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Cultura y Arte del Tarab en la música clásica árabe

La música árabe, multifacética, de características muy vibrantes, vivas y auténticas, es producto de una amalgama de manifestaciones musicales y culturales que se originaron en la Península Arábiga muy anterior al surgimiento del Islam, y que su sofisticación y proyección se dio fuertemente durante el apogeo de la expansión islámica entre los siglos VIII y XIII. Gracias al natural contacto, intercambio y armonización étnica que suelen ser consecuencia de una vasta expansión geográfica de determinada civilización, sobretodo con otras de muy marcada y establecida identidad cultural (Bizancio, Mesopotamia, Siria, Persia, India) la cultura árabe, además de mantener fuertes elementos propios tal como el trato poético de su lengua, muy notable en el lirismo de sus canciones y el recitado de los versos coránicos, fue también nutriéndose y enriqueciéndose en reciprocidad con nuevas características musicales, nuevas técnicas de ejecución e interpretación, nuevos aspectos de entonación y la utilización de nuevos instrumentos musicales.

El estimulo creado por el contacto con los esplendores de imperios de otrora ya conquistados, la traducción a la lengua árabe de los antiguos tratados filosóficos y científicos griegos hicieron de los califatos en centros mundiales de recopilación, estudio y diseminación del conocimiento humanístico, intelectual y artístico, por ende se nos hace indudable el hecho de que la expansión árabe haya sido influencia catalizadora, modificadora y renovadora de muchas de las expresiones culturales vecinas con las que estableció en contacto, más aún con las de carácter musical.



La expresión musical árabe está basada en el talento individual; el músico suele ser compositor, intérprete y libre improvisador, centrándose la valoración del arte en los detalles más que en la estructura. La interpretación está organizada en torno a los Maqamat, una serie de indicaciones sobre notas preferidas, pequeñas células rítmico-melódicas, conclusiones y otros convencionalismos, todo ello alrededor de un modo melódico concreto.

Con estos elementos y un sentimiento general basado en una emoción y una filosofía concretas unidas a cada modo, el solista compone, interpreta e improvisa. Todo ello se dirige a conseguir el Tarab, el punto donde se encuentran el sentimiento y el intelecto del arte de hacer música.

No existe una palabra literal en castellano que describa la definición específica del Tarab. La palabra “Tarab” es usada en el árabe para describir los efectos emocionales producidos por la música. No obstante, el término también se le asocia a una de las formas tradicionales de música árabe anterior a la Primera Guerra Mundial en países como Egipto y la región del este del Mediterráneo. Los etnomusicólogos han descrito el Tarab como un estado emocional provocado en los oyentes como resultado de una interrelación dinámica entre el ejecutante, la música, las letras de la canción, la audiencia y ciertos otros tipos de factores, lo que A. J. Racy describiría como un “modelo de retroalimentación extática” (Shannon, 2003: 75)

El término en sí, es difícil de traducir ya que éste connota a varios conceptos. En árabe, Tarab se refiere lingüísticamente a un estado de emocionalidad elevada, usualmente traducidos también en palabras tales como “arrebato”, “éxtasis” o “encantamiento”, pero éste también puede evocar sensaciones de tristeza al mismo tiempo que de alegría. También el Tarab se asocia a un estilo de música, ejecución y performance donde esos estados emocionales son evocados y provocados tanto por el ejecutante como por la audiencia.

El Tarab constituye un término general en la filosofía estética árabe que describe un tipo de dicha y felicidad con respecto a un objeto artístico, por ejemplo, una persona puede experimentar el Tarab cuando oye recitarse un poema o cuando detalla y visualiza una pintura, como también a través del disfrute musical, aunque usualmente la definición está restringido al hecho estético de la percepción sonora. Históricamente, el término Tarab estuvo asociado en un principio, con el recitar de poesías y del Qur’an. Dada las diferentes connotaciones que tiene este término, muchos teóricos se refieren a la cultura tarábica como “un conjunto de emociones y prácticas estéticas sociales y culturales compartidas, relacionadas a la ejecución y escucha de la música y otras artes aurales” (Shannon, 2003: 74).



Durante los primeros tiempos del Islam la música era considerada una rama dentro de los estudios de la matemática y la filosofía, tal como sucedía en la antigua Grecia. En la época del califato abásida, varios teóricos comprendieron la capacidad de influencia emocional que traía en sí el arte musical, entre ellos Abū Naṣr Muḥammad ibn al-Faraj al-Fārābī (870-950), autor del tratado Kitāb al-mūsīqā al-kabīr (El Gran Libro de la Música), en él establecía que “tanto el hombre como el animal, bajo el impulso de sus instintos, emiten sonidos que expresan sus emociones, sean estos de regocijo o de temor. Pero la voz humana expresa aún una mayor variedad –tristeza, ternura, rabia–. Estos sonidos, en la diversidad de sus notas, causan al oyente una gama de sentimientos y pasiones que le arrebatan, elevan a ciertos estados de conciencia o lo tranquilizan.”

Hay referencias que afirman que cuando Al- Fārābī tocaba el ûd podía hacer que sus oyentes cayeran en llanto, estallaran de la risa o se quedaran dormidos dependiendo de los ánimos y el carácter de sus tonadas, además de que también fue inventor de dos instrumentos: el rabab y el qanun, aún muy usados en los ensambles de música tradicional árabe (Saoud, 2004: 4). Esto nos da una noción de lo arraigado que está en la visión estética musical árabe de crear una conexión emocional entre el ejecutante y el oyente.

Es menester también entender que desde Marruecos hasta Irán, por más que el elemento árabe y la fe islámica sean la unidad cultural característica, las tradiciones musicales están muy mezcladas; la música en sí está presente en la vida de cualquier árabe, existe en cualquier celebración y en el sentir popular, es un vínculo para compartir sentimientos comunes. Sin embargo, cada pueblo diseminado en esta región tiene su propia tradición musical de carácter colectivo que los distingue, y el Tarab no escapa de ello.

En palabras de Racy podemos señalar lo siguiente:

La cultura del Tarab en particular es, en esencia, un fenómeno urbano nativo de las ciudades como el Cairo, Beirut y Damasco. Los artistas del Tarab son nacidos en estas ciudades, o han vivido una gran porción de sus vidas en ellas, o fueron ampliamente expuestos a la vida e idiosincrasia de los centros urbanos donde el Tarab ha sido establecido como un arte, un oficio. Después de la Segunda Guerra Mundial, con el crecimiento urbano de éstas ciudades, la popularización de la música del Tarab a través de los modernos medios de comunicación masivos y la emulación del modelo musical del Cairo en comunidades urbanas vecinas, hizo que las prácticas y el atractivo hacia la música Tarab del este del Mediterráneo se fuera expandiendo a otras regiones. (Racy, 2004: 16)

Los artistas del Tarab tienden a tener una experiencia común en el aprendizaje de este arte. En el largo proceso de convertirse en un artista del Tarab, el artista usualmente pasa por cinco fases, como las de todo músico: la primera es el descubrir que se tiene un talento para ello, preferiblemente que sea notable desde la niñez; la segunda es su obsesión hacia la música hasta el punto tal de tener que encarar varias barreras sociales y familiares que puedan desestimarle el deseo de profesionalizarse en esta carrera; la tercera es lograr el reconocimiento tanto familiar como social, así sean renuentes, del deseo y talento musical que tenga el iniciado; el cuarto es tener un entrenamiento teórico y práctico en el arte de la música; y por último el llevar a cabo una carrera de ejecutante en el arte del Tarab. Estas fases generales no suelen suceder de manera estrictamente lineal, muchas veces éstas se superponen y coinciden entre ellas en la vida del artista.

Tradicionalmente, el aprendizaje de la música del Tarab se ha relacionado, directa o indirectamente con el contexto religioso. Vale recalcar que los rituales religiosos islámicos son también considerados de alto valor y relevancia musical. Antes de la Primera Guerra Mundial un gran número de cantantes egipcios desarrollaron sus destrezas vocales a través de la ejecución de liturgias sufíes. A estos ejecutantes se les reconocía su entrenamiento en las órdenes sufíes con el título de “Shaykh” precediendo sus nombres. Varios cantantes famosos entre ellos ‘Abduh al-Hamuli y el Shaykh Salamah Hijazi (1852-1917), quien fue un cantante del Tarab, actor y uno de los pioneros del movimiento dramático en Egipto, desarrollaron sus voces como mu’ethín, es decir, ejecutando el llamado al rezo en los minaretes de las mezquitas para los tiempos en que la tecnología para la amplificación del sonido no estaba aún desarrollada. La escogencia del mu’ethín adecuado para las liturgias dependía, además de su carácter religioso y conocimiento teológico, de sus capacidades musicales en la voz y su profundo impacto emocional (Saoud, 2004: 2).



Otro de los métodos de estudio era por medio del recitado de cantos coránicos, ahí la voz del cantante adquiría una mayor notoriedad y popularidad, particularmente con el desarrollo del ilm al-quiráa, o la ciencia del recitado. Este arte llamado Tajwid, o la elaboración melódica para recitar el Qur’an, implicaba el dominio de ciertas reglas para la propia pronunciación, entonación y evocación textual de los versos del sagrado libro, desarrollando también el dominio de los Maqamat y cultivando la destreza de la improvisación.

El estudio del Tarab también se ha dado a través de vías seglares. Durante el período de dominio otomano existieron varios sindicatos y grupos de músicos donde se prestaba una educación personalizada e interactuada entre maestro-alumno. En Egipto, el aprendizaje se centraba en el Takht, que era un pequeño ensamble muy común en las ciudades árabes anterior a la Primera Guerra Mundial. Muchos jóvenes iniciados con prometedores talentos tomaban el Takht como elemento para pulir y desarrollar sus destrezas musicales e ir afianzándose públicamente en este mundo artístico.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el acercamiento cultural que se tuvo con Europa y el resto del mundo occidental fue profundizándose gracias a la modernización tecnológica y la transformación social que significó el establecimiento de los ingleses y franceses como potencias colonizadoras en la región. Parte importante de esos cambios hacia tiempos modernos fue la expansión de los ensambles folklóricos hacia estructuras orquestales de corte europea con instrumentos occidentales (por ejemplo el uso de violines, violas, cellos, contrabajos sustituyendo a los de cuerdas frotadas tradicionales árabes como el Kamanjah), mezclados con algunos tradicionales árabes; y el establecimiento de conservatorios, donde se fueron centrando el estudio del arte musical tanto occidental y oriental, incluyendo el Tarab, desplazando así los antiguos sindicatos del período otomano.

Por Rawy Makarem El Rayes
Escuela de Música – Univ. de los Andes – Venezuela

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El género epistolar en la literatura árabe

El género epistolar en la literatura árabe aparece durante el Califato Omeya al mismo tiempo que surge la figura del katib (pl. kuttab), secretario privado, canciller, burócrata en definitiva, unido a la institución de los diferentes dawawin (ministerios,secretarías de estado), y encargado de redactar los documentos oficiales en nombre del emir, califa o rey de turno: órdenes, decretos, misivas diplomáticas… y naturalmente se busca para tal fin a personajes que dominen las artes de la escritura: redacción, caligrafía, conocimientos de retórica, gramática, literatura (poesía y prosa rimada), ciencias coránicas, etc. 1

¿Quién podía reunir todos estos conocimientos y destrezas en una época en la cual los árabes apenas habían tenido tiempo de abandonar la vida nómada del desierto y sus luchas tribales para instalarse en la corte y adaptarse al nuevo estilo de vida, a la vez que se lanzaban a la conquista del mundo, desconociendo en su inmensa mayoría las artes de la escritura?.



Por lo que sabemos, tanto los califas omeyas como más tarde los abbasíes tuvieron que echar mano en muchas ocasiones para este delicado menester de elementos no árabes, es decir, de origen mawlà: sirios, bizantinos, persas, de primera o segunda generación, expertos en la administración del estado y en la redacción de documentos oficiales, con excelentes conocimientos literarios, que se subieron al carro del poder convirtiéndose al Islam y aprendiendo la lengua árabe en sus fuentes más auténticas, entre las tribus beduinas.

No es de extrañar que, si se buscaba para tal fin a las personas que tenían un mejor conocimiento de las artes de la escritura, encontremos entre la emergente clase social de los kuttab a conocidos literatos, poetas famosos o autores de adab. Se va consolidando así lo que se ha llamado “prosa de los secretarios”, la literatura epistolar, ya que estos kuttab no sólo se dedicaban a la redacción de documentos oficiales, sino que en su tiempo libre y por su condición de literatos componían ingeniosas epístolas (risala, pl. rasa’il), en prosa rimada intercalada con frecuencia de versos, que enviaban a sus amigos y conocidos con diferentes motivos, es lo que en un principio se llamó ijwaniyyat, es decir, cartas, misivas dirigidas entre amigos, —de ahí el nombre: derivado de ijwan, plural de aj, hermano, amigo, en un sentido fraternal—.

Surge en la época abbasí toda una serie de tratados didácticos sobre la formación de los secretarios, recopilaciones de anécdotas relativas a ellos y directrices y consejos sobre cómo debe ser y comportarse el perfecto secretario 2.

Poco a poco, como es bien sabido, la risala va evolucionando dentro de la literatura árabe hacia temas más complejos que, por una parte, podríamos equiparar a lo que hoy conocemos como “ensayo”, donde el autor, fingiendo contestar a un amigo (a veces real, a veces imaginario), que le pregunta sobre un tema, escribe un pequeño tratado donde expresa sus opiniones o puntos de vista sobre temas candentes en su época (véanse como ejemplo representativo las Rasa’il de al-Yahiz. ).



Por otro lado, hay una corriente evolutiva hacia temas filosóficos, teológicos o espirituales que constituyen auténticas joyas de la literatura árabe, entre las cuales encontramos la Risalat al-gufran de al-Ma‘arri, de tema escatológico, las Rasa’il de los Ijwan al-safa’, en el terreno de la mística, la Risalat Hayy b. Yaqzan, de Ibn Tufayl, de contenido filosófico —que algunos consideran como precedente de la novela árabe, pero que técnicamente es una risala—, o el célebre Tawq al-hamama (El Collar de la Paloma), de Ibn Hazm, sobre los síntomas del amor y las teorías de la doctrina zahirí. Estos ejemplos trascienden su formula epistolar para convertirse en obras maestras del pensamiento árabe.

Por Celia del Moral


Notas:

1. Sobre la figura del katib, su formación y evolución a través de las distintas épocas, véase R. Sellheim-D. Sourdel. “Katib”. EI, vol. IV, pp. 785-787.
2. Véase una relación de estas obras en el citado artc. “Katib” de Sellheim-Sourdel, p. 787.


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La historia – Ibn Jaldun: al-Muqaddimah

«Has de saber que realmente la historia es el conocimiento de la persona como ser social, que es la base de la civilización»

(Ibn Jaldun: al-Muqaddimah)



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Retorno a Granada: el gran sueño moro

La Alhambra desde el Albaicín de Granada –  David Roberts

Los escritores del siglo XIX, como Irving y Emerson, expresaron un gran interés en el militarismo árabe, pero su recuerdo de las conquistas árabes e islámicas y la invasión de los árabes de Andalucía, involucraba la idea de que las energías árabes latentes potenciales pueden ser detonadas si los árabes tuvieran un liderazgo heroico, como el liderazgo del Profeta Muhammad, en particular, tomado por algunos para servir como un guardián, de manera que sirva para propósitos políticos contemporáneos, incluyendo la distorsión del hombre árabe y el temor a la pérdida de sus capacidades militares, como sucedió en la historia.

En libro Alhambra (1832) Irving da una descripción precisa (pero intrigante de las preocupaciones y temores), de la invasión árabe de la península árabe de Iberia que, sin las batallas del sur de Francia, el hombre árabe invadió Europa: una ola del gran diluvio árabe había azotado las costas de Europa. ‹‹Los árabes avanzaron desde Gibraltar hasta las fronteras de Irene, donde los triunfos de los musulmanes tanto en Siria como en Egipto progresaron. Si no fuera por su contención de las llanuras de Torus, habrían sido barridos por el Este, y la Media Luna creciente hoy resplandecería sobre las iglesias de París y Londres›› (Irving.[n.d.]: 33).



En este texto, Irving presenta un informe histórico sobre lo que los árabes han logrado a partir de las conquistas del pasado. Pero independientemente de lo que este texto pueda dejar en la mente del lector estadounidense (que no conoce la naturaleza de las conquistas islámicas con sus elevados objetivos espirituales), de impresiones y preocupaciones, el segundo texto del mismo escritor podría pasar por temores occidentales de las energías futuras de los árabes.

Este texto habla de la evacuación de árabes de España después de ocho siglos de prosperidad plagada de conflictos internos y externos, pero advirtió a Occidente de la posibilidad de un regreso árabe a España: habla del gobernador de Tetuán, a principios del siglo XIX, espera un momento en que los árabes preparen su propiedad en Andalucía, donde realizarán el culto islámico en la mezquita de Córdoba, e Irving señala una advertencia al mencionar dos puntos importantes: que, en contraste con los sueños de los musulmanes de regresar a España, en primer lugar, los andaluces restantes, por el momento en el norte de África, todavía mantienen una especie de entidad cerrada independiente, porque no se mezclan con sus homólogos musulmanes en el norte de África, y como resultado de una sensación de un pueblo exiliado, pero no muerto, y en segundo lugar, Irving considera el mantenimiento de los descendientes andaluces del norte de África en los llaves de sus propiedades y los documentos de sus bienes inmuebles en la ciudad de África del Norte son una muestra de sus esperanzas de devolver el paraíso perdido.



También se dice que estas familias aún lamentaban el paraíso terrenal que les pertenecía. Todavía levantan las oraciones en los viernes, pidiendo a Dios que acelere el regreso de Granada a los creyentes. Es un día esperado con certeza, y los libios ardían con anhelo de restaurar el Santuario. También se dice que algunos aún conservan los viejos mapas y documentos de sus abuelos en Granada, e incluso tienen las llaves de las casas, como evidencia que los respalda y como un legado, después del regreso de Andalucía (Irving, 1864: 33).

Por I. Ali Gaber (University of Baghdad / College of Languages- Department of Spanish language).

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Ibn Jafaya e Ibn al- Zaqqaq, los poetas de la naturaleza y las flores

Una obra de interés por el material que reúne sobre descripciones de jardines, flores o frutos, es el Kitab al-Tašbihat de Ibn al-Kattaní 1, autor cordobés del siglo X que en su antología dedica algunos capítulos a la poesía descriptiva; entre otros temas, consagra un capítulo a la primavera y las flores, otro a las rosas, al canto de los pájaros en los jardines, al agua (ríos, canales, aguas corrientes y aguas turbias), a los alcázares, aljibes y árboles, a las norias y molinos, a las frutas, etc.



La poesía floral y de jardines llega a su máxima expresión en al-Andalus durante el siglo XII: en su primera mitad, durante el dominio de los almorávides, surge en Levante una generación de poetas conocida como “escuela levantina o valenciana”, en la que destacan sobre todo dos autores que son tío y sobrino: Ibn Jafaya e Ibn al- Zaqqaq, los cuales van a quedar en la literatura árabe como “los poetas de la naturaleza y de las flores” por excelencia.

Ibn Jafaya 2, apodado al-Yannan (el jardinero), a través de su extenso Diwan eleva la poesía descriptiva en al-Andalus a su más alto rango —no sólo en el tema de las flores y los jardines, sino también en otros muchos temas—, describiendo de todas las formas posibles la belleza del paisaje levantino, sus jardines, sus huertos, árboles, flores y frutos 3.

Su sobrino, Ibn al-Zaqqaq 4, sigue esta línea poética perfeccionando y puliendo la poesía descriptiva, hasta llegar a lo que García Gómez ha definido como “la dramatización de la metáfora5.

Por Celia del Moral




El jardín y la paloma


El jardín era un rostro de una blancura

resplandeciente,
la umbría, una cabellera negra, 
y el agua del arroyo una boca de hermosos dientes. 
Fue allí donde la paloma nos regocijó una tarde 
al dejarnos oír su dulce arrullo.

Ibn Jafaya


Notas:

  1. Traducida al alemán por W. Hoenerbach con el título Dichterische Vergleiche der Andalus-Araber. Bonn, 1973, ha sido objeto de una tesis doctoral en la Universidad Complutense de Madrid por la Dra. Nafissa Moufok. Estudio y traducción del Kitab al-Tašbihat de Ibn al-Kattani. Madrid, 2001.
  2. Cf. Diwan Ibn Jafaya. Ed. por S. Gazi, Alejandría, 19792. Hamdan Hayyayi. Vida y obra de Ibn Jafaya, poeta andalusí. Trad. María Paz Lecea. Madrid, 1992; Ibn Jafaya de Alzira. Antología poética. Ed. trilingüe. Selección, fijación del texto árabe, prólogo y traducción castellana de Mahmud Sobh. Trad. al valenciano a partir de la trad. castellana de J. Piera. Valencia, 1986.
  3. Para un estudio más amplio del concepto paisajístico y la arquitectura del paisaje en la poesía andalusí, especialmente en Ibn Jafaya, véase el artículo de B. Foulon. “Les representations paysagères dans la poesie descriptive d’Ibn Hafaga. Analyse de la structure hypsométrique du paysage et de l’action des météores”.
    Arabica, 52-1 (2005), pp. 66-108.
  4. Ibn al-Zaqqaq, Poesías. Ed. y trad. en verso de E. García Gómez. Madrid, 1978.
  5. Ibíd. pp. 17-19.

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Los poetas-cantantes árabes

La poesía iba siempre del brazo de la música, Homero acompañaba sus poemas al son de un instrumento musical tocado por él mismo. Son bien conocidos en la Edad Media los Trovadores, que recorrían las regiones europeas recitando sus propias poesías en forma de canto. Muchos de los poetas españoles de la Generación del 27 fueron poetas y músicos a la vez, como Federico García Lorca que entonaba su poesía tocando su famoso piano, componía música para algunos romances, como el de Las Tres Morillas de Jaén. Nos es suficiente citar aquí dos célebres obras para convencernos de la hermandad que ha existido siempre entre la poesía y la música: el Cantar de los Cantares de Salomón y las Cantigas de Alfonso X el Sabio.



En cuanto a los árabes, su primer poeta al-Muhalhil cantaba también sus poemas. El poeta Imru’ al-Qays (500-555 d. J.C.) mencionaba asimismo el gusto de la gente al oír su canto. Abu al-Fara al-Isbahání (897-963) que es el autor del mejor libro antológico de la poesía árabe desde que ésta fue conocida, en el siglo VI hasta el siglo X en el que le tocó vivir. Y es muy significativo que el primer “ejemplar” fuese adquirido por el califa cordobés al Hakam II “el Sabio” (962-976). Y es más significativo todavía que el autor diera a su magnífico libro el titulo de al-Agani, es decir, ”los Cantos”, cuenta que al Sulayk b. al Sulaka (m. 605) recitaba sus poesías cantando. ‘Al qama b. ‘Abdata al-Fahl (m. 603) cantaba sus poesías a los reyes gassaníes’.

Por Mahmud Sobh (Univ. Complutense).

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Invocación de la historia árabe-islámica por escritores occidentales

Washington Irving y sus amigos literarios

El material árabe-islámico se utiliza como un nuevo campo para algunos escritores occidentales que desean sobresalir a través de invertir temas nuevos derivados de fuera del mundo industrial y sus temas consumidores. El material árabe era un campo de juego y trasfondo intelectual para varios escritores que querían jugar el drama de la ambición personal y el apego individual. 1 Por lo tanto, los materiales árabes e islámicos se usaron en un amplio espacio que podría preparar a los aspirantes con nuevas ideas que nunca les precede a ellas alguien antes. Observemos la carta personal del gran orientalista Charles Doughty a su amigo orientalista Hogarth, en la que expone los motivos de escribir su libro famoso Arabia Deserta (Arabia Desierta):

Los volúmenes de Arabia Desierta tenían necesariamente un tono personal. Una de las principales causas de su escritura fue, junto a la intersección de la vida semítica en tiendas de campaña, mi aversión al inglés victoriano; y deseaba mostrarlo, y pensé que podría ser capaz de demostrar, que había algo diferente más (Taylor,s.f.:1).



También en la segunda carta a Hogarth, Doughty confirmó a las aspiraciones paralelas, como el deseo de adular y enriquecer la literatura inglesa, ya que descubriera que los materiales árabes podrían facilitar el renacimiento de la excelencia literaria que disfruta el inglés en los siglos medievales, de la siguiente manera:

No fue mi intención principal de escribir Arabia Deserta representar la exposición de viajes personales entre personas de importancia bíblica, así como un intento de hacer un esfuerzo ideal para reanudar la antigua tradición de los poetas Choser y Spencer, resistido con todo el poder de la decadencia del inglés: si bien mi trabajo debe ser importante para los orientalistas, debe ser su contribución a mi vida, hasta el momento, en la literatura (Hogarth, 1928: 114-115.)

Por otro lado, las ideas y los materiales culturales árabes no eran un campo abierto para mentes inteligentes como Doughty, que querían explorar los mundos olvidados para demostrar sus genios. Tales ideas y temas sin fundamento brindaron una oportunidad de oro para los escritores fracasados en Occidente al invertir oportunidades de sus viajes al este para escribir y componer. James Mackintosh, el fundador de la Sociedad Literaria en Inglaterra, expresó claramente esta motivación cuando afirmó que: ‹‹había luchado para crear una dirección espiritual general entre aquellos cuya única contribución al aumento del conocimiento. Se derivaba de los tesoros de Oriente. He intentado de promover las consignas generales de la tradición histórica que hasta ahora parecen haber sido olvidadas›› (Yapp, 1962:344).

También el historiador alemán de Gustav Weil, se incluye en su libro History of the Caliphs este tipo de aspiración individualista, porque este historiador ha hecho su trabajo para presentar un libro gigante paralelo a La Historia de los papas de Leopold von Ranke (Dunlop, 1962: 329).

El representante de la literatura estadounidense, Washington Irving, cumple con este motivo individual, es difícil para el estudioso colocar a este escritor en la categoría de los sirvientes del imperio, en un momento en que Estados Unidos sigue siendo una emancipación moderna de la administración británica, pero, a pesar de esto, no escapó al sentido occidental de la arrogancia y la superioridad.

Pero acerca de Oriente oprimida, según su opinión, Oriente tiene un enorme potencia militar. En su carta al príncipe ruso Dolgorouki, su compañero en el viaje de Andalucía en 1829, Irving comentó sobre su historia: “Es una especie de experiencia en la literatura” (Pierre Munro e Irving, 1864: 366)



Esta tendencia experimental e individualista se materializa en la utilización de los materiales históricos árabes y técnicas narrativas inspiradas en Las mil y una noches en uno de sus mejores libros; la Alhambra. Una serie de leyendas y apuntes sobre moros y españoles. En contraste con la verdad histórica que debe ser la luz que guíe al historiador, Irving destruye el muro que separa la historia por un lado, y la historia romántica por el otro, a través de una nueva producción literaria de nueva forma, como notamos en la dedicación del libro la Alhambra a su amigo el príncipe ruso, donde quería Irving
escribirle algo «con un sabor especial y único en el estilo de Harun al-Rashid 2 dice:

Mi querido amigo–dice en ella–: Recordará usted que, en las andanzas que juntos realizamos por algunas viejas ciudades de EspañaToledo y Sevilla, sobre todo –, advertimos una intensa mezcla del sarraceno con el gótico, restos del tiempo de los moros; más de una vez nos sorprendieron escenas e incidentes callejeros que trajeron a nuestro recuerdo pasajes de Las mil y una noches. Me incitó usted entonces a que escribiese algo que representase estas singularidades, ‘algo a la manera de Harun al Raschid’, que tuviese cierto sabor a esa especia árabe que lo impregna todo en España. (Millet, 2015:192)

Los escritos de Irving van más allá de los deseos literarios individuales ofrecidos por la historia del califato árabe en España, ya que sus historias andaluzas con sus dos grandes volúmenes, Muhammad y sus sucesores 3 están bajo el impulso del deseo de dibujar la imagen estadounidense (una imagen del yo americano), esta imagen escrita y coloreada por el autor usando el pasado de los árabes y sus logros militares y de civilización como modelo.

La historia del islam en general, y la historia del Califato árabe en Andalucía en particular, reflejan la autoimagen del escritor estadounidense de su nuevo estado en ese momento, así como reflejan » los temores y esperanzas del historiador cuando sigue cómo evoluciona esta imagen de una manera similar al futuro de los Estados Unidos. Como refleja el espejo histórico árabe. Para establecer la imagen de sí mismo a través del árabe, Irving sugiere un paralelo histórico entre la conquista de la Península de Iberia por parte de los árabes y la adquisición de los primeros inmigrantes del Nuevo Continente a través del Atlántico.

Pero Irving usa la historia de los árabes para vivir ocho siglos en España como una forma de justificar la construcción de los Estados Unidos a expensas de su población indígena, independientemente de la humanidad de los árabes que tratan a los indígenas de España y no tratan de apedrearlos o aislarlos de una manera que haga que su población sea sometida y aplastada culturalmente al igual que los primeros inmigrantes en Nuevo Continente.



El nuevo pueblo” que nació a través de la estabilidad de los árabes en España, “el español de Morisco”, se asemeja y anticipa al nuevo pueblo que crea en América como una experiencia histórica pionera; es un pueblo híbrido, que se enfrenta al desafío de la supervivencia por un lado y al desafío de construir una nueva civilización que se diferencia de las civilizaciones del mundo antiguo por otro lado.

Por I. Ali Gaber (University of Baghdad / College of Languages-
Department of Spanish language).


Notas:

  1. Véase más información Dr.Mahdi I kareem Al-Utbi. Critical Discourse Anaysis of hate speech, Journal of the college of languages. Baghdad, University of Baghdad, 2019, 19-40.
  2. Harun al-Rashid (que traducido significa «Aarón el Justo») fue el quinto califa abasida y gobernó el Imperio Árabe desde el 786 hasta el 809 d. C. Durante su reinado, el califato se extendía desde España en el oeste hasta la India en el este, y era el ente político más poderoso del mundo. Harun fue un gobernante capaz y su reinado supuso una época de progreso científico y cultural, y de prosperidad para sus súbditos, véase Civilization V CIVILOPEDIA Online: Civilizaciones y líderes, http://www.dndjunkie.com/civilopedia/es/LEADER_HARUNAL_RASHID.aspx
  3. Para más información sobre la idea de Irving sobre Muhammad e Islam, véase Muhammed A. Al-Da’mi. “Irving on Muhammed”. Revista de American estudios, India, vol 19, 1989, pp.1-6.

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