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La matanza de los turcos,Sirio-Libaneses canibalizados en la Patagonia

mercachifles

Más de cien inmigrantes árabes fueron asesinados en un hecho oscuro y cruel de nuestra historia por cierto, poco conocida. El misterio develado por las autoridades de la época que dejó al desnudo uno de los crímenes mas repudiables sufrido por los primeros inmigrantes que llegaron a nuestro país en busca de paz y progreso. Encontraron la muerte y el olvido por parte de la historia. Queremos recordar a todos aquellos, víctimas de la barbarie por parte de los “autóctonos” habitantes del sur argentino, con la complicidad del poderío burgués de una Argentina naciente y próspera.

El caso fue conocido como “La matanza de los turcos”. De los expedientes guardados en el Archivo Histórico de la Provincia de Río Negro, surge que más de cien comerciantes trashumantes de origen sirio–libanés habrían sido asesinados y canibalizados por indígenas mapuches. Una historia tenebrosa con un trasfondo de intereses poderosos.

Los “ Turcos mercachifles”

A los vendedores trashumantes se les conoció como “mercachifles” debido a su costumbre de anunciarse a las poblaciones o estancias donde llegaban haciendo sonar una especie de silbato o chifle. “Eran libaneses apenas llegados al país, que salían desde Neuquén y General Roca, en grupos de dos y tres, acompañados por algunos peones y baquianos, con caballos o mulas cargados de ropa, telas y otros artículos”, describe el escritor e historiador Elías Chucair, en reportaje de 2009.

Las desapariciones de “turcos” (genérico en Argentina de todo ciudadano árabe cualquiera sea su nacionalidad), ocurrieron entre 1905 y 1908, o quizás también durante la primera mitad de 1909. La primera denuncia formal sobre desaparición de ciudadanos sirios-libaneses en Patagonia fue presentada en abril de 1909 en el paraje El Cuy, de apenas un centenar y medio de habitantes, por el comerciante Salomón El Dahuk (o Eldahuk), ante la falta de noticias de José Elías, quien acompañado del peón también árabe Kesen Ezen, se internara en la Patagonia unos meses antes.

El denunciante agregó que Elías había partido desde General Roca en Agosto de 1908, con mercadería suya y pactado que regresaría antes de Noviembre. Era habitual que sirios–libaneses ya instalados, ayudaran a sus “paisanos” recién llegados con mercaderías en consignación a fin de que pudieran comenzar una actividad rentable. Estos se internaban en la meseta ofreciendo productos en las poblaciones y estancias alejadas, volviendo varios meses después. También informó el denunciante, que Elías y su peón, habían sido vistos por última vez en Octubre de 1908, en el paraje conocido como “Lanza Niyeo”. Agregando que unas semanas después fueron vistas las dos mulas y el caballo de Elías deambulando por la meseta. Por lo cual tenía la seria sospecha que Elías y su peón podrían haber sido asesinados.



Comienzos de la investigación

Los rumores sobre “turcos” desaparecidos en Patagonia crecían. Llamaba poderosamente la atención que desde 1905 no regresaba ninguno de los “mercachifles” que se internaban en la meseta. De hecho, la firma El Dahuk o Eldahuk Hnos. tenía registrado entre sus deudores a cincuenta y cinco vendedores ambulantes de origen árabe que no habían regresado a regularizar su deuda, entre ellos a José Elías, familiar del denunciante.

Por lo tanto, cuando el comerciante presentó la denuncia formal, el gobernador del Territorio de Río Negro, Carlos Gallardo, ordenó de inmediato al jefe de policía investigar lo que estaba sucediendo. Designaron al comisario José Torino, un estricto funcionario que no dudaba en utilizar “mano dura” para castigar a vagos, maleantes y forajidos. Torino conformó una partida de diez hombres curtidos en la bravura y clima de la región.

En conocimiento que los “turcos” solían salir de General Roca hacia el sur y recorrían el territorio en dos o tres meses, pasando luego por el paraje “Lanza Niyeo” y más tarde por “Lagunitas”, realizó el mismo recorrido. Al principio se encontró con el silencio obstinado de los pocos pobladores. Todos los habían visto pasar, pero no sabían nada más.

Todo cambió cuando detuvieron a unos mapuches que interrogados confesaron varios crímenes, pero que no estaban relacionados con las desapariciones de “turcos”. Fue entonces que el olfato de investigador del comisario Torino le guió directamente hasta “Lagunitas”, donde procedió a detener a un menor llamado Juan Aburto. El joven confesó enseguida que en el toldo (vivienda o choza), de Ramón Sañico, habían matado algunos días atrás a tres sirios. También, que en otras oportunidades, habían asaltado y matado a los “turcos” que llegaban hasta allí.

Con la suerte ahora de su lado, Torino llegó hasta el toldo de Ramón Sañico, quien ya había huido pero pudo recuperar varios objetos robados. El rápido despliegue policial permitió ir apresando a todos los integrantes de la banda y recolectar pruebas. No tardó en localizar los toldos de Antonio Cuece, quien al parecer era mujer que vestía de hombre y machi (bruja o curandera), conocida bajo el alias de “Macagua”.

Los jefes caníbales: Izq.Pedro Vila;capitanejos: Alberto Maripe, Hilario Castro, Juan Carrillo

Junto a ella estaba el huinca (hombre blanco), Pablo Berbránez, chileno, alto, rubio, de ojos verdes y elegante vestir de negro -según le describe el historiador Elías Chucair– cuya curiosa personalidad le llevaba a ser también Juez en Toltén, Chile. Ambos ejercían el liderazgo sobre los capitanejos comandados por Pedro Villa, Bernardino Aburto, Francisco Muñoz y Julián Benigno Muñoz, todos ellos con frondosos prontuarios delictivos. Durante los cuatro meses que duró la investigación el comisario Torino detuvo e interrogó a unas 80 personas.

La Patagonia Rebelde

En aquella época, las poblaciones más numerosas de la región eran “El Coy”, con un centenar y medio de habitantes y “Lagunitas”, de apenas un centenar. En su gran mayoría eran indígenas procedentes de Chile que se dedicaban a la crianza de ganado lanar y yeguarizos, además de la cacería de avestruces y guanacos. Sin embargo, la ausencia de control policial favorecía también la presencia de delincuentes dedicados al robo, pillaje y todo tipo de crímenes. Eran tiempos en que lo habitual era el robo y tráfico de ganado a Chile. Fue en ese lugar desierto y peligroso en que los mercachifles se aventuraban con sus carros cargados de productos.

Mujeres detenidas: A la derecha Vicenta Guaichanas en cuya casa se habría cometido antropofagia

Magia, crímenes y canibalismo

Según consta en las declaraciones, los capitanejos al recibir noticias de la llegada de algún “mercachifle” a la región, reunían a sus secuaces e invitaban a los comerciantes ambulantes con asado de cordero, vino y otras delicias. En cuanto se descuidaban los mataban y procedían a robarles el dinero, ropa, alhajas y la mercadería que transportaban. Luego, les extraían los corazones, el pene o los testículos, que según entendían aquellos delincuentes, eran atributos que consumidos les dotarían de virilidad y fortuna. Aquellas partes eran charqueadas, asadas y posteriormente repartidas entre todos los participantes.

Según algunos autores: Antes de comer un pedazo del corazón del turco José Elías, Julián Muñoz les dijo a los presentes: “Antes, cuando era yo capitanejo y sabíamos pelear con los huincas, sabíamos comer corazones de cristianos; pero de turco no he probado nunca y ahora voy a saber qué gusto tiene”.

El resto de los cadáveres y pertenencias no robadas eran incinerados. Una vez reducidos, los huesos eran molidos y guardado ya que según creían era un útil gualicho(conjuro), para no ser descubiertos. En cuanto a la machi “Macagua”, otros detenidos la señalaron como la encargada de extraer las vísceras para realizar con ellas “remedios”. En su rancho se encontraron varios corazones y partes humanas desecadas.

“Todos pa’dentro”, dicen que repetía el comisario Torino, asqueado ante aquellos asesinos mientras los ataban con tientos a sus cabalgaduras para partir en caravana destino a General Roca, a 22 días de distancia. Antes de arribar con los 45 hombres y 8 mujeres detenidos, la ciudad solicitó refuerzos policiales ante la conmoción general que produjo el descubrimiento de hechos tan repulsivos.

Personal policial de la partida del comisario Torino. A la derecha, los menores detenidos, entre ellos Juan Aburto.

Cosas raras, injusticias y complicidades

Quizás habrá sido por sus poderes mágicos, no se sabe, pero la machi nunca fue arrestada. El comisario Torino la describió como una mujer vieja y moribunda, postrada en una cama con tuberculosis avanzada y sífilis, y que por eso no la llevó con el resto de los detenidos. Sin embargo, unas semanas después le llegó información sobre que la machi había sido vista vagando por el desierto. Envió una comisión policial pero la toldería estaba desierta. Lo curioso, es que sobre una mesa habían dejado un papel firmado por un poderoso patrón de estancia de la zona que le pedía al comisario dejar a la mujer tranquila “porque era una buena persona y no le hace mal a nadie”.



Misterio

Las acusaciones por abuso de autoridad y procedimientos ilegales para obtener las declaraciones de los detenidos llevó a que el comisario Torino y sus hombres fueron encarcelados y suspendidos. El juicio duró cuatro años y ninguno retornó a la institución policial. Sin embargo, la mayoría de los procesados recuperaron su libertad al poco tiempo. Resulta extraño que ningún funcionario saliera en defensa del eficiente comisario Torino, quien sufriera diversos vejámenes durante su detención. Apenas la pequeña comunidad sirio-libanesa fue la que se acercó y pago un abogado que le defendiera.

El poder y la impunidad

Todo parece indicar que Torino desarmó un mecanismo de comercio ilegal que excedía a los capitanejos detenidos. Al parecer, los mapuches eran la mano de obra de ignotos poderosos de la política que manejaban una organización dedicada al comercio en Chile de productos robados en Argentina.

También llama la atención del silencio cómplice de los comerciantes de la región. Una vez ultimados los trashumantes, los asesinos procedían a repartirse el botín. Los capitanejos se quedaban con la mejor parte y el resto acudía a las pulperías o almacenes de ramos generales para cambiar su parte del botín por alcohol, tabaco, yerba mate, ropa y comestibles. El comerciante local no podía desconocer el origen de la mercadería ya que los “turcos” también se las ofrecían a ellos. Sin embargo, por dos monedas las obtenían de los asesinos, manchadas de sangre, pero mucho más baratas.

Ese mismo año, 1909, los registros indican que se esfumaron 50.000 ovejas del recuento durante la esquila. Se presume que fueron comercializadas en Chile al igual que buena parte de los botines obtenidos de los sacrificados “mercachifles”. Era un negocio grande y Torino se había metido para encarcelar la mano de obra barata y útil de mapuches necesitados.

Una historia más de la Patagonia feroz y sangrienta. Esta vez, el desierto se devoró a inmigrantes que con su media lengua e inocencia creían en la buena fe y caían en la trampa de delincuentes. Nunca se supo cuantos sirios-libaneses fueron asesinados debido que su escasa documentación personal fue quemada junto a sus cuerpos. Según los datos recogidos por el comisario Torino, unos 130 hombres.

Con información de Guioteca

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Inmigrantes sirios y libaneses en Argentina-Buscando nuestras raíces

En nuestra publicación «Como buscar datos sobre los ancestros sirios o libaneses», hacemos referencia a la migración siria y libanesa en el siglo XIX hasta 1950. Quisimos ampliar la información y colaborar con todos los descendientes ávidos de conocer sus raíces y el origen de sus familias. No disponemos de datos específicos que los ayuden en esta búsqueda, no obstante queremos compartir con ustedes los datos emanados del Ministerio del Interior de la República Argentina y otros organismos nacionales que a través de la recopilación de dichos datos, simplifiquen la búsqueda de sus ancestros.

Desembarcar en Argentina

El acto de desembarco consistía en el abordaje de una junta de visita a cada barco que llegaba, a fin de constatar la documentación exigida a los inmigrantes, de acuerdo a las normas, y permitir o no su desembarco. El control sanitario también se realizaba a bordo, por un médico asignado a ese fin. La legislación prohibía el ingreso de inmigrantes afectados de enfermedades contagiosas, inválidos, dementes o sexagenarios.

La revisión de los equipajes se llevaba a cabo en uno de los galpones del desembarcadero destinado a ese fin. Para los emigrantes el viaje comenzaba en el momento en que partían de su pueblo natal para dirigirse a los puertos. La partida solía ser un acontecimiento colectivo, en el que eran protagonistas grupos de parientes y paisanos que se dirigían al exterior de acuerdo a un itinerario prefijado.


Hotel del inmigrante

EL Hotel de Inmigrantes fue construido para recibir, prestar servicios, alojar y distribuir a los miles de inmigrantes que, procedentes de todo el mundo, arribaban a nuestro país. El complejo estaba conformado por diversos pabellones destinados al desembarco, colocación, administración, atención médica, servicios, alojamiento y traslado de los inmigrantes. Un conjunto de edificios, como una ciudadela. Se comenzó a construir en el año 1906, por la empresa Udina y Mosca, según proyecto del Ministerio de Obras Públicas.

En 1990, durante la gestión del Presidente Carlos Saúl Menem, por Decreto n° 2402, fue declarado Monumento Histórico Nacional. Se trata de una construcción de cuatro pisos, de hormigón armado, con un sistema de losas, vigas y columnas de ritmo uniforme, que dio como resultado espacios amplios dispuestos a ambos lados de un corredor central. Íntegramente pintado de blanco, se acentuaba en todos los ámbitos la sensación de amplitud y luminosidad.

En la planta baja el comedor, con grandes ventanales hacia el jardín, la cocina y las dependencias auxiliares. En los pisos superiores los dormitorios. Había cuatro dormitorios por piso, con una capacidad para doscientas cincuenta personas cada uno, lo que significa que en el hotel podían dormir tres mil personas.

A los inmigrantes los despertaban las celadoras, muy temprano. El desayuno consistía en café con leche, mate cocido y pan horneado en la panadería del hotel. Durante la mañana, las mujeres se dedicaban a los quehaceres domésticos, como el lavado de la ropa en los lavaderos, o el cuidado de los niños, mientras los hombres gestionaban su colocación en la oficina de trabajo.

Se habían dispuesto turnos de almuerzo de hasta mil personas cada uno. Al toque de una campana, los inmigrantes se agrupaban en la entrada del comedor, donde un cocinero les repartía las vituallas. Luego ellos se instalaban a lo largo de las mesas a esperar su almuerzo. Este consistía, generalmente, en un plato de sopa abundante, y guiso con carne, puchero, pastas, arroz o estofado. A las tres de la tarde a los niños se les daba la merienda. A partir de las seis comenzaban los turnos para la cena, y desde las siete quedaban abiertos los dormitorios.

Cuando ellos llegaban al hotel, se les entregaba un número que les servía para entrar y salir libremente, y conocer de a poco la ciudad. El alojamiento, gratuito, era por cinco días, por «Reglamento», pero generalmente se extendía por caso de enfermedad o de no haber conseguido un empleo.

Desde mediados del siglo XIX el medio de transporte hacia los puertos fue el ferrocarril, y los barcos a vela fueron siendo reemplazados por los vapores.

Las migraciones más significativas desde Oriente Medio se dieron hacia finales de 1800.

Muestra itinerante del Inmigrante

Provisión de información sobre la llegada de los antecesores extranjeros al puerto de Buenos Aires. Datos tomados de los viejos libros de arribos de barcos, digitalizados por el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos (CEMLA). Período comprendido entre 1882 y 1950. Se entrega un certificado tipo diploma como recuerdo donde figuran entre otros datos el puerto de origen, barco, edad, profesión, religión, estado civil, etc.

Esta base de datos resulta incompleta ya que no se cuenta con información anterior puesto que, en fechas anteriores a 1882 no se registraban los ingresos de inmigrantes a la Argentina. Además los datos asentados en los libros de los inmigrantes, solo eran registrados en el puerto de Buenos Aires, por lo que no existen datos de los desembarcos en otros puertos como los puertos de Bahía Blanca o los inmigrantes que llegaron desde Medio Oriente a Uruguay que por razones de salud o documentación no podían desembarcar en Buenos Aires, y se trasladaron hacia Argentina desde el paso de Concepción del Uruguay provincia de Entre Ríos.

Es de vital importancia contar con ciertos datos que permitan orientar la búsqueda de los ancestros sirios o libaneses aunque no es una regla exclusiva de estos. Pasos sencillos para todos los descendientes de cualquier país de la liga árabe como de Europa.

Si no cuenta con datos relevantes como nombre del barco con el que arribaron a nuestro país, fechas o documentación, puede ser de utilidad el país, ciudad o región de origen. Otro dato importante es la religión profesante. En los países árabes antiguamente los registros se llevaban a cabo en las iglesias. Nacimientos, bodas y fallecimientos eran asentados en los libros de las iglesias, por lo cual resulta importante saber si el origen de su familia desde el punto de vista religioso pertenecía a la religión Ortodoxa, Melkita, Maronita o al Islam (Chiita, Sunita, Druso, Alahuita), para poder ubicar dichos datos en sus respectivas iglesias o mezquitas.


En Siria

Si bien en la ciudad de Damasco existen datos digitalizados, no se cuenta con documentación antigua por lo que contactarse con la iglesia o mezquita del pueblo o región de procedencia podría ser de ayuda. Un dato para tener en cuenta es el de los apellidos. Si tiene conocimiento que su familia permaneció en un lugar determinado por mucho tiempo antes de emigrar a América, tal vez pueda contactarse con familia en el lugar de origen del emigrado. Es así como por ejemplo para el apellido Saleme y todas sus variantes, es probable encontrar familiares en Damasco y pueblos aledaños. Ésta no es una regla exacta ya que muchas personas con ese apellido migraron en forma interna hacia Líbano, entonces provincia de Siria.

En Líbano

Si el origen de su ancestro es libanés y además cristiano, seguramente haya sido Maronita por lo que recomendamos solicitar datos de la iglesia ya sea en Buenos Aires o en la ciudad o pueblo de origen. En América Latina, UCAL, una asociación civil de promoción de la cultura libanesa, puede ayudarlo con la búsqueda, quienes conjuntamente con la iglesia Maronita y mediante el pedido de datos específicos pueden informarle la región de origen de su apellido libanés y además la posibilidad de obtener ciudadanía libanesa.

Una regla importante a tener en cuenta tiene que ver con las costumbres. Recordemos que el apellido se hereda del padre y la religión también. Es así como un padre maronita tendrá hijos que serán educados bajo esa religión. Por lo tanto el origen de su descendencia será del país de origen de su padre.

Otra característica de nuestro pueblo es la de las bodas realizadas entre miembros de la misma familia. No es poco común encontrar un ancestro con apellido materno y paterno iguales.

Por último, sea cual fuere su lugar de residencia, no dude en comunicarse con los consulados del país. Al pie de esta nota dejamos direcciones para su consulta y deseamos a todos y cada uno de nuestros “paisanos” éxitos en su búsqueda.


Notas
Muestra Itinerante

Para solicitar la presentación de la muestra itinerante dentro del territorio de la República Argentina, deberán dirigirse al Coordinador del Programa Complejo Museo de la Inmigración: Arq. Sergio Sampedro
• Horarios de Secretaría: Lunes a Viernes de 9: 00 a 16: 00 hs
• Teléfono: (011) 43 17 02 85 – Secretaría
• E-mail: museodelainmigracion@migraciones.gov.ar

Ministerio del interior de la República Argentina

Web: http://www.migraciones.gov.ar/

UCAL Argentina
Unión Cultural Argentina Libanesa

Web: https://www.facebook.com/UcalNacional/

Embajada y consulado de Líbano en Argentina

Web: http://www.ellibano.com.ar

Embajada de Siria en Argentina

Av. Callao 956
1023 Buenos Aires
Argentina teléfono: (011) 4813.2113
+54.11.4813.2113FAX local (011) 4814.3211
+54.11.4814.3211

E-mail: embajadasiriaba@gmail.com

Con información del Ministerio del Interior de la República Argentina



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Historias de inmigrantes – Árabes en Chilecito, La Rioja

Almacén de ramos generales

La Ciudad de Chilecito, ubicada en la provincia de La Rioja, Argentina, está ubicada al pie de la Sierra del Famatina en el lugar donde existía una antiguo tambo incaico, sede del curacazgo más austral del imperio.

Chilecito fue fundada como Santa Rita en 1715 por Domingo Castro y Bazán. Su denominación actual le llegaría con el tiempo, a causa de la gran cantidad de chilenos que trabajaban en sus minas, las que funcionaban como principal impulso al desarrollo regional.

A fines del siglo XIX y principios del XX, Chilecito adquiere relevancia a nivel nacional por ser el centro de explotación minera más importante.

Mina La Mejicana

Mina de Oro La Mejicana, esperanza de progreso

Cuando se inauguró la mina, en 1905, era uno de los cablecarriles más largos y altos del mundo. Tenía 35 km y sorteaba un desnivel de 3.500 metros: de los mil y pico de Chilecito hasta los 4.600 de La Mejicana, la última de nueve estaciones. Se construyó en 18 meses con un préstamo del Banco Nación. La obra estuvo a cargo de la empresa alemana Bleichert&Co., y la explotación de la mina, de una firma inglesa: FamatinaDevelopment. Se usaron diez mil remaches, (no existía la soldadura), y más de 600 mulas porque todo el material, desde el hierro hasta el agua, se subía a lomo de mula. También se usó a mucha gente, unos mil seiscientos hombres.

Durante por lo menos diez años ,en 1914 se retira Famatina Development por el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se extrajo oro y más oro y todavía más oro, (también plata y cobre). Llegaba en vagonetas por el cablecarril de La Mejicana a Chilecito y de ahí directo en tren a Rosario y después en barco a Inglaterra. Oro ya fundido, lingotes de oro.

Trabajadores de la mina La Mejicana


Una historia de Inmigrantes

Chilecito vivió un período de auge. Abrió la primera sucursal del Banco Nación y las estaciones del cable estaban conectadas por una de las primeras líneas telefónicas del país.

El floreciente progreso que a principios de siglo XX trajo la explotación de la minería, atrajo el interés de nuevas corrientes y grupos de inmigrantes árabes, que llenos de ilusión y esperanza llegaron a nuestras tierras.

Matil Lléseri, nos cuenta con mucha nostalgia las circunstancias que rodearon la llegada de sus antepasados directos, allá por el año 1907. Su padre, Don Juan Lléseri con solo 19 años de edad, soltero, llega a esta tierra chileciteña, en momentos en que ya ejercían el comercio, precursores de su país que estaban familiarizados con la vida del lugar, e interesados en su medio.

Tengamos en cuenta que llegaban de un país que estaba devastado por sucesivos ataques bélicos y era, bajo esas condiciones, imposible mirar el futuro con optimismo en una zona caracterizada por la incertidumbre de la guerra.

Ello creó un auge, que llevó a muchos jóvenes a poner sus ojos en “el nuevo mundo”, donde había verdaderas posibilidades de progreso.

Don Juan Lléseri llega en un momento justo, Chilecito estaba experimentando una época de esplendor económico, había una gran demanda y la población había crecido enormemente, sumando a ello el nivel de vida que ofrecía el oro del Famatina.

Ya en esa época estaban instaladas otras familias sirias y libanesas, entre ellos, Don Salomón Waidatt, quien era un importante proveedor mayorista de ramos generales, constituyéndose en su principal proveedor.

Con el tiempo, Don Juan ve crecer su negocio, buscando proveedores de Córdoba y Buenos Aires.

Su negocio, instalado en una de las esquinas de la Plaza, (hoy Caudillos Federales), en 9 de Julio y Adolfo E. Dávila, llevaba la denominación comercial “El Tigre” y gozaba de un auge muy particular, debido al floreciente momento económico de nuestra comunidad. Poco después, regresa a su país de origen, (todavía soltero).

Europa estaba amenazada por una guerra y en momentos en que Don Juan gozaba de un periodo de paz, fue sorpresivamente convocado a participar como combatiente en aquella sangrienta guerra en donde Líbano sería dominado por Francia, finalizando los ataques bélicos el 11 de Noviembre de 1919.

Como consecuencia de su participación activa, fue herido de bala en su pierna izquierda, la que le valió la baja de las filas del ejército.

Como dato histórico, queremos recordar que Siria finalmente quedó libre de dominación francesa el 17 de Abril de 1946.

El destino le guió a conocer a la que luego fue su esposa para toda la vida, Doña Anise Mjail (Miguel) Esper Nahás, en Hamma Siria, con quien contrajo matrimonio y fue la madre de sus hijos.

Ya casados vienen a Argentina en un penoso viaje de 3 meses, decimos penoso debido a que el barco había estado estacionado y sin reparar desde antes de la guerra y no estaba en condiciones, partieron desde Beirut, (Líbano), el 2 de Junio 1920 y llegaron el 2 de Septiembre.

A pesar de que Buenos Aires les ofrecía tantas oportunidades de trabajo, Don Juan tenía en su mente el feliz recuerdo de lo que había vivido en la añorada Chilecito, que tan gratos recuerdos le traía.

Parten desde Buenos Aires con su flamante esposa y se instalan en esta ciudad, en la casa de Don Salomón Waidatt, paisano que tenía gran afecto hacia él, además de buenas relaciones comerciales que los unían. 

Don Juan Lléseri continua reanudando la atención de su interrumpido negocio en 9 de Julio y Adolfo E. Dávila, “El Tigre”, con el rubro “Ramos Generales”, y con el éxito que continuaba favoreciéndolo.

En el año 1922 adquiere de la sucesión Guillermo Iribarren, una propiedad consistente en un lote de respetable medida. Dicha propiedad comenzaba en Dr. Santiago Bazán y se extendía hasta las 7 esquinas.

El negocio que ahora abriría sus puertas, en al año 1924, estaba compuesto de salón comercial y dependencias familiares, unidos entre sí. Este nuevo negocio se llamó a partir de ahí “Juan Lléseri”.

Los rubros que abarcaba eran múltiples, incluyendo tienda, almacén, ropería, zapatería, cereales variados, hierbas medicinales, etc.

La extensa zona del oeste riojano, Guandacol, Villa Castelli, Vinchina, etc., eran productoras de trigo, alfalfa, y maíz, que luego con el correr del tiempo, se reemplazaría por viñedos, preferentemente a partir de 1934. Don Juan compraba en cantidades el llamado “trigo pan”, diferente al trigo para locro, y lo procesaba directamente en su propiedad. Una empleada se encargaba de separar el trigo de la paja, y lo lavaba, luego lo embolsaba y lo enviaba a los conocidos molinos harineros “San Francisco”, (hoy Museo) y “Santa Rita”.


Su hija Matil, nos continúa narrando sobre la actividad comercial propia de aquella época. Por ejemplo, el acopio de hierbas medicinales de la zona del Famatina, en donde abunda una interesante variedad. Era adquirida de los “yuyeros” y luego embolsada, (la traían a lomo de burro). Cuidadosamente empaquetada en bolsas arpilleras bien cosidas, eran identificadas con destinatario y remitente, para ser enviadas hacia Buenos Aires, Rosario y Mendoza.

Con el correr del tiempo, don Juan Lléseri adquiere de don Salomón Waidatt, un interesante lote de respetables medidas, hacia la derecha del hospital, transformándolos en viñedo. Esta viña era atendida por idóneos de San Juan, con el agregado de una variedad de plantas frutales, las que eran aprovechadas comercialmente.

En el año 1932, Don Juan construye su propia bodega, la que comienza a elaborar vino al año siguiente, con su propio nombre y apellido, como marca de origen.

Don Gabino Coria Peñaloza, en ese entonces inspector del Instituto Nacional de Vitivinicultura, autorizó la salida a la venta de dicho vino, firmando los libros correspondientes, los que se conservan como reliquia.

El vino tuvo una interesante demanda comercial, elaborando su propia producción de uva y con el agregado de que lo que recibía de viñateros de los distritos.

La llegada de nuevos emprendedores vitivinícolas, y la instalación de la nueva bodega “La Caroyense”, con su moderno sistema de elaboración, influyó para que dejara de existir en 1944. Para ese entonces, el ya había vendido sus dos fincas.

Don Juan y Doña Anise tuvieron 9 hijos: Antonia, Anise, Victoria, Juan Carlos, María Cocab, Alberto, Eduardo, Matil, Oscar Miguel y Ricardo.

La historia de Don Juan Lléseri nos ayuda una vez más, a valorar la labor abnegada realizada por nuestros pioneros, que con sacrificio y honradez supieron forjar un futuro digno para sus hijos.

Por José Luis Campillay

Con información de Diario Chilecito

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Los sirio-libaneses en Colombia

«Bendita sea la colonia siria, que nos ha traído la baratura». Con estas palabras, un periódico de principios del siglo XX resumía la política de precios de los comerciantes de origen árabe en Colombia. Además de precios bajos, estos comerciantes cambiaron la tradicional estrategia de ventas en Colombia, el esperar que el comprador llegara hasta al almacén, por la forma innovadora de las ventas ambulantes y al salir a ofrecer la mercancía de puerta en puerta.

Por «colonia siria» el autor se refiere a los inmigrantes procedentes de Siria y Monte Líbano, quienes conformaban el grueso de la inmigración árabe a Colombia, integrada además por los palestinos.

Los territorios de Siria, Líbano y Palestina estuvieron bajo el poder del Imperio Otomano por cerca de 400 años, desde el siglo XVI hasta comienzos del XX. Las primeras migraciones significativas desde los territorios árabes ocupados por los turcos hacia Brasil, Argentina y México empezaron en la década de 1870. Como los pasaportes de estos inmigrantes eran expedidos por las autoridades turcas, esto llevó al equívoco de llamar «turcos» a los árabes que llegaban a América Latina, la mayoría de los cuales eran cristianos maronitas. El Imperio Otomano se desintegró al final de la Primera Guerra Mundial y gran parte de su territorio pasó a manos de las potencias europeas. Por esta razón, Siria y Líbano se convirtieron en protectorado francés, y Palestina quedó bajo mandato británico.

La mayoría de historiadores acepta que los primeros inmigrantes de origen árabe que llegaron a Colombia lo hicieron hacia 1880, entraron por los puertos del Caribe y se distribuyeron inicialmente por las diferentes poblaciones del Caribe colombiano. Tiempo después remontaron el río Magdalena para distribuir mercancías en las provincias andinas y los valles interandinos, y se establecieron en departamentos como Huila, Cundinamarca o Santander.

¿Cuantos sirios, libaneses y palestinos llegaron a Colombia entre 1880 y 1920? No existe un dato preciso, ya que desde un principio resultó muy difícil censar la población de origen árabe en los diferentes países de América Latina. A su llegada, estos inmigrantes eran registrados indistintamente como turcos, otomanos, sirios, árabes, y sólo a partir de la década de 1930 en algunos países empezaron a diferenciar entre sirios, libaneses, palestinos, armenios o turcos otomanos.

De todas formas, no debemos llamarnos a engaños y pensar que en Colombia se estableció un numeroso grupo de inmigrantes procedentes del Oriente Medio. El país fue un destino de segunda categoría para los emigrantes árabes, que en su aventura hacia América preferían países como Estados Unidos, Brasil o Argentina.

De acuerdo con el emigrante sirio Elías Saer, los jóvenes árabes sólo tenían referencias de estos tres países a donde emigrar, mientras muy pocos tenían conocimiento de la existencia de Colombia. De acuerdo con su testimonio, «emigrar al continente americano era encontrarse con la abundancia, la riqueza, con las grandes oportunidades, en fin, con el paraíso terrenal». Algunos estudios calculan que hacia 1920 la población de origen árabe en Colombia era apenas de 3.800 personas, mientras en Brasil ascendía a 162.000, y en Argentina, a 148.000. Pese a su escaso número, en Colombia su visibilidad estuvo en función de su dinámica presencia en sectores clave de la sociedad, como el comercio, la política y la medicina, entre otros.

Una de las características del inmigrante árabe fue su pragmatismo, tanto en los negocios como en su vida cotidiana, lo que explica por qué varios de ellos castellanizaron sus nombres y apellidos, como una manera de asimilarse más rápido a las comunidades donde llegaban. De origen árabe son las familias Guerra (originalmente Harb), Domínguez (Ñeca), Durán (Doura), Lara (Larach), Cristo (Salibe), Flores, María, Gloria y Juan, entre otros.

La base económica y el punto de partida de estos inmigrantes fue el comercio, y a esa actividad le siguieron otras como la agricultura, la ganadería, la industria, la navegación fluvial y la política. En menos de una generación ascendieron socialmente y en esta segunda fase, sus hijos tuvieron edad para empezar a estudiar en la universidad, sobre todo carreras de prestigio como medicina y derecho. Los hijos de los inmigrantes no se conformaron con el éxito económico de sus padres: ahora ellos querían gobernar, tener poder y para eso era necesario incursionar en política.

Es así como en 1930 Gabriel Turbay irrumpe como figura política regional, al ser elegido diputado por el departamento de Santander, y César Fayad concejal por Cartagena; en 1941, Abraham Jabib fue elegido concejal por Lorica y en 1962, José Miguel Amín fue nombrado gobernador de Córdoba. La espiral política llegó a su punto culminante durante el cuatrienio 1978-1982, período durante el cual Julio César Turbay se desempeñó como presidente de la República. La presencia de los políticos de origen árabe en la vida nacional ha sido intensa y, en ocasiones, controvertida, por lo que el tema ameritaría un estudio riguroso desde la ciencia política.

En síntesis, los hijos y los nietos de esos inmigrantes que alguna vez fueron discriminados, empezaron a gozar de una destacada posición en la sociedad colombiana desde mediados del siglo XX. Su aporte a la sociedad colombiana se dio no sólo en los campos del comercio y la política, sino también en actividades como la industria, la medicina, la literatura, la culinaria y los medios de comunicación. Personajes como Gabriel Turbay, Antonio Chalita, Emilio Yunis, Juan Gossaín, Fuad Char o Shakira Mebarak son tan colombianos como cualquier otro nacido en estas tierras.

Han pasado más de 120 años desde cuando desembarcaron los primeros inmigrantes árabes en Colombia. Sus prácticas austeras, su dedicación al trabajo y su espíritu emprendedor, les facilitaron acceder a las oportunidades que ofrecía el país a nativos ya inmigrantes.

Por Joaquín Viloria De La Hoz
Investigador de estudios regionales del Banco de la República.

Con información de:Semana 35

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Fatima,madre en tierra extraña

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Fatima, de Philippe Faucon

“Un día mi corazón suspira y al siguiente siente rabia”

Fatima tiene 44 años, es argelina, y vive sola con sus hijas: Nesrine, la mayor, tiene 18 años, es una chica aplicada, obediente y estudiante, y acaba de empezar primero de medicina, Souad, la pequeña, tiene 15 años, es de carácter rebelde e irascible, no estudia, protesta, y además, insulta a su madre. Fatima trabaja de sol a sol como limpiadora de hogar para poder sacar adelante a su familia y ayudar a sus hijas. El cineasta Philippe Faucon (1958, Oujda, Marruecos) lleva más de un cuarto de siglo realizando un cine naturalista, de índole social, en el que explora y reflexiona sobre los problemas de los inmigrantes en Francia, en su mayoría. Ahora, basándose en los poemas, fragmentos y pensamientos de Fatima Elayoubi recogidos en los libros Prière à la lune y enfin je peux marcher toute seule, se ha detenido en un relato sobre mujeres, sobre tres mujeres árabes que viven en Francia, tres generaciones diferentes, la madre, la que emigró buscando una vida mejor, y las dos hijas, ya nacidas en Francia, con otras inquietudes y necesidades.

Tres formas de vida que conviven, se mezclan, dialogan y discuten, en un contexto social de grandes dificultades, en el que el trabajo es precario, y las escasas oportunidades demandan un gran sacrificio y esfuerzo. Faucon instala su cámara en ese microcosmos de relaciones familiares, en el que conviven el árabe y el francés, el idioma que dificulta las relaciones entre madre e hijas, en los diferentes puntos de vista de cómo afrontar la dura realidad cotidiana, y todos los conflictos que van surgiendo en un ambiente difícil de llevar. Las barreras idiomáticas, las costumbres árabes que chocan contra el estilo de vida y costumbres del país en el que viven, y la compleja situación que genera entre una madre que trabaja hasta la extenuación en un empleo y la hija pequeña que denigra y no acepta esa condición. Una película breve (apenas su metraje alcanza los 79 minutos) contenida, de tono naturalista, en la que Faucon captura de manera sensible y delicada las relaciones, las pequeñas alegrías y los sinsabores que se van generando entre madre e hijas. Las luchas diarias para ser esa persona que quieres ser, y sobre todo, la tenacidad, la valentía y el sacrificio que hace una madre por el bienestar de sus hijas.

El cineasta francés huye de cualquier sentimentalismo y convencionalismo dramático, su película nace de la necesidad de contar una realidad que viven y sufren miles de personas adultas de origen humilde cuando llegan al país europeo, para alcanzar una vida mejor que la que dejan, aprender otro idioma, las envidias y críticas de los paisanos que no aceptan otro tipo de existencias, y las terribles dificultades para acceder a un mercado laboral deshumanizado y fascista que sólo obedece a los números. El trío protagonista compuesto por Soria Zéroual, actriz no profesional que encarna a esta heroína de corazón noble y carisma de león, Zita Hanrot (que se llevó el revelación en los premios César de la Academia Francesa) actriz en ciernes, que compone un personaje valiente, sacrificado y noble, y la benjamina, Kenza-Noah Aïche, la intransigente y díscola que pasa de estudiar, y sólo disfruta en la calle con sus amigos. Un grupo humano de inusitada capacidad para la interpretación que revela el contenido esencial y sensible que destila la película, una narración sencilla y honesta que muestra una realidad cotidiana, a partir de una mirada sensible y cercana en el que se acerca a los conflictos de forma transparente y humana.

Con información de:242 películas después


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El cortijo de los desposeídos

Un trabajador lleva un cubo de agua a la cocina de un cortijo abandonado en el que vive en Níjar, Almería ©Santi Palacios
Un trabajador lleva un cubo de agua a la cocina de un cortijo abandonado en el que vive en Níjar, Almería ©Santi Palacios

“Vivir aquí es una mierda”. Mussa sobrevive desde hace años hacinado en un cortijo abandonado, sin luz, agua corriente ni esperanza. Cada mañana, a las siete y media se planta en la rotonda de San Isidro de Níjar y espera a que algún “jefe” de los invernaderos pare y le ofrezca un jornal. Así, buscándose la vida desde hace ocho años, cuando llegó a España. Como él, miles de trabajadores viven en decenas de asentamientos y cortijos abandonados y camuflados entre los plásticos del campo almeriense, según el recuento de las organizaciones que trabajan con los migrantes. Son trabajadores indigentes, que sacan adelante y en resignado silencio las cosechas que venden en los supermercados de media Europa. Este es el Calais español, invisible a ojos de unas autoridades que miran hacia otro lado.

Cae la tarde y van llegando al cortijo de Mussa (nombre ficticio) un goteo de subsaharianos montados en bicicleta, agotados y cubiertos de polvo. Da comienzo entonces el trasiego de cubos de agua para lavarse detrás de una tela roja a cielo abierto. Una persona, un cubo. Es la ley no escrita y exótica en un país en el que el agua sale del grifo como por arte de magia. Después un trabajador cocinará para todos en un hornillo mugriento y quedarán listos para dormir amontonados en un sótano lúgubre y helador.

En este cortijo hay gente de Mali, otros de Costa de Marfil y de Mauritania. En el pueblo les llaman “los morenos”. Los hay que llegaron en patera hace diez años y otros sorteando la valla de Melilla en el gran salto de hace un par de años. Algunos tienen papeles y otros no. Hay un grupo que ha llegado hace poco de un cortijo vecino, donde vivieron años dentro de un aljibe vacío hasta que el dueño les echó hace unos días.

Luego llega Kamagate de recoger tomates cherry. Cuenta que desembarcó en Canarias en patera hace más de siete años en plena crisis de los cayucos. Eran tiempos de ilusión y de proyectos de vida que con los años se han tornado en amargura y resignación. Ha probado suerte con la agricultura por media España y piensa que el tajo de Almería es el peor de todos. “Pensé que esto iba a ser totalmente distinto, que en dos años tendría un buen trabajo. Casi no conozco a mi hija de ocho años. Mi cabeza no está tranquila”. Otro trabajador, también llegado a Canarias desde Malí explica que tiene papeles “porque un jefe bueno se los hizo”. En penumbra y sentado en una silla de hospital desvencijada hace recuento junto a sus compañeros de los días que han trabajado. Los que mantienen contactos bien engrasados con los “jefes” les llaman directamente el día que les necesitan. El resto son carne de rotonda. Explican que algunos dicen que no tienen papeles aunque los tengan para tener más posibilidades de trabajar. Cobran entre 30 y 35 euros por ocho horas de trabajo. Hablan de jefes buenos y jefes malos, de una arbitrariedad ajena a las condiciones de trabajo reguladas; como si aquí rigieran relaciones laborales propias de otra época.

Un trabajador subsahariano de los invernaderos de Almería muestra sus manos en Níjar ©Santi Palacios
Un trabajador subsahariano de los invernaderos de Almería muestra sus manos en Níjar ©Santi Palacios

Junto a los veteranos, los recién llegados que aún conservan el entusiasmo. Como un chico de Costa de Marfil que asegura que llegó hace cuatro meses en zodiac a Tarifa en el quinto intento. “Fue difícil, pero gracias a Dios estoy aquí”. Dice que sí, que en su país los que vuelven les dicen que la vida aquí no es fácil, pero también dice que llegan con ropa nueva y cochazos y entonces no les creen. De momento no ha conseguido trabajo más allá de alguna media jornada suelta. “Veo a mucha gente que cada mañana sale a trabajar y pienso, un día yo también voy a trabajar”.

Ya es noche cerrada, cuando dos coches de policía se presentan armando cierto escándalo en el cortijo. Han recibido una llamada alertándoles de una pelea, pero resulta que no es aquí. “Hace diez años los inmigrantes [sin papeles] corrían cuando veían a la policía, ahora ya no. ¿Para qué?”. Los agentes confirman que estos asentamientos están dejados de la mano de Dios, que los trabajadores inmigrantes parecen no importarles a nadie y que los servicios sociales “están saturados y no pueden encargarse de esta gente”. Mientras el policía habla, un habitante del cortijo desdentado que ha perdido la cabeza pasa dando gritos. “Es una pena vivir así”, termina el agente.

Recuperación económica

Un kilómetro escaso más allá, en otro cortijo abandonado, a los trabajadores les da la risa floja cuando se les pregunta por la recuperación económica,. “La recuperación no es para los inmigrantes, eso es para los ciudadanos. Todo el mundo lo sabe”, dice un joven con chándal y chancletas de plástico blanco sentado en una silla de oficina desahuciada. Unas flores sembradas en el orificio de una pila de neumáticos dan fe de los esfuerzos por adecentar el campamento. “Somos negros pero somos humanos”. Un trabajador con una bombona de butano en equilibrio inestable sobre la barra de una bicicleta entra en el recinto. Por momentos da la impresión de estar en otro país, en otro continente.

A menos de una decena de kilómetros de este cortijo se esconde La Paula, un poblado chabolista construido con plásticos. Allí vive más de un centenar de marroquíes, conocidos en el pueblo como “los moros”. Se les ve caminando por la pista agrietada que une Paula con la carretera. Aquí, como a otros asentamientos no llega el transporte público. A la hora de la oración, los trabajadores van saliendo de sus casetas y rezan en la mezquita semienterrada y construida también con plásticos. En el muro de una nave abandonada se lee una pintada en árabe que más bien parece una broma de mal gusto: “Prohibido tirar basura”.

Cuentan en La Paula que llevan aquí muchos años. Que algunos se fueron a otras zonas de España a trabajar en la construcción, pero que la crisis les devolvió a la chabola, a la casilla de salida. “España es como Marruecos. Yo quiero ir a Berlín”, dice Mohamed. Llegó aquí hace nueve años y gana entre 600 y 900 euros al mes. El problema es que no hay trabajo todos los meses. Todos son hombres y la mayoría tiene papeles pero trabaja sin contrato. “Almería no da derechos a los extranjeros. Aquí trabajas 30 días y figuras cinco en nómina, o te pagan como media jornada”. Pero en general, aquí nadie tiene muchas ganas de hablar. ¿Para qué? No confían en que vaya a servir para nada. Son demasiados años de tozuda realidad como para fantasear con buenas noticias.

Cae la noche y en San Isidro apenas se ve población autóctona en la calle. Dicen los vecinos que con tantos forasteros no se sienten seguros. El censo de Níjar indica que hay 12.404 extranjeros en el municipio, que representan cerca del 42% de la población, sin contar los más de 4.000 de los asentados que calcula Cepaim, una organización de apoyo a los migrantes que trabaja en la zona. En los bares, se repiten los mismos argumentos: que los extranjeros destrozan las casas cuando alquilan, que son de otra cultura e incapaces de adaptarse y que en la zona hay robos y que es lógico, dicen que los autores sean los que no tienen de qué vivir. La alcaldesa de Níjar, Esperanza Pérez, rebaja la cifra de asentados a medio millar y dice que uno de los problemas es que son terrenos de propiedad privada y que evalúan la construcción de alojamientos de temporeros. Duda además, de que los inmigrantes lleven tanto tiempo aquí como aseguran.

Al día siguiente, Andrés Góngora, responsable de frutas y hortalizas de la Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos, COAG ofrece su interpretación. Asegura que los explotadores son apenas un puñado de manzanas podridas y que las inspecciones de trabajo son muy duras; que la inmensa mayoría de los agricultores cumplen la ley. “Somos 17.000 agricultores y tiene que haber de todas clases”. El principal problema, piensa, es que las grandes cadenas de supermercados les aprietan y tienen muy poco margen para subir los salarios. El cambio climático, explica ha acelerado la producción y pulverizado el equilibrio de la oferta y la demanda. Eso hace que se decanten por cultivos que precisan poca mano de obra, como las sandías que comienzan a asomar en su invernadero de 10.000 metros, en el que no hay un solo trabajador. “La situación es grave. Este año se han arruinado muchos agricultores. No hay quien aguante. Los agricultores están en los bancos renegociando las hipotecas de los invernaderos”. Calcula que el 70% de los trabajadores del municipio son extranjeros.

Preocupación por los autóctonos

Eva Moreno, coordinadora de Cepaim, coincide en que el problema trasciende a los agricultores y cifra en más de 60 los asentamientos. Su organización pide a la Administración que ofrezca alojamientos y que de momento al menos recojan la basura. “Los inmigrantes son gente que trabaja y que consumen en las tiendas y que contribuyen a que Níjar salga adelante. Los que no están documentados es porque no les hacen los papeles”. Las pocas veces que se hace algo, se lamenta, es para desalojar a los migrantes sin ofrecer soluciones alternativas.

Ya en la capital, Gracia Fernández, delegada del Gobierno de la Junta de Andalucía reconoce que hay gente viviendo en asentamientos junto a los invernaderos en toda Almería, aunque dice que no disponen de cifras y se explaya en el discurso oficial. Dice que en Andalucía la integración social de los inmigrantes es buena, que la vivienda es competencia del municipio y pide al Gobierno central recursos para viviendas sociales. “Nos preocupan los inmigrantes, pero también los autóctonos, muy afectados por la crisis”. Sostiene además que muchos inmigrantes aguantan en la indigencia porque prefieren ahorrar para enviar remesas a sus países.

En los cortijos todos dicen que preferirían vivir en un piso. También el joven que llegó a Melilla en zodiac, que no se atreve a explicarle a sus padres cómo vive, porque están felices de que haya llegado a Europa. “No les cuento lo difícil que es esto para que no se pongan tristes”. Imposible contarles que el sueño era esto.

Por Ana Carbajosa
Con información de El País

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Árabes en Macondo – Diáspora árabe en América

En homenaje a los diez años del fallecimiento del poeta, investigador y gestor cultural Jorge García Usta, la editorial Áncora Editores hace una recopilación de algunos de sus poemas y ensayos en el libro ‘Árabes en Macondo’. Arcadia comparte algunos extractos de un capítulo sobre la emigración árabe en el que el tema central es la llegada de sirios, libaneses y palestinos a las tierras americanas.

Izquierda: Portada del libro. Derecha: Shakira en la semana árabe organizada por el Centro Cultural Colombo Árabe. (1988) ©arcadia
Izquierda: Portada del libro. Derecha: Shakira en la semana árabe organizada por el Centro Cultural Colombo Árabe. (1988) ©arcadia

La emigración árabe

I. 100 años en busca de la segunda patria

También con la maleta de supervivencia, pero de procedencia siria, Jorge Báladi, un emigrante de excepción de algo más de treinta años que ha salido de Damasco, por su firme y riesgosa militancia política, observa a bordo del barco Argentina, de 18 mil toneladas, a un grupo de sonrientes alemanes, recogidos en Cannes y que vienen como él a América. Pero mientras que Báladi viene a labrarse un camino difícil, los alemanes, son conducidos a un intercambio cultural. Lo que se comenta en el barco es que a los alemanes los traen “para que los gringos les muestren su democracia”.

En el barco deambulan además tres centenares de italianos embarcados en Génova y Nápoles, rumbo a Nueva York, donde sus compatriotas —con paciente, metódica y muchas veces violenta organización de clanes familiares— tienen ya gran parte de los negocios más poderosos de la ciudad en sus manos. En el Argentina vienen algunos sirios, además de la hermana de Báladi, Georgette, su esposo Emilio Manzur y sus dos hijos, Rauf y Rosy. La familia tuvo que salir de Palestina hacia Siria, ante las amenazas de invasión en la turbia noche de la creación del Estado Sionista. La madre de Jorge y Georgette Báladi, Adele Khayata, les recomendó la salida hacia América, aunque fuera de manera temporal.

(…)

Al igual que otros grupos sociales y étnicos de la ciudad, aunque con algunas excepciones, los árabes tuvieron que atrincherarse, al principio, en los límites de su  territorio social, en la pirámide social de la Cartagena feudal de entonces. Aproximadamente hasta 1930, la mayoría de ellos vivió en la Calle Larga, en las vecindades del mercado. Inclusive, a pesar de traer un pasado fragoroso de discordias religiosas, especialmente entre cristianos y musulmanes, el tácito pacto de paz establecido  se convirtió sin problemas en tratos de paisanaje, con cordialidad diaria, atenciones recíprocas en casa y evocaciones de las tierras lejanas.

Aquello no significaba la deposición individual de los principios religiosos: los musulmanes seguirían pensando que la minoría cristiana sirvió a la intromisión europea para desmembrar el futuro de una grandiosa nación siria, y los cristianos se referían a la horca de “los moros”.  Pero estas recriminaciones fueron languideciendo ante la perspectiva de un futuro exigente en tierra ajena y en una ciudad cuya aristocracia peninsular no se pondría en distinciones religiosas triviales: para ella, todos eran “turcos” sin alfanje, advenedizos mezclados con el resto de la población, con la diferencia de su inquietante obstinación empresarial que ya, a principios del siglo XX, había convertido a tres o cuatro familias en poderes económicos indiscutibles en la ciudad, con grandes inversiones en bienes raíces y centros de comercio.

(…)

La mayoría de los emigrantes buscó la ruta incierta de la América cerril de entonces por razones económicas. La aventura, anunciada en los vecindarios árabes como una salida de apuros y acompañada, tenía de fondo los destrozos regionales ocasionados por el dominio turco. Contra los argumentos de algunos emigrantes, que parecen tener sus bases en la subjetividad defensiva de algunos de ellos (que hablan de ventajosas condiciones de trabajo en el Medio Oriente descuadernado de fines del siglo XIX), la emigración comenzó desde mediados de dicha centuria, cuando el imperio otomano daba sus primeras boqueadas agónicas. “Fueron motivos religiosos, y hubo alguno de problemas económicos”, dice Teófilo Barbur, un comerciante que llegó en 1923. “Aunque no se diga, en verdad, el 95 por ciento de los emigrantes salió por razones económicas”, sostiene Jorge Báladi.

(…)

Era un torrente de jóvenes empleados y desempleados sirios, libaneses y palestinos, que empezaron de la única forma posible, con pocas excepciones: vendiendo mercancías, gracias al apoyo de algún familiar o paisano, del que se separaría, inevitablemente, uno, dos o tres años después para formar y dirigir un negocio propio. Este era el sueño dorado de la época, al inicio de la carrera, y también el destino invariable: una tienda, con su mostrador de buena madera, su tijera inmensa, los bloques de ropa arrumados en los mostradores o las provisiones de víveres alineados al lado de la hamaca, las latas de tajine, el retrato de la madre lejana.

II. Tienda y telas, primeras piedras en el camino

A Mustafá Kemal muy afectuosamente

Locales y locales y locales
de turcos y más turcos… ¡Quién diría
que sin fez y con fines comerciales
se nos volcase allí media Turquía,
para vender botones con ojales
y ojales sin botones! … Y de día
merendar, entre agujas y dedales,
quibbe, pepino, rábano, sandía!…
Y en tanto, milenarias, indiscretas,
las carretas aún violan esa faja
que ha invadido Estambul y el sol abruma,
pues no han muerto esas fósiles carretas,
como aún viven, después de la tinaja
y el lebrillo, el anafe y la totuma!…

Luis Carlos López
1936

III. Las barreras del idioma y las compras callejeras

A pesar de su escritura semítica, de derecha a izquierda, y de sus lógicas turba-multas lingüísticas, los árabes lograron sobreponerse a esta barrera, que fue, sin duda, durante algún tiempo más difícil que la aduana colombiana. Sin embargo, hubo —y hay— casos extraordinarios de enredos para abordar el español. Uno de antología, siempre comentado en el Sinú, es el de la señora Isabel Nassar. Cuando se le preguntaba dónde vivía, la señora Nassar, descomplicada y amable, respondía enigmáticamente: “Cínica de Puntián”, que pretendía traducir “Ciénaga de Punta de Yanez”, aunque usted no lo crea. A todo esto se sobrepuso el ansia de sedentarismo y de seguridad social. “El árabe quería hacer su casa y comer bien, no tenía otras presunciones”, dice una de sus descendientes. De allí quedaron en Cartagena restaurantes sensuales y muestras aisladas de una arquitectura de ensueño, en barrios como Manga, Getsemaní, Bocagrande y Pie de la Popa.

(…)

Los apuros de los primeros tiempos de la emigración se reflejaron también en los hábitos domésticos, que no excluían la colaboración laboral pública de las mujeres de la casa, y terminó por ser una tradición, alentada por los padres de familia.

Bellas árabes de ojazos balsámicos, cuyas pantorrillas, según algunos piropeadores del Sinú, parecían ensambladas con molduras de nácar, se levantaban a las cuatro de la mañana para hacer diabolines. O se les veía haciendo compras en el mercado de Getsemaní y volviendo a un caserón en Bocagrande o a un taller de zapatería en la Calle de la Media Luna. Esta devoción por el trabajo originó un dicho popular:

“Vas más cargada que una turca”. Los patriarcas seguían caminando por la casa o cortando telas en la tienda y exclamando: “Este es un pueblo hospitalario. Pero, ¡ay de aquel que debe abandonar su patria!”.

IV. Historias de muchachos por los puertos de América

La primera empresa fuerte de emigrantes, capaz de competir en importancia con las de algunas familias señoriales cartageneras, fue la Casa Rumié Hermanos, cuya extensión en el país y el continente marcó la ruta de los siete hermanos que la fundaron. La sede principal se fundó en Nueva York en 1904, con el nombre de Rumié Brothers of New York, Inc., en la Cunard Building de Broadway. Dos años antes de la fundación de la sede principal de la firma, una parte de los hermanos había llegado a Cartagena: Elías, Miguel, Alejandro, Abraham y José. Los tres primeros se quedaron en Cartagena, los dos últimos se fueron a Chocó y Montería, a abrir frentes de comercio para importación de artículos extranjeros que la Casa Rumié encabezó en Cartagena hasta la tercera década del siglo XX.

Vendían arroz, alambre, cemento, fuel-oil y hasta papel de imprenta, galletas de soda, manteca americana, hierro corrugado, rulas Collins e inclusive whisky. En sus mejores tiempos tuvieron una fábrica de velas esteáricas, de nombre Flor del Chocó, y comerciaban tagua, café y algodón a través de su bien equipado Vapor Cartagena, que navegaba entre Cartagena y Quibdó con escala en Tolú y otros puertos intermedios.

 (…)

No muchas de las prácticas culturales ni de las prédicas religiosas se han transmitido a las generaciones venideras, y muchos nietos no saben de qué lado del mundo llegaron sus abuelos ni la razón de aquellos cantos pasionales ni de esa enigmática escritura de atrás para adelante. Los primeros emigrantes y otros pocos de las últimas y pequeñas migraciones sí mantuvieron los lazos de comunicación con sus familias, escribiéndose con regularidad o retornando después de quince o veinte años (y esto lo han hecho muchos) a Líbano o Siria. Saludaban a sus madres y hermanos, redescubrían los cambios de sus barrios, el aire de guerra eterna de la región, y regresaban luego a Colombia, su segunda y definitiva patria, en donde, sin remedio, se habrán de quedar sus huesos.

*Todos estas secciones fueron tomadas de distintas ediciones de 1984 del periódico El Universal .  

Por Jorge García Usta
Con información de Arcadia

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