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Judíos Ashkenazíes:Del origen en Khazaria a la usurpación de Palestina

Khazaria

La raza judía moderna nació el 740 DC en un país situado entre el Mar Negro y el Mar Caspio, conocido como Khazaria, con un territorio que hoy en día ocuparía predominantemente Georgia, pero también llegaría hasta Rusia, Polonia, Lituania, Hungría y Rumanía. Una raza judía moderna, que por cierto no es judía.

Como puede ser eso, os preguntáis? Pues en aquellos momentos, el pueblo de Khazaria se sentía vulnerable, ya que a un lado había musulmanes y al otro cristianos, y por lo tanto constantemente temía ser atacado desde ambos lados. Por otra parte, la gente de Khazaria no profesaba ninguna fe, practicaban la idolatría, lo que propiciaba la invasión por parte de algún pueblo que quisiera convertirlos a una determinada fe.

Bulán, el Rey de Khazaria, a fin de protegerse de un ataque, decidió que su pueblo se convirtiera a una de estas religiones, pero ¿a cual? Si se convertían a la fe musulmana correrían el riesgo de ser atacados por los cristianos y si se convertían a la fe cristiana se arriesgaban a ser atacados por los musulmanes.



Tuvo una idea. Había otra raza que era capaz de tratar tanto con los musulmanes como con los cristianos que los rodeaban, sobre todo en materia de comercio. Una raza que también tenía tratos con la gente de Khazaria. Esta raza eran los judíos. El Rey Bulán decidió que si hacía que su pueblo se convirtiera al judaísmo podría contentar tanto a musulmanes como a cristianos, ya que ambos ya estaban dispuestos a negociar con los judíos, por lo tanto eso es lo que hizo.

El Rey Bulán tenía razón. Viviría para ver cómo su país no era conquistado, su pueblo se convirtió al judaísmo con entusiasmo y adoptó los principios del libro judío más sagrado, el Talmud. Pero hubo muchas cosas que el rey no vio.

No vivió lo suficiente como para ver que su raza asiática de conversos al judaísmo, un día representaría el 90% de todos los judíos del planeta, y se llamarían a sí mismos judíos asquenazíes, cuando en realidad no eran judíos, sino simplemente una raza asiática de un pueblo que se había convertido a la religión judía, mientras continuaban hablando el idioma de Khazaria, el yiddish, totalmente diferente a la lengua de los hebreos.

No viviría para ver a su pueblo convertirse en la descendencia de un hombre, mucho más poderoso que él, que nacería poco más de 1.000 años después, en Alemania, un hombre llamado Bauer, que engendraría la dinastía de los Rothschild.

No viviría lo suficiente como para ver a esta dinastía usurpar la riqueza del mundo a través del engaño y la intriga, financiándose a base de enormes riquezas que acumulaban a medida que usurpaban la riqueza del mundo para hacerse con el control de la oferta monetaria mundial.

No viviría para ver a su pueblo exigiendo una patria propia en Palestina como derecho de nacimiento, y asegurándose que todo primer ministro desde su creación en 1948 fuera un judío asquenazí, aunque la verdadera patria de los judíos asquenazíes, Khazaria, su reino, está a unos 800 kilómetros de distancia.



Y no viviría para ver a su pueblo cumpliendo la profecía bíblica, como la «sinagoga de Satanás».

«Conozco tu tribulación y tu pobreza, aunque de hecho eres rico; sé cómo te calumnian esos que se hacen llamar judíos sin serlo, ya que son una sinagoga de Satanás«.

Apocalipsis 2:9

Por A. C. Hitchcock

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Los árabes no pueden destruir a Israel, pero los rabinos sí

Los árabes no pueden destruir a Israel, pero los rabinos si pueden. Los rabinos pueden hacer eso convirtiendo a Israel en la clase de entidad política en que los judíos vivieron por 2000 años, convirtiéndola en un lugar gobernado por la ley clerical y el pensamiento clerical que se ha vuelto tan atrasado y xenófobo que Israel no será capaz de funcionar como un estado.

Ze’ev Chafets, (editor colaborador del Jerusalem Post, Abril del 2001)

Entre 1985 y 2000 dos tendencias sociales provocaron cambios en la sociedad judía israelí. Estas tendencias y sus repercusiones polarizadas que se desarrollaron a partir de allí afectaron y fueron afectadas por el fundamentalismo judío. La primera tendencia fue el deseo de muchos judíos israelíes de una resolución del conflicto árabe-israelí y de una paz duradera. El deseo era hacer ciertas concesiones para alcanzar una situación sin guerra. Dentro del contexto del proceso de Oslo, Israel se retiró de parte de los territorios ocupados desde 1967 y permitió a los palestinos vivir allí con un gobierno más autónomo, pero no soberanamente.



A continuación de esa retirada más judíos israelíes reconocieron a la Autoridad Nacional Palestina y la necesidad de un estado palestino de algún tipo. Hubo una reacción, porque muchos judíos israelíes son chauvinistas que sienten orgullo en el despliegue de poder judío y consideraban que era una compensación por siglos de humillación judía. Estos chauvinistas percibían el cambio que ocurría como una humillación nacional. Los extremistas religiosos, o sea los fundamentalistas judíos, entre estos chauvinistas consideraban el cambio como un insulto a Dios.

Dirigieron su ira no solamente en contra de los enemigos árabes sino incluso más en contra de los traidores judíos, los cuales decían que habían debilitado la voluntad nacional Tales sentimientos estuvieron entre los que motivaron a Yigal Amir para asesinar al Primer Ministro Rabin y a Baruch Goldstein para masacrar a civiles palestinos en Hebrón.

Los resultados comparativos de las elecciones de 1992 y 1996 muestran que la proporción de judíos israelíes que se oponían a concesiones ulteriores se incrementó progresivamente. Por ejemplo, en la elección de 1992, 61 integrantes de la Knesset apoyaban el proceso de Oslo. En la elección de 1999 el número cayó a 46 a pesar de la victoria de Barak sobre Netanyahu en la elección para primer ministro. En orden a llevar adelante sus planes, Barak tuvo que considerar el forjar acuerdos con partidos de derecha; consideró a dos partidos fundamentalistas, el Shas con 17 escaños en la Knesset y el Yahadut Ha’Tora con 5 escaños. Estos dos partidos haredim usualmente han estado preocupados solamente por cuestiones religiosas y visto que sus deseos eran lograr estas cuestiones, han estado mayormente deseosos de aceptar casi cualquier política exterior y/o económica.



El Partido Religioso Nacional (PRN), que tenía 6 escaños en la Knesset luego de la elección de 1999, tradicionalmente ha puesto por encima de todo la política exterior, y especialmente el apoyo a los colonos religiosos en Cisjordania.

Por N. Mezvinski

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Los Árabes, una raza inteligentísima

El vendedor de tapices es una acuarela realizada por Mariano Fortuny en 1870 en París y que se expone en el Museo del Monasterio de Montserrat.

Los Árabes fueron una raza inteligentísima, de aptitudes variadas, por no decir universales, como merece; y valiente, a la vez que amiga de todo progreso; la cual, impulsada por la mejor religión positiva que había existido, no sólo conquistó un gran número de pueblos, sino que hasta supo reconstituirlos de nuevo, borrando preocupaciones gravísimas de orden social, y fundando y estableciendo otra civilización, de la cual dimana gran parte de la nuestra, y que fue tan sólida en lo moral y lo intelectual, que sólo cabe compararla con la griega antigua; pues lo que ha dado en llamarse cultura romana, no fue otra cosa que un reflejo de aquélla; brillante en unas cosas, y apagado en otras.

Tres pueblos antiguos tuvieron una civilización verdaderamente original, que trascendió a la humanidad, y de la cual todos procedemos. Egipto, Grecia y los Árabes; sin que ninguno de ellos, ni en lo relativo a la época, ni en lo absoluto de las instituciones, sea inferior al otro: todos son iguales, todos son grandes, todos son inmortales en la historia y ante la posteridad.

El estudio de la civilización árabe tiene para España un interés particular, dimanado de nuestra misma historia; pero aunque nadie modernamente ya lo niegue, quizá todavía nadie ha comprendido hasta qué extremo llega. Los Anales españoles no se escriben bien; no se escriben con la proporción que deben escribirse, lo cual depende sin duda de que todavía no se ha comprendido que es imposible componer una buena historia de España, sin ser el autor arabizante eruditísimo; o siquiera teniendo por colaboradores a hombres doctos en el conocimiento de los Árabes y de sus libros.

Un corto número de musulmanes, casi todo compuesto de Berberiscos, se apodera de España, después de una sola batalla; la ocupa, la organiza, y se adelanta hasta lo que después se llamó Provenza, donde formó una marca, o sea una avanzada para cubrirse contra los Francos.



¿Qué había sido de los Godos? Algunos habían quedado en el país conquistado, aceptando el yugo de los invasores; y la mayor parte se habían replegado en la Provenza, dominada por compatriotas suyos. En cuanto a los Españoles, o sea a los habitantes naturales de España, permanecieron muy tranquilos en sus ciudades, villas y aldeas, donde los musulmanes les trataron, en todos conceptos, mejor que los Romanos y que los Godos.

Pero la línea que forma España desde el cabo de Creus hasta el de Finisterre no había sido nunca positivamente dominada por Cartagineses, Romanos, ni Godos; y los Árabes tuvieron también la pretensión de sujetarla, buscando a los montañeses bárbaros e indómitos, que la ocupaban; y guerreando con ellos sistemática y anualmente, como lo ordenaba el Corán. Así comenzaron a adquirir aquellos montañeses una personalidad política que no tuvieran en los siglos anteriores. Mientras los gobernadores árabes de los Pirineos se entretenían de este modo, llegaban a España árabes distinguidos en comercio, industria, ciencia y letras; y aprovechando las huellas que habían quedado aquí de todo esto, al decaer la época romana, daban a los naturales del país un impulso vigoroso, que los entregaba a la vida intelectual, industrial y comercial.

La superioridad de aquella clase dirigente, el prestigio político que le daba la gobernación del país, la aristocracia militar que capitaneaba, la inmigración de Berberiscos que traía de África, y los continuos parentescos que todos contraían con las familias Españolas, casándose cada uno con varias mujeres de esta tierra; eso unido a las pocas raíces que todavía echara en los Españoles el cristianismo de aquellas épocas, que era muy diferente del de las nuestras, fue causa de que los Españoles abrazaran lentamente el Islam, quedando reducidos al cabo de algunos siglos los cristianos a un corto número de familias, que casi llegaron a desaparecer.

Por L. Carreras

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Los mosquitos, vencedores de Babilonia y Alejandro Magno

El principal dios de los babilonios, el dios Nergal, señor del Inframundo, era representado como un mosquito. Encontraremos el porqué de la metáfora si nos situamos en los cañaverales contiguos a las ruinas de Babilonia, en el lugar donde Alejandro Magno, dueño del mundo entonces conocido, murió en el año 320 a. J.C., a los treinta y tres años de edad. En ese lugar se unen el Éufrates y el canal de Hillah, después de rodear con su curso la antigua ciudad.

Esto nos lleva a la historia del festín de Baltasar, el general babilonio del siglo VI a. J.C. que defendió la ciudad contra Ciro y los persas. Los soldados se burlaron cuando los hombres de Ciro empezaron a excavar una profunda zanja alrededor de la ciudad a fin de rendirles por el hambre. Eso pensaba la guarnición de Baltasar, al haber dentro de las murallas provisiones para subsistir treinta años. Ciro escogió la noche del festín, en que una mano misteriosa escribió en las paredes de la sala del banquete las palabras: «Mene, mene tekel, upharsin» («Los días de tu reinado han sido contados por Dios y ha señalado tu fin»), para encauzar las aguas del Éufrates por la zanja.



Los persas invadieron entonces la ciudad cruzando el lecho seco del río. Al ser desviado, el Éufrates redujo las inmediaciones de Babilonia a una extensión de terreno completamente anegada de agua. Allí se criaban por doquier los mosquitos propagadores del paludismo. Estos insectos produjeron la enfermedad y la muerte, y debilitaron a la población de modo que ésta era incapaz de conservar los sistemas de regadío y de cultivar la tierra. Y así se aceleró el colapso, por lo que podemos decir que fue el mosquito, y no los mongoles, el que destruyó Babilonia.

Mucho antes de que las hordas asiáticas se convirtieran en la pagana «escoba destructora» que barrió Babilonia en cumplimiento de la profecía de Isaías«Y será Babilonia, joya de los reinos, adorno soberbio de los caldeos, como la catástrofe de Dios sobre Sodoma y Gomorra y no será habitada jamás» (I, 13-19)—, los mosquitos se habían convertido en los comandos del Señor de los Ejércitos.

El invencible Alejandro conquistó Babilonia y a través de Persia llegó hasta la India para adueñarse de civilizaciones más antiguas que la suya propia. Al frente de sus ejércitos volvió por tierra a Babilonia, allí enfermó y murió de paludismo por la picadura de un mosquito.

Por S. Río

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Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani – Abulcasis – Médico andalucí

Abulcasis,padre de la cirugía moderna

Sana Helwâ tabiba Yasmín!

Toda la Medicina árabe se encuentra influida por el espíritu de la dialéctrica peripatética, que ajustaba perfectamente al carácter mental de pueblos orientales, y que Galeno había adaptado a la Medicina griega, haciendo retroceder la investigación directa de la Naturaleza ante las construcciones mentales apriorísticas y estancando de este modo el avance de la Medicina.

Del mismo modo que el progreso de la Medicina clásica, después de Galeno, sólo fue posible al aparecer un gran material científico, que trae consigo una modificación esencial en los métodos de estudio del mismo, la Medicina árabe, que se mueve por completo dentro de las normas galénicas, supone progreso en cuanto amplía considerablemente la base de observaciones y de conocimiento médicos.

Es indiscutible que somos deudores a los árabes del beneficio de haber enriquecido extraordinariamente el tesoro terapéutico con valiosos remedios, fundando la profesión farmacéutica, creando la farmacopea y desenvolviendo la creación de grandes hospitales, utilizables para la enseñanza, y en la que se cultiva brillantemente la Medicina, sobre todo en las especialidades oftálmica y de enfermedades mentales.

El número de médicos árabes autores de obras científicas es extraordinario. Wüstenfeld lo calcula en más de trescientos ; Leclerc lo eleva a cuatrocientos. De la mayor parte no se conoce más que el nombre del autor y el título de las obras, que existen sólo como manuscritos o que se han perdido y no se conserva más que la cita que de ellas hacen los restantes escritores.

Es tan extraordinario el valor de la ciencia árabe, que en el siglo XII, y sólo por ser el centro de traducción de esta ciencia, Toledo, reconquistado en 1085, se convierte en el centro cultural de la Europa de Occidente. La escuela, conocida con el nombre de «los traductores de Toledo», traslada de Oriente a Occidente la ciencia clásica de los árabes, vertiendo hasta noventa textos médicos; lo habían hecho en sentido inverso es decir, del griego y el latín al árabe, los enviados de Bagdad, Mesué, Johannitus y otros. Estas traducciones nutren el pensamiento europeo por espacio de tres siglos.

Las mejores obras de la escuela de Salerno y las de la ciencia francesa no son más que traslaciones y comentarios de estas traducciones toledanas. Por lo que a España hace referencia, basta decir que en la segunda mitad del siglo XVIII aún eran libros de texto los Cánones de Avicena y de Mesué, y se estudiaban en uno o dos años de la carrera médica.




Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani-Abulcasis o Abulcasim (936-1013)

Pertenece al grupo de los grandes médicos bienhechores de la Humanidad y es indiscutiblemente la mayor autoridad quirúrgica de la Medicina árabe.

Nació en Zahara (Córdoba), la residencia del Califa Abderrahemen III, faltando datos seguros acerca de la fecha de su nacimiento y de su muerte, así como del sitio de su residencia habitual. Se admite en general que vivió en la corte de aquel Califa, y como Abderrahmen, murió en 961, la vida de Abulcasis debió deslizarse entre los dos últimos tercios del siglo X y el primero del XI, lo que coincide con los datos de algunos cronistas árabes, que afirman que vivía el año 460 de la Hegira  y que murió el 404 (es decir, el 1013 de la Era cristiana).

Si se admitiera, con León el Africano, que Albucasis vivió cien años, debió de nacer en el 912.

Conocedor de las obras de la antigüedad clásica, y especialmente de la literatura médica de griegos, romanos, judíos y árabes, tuvo Albucasis dos iniciativas que le han inmortalizado: una, la de rehabilitar la Cirugía, reuniendo metódicamente en un solo libro las nociones de este arte, disgregadas antes de él en diversas obras, y otra, el coleccionar alrededor de doscientas láminas que ilustran sus manuscritos, unas originales y otras recogidas de viejos pergaminos, sobre instrumentos, operaciones y representaciones de enfermos y de enfermedades, con lo cual su obra viene a ser el mejor, sino eI primer libro con atlas dedicado a la Cirugía.

La idea de ilustrar el texto con láminas se atribuye a Aristóteles, y varios libros de los comienzos de la Era cristiana las tienen ; pero ninguno en tanto número, ni tan bien expuestas, con sus nombres y descripciones, en cada uno de los capítulos donde tienen su aplicación adecuada.

El conjunto de su obra, dividido en treinta libros, lleva el título de Altasrif (en traducción latina, concessio ei data, qui componere hand valet). Es un compendio de Medicina práctica, traducido en el siglo XII al hebreo por Sem Tob y al latín por Gerardo de Cremona.

Se divide en dos partes : la primera , parte médica, tiene una traducción latina incompleta : Liber theorica nec non practicae Alsaharavii. Ang. Vid., 1519, y se basa principalmente en los escritos de autores árabes anteriores, principalmente de Rhazes. Merece ser citada la parte que trata de la preparación de los medicamentos ; los del reino mineral, principalmente, por sublimación. Para la destilación utilizaba una estufa especial cuyo combustible se iba renovando de un modo automático.

La segunda parte, quirúrgica, publicada primeramente en traducción latina, en Basilea, en 1541 ; después, en el texto original y traducción latina por Channing (Oxford, 1778), traducida posteriormente al francés por Leclerc (París, 1891)

A la Cirugía está consagrado el último de los treinta libros de Albucasis, en el que expone en primer término la Anatomía, aunque no sea ésta más que la primitiva y errónea de aquellos tiempos.

Según los eruditos modernos—Escribano—, la obra de Albucasis es, en lo quirúrgico y en gran parte, copia del sexto libro de Pablo de Egina, a quien, sin embargo, no cita el cordobés, siguiendo en esto la costumbre de los enciclopedistas árabes.

Roger de Parma y Guillermo de Salíceto (siglo XIII), pagaron a Albucasis en la misma moneda, silenciando su nombre a pesar de copiarle repetidas veces.

Por la traducción al francés que hizo Leclerc, en 1861, conocemos el texto y 150 láminas, a la vez que una crítica seria y apenas mejorada posteriormente del autor y de su obra.

Fué Albucasis, según se desprende del estudio de sus obras, un espíritu profundamente religioso, un partidario del método de la observación directa y un cirujano parco en operar y más inclinado al cauterio que al bisturí.

Como creyente convencido, repite varias veces la frase «Yo cuido a los enfermos ; pero realmente es Dios quien los cura», que cinco siglos más tarde adquirirá resonancia, pasando por original y simbólica, repetida en francés por Ambrosio Paré y esculpida en su estatua con las palabras : «Je le pensay et Dieu la guarist», cuya invención, como dice Escribano, es probable que tampoco pertenezca al cirujano de Córdoba, sino a literaturas mucho más antiguas, pero cuyo profundo y laudable sentido comparten gran número de sabios médicos de todos los tiempos.

Como observador sagaz, concede Albucasis gran predominio al método de observación y de experiencia al estilo de Hipócrates, frente a las supercherías de los charlatanes y la astrología de los ilustrados, asegurando que todo lo escrito en sus libros lo había visto con sus propios ojos y practicado con sus manos.

El libro consagrado a la Cirugía aparece dividido en tres partes. En la primera estudia todo lo relativo a los cauterios : sus formas, materiales empleados en su construcción y trastornos patológicos, muy numerosos, en que deben ser aplicados. Encuentra igualmente aplicación el cauterio en la hemostasia, especialmente en la hemorragia arterial. Para combatir ésta recurre, sin embargo, a otros métodos, como, por ejemplo, la división completa de la arteria sangrante, la ligadura doble con doble hebra de la arteria sacada al exterior con un gancho, etc.

Aunque en la segunda parte sigue, en la exposición y en el orden de la misma, a Pablo de Egina, se encuentran también gran número de observaciones propias y de métodos originales, que, prescindiendo de las láminas explicativas, dan gran valor a la obra. No podemos detenernos en la exposición del contenido de la obra, que comprende el estudio de las suturas, la talla, la litotricia y la circuncisión.

Dice, respecto de la traqueotomía, no conocer a nadie que haya realizado esta operación. En las resecciones, además de algún caso muy interesante, describe diferentes clases de sierras y otros instrumentos. La indicación de la amputación es la gangrena, que puede depender de diversas causas. Es admisible la amputación hasta por encima del codo o de la rodilla ; si la gangrena avanza más arriba, la muerte es inevitable. Describe la técnica de la amputación ; la hemorragia se cohibe con el termo con los cáusticos ; no se citan las ligaduras. En el último capítulo se describe la flebotomía y las ventosas.



La tercera parte del libro 30 comprende el estudio de las fracturas y de las luxaciones, describiendo muy detalladamente el tratamiento de las mismas.

Termina la obra exponiendo los métodos más adecuados en aquella época para tratar los partos difíciles y complicados y las diferentes operaciones de Oftalmología, Odontología y Otología.

De que es injusta la censura lanzada contra Albucasis de ser cirujano tímido da buena prueba, entre otras, la sutura intestinal que improvisó en un soldado herido y la extirpación de un tumor del maxilar superior profundamente adherido, empleando, uno tras otro, el bisturí, el escoplo y el martillo y, finalmente, el hierro candente.

La fama de Albucasis trascendió a toda Europa en el siglo XII, gracias a la traducción hecha en Toledo, siendo la base de los libros de Lanfranc (1296) y de Chauliac (1330-1363), los grandes divulgadores de la Cirugía en Francia, Italia y España.

En España debió ser muy leído Albucasis, primero en la escuela de Córdoba y después, ya traducido al latín, en los reinos cristianos, juzgando por la gran notoriedad que alcanzó en la Edad Media y lo mucho que le citan nuestros clásicos, posteriormente ya, en el siglo XVI ; pero al castellano sólo se tradujo un fragmento, en Valladolid, por Alfonso Rodríguez de Tudela, en 1516, y no su libro 30, de Cirugía, sino el 28, que trata de minerales, plantas y animales.

Es dudoso que la obra que con el título de Liber servatoris,impreso en 1471 en Venecia y más tarde, unido a las obras de Mesué el Joven, estudia la preparación de los medicamentos, sea verdaderamente original de Albucasis. 1


Por el Dr. García del Real

(1) Véase edición española de la Historia de la Cirugía, de Harvey Graham, y Apéndice de la Cirugía en España, por García del Real. Barcelona, 1942.


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La Sabiduría Árabe Esotérica y La Mujer Velada

  1. Ya se sabe que entre los orientales no sólo se admitían las mujeres en la Orden sino que hasta podían llegar a ocupar el cargo supremo. Y fue una mujer, aproximadamente 2500 años antes de Cristo, la que dirigió los destinos de la Tabla de Hoggard.
  2. Era una alta entidad que por última vez descendía al mundo físico con humanas vestiduras. Por eso había de ser como un símbolo, como una recopilación de la era mental que se iba, dejando paso a la era del sentimiento cristiano que despuntaba.
  3. Abbumi, la mujer que no tiene cuerpo pues su cuerpo ha sido puro y perfecto, desde niña fue educada y preparada para ejercer el sacerdocio de la Sabiduría.
  4. Los Caballeros de camellos, de blancos turbantes y capas ondulantes al viento le enseñaron los siete idiomas, los siete poderes y las siete fórmulas mágicas.
  5. ¿A que más puede aspirar un ser viviente? Fortificarse cada vez más en aquel místico castillo que es su única morada, donde la sabiduría y el conocimiento son el pan y el amor y ningún hálito humano empaña aquellas sagradas murallas.
  6. La madre de Abbumi había muerto cuando ella nacía. Su padre la adoraba y veneraba, pero el amor entre ellos no era más que una comprensión expresiva de la mente.
  7. El corazón de ella era frío y blanco como la cima del monte Merú. La muerte, el dolor, la miseria, el amor y los deleites humanos eran para Abbumi muecas ilusorias de los velos de la Madre.
  8. ¿Contará ella en el número de aquellas almas selectas que durante centurias conquistaron, para la vida esotérica, el fruto de la más pura sabiduría?
  9. Cabalgando por el desierto avanzan dos viajeros, perdidos en el espejismo de las arenas. El hambre, el cansancio, la desesperación, la debilidad y la próxima locura, pronto acabarán con ellos.
  10. Oschar, el compasivo, pide ayuda para ellos, pero la Madre del desierto contesta: “Dejad que en ellos se cumpla la ley del desierto”.
  11. Otra vez pide el compasivo: “Déjame, Madre, que salve esas vidas”.
  12. Ella contesta: “Salva sus carnes, si quieres. Y si puedes, salva sus almas”.
  13. Presurosamente el árabe, con sus camellos, corre a salvar a los perdidos y con ellos vuelve al Hoggard.
  14. ¿Por qué accede la Madre a la súplica de su discípulo y recibe y visita a los extranjeros?
  15. Un sentimiento nuevo ha nacido en ella. Su alma se ha fijado en otra alma que la mira implorante y dolorida. Siente piedad y, espantada, se pregunta: “¿Es éste el amor humano?”
  16. ¿Dónde está tu sabiduría, oh Madre?
  17. ¿De qué te valen los secretos que conoces si no logras dominar los sentimientos de piedad que se han despertado en ti, y cabalgan desenfrenadamente sobre las nubes de la ilusión?
  18. Abbumi conocerá ahora los dolores de los hombres, sus horas amargas, y padecerá pensando como auxiliarlos.
  19. Está de luto el Hoggard y abandonado el Sello Sagrado. Desolados están los sabios porque la Madre no enciende diariamente su lámpara.
  20. ¡Que muera el culpable!
  21. Inútilmente Oschar procurará salvarle y avisar a la Madre. El alma vale más que el cuerpo y el extranjero ha de morir.
  22. Esta muerte, no obstante, no ha devuelto a Abbumi su antigua sabiduría porque ha abierto en su corazón un surco nuevo: el del sentimiento.
  23. Desde entonces una corriente nueva fue engendrada: con la Sabiduría, el amor.
  24. Desde entonces, las órdenes Esotéricas se dividieron en dos grandes corrientes de fuerza: la del Saber en donde predomina el concepto politeísta de Dios, y el culto a las ciencias; y la del Amor en donde predomina el concepto monoteísta de Dios, con el culto a la salvación de la humanidad.



Por S. Bovisio

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El Hakawati – Una forma muy antigua de narración de Oriente Medio

Con una espada en una mano y un libro de cuentos en la otra, Ahmad al Lahham cautiva a los espectadores que intentan evadirse en una cafetería de Damasco, escuchando historias de reinos lejanos y conquistadores valientes.

Tradición oral

Todas las noches, este sirio se pone un fez rojo (gorro de la época otomana), y se transforma en «hakawati», el tradicional narrador de cuentos árabes en la cafetería Nawfara del casco antiguo de la capital de este país devastado desde hace años por la guerra. «El oficio está en vías de extinción. Soy el único hakawati del casco viejo. Si paro, dejará de haber narradores», lamenta Abu Sami (su nombre artístico).

Encaramado a una silla de madera esculpida, este hombre de 58 años está sentado frente a un grupo de jóvenes que beben té o fuman arguile (pipa popular en Oriente). «Hemos vivido un periodo (de guerra), en el que no podíamos salir mucho, pero el propietario de la cafetería insistió en que los hakawatis sigan contando historias, aunque en realidad éramos sólo dos, él y yo», afirma. «Hoy la situación ha mejorado considerablemente y decenas de personas me esperan cada noche», afirma con orgullo Abu Sami.

Estas citas suelen tener lugar una vez por semana pero durante el mes sagrado musulmán del ramadán son diarias. Los espectadores acuden al local por la noche, después de la comida de ruptura del ayuno, y suelen quedarse hasta el alba.

Relatos atrapantes

Esta noche, los espectadores viajan al siglo XIII, con el relato heroico del sultán Baybars, y luego se dejan transportar por las aventuras del caballero pre-islámico Antar bin Shadad.

Estos mitos teñidos de bravura y acompañados de conquistas se hicieron populares después del estallido de la guerra en 2011, en detrimento de los relatos románticos y de los poemas tradicionales, según Abu Sami.

«Vivimos cada episodio del conflicto, allá donde vayamos. Todos los medios de comunicación hablan de tragedias. Venimos a la cafetería para olvidar, los cuentos del hakawati nos ayudan», afirma Mohamad Dyub, un asiduo cliente de la cafetería.

Este hombre de 49 años siempre se sienta en el mismo sitio, envuelto en el humo del arguile. A veces pide una historia en concreto. Le permite viajar «al pasado para escapar de la realidad». «El hakawati nos da un espacio para respirar», dice.



Mantener viva la tradición

Junto a él, Mohamad Jaafar, de 57 años, cierra los ojos para concentrarse en la voz de Abu Sami. «Desde el comienzo del ramadán, no me pierdo ningún relato del sultán Baybars. Estas historias nos llevan a nuestra historia gloriosa, en comparación con la situación actual».

Las paredes de la cafetería Nawfara están adornadas con mosaicos damascenos del siglo XVII, según su propietario. Los retratos de personajes históricos se codean con la fotografía de un anciano, con túnica blanca y fez rojo: «Abdelhamid al Hawari, el primer hakawati de Damasco nacido en 1885″, se lee en árabe.

El oficio es poco atractivo para los jóvenes, interesados en las profesiones bien remuneradas. Wasim Abdelhay, de 32 años, fue hakawati a tiempo completo pero su situación financiera le obligó a cambiar de empleo y ahora trabaja en una central eléctrica. Con motivo del ramadán, retoma su pasión. Con bombachos negros y cinta blanca alrededor de la cabeza, lee cuentos en un restaurante lujoso de Damasco.

«Antes de la crisis, éramos un grupo grande (de hakawatis), que íbamos a los países del Golfo. Pero a causa de la situación, no podemos viajar más, intentamos preservar la tradición aquí», recalca. «Los que quedan en el país se cuentan con los dedos de una mano».

Con información de  llibres

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