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A 54 años de Al-Naksa y 73 años del robo de Palestina del ’48

Las tropas israelíes secuestraron centenares de civiles palestinos y los deportaron sin sus familias para quebrarlos moralmente – Palestinian Information Post-PIP

A 54 años de Al-Naksa y 73 años del robo de Palestina del ’48 no lograron aniquilar la raíz palestina

PIP, 7 Junio 2021. – Sólo a 19 años del robo del 88% de Palestina, incluyendo su capital el sector de Jerusalem Occidental, conocida como Al-Nakba (Catástrofe) y la creación antijurídica de Israel en 1948, los anhelos sionistas de ‘Eretz Israel’ (fronteras del Nilo al Éufrates) siguieron vigentes. La pasividad de la ONU, la complicidad militar de Estados Unidos, la irreverente actitud de la Unión Soviética con vacías verborragias de amenazas a Israel, el doble rasero político-diplomático de la comunidad internacional y el séquito inoperante de la Liga de los Estados Árabes, activó el protocolo de la invasión y el clímax de una fugaz guerra asimétrica.

‘Operación Foco’-Mal llamada ‘Guerra de los 6 Días’: Postrado ante las exigencias sionistas, el presidente de EEUU, Lyndon B. Johnson, envío la Sexta Flota al Mediterráneo para evitar la intervención soviética y autorizó los envíos aéreos de armas, municiones, tanques Sherman y aviones de combate A-4 Skyhawk. Garantizado el objetivo político-militar el premier israelí Levi Eshkol, su ministro de Defensa Moshe Dayan y el jefe de Estado Mayor Yizthak Rabin, a las 7:45 de la mañana del 5/junio/1967, lanzaron la ‘Operación Foco’. La Fuerza Aérea al mando de Mordejai Hod, sorpresivamente atacó a Egipto y en 3 horas demolieron 23 centros de radares, 13 bases y 350 aviones de guerra sin despegar. Colapsadas las fuerzas del presidente Gamal Abdel Nasser, con supremacía aérea controlaron Egipto y Siria, derrotando a Líbano e Irak. Jordania no participó activamente.

Al-Naksa (la Caída): Del 6 al 7 de junio, los israelíes ocuparon la Franja de Gaza, mientras, los generales sionistas Uzi Narkiss y Moshe Dayan, invadieron el restante 22% de Palestina ocupando la Vieja Jerusalem. El enfrentamiento cuerpo a cuerpo de los jerosolimitanos no alcanzó y la llamaron: ‘Al-Naksa’. El 8/6 controlaron el vital Canal de Suez egipcio y obligaron la rendición del Cairo. Al día siguiente, atacaron por aire y tierra a Siria, ocuparon el Golán, Kuneitra y para evitar el desplome de Damasco abdicó el ministro de Defensa sirio Hafez Al-Assad (luego presidente). Desmadrados, los regímenes árabes fueron incapaces de evitar la caída de Jerusalem. El sábado 10/6/’67, tras la ocupación total de Palestina, su capital Jerusalem; el Golán sirio; la península del Sinaí egipcia y las Granjas Shebba de Líbano, a las 18:30 Israel puso fin a la sangrienta invasión transformando el tablero geopolítico de la región. Arrogante, Dayan, al pisotear la Vieja Jerusalem, expresó: “entramos para quedarnos y no abandonar jamás a Jerusalem”. Inmoralmente, el 23/6/1967, unificaron el sector Este de Jerusalem con la parte Occidental robada en 1948, bajo la falaz soberanía sionista de ‘hecho consumado’. Luego 73 años de ocupación no lograron aniquilar la raíz palestina ni la resistencia. ‘In situ’ hace días Israel fue derrotado militarmente por Hamas y humillado por la Intifada por Jerusalem.

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Árabes en América – Desde Bilad al-Sham (Siria, Líbano y Palestina)

Bilad al-Sham

A finales del siglo XIX y principios del XX, un número considerable de habitantes de Bilad al-Sham (Siria, Líbano y Palestina), al igual que otros europeos, emprendieron un largo viaje para hacer las Américas. La causa fundamental fue la razón socioeconómica, además de factores minoritarios de tipo político e intelectual. Esa migración dejó una primera huella creadora en lo que se ha denominado la literatura del mahyar, básicamente la escuela de São Paulo y la estadounidense de Gibrán Khalil Gibrán, pero sobre todo puso la semilla de varias generaciones árabes que se convirtieron sin lugar a dudas en americanas sin por ello perder su memoria histórica de origen. Sus apellidos son identidad y evocación permanentes para propios y extraños.

Pese a la denominación popular de turcos, reflejada en la literatura de Gabriel García Márquez, Jorge Amado, Ernesto Sabato y muchos otros grandes escritores, su procedencia es árabe y no turca. El origen del malentendido es que llegaban con pasaporte del Imperio turco otomano con capital en Estambul, a cuyo conjunto sociopolítico pertenecían las denominadas wilayas o provincias árabes de Oriente Medio y del norte de África hasta Argelia. La resistencia popular a corregir ese error ha llevado a que se mantenga para siempre.

La primera etapa no fue fácil, como para nadie en el proceso de migración, pero quizás particularmente para muchos de esos árabes que llegaban al Nuevo Continente. Las visiones colonialistas basadas en el valor civilizacional de la raza blanca y la superioridad cultural europea frente a los otros pueblos, que de manera brillante ha analizado y desmontado Sophie Bessis en su libro Occidente y los otros, se reflejaron también en las Américas a través de discursos y opciones políticas, cuando no incluso leyes, que preferían la inmigración europea sobre la de los otros, particularmente esos «turcos» procedentes de un Oriente Medio donde los intereses europeos elaboraban el discurso colonial de su superioridad cultural y civilizacional frente a los pueblos inferiores. La lucha contra los prejuicios y los estereotipos fue, pues, un ingrediente a afrontar por esos nuevos pobladores de las Américas. Sin embargo, no impidieron su arraigo e integración.

Se distinguieron por una enorme vitalidad que les llevó desde los centros urbanos principales a los puntos geográficos más lejanos y entonces casi inexpugnables (como el extremo sur austral). La venta ambulante y el oficio de buhoneros (lo vendían todo) caracterizó su modo de vida primigenio en el Nuevo Continente. De ese negocio nacieron grandes o pequeñas fortunas que permitieron medrar a sus hijos a través de la educación y las profesiones liberales y, hoy en día, forman parte de toda la geografía americana, particularmente en la sudamericana (no hay un solo país de este enorme continente que no tenga prominentes descendientes de árabes).

Su aportación, pues, a la construcción de las entidades nacionales iberoamericanas y su contribución a la consolidación de esos nuevos países americanos, desde el punto de vista político, económico y cultural, es tan incuestionable como lo fueron las de españoles, italianos y europeos varios. Sin embargo, no se ha dado un reconocimiento explícito y simbólico a esa aportación colectiva distinta de la europea, desdibujando así su existencia. La propia denominación global del sur del continente americano, entre Iberoamérica o Latinoamérica, expresa una falta de reconocimiento a las otras aportaciones no europeas, como la árabe o la africana, por no hablar de la indígena, que muestra la influencia de ese eurocentrismo cultural prevalente en el momento de la definición de las identidades nacionales y transnacionales.

Su diversidad es un pequeño caleidoscopio de la pluralidad de confesiones y orígenes de Oriente Medio (cristianos maronitas y ortodoxos —mayoritarios— musulmanes sunníes y chiíes, drusos, judíos) y, si bien los avatares convulsos de los conflictos en esa parte del mundo no les son ajenos, su arabidad común y su identidad nacional iberoamericana es un aglutinador que, pese a las discrepancias, frena que se pase a mayores. Normalmente el diálogo y la comunicación prevalecen.

¿Hay un mayor ejemplo de que las teorías sobre la incompatibilidad de valores entre Occidente y el mundo árabe es una construcción ideológica al servicio de oscuros intereses? La experiencia de la Arabia americana deja al desnudo las teorías apocalípticas sobre el choque de civilizaciones. Las generaciones americanas de origen árabe han mostrado la posibilidad del mestizaje y la perfecta integración entre lo árabe y lo occidental. En estos tiempos tan convulsos, destacar el ejemplo de la exitosa aportación de la emigración árabe a las identidades nacionales iberoamericanas es un ejercicio de divulgación y conocimiento de gran alcance social y político.

Por Gema Martín Muñoz (Arabista, directora general de Casa Árabe-IEAM)

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