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Una visita a la casa de Maha Rumman Saqa en Beit Jala, Palestina

Maha Rumman Saqa – Autor: MUSA AL-SHAER | Crédito: AFP/Getty Images

Beit Jala es invadida con frecuencia por tropas israelíes estacionadas en la cercana línea verde. Lo hacen como represalia por los disparos de francotiradores contra la colonia judía de Gilo, una fortaleza de cemento que se levanta al otro lado de la ancha quebrada. Gilo fue levantada en tierras confiscadas al municipio y familias de Beit Jala, dentro del programa de ampliación de los anillos periféricos de Jerusalén.

Centenares de familias palestinas vieron como los bulldozers de los ocupantes destruían sus casas y sus olivares en cuestión de horas. ¿Es de extrañar que algunos palestinos humillados reaccionen disparando al atardecer contra los muros de la colonia? Nunca han matado a nadie. Tal sólo desahogan su rabia.

Beit Jala vive en vilo. Cuando las tropas israelíes cercan Belén, lo que sucede a menudo, una columna de tanques entra por los altos de Beit Jala, desde el asentamiento de Har Gilo, y pasan justo por delante de la casa de Maha Rumman Saqa y de su esposo el ingeniero Nader Saqa. Maha es una institución en Palestina. Ella, con ayuda de su esposo, ha abierto el Palestinian Heritage Center en Belén, el mejor museo de artesanía palestina que contiene piezas únicas. Maha tiene un amplísimo conocimiento de la historia de su país, de sus raíces culturales, de sus costumbres, de la variedad de sus artesanías, de su poesía y literatura en general. Todo lo ha hecho y lo sigue haciendo sin apenas ayuda, con sus propias fuerzas y la de su leal compañero que no duda en invertir en el proyecto de Maha sus moderados ingresos. Ambos son la prueba de una resistencia que se extiende a todos los ámbitos de la vida.

De modo de ser pacífico, amantes de la música clásica, enamorados de la buena conversación, están plenamente convencidos de su labor: mostrar al mundo que Palestina es un pueblo de larga historia, en cuyo territorio se levanta la que probablemente es la ciudad más antigua del mundo, Jericó, y en cuyas villas y aldeas hace ya muchos siglos se producía arte. Es una forma de refutar con pruebas la tesis judía de que los palestinos no eran otra cosa que árabes nómadas sin conciencia de pueblo. Maha posee una colección de vestidos que representa a todas las regiones, desde Nazaret hasta Gaza, desde Jaffa hasta el valle del Jordán. Su museo está situado en un punto caliente de la ciudad de Belén, junto a la Tumba de Raquel guardada por decenas de soldados israelíes. Precisamente por ello, visitarlo es una forma de solidaridad, de resistencia a la que se suma el viajero.

Recuerdo que en un segundo viaje a Palestina Maha nos regaló una sorpresa. Era un atardecer de domingo, tenso como todos a la espera de algún incidente armado. Nos condujo a un lugar de Beit Jala, una especie de centro de jóvenes en el que un cuarteto de cuerda ofrecía un concierto de música clásica árabe. En el pequeño local no cabía un alfiler. En uno de los puntos más conflictivos de Oriente medio, sesenta personas escuchaban casi con mística las interpretaciones del grupo jordano-palestino. Era de poner los pelos de punta. En esos momentos para aquella gente no había nada más en el mundo, ni siquiera guerra. Era la pasión por la música que lo llenaba todo y llenaba las regiones de sus almas. Sé que afuera, junto a la puerta, había una vigilancia permanente por si era necesario desalojar a toda prisa el local. Pero quién sabe. Adentro se vivía con palabras no-dichas el esplendor momentáneo de la libertad. Sólo había oídos para la música.

Por Iosu Perales

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La diversidad de las poblaciones árabes

Arabes sedentarios de Siria, fotografiados en Damasco por G. Lebon

Se considera generalmente a los Árabes como formando una raza única, y para la mayor parte de los Europeos, todo musulmán del África y Asia, desde Marruecos hasta Arabia, es un Árabe, del mismo modo que para los Orientales todos los Europeos, ya sean Ingleses o Alemanes, ya Italianos, Rusos, etc., son los representantes de un pueblo único que designan con el nombre de los Francos.

El modo de juzgar nosotros de los Árabes no es en realidad menos inexacto que el que ellos tienen de juzgarnos a nosotros. Hay entre ellos muchos tipos tan diferentes como los que pueden hallarse en Europa. A consecuencia de los diferentes centros que han hallado y de los diversos pueblos con que se han mezclado, los Árabes han llegado a formar combinaciones muy complejas. Así, por ejemplo, los Árabes que hoy habitan la Meca, y que antes eran una de las razas más puras, son un producto del cruzamiento de los diferentes pueblos que desde el Atlántico hasta el Indo van anualmente a esta ciudad desde los tiempos del Profeta Muhammad. Lo mismo ha pasado en África y Siria, donde Fenicios, Berberiscos, Turcos, Caldeos, Turcomanos, Persas, Griegos y Romanos se han mezclado más o menos con los Árabes; y hasta en las mismas partes más centrales y aisladas de Arabia, como el Necljed, la raza dista de ser pura; pues hace siglos que el elemento negro se cruza con ella.

Todos los viajeros que han visitado el interior de África han quedado sorprendidos de esta influencia de los negros en la Península; de modo que Rotta cita una región del Yemen donde la población ha llegado a ser casi negra, al paso que en las montañas la misma población, poco mezclada, continúa siendo blanca; y al hablar de la familia de uno de los jeques de la comarca, dice que entre sus hijos los había de todos los colores, desde el negro hasta el blanco, según el cutis de sus madres. Wallin ha visto en el Djóf tribus enteras de esclavos negros. También son muy comunes los negros en el Nedjed, donde, lo mismo que en el resto de la Arabia, no existe ninguna preocupación de color; lo cual, como es consiguiente, no impide ningún cruzamiento. Cuenta Palgrave que Katif, ciudad importante del Nedjed, estaba gobernada por un negro, cuando él hizo su viaje. «He visto en Riadh, añade, muchos hijos de mulatos que llevaban orgullosamente la espada con empuñadura de plata, teniendo entre sus servidores a Árabes de la más pura sangre ismaelita o kahtanita.»

Esta falta de preocupación respecto al color ha sorprendido también a lady A. Blunt, quien en su narración reciente del viaje que hizo a Nedjed en 1878, refiere que el gobernador de una de las más grandes ciudades de esta región «era un negro completamente negro, con lo característicamente repulsivo del Africano. Parecióme de lo más absurdo del mundo, añade, ver a ese negro, que todavía es esclavo, en medio de un grupo de cortesanos de raza blanca; pues todos estos Árabes, la mayor parte de los cuáles son nobles por la sangre, se encorvaban delante de él, dispuestos a obedecer sus miradas, o a celebrar sus pobres ocurrencias.»

Esa mezcla de razas diferentes se verifica particularmente entre los Árabes sedentarios, por considerar honroso cada Árabe tener en su harem mujeres de diferentes colores. En las tribus del desierto, y particularmente de las montañas, la pureza de la raza es mucho mayor; aunque debe notarse que entre las tribus nómadas de la Siria oriental, especialmente de las que residen cerca de Palmira, en pleno desierto, hay rubios de ojos azules, lo cual parece implicar una mezcla con los pueblos procedentes de un origen mucho mas septentrional.

Por G. Lebon

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