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El Islam y la iniciativa suiza anti-burka

Suiza atrae cada vez más a turistas del mundo árabe, pero son pocas las regiones que suelen recibir regularmente la visita de mujeres con velo (Keystone)
Suiza atrae cada vez más a turistas del mundo árabe, pero son pocas las regiones que suelen recibir regularmente la visita de mujeres con velo (Keystone)

En varios países europeos ya se ha introducido, y el cantón del Tesino siguió el ejemplo. Ahora, una iniciativa popular quiere prohibir el uso del burka en toda Suiza. ¿Son el burka y el niqab símbolos del islamismo radical que deberían prohibirse? Cara a cara entre dos diputados.

La islamización amenaza a Suiza, advierte Walter Wobmann, diputado de la Unión Democrática del Centro (UDC, derecha conservadora) y miembro del comité de la iniciativa que quiere inscribir en la Constitución la “prohibición de cubrirse el rostro”. La iniciativa, que lanzó este martes el comité de Egerkingen veda que uno pueda taparse la cara, tanto por motivos criminales como religiosos.

Alec von Graffenried, diputado del Partido Ecológico y presidente de la Oficina de Turismo de Berna, rechaza la iniciativa porque discrimina a toda una comunidad religiosa.

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Ambos parlamentarios comparten sus argumentos:

Señor Wobmann, ¿con cuántas mujeres vestidas con un burka o un niqab se ha topado en las calles de Suiza?

Walter Wobmann: Con muchas, y cada vez son más. Y si no queremos que esto siga así, tendremos que establecer reglas claras ahora y no cuando haya todavía más.

¿Qué le pasó por la mente en esos momentos?

W.W.: Esto no forma parte de nuestra cultura. Aquí la gente muestra su rostro. Aquí el velo está fuera de lugar. Pero también es una cuestión de seguridad. Una persona se puede esconder sin dificultad bajo esa prenda para perpetrar un ataque terrorista. (sic)

Se estima que en Suiza hay entre 150 y 300 personas que visten un burka o un niqab. Se trata, por tanto, de un fenómeno marginal. ¿No alimenta usted la islamofobia con su iniciativa?

W.W.: Para nada. Los musulmanes pueden practicar su fe desde hace varias décadas en Suiza, y para ello no necesitan ni burka, ni niqab, ni minaretes. Muchos musulmanes me dan incluso la razón. Quieren que los suizos se opongan a esta tendencia; rehúsan hacerlo ellos mismos por miedo.

Señor Graffenried, ¿son islamófobos quienes respaldan esta iniciativa?

Alec von Graffenried: Yo coincido en que el burka no forma parte de nuestra cultura. Yo vivo en Berna y no he visto ni un solo burka en los últimos tres años. Los veo en los carteles de la UDC, pero no en el día a día. El planteamiento de la iniciativa supone en sí mismo una discriminación.

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Los huéspedes del mundo árabe son cada vez más importantes para turismo suizo. En la región de Interlaken son el tercer grupo de clientes más importante. Según el director de Interlaken Turismo, la aprobación de la iniciativa sería un revés para el sector. Usted es presidente de Berna Turismo. ¿Comparte el juicio de su colega?

A.v.G.: Las iniciativas discriminatorias como esta dañan la imagen de hospitalidad de un país.

W.W.: No me haga reír. Antes dijo que en Suiza apenas hay mujeres que cubren su rostro con el velo, y ahora dice que puede ser perjudicial para el turismo.

A.v.G.: No me refiero a las mujeres con velo que dejarían de venir a Suiza. Me refiero a que la iniciativa afecta a toda una religión y desprestigia la libertad de culto. Y ello por un presunto problema que, en realidad, no existe.

W.W.: Es el mismo argumento se esgrimió antes de la votación para prohibir la construcción de nuevos alminares. En realidad, la iniciativa no despertó ningún interés en el mundo árabe. Al contrario, estas personas colaboran incluso más con nosotros. También ha crecido el número de turistas.

Minaretes, burka y niqab son símbolos típicos del islam radical que nadie quiere en nuestras latitudes. (sic)

A.v.G.: Esto no tiene nada que ver con los minaretes.

W.W.: ¿Cómo que no? Yo he estudiado el islam. Son símbolos del poder del islam que imperan en el norte de África y Oriente Próximo.

Aquí es donde podemos diferenciarnos. Otros países europeos ya lo han hecho, sobre todo, en las ciudades donde la islamización ha progresado, donde hay tantas mujeres con velo que prácticamente es imposible prohibir el burka. No podemos permitir que esto suceda aquí.

A.v.G.: Si la iniciativa contra los minaretes ya no supone ningún problema, gracias a Dios, se debe, en primer lugar, a que caído en el olvido. Antes de la votación había solo dos o tres alminares en Suiza. Pero decir a una comunidad religiosa que sus símbolos no son bienvenidos no es un acto amable hacia esa religión. Los miembros de ese colectivo se sentirán agredidos.

W.W.: El desencadenante de la iniciativa contra los alminares fueron los permisos que se solicitaron para construir otros cinco alminares.

Volvamos a la iniciativa que pide prohibir el cubrimiento del rostro. ¿Cómo valoran el mensaje del sector turístico que busca atraer a clientes adinerados –con o sin velo– de esos países para recibirlos como reyes en hoteles de lujo?

W.W.: No se trata solamente del turismo. Si tengo que decidir entre los valores fundamentales de nuestro país y un par de francos, entonces me decanto claramente por los valores fundamentales. Se están exagerando las repercusiones para el turismo si se prohíbe el burka. A la gente pudiente de esos países les tiene sin cuidado.

A.v.G.: La prohibición del burka es la respuesta errónea a una cuestión que no se está planteando en estos términos. En la actualidad no existe ningún problema con mujeres que llevan burka.

¿Cómo se comunica con un turista que cubre su rostro?

A.v.G.: No soy partidario del velo integral. Cuando se requiere mostrar la foto del carnet es inadmisible que alguien se niegue a desvelar su cara alegando que no lo puede hacer por motivos religiosos. Pero por ello no es necesario que se decrete una prohibición general del burka, zahiriendo a toda una comunidad religiosa.

Usted es un defensor convencido de la equiparación de los derechos de la mujer a los del hombre. ¿No le molesta que se les prohíba a esas mujeres mostrar su rostro?

A.v.G.: Esta cuestión debe someterse a discusión, pero de manera diferenciada. ¿En qué medida la libertad de culto perjudica la libertad individual? ¿Y cómo podemos ofrecer a los miembros de una comunidad de creyentes la posibilidad de emanciparse de estructuras familiares autoritarias si así lo desean?

Si queremos responder a estas preguntas, no debemos debatir sobre la prohibición del burka, sino sobre otras medidas. ¿Qué valores son importantes para nosotros? Deberíamos hablar, por ejemplo, de la educación. No apoyaría la decisión de alguien que, por razones religiosas, se ausenta de las clases de natación. Los cursos de natación forman parte de la integración en la sociedad.

W.W.: Quien oculta su cuerpo entero no tiene ningún interés en integrarse. Y es exactamente ese modo de vida que no quiero tolerar aquí, porque pone en peligro nuestra sociedad liberal y democrática.

Una sociedad democrática liberal también garantiza la libertad de culto. Y prohibir el burka atenta contra esa libertad, según las organizaciones de defensa de los derechos humanos.

W.W.: Eso no es cierto. La prohibición del burka en Francia fue aprobada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo…

A.v.G.: Me alegra escuchar, por una vez, de boca del señor Wobmann este cántico al Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

W.W.: Alguna vez lo podré hacer, ¿no?

A.v.G.: Según le conviene, ¿verdad?

W.W.: En la mayoría de los casos, el Tribunal se pronuncia en contra de Suiza. Pero en esta cuestión ha tomado una decisión muy clara.

¿Lanzan esta iniciativa para defender los intereses de las mujeres oprimidas en los países árabes?

W.W.: No. No me compete inmiscuirme en asuntos internos del mundo árabe. Pero no quiero tolerar este modo de vida aquí. Sinceramente no entiendo por qué los Verdes y la izquierda defienden el burka.

A.v.G.: Yo no lo defiendo. Es más, muchas veces me pregunto si esas mujeres se cubren el rostro de manera voluntaria.

¿Y cuál es su respuesta?

A.v.G.: Es una pregunta que no admite una respuesta general. Es importante que el acceso a la educación sea libre y que la libertad de culto, al igual que todas las demás libertades individuales, esté garantizada. Debemos promover esto.

¿No es contradictorio hablar de derechos humanos en relación al burka? ¿Prescribir el cubrimiento del rostro no constituye en sí una violación de los derechos humanos?

A.v.G.: Hay mujeres que dicen que su libertad consiste en vestirse de este modo. En esos casos, prohibírselo sería limitar su libertad.

Comité de  Egerkingen

El denominado Comité de Egerkingen en torno al diputado Walter Wobmann (UDC) ha lanzado una iniciativa, según la cual debe prohibirse que uno pueda cubrirse el rostro.

La iniciativa contempla excepciones en caso de que prevalezcan razones de salud, de seguridad, de clima o de costumbres autóctonas.

De ser aprobada en las urnas por doble mayoría (de cantones y de población), las autoridades tendrán que elaborar un artículo constitucional correspondiente en el plazo de dos años.

Se trata del mismo comité que lanzó la iniciativa para prohibir la construcción de minaretes.


Prohibición del burka en Europa

Francia, Bélgica e Italia prohíben el uso del burka u otro tipo de velo. España y los Países Bajos prevén leyes similares.

La población del cantón del Tesino se pronunció en 2013 a favor de la prohibición de cubrir el rostro en el espacio público. La iniciativa se oponía también al cubrimiento de la cara por motivos religiosos, incluyendo, por tanto, el burka y el niqab.

En el cantón de Zúrich, la Unión Democrática Federal (UDF, formación cristiana y conservadora) pretende hacer extensiva la existente prohibición del cubrimiento a las musulmanas. Si fracasa su iniciativa parlamentaria, quieren convocar una iniciativa popular.

Según una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de julio de 2014, la ley francesa, que prohíbe cubrir la cara en el espacio público, se ajusta al Convenio Europeo de Derechos Humanos.

Turistas bienvenidos

“Los árabes son los turistas que más dinero gastan proporcionalmente a la duración de su estancia. Por ello debemos evitar hacerles un feo”, advierte Stefan Otz, director de Interlaken Turismo. “Estamos trabajando intensamente en el mercado árabe”.

Para Interlaken, los turistas de los países árabes son el tercer grupo más importante, detrás de los suizos y los chinos. “Si tienen la impresión de que se van a ver limitados en sus hábitos, dejarán de venir. Eso sería fatal.”

Interlaken Turismo ofrece cursos especiales para el trato con turistas árabes. “Acuden incluso policías, personal ferroviario, taxistas, funcionarios y personal sanitario”.

No debemos renunciar a nuestros valores, pero tampoco imponérselos a los huéspedes, afirma Otz invocando la tolerancia.


Por Peter Siegenthaler / Traducción del alemán: Antonio Suárez
Con información de Swissinfo

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El Azafrán – La especia más seductora del mundo

El azafrán, perteneciente al género Crocus, es una planta que goza de una majestuosa belleza, debido a sus pétalos de color violáceo intenso en forma acampanada que se manifiestan en la flor.
El azafrán, perteneciente al género Crocus, es una planta que goza de una majestuosa belleza, debido a sus pétalos de color violáceo intenso en forma acampanada que se manifiestan en la flor.

El azafrán es la especia más antigua conocida y utilizada por el hombre desde los albores de la humanidad estando el cultivo de esta planta estrechamente relacionado con las civilizaciones más cultas del mundo Oriental, y su descubrimiento en Occidente está marcado por los progresivos desplazamientos de los pueblos que, de Este a Oeste, conformaron la secuencia de las culturas de toda la cuenca mediterránea. Sus virtudes y prestaciones han quedado recogidas desde el origen de las civilizaciones, en gran parte, en libros (desde el Antiguo Testamento hasta las más modestas anotaciones) o bien transmitidas oralmente de generación en generación a través de la cultura popular.  En el Cantar de los Cantares se puede leer “Es tu plantel un bosquecillo de granados, de nardos y azafrán … (IV, 13,14).

Esta planta tan antigua, vinculada a la historia y a los valores socio–culturales de la humanidad, desde la Edad del Bronce, también ha sido objeto de interés divino, elevándola a la categoría sagrada del Olimpo, formando parte de la Mitología de la antigüedad clásica.

El azafrán procede de las mesetas de Anatolia, y desde aquella península asiática se extendió su cultivo en todas direcciones, propiciado en gran parte a los árabes, quienes aprovecharon la mítica “Ruta de la Seda”, en sus transacciones comerciales con Oriente (la India, China, Tailandia), y el “Mare Nostrum” de los romanos, para trasladar a Occidente el misterio de esta especia, llegando a la península Ibérica en los siglos VIII y IX, durante el Califato de Córdoba, desde donde se extendió su cultivo a la mayor parte de los territorios de al-Andalus.

Se da referencia de que fueron los árabes quienes lo introdujeron en la península Ibérica con el nombre de “ az–za ́f aran”, que significa color amarillo. Los árabes eran expertos en flores , las palabras amapola, añil, azucena, azahar, lila , alhelí … también nos vienen del árabe, entre otras cuatro mil. La lengua española recogió estas palabras durante los setecientos años de presencia árabe en España.

“Safra”, el nombre de azafrán en persa. Se ha registrado la hipótesis de que fueron los persas los iniciadores del consumo de azafrán en su condición de condimento. Tampoco se descarta la idea de que los persas fueron los primeros exportadores de la especia a Egipto, debido a los amplios conocimientos que este pueblo atesoraba sobre las técnicas de cultivo.

El azafrán, perteneciente al género Crocus, es una planta que goza de una majestuosa belleza, debido a sus pétalos de color violáceo intenso en forma acampanada que se manifiestan en la flor.

Se trata de una iridácea que se reproduce por bulbillos que nacen del bulbo (o cebolla) principal, las flores suelen ser estériles. De los bulbos nace un tallo con hojas alargadas que culminan en una especie de rosa (la rosa del azafrán). La flor del azafrán es de color violeta y su pistilo termina en tres estambres amarillo-rojizos. Estos estigmas constituyen las briznas del azafrán propiamente dicho. Se necesitan 500.000 flores para preparar un kilo de hebras de azafrán, lo que da idea del trabajo que supone la recolección de esta especie, cuyo período de maduración en otoño dura un corto número de días.

A finales de la Edad Media una libra de azafrán costaba lo mismo que un caballo. En 1444 Johst Findeker fue condenado a la hoguera en Nüremberg por vender azafrán adulterado, igual suerte corrió una mujer llamada Ells Pfraghenin en 1456 . También en Francia el rey Enrique II en 1550 decretó que quien adulterase el azafrán sería sometido a castigo corporal. Enrique VIII en Inglaterra, prohibió el empleo de azafrán como tinte para la ropa blanca que empleaban los irlandeses, ya que consideraba que no era un uso digno para una especia tan preciosa. El azafrán se falsifica con las flores del cártamo (alazor), pero el sucedáneo carece de olor y de sabor, aunque proporciona fuerte coloración amarillo rojiza.

El azafrán sirve simultáneamente para dar olor, color y sabor a muchos platos típicos europeos y asiáticos. El sabor se lo da la picrocrocina, un principio amargo; el aroma proviene de un glucósido que al hidrolizarse produce safranal; el color proviene de un carotenoide; crocina, que tiene una gran capacidad de tinción.

Entre los platos que se pueden preparar con azafrán está la paella española, el risotto italiano y la bullabesa francesa. La Bullabesa es un plato muy famoso, inventado por los habitantes de Marsella luego que los fenicios llevaron el azafrán a sus costas. Existe una versión que dice que este plato fue inventado por una mujer francesa con la intención de que su esposo al disfrutarlo, le provocara sueño … y mientras él durmiera, ella podría ir al encuentro de su amante. Esta historia bien puede estar basada en la leyenda sobre Venus, su marido Vulcano y su amante Marte, en la que el arte culinario se mezcla con el arte del engaño matrimonial, aderezado todo ello con la aromática especia.

Desde los sumerios hasta la actualidad, el azafrán ha dado la vuelta al mundo y ha sido capaz de deleitar a gente de todas las razas y condiciones. Muchas de las naves de los fenicios tenían todo su espacio de carga ocupado por el azafrán, y diseminaban por los diversos países todas las diferentes formas en que podía usarse. Ellos mismos lo utilizaban para cocinar y como tinte. La forma de hacer estos tintes era diferente según cada época y pueblo.

La cosecha del azafrán es sumamente especial, pero su aroma se convierte en la recompensa a tanta delicadeza y a tanta paciencia. Ya en los textos médicos sumerios se advierte sobre la adicción a su olor y sabor, y era utilizada de forma medicinal por los sumerios y por sus dioses. Los persas aumentaron sus usos y refrescaban con él sábanas y almohadas para inducir a un sueño tranquilo. Además, “juraban que una taza de infusión de azafrán aliviaba la melancolía; una bolsita llena de azafrán que colgara del cuello y se moviera encima del corazón, encendería el amor”. Los jardines persas se convirtieron, gracias al cultivo crocos, en pequeños paraísos. También fueron ellos quienes empezaron a usar el azafrán para que su alimento fuera algo más que sabroso, “para que sus comidas fueran tan fragantes y bellas como todo lo demás en sus vidas. El acto de comer se transformaría en un ardor casi religioso”.

En Creta, el azafrán fue usado como tinte para cosméticos y textiles y a los egipcios les servía también para realzar su tono bronceado. Ambas civilizaciones lo añadían a sus perfumes, pero “en el uso del azafrán se revela claramente la diferencia de temperamento de los cretenses y los egipcios, pues los primeros lo empleaban por su encanto huidizo y refinado, mientras que para los egipcios tenía un significado más permanente y valioso”.

En la civilización egipcia, la influencia de la creencia en los dioses se transmitía a sus actividades utilizándose el azafrán como un componente ritual, así, por ejemplo, en sus banquetes acostumbraban a rodear el borde de sus vasos de vino con guirnaldas de flores de azafrán y en sus procesiones religiosas, acostumbraban a esparcir pétalos de azafrán junto con otras plantas aromáticas. Además de utilizar el azafrán para embalsamar a sus faraones, en el proceso de momificación, la última capa de tela, de lino, se teñía con la especia hasta el reinado de Ramsés II. En diversos papiros se citan los preparados a base de azafrán como remedio para reducir achaques y dolores, el azafrán tenía un papel principal en todo cuanto tenía relación con el estómago y también para problemas de dientes y ojos. Los egipcios sabían valorar el azafrán por su aroma y agradable sabor, además de proporcionar un excelente tinte, así como infinidad de usos técnicos de la vida doméstica. La certeza de esta existencia es posible visualizarla en diversos grabados de tumbas y templos del Alto Nilo, donde aparece plasmada la flor del azafrán a la vez que se pueden observar gráficos de los métodos de su cultivo.

Lo único que nos resulta permisible, como evidencia tangible de que la especia jugó en China un papel equiparable, en cierto modo, a aquél que había desempeñado en las antiguas civilizaciones mesopotámicas, es reseñar la evocación de dos costumbres tradicionales chinas, practicadas con carácter simbólico desde tiempos ancestrales, consistentes, la primera de ellas, en espolvorear con azafrán molido las vestiduras de los visitantes como prueba de hospitalidad; la segunda, en el intercambio entre familias, como testimonio de afecto y amistad, de un plato de arroz con azafrán al que los chinos han venido denominando ”arroz dorado”. Ambas acciones ponen de manifiesto las connotaciones de la especia con prácticas asociadas a rituales clásicos presentes en otras culturas. Cabe destacar el protagonismo desempeñado por el color amarillo como símbolo en la vida y las costumbres del pueblo chino. Las tejas eran amarillas, como amarillos eran los ladrillos con los cuáles se hallaban pavimentados los patios de numerosos palacios; amarillas eran las libreas que lucía el emperador, adornadas con dragones de oro y las que vestían los integrantes de la guardia imperial, así como banderas, quitasoles, túnicas, y otros artículos y objetos de uso común por parte del pueblo chino. El azafrán constituyó, de hecho, uno de los productos más utilizados por la industria para teñir gran número de artículos y elementos de ese simbolismo

 Sobre la India, una civilización que cuenta con 5.000 años de historia conocida, parecen con algún lujo de detalle, aspectos relacionados con el azafrán y su entorno.

En el papiro egipcio, se deja constancia que por la misma época, es decir, 4000 años a.C. ya era utilizada en la India la cúrcuma, una especie de azafrán – Kurkuma en sánscrito es igual a azafrán – para dar color y sabor al arroz milenario, junto a la pimienta y al cardamomo. Según breves apuntes contemplados en documentos, se revela que en el año 2000 a.C. , el azafrán ya era utilizado en este misterioso país como planta tintórea, revelación que merece plena credibilidad si tenemos presente el simbolismo de la planta y el color de la especia en las costumbres del pueblo hindú. Las vinculaciones del azafrán con el comportamiento social de los hindúes, cuya exaltación se halla, sin duda, en la adopción del color de la especia como signo distintivo para sus hábitos religiosos por parte del budismo. En el Tibet, los lamas fueron y continúan siendo denominados por los acólitos con el nombre de “Túnica azafrán” por ser éste el color de las mismas. Fuego y azafrán se hallaron presentes en cultos litúrgicos oficiados en los templos, formando parte del incienso que en estos recintos se expandía como práctica ritual de las ceremonias religiosas. Los Rajas Hindúes cuando eran derrotados en la guerra se vestían con trajes ornamentados con flores de azafrán para ingresar a la hoguera y cometer suicidio …

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Por siempre Wagner

Richard Wagner

Hace doscientos años, el 22 de mayo de 1813, nació el artista que es para muchos el mayor genio de la especie

«¡A qué viene tanta historia con el wagnerismo!», clamó Daniel Barenboim. «No oigo hablar de mozartismo ni de beethovenismo, y menos de sociedades dedicadas a su culto en todo el mundo». Me dejó clavado a la silla. Era yo el involuntario provocador de su ira, con una inocente introducción al coloquio que quiso compartir con los wagnerianos de Las Palmas de Gran Canaria. No supe qué decir, y nada dije. Parecía incoherente que uno de los más grandes intérpretes vivos del «Canon de Bayreuth», como se denomina el conjunto de los diez principales dramas wagnerianos, cargase tan enojado contra una manera de hablar puramente indicativa, sin asomo de latría o fanatismo. Después de darse gusto con el responso, remató de esta manera: «Como persona, Wagner no lo merece; como artista, no lo necesita». Judío de sangre y religión, Barenboim no es precisamente sospechoso de antiwagnerismo. Tiene en su haber algunas de las producciones referenciales de los siglos XX y XXI, ha sufrido serios disgustos en Israel haciendo sonar la única música excomulgada por el Estado (a veces a traición y fuera de programa, como bis de un concierto sinfónico) y, viniendo a lo más personal, le he visto llorar al final de un Tristán e Isolda que dirigía en su LindenOper berlinesa. Los que conocieron esa preciosa arquitectura del imperio prusiano (ahora en reformas) saben que en el centro de la primera fila de butacas (donde yo estaba) el director sobresale del foso y está tan próximo como el vecino de al lado.

Pasado y futuro del mundo en 16 horas

Doscientos años después de su nacimiento y a ciento treinta de su muerte, la actualidad de Wagner es permanente. La escisión entre las mezquindades de su vida y la suprema gloria de su obra sigue levantando pasiones como las que forzaron a Luis II de Baviera -que enfermaba y languidecía lejos de su música- a expulsarlo de Munich después de haberle cedido un palacio, pagado sus deudas portentosas y procesado el escándalo de su vida adúltera con Cosima von Bülow en la provinciana capital de un pequeño reino que, como tantos otros hasta un total de casi cuarenta, acabaría abducido por Bismarck para su káiser.

El insoportable ególatra nacido en Lepzig el 22 de mayo de 1813 es hoy considerado por muy respetables estudiosos como el más grande de los genios de la especie. El conjunto de sus dramas, especialmente la tetralogía El anillo del nibelungo, en la que invirtió 25 años de trabajo y dura 16 horas, es, para ellos y para otros más sensibles que estudiosos, la mayor obra de arte de la Humanidad. Produce escalofrío la simple evocación de las creaciones del arte y el pensamiento que quedan por debajo de ese nivel después de habernos acompañado toda la vida enseñándonos a sentir y discernir. Suena frívolo hablar del genio en términos de «ranking», pero es un hecho que la onda expansiva del wagneriano no ha tocado techo ni parece que pueda alcanzarlo si se tiene en cuenta que todos los cambios del mundo y de las sociedades, profundamente transformados desde las revoluciones y las guerras del siglo romántico, siguen latentes en una interpretación de los mitos wagnerianos que, tarde o temprano, siempre llega. Los pseudo-cuentos infantiles de sus dramas mitológicos adquieren en el análisis de los filósofos y los sociólogos la profundidad de campo que les permite totalizar una concepción integral del mundo, sea cual sea la ideología del visor aplicado. El dramaturgo británico George Bernard-Shaw, que asistió en 1876 a la inauguración del teatro de Bayreuth con el estreno de la Tetralogía completa, fue el primero en elaborar una lectura rigurosa y convincentemente socialista del Anillo (su libro El perfecto wagneriano es constantemente reeditado); pero de entonces a hoy se han diversificado los enfoques ideológicos con asombrosa solvencia intelectual.

En ocasiones no son los ensayistas, sino los grandes artistas de la dramaturgia y la escenografía, los que muestran intuiciones iluminadoras en el campo de creación propio de Wagner, buena prueba de su capacidad inspiradora. Porque siendo uno de los operistas más representado de nuestro tiempo, justo después que Verdi y Puccini, la bibliografía a él dedicada es muchísimo mayor y los revolucionarios del teatro se sienten llamados a probar su invención con Wagner, mucho más que con los italianos. En este punto es obligado citar la nueva era iniciada en 1976 por Patrice Chereau y Perre Boulez, cuando el festival celebraba el centenario del estreno de la epopeya de la toma del poder, por la criatura humana, vencedora de un cosmos poblado por decadentes dioses, gigantes en extinción, héroes caídos en combate y ambiciosos enanos, alegorías, en definitiva, de la especie humana y su presencia en el mundo. Esta idea de la humanización de los poderes de la Tierra, y la de redención por amor, tomaron sucesivamente cuerpo en escenas concebidas en el núcleo de la revolución industrial del XIX (las de Chereau-Boulez), la lucha de clases, la tensión de los bloques político-ideológicos, la destrucción de la Tierra por el armamento nuclear, la conquista del espacio o el envenenamiento de la naturaleza; es decir, todas y cada una de las preocupaciones colectivas de la especie, simbolizadas en la peripecia profunda de unos personajes fantásticos que siguen cantando en versos inflamados un texto de apariencia esotérica. Sin la menor intención de caer en comparaciones, me pregunto si sería posible una presentización semejante -sin alterar una sola palabra- de la tragedia griega, el Fausto de Goethe o la dramaturgia de dos genios españoles que Wagner amaba por encima de toda medida: Cervantes y Calderón.

 «Nazificado»

Obviamente, entre esas concepciones que encuentran el mundo en los versos y, sobre todo, la música de Wagner, están las pronazis. El artista fue «nazificado» más de medio siglo después de su muerte por el oportunismo de un Reich que, con la persecución de los judíos y el Holocausto, empobreció la cultura alemana hasta asfixiarla y se vio en la necesidad de falsear creaciones de primera calidad como la filosofía de Nietzsche (malgré su origen polaco) o la dramaturgia de la música de Wagner, para ubicarse fraudulentamente en el proceso histórico. En el «Canon de Bayreuth» no hay un solo instante antijudío, y los que glorifican la cultura alemana (los torneos poéticos de Tannhäuser y Los maestros cantores de Nuremberg, por ejemplo) lo hacen sobre referencias históricas, no ideológicas. Tan solo en Los maestros cantores hay un canto, el monólogo final de Hans Sachs, en loor de la herencia cultural y la exigencia de defenderla de los enemigos que la acosan, pero ningún verso alude, siquiera indirectamente, a los judíos como causantes del peligro. Por lo demás, los mitos del Anillo son más escandinavos que alemanes y proceden del tronco común de las lenguas indoeuropeas, mucho más extenso que el suelo alemán en toda su historia y derivado de remotas leyendas caucásicas, como explica la imponente escenografía de George Tsypin para el Anillo de Gergiev en San Petersburgo, que pudimos ver en espacios españoles. El mar de El holandés errante también es escandinavo, el país de Lohengrin es Brabante, Tristán e Isolda sucede entre Irlanda y Cornualles, y el centro simbólico de Parsifal es Montsalvat, mítico enclave pirenaico.

La ópera que Hitler prefería no era una de las del «canon» sino Rienzi, tribuno romano y después dictador, en el que el «führer» se veía reflejado a despecho de su trágico final. Hitler demostraba con ello un débil criterio estético, pues ese modelo de «gand opera» a la Meyerbeer, larguísimo y un poco plasta (las dimensiones sublimes de la Tetralogía, Meistersinger o Parsifal son otra cosa) no es precisamente lo mejor de Wagner. El problema fue que los propagandistas del tirano encontraron un filón en su obra y en el fanatismo pronazi de la nuera del genio, la inglesa Winifred Williams, que se adueñó de todo el legado a la muerte de su esposo Siegfried -único hijo varón- y de su suegra Cósima, abriendo Bayreuth al monstruo y sus soldados, que gozaron de representaciones reservadas a ellos.

No cuajan los exorcismos

Wagner y su obra fueron instrumentalizados de una manera despreciable hasta la caída del Reich. Winifred pretendía seguir dirigiendo el teatro y el festival en su reapertura de 1951, pero fue políticamente separada por su hijo Wieland para que el poder no saliese de la familia, aún cuando él mismo mantenía una solapada tendencia pronazi. Pero ya era otra generación. Genial escenógrafo de abstracciones poéticas en medio de las restricciones económicas de la posguerra, Wieland murió pronto y fue su hermano Wolfgang el que tomó las riendas durante más de 50 años, justamente hasta su muerte 2008. Dos libros recientes, El clan Wagner y La familia Wagner, abundan en los avatares de esta tribu singular, uno más sensacionalista y el otro más serio, pero la biografía más completa y fiable sigue siendo la de Martin Gregor-Dellin.

El sambenito antijudío y pronazi también fue calando con el tiempo y es un forúnculo de muy difícil cura. Katharina Wagner, biznieta, que junto a su hermanastra Eva dirige hoy el cotarro de Bayreuth (con riesgo de que el Estado federal y el land de Baviera, que lo pagan, les quiten el mando) intentó con la dramaturgia y la escena de Parsifal más rica e innovadora de las últimas décadas (la del noruego Stepahn Herheim, última en el cartel del festival) el exorcismo casi heroico de llenar el escenario de banderas y gallardetes rojos con la esvástica, pero no consiguió el posicionamiento liberador y crítico que pretendía. De hecho, Katharina ha impedido difundir la producción en DVD. Y es muy reciente la retirada de cartel de un nuevo Rienzi en la DeutscheOper berlinesa por coincidir -no deliberadamente- la fecha prevista para el estreno con un aniversario de Hitler (escándalo monumental). La RheinOper de Düsseldorf retiró el pasado día 7 de mayo un Tannhäuser con escenas del Holocausto. «Cruda, funesta smania!», diría Verdi. La mala conciencia del genocidio judío sigue viva en Alemania, y la vigilancia israelí sobre cualquier salida del tiesto hace lo demás. Que esto siga pillando en medio a uno de los genios mayores de nuestra especie, absolutamente ajeno a todo ello, no deja de ser un signo de contradicción inasumible.

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El cadáver de Arafat será exhumado el próximo martes

Dos equipos científicos, uno francés y otro suizo, serán los encargados de probar si el líder palestino murió envenenado por polonio. Una delegación rusa se encargará de supervisar los trabajos.

El cadáver del histórico dirigente palestino Yaser Arafat será exhumado el próximo martes por un equipo de expertos franceses y suizos, bajo la supervisión de una delegación rusa, con el fin de tomar pruebas que ayuden a esclarecer las razones de su muerte. «El próximo día 27 la tumba será abierta sin ninguna presencia de los medios de comunicación», dijo en rueda de prensa Taufik Tirawi,presidente de la comisión creada por la Autoridad Nacional Palestina (ANP) para esclarecer las razones de su muerte en 2004.

Tirawi, que compareció este sábado ante los medios para explicar los procedimientos para la exhumación del cadáver y las investigaciones in situ, afirmó que todo se hará de acuerdo a la «soberanía palestina». «Hay un acuerdo entre los palestinos y las diferentes partes», dijo el destacado funcionario y explicó que el equipo judicial francés a cargo del caso se ocupará de la investigación en el terreno pero «sólo la fiscalía palestina tomará testimonio a la gente» que le rodeó en sus últimos días en Ramalah.

La muerte de Arafat fue denunciada el pasado verano a un tribunal galo por su viuda Suha, después de que, con la ayuda de la cadena de televisión Al Jazira, un instituto científico suizo descubriera restos de polonio en algunas de sus ropas y pertenencias más privadas. 

Según Tirawi, en la toma y análisis de pruebas biológicas del cadáver participarán dos equipos científicos, uno francés y otro suizo, y «los resultados de estas serán entregados inmediatamente a los palestinos». «En un principio los franceses rechazaron hacerlo pero el acuerdo final así lo exige», aseguró. La delegación rusa actuará como observadora de todo el proceso, por petición expresa del presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abás. 

Arafat murió en un hospital militar cerca de París el 11 de noviembre de 2004 después de varias semanas de agonía en Ramalah, donde llevaba tres años cercado por Israel. El rápido deterioro de su salud alentó todo tipo de conspiraciones sobre un posible envenenamiento, teoría que se vio reforzada por el descubrimiento del polonio. A principios de noviembre el equipo de investigadores suizos efectuó una revisión preliminar de la tumba en Ramalah, y a continuación comenzaron los trabajos para la apertura de la tumba, situada a escasos metros del lugar donde estuvo confinado antes de ser trasladado a Francia, la mukata.

Fuente: El Diario de Sevilla

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