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De las piedras de David a los tanques de Goliat – José Saramago

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José Saramago (Portugal, 16 de noviembre de 1922 – España, 18 de junio de 2010)

Afirman algunas autoridades en temas bíblicos que el Primer Libro de Samuel se escribió en la época de Salomón o inmediatamente después; en cualquier caso, antes del cautiverio en Babilonia. Otros estudiosos no menos competentes afirman que no sólo el Primero sino también el Segundo Libro de Samuel se redactaron después del exilio de Babilonia, y que su composición obedece a lo que la estructura histórico-político-religiosa denomina esquema deuteronomista, es decir, sucesivamente, la alianza de Dios con su pueblo, la infidelidad de ese pueblo, el castigo de Dios, la súplica del pueblo, el perdón de Dios. Si el venerable texto procede de la época de Salomón, podemos decir que sobre él han pasado hasta hoy, en números redondos, unos tres mil años. Si los redactores llevaron a cabo su trabajo después de que los judíos regresaran del exilio, entonces hay que restar a ese número unos 500 años, mes más, mes menos.

Esta preocupación por el rigor temporal tiene como único propósito proponer a la comprensión del lector la idea de que la famosa leyenda bíblica del combate entre el pequeño pastor David y el gigante filisteo Goliat (que no llegó a producirse) se cuenta equivocadamente a los niños, por lo menos, desde hace 25 o 30 siglos. A lo largo del tiempo, las diversas partes interesadas en el asunto han ido elaborando, con la conformidad acrítica de más de 100 generaciones de creyentes, tanto hebreos como cristianos, toda una engañosa mistificación sobre la desigualdad de fuerzas que había entre los brutales cuatro metros de altura de Goliat y la frágil complexión física del rubio y delicado David. Dicha desigualdad, enorme según todas las apariencias, quedaba compensada e invertida a favor del israelita gracias a que David era un muchacho astuto, y Goliat, una estúpida masa de carne; tan astuto era el primero que, antes de ir a enfrentarse al filisteo, encontró en la orilla de un riachuelo que había por allí cerca cinco piedras lisas, que metió en la alforja; tan estúpido el otro, que no se dio cuenta de que David llegaba armado con una pistola. Que no era una pistola, protestarán, indignados, los amantes de las verdades míticas soberanas, que era simplemente una honda, una humildísima honda de pastor, como las que habían utilizado en tiempos inmemoriales los criados que tenía Abraham para cuidar el ganado. Es verdad, no parecía una pistola, no tenía cañón, no tenía culata, no tenía gatillo, no tenía cartuchos; lo que tenía eran dos cuerdas finas y resistentes, atadas por los extremos a un pequeño pedazo de cuero flexible, en cuyo hueco la mano experta de David colocó la piedra que, desde lejos, partió veloz y poderosa como una bala contra la cabeza de Goliat, le derribó y le dejó a merced del filo de su propia espada, que ya empuñaba el diestro tirador. Si el israelita consiguió matar al filisteo y dar la victoria al ejército de Dios vivo y de Samuel, no fue por ser más astuto, sino simplemente porque llevaba consigo un arma de largo alcance y sabía manejarla. La verdad histórica, modesta y nada imaginativa, se conforma con enseñarnos que Goliat no tuvo ni siquiera la posibilidad de poner las manos encima de David; la verdad mítica, insigne fabricante de fantasías, nos embaucó hace 30 siglos con el maravilloso cuento del triunfo de un pequeño pastor sobre la brutalidad de un guerrero gigantesco al que, al final, de nada sirvió el pesado bronce del casco, la coraza, las espinilleras y el escudo. Sea cual sea la conclusión que podamos sacar del desarrollo de este edificante episodio, David, en las numerosas batallas que le convirtieron en rey de Judá y Jerusalén y extendieron su poder hasta la margen derecha del Éufrates, no volvió a usar la honda ni las piedras.

Tampoco las usa ahora. En los últimos 50 años han crecido hasta tal punto las fuerzas y la dimensión de David, que ya no es posible ver y reconocer diferencias entre él y el altivo gigante; incluso puede decirse, sin ofender la deslumbrante claridad de los hechos, que se ha convertido en un nuevo Goliat. David, hoy, es Goliat, pero un Goliat que ya no carga con armas de bronce inútiles y pesadas. Aquel rubio David de antaño sobrevuela en helicóptero las tierras palestinas ocupadas y dispara misiles contra inocentes desarmados, aquel delicado David de otrora tripula los tanques más poderosos del mundo y aplasta y revienta todo lo que encuentra a su paso, aquel David lírico que cantaba loas a Betsabé, encarnado ahora en la figura gargantuesca de un criminal de guerra llamado Ariel Sharon, lanza el ‘poético’ mensaje de que primero es preciso acabar con los palestinos para después negociar con los que queden. En pocas palabras, en esto es en lo que, con ligeras variaciones meramente tácticas, consiste desde 1948 la estrategia política israelí. Intoxicados mentalmente por la idea mesiánica de un Gran Israel que haga por fin realidad los sueños expansionistas del sionismo más radical, contaminados por la monstruosa y arraigada ‘certeza’ de que en este mundo catastrófico y absurdo existe un pueblo elegido de Dios y que, por tanto, están automáticamente justificadas y autorizadas, en nombre de los horrores del pasado y de los miedos de hoy, todas las acciones nacidas de un racismo obsesivo, psicológica y patológicamente exclusivista, educados y formados en la idea de que cualquier sufrimiento que hayan infligido, inflijan o vayan a infligir a los demás, especialmente a los palestinos, siempre será inferior a los que ellos padecieron en el Holocausto, los judíos arañan sin cesar su propia herida para que no deje de sangrar, para hacerla incurable, y la muestran al mundo como si se tratase de una bandera. Israel se adueña de las terribles palabras de Dios en el Deuteronomio: ‘Míos son la venganza y el pago’. Israel quiere que todos nosotros nos sintamos culpables, directa o indirectamente, de los horrores del Holocausto; Israel quiere que renunciemos al más elemental juicio crítico y nos transformemos en un eco dócil de su voluntad; Israel quiere que reconozcamos de iure lo que, para ellos, es ya un ejercicio de facto: la impunidad absoluta. Desde el punto de vista de los judíos, Israel no podrá ser nunca sometido a juicio, porque fue torturado, gaseado e incinerado en Auschwitz. Me pregunto si aquellos judíos que murieron en los campos de concentración nazis, aquellos que fueron perseguidos a lo largo de la historia, aquellos que murieron en los pogromos, aquellos que quedaron olvidados en los guetos, me pregunto si esa inmensa multitud de desgraciados no sentiría vergüenza al ver los actos infames que están cometiendo sus descendientes. Me pregunto si el haber sufrido tanto no sería el mejor motivo para no hacer sufrir a los demás.

Las piedras de David han cambiado de manos, ahora son los palestinos los que las arrojan. Goliat está al otro lado, armado y equipado como nunca lo ha estado soldado alguno en la historia de las guerras, aparte, claro está, del amigo norteamericano. Ah, sí, las horrendas matanzas de civiles causadas por los llamados terroristas suicidas… Horrendas, sí, sin duda; condenables, sí, sin duda, pero a Israel le queda aún mucho que aprender si no es capaz de entender las razones que pueden llevar a un ser humano a transformarse en una bomba.

 José Saramago
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El premio nobel falleció a los 87 años, el día 18 de junio de 2010, en su residencia de la localidad de Tías (Lanzarote, Las Palmas), a causa de una leucemia crónica que derivó en un fallo multiorgánico. Había hablado con su esposa y pasado una noche tranquila. Saramago escribió hasta el final de su vida.

Las cenizas del novelista portugués fueron depositadas el 18 de Junio del 2011 al pie de un olivo centenario, traído de su pueblo natal y trasplantado en la Plaza de las Cebollas frente a la Casa de los Bicos de Lisboa, al cumplirse el primer aniversario de su muerte.

» Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos «.

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Antisemitismo: una funesta invención europea – Por Aisar Albornoz

 

Amigos ...
Amigos … El mito del antisemitismo en Oriente Medio

Desde tiempo inmemorial existía en Jerusalén una costumbre emocionante: los niños judíos y musulmanes nacidos en el mismo barrio y en la misma semana eran tratados por sus familias como hermanos de leche, (el niño judío era amamantado por la madre musulmana y el niño musulmán por la madre judía). Esta costumbre establecía relaciones íntimas y duraderas entre las dos familias y las dos poblaciones. La costumbre cayó en desuso …

Con esta referencia quiero refutar desde el comienzo el mito de la enemistad tradicional entre judíos y árabes. La historia, hasta la funesta invención del Oriente Medio por los europeos durante el siglo XIX, no había conocido conflictos serios entre ellos. Muy al contrario, estas dos ramas de la raza semítica habían vivido durante muchos siglos pacíficamente, una al lado de otra, habían tenido el mismo destino, habían sufrido las mismas contrariedades, particularmente en Tierra Santa. El antisemitismo es una invención de Occidente. Tiene sus hondas raíces en el mundo greco-romano, y las primeras persecuciones de judíos tuvieron lugar en la Alejandría helenística.

Se intensificaron durante el obscurantismo medieval, cuando el pueblo judío fue difamado, atribuyéndosele el asesinato de Jesucristo. Cuando los cruzados conquistaron Jerusalén en el año 1099, pasaron a cuchillo no sólo a los habitantes musulmanes, sino también a los judíos, en una de las matanzas más horrorosas de la historia. Y durante los siglos que siguieron, los países musulmanes fueron refugio para sus hermanos israelitas perseguidos en Europa.

Las víctimas de la Inquisición española, (los llamados sefardim o sefardíes), huyeron a los países árabes de África del Norte y hasta Egipto y el Oriente Medio, donde fueron recibidos fraternalmente.

De la misma manera este mundo árabe fue en el siglo XIX refugio para los judíos que escaparon de las persecuciones en la Europa central y oriental, de aquellas horribles matanzas en Polonia y en Rusia.

Con toda razón la Enciclopedia hebraica, en su edición española de 1936, podía escribir: «Durante varios siglos los países islámicos fueron la verdadera salvación para los judíos europeos».



Todavía entre las dos guerras mundiales, en Marruecos y en Túnez hasta después de 1945, hubo judíos que figuraron como ministros en los gobiernos árabes. Durante la Segunda Guerra Mundial, el rey de Túnez y el rey de Marruecos emplearon todos sus esfuerzos para proteger a sus súbditos judíos contra las leyes racistas del régimen de Pètain. Y el autor judío Eric Rouleau escribió en el prólogo al libro del autor sirio Sami Al-Yundi, Juifs et Arabes, que «como judío que pasó su infancia y su juventud entre los árabes, puedo atestar que el antisemitismo es completamente ajeno a las tradiciones y a la mentalidad de los pueblos de Oriente Medio».

Las relaciones entre los dos pueblos hermanos fueron envenenadas en Tierra Santa sólo en el siglo XX, y únicamente por las potencias europeas. En primer lugar por los ingleses, que dispusieron  de un país que no les pertenecía, para lograr sus objetivos imperialistas en la región.

Doscientos mil judíos abandonaron España en 1492. De cien a ciento veinte mil entraron a Portugal, donde les esperaba un destino cruel; sólo una parte de ellos pudo salvarse al llegar, en  1497, a tierras islámicas, donde se habían refugiado aproximadamente ciento cincuenta mil judíos. Otros se fueron a Italia y a los Países Bajos.

Un flujo considerable de expulsados llegó por distintas vías, por los puertos italianos y los caminos magrebíes, a través de dolorosas aventuras, al Imperio Otomano: «millares y decenas de mil», (nos cuenta el cronista Eliyahu Kapsali), «llegaron después de 1492, y llenaron aquella tierra», (paráfrasis del Éxodo,1,7), estableciéndose en la Península Balcánica, Asia Menor, Siria y Palestina.

Otro cronista judío cuenta que «el sultán Bayasid, que reinaba entonces en Estambul, (1481-1512), dió la orden a los gobernadores de las regiones y de las ciudades del país de acogerlos con generosidad y bondad». ¿No se cuenta acaso que «el soberano otomano se sorprendió del comportamiento del rey de España, Fernando, y de la necedad de su decisión de expulsar a los judíos, y que añadió: «este príncipe con fama de sensato ha empobrecido su reino y enriquecido el mío?».

En la correspondencia de un judío turco a su correligionario establecido en Europa, leemos lo siguiente:

Turquía es un país donde cada cual vive en paz, a la sombra de su higuera y de su viña … Es un vasto espacio, (literalmente «océano»), que nuestro Dios, por su gracia, ha abierto ante nosotros. Allí los pórticos de la libertad están ampliamente abiertos y puedes aplicar todas las leyes y todos los preceptos del judaísmo.

Los judíos se establecieron en Salónica, Safed, Bagdad, desarrollando actividades económicas y culturales.

Por supuesto que la mayoría de los casos citados han transcurrido antes del invento del sionismo por parte del judío húngaro Theodor Herzl, y se sobre-entiende que dichos ejemplos no aplican hoy en los territorios palestinos ocupados.

Por Aisar Albornoz

Con información de:

  • Historia de Palestina. Desde los primeros tiempos hasta nuestros días. R.Reichert.
  • El mensaje del Islam. Muharram 1417

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