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Algunos datos sobre la Conquista de España y el Emirato

Hacia el año 570 de la era cristiana, nació un niño en la ciudad de La Meca, al noroeste de Arabia, que llegó a ser el fundador de un movimiento religioso, el Islam, cuyo influjo en los habitantes de una gran parte del mundo ha sido enorme.

Este niño era Muhammad, y sus sucesores inmediatos, conocidos generalmente como los califas ortodoxos (al-Rashidun 632-661), extendieron el Islam y fundaron un estado en Arabia, Siria-Palestina, Iraq e Irán y Egipto. Este nuevo imperio se formó a expensas de dos grandes imperios contemporáneos: el bizantino y el sasánida.

Poco después, el centro político-religioso del estado se trasladó de La Meca-Medina a las provincias, sobre todo Siria e Iraq. En 661 se fundó la dinastía Omeya (661-750) en Damasco, que acrecentó la expansión árabe a través del vasto territorio comprendido entre el océano Atlántico al oeste y Asia central al este, y bajo la cual se conquistaron el norte de África y España, y se llevaron a cabo repetidas incursiones en el sur de Francia. Cuando en 750 fue desplazada esta dinastía por los ‘abbasíes (750-1258), el legado omeya fue conservado y reforzado, influyendo profundamente en la vida religiosa, la perspectiva intelectual, y las costumbres de la mayoría de los pueblos de la cuenca del Mediterráneo, debido a lo cual, la herencia árabe-islámica es palpable en Creta, Sicilia, sur de Italia, norte de Africa, y especialmente en España (1).

Los árabes llamaban a España al-Andalus, y ésta, al igual que los demás países mediterráneos era un crisol de múltiples pueblos y culturas. Europeos y beréberes se habían asentado allí desde tiempos antiguos; los fenicios ya habían establecido colonias en el siglo x a. de J. c.; después llegaron los griegos, que llamaron Iberia a la península, fundando también sus colonias; y, finalmente, se convirtió en provincia romana en el siglo I a. de J. C., adoptando la lengua latina, las costumbres y leyes romanas, y el cristianismo, proclamado religión oficial del Imperio en el siglo IV. Al debilitarse el Imperio Romano, la península fue víctima de las sucesivas invasiones de hordas germánicas como los Suevos, Vándalos, y, finalmente, los Visigodos (2), que, a comienzos del siglo v ocuparon su parte noreste. Al principio practicaban el Arrianismo, una herejía cristiana, pero pronto se convirtieron al Catolicismo de la mayoría de la población. Esto unificó al país, que era gobernado desde Toledo, a la que, frecuentemente, se llamaba Ciudad Regia. Los Visigodos se fundieron con la población, formando una aristocracia que gobernó compartiendo parte de su poder con las jerarquías eclesiásticas y la nobleza local.

Tenían enorme poder sobre las masas, a las que explotaron y redujeron a la servidumbre, situación que originó una inestabilidad socioeconómica, y que se agravó con las rencillas internas de la clase gobernante. Algunos de los reyes visigodos que fueron elegidos por la nobleza y el clero pudieron gobernar sin la tutela de Roma o Bizancio, pero, a finales del siglo VII, surgió una crisis que alcanzó alarmantes proporciones hacia la primera década del siglo VIII,y que, sin duda, facilitó la rápida conquista de la Península por los árabes. La nobleza y el clero gozaban de privilegios y riquezas, mientras que siervos y esclavos sufrían numerosas privaciones, y los judíos, que tenían un papel importante en la vida económica del país, eran víctimas de medidas tan duras como bautismo forzoso, confiscación de bienes, y persecuciones. Las intrigas e intolerancia de la nobleza, los problemas sucesorios, las dificultades económicas, y otros factores, contribuyeron a la disolución final del reino visigodo; deteriorándose la situación en 700, cuando Witiza sucedió en el trono a su padre Égica. Al comienzo de su reinado trató de corregir muchos errores, pero cometió otros muy serios al exiliar a su hijo Pelayo y al acabar con los partidarios de su general Rodrigo.

También nombró sucesor, arbitrariamente, a su hijo pequeño Agila, y éste asumió el gobierno de dos provincias bajo la tutela del propio hermano de su padre, lo cual antagonizó a los electores y dio pie a intentos de usurpación por parte de los posibles candidatos al poder. Así, a la muerte de Witiza en 710, existía división de opiniones, algunos apoyaban a Á,gila, y otros a Rodrigo. En pleno conflicto, este último se hizo proclamar rey, y Agila huyó al norte o a Ceuta, donde se cree que pidió ayuda a los árabes para recuperar su trono.

La conquista de España por los árabes está íntimamente ligada a la del norte de África, dominado por los bizantinos, y que consideraban territorio enemigo, no pudiendo sentirse seguros mientras aquéllos siguieran allí y pudieran atacar por la tierra o por el mar. Por lo tanto, la conquista del norte de África al oeste de Egipto fue uno de los principales objetivos a conseguir tan pronto se ofreciese la oportunidad (3).

Al principio, los árabes llamaron Ifriqiyah al norte de África, desde Libia al Atlántico, aunque después Ifriqiyah fue el área comprendida entre Egipto y Bujía, en Túnez. El territorio enmarcado por Trípoli al este y el Atlántico al oeste se llamó al-Magrib (el Oeste, es decir, el norte de África), y se dividió en tres partes: Magrib próximo (al-Magrib al-adna) de Trípoli a Bujía; Magrib medio (al-Magrib al-awsat) de Bujía a los montes Taza; y Magrib lejano (al-Magrib al-aqsa) de los montes al Atlántico.

Tras la conquista de Egipto en 639-641, el ejército árabe tardó casi sesenta años en controlar el área de Libia al océano Atlántico. ‘Amr Ibn al-‘As, el conquistador de Egipto, intentó extenderse hacia el oeste, pero no pasó de Trípoli, y su objetivo fue el mantener a raya a la marina bizantina en las orillas del Mediterráneo.

Los califas parecían resistirse a emplear grandes contingentes de tropas en la conquista; indecisión debida, probablemente, a la dificultad del territorio montañoso y desértico, a las tribus rebeldes, y a la ausencia de botín suficiente para hacer atractiva la conquista. Aunque los intentos de empujar la conquista hacia el oeste fueron constantes, las crisis políticas en Medina y el traslado del gobierno a Damasco en 661 retrasaron el avance; y, hasta el nombramiento de ‘Uqbah Ibn Nafi’ como gobernador de Ifriqiyah hacia 667 (4) no empezó a progresar la conquista.

Éste, que había ayudado a ‘Amr Ibn al-‘As en el avance hacia occidente, es considerado generalmente como el verdadero conquistador de casi todo el norte de África. En 670 estableció al sur de Cartago el campamento militar de Qayrawan, al principio importante fortaleza contra el enemigo, y más tarde una de las mayores ciudades del norte de África musulmán.

Pronto se surtió a la plaza fuerte de comodidades -una gran mezquita, mercados y calles- que atrajeron a numerosos beréberes. El triunfo inicial de ‘Uqbah fue interrumpido por el nombramiento de Maslamah como gobernador de Egipto e Ifriqiyah. Éste reemplazó a ‘Uqbah por su propio cliente, Abü al-Muhachir Dinar, que destruyó la plaza edificada por el primero en Qayrawan y avanzó por el oeste hasta Tilimsan (5). Sin embargo, ‘Uqbah volvió a su antiguo puesto en 682, y procedió a consolidar sus dominios y a hacer avanzar la conquista aún más al oeste.

Hasta entonces, la islamización había ido a la par de la conquista del norte de África, pero ‘Uqbah se encontró con un problema de apostasía cuando los beréberes, bajo la tutela y el estímulo de la cristiana Bizancio, se resistieron a la dominación árabe. A pesar de todo, tomó Cartago y llegó a las montañas del Atlas, para seguir avanzando hasta Tánger y el océano Atlántico, momento en el que una rebelión en Qayrawan le forzó a volver y luchar con las tribus beréberes. Murió en 683 cerca de Biskra (Argelia) dejando tras de sí un enorme territorio que había sido conquistado, pero nunca subyugado.

Por Anwar Chejne



Notas:

1 Para una historia general de los pueblos árabes, véase P. K. Hitti, History 01 the Arabs, 6.&ed., Londres 1958; C. Brockelmann, History 01 the Islamic Peoples, Nueva York, 1960; B. Lewis, The Arabs in History, Londres, 1954.
2 Sobre los visigodos, véase el vol. 3 de R. Menéndez Pidal, ed., Historia de España, Madrid, 1950; A. K. Ziegler, Church and State in Visigothic Spain, Washington, D.C., 1930; E. A. Thompson, The Goths 01 Spain, Oxford, 1968.
3 Sobre la conquista del Norte de África, véase H. Mu’nis, Fachr al-Andalus, Cairo, 1959, págs. 34-49, y Fath al-‘Arab li-I-Magrib, Cairo, 1947; ‘Abd al-‘Aziz Salim, Ta’ríj al-muslimin wa-atharuhum fil-Andalus, Beirut, 1962, págs. 132-148; C. A. Julien, Histoire de I’Afrique du Nord, París, 1951. También Mu. ‘A.’lnan Dawlat al-Islam fi-l-Andalus, 3.a ed., Cairo, 1960, vol 1, págs. 14 y sigs.; E. Lévi-Provençal, Histoire de I’Espagne musulmane, París, 1950-1953, voL 1, págs. 8 y sigs. Para la historia general de España me he basado fundamentalmente en Ajbar machmu’ah, ed. E. Lafuente y Alcántara, Madrid, 1867; lbn al-Qütiyah, Taríj iftitah al-Andalus, ed. ‘Abdallah A. Al-Tabba’, Beirut, 1957; lbn ‘ldhari, Kitab al-bayan al-mugrib fi ajbar mulük al-Andalus wa-l-Magrib, ed. Lévi- Provençal et al., París, 1930; al-Marrakushi, al-Mu’chib fi taljis ajbar al-Magrib, ed. M. S. al-‘lryan, Cairo, 1963; Ibn al-Abbar, al-Hullah al siyara’, ed. H. Mu’nis, Cairo, 1963, lbn al-Jatib, A’mal al-a’lam, ed. E. Lévi Provençal, Beirut, 1956; lbn Jaldün, Kitab al-‘ibar wa-diwan al-mubtada wal-jabar, Beirut, 1956 (de aquí en adelante, abreviada como ‘Ibar); al-Maqqari, Nafh. al-tib min gusn al-Andalus al-ratib, ed. M. Muhyy al-Din ‘Abd al-Hamid, Cairo, 1949. Entre las obras árabes modernas las más amplia y de fiar es la de ‘lnan, Dawlat al-Islam fi-l-Andalus, que cubre todo el período de la conquista hasta la toma de Granada. A esta importante obra siguieron una serie de estudios como Tarij al-Muslimin wa-atharahum fi-l-Andalus de Salim, Taríj al-‘Arab fi-Isbaniyah, Aleppo, 1963 de Jalid al-Süfi, y al-Andalus wa-hadaratuha, Damasco, 1969 de Ahmad Badr. En cuanto a fuentes occidentales, desde el siglo XVIll ha habido una serie de intentos de hacer una historia general de la España musulmana. Podríamos mencionar a Denis D. Cardonne, Histoire de I’Afrique et de I’Espagne sous la domination des Arabes, París, 1765; Thomas Bourke, A Concise History of the Moors in Spain, Londres, 1811; George Power, The History of the Empire of Musulmans in Spain and Portugal, Londres, 1815; J. A. Conde, Historia de la dominación de los árabes en España, Madrid, 1820-1821; Joseph Aschbach, Geschichte der Ommayaden in Spanien, Frankfurt, 1829 y Geschichte Spaniens und Portugals zur Zeit Herrschaft der Almoraviden und Almohaden, Frankfurt, 1833; P. de Gayangos, The History of the Mohammedan Dynasties in Spain, Londres, 1840-1843, que es una traducción de la primera parte de al-Maqqari, Nafh al-tib; F. Codera, Estudios críticos de la historia árabe-española, Zaragoza, 1903-1917; S. P. Scott, History of. the Moorish Empire in Europe, Filadelfia, 1904; S. Lane-Poole, The Story of the Moors in Spain, Nueva York, 1911. Pero las más de fiar son R. Dozy, Histoire des musulmans d’Espagne, ed. E. Lévi-Provençal, Leiden, 1932; Lévi-Provençal, Histoire de I’Espagne, trad. esp. E. García Gómez, vol. 4 de R. Menéndez Pidal, ed., Historia de España; A. González Palencia, Historia de la España musulmana, 2.a ed., Barcelona, 1932; C. Sánchez-Albornoz, La España musulmana, Buenos Aires, 1946; S. M. Imamuddin, A Political History of Muslim Spain, Dacca, 1961; Américo Castro, The Structure of Spanish History, trad. E. L. King, Princeton, 1954; W. M. Watt, A History of Islamic Spain, Edimburgo, 1965. Como visión de conjunto de la España medieval, véanse las más recientes obras de J. F. O’Callaghan, A History of Medieval Spain, Londres, 1975, y A. Mackay, Spain in the Middle Ages, Londres, 1977.
4 Ibn Jaldün, ‘Ibar, vol. 4, pág. 398, establece el nombramiento de ‘Uqbah en el 45 de la Héjira/665 J. C., mientras Ibn al-Abbar, Hullah, vol. 2, pág. 323, lo hace en el 46. Según Ajbar machmü’ah, pág. 3, ‘Uqbah tomó Tánger poco antes de su muerte.
5 Ibn Jaldün, vol. 4, pág. 399; Ibn al-Abbar, vol. 2, págs. 324 y sigs.


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Año 711: Hispania es conquistada por los árabes…

Cuando en el año 711 Hispania fue conquistada por los árabes, un califa perteneciente a la dinastía de los Omeyas gobernaba en Damasco. Más de trescientos años después, en el año 1031, un lejano descendiente de ese califa era expulsado de Córdoba con la prohibición expresa de volver a poner un pie en la ciudad. Se ponía así fin al dominio de una familia que había forjado un extenso imperio entre los siglos VII y VIII, y que, cuando fue despojada del califato, pudo encontrar refugio en uno de sus territorios más remotos. No son, desde luego, muchas las dinastías que pueden exhibir una historia de permanencia en el poder tan larga y continuada.

Y es que los Omeyas fueron siempre supervivientes natos. En su ciudad de origen, La Meca, los ancestros del linaje no prestaron al principio mucha atención al mensaje que un lejano pariente, el Profeta Muhammad, comenzó a predicar en las primeras décadas del siglo VII. Llegaron incluso a combatirle al pensar que su alta posición podía verse amenazada por la revelación que dio vida a la religión que hoy conocemos como Islam. Cuando, tras largos avatares, Muhammad consiguió imponer su autoridad política y religiosa sobre la mayor parte de las poblaciones árabes, la suerte del linaje que había abanderado la oposición contra él pareció estar sellada. No ocurrió así. Sus miembros acabaron por hacerse con la herencia dejada por el Profeta, desplazando a otras gentes, tal vez con más derechos morales que ellos, pero dotados de menos habilidad y poder. Los Omeyas se convirtieron así en califas del naciente imperio creado en el Próximo Oriente por las primeras conquistas árabes.

Durante casi noventa años consolidaron ese imperio y lo extendieron desde el Indo hasta el océano Atlántico, protagonizando una de las expansiones militares más rápidas que ha conocido la historia. En el año 750, que se correspondió con el 132 de la era islámica, los califas omeyas fueron derrocados por la familia rival de los ‘Abbasíes. Los miembros del linaje fueron exterminados de forma implacable y de nuevo pareció que su protagonismo histórico había llegado a su fin. Sorprendentemente, uno de sus vástagos, ‘Abd al-Rahman b. Mu’awiya, consiguió escapar de la carnicería sufrida por el resto de su familia y, pese a tener puesto precio a su cabeza, llegó al extremo más occidental del Imperio árabe. En ese territorio, al-Andalus, conquistado cuatro décadas antes, logró hacerse proclamar emir. Sus sucesores se mantuvieron en el poder durante casi tres siglos, algo inédito en un país que hasta entonces no había conocido una dinastía tan estable. En su última etapa llegaron incluso a asumir el título de califas, reclamando así la dirección espiritual de toda la comunidad musulmana.

Los avatares de esta tenaz dinastía en al-Andalus vertebran el contenido de esta obra. Bajo los califas omeyas de Damasco este territorio fue conquistado, y bajo sus descendientes, convertidos en emires de esta lejana provincia de su antiguo imperio, la sociedad andalusí adquirió su indeleble carácter árabe e islámico. Los conquistadores, los emires y los califas de al-Andalus son pues el hilo conductor de estas páginas, cuyo objetivo es explicar algo que el súbito impacto de la conquista árabe de Hispania no permite entender por completo: cómo se conformaron en esos tres primeros siglos los cambios sociales que acabaron por hacer irreconocible el legado del antiguo reino visigodo.

Explicar este largo proceso ha sido una empresa muy ardua. Como le ocurre al protagonista de cierto cuento popular sirio que se adentra por el Camino Sin Retorno y se ve inmerso en diversas aventuras que se engarzan entre sí sin solución de continuidad, esta obra es también el resultado de búsquedas sin posibilidad de vuelta atrás. Los problemas históricos han ido surgiendo en sus páginas y para solucionar cada uno de ellos ha sido necesario ir en pos de otros en una cadena que, por momentos, parecía no tener fin. La lejana idea inicial de la que parten estas páginas era hacer un estudio sobre militares e inspectores fiscales en al-Andalus o, lo que es lo mismo, sobre la organización del ejército y la tributación durante el período de los Omeyas. Aunque parezca difícil de creer, se trata de temas muy interesantes y además muy relacionados.

En sociedades como la andalusí, los ejércitos tenían que ser pagados de alguna manera y para ello los súbditos tenían que ser esquilmados de forma sistemática. Uno de los métodos para lograrlo era emplear a ese ejército en la tarea de recordar a las gentes que cada cierto tiempo tenían una cita con el recaudador fiscal. Sabemos que un ejército, que llegó a al-Andalus desde Siria tres décadas después de la conquista, se dispersó por todo su territorio para cumplir esa tarea. Pero no está tan claro qué había ocurrido con sus predecesores, esto es, los conquistadores que en el año 711 habían protagonizado la fulminante destrucción del reino visigodo.

Para entender este problema es necesario sumergirse en las fuentes árabes que relatan la conquista. Leer estas fuentes una detrás de otra es una experiencia algo frustrante. Aunque los relatos que narran la llegada de los conquistadores son relativamente abundantes, el problema reside en que casi todos ellos parecen decir lo mismo, pero contado de forma distinta o incluso contradictoria. Para un crítico posmodemo son un auténtico tesoro, ya que convierten el devenir histórico en una mera narración; para un historiador, en cambio, son una pesadilla, dado que tras su ropaje narrativo apenas es posible espigar interpretaciones coherentes. Puesto que además muchos de estos relatos están incluidos en compilaciones que se realizaron varios siglos después de la conquista, su estudio plantea un problema añadido: saber de dónde habían tomado esos compiladores sus textos. El asunto no es baladí, porque estas gentes usaban a veces compilaciones de compilaciones que eran, a su vez, refundiciones de textos diversos. En estos textos quedan por lo tanto párrafos y frases que, como si de estratos geológicos se tratara, dan fe de la existencia de fuentes más antiguas, en la actualidad perdidas, pero que fueron copiadas por estos compiladores para redactar los relatos de la conquista con los que los historiadores contemporáneos tenemos que apañárnoslas para intentar describir cómo se produjo ese trascendental suceso.

Un estudio detallado, palabra por palabra, de estos relatos permite encontrar los estratos más antiguos: textos de fuentes relativamente tempranas que fueron incluidos en las compilaciones más tardías. Es posible así demostrar que una parte de los relatos que los historiadores hemos venido utilizando para describir la conquista árabe proceden originariamente de juristas musulmanes que vivieron en las primeras décadas del siglo IX ( que se corresponde grosso modo con el segundo de la era islámica); la otra parte fue compuesta por cronistas que vivieron en plena época califal, en el siglo x, y que a veces utilizaron estos relatos previos readaptándolos. Transcurridos cien o doscientos años desde la conquista, estas gentes volvían la vista atrás sobre ese momento porque estaban muy interesadas en justificar en esa época gloriosa situaciones con las que ellas convivían todos los días. Esos intereses, sin embargo, no eran los mismos entre todos ellos y eso explica las contradicciones en las que incurrieron sus relatos.

Por Eduardo Manzano Moreno

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