar los olores de mi Granada natal y una prosa tan hechicera que mi camello no parecía caminar sino a su ritmo.

Hubiera querido repetir cada una de sus palabras pero mi memoria es limitada y mi elocuencia asmática y muchas de las ilustraciones de su historia no volverán a aparecer nunca más, por desgracia, en ningún libro.

«El primer día de aquel año había subido por ha mañana temprano a la Alhambra, no para ir, como de costumbre, al pequeño escritorio del diwan donde redactaba las cartas del príncipe, sino para presentar, junto con algunos notables de mi familia, mis felicitaciones del Ras-es-Sana. El maylis, la corte del sultán, que se hallaba con tal motivo en el Salón de Embajadores, rebosaba de cadíes con sus turbantes, de dignatarios con altos gorros de fieltro, verdes o rojos, de ricos negociantes con los cabellos teñidos de alheña y partidos, como los míos, por una raya hecha con primor.


»Tras haberse inclinado ante Boabdil, la mayoría de los visitantes se retiraban hacia eh patio de los Arrayanes, por donde deambulaban un rato alrededor de la piscina, deshaciéndose en zalemas. Los principales notables se sentaban en los divanes cubiertos de tapices adosados a has paredes de la inmensa estancia, contoneándose torpemente para acercarse, en la medida de lo posible, al sultán o a los visires, con intención de hablar con ellos de alguna petición o de mostrar, simplemente, que gozaban del favor del sultán.

»Como redactor y calígrafo de la secretaría de Estado, de lo que daban fe los rastros de tinta roja que tenía en los dedos, gozaba yo de algunos pequeños privilegios, como el de circular a mi antojo entre el maylis y la piscina y dar, así, unos cuantos pasos en compañía de los personajes que me parecían interesantes para volver a sentarme a continuación, al acecho de una nueva presa. Excelente sistema de recoger noticias y opiniones sobre los asuntos del momento, tanto más cuanto que ha gente hablaba con entera libertad durante el reinado de Boabdil, mientras que en tiempos de su padre miraba siete veces a su alrededor antes de formular ha menor crítica, se expresaba en términos ambiguos, a golpe de versículos y de refrajíes, para poder desdecirse en caso de denuncia. Al sentirse más libres, menos espiados, los granadinos se habían vuelto más duros que el sultán, aún cuando se encontraban bajo su techo, aun cuando habían venido a desearle larga vida, salud y victoria. Nuestro pueblo es despiadado con los soberanos que no lo son.

»En aquel día otoñal, las hojas amarillas estaban más fielmente unidas a su árbol que los notables de Granada a su monarca. La ciudad se encontraba dividida, como desde hacía años, entre el partido de la paz y el partido de la guerra, ninguno de los cuales era partidario del sultán.

»Los que querían la paz con Castilla decían: somos débiles y los rum son poderosos; nos han abandonado nuestros hermanos de Egipto y del Magreb, mientras que nuestros enemigos tienen el apoyo de Roma y de todos los cristianos; hemos perdido Gibraltar, Alhama, Ronda, Marbella, Málaga y otras muchas plazas y, mientras no se restablezca la paz, la lista no dejará de aumentar; las tropas devastan las huertas y los campesinos se lamentan, los caminos no son ya seguros, los negociantes no pueden ya abastecerse, la Alcaicería y los zocos se están quedando vacíos y los precios de los productos suben a excepción de la carne que se vende a un dirhem la libra porque ha habido que sacrificar miles de reses para sustraerlas a las razzias; Boabdil debería poner todos los medios para acallar a los belicistas y llegar a una tregua duradera con los castellanos, antes de que le pongan sitio a la propia Granada.

»Los que querían la guerra decían: el enemigo ha decidido aniquilarnos de una vez por todas y no será sometiéndonos como lo haremos retroceder. ¡Mirad cómo, tras su rendición, han reducido a la esclavitud a todos los habitantes de Málaga! ¡Mirad cómo levanta hogueras para los judíos la Inquisición en Sevilla, en Zaragoza, en Valencia, en Teruel, en Toledo! ¡Mañana, las hogueras se alzarán aquí mismo, en Granada, no sólo para la gente del sabbat sino también para los musulmanes! ¿Cómo impedirlo sino con la resistencia, con la movilización, con eh Yihad? Cada vez que hemos peleado con energía, hemos podido frenar el avance de los castellanos, pero después de cada una de nuestras victorias ha habido entre nosotros traidores que no pretendían más que conciliarse al enemigo de Dios, que le pagaban tributos, le abrían las puertas de nuestras ciudades. ¿No le ha prometido el propio Boabdil a Fernando entregarle un día Granada? Hace ya más de tres años que le firmó un papel en ese sentido en Loja. Este sultán es un traidor. Hay que sustituirlo por un verdadero musulmán, dispuesto a dirigir la guerra santa y que devuelva la confianza a nuestro ejército.

»Hubiera sido difícil hallar un soldado, un oficial, comandante de diez, de cien o de mil, y más todavía un religioso, cadí, notario, ulema o predicador de la mezquita, que no compartiera este último punto de vista, mientras que los comerciantes y los agricultores se pronunciaban más por la paz. La propia corte de Boabdil estaba dividida. De haber seguido sus inclinaciones, el sultán hubiera concertado una tregua cualquiera, a cualquier precio, pues había nacido vasallo y sólo aspiraba a morir tal; pero no podía ignorar la voluntad de su ejército que observaba con impaciencia mal reprimida los combates que otros príncipes de la familia real nazarita dirigían con heroísmo.

»En todas las conversaciones de los partidarios de la guerra se repetía un ejemplo elocuente: el de Baza, ciudad musulmana al este de Granada, cercada y cañoneada desde hacía más de cinco meses por los rum. Los reyes cristianos -¡que el Altísimo destruya lo que han construido y construya lo que han destruido!- habían levantado torres de madera situadas frente a las murallas y habían cavado un foso para impedir comunicarse con el exterior a los sitiados. Sin embargo, a pesar de su superioridad aplastante en hombres y en material y, a pesar de la presencia en el lugar del propio Fernando, los castellanos no conseguían vencer y la guarnición efectuaba cada noche salidas mortíferas. Así, la resistencia encarnizada de los defensores de Baza, al mando del emir nazarita Yahya an-Nayyar, excitaba el ardor de los granadinos e inflamaba su imaginación.

»No era por ello grande el regocijo de Boabdil, pues Yahya, el héroe de Baza, era uno de sus más encarnizados enemigos. Hasta reivindicaba el trono de la Al-hambra, en el que ya se había sentado su abuelo, y consideraba al sultán actual como un usurpador.

»La víspera misma del día de año nuevo llegó a oídos de los granadinos una nueva hazaña de los defensores de Baza. Los castellanos, decían, se habían enterado de que en Baza empezaban a escasear los víveres. Para convencerlos de lo contrario, a Yahya se le había ocurrido una estratagema: juntar todas las provisiones que quedaban, exponerlas de forma bien visible en los puestos del zoco e invitar, a continuación, a una delegación de cristianos a ir a negociar con él. Entrado que hubieron en la ciudad, los enviados de Femando se asombraron de ver tal profusión de productos de todas clases y no dejaron de contar el hecho a su rey, recomendándole que no siguiera intentando rendir a Baza por hambre sino que propusiera a sus defensores un arreglo honroso.


»Con unas cuantas horas de diferencia, por lo menos diez personas, en el hamman, en la mezquita y en los corredores de la Alhambra me contaron jubilosamente la misma historia; cada vez, fingí sorprenderme para no ofender a mi interlocutor, para permitirle el placer de añadir su propio grano de sal. Yo también sonreía, pero algo menos cada vez pues me reconcomía la inquietud. Me preguntaba por qué Yahya había dejado entrar en la ciudad sitiada a los representantes de Fernando y, sobre todo, cómo esperaba ocultar al enemigo la penuria que atenazaba a Baza si todo el mundo en Granada y, probablemente también en otros lugares, sabía la verdad y se guaseaba de la artimaña.

»Mis peores temores, proseguía mi tío, iban a confirmarse el día de año nuevo, en el transcurso de mis conversaciones con los visitantes de la Alhambra. Me enteré, en efecto, de que Yahya, «Combatiente de la Fe», «Espada del Islam», había decidido no sólo entregar Baza a los infieles sino también unirse a las tropas castellanas para abrirles el camino de las demás ciudades del reino, principalmente Guadix y Almería y, finalmente, Granada. La habilidad suprema de ese príncipe había consistido en distraer a los musulmanes por medio de una pretendida artimaña para ocultar el auténtico objeto de sus conversaciones con Fernando. Había tomado esa decisión, dijeron algunos, a cambio de una importante suma de dinero y de la promesa de que sus soldados y los habitantes de la ciudad salvarían la vida. Pero había conseguido algo más: al convertirse él mismo a la fe de Cristo, ese emir de la familia real, ese nieto de sultán iba a ser un alto personaje de Castilla. Te hablaré de él en alguna otra ocasión.

Por Amin Maalouf

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Umar bin Abdallah y la caída de Gharnata, ocaso de Al-Ándalus

El bautismo forzoso de los musulmanes en 1502, tras la caída de Granada

Umar bin Abdallah meditaba, y las imágenes que acudían a su mente eran tan vívidas que hicieron temblar momentáneamente todo su cuerpo. Recordó el muro de fuego y los sentimientos de aquella noche fría volvieron a él. Lágrimas incontrolables mojaron su rostro y se quedaron atrapadas en su barba. La caída de Gharnata, ocho años antes, había completado la Reconquista. Todo se veía venir y ni Umar ni sus amigos se habían sorprendido, pero los acuerdos de la rendición habían prometido a los fieles, que formaban la mayor parte de la población, libertad cultural y religiosa, una vez reconocido el protectorado de los soberanos castellanos.

Se había acordado por escrito y en presencia de testigos que los musulmanes de Gharnata no serían perseguidos y que no se les prohibiría practicar su religión, hablar y enseñar árabe ni celebrar sus fiestas. «Sí -pensó Umar-, los prelados de Isabel se comprometieron a hacerlo para evitar una guerra civil, y nosotros les creímos. ¡Qué ciegos fuimos! Nuestras mentes debían de estar envenenadas por el alcohol. ¿Cómo pudimos creer sus palabras bonitas y sus promesas?»

Como noble de prestigio en el reino, Umar había estado presente en la firma del tratado. Nunca olvidaría la despedida del último sultán, Abu Abdullah, a quien los castellanos llamaban Boabdil, antes de partir hacia las Alpujarras, donde le aguardaba un palacio. El sultán se había vuelto a mirar la ciudad por última vez, había sonreído a la al-Hamra y suspirado. Eso había sido todo. Nadie dijo nada. ¿Es que acaso había algo que decir? Habían llegado al final de su historia en al-Andalus y se hablaban entre si con las miradas: Umar y sus compañeros nobles estaban dispuestos a aceptar la derrota. Después de todo, como Zubayda no se cansaba de recordarle, ¿no estaba la historia islámica repleta de nacimientos y caídas de reinos? ¿No había sucumbido la propia Baghdad a un ejército de analfabetos tártaros? Vidas nómadas, la maldición del desierto, la crueldad del destino condensada en las palabras del Profeta: el Islam será universal o no será nada.


De repente evocó los rasgos macilentos de su tío. ¡Su tío! Meekal al-Malek. ¡Su tío! El obispo de Qurtuba. Miguel el Malek. Aquella cara macilenta en la cual el dolor estaba siempre presente, un dolor que no podían disimular ni la barba ni las sonrisas falsas. Las historias de Ama sobre la niñez de Meekal siempre incluían la frase: «tenía el demonio dentro» o «se comportaba como una espita abierta y cerrada por Satanás». Sin embargo, siempre lo decía con cariño para demostrar qué travieso había sido Meekal, el benjamín y favorito de la familia, un caso similar al de Yazid. Entonces, ¿qué había ido mal? ¿Qué le había sucedido a Meekal para que huyera a Qurtuba y se convirtiera en Miguel?

La voz burlona del viejo tío todavía resonaba en la mente de Umar: «¿Sabes cuál es el problema de tu religión, Umar? Que era demasiado fácil para todos nosotros. Los cristianos tuvieron que insertarse dentro de los poros del Imperio romano, que los forzaba a trabajar bajo tierra. Las catacumbas de Roma fueron su campo de entrenamiento. Cuando por fin vencieron, ya habían construido una gran solidaridad social con el pueblo. ¿Y nosotros? El Profeta, la paz sea con él, envió a Khalid bin Walid con una espada y él conquistó… Oh, sí, conquistó muchos territorios. Destruimos dos imperios, todo cayó sobre nuestros regazos. Conservamos las tierras árabes, Persia y parte de Bizancio, pero en el resto del mundo las cosas se complicaron, ¿verdad? Míranos a nosotros. Hemos estado en al-Andalus durante setecientos años y todavía no hemos podido construir algo que dure. No son sólo los cristianos, ¿verdad, Umar? El problema está en nosotros, en nuestra sangre».

Si, si, tío Meekal, quiero decir, Miguel. El problema también está en nosotros, ¿pero cómo puedo pensar en eso ahora? Lo único que veo es el muro de fuego y detrás de él la cara triunfal de ese buitre, celebrando su victoria. ¡Maldito Cisneros! Ese execrable fraile enviado a Gharnata por órdenes expresas de Isabel. La diablesa mandó aquí a su confesor a exorcizar sus propios demonios. Debía de conocerlo bien, pues él sabia exactamente lo que ella deseaba. ¿No puedes oír su voz? «Padre -susurra en tono de falsa piedad-, Padre, me preocupan los infieles de Gharnata. A veces siento la necesidad apremiante de crucificarlos para que tomen el sendero del bien.»

¿Por qué envió a Cisneros a Gharnata? Si estaban tan seguros de la superioridad de sus creencias, ¿por qué no confiaron en el juicio de sus creyentes? ¿Has olvidado por qué enviaron a Jiménez de Cisneros a Gharnata? Porque pensaban que el arzobispo Talavera no estaba haciendo bien las cosas. Talavera quería ganarnos con discusiones. Aprendió árabe para leer nuestros libros de erudición y ordenó a sus clérigos que hicieran lo mismo. Tradujo su Biblia y su catecismo al árabe y de ese modo se ganó a algunos de nuestros hermanos. Pero no muchos, por eso enviaron a Cisneros. Ya te lo conté el año pasado, mi querido tío obispo, pero tú lo has olvidado. ¿Qué habrías hecho si, en una acción realmente inteligente, te hubieran nombrado arzobispo de Gharnata? ¿Hasta dónde habrías llegado, Meekal? ¿Hasta dónde?

Yo estuve presente en la reunión donde Cisneros intentó vencer a nuestros qadis y eruditos en una discusión teológica. Deberías haber estado allí. Una parte de ti se habría sentido orgullosa de nuestros sabios. Cisneros es listo, es inteligente, pero aquel día no pudo vencemos.

Cuando Zegri bin Musa le respondió punto por punto y fue aplaudido incluso por algunos clérigos del propio Cisneros, el prelado perdió la compostura. Afirmó que Zegri había insultado a la Virgen María, cuando lo único que hizo nuestro amigo fue preguntar cómo era posible que ésta siguiera siendo Virgen después del nacimiento de Isa. Sin duda sabrás ver la lógica de la pregunta, ¿o acaso tu teología te impide reconocer los hechos probados?

Nuestro Zegri fue conducido a la cámara de tortura y castigado con tal brutalidad, que accedió a convertirse. En ese momento, nos retiramos, pero antes tuve oportunidad de ver un peculiar destello en los ojos de Cisneros, como si acabara de descubrir que ésa era la única forma de convertir a la población.

Al día siguiente, se ordenó que todos los ciudadanos salieran a la calle. Jiménez de Cisneros, que Allâh le castigue, declaró la guerra a nuestra cultura y a nuestro estilo de vida. Ese mismo día vaciaron nuestras bibliotecas y construyeron una enorme muralla de libros en Bab al-Ramía. Prendieron fuego a nuestra cultura, quemaron dos millones de manuscritos. La historia de ocho siglos se destruyó en un solo día. Sin embargo, no lo quemaron todo. Al fin y al cabo, no eran bárbaros, sino mensajeros de otra cultura que querían imponer en al-Andalus.  Sus propios sabios les rogaron que salvaran trescientos manuscritos, casi todos relacionados con temas médicos, y Cisneros accedió, porque hasta él tuvo que reconocer que nuestros conocimientos de medicina superan con creces a los de los cristianos.


Ése es el muro de fuego que veo todo el tiempo, tío, y que llena mi corazón de temor por nuestro futuro. El mismo fuego que quemó nuestros libros un día destruirá todo lo que hemos creado en al-Andalus, incluyendo esta pequeña aldea construida por nuestros antepasados, donde tú y yo jugábamos en la infancia. ¿Qué tiene que ver ésto con las victorias fáciles de nuestro Profeta y la rápida propagación de nuestra religión? Todo eso sucedió hace ochocientos años, y el muro de libros ardió el año pasado.

Por Tariq Ali

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Encuentro en Córdoba entre Ibn ‘Arabi y Averroes

Cierto día, en Córdoba, visité la casa de Averroes (Abu al Walid Ibn Rusd), quien había expresado el deseo de conocerme personalmente, porque había oído hablar de ciertas revelaciones que yo había recibido, mientras me hallaba en retiro, que le habían asombrado. Por consiguiente, mi padre, que era uno de sus íntimos amigos, me envió a su casa con el pretexto de cierto encargo, sólo para dar así ocasión a que Averroes pudiese ponerme a prueba. Era yo a la sazón un muchacho imberbe. Así que hube entrado, se levantó del lugar en que estaba y, dirigiéndose hacia mí con grandes muestras de cariño y consideración, me abrazó y me dijo: «¡Sí!», y se mostró muy complacido al ver que yo le había entendido. Yo, por otro lado, percatándome por el motivo de su alegría, le respondí: «No». Entonces Averroes se apartó de mí, su color cambió y pareció dudar de la opinión que en principio se había forjado de mí. Entonces me formuló la siguiente pregunta: «¿Cuál es la solución. pues, que te ha aportado la iluminación mística y la inspiración divina? ¿Coincide con lo mismo que a nosotros nos enseña el razonamiento?». Le respondí: «Sí y no. Entre el sí y el no los espíritus vuelan más allá de la materia y las cervices se separan de sus cuerpos». Palideció Averroes, sobrecogido de terror, y le vi temblar mientras recitaba: «No hay poder salvo Dios», pareciendo entender el sentido de mi alusión.


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