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La tumba de Amenhotep III y el ritual de la fórmula de la vida.

Amenhotep III y reina Tiye – Winifred Brunton

Aquellos ojillos pequeños y luminosos le detuvieron. Jean-Baptiste —el primero que se decidió a entrar en la tumba de Amenhotep— supo en seguida a qué se estaba enfrentando. Y un terror seco se apoderó de él, paralizándolo de pies a cabeza. No era para menos: a pocos palmos, la silueta delgada de una cobra erguida, tensa, con los anillos del cuello hinchados, sus escamas romboidales relucientes como espejos y la lengua bífida silbante, le miraba con fiereza.

El barón no había entrado aún, por lo que la luz que se colaba en el interior de la tumba iluminaba bastante bien al reptil. Éste, tenso como la cuerda de un arco, se balanceaba casi imperceptiblemente sobre su panza, estudiando a su nueva víctima. De no ser por el brillo de su mirada, Jean-Baptiste Prosper Jollois podría haber creído que se trataba de una estatua. Pero no. Era como si aquel ofidio llevara horas aguardándole, planeando la forma más eficaz de darle muerte.

El ingeniero lo leyó claramente en su gesto: en breve, cuando terminara de examinar al intruso, atacaría su flanco más desprotegido, inoculándole una muerte rápida en sus venas. Jean-Baptiste no se atrevió siquiera a gritar. Si lo hacía, el áspid se lanzaría sobre su cuello y todo habría terminado demasiado deprisa. Así, en cuclillas, con las manos apoyadas sobre el suelo calcáreo del mausoleo, no tenía escapatoria posible. El desenlace —de eso estaba seguro— era sólo cuestión de tiempo. Y muy poco.



La mente del ingeniero calculó lo peor: en los siguientes diez o doce segundos la cobra, cada vez más rígida e hipnótica, le vería parpadear o tragar saliva y aprovecharía la menor contracción muscular del ingeniero para saltar sobre él. Ahí sí gritaría; para entonces entraría corriendo el barón De Villiers, hasta ese momento distraído en la boca de la tumba buscando huellas de saqueadores, y contemplaría la aterradora escena dejada tras el ataque. Mientras, él, retorcido de dolor, apretándose el estómago con los puños, cerraría los ojos para siempre sin tiempo apenas para pensar en su madre, sus hermanas, su casa de veraneo en Aix-en-Pro-vence o su perro Lucas.

Su vida se esfumaría en brazos del barón, y con ella todos sus sueños de grandeza y prosperidad.

El reptil bufó.

Su mirada se volvió más rígida si cabe, mientras su pequeña cabeza cuadrangular se inclinaba inesperadamente hacia atrás, como si tomara impulso para lo peor. Jean-Baptiste, impotente, creyó que su hora había llegado.

Sin embargo, la cobra se detuvo en seco.

—¡No se mueva, Prosper Jollois!

La voz familiar de Édouard de Villiers sonó nítida detrás de él. El reptil, confuso, no supo decidir a cuál de los dos blancos atacar.

—¡Sobre todo, no le quite la vista de encima! —insistió el barón.

Jean-Baptiste obedeció. No había acatado ninguna orden suya con tanto agrado en todo el tiempo que llevaban en Egipto. De pronto, con la eficacia de un cirujano, algo cortó el aire a la altura de su oído derecho. El sable de Édouard, brillante como un relámpago, segó de cuajo el cuello del reptil, que en silencio rodó sobre la piedra de la tumba, retorciéndose entre espasmos irregulares.

—¡Por Dios, barón! —se incorporó el ingeniero—. ¡Casi me corta usted la cabeza!
—¡Cállese!

Prosper Jollois hizo gesto de no comprender.

—¡Silencio! —repitió aquél en voz baja—. Sea quien fuere el que ha forzado la tumba de Amenhotep, debe estar aún dentro. Hay varios caballos ahí fuera, escondidos en un abrigo de roca. Y no son de nuestro ejército.

El joven ingeniero se estremeció. Aún palpitaban cerca de él las entrañas sanguinolentas del áspid, recordándole lo cerca que había estado de la muerte.

—¿Son… muchos?
—Seis o siete, por lo menos. ¿Trajo la carabina?
—No .

El barón hizo una mueca de desaprobación.

—¡Da igual! Hoy nos vamos a enterar de qué está ocurriendo aquí. Vamos a descender a la tumba, ¡y rápido!
—Pero, señor, ¿y si hay otras serpientes?
—Nos arriesgaremos.

Édouard de Villiers extrajo un par de velas de su casaca, que encendió de inmediato. Su luz, escasísima frente a las tinieblas que se abrían ante ellos, se agitó como si dudara de mantenerse encendida. Pero aguantó.

El barón estaba en lo cierto: más allá de los dos primeros tramos de escaleras, al fondo de un tétrico pasillo sembrado de escenas incomprensibles, se adivinaba un bisbiseo. En un principio fue poco más que un rumor. Un ruido profundo, que emergía de las entrañas de la tierra y que erizó los cabellos de Jean-Baptiste. Ninguno de los dos articuló palabra. Descendieron cautelosamente, tratando de no remover los escombros que salpicaban el lugar. Figuras humanas con rostro de perro, cortesanos vestidos con transparencias de una exquisitez indescriptible y aves con las alas desplegadas parecían no quitarles ojo de encima.

—Escuche —susurró el barón—. ¿Lo oye?

Prosper Jollois se adelantó hasta alcanzar la situación de su superior. Habían bajado otros dos tramos más de escaleras, y al fondo, de lo que parecía una sala mayor emergía un ruido sordo acompañado de un tenue resplandor. Los ingenieros soplaron las velas y avanzaron los seis pasos que les separaban del final del corredor.

Allá dentro la humedad casi se podía cortar con la espada. Al cabo, Jean-Baptiste tiró de las ropas del barón y se le acercó para cuchichearle algo:

—Esto no me gusta —masculló—. Si son seis y nos descubren, no saldremos vivos de aquí.

Édouard ignoró la advertencia y, despegándose del aliento de su compañero, estiró prudentemente la cabeza para asomarse al interior de la sala contigua.

Durante unos momentos, no reaccionó.

Al fondo de una estancia dividida en dos niveles, y flanqueada por seis columnas bellamente adornadas con nuevas figuras y jeroglíficos, se levantaba un sarcófago detrás del cual se adivinaba un trono de madera en el que se sentaba —Édouard dudó espantado— ¡una momia!

La luz era pobre; apenas una docena de lámparas de aceite alumbraban toda la estancia. Pero pese a todo, en medio del recinto, frente a la inmóvil silueta del entronizado, distinguió el rostro familiar y bien arreglado de Ornar ben Abiff. —¡Ornar...! —susurró satisfecho.

Ahora no tenía dudas: había sorprendido al mayor traficante de reliquias del sur de Egipto con las manos en la masa, en el interior de una propiedad francesa. En cuanto le denunciara al general Desaix, le detendrían y le enviarían a El Cairo para juzgarle. Pero algo en su actitud escamó al barón. Ornar no parecía interesado en rebuscar entre los cascotes y desperdicios de la tumba. Y tampoco su extravagante cuadrilla, un grupo de seres, mitad humanos mitad animales, que le rodeaban mientras Ornar recitaba una extraña salmodia:

—¡Oh, Osiris! —coreaban.
No cometí iniquidad contra los hombres. No maltraté a las gentes.
No cometí pecados en el Lugar de la Verdad.
No traté de conocer lo que no se debe conocer. No blasfemé contra Dios.
No obligué a nadie a pasar hambre. No hice llorar.
No maté.
No ordené matar…



El barón reculó. Dos de los fantasmas, con cabezas de chacal y halcón, se habían dado la vuelta en medio de la ceremonia para tomar una gran balanza de cobre que descansaba contra una de las paredes del recinto, muy cerca de donde estaban ellos. Mientras la instalaban, Ornar, extasiado, continuaba recitando, con el brazo izquierdo sobre el plexo solar, su monótona letanía.

—… No disminuí las ofrendas a los templos. No manché los panes de los dioses.
No fui pederasta.
No forniqué en los lugares santos del dios de mi ciudad.
No cacé en los cañaverales de los dioses. No pesqué en sus lagunas.
No opuse diques contra las aguas. No me opuse a ninguna procesión.
¡Soy puro! ¡Soy puro! ¡Soy puro!

Édouard, que comprendía bastante bien aquella especie de oración recitada en árabe, dejó pasar un tiempo prudencial antes de volver a asomarse. «Chacal» y «Halcón» deberían haber montado ya la balanza unos pasos por delante de él. Y así, mientras dos mujeres maquilladas como nunca había visto en Egipto hacían sonar sus sistros, una neblina de incienso ácido les envolvió en cuestión de segundos.

De repente, el «Chacal» habló. Su voz, vagamente familiar, muy grave, atronó la sala:

—Tú, que has superado el implacable juicio de los cuarenta y dos asesores de los muertos, que has sido capaz de declararte inocente de los cuarenta y dos pecados fundamentales del verdadero creyente, ¿te someterás ahora al veredicto de la balanza?
—Sí. Me someteré —respondió Ornar, al que su piel negra y perfumada con aceite de sándalo le brilló como la plata.
—En ese caso, debes saber que si superas el juicio y tu corazón pesa menos que la sagrada pluma de la diosa Maat, reina de la Verdad, accederás a los misterios de la vida eterna. Si no, tu Ka y tu Ba serán engullidos por Ammit, el terrible monstruo de cabeza de cocodrilo que devorará tu existencia y te condenará a la desaparición absoluta.
—Acepto.

¿Ka? ¿Ba?

Édouard se frotó los ojos, irritados por el incienso, antes de explicar a Jean-Baptiste lo que estaba sucediendo allá adentro. Apenas podía creer que el temido Ornar no hubiera entrado en aquella tumba para destrozarla o desposeerla de sus escasos tesoros. Y mucho menos que participara en aquel ritual y jurara no haber matado ni pecado. En cuanto a aquella jerga exótica, a duras penas creía identificarla con la idea que los antiguos egipcios tenían del alma.

El «Halcón» se inclinó ceremoniosamente sobre uno de los platos de la balanza, colocando sobre él un frasco de alabastro de pequeño tamaño.

—Aquí está Ib. Tu corazón —dijo.
—Y aquí Shes maat. El espíritu de la justicia —remató el «Chacal», depositando un cuenco opaco en el otro plato.

Una tercera criatura, con cuerpo de hombre y cabeza de pájaro, provisto de un pico largo y afilado, se adelantó al grupo y, frente a la balanza, exclamó:

—Sea, pues, como quieres. Yo, Toth, Aquel que se creó a sí mismo, al que nadie dio a luz, Aquel que calcula desde el cielo y es capaz de contar las estrellas y llamarlas a todas por su nombre, inscribiré para la eternidad el resultado de este juicio severísimo. —Amén.

Mientras los sistros inundaban la estancia de un sonido silbante que a Jean-Baptiste le recordó los bufidos de la cobra, la balanza comenzó a hacer su trabajo. El joven ingeniero, sobrecogido por los ecos de aquel ritual, se acurrucó en la parte de atrás del corredor, mientras el barón, excitado, no perdía de vista la operación.

La báscula titubeó. Se inclinó alternativamente a favor de cada uno de los platos para, in extremis, flotar ecuánime entre ambos. Si los viejos ensalmos no mentían, Ornar era ya un Maat kheru, un justo y justificado ante Dios. El reo, al conocer el implacable veredicto de la balanza, respiró aliviado.

—Hemos cumplido con todo lo que ordena Reu Un Pert Em Hru (1) —dijo Toth—. Hemos seguido escrupulosamente los dictados de los antiguos conjuros. Ahora, Ornar, si Maat cumple con su justicia, deberá entregarte el mismo secreto que reveló al dueño de esta tumba, el gran Amenhotep III. —La fórmula de la vida.

Édouard se sobresaltó. La nueva frase del «Chacal» le recordó a alguien… Pero aguardó.

—¡Oh, Osiris! —exclamó éste mientras se tanteaba la base de su cabeza lobuna—, ahora que ya hemos concluido el ritual, guíanos hasta el hombre que ha de recibir tu secreto.

Y dicho esto, se arrancó la testa. Depositó la máscara en el suelo con cuidado y estrechó a Ornar ben Abiff con un abrazo intenso.

—¡Mohammed! —exclamó feliz el saqueador—. Gracias por indicarme el camino.

El barón, atónito, descubrió que su guía de Luxor era quien se escondía bajo la cabeza del «Chacal».Y lo que era peor: que trabajaba codo con codo con Ornar ben Abiff.

—No tienes por qué agradecérmelo —le dijo a éste—. Es mi sagrada misión guiarte hacia el éxito, y con ello a los verdaderos fieles del Sol que custodian el secreto.

Ornar sujetó a Mohammed por el antebrazo, mientras éste arqueaba su inconfundible ceja negra hacia el centro de la frente.

—Después de la fuga de Nadia, creí que habíamos perdido a la intermediaria para conseguir la fórmula.
—No. Aún nos queda Bonaparte. Si él es el imam que esperamos, si lo que anuncian los profetas shiíes es correcto, sólo cuando le encuentres y le obligues a pasar por este mismo ritual tendremos lo que buscamos.
—Que así sea, Mohammed ben Rashid. El guía clavó sus ojos en el saqueador.
—No me llames así —respondió con evidente disgusto—. Hace mucho que dejé el clan, cuando descubrí que nadie de mi familia me conduciría a la Luz. Que el culto que profesaban estaba basado en una vetusta religión estelar incapaz de mantener y proteger el secreto de la vida que un día poseyeron.
—¿Y lo hará Bonaparte cuando lo reciba?
—Ése es su destino.



Édouard y Jean-Baptiste abandonaron la tumba a toda velocidad, tanteando suelo y paredes para deshacer el camino. Estaban alterados. Habían escuchado lo suficiente para comprender, aún a medias, lo que estaba sucediendo bajo sus mismos bigotes. Alguien en el sur del país preparaba una emboscada al general en jefe de la expedición. Alguien —y eso lo sabían bien— capaz de todo por una absurda superstición egipcia.

Debían hacer algo. Quizá hacer llegar un mensaje a Bonaparte. Y pronto.

Por J. Sierra


Notas:

  1. Literalmente: Libro de lo que vendrá algún día.

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Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Segunda Parte)

Tutankamón

Ir a Creencias y Esoterismo en el Antiguo Egipto (Primera Parte)

  • Para mejor adorar a su Dios, Iknatón resuelve abandonar Tebas y construir la Ciudad del Horizonte de Atón. Al quedar Tebas relegada a ciudad de provincia debilitaba al sacerdocio.
  • Es entonces que cambia su nombre de Amenofis -La Paz de Amón- en Iknaton.
  • La nueva ciudad se construyó sobre una isla en el Nilo a unos 250 kilómetros sud de la actual Cairo.
  • Poco después nace Meket-Atón, -Protegida de Atón-.
  • Durante el octavo año se instala en la nueva ciudad. Nace Ankhes-enpe-Atón-, -Ella vive para Atón-.
  • En el undécimo año nace Nefer-neferu-Atón. Empieza a desarrollarse la nueva religión. Hacia esa época se escribió el “Himno a Atón”.
  • Se nota la influencia de Nefertiti.
  • Al-Ra es nombrado Gran Sacerdote de Atón.
  • Durante los decimotercer y decimoquinto año nacen dos nuevas hijas.
  • La madre de Iknatón, Teye, visita el Templo en la Ciudad del Horizonte de Atón. Muere poco después. Fue enterrada en Tebas.
  • Con su muerte desaparece la moderación: el nombre de Amón es
    sistemáticamente borrado, aún de los más pequeños objetos. De millones de inscripciones conocidas, pocas se salvaron.



  • Hasta en la tumba de Amenofis III sustituyeron su nombre por el de Nis-Maat-Ra.
  • También se nota un detalle extraño: a su quinta hija la llamó Nefer-Ne-Feru-Ra y a la sexta Sotep-en-Ra; “Ra”, en vez de “Atón”, como a sus cuatro primeras hijas. Deseaba un hijo varón. Pero después de las seis “desilusiones” tuvo aún una séptima. No tuvo otra descendencia, al menos que haya sobrevivido la primera infancia. La primera hija casó con Smenk-ha-Ra, un noble egipcio.
  • El Rey de Babilonia pidió para cada uno de sus hijos: concedió la cuarta. La tercera casó con Tutank-Atón, quien fuera el Faraón Tutankamon.
  • La segunda era delicada de salud y murió joven, así como la hermana de Iknatón, Beket-Atón.
  • Como era delicado de salud, construyó muy pronto su tumba.
  • Al no tener sucesor, las perspectivas de su religión eran sombrías.
  • Asuntos exteriores agravaron su situación, tales como la querella con Babilonia y con las Hititas, las aventuras de Asiru, etc. Iknatón desarrolló una extraña pasividad; dejó sin ayuda a Rey Byblos, Risaddi, que le era fiel.
  • A los treinta años de su reinado, los faraones celebraban el jubileo. Iknatón lo hizo a los treinta años de edad, como si quisiera retroceder su reinado a la fecha de su nacimiento.
  • A esa edad ya era flaco y descarnado. Decide que todos los dioses, no sólo Amón, tengan su nombre borrado de cualquier inscripción. Sólo quedaba Atón. Esta medida no se aplicó muy estrictamente. Se borraban los nombres de Hathor, Etha, etc., y hasta el plural “Dioses”.
  • Mientras se limitó a borrar a Amón, no tuvo sino “un” clero en su contra; luego los tuvo a todos.
  • Parecía que el jefe del ejercito, Horenheb, en desacuerdo con la política pacifista de Iknatón, haya planeado en secreto las campañas que más tarde realizaría; tal vez en connivencia con el Gran Sacerdote de Atón, Meri-Ra.
  • Sin descendencia, con gran oposición, hasta dentro de sus funcionarios, otorgó su confianza a Smenkara, casado con gran pompa con su hija mayor, cuando ésta tenía doce años.
  • Asoció su yerno a la regencia, y cuando eventualmente lo sucedió,
    adoptó el epíteto de “Bien amado de Iknatón”.
  • El tener un asociado en el trono resultó una medida insuficiente. La Siria estaba casi perdida, y los grandes gastos para la construcción del Horizonte de Atón agotaron el inmenso tesoro egipcio.
  • Sin duda comprendió que la religión de Atón, no le sobreviviría, como en realidad aconteció.
  • Lo único que se sabe es que cuando se desplomaba su imperio murió. El examen de su momia sugiere un ataque. Se cree que era epiléptico. Tendría en ese entonces unos treinta años. Se creía que era el año dieciocho de su reinado, pero se ha encontrado una inscripción que hace mención del diecinueve.
  • De Nefertiti, nada más se sabe. Se cree que sólo sobrevivió un año a su marido. Su yerno y sucesor, Tutankhatón fue persuadido de volver a Tebas, y se abandonó definitivamente la Ciudad del Horizonte. A una época de contemporización entre los cultos de Atón y Amón, pero por influencia de Horenbeh, jefe del ejército, primó Amón.



  • A los cuarenta años de la muerte de Iknatón, el clero de Amón recobró íntegramente su influencia. El nombre de Iknatón fue borrado; se refería a él como “ese criminal”. Las inscripciones “Amenofis IV”, no fueron tocadas.
  • El Templo de Atón en Karnac fue demolido. Iknatón fue sepultado en la tumba de Teye. Esta fue abierta y retiraron el cuerpo de Iknatón. Su nombre fue retirado de todas las cintas recortándolas. Borraron las inscripciones. Luego fue repuesto en el féretro.
  • Esta lucha de Amón y Atón fue llamada la lucha de los dos Soles.
  • La semilla dejada por los partidarios de Atón, en forma curiosa, cristalizó en Osiris, encarnado y muerto entre los hombres por la salvación del mundo.

Por el Maestro S. Bovisio

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La eterna interacción de Osiris, Isis y Tifón

No es entonces descabellado que los egipcios sostengan en su mitología que el alma de Osiris es eterna e incorruptible, mientras su cuerpo es repetidamente desmembrado y ocultado por Tifón, e Isis lo busca por todas partes y logra recomponerlo nuevamente. El ser está por encima de toda corrupción, así como de todo cambio.

Plutarco, Iside et Osiride, LIV.



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Dionisos y la campaña de Egipto

Mosaico de Mougga, Dionisos perseguido por los piratas

El ejército de Dionisos llega frente a la costa de Egipto, y se instala en la corte de Proteo de Faros. Al rey le lleva el vino como obsequio y, aprovechando su situación, se pone a trabajar desde Faros en la preparación de su primera campaña. Reedita para su causa a las amazonas de Egipto, amazonas combativas por naturaleza, que van a servirle de espléndida fuerza de choque.

Con ellas y con la furia de la venganza, se lanza a la batalla contra los Titanes. La victoria le llega pronto, es la confirmación de su poder y categoría.

Emulando a Alejandro, el dios se pone en marcha hacia el corazón del este, cruza la Mesopotamia, derrotando a todos sus adversarios, y llega hasta la Indias sometiendo la península a su poder, pero no sin haber dejado antes el recuerdo de su presencia, con el cultivo de la vid y el secreto del vino. Terminado su camino en los confines del este, decide el triunfal Dionisos regresar a Grecia, al centro del mundo. Pero el retorno no iba a ser tan rápido y sencillo como se pensaba en un principio, pues su ejército va a tener que luchar ahora contra sus antiguas aliadas amazonas, que esperaban dispuestas para el combate en el Asia Menor, sin que se sepa bien por que las guerreras han querido hacerlo.


Se acepta el reto de las amazonas y se da comienzo a la sangrienta e insensata batalla. Dionisos da la orden de que sea ésta una guerra sin cuartel, en la que sus huestes van a terminar exhaustas de perseguir y matar a las amazonas, que pronto se ven vencidas y de las cuales sólo un puñado consigue huir y encontrar refugio seguro en Éfeso, pues el temible Dionisos enfurecido no sabe perdonar el insensato y orgulloso ataque inicial de que ha sido objeto, y se afana en lograr el total exterminio de sus ex aliadas, para que sirva su muerte de inolvidable escarmiento al osado que piense en enfrentarse a su voluntad.

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Los principales Dioses de Egipto – Atum

Según la tradición egipcia, es el más antiguo de los dioses, se le llama: «el dios divino, aquel que se ha creado a sí mismo, el hacedor de los dioses, el creador de los hombres, aquel que ha extendido los cielos, aquel que ha iluminado el Tuat con sus ojos (es decir, el sol y la luna). Ya existía cuando el cielo no existía, la tierra no existía, los hombres no existían, los dioses no habían nacido, la muerte no existía».

No se ha dicho bajo que forma existía, pero creó para sí mismo un lugar donde morar, la gran masa de las aguas celestes a la que los egipcios dieron el nombre de Nun. Vivió allí un cierto tiempo completamente solo y luego, por una serie de esfuerzos del pensamiento, creó los cielos, los cuerpos celestes, los dioses, la tierra, los hombres y las mujeres, los animales, los pájaros y los seres que se arrastran, sólo con su espíritu.

Thot, «la inteligencia o el espíritu de Atum», tradujo en palabras estos pensamientos o ideas de creación; y cuando profirió las palabras, toda la creación empezó a existir.


La gran Orden de los sacerdotes de Anu, Heliópolis, puso a Atum al frente de la asamblea de los dioses y ya en la época de IV dinastía, hicieron de Ra, el dios del sol, el usurpador de su lugar, de sus poderes y de sus atributos. Se representaba a Atum como el dios del sol del atardecer o del principio de la noche.

Nun fue el nombre que se dio a la vasta masa de agua que se encontraría situada en el cielo. Constituye la parte material del gran dios Atum, creador del universo, de los dioses y de los hombres.

En esta masa de agua, cuya profundidad es insondable y su extensión sin límites, se encuentran los gérmenes de toda vida y de todas las especies de vida; por esto el dios que sería la personificación del agua (o sea Nun), fue llamado «Padre de los dioses y el que produjo la Gran Asamblea de los dioses»: la masa acuática sería una imagen del Gran Océano cósmico.

De Nun salía un río que corría a través del Tuat u «otro mundo»; su valle dividía el Tuat en dos partes haciéndolo semejante a Egipto. Las aguas de Nun formaban la residencia de Atum, de donde provenía el sol, que era el resultado de uno de los primeros actos de creación de Atum.

Los primeros habitantes de Egipto pensaban que el sol navegaba sobre las aguas de Nun en dos barcas mágicas; el sol avanzaba en la primera durante la mañana de su día, que terminaba en la segunda.

Por W. Budge

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Libia, tierra de origen del mito de Atenea

Neith – Atenea

Lo que sí parece ser cierto es el hecho de que Libia sea el lugar de origen del mito. Digamos que la Libia clásica es un gran territorio, de cara al Mediterráneo, que arranca justo en el delta del Nilo y que se extiende indefinidamente hasta llegar a la Numidia, situada en lo que ahora se llama Libia y Túnez. Desde esa costa (hoy Egipto), a través de Creta, un cruce de rutas muy importante, en el centro mismo del mundo civilizado de la época. A través de la escala insular, todas las influencias de viajeros y comerciantes fueron una continuada vía de comunicación cultural y religiosa.


Platón cuenta que Neith, diosa libia, es la base sobre la cual se construye la nueva historia griega, bajo la denominación de Atenea. Naturalmente, entre la iconografía egipcia se pueden encontrar muchas imágenes de Neith, asimilada al culto oficial faraónico. Otros autores también señalan el origen libio de la divinidad, contando los ritos de esa deidad, en los que figuraba la lucha sagrada anual entre las sacerdotisas de Neith, como la forma de acceso a la posición de sacerdotisa máxima, en una recreación de la muerte de la niña antagonista y de la singularidad posterior de la nueva divinidad, que se erige como tal una vez que se produce el desenlace fatal, el que el destino ha señalado como trámite inicial de su imperio.

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La tradición de invocar a Mushkil Gusha en Irán

La costumbre de invocar a Mushkil Gusha se practica en Irán, especialmente entre las mujeres musulmanas tradicionales. El cuento se cuenta cada semana en la víspera del viernes, el comienzo del día santo musulmán, (los musulmanes miden sus días desde la puesta del sol hasta la puesta del sol, por lo que la «víspera del viernes» se presentará antes del viernes por la mañana, al igual que la «Nochebuena» antes del día de Navidad.) Además de contar la historia, compartir un refrigerio especial con los pobres. A veces llamado aajeel y a veces nokhod kishmish, que es una mezcla de cosas como garbanzos tostados, pasas, dátiles secos, higos secos, nueces y semillas.

El nombre Mushkil Gusha que en persa se traduce como «Remover de dificultades». ¿Pero exactamente quién y qué es él?. Si preguntas a los iraníes, obtienes diferentes respuestas. Algunos dicen que él es ‘Ali, el primo, yerno del profeta Muhammad y verdadero sucesor, según lo consideran los chiítas, cuya rama del Islam predomina en Irán. Pero una mujer iraní me dijo simplemente: «Es Dios, ¿no es así?»





Otros dicen que Mushkil Gusha es el profeta Khidr, el «Verde», el santo patrón de los santos musulmanes llamados derviches. (Khidr es el nombre árabe. En Irán se lo llama Khezr y en Turquía, Hizir). Khidr aparece en muchos relatos musulmanes como el portador de la fortuna, un papel que comparte con el profeta Elías, de quien muchas de las mismas historias son reproducidas por la tradición judía. Este cuento fue contado principalmente de «The Story of Mushkil Gusha» en Persian Tales, recopilado y traducido por DLR y EO Lorimer, Macmillan, Londres, 1919, y con los aportes de  Kave Eshgi de Bristol, Inglaterra, cuya abuela le contó el cuento cada víspera de viernes, mientras crecía en la ciudad iraní de Kerman.

Por Aaron Shepard

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