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Refugiados sirios en América Latina

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Tienda de dulces árabes regentada por un refugiado sirio en Quito. | Foto ©Esteffany Bravo

Salieron de Siria huyendo de la guerra, pero tomaron un rumbo distinto al de la mayoría. En vez de embarcarse en una peligrosa e incierta travesía hacia Europa a través del mar Mediterráneo, prefirieron montarse en un avión con destino a América Latina. Desde que comenzó el conflicto armado en 2011, más de 5.000 sirios han optado por iniciar una nueva vida en la región.

«Vine a Ecuador porque en este país no me piden visado para entrar», cuenta Wahed, nombre ficticio de un refugiado sirio que pide ocultar su identidad. «Cuando estaba en Siria, pensé en arriesgarme en el mar junto a mi familia para llegar a Europa, como mucha gente ha hecho. Pero luego un amigo que vive en Ecuador me dijo que podía ir a trabajar con él. Por eso vine hasta aquí», explica este hombre de mediana edad y de tez clara procedente de Idlib, una ciudad cercana a la frontera turca en disputa entre el gobierno sirio y diferentes grupos rebeldes.

«Tuve que dejar a mi familia en Siria», manifiesta con pesadumbre. Wahed lleva más de un año en América Latina. Ahora regenta una tienda de dulces árabes en Quito llamada Siria, como su país. «Los hace buenísimos», afirma su amiga libanesa, que ejerce de traductora durante la entrevista.

En los últimos cinco años, al menos 5.413 ciudadanos sirios han llegado a América Latina, según ACNUR. La gran mayoría de ellos, el 87%, decidió solicitar refugio en Brasil. Desde 2013, el gigante regional ha mantenido una política de puertas abiertas hacia los refugiados sirios, concediendo más de 8.000 visados humanitarios.

«Brasil ha tenido un rol muy importante en el tema de derechos de los refugiados en América Latina: no solo porque ha propiciado políticas o cuenta con un sistema de asilo bastante eficiente, sino porque también ha motivado a que otros países de la región promuevan políticas similares», confirma Karina Sarmiento, directora para América Latina de la ONG Asylum Access.

Jalil es uno de los miles de sirios que solicitó un visado humanitario en un consulado brasileño. Lo hizo en Estambul, después de haber sido deportado desde Dubái en su intento por llegar a América Latina. Este ingeniero eléctrico originario de Latakia, en la costa siria, decidió abandonar el país para evitar ser reclutado por un grupo armado. «Elegí venir a Ecuador porque mi hermano lleva 18 años viviendo aquí», describe. Su viaje, que duró un total de 23 días, no fue ni mucho menos un paseo idílico.

«En Dubái no me dejaron pasar por ser sirio»

«Fui en coche a Líbano, donde cogí un avión a Estambul. Desde allí volé a Dubái. Mi viaje tenía que ser desde Dubái hasta Sao Paulo y desde Sao Paulo a Quito. Pero como soy sirio, me pararon en Dubái durante tres días y perdí mi vuelo», recuerda el joven. Compró otro billete para ir de Dubái a Rio de Janeiro, desde allí a Lima y luego a Quito. Pero de nuevo se chocó con la negativa, y vuelta a Estambul. «Tenía papeles y una invitación firmada por el gobierno, pero no me dejaron pasar por ser sirio, por mi pasaporte. Estuve allí siete días en Estambul, fui al consulado brasileño y conseguí un visado.

«Finalmente llegué a Ecuador desde Estambul, pasando por Sao Paulo. Todo esto duró 23 días. Gasté 7.000 dólares porque perdí dos billetes de avión. Pasé mucho sufrimiento, mucho dolor. Todo por ser sirio, por mi pasaporte», continúa Jalil en un inglés entrecortado, salpicado por la rabia de un árabe que se sabe discriminado por otros árabes.

La mayoría de sirios que llegan a América Latina son profesionales de clase media-alta, según Gómez, experta en migraciones internacionales. El viaje desde Siria hasta Ecuador cuesta alrededor de 2.000 euros, mientras que viajar a Europa a través del mar supone un gasto aproximado de 4.000 euros.

En el caso de este sirio padre de tres hijos, Brasil solo fue un país de tránsito en su cruzada por escapar de la guerra. Tuvo que dejar a su familia atrás, dado que no contaba con el dinero suficiente como para pagar el viaje a su esposa e hijos. «He venido aquí para trabajar con mi hermano, necesito dar de comer a mi familia. Ahora les envío dinero todos los meses», desvela Jalil, quien no quiere revelar su verdadera identidad por miedo a que su familia sufra represalias.

Los más de cinco años que ya dura la guerra en Siria se han saldado con un balance catastrófico para la población civil. De los 23 millones de personas que vivían en Siria antes del inicio del conflicto armado, en la actualidad casi 5 millones han tenido que abandonar el país en busca de protección internacional, mientras que casi 7 millones son desplazados internos.

La tradición humanitaria de América Latina

«América Latina ha demostrado a lo largo de su historia una tradición humanitaria de mantener sus puertas abiertas», asegura Sonia Aguilar, directora de comunicación de ACNUR en Ecuador. «Durante décadas, los países han buscado respuestas ante el desplazamiento forzado. Desde la propia experiencia, como demuestra la existencia de la Declaración de Cartagena de 1984, la región mantiene tanto en su acervo legal como en sus prácticas, una orientación hacia la acogida. Y en ese sentido, América Latina ha asumido un compromiso importante para apoyar en una respuesta humanitaria frente a la crisis que viven los refugiados del conflicto en la República Árabe Siria», declara la portavoz de ACNUR.

Esa disposición latinoamericana hacia la acogida de personas perseguidas puede explicarse por la propia historia de la zona. Las dictaduras del Cono Sur y los conflictos en Centroamérica y en Colombia afectaron a miles de personas, que se vieron obligadas a huir de sus países en búsqueda de protección. Como consecuencia, los estados latinoamericanos firmaron la Declaración de Cartagena, un documento clave que amplió la definición de refugiado y permitió que fueran reconocidas como tales no solo las personas perseguidas por su raza, religión, nacionalidad o ideas políticas, sino también aquellas personas que huían de situaciones de violencia generalizada.

Falta de ayudas

En septiembre de 2015, cinco familias sirias que habían sido reasentadas en Uruguay un año antes, acamparon en una plaza de Montevideo para expresar su deseo de regresar a Líbano. Los refugiados se quejaban del alto coste de la vida y de las escasas ayudas que recibían del gobierno uruguayo, lo que apenas les alcanzaba para vivir.

«Normalmente, los programas de acogida a personas refugiadas en la región no incluyen apoyos. Y, si los incluyen, suelen ser pequeños, como en Brasil y Uruguay, donde se dan ayudas económicas, pero no son tal vez apoyos como se los preveía antes en Europa: alojamiento, un salario o un beneficio por el mes», comenta la responsable de Asylum Access en América Latina.

En sus propias carnes lo está viviendo Ahmed, un joven refugiado sirio que lleva dos años y medio en Ecuador que tampoco quiere revelar su nombre real. «La situación aquí es muy difícil: no puedo estudiar y tampoco hay trabajo por la crisis económica en el país. Además, nadie busca trabajar con refugiados», denuncia este chico de 22 años que se vio obligado a dejar sus estudios de Literatura Inglesa en la Universidad Nacional de Damasco. Ahmed, quien dice tener facilidad para los idiomas, aprendió a hablar español mientras trabajaba en un restaurante de Quito. «Encontré un trabajo en un restaurante, pero me pagaban menos del salario mínimo (366 dólares al mes), la jornada era de 14 horas y no tenía seguridad social. Con lo que gastaba en transporte no me sobraba nada», afirma Ahmed, que llegó a Ecuador junto a sus padres y hermanos después de haber probado suerte en Egipto. En Ecuador, donde residen 10 refugiados sirios y 79 solicitantes de asilo, el estado no aporta ayudas a las personas que buscan refugio. Estos dependen de ONG como HIAS, cuyas contribuciones económicas son irrisorias.

«Tenía sueños, pero la vida me los está destruyendo»

A Ahmed le gustaría continuar con sus estudios en Quito, pero dice no poder porque para entrar a la universidad le exigen superar un examen de español para el que no tiene suficiente nivel. Al no poder estudiar ni trabajar, Ahmed se siente atrapado. No puede volver a su país, pero tampoco ve esperanza en Ecuador. Por eso quiere ser reasentado.

«Es mi última opción. En este tiempo ya debería haber acabado la universidad, pero están pasando los años y no estoy haciendo nada: no estoy trabajando, no estoy estudiando, no estoy apoyando a mi familia», confiesa con voz temblorosa. «Solo espero no llegar al punto de no querer nada de la vida. Cada vez hay que adaptarse a una cosa y a otra cosa y a otra cosa. Tenía sueños, pero la vida me los está destruyendo», concluye.

Aparte de los problemas económicos, las barreras culturales se alzan entre los refugiados y las sociedades receptoras. Sham, una jovial mujer siria que llegó a Quito hace 10 meses destaca que su madre «pasa todo el día en casa, no quiere salir. Se pone el hiyab (velo) y la gente no sabe lo que es, le miran raro y ella se siente mal. Por eso prefiere estar en casa. No habla ni una palabra de español».

Raghida, que huyó de Siria porque el grupo yihadista Jabhat al-Nusra quiso obligarla a convertirse al Islam, plantea que el mayor reto de integración es el idioma. «En Ecuador casi nadie habla inglés, aunque la gente ha sido muy buena conmigo y me ayuda cuando digo algo mal en español», relata la joven drusa. Raghida dio a luz a su hijo poco después de llegar a Quito. Ahora solo quiere aprender español para encontrar un trabajo. «Así podríamos vivir una muy buena vida», sentencia mientras da de mamar su bebé.

¿Por qué América Latina?

¿Por qué hay población siria en América Latina? Esa es la pregunta del millón para Carmen Gómez, profesora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). No tiene fácil respuesta, asegura, pero entre los principales motivos están las políticas de apertura de varios países de la región. Para el caso de Ecuador, un país al que los ciudadanos sirios pueden entrar sin necesidad de visado, «una de las hipótesis que se baraja es que en los últimos años se generó una imagen pública de apertura de las fronteras del país, de flexibilidad a nivel migratorio y de estabilidad económica que pudo atraer a los sirios», aclara Gómez. A esta imagen puede haber contribuido el caso del fundador de Wikileaks, Julian Assange, al que Ecuador proporciona asilo en su embajada en Londres desde 2012.

No obstante, según Gómez, esta percepción que se tiene del país andino puede ser engañosa. «Últimamente, Ecuador no está proporcionando el estatus de refugiado a la población que viene de Oriente Medio. Esto ocurre por varios motivos, entre ellos el desconocimiento de lo que ocurre en la región y los prejuicios que se tienen hacia los musulmanes», explica.

Según Gómez, «Ecuador está muy centrado en el caso colombiano» y por eso es reticente a facilitar el refugio a personas de otras nacionalidades. Ecuador, el país latinoamericano que alberga a más población refugiada en América Latina, acoge en su territorio a casi 60.000 refugiados colombianos.

En cualquier caso, los sirios que huyen del conflicto armado en su país lo hacen para salvar su vida y asegurar un futuro para ellos y sus familias. Los casos de Wahed, Jalil, Ahmed, Sham o Raghida muestran cómo algunos sirios prefieren buscar refugio más allá de Europa, evitando arriesgar su vida cruzando el mar y viajando a una tierra mucho más lejana y desconocida para ellos. Como afirma Raghida, «cuando Siria esté bien, me encantaría regresar a casa con mi familia». Por el momento, ella y todos los demás tendrán que construir un futuro en América Latina, una región que les ha abierto sus puertas a pesar de no contar con tantos recursos como Europa.

Por Jaime Giménez
Con información de: El Diario

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A diez años de la fundación de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad

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A diez años de fundaciónde la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad , una reflexión

El 25 de octubre de este año se cumplirá una década de la conformación, en la ciudad de México, de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. Por tal motivo, es importante reflexionar en torno a los orígenes y principios fundacionales, su trayectoria, su situación actual y los retos de la Red hacia el futuro; todo ello, con el propósito de desarrollarla, ampliarla y fortalecerla en el número de capítulos nacionales y sectores que la integran, en las bases mínimas de organización y coordinación, horizontales y democráticas, que han hecho posible su trabajo, y en el tipo de tareas que demandan las nuevas formas de reconfiguración mundial de los sistemas de explotación y dominación del imperialismo encabezado por Estados Unidos, particularmente en América Latina y el Caribe.

Antecedentes y fundación de la Red

La Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad tiene sus antecedentes en las preocupaciones de un grupo intelectuales mexicanos y cubanos, frente a las agresivas iniciativas del gobierno de Bush después de los ataques del 11 de septiembre del 2001, que fueron utilizados como justificación para las invasiones neocoloniales a Irak y Afganistán. De la misma manera, frente a la campaña mediática contra Cuba y su dirigencia revolucionaria, en la que un sector de la intelectualidad -algunos otrora de izquierda, otros debido a su precipitación declarativa antes de informarse en fuentes cubanas sobre los hechos – formuló duras críticas a la decisión soberana del gobierno de la isla de someter a juicio y encarcelar a miembros de la contrarrevolución interna pagada por el gobierno de Estados Unidos, y de juzgar y aplicar la pena máxima a tres participantes en la ola de secuestros de embarcaciones y aeronaves con violencia homicida y derramamiento de sangre, que venía produciéndose en consonancia con los planes desestabilizadores imperialistas. El propósito evidente era estimular una ola migratoria ilegal en masa de Cuba a Estados Unidos, que ofrecería a Washington el casus belli, el pretexto, para atacar militarmente a Cuba. Bajo la consigna de “Iraq hoy, Cuba mañana”, se había organizado en Miami la única manifestación pública celebrada en el mundo en apoyo a la invasión del país árabe.

Ese grupo de mexicanos (y latinoamericanos residentes en México) coincidía con respecto a la escalada de agresión contra la Revolución Cubana, en lo siguiente: 1.- Cuba es el país con más importantes logros sociales en nuestra América y el foco de resistencia principal a la dominación imperialista y a las políticas neoliberales, en una región donde la abrumadora mayoría de los gobiernos habían sucumbido ante ellas, lo que explicaba la prioridad concedida por el parafascista de Bush a la supresión de su régimen social. 2.- El Estado revolucionario cubano había demostrado durante décadas su capacidad para derrotar con mayoritaria adhesión popular y un uso mínimo de la fuerza, las agresiones estadunidenses, y no existía ningún dato objetivo nuevo para pensar en un cambio de esa conducta. 3.- Cuba -con sus virtudes y defectos, pero en todo caso ejemplo de dignidad, soberanía y reserva estratégica del socialismo en América–, es una hermana en peligro y defenderla es defender a toda América Latina de la política de recolonización del continente que ya se acometía a través del ALCA y su antecedente el TLCAN.

Tres hechos vinieron a reforzar estas conclusiones básicas, marcando el punto de giro en la reversión de la campaña mediática en América Latina y en el mundo y propiciando el ya aludido razonamiento más informado por la opinión pública internacional sobre los acontecimientos en la isla. El primero fue el valiente y honesto artículo publicado por Pablo González Casanova el 26 de abril de ese año en La Jornada, en el que develaba el plan de Estados Unidos de invadir a Cuba con el pretexto de los derechos humanos mientras los violaba masivamente en Irak y era promotor de la supresión de libertades y de la extensión de la injusticia social y la opresión en todo el mundo. El intelectual mexicano declaraba su solidaridad irrestricta y la de los “muchos” con la Revolución Cubana y censuraba la errónea actitud asumida hacia ella en ese contexto por el escritor portugués José Saramago; el segundo, las diez demoledoras líneas suscritas cuatro días más tarde por Gabriel García Márquez, también en La Jornada, en las que asentaba: «Algunos medios de comunicación están manipulando y tergiversando mi respuesta a SusanSontang, para que parezca contraria a la revolución cubana. Este es un indicio más de que las muchas declaraciones sobre la situación cubana – aún de buena fe – pueden estar aportando y aun magnificando los datos que los Estados Unidos necesitan para justificar una invasión a Cuba»; el tercero, la declaración en el mismo sentido de un grupo de relevantes intelectuales mexicanos, leída el primero de mayo en la Plaza de la Revolución de La Habana ante más de un millón de cubanos por González Casanova. Endosada por el propio García Márquez, también la apoyaban Miguel León Portilla, Leopoldo Zea y Lisandro Otero y pronto recibió el apoyo de premios Nobel y de destacados intelectuales y personalidades internacionales.

En lugar del cuadro lúgubre que se pretendió pintar de una revolución cubana aislada y condenada por la inteligencia del mundo, emergía una pujante corriente de solidaridad con ella impulsada por las voces de prestigiosos intelectuales y artistas. Ello, claro, no era ajeno a la extraordinaria obra cultural desarrollada en Cuba por la Revolución ni al fluido diálogo del movimiento intelectual cubano con el gobierno de la isla, así como su ascendencia sobre sus pares del exterior. Pero aunque la campaña mediática fracasó y la derecha perdió el debate y por lo tanto coyunturalmente la iniciativa en relación con Cuba, no se podían lanzar campanas al vuelo pues las razones de la agresividad de Washington contra la isla no habían cambiado, como no cambiarán mientras no surja una fuerza capaz de transformar la correlación de fuerzas políticas internas y externas que impidan la permanente amenaza al pueblo soberano y su revolución.

Al regreso de González Casanova de Cuba después del acto del 1º de mayo, donde había sostenido intercambios con Fidel, Abel Prieto y Ricardo Alarcón, pidió convocar a una reunión de un grupo de intelectuales mexicanos con el embajador de Cuba, Jorge Bolaños. Allí, González Casanova planteó que una vez derrotada la reciente campaña mediática contra Cuba, con el apoyo al manifiesto A la conciencia del mundo de una parte muy influyente de la intelectualidad de América Latina y el Caribe, África, Asia, Estados Unidos y Europa, lo que debía seguir -como la mejor manera de defender a la Revolución Cubana- era frenar la política guerrerista y de conquista colonial de la administración de George W. Bush. Argumentó la necesidad y la urgencia de crear un frente internacional que no debiera conformarse con resistir, sino pasar a la ofensiva y proponer formas de organización social y de hacer política alternativas a las hegemónicas. Planteó que los pilares de esa empresa estaban en el movimiento internacional contra la globalización neoliberal y en el que se opuso a la agresión contra Irak, sin excluir a nadie dispuesto a sumarse.

El embajador Bolaños, que había participado en los intercambios con González Casanova en La Habana, manifestó que lo procedente era que un grupo se trasladara a La Habana para discutir estas ideas con una representación de la intelectualidad cubana, señalando la conveniencia de que esta iniciativa fuera acogida y promovida desde México, con el simbolismo de toda su tradición de amistad con Cuba y el hecho de que allí hubiera dado a luz el manifiesto A la conciencia del Mundo, que puede considerarse el documento precursor de la actual Red de Redes En Defensa de la Humanidad. En él se asentaba:

“La invasión a Irak ha tenido como consecuencia el quebranto del orden internacional. Una sola potencia agravia hoy las normas de entendimiento entre los pueblos. Esa potencia invocó una serie de causas no verificadas para justificar su intromisión, provocó la pérdida masiva de vidas humanas y toleró la devastación de uno de los patrimonios culturales de la humanidad. Nosotros sólo poseemos nuestra autoridad moral y desde ella hacemos un llamado a la conciencia del mundo para evitar un nuevo atropello a los principios que nos rigen. Hoy existe una dura campaña en contra de una nación de América Latina. El acoso de que es objeto Cuba puede ser el pretexto para una invasión. Frente a esto, oponemos los principios universales de soberanía nacional, de respeto a la integridad territorial y el derecho a la autodeterminación, imprescindibles para la justa convivencia de las naciones”.

Fue así como a finales de mayo y principios de junio de 2003, se inició una singular reunión, en el Palacio de las Convenciones, entre un grupo de intelectuales mexicanos con unos 40 de los más destacados intelectuales cubanos, presididos por el Ministro de Cultura, Abel Prieto, quien después de hacer una explicación de las razones que nos congregaban invitó a los mexicanos a exponer sus puntos de vista. A ello siguió un rico y fructífero intercambio entre cubanos y mexicanos sobre la coyuntura abierta por la elección de Bush, el atentado del 11 de septiembre y las guerras de Afganistán e Iraq, así como las acciones que se consideró que era necesario realizar para denunciar la magnitud de la barbarie en curso, hacer conciencia sobre la amenaza que constituía para la humanidad e intentar ponerle freno.

Esta reunión se prolongó hasta el día siguiente, cuando en la tarde se sumó Fidel, quien evidentemente ya conocía por Abel el desarrollo del debate anterior. Hizo varias preguntas y algún que otro comentario sobre aspectos muy poco conocidos de la situación internacional, se mantuvo muy atento al debate, en el que hizo algunas precisiones importantes de conceptos, y luego del fin de la reunión, brindó una de sus antológicas pláticas informales, en la cual aportó argumentos y puntos de vista muy importantes sobre los avances que estaban en marcha en América Latina después de la elección de Hugo Chávez. Afirmó, ya en esas fechas, que Chávez era un gran líder no sólo venezolano sino latinoamericano, llamado a desempeñar un papel muy importante en la resistencia a las políticas imperiales y en el impulso a la unidad e integración de América Latina y el Caribe. En la sesión de esa tarde se perfiló la idea de convocar en México a un encuentro internacional de intelectuales “en defensa de la humanidad”, aceptándose ese nombre para la organización que surgiría. El propósito del encuentro sería la constitución de una red internacional de intelectuales, en el sentido más amplio del término, que luchara por los objetivos identificados en el debate de esos dos días.

Al regreso de Cuba, se constituyó un comité organizador, en el que participaban la casi totalidad de los intelectuales que concurrieron a la reunión de La Habana, además de compañeros tan valiosos como Adolfo Sánchez Vázquez, siendo ésta una de sus últimas actividades públicas, misma que desempeñó con la humildad de un militante de filas hasta la celebración del Primer Encuentro de Intelectuales y Artistas por la Humanidad.

El encuentro de México en octubre de 2003 en el Polyforum Siqueiros tuvo varios aciertos importantes. Sus deliberaciones fueron ajenas al abandono de principios irrenunciables de la izquierda crítica, justificado en nombre de una supuesta modernidad por no pocos tránsfugas tras el derrumbe del socialismo eurosoviético y la generalización de la ofensiva neoliberal. La declaración final, publicada íntegramente en La Jornada, llamó a terminar con la globalización excluyente, no a limar sus aristas «más duras», y rechazó la renuncia del Estado al interés público, representada por la liberalización económica, las privatizaciones y los recortes al gasto social.

El documento llamó al imperialismo por su nombre y lo consideró el causante del actual orden hegemónico depredador y militarista que «opera como una máquina de exclusión social» y ha llevado a la humanidad a un «punto crítico que entraña serios peligros». El imperialismo, afirmaba, hace uso instrumental de la democracia: «la apoya en sus aspectos formales si conviene a sus intereses y conspira contra ella si las fuerzas populares llegan al poder por la vía democrática». Como corolario, denunciaba el uso que hacen los gobernantes neoliberales de la democracia «como patente de corso (…) para la entrega de recursos al capital trasnacional». Igualmente, reivindicó el derecho de los pueblos a la rebelión, señalando como ejemplo a la que defenestró en Bolivia «un gobierno totalmente subordinado a Estados Unidos.»

Precisamente por su apego a los principios de la auténtica izquierda, la reunión no fue tampoco una nostálgica y estéril reivindicación de los dogmas de un socialismo alejado del sentir del pueblo. Por eso postuló que «la diversidad es consustancial a la sociedad humana» y denunció el menosprecio del sistema dominante por las culturas y valores de los excluidos, «a menos que sean reducidos a los imperativos del mercado». Subrayó el arraigo popular de la Revolución Cubana y su firme voluntad de construir otro tipo de sociedad como fundamentos para que hubiera podido resistir casi cinco décadas de bloqueo y agresiones.

El rescate del internacionalismo como valor intrínseco de la izquierda recorría el documento, que se manifestó solidario «con los patriotas que -acusados de terroristas- luchan por la libertad de sus pueblos». De este modo, logró la combinación entre la defensa de lo local, -el edificante patriotismo y nacionalismo que identifica a las comunidades,- y lo universal, encarnado por los supremos intereses de la humanidad toda.

La declaración trazó con precisión la postura ética que define el compromiso social de los intelectuales al valorar el trabajo intelectual «que se funda en procedimientos rigurosos y, al mismo tiempo, es sensible a la injusticia del mundo en que vivimos; que aprende de sectores en todas las regiones, naciones y continentes que se levantan contra el orden establecido» y definirse «en favor de la igualdad económica, de géneros, postulando que la dignidad, la libertad y el respeto a la riqueza cultural de la humanidad han de prevalecer sobre el capital».

En el Encuentro se escuchó un mensaje enviado en video desde las montañas de Chiapas por el subcomandante Marcos, y a un Evo Morales, quien viajando expresamente de Bolivia a la reunión sin todavía llegar a la presidencia, afirmaba en su discurso: «La defensa de la humanidad pasa por la eliminación del imperialismo y el neoliberalismo».

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