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Año 711: Hispania es conquistada por los árabes…

Cuando en el año 711 Hispania fue conquistada por los árabes, un califa perteneciente a la dinastía de los Omeyas gobernaba en Damasco. Más de trescientos años después, en el año 1031, un lejano descendiente de ese califa era expulsado de Córdoba con la prohibición expresa de volver a poner un pie en la ciudad. Se ponía así fin al dominio de una familia que había forjado un extenso imperio entre los siglos VII y VIII, y que, cuando fue despojada del califato, pudo encontrar refugio en uno de sus territorios más remotos. No son, desde luego, muchas las dinastías que pueden exhibir una historia de permanencia en el poder tan larga y continuada.

Y es que los Omeyas fueron siempre supervivientes natos. En su ciudad de origen, La Meca, los ancestros del linaje no prestaron al principio mucha atención al mensaje que un lejano pariente, el Profeta Muhammad, comenzó a predicar en las primeras décadas del siglo VII. Llegaron incluso a combatirle al pensar que su alta posición podía verse amenazada por la revelación que dio vida a la religión que hoy conocemos como Islam. Cuando, tras largos avatares, Muhammad consiguió imponer su autoridad política y religiosa sobre la mayor parte de las poblaciones árabes, la suerte del linaje que había abanderado la oposición contra él pareció estar sellada. No ocurrió así. Sus miembros acabaron por hacerse con la herencia dejada por el Profeta, desplazando a otras gentes, tal vez con más derechos morales que ellos, pero dotados de menos habilidad y poder. Los Omeyas se convirtieron así en califas del naciente imperio creado en el Próximo Oriente por las primeras conquistas árabes.

Durante casi noventa años consolidaron ese imperio y lo extendieron desde el Indo hasta el océano Atlántico, protagonizando una de las expansiones militares más rápidas que ha conocido la historia. En el año 750, que se correspondió con el 132 de la era islámica, los califas omeyas fueron derrocados por la familia rival de los ‘Abbasíes. Los miembros del linaje fueron exterminados de forma implacable y de nuevo pareció que su protagonismo histórico había llegado a su fin. Sorprendentemente, uno de sus vástagos, ‘Abd al-Rahman b. Mu’awiya, consiguió escapar de la carnicería sufrida por el resto de su familia y, pese a tener puesto precio a su cabeza, llegó al extremo más occidental del Imperio árabe. En ese territorio, al-Andalus, conquistado cuatro décadas antes, logró hacerse proclamar emir. Sus sucesores se mantuvieron en el poder durante casi tres siglos, algo inédito en un país que hasta entonces no había conocido una dinastía tan estable. En su última etapa llegaron incluso a asumir el título de califas, reclamando así la dirección espiritual de toda la comunidad musulmana.

Los avatares de esta tenaz dinastía en al-Andalus vertebran el contenido de esta obra. Bajo los califas omeyas de Damasco este territorio fue conquistado, y bajo sus descendientes, convertidos en emires de esta lejana provincia de su antiguo imperio, la sociedad andalusí adquirió su indeleble carácter árabe e islámico. Los conquistadores, los emires y los califas de al-Andalus son pues el hilo conductor de estas páginas, cuyo objetivo es explicar algo que el súbito impacto de la conquista árabe de Hispania no permite entender por completo: cómo se conformaron en esos tres primeros siglos los cambios sociales que acabaron por hacer irreconocible el legado del antiguo reino visigodo.

Explicar este largo proceso ha sido una empresa muy ardua. Como le ocurre al protagonista de cierto cuento popular sirio que se adentra por el Camino Sin Retorno y se ve inmerso en diversas aventuras que se engarzan entre sí sin solución de continuidad, esta obra es también el resultado de búsquedas sin posibilidad de vuelta atrás. Los problemas históricos han ido surgiendo en sus páginas y para solucionar cada uno de ellos ha sido necesario ir en pos de otros en una cadena que, por momentos, parecía no tener fin. La lejana idea inicial de la que parten estas páginas era hacer un estudio sobre militares e inspectores fiscales en al-Andalus o, lo que es lo mismo, sobre la organización del ejército y la tributación durante el período de los Omeyas. Aunque parezca difícil de creer, se trata de temas muy interesantes y además muy relacionados.

En sociedades como la andalusí, los ejércitos tenían que ser pagados de alguna manera y para ello los súbditos tenían que ser esquilmados de forma sistemática. Uno de los métodos para lograrlo era emplear a ese ejército en la tarea de recordar a las gentes que cada cierto tiempo tenían una cita con el recaudador fiscal. Sabemos que un ejército, que llegó a al-Andalus desde Siria tres décadas después de la conquista, se dispersó por todo su territorio para cumplir esa tarea. Pero no está tan claro qué había ocurrido con sus predecesores, esto es, los conquistadores que en el año 711 habían protagonizado la fulminante destrucción del reino visigodo.

Para entender este problema es necesario sumergirse en las fuentes árabes que relatan la conquista. Leer estas fuentes una detrás de otra es una experiencia algo frustrante. Aunque los relatos que narran la llegada de los conquistadores son relativamente abundantes, el problema reside en que casi todos ellos parecen decir lo mismo, pero contado de forma distinta o incluso contradictoria. Para un crítico posmodemo son un auténtico tesoro, ya que convierten el devenir histórico en una mera narración; para un historiador, en cambio, son una pesadilla, dado que tras su ropaje narrativo apenas es posible espigar interpretaciones coherentes. Puesto que además muchos de estos relatos están incluidos en compilaciones que se realizaron varios siglos después de la conquista, su estudio plantea un problema añadido: saber de dónde habían tomado esos compiladores sus textos. El asunto no es baladí, porque estas gentes usaban a veces compilaciones de compilaciones que eran, a su vez, refundiciones de textos diversos. En estos textos quedan por lo tanto párrafos y frases que, como si de estratos geológicos se tratara, dan fe de la existencia de fuentes más antiguas, en la actualidad perdidas, pero que fueron copiadas por estos compiladores para redactar los relatos de la conquista con los que los historiadores contemporáneos tenemos que apañárnoslas para intentar describir cómo se produjo ese trascendental suceso.

Un estudio detallado, palabra por palabra, de estos relatos permite encontrar los estratos más antiguos: textos de fuentes relativamente tempranas que fueron incluidos en las compilaciones más tardías. Es posible así demostrar que una parte de los relatos que los historiadores hemos venido utilizando para describir la conquista árabe proceden originariamente de juristas musulmanes que vivieron en las primeras décadas del siglo IX ( que se corresponde grosso modo con el segundo de la era islámica); la otra parte fue compuesta por cronistas que vivieron en plena época califal, en el siglo x, y que a veces utilizaron estos relatos previos readaptándolos. Transcurridos cien o doscientos años desde la conquista, estas gentes volvían la vista atrás sobre ese momento porque estaban muy interesadas en justificar en esa época gloriosa situaciones con las que ellas convivían todos los días. Esos intereses, sin embargo, no eran los mismos entre todos ellos y eso explica las contradicciones en las que incurrieron sus relatos.

Por Eduardo Manzano Moreno

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Influencia lingüística de la lengua árabe en la lengua española

Desde los comienzos de la historia de la humanidad, el Oriente Medio siempre ha dejado huellas muy sobresalientes en la cultura europea occidental, contribuyendo de una forma directa a la cultura global del planeta. En la historia antigua, las culturas de Egipto, Mesopotamia, Persia, y Anatolia influyeron en los griegos y los romanos. Los fenicios establecieron colonias comerciales a lo largo de todo el Mediterráneo.

En la Edad Media, la cultura árabe e islámica ejerció una influencia profunda en Europa occidental. Este efecto fue particularmente intenso en ciertas zonas y periodos. Fue importante por ejemplo en Sicilia, que fue conquistada en el 827 y que permaneció bajo dominio islámico durante tres siglos. En los Balcanes (Grecia, Albania, ex Yugoslavia, Bulgaria y Rumanía), que permaneció bajo el dominio otomano desde 1300 hasta 1914, y en España y Portugal, que estuvieron bajo dominio islámico desde 712 hasta 1492, casi ocho siglos.1

La influencia de la lengua árabe en la España medieval y en Portugal fue mayor y más importante en comparación con los otros países occidentales con los cuales el Islam tuvo contacto. Los préstamos lingüísticos en la lengua española son una prueba permanente de esta influencia.


La invasión de Tariq Ibn Ziyad, que entró por Gibraltar en el 711 y de Musa Ibn Nusayr, el año siguiente, supone el inicio de un dominio militar árabe sobre una gran parte de la Península Ibérica que durará casi ocho siglos. Posteriormente se inicia una lenta expansión de los reinos cristianos hacia el sur, que culminará en 1492 con la toma del reino nazarí de Granada. Durante ese período se irán tomando y repoblando los territorios arabizados en lengua, usos y costumbres 2.

La conquista de los musulmanes fue rápida; en menos de ochos años conquistaron toda Hispania a excepción de una pequeña franja en el norte de la Península, donde los núcleos de resistencia dieron lugar a los reinos cristianos peninsulares, que fueron recortando progresivamente el espacio musulmán 3.

España se hizo musulmana, tomó el nombre de Al-Andalus, adoptó en gran parte las costumbres, la cultura y la lengua de los musulmanes y esa influencia desempeñó un papel decisivo en su desarrollo histórico.

Las numerosas comunidades que poblaron las ricas tierras de Al-Andalus,
procedentes de lejanas tierras del Yemen, Arabia, Siria, Irak, Egipto y Marruecos, vivieron largos siglos con el elemento autóctono hispano en una asociación constructiva, pasando a veces por épocas agitadas, logrando no obstante forjar esa civilización arábigo-andaluza que nos enorgullece a todos.

Desde el primer momento, el idioma árabe influyó en la formación de esas comunidades. Este idioma, enriquecido en Oriente a causa de los diferentes contactos que tuvo con las viejas culturas, floreció de manera especial en Al-Andalus, portando con él los conocimientos humanos clásicos a las academias españolas medievales, interpretando de manera fiel y segura la Filosofía, la Medicina, la Astronomía, la Botánica y haciendo de Córdoba el centro difusor y propagador de esas ciencias para el resto del mundo occidental. Sin duda la influencia del árabe en España ha sido radical en todas las manifestaciones de la vida social, artística, político-militar y laboral 4.

Los musulmanes llegaron a la península ibérica portando una cultura superior. Esa superioridad cultural hizo que se introdujeran muchos términos nuevos inexistentes en el español medieval y se quedaran como una prueba evidente de aquella superioridad. Como dice Menéndez Pidal: “nos enseñaron (los árabes) a proteger bien la hueste con atalayas, a enviar delante de ella algaradas, a guiarla con buenos adalides, a vigilar el campamento con robdas o rondas, a dar rebato en el enemigo descuidado” 5.

La lengua árabe siempre ha influido en las lenguas de los pueblos donde llegó el Islam y eso se debe a que el árabe está vinculado con El Quran; y siendo este libro sagrado intraducible, excepto al nivel de los significados, pues pierde su consagración cuando se vierte a otro idioma, los pueblos que se hicieron musulmanes de las tierras que cayeron bajo el dominio musulmán se encontraron ante la necesidad de aprender el árabe a fin de practicar los ritos de la religión musulmana.


La llegada de los musulmanes a España viene acompañada con una lengua de naturaleza diferente en sus manifestaciones escritas y orales de las lenguas románicas. Esta lengua – el árabe – fue impuesta como la lengua formal y de cultura junto al latín, que era una lengua coloquial y fragmentada y carecía de normalización. Mucha gente dominaba ambas lenguas convirtiendo Al-Andalus en una sociedad bilingüe hasta el siglo XI o XII.

La influencia del árabe ha sido muy sobresaliente casi a todos los niveles lingüísticos y sobre todo a nivel léxico. A nivel fonológico Cano Aguilar en su libro El Español a través de los tiempos afirma que el español no tomó prestado ningún fenómeno lingüístico del árabe: “Todos los estudios realizados sobre correspondencia de fonemas de una lengua a la otra han resultado negativos: los respectivos sistemas fonológicos fueron siempre impermeables el uno al otro» 6.

Pero Cano Aguilar vuelve a decir que el efecto de los prestamos lingüísticos del árabe rectifica la frecuencia de ciertos tipos de acentuación: se incrementaron las palabras oxítonas y proparoxítonas y se produjo el aumento de polisílabas: almogávar. Berenjena. 7

A nivel morfológico el árabe influyó en el Español en ciertos aspectos como la anteposición del artículo “al-” a numerosos sustantivos, a diferencia del francés o el catalán (albornoz / bornus; algodón / coton. La fusión de ese artículo con el lexema del sustantivo permite el uso de artículos romances: la almohada, el alcalde…..en muchos casos, las palabras se han formado con el artículo “al-” unido a la base latina (almeja < ár. al + lat. mitulu, alpiste (< ár. al + lat. pistu) 8.

En el campo derivativo, el árabe ha dejado el sufijo -í, para formar gentilicios (ceutí, marroquí, yemení…) u otros sustantivos o adjetivos (jabalí, maravedí, muladí, baladí…). El término «alfonsí» aparece en el siglo XIII para referirse a lo relativo a Alfonso X. En el campo de las preposiciones, de origen árabe es hasta (< ar. hatta) y sus variantes adta, ata, hata, fasta 9.

Lo son también las partículas marras, de balde, en balde. Con respecto a los indefinidos, la voces fulano (< ár. fulan «uno», «cualquiera») y mengano (< ár. man kana «el que sea») son también de procedencia árabe 10. Las interjecciones hala, ojalá, guay y la antigua ya «Oh». También ha dejado influencia notable en el español al nivel de los aspectos semánticos y fraseológicos de la influencia árabe que se interpretan como aquellas palabras y expresiones románicas en cuanto a origen y forma, pero parcial o totalmente arabizadas en cuanto a su significado.11 Así, infante «niño que no habla» pasó a significar «hijo de noble», «hijo de rey», apoyándose en el termino árabe walad «hijo», «niño», «heredero al trono». Parecido fenómeno se observa en hidalgo, fidalgo, hijodalgo; hijo se relacionó con el árabe ibn «descendiente de primer grado», «relacionado con». Casos como esos son casa («casa»/«ciudad»), plata («lámina»/«plata»)12. Al lado de estas palabras las costumbres árabes dejaron una serie de expresiones romances calcadas del árabe: quede usted con Dios, gracias a Dios, que Dios te lo pague, a la paz de Dios, que vaya con Dios, etc.

Por Ziyad Muhammad Gogazeh (Universidad de Jordania)

Notas:

1.Stewart, Devin, Arabic influence on Spanish language, Literature, and culture, Emory Resourses on the Middle East, 15-02-07.
2. Pan, José, El legado del árabe. Consejería de Educación y Ciencia en Bélgica, 15-02-07.
3.Toro Lillo, Elena, La invasión árabe. Los árabes y el elemento árabe en español, Instituto Cervantes. 12-02-07.
4.Mekinnasi, A., Léxico de las palabras españolas de origen árabe, Madrid, Cremades, 1965, p.3.
5.Menéndez Pidal, Manual de Gramática Histórica Española, Madrid, Ed. Espasa Calpe. 1993, p.32.
6.Cano Aguilar, R. El español a través de los tiempos, 1999, p.52.
7.Idem, p.145.
8.Lillo, Elena, La invasión árabe, los árabes y el elemento árabe en español, p.6. 12-04-07, www.cervantesvirtual.com.
9.Idem, p.7.
10.Lleal, C. La formación de las lenguas romances peninsulares, Barcelona, Barcanova, 1999, pp. 190-194.
11.Lillo, Elena, La invasión árabe, los árabes y el elemento árabe en español, p.7, www.cervantesvirtual.com.
12.Cano Aguilar, R. El español a través de los tiempos, 1999, p.54

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