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Árabes en América – Desde Bilad al-Sham (Siria, Líbano y Palestina)

Bilad al-Sham

A finales del siglo XIX y principios del XX, un número considerable de habitantes de Bilad al-Sham (Siria, Líbano y Palestina), al igual que otros europeos, emprendieron un largo viaje para hacer las Américas. La causa fundamental fue la razón socioeconómica, además de factores minoritarios de tipo político e intelectual. Esa migración dejó una primera huella creadora en lo que se ha denominado la literatura del mahyar, básicamente la escuela de São Paulo y la estadounidense de Gibrán Khalil Gibrán, pero sobre todo puso la semilla de varias generaciones árabes que se convirtieron sin lugar a dudas en americanas sin por ello perder su memoria histórica de origen. Sus apellidos son identidad y evocación permanentes para propios y extraños.

Pese a la denominación popular de turcos, reflejada en la literatura de Gabriel García Márquez, Jorge Amado, Ernesto Sabato y muchos otros grandes escritores, su procedencia es árabe y no turca. El origen del malentendido es que llegaban con pasaporte del Imperio turco otomano con capital en Estambul, a cuyo conjunto sociopolítico pertenecían las denominadas wilayas o provincias árabes de Oriente Medio y del norte de África hasta Argelia. La resistencia popular a corregir ese error ha llevado a que se mantenga para siempre.

La primera etapa no fue fácil, como para nadie en el proceso de migración, pero quizás particularmente para muchos de esos árabes que llegaban al Nuevo Continente. Las visiones colonialistas basadas en el valor civilizacional de la raza blanca y la superioridad cultural europea frente a los otros pueblos, que de manera brillante ha analizado y desmontado Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros, se reflejaron también en las Américas a través de discursos y opciones políticas, cuando no incluso leyes, que preferían la inmigración europea sobre la de los otros, particularmente esos «turcos» procedentes de un Oriente Medio donde los intereses europeos elaboraban el discurso colonial de su superioridad cultural y civilizacional frente a los pueblos inferiores. La lucha contra los prejuicios y los estereotipos fue, pues, un ingrediente a afrontar por esos nuevos pobladores de las Américas. Sin embargo, no impidieron su arraigo e integración.

Se distinguieron por una enorme vitalidad que les llevó desde los centros urbanos principales a los puntos geográficos más lejanos y entonces casi inexpugnables (como el extremo sur austral). La venta ambulante y el oficio de buhoneros (lo vendían todo) caracterizó su modo de vida primigenio en el Nuevo Continente. De ese negocio nacieron grandes o pequeñas fortunas que permitieron medrar a sus hijos a través de la educación y las profesiones liberales y, hoy en día, forman parte de toda la geografía americana, particularmente en la sudamericana (no hay un solo país de este enorme continente que no tenga prominentes descendientes de árabes).

Su aportación, pues, a la construcción de las entidades nacionales iberoamericanas y su contribución a la consolidación de esos nuevos países americanos, desde el punto de vista político, económico y cultural, es tan incuestionable como lo fueron las de españoles, italianos y europeos varios. Sin embargo, no se ha dado un reconocimiento explícito y simbólico a esa aportación colectiva distinta de la europea, desdibujando así su existencia. La propia denominación global del sur del continente americano, entre Iberoamérica o Latinoamérica, expresa una falta de reconocimiento a las otras aportaciones no europeas, como la árabe o la africana, por no hablar de la indígena, que muestra la influencia de ese eurocentrismo cultural prevalente en el momento de la definición de las identidades nacionales y transnacionales.

Su diversidad es un pequeño caleidoscopio de la pluralidad de confesiones y orígenes de Oriente Medio (cristianos maronitas y ortodoxos —mayoritarios— musulmanes sunníes y chiíes, drusos, judíos) y, si bien los avatares convulsos de los conflictos en esa parte del mundo no les son ajenos, su arabidad común y su identidad nacional iberoamericana es un aglutinador que, pese a las discrepancias, frena que se pase a mayores. Normalmente el diálogo y la comunicación prevalecen.

¿Hay un mayor ejemplo de que las teorías sobre la incompatibilidad de valores entre Occidente y el mundo árabe es una construcción ideológica al servicio de oscuros intereses? La experiencia de la Arabia americana deja al desnudo las teorías apocalípticas sobre el choque de civilizaciones. Las generaciones americanas de origen árabe han mostrado la posibilidad del mestizaje y la perfecta integración entre lo árabe y lo occidental. En estos tiempos tan convulsos, destacar el ejemplo de la exitosa aportación de la emigración árabe a las identidades nacionales iberoamericanas es un ejercicio de divulgación y conocimiento de gran alcance social y político.

Por Gema Martín Muñoz (Arabista, directora general de Casa Árabe-IEAM)

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La diversidad de las poblaciones árabes

Arabes sedentarios de Siria, fotografiados en Damasco por G. Lebon

Se considera generalmente a los Árabes como formando una raza única, y para la mayor parte de los Europeos, todo musulmán del África y Asia, desde Marruecos hasta Arabia, es un Árabe, del mismo modo que para los Orientales todos los Europeos, ya sean Ingleses o Alemanes, ya Italianos, Rusos, etc., son los representantes de un pueblo único que designan con el nombre de los Francos.

El modo de juzgar nosotros de los Árabes no es en realidad menos inexacto que el que ellos tienen de juzgarnos a nosotros. Hay entre ellos muchos tipos tan diferentes como los que pueden hallarse en Europa. A consecuencia de los diferentes centros que han hallado y de los diversos pueblos con que se han mezclado, los Árabes han llegado a formar combinaciones muy complejas. Así, por ejemplo, los Árabes que hoy habitan la Meca, y que antes eran una de las razas más puras, son un producto del cruzamiento de los diferentes pueblos que desde el Atlántico hasta el Indo van anualmente a esta ciudad desde los tiempos del Profeta Muhammad. Lo mismo ha pasado en África y Siria, donde Fenicios, Berberiscos, Turcos, Caldeos, Turcomanos, Persas, Griegos y Romanos se han mezclado más o menos con los Árabes; y hasta en las mismas partes más centrales y aisladas de Arabia, como el Necljed, la raza dista de ser pura; pues hace siglos que el elemento negro se cruza con ella.

Todos los viajeros que han visitado el interior de África han quedado sorprendidos de esta influencia de los negros en la Península; de modo que Rotta cita una región del Yemen donde la población ha llegado a ser casi negra, al paso que en las montañas la misma población, poco mezclada, continúa siendo blanca; y al hablar de la familia de uno de los jeques de la comarca, dice que entre sus hijos los había de todos los colores, desde el negro hasta el blanco, según el cutis de sus madres. Wallin ha visto en el Djóf tribus enteras de esclavos negros. También son muy comunes los negros en el Nedjed, donde, lo mismo que en el resto de la Arabia, no existe ninguna preocupación de color; lo cual, como es consiguiente, no impide ningún cruzamiento. Cuenta Palgrave que Katif, ciudad importante del Nedjed, estaba gobernada por un negro, cuando él hizo su viaje. «He visto en Riadh, añade, muchos hijos de mulatos que llevaban orgullosamente la espada con empuñadura de plata, teniendo entre sus servidores a Árabes de la más pura sangre ismaelita o kahtanita.»

Esta falta de preocupación respecto al color ha sorprendido también a lady A. Blunt, quien en su narración reciente del viaje que hizo a Nedjed en 1878, refiere que el gobernador de una de las más grandes ciudades de esta región «era un negro completamente negro, con lo característicamente repulsivo del Africano. Parecióme de lo más absurdo del mundo, añade, ver a ese negro, que todavía es esclavo, en medio de un grupo de cortesanos de raza blanca; pues todos estos Árabes, la mayor parte de los cuáles son nobles por la sangre, se encorvaban delante de él, dispuestos a obedecer sus miradas, o a celebrar sus pobres ocurrencias.»

Esa mezcla de razas diferentes se verifica particularmente entre los Árabes sedentarios, por considerar honroso cada Árabe tener en su harem mujeres de diferentes colores. En las tribus del desierto, y particularmente de las montañas, la pureza de la raza es mucho mayor; aunque debe notarse que entre las tribus nómadas de la Siria oriental, especialmente de las que residen cerca de Palmira, en pleno desierto, hay rubios de ojos azules, lo cual parece implicar una mezcla con los pueblos procedentes de un origen mucho mas septentrional.

Por G. Lebon

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