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Recepción del pensamiento árabe por la Edad Media Occidental

Resumamos, entonces, lo más importante de la recepción del pensamiento árabe por la Edad Media occidental. En primer lugar, fueron los árabes quienes dieron a conocer a Europa el pensamiento filosófico de Aristóteles, la ciencia médica de Hipócrates y Galeno, la geometría de Euclides y la astronomía de Ptolomeo. Con ello hicieron posible el auge de la filosofía escolástica medieval. Es verdad que en un comienzo los estudios aristotélicos de tendencia arabizante fueron combatidos por la Iglesia; pero ya en 1366 el Papa impuso a los candidatos a la Licenciatura en Artes la obligación de haber estudiado los tratados aristotélicos que antes habían sido condenados. Con ello, la chispa encendida por los pensadores árabes se convertía en hoguera.

En segundo lugar, junto con las obras científicas griegas, los árabes legaron a Europa el interés por la investigación científica de la naturaleza, en la que ellos mismos habían alcanzado niveles de excelencia insospechados para los occidentales.

Los árabes fueron los grandes impulsores que sembraron en Europa la semilla que conduciría a la germinación del pensamiento occidental. En el siglo XVI se borraron los últimos vestigios de la influencia de la filosofía árabe en Occidente, pero ya el pensamiento europeo estaba maduro para empezar a recorrer su propio camino en forma independiente.

Por el Prof. Joaquín Barceló L.


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Maná – El Mann Árabe – El pan de Dios

“Mira, yo haré llover sobre vosotros pan del cielo; el pueblo saldrá a recoger cada día la porción diaria; así le pondré a prueba para ver si anda o no según mi ley. Mas el día sexto, cuando preparen lo que hayan traído, la ración será doble que la de los demás días.” – Éxodo 16: 4 y 5.

¿Qué es el maná?

Algunos expertos creen que el maná de la Biblia, el alimento que Dios dio a los israelitas, era el liquen Lecanora esculenta, o alguna especie emparentada con él. Cuando está seco, puede ser arrancado del suelo y transportado por el viento, produciendo, en el sentido bíblico, una lluvia de alimento.

Algunos eruditos han propuesto que el maná deriva de una palabra egipcia mennu que significa ‘alimento’. A finales del siglo XX, los árabes residentes en la Península del Sinaí vendían la resina del árbol del tamarisco como man es-simma, que significa ‘maná celestial’.

Los árboles de tamarisco son muy abundantes en el sur del Sinaí, y su resina es similar a la cera, se derrite con el sol, es dulce y aromática, (como la miel), y tienen un color amarillo sucio, coincidiendo con las descripciones bíblicas. Sin embargo se compone de azúcar, así que no puede proporcionar la suficiente nutrición para que una población sobreviva durante largos periodos, y sería muy difícil convertirla en tortas.

Algunos etnomicologistas, como Terence McKenna, indican que la mayor parte de las características del maná son similares a las de los hongos Psilocybe cubensis, que tienen un efecto enteógeno 1, a la vez que provocan la pérdida del apetito.

Los árabes siguen recogiendo este liquen y lo mezclan con grano molido para hacer pan. Otra hipótesis interesante es la que sugiere Robert Graves, que menciona en uno de sus libros que el Maná bíblico era psicoactivo. Él propone que la secreción dulce del arbusto tamarix mannifera, al fermentar, era propensa a albergar un hongo que contenía un principio psicoactivo. En la Biblia hay varias referencias que parecen encajar con la hipótesis de Graves, y con el Maná como alimento divino.


El Mann Árabe

En árabe esta sustancia se conoce con el nombre de mann y no depende del hebreo. En hebreo se desconoce el significado de la palabra “maná” y por tanto, luego surgió una etimología popular que relaciona aquella palabra con una expresión del versículo 15 que da cuenta de la reacción de los israelitas cuando vieron por primera vez la sustancia en cuestión ellos se preguntaban: ¿Qué es esto? o ¿Ésto es maná?, (en hebreo: man hu).

En 1986 se encontraron unos manuscritos antiguos que hacen referencia al maná describiéndolo como semillas parecidas a las de la mostaza y del color de los dátiles de Siria. Científicos británicos descubrieron en estos antiguos manuscritos que hacen referencia a un Ketuvim en Akhaar, al sur de Canaan, que databan del 1050 a.C. en los que se describía físicamente el maná. En el salmo 78 de la Biblia, se muestra la fidelidad de Dios hacia Israel. Entre todas las ayudas proporcionadas se menciona el maná. Los hebreos en el desierto no sabían qué era ni de dónde provenía, sólo lo veían en la mañana, esparcido sobre el campo. Según la Biblia, el maná caía durante la noche en pequeñas hojuelas blancas o granos que cubrían el suelo y tenían la apariencia de escarcha blanca.

Descripciones bíblicas de Maná

En el libro del Éxodo se le describe apareciendo cada mañana después de que el rocío hubiera desaparecido. Pero los hebreos se hartaron de comer solo maná y pidieron comer otra cosa. Dios, entonces, les reprocha por cuanto rechazan una comida que es trigo del cielo”, “pan de nobles”. Este término, “nobles”, es hasta el día de hoy dificultoso para traducir. Unos lo traducen como “ángeles”, otros como “poderosos”, también “nobles”, es decir, una casta especial, pero celestial.

Según descripciones bíblicas, los ángeles no se alimentan con este maná por cuanto son seres ígneos, incorpóreos. Entonces, ¿quiénes son estos nobles del cielo?, ¿existe otra categoría de seres en el universo además de los ángeles? Un interrogante aún sin develar.

Se sabe que dicho maná no fue extraído de ninguna planta del desierto. Una investigación realizada hace poco tiempo nos indica que ése maná tenía todas las vitaminas necesarias para la subsistencia. Hay quienes se atreven a pensar que era una mezcla de cereal con miel. El enojo manifestado por Dios se debe precisamente al haber rechazado un alimento tan nutritivo y de liviana digestión, al que sólo los nobles del cielo tienen el privilegio de acceder.

Estos granos son descritos como semejantes a semilla de cilantro y bedelio, con un sabor a torta de miel, o a pan untado con aceite de oliva. El maná cayó por primera vez cuando los israelitas estaban en el desierto de Sin, seis semanas después de su salida de Egipto, en respuesta a sus murmuraciones por las privaciones de la vida en el desierto y de ahí en adelante caía diariamente, excepto en el sábado, hasta que llegaron a Guilgal, en la planicie de Jericó.

Durante estos años el maná fue su principal pero no único alimento, pues el pueblo de Israel lo comió y disfrutó cada día durante 40 años hasta que entró a poseer la “buena tierra”, traducción literal del hebreo antiguo. Aunque algunas traducciones se refieren a la “tierra prometida”, diferentes acepciones que sin lugar a dudas tienen un significado diferente, ya que Prometer a los hebreos vivir en la “buena tierra” no tendría relación con la traducción de la promesa de poseer la “tierra prometida”.

El maná debía ser recogido por la mañana, pues el calor del sol lo derretía. La cantidad a ser recogida se limitaba a un gomor, (gomer, entre seis a siete pintas), por persona; pero en la víspera del sábado se debía recoger una porción doble.

Cuando se guardaba, por la noche se pudría y se llenaba de gusanos, excepto la porción que se guardaba para las noches del viernes para el sábado.

Aunque era comestible en su estado natural, usualmente se molía en la muela o se machacaba en un mortero y luego se hervía y se hacían tortas. Como recordatorio para futuras generaciones, una vasija llena con maná se colocaba cerca del Arca de la Alianza.


Con información de  Veritas


Notas:
  1. Un enteógeno​ es una sustancia vegetal o un preparado de sustancias vegetales con propiedades psicotrópicas, que cuando se ingiere provoca un estado modificado de conciencia.

 


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Orígenes de la medicina y la farmacopea

Escritura cuneiforme en arcilla, con recetas médicas de físicos de Nippur, Mesopotamia.

No es difícil pensar que aquellos hombres que guerrearon con caníbales y depredadores animales, recibieron heridas, comieron venenos y sufrieron enfermedades favorecidas por los intensos cambios de temperatura. Alguna forma de sanación debieron emplear, lógicamente asociada a creencias mágicas, religiosas y a fetiches, pero también al uso de algunos elementos encontrados en el planeta azul.

Los espíritus malignos eran inducidos a abandonar el cuerpo por medio de conjuros, por masajes, por trepanaciones, (práctica quirúrgica extraordinariamente antigua), y además por prescripciones de naturaleza repugnante y sabor desagradable, características que hasta no hace muchos años eran muy peculiares de los remedios, pero que en aquellas épocas tan antiguas tenían por objeto erradicar a los demonios.


Además del concepto de seres sobrehumanos, dioses que tenían poder sobre las enfermedades y las fuerzas de la naturaleza, surgieron supersticiones y brevajes, a los que se les asignaba un eventual poder curativo. Por instinto, y observando además a bestias, aves y animales domésticos, descubrieron que estos se trataban sus propias dolencias al comer tal o cuál hierba; ellos siguieron su ejemplo, y por medio de un lento y doloroso proceso de ensayo y error, aprendieron a distinguir los venenos de los alimentos y de las plantas con poder curativo.

Quizás aquellos primeros remedios incluían algunos órganos de animales y también ciertos elementos minerales. Las primeras aplicaciones externas para aliviar el dolor, las heridas, los golpes y fracturas, pudieron haber sido el agua fría, una hoja, la mugre o el lodo. Se lo aplicaron primero para aliviarse a sí mismos y luego para aliviar a otros.

Vale la pena anotar que el color rojo guarda importancia en las primeras medicinas, (en parte por ser el color de la sangre), también se usaba en embalsamamiento de las momias, (y aún todavía), pues da aspecto de vida, colgaduras rojas anti-viruela en los cuartos de los enfermos, franela roja contra la ronquera, hilo rojo en el cuello contra el sangrado nasal, o píldoras rojas en la antigua China.

De la prehistoria, pasando por las edades de bronce y hierro, llegamos a las primeras civilizaciones. Probablemente en tiempos similares, (unos 3.000 años A.C.), aparecen los pueblos de la Mesopotamia: sumerios y acadios, pero particularmente los babilonios; y adicionalmente los egipcios, en el Norte de África, los chinos y los indios, todos con su cultura tribal, algo agrícola y un poco más sedentaria, y también con sus pócimas, hierbas y rudimentarios procesos de farmacia.

Y todos acudieron a los dioses, para que tuviesen compasión, por lo que aquellos sanadores babilonios, (2.600 años A.C.), eran a la par sacerdotes, médicos y farmaceutas, pues según las tablillas cuneiformes de arcilla que se han descubierto, fueron los primeros boticarios. Empleaban la adivinación para descubrir el pecado cometido por el enfermo y como método común tenían el examen detallado del hígado de animales sacrificados, conocido como “hepatoscopia”.

Anotaban los síntomas de la enfermedad, procediendo luego con las recetas y las instrucciones para preparar los compuestos; aunque la farmacopea era en gran medida vegetal, ciertos preparados han sido difíciles de identificar, pues les asignaban nombres curiosos como “grasa de león o “aliento de bebé”. De las medicaciones que han sido identificadas, hay extractos de plantas, resinas y condimentos; algunos de estos preparados tenían propiedades antibióticas o antisépticas, y enmascaraban el mal olor de las heridas.


El aceite era el principal bálsamo para las heridas abiertas, lo que prevenía la adherencia del vendaje. Sin embargo no hay que olvidar el importante efecto placebo que tenían muchos de estos menjunjes pues los pacientes consideraban que los médicos podrían curarlos o aliviarlos con sus compuestos.

En la lengua sumeria por ejemplo, la misma palabra significa “medicina” y “vegetal”. De los babilonios nos queda el famoso código del rey Hammurabì que en su parte de medicina es la primera reglamentación ética y legal donde se castiga la mala práctica de los médicos.

Por A. Jácome Roca

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