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Recepción del pensamiento árabe por la Edad Media Occidental

Resumamos, entonces, lo más importante de la recepción del pensamiento árabe por la Edad Media occidental. En primer lugar, fueron los árabes quienes dieron a conocer a Europa el pensamiento filosófico de Aristóteles, la ciencia médica de Hipócrates y Galeno, la geometría de Euclides y la astronomía de Ptolomeo. Con ello hicieron posible el auge de la filosofía escolástica medieval. Es verdad que en un comienzo los estudios aristotélicos de tendencia arabizante fueron combatidos por la Iglesia; pero ya en 1366 el Papa impuso a los candidatos a la Licenciatura en Artes la obligación de haber estudiado los tratados aristotélicos que antes habían sido condenados. Con ello, la chispa encendida por los pensadores árabes se convertía en hoguera.

En segundo lugar, junto con las obras científicas griegas, los árabes legaron a Europa el interés por la investigación científica de la naturaleza, en la que ellos mismos habían alcanzado niveles de excelencia insospechados para los occidentales.

Los árabes fueron los grandes impulsores que sembraron en Europa la semilla que conduciría a la germinación del pensamiento occidental. En el siglo XVI se borraron los últimos vestigios de la influencia de la filosofía árabe en Occidente, pero ya el pensamiento europeo estaba maduro para empezar a recorrer su propio camino en forma independiente.

Por el Prof. Joaquín Barceló L.


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La democracia, en riesgo por la islamofobia

Hay que implementar políticas para prevenir la radicalización religiosa, con un enfoque que no sea sólo de seguridad, y el sistema escolar tiene un papel importante que desempeñar.

El reciente ataque terrorista en la Mezquita de Finsbury Park en Londres, así como los que han ocurrido en las últimas semanas en Londres, Manchester y de nuevo en Bruselas, ponen de relieve que las tensiones interreligiosas están emergiendo como un claro intento de incrementar la tensión, de favorecer a los partidos políticos populistas con el fin de transformar las democracias europeas en regímenes más autocráticos. Muchos expertos en políticas de integración del Islam y Oriente Medio ya han dado su clave de interpretación. Uno de ellos, el profesor francés Gilles Kepel, comparó en la revista ‘Le Nouvelle Observateur’ (L’OBS) las políticas de integración francesas y británicas, destacando cómo el «tolerante» sistema del Reino Unido, que permitió la creación de los Consejos Shari’ah dentro de diferentes barrios de Birmingham, ha sido incapaz de mantener a salvo a Gran Bretaña de ataques islamistas internos.

Después de los atentados del 11 de septiembre, el mundo occidental cobró más consciencia del terrorismo islámico y tras las explosiones en Londres en 2005 los europeos asumieron la posibilidad de que ciudadanos musulmanes del continente podían perpetrar ataques terroristas en su propio país. La siguiente reacción, en un primer momento, puso el énfasis en una clara incomprensión arraigada en el sentimiento eurocéntrico de superioridad: ¿Cómo es posible que ciudadanos británicos, presentes en el Reino Unido desde hace generaciones y procedentes de países pobres no estén agradecidos infinitamente al Estado anfitrión y, por el contrario, promuevan ataques terroristas?

Las políticas de integración de la Unión Europea difieren claramente según los países, así como la relación histórica de las distintas naciones continentales con el Islam y el mundo árabe. Por el contrario, el enfoque islamófobo en Europa surgió como un fenómeno más homogéneo, particularmente relevante en países como Francia, en los que se han producido importantes atentados terroristas en los últimos años, pero también en Italia, donde, por el contrario, no ha sucedido nada recientemente. Inglaterra y Francia tienen claras responsabilidades históricas en la fragmentación de la geografía árabe-islámica, integrada en el pasado dentro de imperios multiétnicos y multirreligiosos (como el Otomano).

Al mismo tiempo, en la última década, incluso cuando los medios de comunicación nunca habían centrado la atención en estos acontecimientos, algunos ataques islamófobos contra ciudadanos europeos musulmanes han provocado una cifra creciente de asesinatos claramente motivados por razones religiosas: cinco muertos en Reino Unido desde 2005, uno en Suiza en 2016, cuatro en Suecia desde 2009, once en Alemania desde 2005, uno en Francia en 2015 y uno en Dinamarca en 2008.

¿El terrorismo islámico europeo está cambiando nuestros hábitos de vida? ¿Cuál es el objetivo real de estos ataques? ¿Han fallado las políticas de integración de la Unión Europea?

En primer lugar, todo el mundo, en su mayoría musulmanes que escapan de las guerras civiles en Siria e Irak -en las que la Unión Europea y EE UU tienen claras responsabilidades-, está tratando de llegar a Europa. ¿Por qué? Porque nuestro continente atrae a personas que creen que es posible vivir en un lugar mejor y desean hacerlo. No quieren ir a Arabia Saudí ni a los Emiratos, aunque se trate de países musulmanes como los suyos. De este modo, hay una parte del mundo árabe que reconoce la necesidad de paz para mejorar el estilo de vida: integrar la pluralidad.

Este es el objetivo real de los últimos ataques terroristas: una sociedad plural, la comprensión recíproca entre religiones, una nueva Babilonia de las naciones. Los autores europeos de estos ataques son un fracaso de la política unificadora en parte por razones personales y por incapacidad y, en parte, porque las políticas de integración y actitudes eurocéntricas aún se resisten a perder peso.

Los suburbios construidos en los extrarradios para los últimos en llegar aún continúan siendo guetos geográficos; los programas escolares no tienen nada que hacer frente al trasfondo cultural-histórico-religioso de la mitad de los alumnos de la clase; y, en tercer lugar, no existen oportunidades reales de obtener un trabajo como factor de integración. Estos son solo algunos aspectos de las responsabilidades de la Unión Europea.

Con todo, una parte mayoritaria de los ciudadanos de la Unión Europea no se dejó convencer en las elecciones de 2017 para votar a los partidos populistas-islamófobos en Holanda, Austria, Francia y Reino Unido, e incluso probablemente tampoco lo hará en las próximas elecciones alemanas. Los ataques terroristas han intentado en numerosas ocasiones cambiar los resultados electorales, pero ha sido en vano.

¿Pueden aún las actuales antiguas democracias de la Unión Europea preservar algunos de sus valores?

Las políticas de integración son el banco de pruebas. Es necesario implementar políticas para prevenir la radicalización religiosa, con un enfoque que no sea unívocamente de seguridad. Los sistemas escolares y universitarios aún deben desempeñar un papel importante.

Por Marco Demichelis (Investigador Marie Curie. Instituto Cultura y Sociedad – Universidad de Navarra). Con información de Las Provincias.

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Estos son los refugiados que Europa no quiere

Las mujeres sirias con sus hijos hablan entre ellas en el campo de refugiados de Ritsona, a unos 86 kilómetros al norte de Atenas (AP)

Cientos de miles de afganos, iraquíes, pakistaníes, nigerianos o malienses, entre otros, huyen del horror que dejan a su paso los conflictos armados y el terrorismo en busca de una nueva vida en Europa. Sin embargo, la mayoría de los miembros del bloque comunitario rechazan un gran número de peticiones de asilo procedentes de estos países. A ojos de la Unión Europea, no son refugiados ni merecen la protección internacional. Son los denegados.

Afganistán es la segunda nacionalidad en número de refugiados en el mundo, con 2,5 millones de personas

Al margen del caso de los europeos que piden asilo a los 28, como los albaneses o serbios y kosovares, los países a cuyos habitantes más deniega refugio la UE, en términos absolutos y a partir de los datos de Agencia de Naciones Unidas par los Refugiados (ACNUR) del año 2016, son Afganistán, con 41.1637 solicitudes denegadas, Irak (con 35.044), Pakistán (con 27.558) y Nigeria(con 21.427). Todos ellos, con altos niveles de inseguridad y violencia.

Afganistán es la segunda nacionalidad en número de refugiados en el mundo, con 2,5 millones de personas, después de Siria (5,5 millones), y por delante de Sudán del Sur (1,4 millones). Sus habitantes, a diferencia de los sirios, a quienes se les ha concede casi la totalidad de las solicitudes, no siempre son considerados aptos para la protección internacional.

PaísesPeticiones procesadasDenegadasPorcentaje de denegadas sobre el número de procesadas
Mali12.4347.32458,90
Algeria15.2928.75657,26
Iran40.8868.82021,57
Ucrania41.80110.09924,16
Macedonia21.29711.92055,97
Rusia34.73912.81036,87
Bangladesh30.68913.91045,33
Desconocido495.89418.2983,69
Nigeria42.52821.42750,38
Pakistán66.10027.55841,69
Irak162.00235.04421,63
Afganistán169.88841.63724,51
Serbia y Kosovo71.69843.53360,72
Albania66.96146.20769,01

A pesar de ser uno de los países con más solicitudes y de vivir un conflicto armado desde 2001, sus habitantes no cuentan con el amparo del refugio en todos los países de la Unión. En los acuerdos de reubicaciones de 2015, Bruselas dejó fuera a Afganistán del reparto ya que únicamente se tuvieron en cuenta las nacionalidades que, en el conjunto de los 28, tenían un porcentaje de protección superior al 75%. Un trato muy distinto al que recibe Siria que, además de acaparar los focos mediáticos de la crisis de refugiados, alcanzó 824.400 peticiones aceptadas a escala global en 2016.

Los criterios de aceptación de peticiones de asilo no se aplican uniformemente en todo el sistema europeo y esto, alerta la coordinadora estatal del servicio jurídico de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Paloma Favieres, lleva a grandes desigualdades y desconciertos, “empezando por los mismos refugiados”. Además, “en Grecia hay más de 20.000 afganos en el limbo: no les dan ni protección internacional, ni los reubican, ni les deportan. Su situación es lamentable”, sentencia la experta. “En CEAR ya alertamos desde el principio de que los afganos no podían estar fuera de la reubicación”, añade.

Alemania es uno de los países que más rechaza a los afganos (aunque también de los que más acoge). La canciller Angela Merkel, que fue la abanderada de la política de acogida en los inicios de la oleada, es ahora la responsable de llevar a cabo expulsiones colectivas de miles de afganos (80.000 en el último año, según el Gobierno alemán).

La política de la líder alemana ha sido duramente criticada tanto por un centenar de ONGs dedicadas a los refugiados como por la población alemana, sobre todo después del mortífero ataque suicida con un camión bomba que el pasado 31 de mayo que dejó más de 150 víctimas e hirió a otras 463 en la zona de alta seguridad de Kabul. Berlíntuvo que aceptar la gravedad de la situación y suspender las deportaciones de forma temporal.

 Albania: 77.198
Serbia y Kosovo: 78.961
Afganistán: 331.190
Irak: 229.659
Paksitán: 92.705
Nigeria: 80.909
Desconocido: 82.508
Bangladesh: 35.208
Rusia: 50.898
Macedonia: 23.165
Ucraina: 34.992
Irán: 69.399
Algeria: 20.408
Mali: 18.829

Respecto a Mali, nacionalidad a la que España rechazó todas las solicitudes, Fervieres explica la política adoptada por el Ejecutivo español: Desde el aumento de solicitudes procedentes de este país en 2012 y 2013, España primero denegó las peticiones a las personas procedentes del sur del país porque entendía que el conflicto estaba en el norte. “Pero ahora la situación se da por normalizada y si se deniegan todas las peticiones”, añade. Entre los otros países que también han sido rechazados se cuentan Argelia, Colombia y Venezuela.

Además, en 2016 España cumplió con solo el 8% del compromiso de reubicación y reasentamiento, cuyo fin de plazo termina en casi tres meses. A nivel europeo el cumplimiento asciende a un 20%. Mientras, 1.800 personas ya han perdido la vida en el mar Mediterráneo en lo que va de año, una cifra que se prevé que supere las más de 5.000 muertes del año pasado.

“Una pequeña minoría de las personas que huyen en el mundo lo hacen a algún país europeo y, sin embargo, la UE es incapaz de cumplir sus compromisos de mínimos y apenas mueve un dedo para que el Mediterráneo se convierta en una fosa común cada vez más grande”, sentenció la secretaria general de la entidad, Estrella Galán, durante la presentación del informe la semana pasada.

Por Gina Tosas
Con información de: La Vanguardia

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Europa: más musulmanes y menos Islam

musulmanes_europa

En los últimos tiempos, Europa ha experimentado un importante auge de los discursos que tachan al islam de ser una religión violenta, arcaica y hostil a la democracia y a la libertad. Es una percepción que coincide perversamente con la que pregona el terrorismo de Daesh. Ambos extremos se acaban complementando, retroalimentando. Unos y otros se esmeran en esgrimir fragmentos de textos generalmente descontextualizados que justifican el uso de la violencia y apelan a conflictos –históricos y de convivencia– entre musulmanes y no musulmanes para construir las bases de una confrontación existencial: “nosotros o ellos”.

De poco sirven los intentos de desmontar esta cosmovisión, sobre todo cuando sólo se centran en el factor religioso. La religión no puede ni debe explicarlo todo. Un excesivo enfoque sobre la religiosidad oculta las distintas formas en que los musulmanes deciden vivir su musulmaneidad. Hay musulmanes por legado cultural, practicantes, laicos, los que viven la religión en el ámbito privado y los que lo hacen públicamente, con sus formas de vestir, sus lugares de plegaria o sus ritos y prácticas religiosas. No existe un solo islam, igual que no existe un único tipo de musulmán.

Sin embargo, es precisamente cuando el islam se hace visible, a través de ritos, prácticas y símbolos, cuando la sociedad europea se siente más incómoda, porque preferiría limitar estas manifestaciones identitarias a la esfera privada. Pero, paradójicamente, cada vez que alguien comete un acto violento en nombre del islam se exige a los musulmanes que se movilicen y lo rechacen, no como ciudadanos europeos que son, sino como creyentes cuya religión se pone en tela de juicio por el uso torticero y execrable que unos pocos hacen de ella. En ese momento, esta supuesta comunidad –que ni es comunidad estructurada, ni es homogénea en su configuración, representada social y políticamente de forma débil, cuyos miembros son casi invisibilizados públicamente en su condición de musulmanes–, es invitada a manifestarse abiertamente a riesgo de que se le suponga alguna connivencia con el terrorismo. En este contexto, normalizar la musulmaneidad como una vertiente identitaria más de las múltiples que conviven en el suelo europeo resulta demasiado complejo.

Hablar de la “gestión del islam en Europa” parece haberse convertido en un debate que pivota entre la integración (o mejor bien dicho la supuesta falta de integración), y la presunta propensión a la radicalización, sin tener en cuenta las múltiples dimensiones que intervienen en el hecho de ser musulmán en Europa: menores niveles de éxito educativo, mayor precariedad laboral y discriminación en la contratación, más persistencia en entornos socioeconómicos depauperados, más estigmatización de la mujer… En definitiva, más discriminación que afecta con especial virulencia a los jóvenes musulmanes europeos, unos 10 millones en Europa occidental, que tienen más en común con sus congéneres no musulmanes que con la generación de sus padres.

El reto hoy es desviar el foco y dejar de hablar de “islam europeo” para centrarnos en analizar la realidad de los “musulmanes europeos”. Pensar que todo puede explicarse por el factor religioso nos lleva a error. La fe puede ser algo central en el ser humano, pero también un elemento subsidiario. En este sentido, los jóvenes son un ejemplo de cómo se conjugan las normas y valores “occidentales” con los distintos “códigos culturales” que conforman las diferentes dimensiones de su identidad.

En definitiva, si nos centramos más en la condición de ciudadano de estos musulmanes y no tanto en el hecho religioso, podremos darnos cuenta de una realidad creciente que deberíamos esforzarnos en visibilizar: la del joven musulmán europeo, pongamos por caso practicante, votante de centro-izquierda, titulado universitario, activista social, futbolero empedernido, consumidor de productos halal y fan de Star Wars.

Estudios de Política Exterior

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La intervención militar no acabará con Daesh…

Mujeres cautivas por Daesh marchan al mercado para ser vendidas como esclavas sexuales
Mujeres cautivas por Daesh marchan al mercado para ser vendidas como esclavas sexuales

«La intervención militar no acabará con Daesh, hace falta cortar sus fuentes de financiación«

Pedro Baños, coronel del Ejército de Tierra y geoestratega, está convencido de que el empleo de medios militares no es la solución para acabar con el denominado Estado Islámico, porque muchas veces lo único que se consigue es «enquistar» el conflicto.

«La intervención militar no acabará con Daesh, hace falta comprender por qué surge y quién le apoya, tanto desde el exterior como desde el interior, porque de lo contrario se acabará con la milicia pero no con el concepto que engloba a esta realidad que además se subdivide en diferentes grupos», subrayó quien fuera jefe de Contrainteligencia y Seguridad del Cuerpo de Ejército Europeo en Estrasburgo entre 2002 y 2004.

«Hay que entender qué es lo que están reivindicando exactamente millones de sunitas tanto en Siria como en Irak, es gente que se había quedado al margen de la sociedad y busca su hueco», añadió quién también ha sido asesor militar del Parlamento Europeo en Bruselas.

De ahí que este experto de las relaciones internacionales apueste por «actuar de un modo muy holístico» tanto en los países afectados como en Europa donde, a su juicio, «es necesario adoptar medidas educativas, sociales, políticas y formativas» que acaben con un lastre que tiene mucho de ideológico.

«Desmontar sus argumentos ideológicos y entender quién está detrás apoyándolos es fundamental», comentó Baños, tras añadir que lo que buscan las élites sociales de ese mundo sunita es fomentar estos movimientos extremos para «conseguir un Estado Islámico, regido por la ley de la sharia y gobernado por un califa».

Precisamente las diferencias de los distintos grupos por establecer quién es el mejor califa marcan los enfrentamientos internos. «El objetivo final es tener un Estado Islámico pero hay varios grupos y si se acaba con una milicia a través de las armas habrá otras» porque no se ponen de acuerdo en «quién debe ser» el representante supremo, subrayó el geoestratega.

El coronel de Infantería vio fundamental conocer en qué consiste este Estado Islámico que «comete actos de terrorismo pero que es mucho más, es un grupo insurgente que se ha convertido en una ideología en expansión que atrae a jóvenes y no tan jóvenes de diferentes lugares. Ese escenario de conflicto lo están trasladando al continente europeo aprovechando las debilidades de ciertos países», subrayó.

PROPAGANDA MEDIÁTICA

«Lo que era un conflicto regional se ha convertido en un problema internacional, yo no diría mundial ni global», apostilló Baños, quien opinó que lo que persiguen los miembros de Daesh con los ataques terroristas que cometen en Europa «es debilitar a quienes les atacan a ellos».

«Hay personas que han entrenado ellos y se convierten en suicidas convencidos pero también se están dando casos de que el llamamiento genérico que hacen funciona en personas con circunstancias personales muy concretas pero que no tienen vinculación con la religión, no conocen el Corán, no son fanáticos y ni siquiera han viajado a esos países orientales a recibir instrucción», incidió.

Para el Estado Islámico es «una gran baza por la publicidad que les proporciona esta gente que comete atentados en su nombre», aseguró el ponente, «porque ayuda a generar temor en las poblaciones europeas, que presionan a los gobernantes para que dejen de atacar a sus territorios».

«Ese es el objetivo final, que los ciudadanos tengan el temor de que tu vecino pueda asesinarte e insistan a sus representantes políticos para que no invadan los países en los que están asentados», concretó.

Baños lamentó que muchas veces los medios de comunicación occidentales se convierten en «su propia agencia de publicidad» porque les «garantizamos un éxito que ni siquiera se habían imaginado».

Por último, el militar en reserva se refirió a las causas que motivaron el conflicto y cuya base está en el enfrentamiento entre dos ramas del Islam: los chiítas y los sunitas.

«Es una amalgama de circunstancias muy complejas donde las diferencias religiosas son fundamentales y donde existen distintas comunidades. La mecha que inicia la explosión son las revueltas de la llamada primavera árabe pero también las tensiones geopolíticas entre Rusia y Estados Unidos», concluyó.

Con información de TeleCinco

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Francia: de la pena al estallido de rabia

El Paseo de los Ingleses en Niza se ha convertido en un santuario para las víctimas del atentado del jueves ©Pagina 12
El Paseo de los Ingleses en Niza se ha convertido en un santuario para las víctimas del atentado del jueves ©Pagina12

El atentado de Niza encendió la retórica crítica, marcial, xenófoba e islamófoba de la oposición conservadora y la extrema derecha enfrascadas en una disputa por la candidatura presidencial para las elecciones de 2017.

El último y tercer atentado que sufrió Francia en en el último año y medio terminó por fomentar una crisis de legitimidad aún mayor entre la sociedad y el Ejecutivo, socavó más la alianza socialista, llevó al gobierno a ampliar el estado de excepción al tiempo que encendió la retórica crítica, marcial, xenófoba e islamófoba de la oposición conservadora y la extrema derecha enfrascadas en una disputa por la candidatura presidencial para las elecciones de 2017. Los 84 muertos que dejó el tunecino Mohamed Lahouaiej Bouhlel cuando atropelló con un camión alquilado a la multitud que participaba en los festejos del 14 de julio trastornaron el clima político, golpearon al gobierno y al presidente, François Hollande, pusieron a Francia ante el límite legal de las leyes antiterroristas que se pueden adoptar, reactivaron los peores espantapájaros de la extrema derecha y los oportunismos lamentables de los conservadores y, de paso, mostraron el fracaso de las opciones adoptadas por Occidente para combatir al Estado Islámico.

Nadie sabe qué hacer con él ni cómo ponerlo fuera de juego. Por más que arrasen sus feudos en Siria e Irak, el Estado Islámico cuenta con un feudo planetario incrustado en el corazón de las sociedades liberales: soldados anónimos y domésticos que pueden matar con un camión, un hacha en un tren como en Berlín, con fusiles de asalto y quién sabe con lo que vendrá. Aunque el Estado Islámico reivindique esos atentados en nombre de su antagonismo con los “cruzados”, estos lobos-soldados no son practicantes, no profesan el Islam ni van a las mezquitas. Todo lo contrario, sus vidas, casi siempre ligadas a la pequeña delincuencia, abrazaron todos los vicios que el EI combate.

El Gobierno optó por extender el estado de excepción, y esta vez, la cuarta, por un período de seis meses. El parlamento aprobará la medida con carácter de urgencia bajo la presión de la derecha y la extrema derecha que postulan soluciones tan demagógicas como excluyentes. Ambas corrientes sacan un oprobioso jugo político del atentado de Niza en una configuración de baja calaña que contrasta con la dignidad y la sabiduría con las que la sociedad ha reaccionado. El Ejecutivo de Manuel Valls cedió en parte a la presión del Partido de los Republicanos liderado por el ex presidente Nicolas Sarkozy y de la extrema derecha del Frente Nacional. El gobierno incluirá en las nuevas medidas la posibilidad de confiscar los dispositivos informáticos de los sospechosos y explotar los datos informáticos. Este principio había sido rechazado por su inconstitucionalidad, pero ahora fue reintroducido con algunos retoques.

Marine Le Pen, la líder del Frente Nacional, salió con su arsenal racista a pedir que se expulsara a cualquier persona condenada en Francia que tenga la doble nacionalidad y a los islamistas. Para ella, “la guerra contra la plaga del fundamentalismo todavía no empezó y urge declararla”. Uno de los pretendientes a la candidatura presidencial de 2017, Nicolas Sarkozy, propuso una serie de medidas que ya existen o están a punto de entrar en vigor, además de sus acostumbradas intoxicaciones con falacias enormes. A su vez, al igual que Sarkozy, el otro pretendiente a la misma candidatura, el ex Primer Ministro y Canciller Alan Juppé, cruzó la línea roja cuando dijo que si todas las medidas necesarias se hubiesen tomado, “el drama (de Niza) no habría ocurrido”. Un disparate tan enorme como desplazado con el que demuestra que la unidad nacional a que dio lugar la serie de atentados de 2015 (enero y noviembre) voló en pedazos. Hoy, no debe haber país en Europa donde se haya ido tan lejos en la alteración de las libertades individuales mediante leyes que autorizan a la policía a hacer lo que le da la gana sin el más lejano control judicial. Casi todo es o será posible, incluida la opción de detener a una persona por consultar un portal islamista, lo que constituye una prueba más de la violencia cínica de los Estados.

Los portales no surgen de la nada, están situados en servidores que se encuentran en los mismos países donde opera el islamismo radical. Es el caso en Francia con OVH, primera empresa europea de hosting, o, en los Estados Unidos, de CloudFlare e Internet Archive (archive.org). El ejemplo de CloudFlare es por demás extremo: esta empresa situada en San Francisco y creada en 2009 ofrece a los portales islamistas la posibilidad de pasar a través de sus servidores y, con ello, evitar los ataques masivos. Internet Archive es el principal hosting pasarela que utilizó Al Qaeda del que se sirve ahora el Estado Islámico para difundir sus videos y sus revistas: en inglés, Dabiq, y en francés, Dar Al-Islam. Yahoo!, Google y GoDaddy tampoco tienen las manos limpias. En abril de 2015, el movimiento de hackers Anonymous publicó la lista de 15.000 cuentas abiertas en Twitter cuyos usuarios estaban ligados al Estado Islámico. Al parecer, Anonymous lo advirtió antes que los mismos Estados que combaten el terrorismo. Google sabe antes que nadie lo que hacemos, consumimos y pensamos, pero los Estados no saben donde está la matriz de los portales islamistas y sus usuarios.

La derecha acusa al gobierno de no haber hecho lo que estaba a su alcance para detectar al soldadito del Estado Islámico e impedir el atentado de Niza. La realidad es que Mohamed Lahouaiej Bouhlel salió de la nada, un desequilibrado mental, o un terrorista bien oculto, o, más bien, un loco que se volvió terrorista de pronto, con la ayuda de la literatura y la propaganda mitológica de alta frecuencia del Estado Islámico. Apenas diez días antes del atentado que cometió el 14 de julio, el tunecino se dejó crecer la barba y empezó a contar en su entorno que esa barba “tenía un significado religioso”. Por esas fechas, también, le hizo ver a un par de amigos videos donde se decapitaban a personas. François Molins, el fiscal de París que investiga este caso, retrató a Bouhlel como “un terrorista de proximidad”, un ser sugestionado que guarda su meta en secreto. Es el nuevo perfil: el hombre en la multitud, uno más, próximo a todos, pero portador de un germen destructor que se activa sin orden centralizada.

Mohamed Lahouaiej Bouhlel era un hombre de costumbres ordinarias, un delincuente de poca monta: borrachín, mujeriego, metido en refriegas, consumía drogas, no iba a la mezquita, no estaba ligado a ninguna manifestación del Islam. Era, en suma, un tipo sin ideología, sin confesión, sin fe y sin moral. Por mucho menos que eso lo hubieran decapitado en el Califato instaurado en 2014 por el Estado Islámico. Pero en pocas semanas pasó a ser el asesino en masa del 14 de julio. Su acto no fue precipitado, sino perfectamente meditado y preparado. El cuatro de julio alquiló el camión, el trece se paseó con el vehículo por el trayecto donde al día siguiente cometería el atentado. El mismo 14, a eso de las dos de la tarde, caminó en cuatro oportunidades por el Paseo de los ingleses, teatro de su crimen posterior, donde también se sacó fotos. A las siete y cuarto se fue y luego regresó a las 22 45 para matar. La perversión absoluta: 30 horas después, el Estado Islámico reivindicó un atentado cometido por un individuo sin el más débil lazo con el corazón teológico del Islam y, encima, pervertido por todas las malas costumbres de ese Occidente al cual el Estado Islámico llama “los cruzados”: mujeres, alcohol, drogas, delincuencia, hedonismo.

El perfil de Mohamed Lahouaiej Bouhlel se les deslizó por los dedos a los expertos, al igual que el perfil del Estado Islámico. Los ceñudos estrategas pensaron que con bombas lo eliminaban, lo mismo que Marine Le Pen, Nicolas Sarkozy y Donald Trump venden, por oportunismo electoralista, que con represión y expulsiones todo se arregla. Los glosadores profesionales, políticos, expertos, ideólogos y otros, pusieron en la vitrina una solución militar cuando las verdaderas bombas sin activar dormían y duermen en casa. Casi todos los implicados en los atentados de los últimos años comparten el mismo perfil que este tunecino anónimo: jóvenes, delincuentes comunes, sin relación con la práctica religiosa, marginados en barrios periféricos y trabajos periféricos, radicalizados de pronto durante alguna estadía en la cárcel o mediante relaciones asiduas con los llamados “imames radicales”. No les falta literatura para nutrirse, incluido un manual que se ha convertido en la guía del perfecto yihadista: La gestión de la Barbarie (Idarat at-Tawahoush), escrito por Abu Bakr Naji, uno de los teóricos más celebres del yihadismo. Publicado en internet 2004 y, en 2007, en Francia por la editorial Éditions de Paris sin que ningún servicio secreto lo detectara, La Gestión de la Barbarie describe, a lo largo de 248 páginas, la estrategia requerida para someter a Occidente e instaurar un califato mundial: atentados contra turistas occidentales, asesinato de periodistas, secuestrar a los empleados de las compañías petroleras o perpetrar atentados de manera constante con el objetivo de acuñar un sentimiento de miedo. Todo esto ya lo hemos visto en la práctica. El libro figura entre las 56 obras más vendidas en Amazon dentro de la categoría “terrorismo”.

Ese sentimiento de miedo e inseguridad se traduce en cuestionamiento del poder, por la transferencia de los votos a partidos o candidatos extremistas como el Frente Nacional o Donald Trump, desemboca en un enfrentamiento entre musulmanes y quienes no lo son y, por extensión, según la retórica del Estado Islámico, se plasma en la desaparición de lo que el EI llama “la línea gris” que separa al “creyente del infiel”. Mohamed Lahouaiej Bouhlel fue la perfecta encarnación de esa estrategia. Varios analistas de nivel internacional vienen advirtiendo que el Estado Islámico es mucho más que un grupo religioso radical. Se trata de una verdadera revolución cultural de nivel mundial. Daesh, ISIS o el Estado Islámico, como quiera que lo llamen, es propietario de un territorio planetario y una narrativa que circula en las conciencias respaldada por la basta empresa de exclusión que prospera en el corazón de las sociedades occidentales y en el mundo árabe musulmán.

Cabe citar en este contexto el imperdible trabajo publicado este 14 de julio por Paul Rogers, el gran experto británico en temas de seguridad, profesor de estudios sobre la paz en la Universidad de Bradford, consultor en el Oxford Research Group, consejero del ministerio británico de Interior, del de Relaciones Exteriores y Defensa, y del servicio secreto interior, el M15. Ese fatídico 14 de julio, Rogers publicó en las edicione IB-Tauris un informe titulado: “Irregular War: ISIS and the New Threats from the Margins” (El Estado Islámico, la guerra asimétrica y la amenaza de los márgenes). Allí, el profesor británico desarrolla la idea según la cual los atentados de los últimos 15 años perpetrados en nombre del islamismo radical no son sino la expresión de un malestar mucho más grande que puede incendiar al mundo.

Paul Rogers escribe: “el verdadero problema no será un supuesto choque entre las civilizaciones sino el riesgo cada vez más rápido de una revuelta de los marginados”. Para Rogers, el Estado Islámico no es un movimiento que profesa una corriente del pasado sino un “proto movimiento de cara a las guerras que se volverán dominantes en un mundo cada vez más dividido”. La conclusión de Paul Rogers no hace sino apuntar hacia la inoperancia de los Estados, sus aventuras coloniales y sus posteriores castigos militares y a un sistema mundial donde la desigualdad “engendra una marginalización de masa, resentimiento y amargura”. El autor señala que Occidente se equivoca de guerra y, cuando la lleva a cabo, “la pierde” porque los verdaderos resortes de la guerra, es decir, la desigualdad, no se asumen y acaban por crear “un cóctel explosivo” que puede llamarse Al Qaeda, los talibanes, Boko Haram, Al Shabab, el Estado Islámico o los futuros ciudadanos radicalizados de Estados Unidos que maten a policías blancos en respuesta a los crímenes raciales que estos cometen diariamente.

En el medio están las opiniones públicas del mundo, manipuladas por las vociferaciones de los Sarkozy, los Le Pen o los Trump. Hasta una sociedad rebelde y irrevocablemente democrática como la francesa se transforma ante la barbarie. Francia pasó de la pena a la rabia, de la unión nacional a la división, de la retórica de la tolerancia a aceptar que, ante aquellos individuos (los terroristas) que juegan con otras reglas, se altere la esencia misma de la libertad y el derecho que rige las democracias liberales.

Por Eduardo Febbro
Con información de Página 12

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La odisea de los refugiados que llegan de Oriente

©Luca Pistone
©Luca Pistone

Del grifo del fregadero cae un hilo de agua. Rocía las berenjenas, los calabacines y los tomates que están debajo, en un recipiente de plástico.

“Es la cena de esta noche -dice Amina, secándose las manos-. Si hubiese aprendido a nadar ahora estaría cocinando en mi casa, en Alemania. Y no estaría aquí, en Bulgaria, esperando”.

Amina tiene 28 años y viene de Alepo. Hace cinco meses, cuando decidió huir a Europa con su marido, Brahim, y sus dos hijos, un traficante de personas de su vecindario le ofreció un viaje en barco a la isla griega de Lesbos a través del Egeo.

“Tuve que rechazarlo -dice-, era demasiado peligroso. Ninguno de nosotros sabe nadar. Lo único que me importa es la seguridad de mi familia”.

El viaje por tierra le costó alrededor de tres mil euros. Lo que le quedaba de dinero se lo quitó la policía fronteriza de Bulgaria cuando la detuvieron. “Y tuvimos suerte -dice-: a otros les han golpeado o han hecho que los atacasen los perros”.

Hoy la familia de Amina vive en el centro de acogida de Harmanli, a unos 30 kilómetros de la frontera con Turquía y Grecia.

Se trata de una decrépita instalación del ejército búlgaro transformada en un centro de acogida con dos mil 700 camas para los inmigrantes procedentes de Turquía.

“El año pasado estaba lleno -testifica Ivo, uno de los trabajadores de la DAB, la Agencia Estatal para los Refugiados-. Después los inmigrantes fueron trasladados a otros centros”.

Actualmente hay 235 de ellos. La mitad son niños. La mayoría son kurdo-sirios, de la zona de Qamishli. Pero también hay iraquíes y palestinos.

Como Abdel Karim, que tiene 20 años y es de Gaza. Tiene una larga cicatriz en el hombro izquierdo.

“Los israelíes bombardearon el edificio donde vivía -dice entre las dos literas de su habitación-. Estuve bajo los escombros durante horas. Poco después decidí irme a Alemania y empezar una nueva vida”.

“Pero mira, aquí estoy en Bulgaria –agrega-, esperando desde hace meses”. Como todo el mundo, Abdel Karim espera que le reconozcan la protección internacional para ser transferido como parte del programa europeo de reubicación.

Pero los números son siempre inferiores a lo esperado. Y los tiempos se dilatan.

Desde 2014, cada año el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) pide que se lleven a cabo 30 mil reubicaciones de Bulgaria por razones humanitarias.

Pero el número de reubicaciones no supera nunca la mitad. Quien se hace cargo de la mayoría de los solicitantes de asilo es Alemania, con cerca de 10 mil por año.

“Los otros no tienen más remedio que esperar”, dice Rachid Alaui, también él sirio de Qamishli, quien llegó a Bulgaria en 2013, y es uno de los pocos que decidió quedarse. Hoy en Harmanli trabaja como mediador cultural en la Cruz Roja.

“La situación ha mejorado -dice-. Hoy los números son más bajos. Pero las llegadas de Turquía no han cesado”.

Por el momento, son menos de un millar los inmigrantes acogidos en las diversas instalaciones ubicadas en el país.

En Sofía hay tres centros, en los barrios de Ovcha Kupel, Vrazhdebna y Voenna. Luego está el pequeño centro situado en el pueblo de Banya, entre la capital y Plovdiv. Por último, hay dos centros más en Pastrogor y Harmanli, situados al lado de la frontera.

Entre el uno y el otro, en la ciudad de Lyubimets, en cambio, hay un centro de detención para los que cruzan la frontera ilegalmente.

Hassan, un kurdo de Kobane, pasó por allí en 2014, poco después de huir por el avance del Estado Islámico (EI o Daesh por su acrónimo en árabe).

“Llegué a Suiza -cuenta-. He vivido en Zurich dos años. Después descubrieron que tenía las huellas dactilares registradas en Bulgaria. Y me devolvieron a Harmanli”.

Efectos del Reglamento de Dublín, que obliga a los solicitantes de asilo a esperar su destino en el primer país miembro de la UE donde se han registrado.

“Parece el juego de Serpientes y Escaleras, y nosotros estamos en el escalón más bajo”, dice Hawta, de 26 años y de Sulaymaniyya, en el Kurdistán iraquí. Una a una recorre las casillas de su partida.

“Turquía, Bulgaria, Serbia, Hungría, Austria, Alemania y Suecia. Llegué en 2015 a Kalmar y me quedé allí 14 meses. Trabajaba en un restaurante, en negro”, señala.

Manifiesta que hace dos semanas le llevaron ahí. “No quiero quedarme. Mi vida está en Suecia. Aquí en Harmanli las condiciones son pésimas. Los chicos están nerviosos, hace falta muy poco para que lleguen a las manos. Sucede cada noche”.

Entre las camas cada uno pasa el tiempo como puede. Algunos juegan al Tawle, el backgammon del mundo árabe.

Mohamed, un kurdo-sirio de 56 años, empieza a tocar una melodía kurda con su ud, la mandolina oriental. A su alrededor se forma un pequeño grupo de niños sonrientes y de adultos en actitud reflexiva.

Para muchos, la casilla de llegada está todavía muy lejos. “Mi familia me está esperando en Alemania -dice Mohamed, de 54 años, un kurdo-iraquí de Kirkuk-“.

“Mi esposa y mi hijo llegaron hace dos meses. Yo todavía estoy esperando los documentos para la reagrupación familiar. Pensaba que Europa nos acogería de otra manera. Estaba equivocado”, se lamenta.

Por Luca Pistone
Con información de Zócalo Saltillo

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