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A diez años de la fundación de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad

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A diez años de fundaciónde la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad , una reflexión

El 25 de octubre de este año se cumplirá una década de la conformación, en la ciudad de México, de la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad. Por tal motivo, es importante reflexionar en torno a los orígenes y principios fundacionales, su trayectoria, su situación actual y los retos de la Red hacia el futuro; todo ello, con el propósito de desarrollarla, ampliarla y fortalecerla en el número de capítulos nacionales y sectores que la integran, en las bases mínimas de organización y coordinación, horizontales y democráticas, que han hecho posible su trabajo, y en el tipo de tareas que demandan las nuevas formas de reconfiguración mundial de los sistemas de explotación y dominación del imperialismo encabezado por Estados Unidos, particularmente en América Latina y el Caribe.

Antecedentes y fundación de la Red

La Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad tiene sus antecedentes en las preocupaciones de un grupo intelectuales mexicanos y cubanos, frente a las agresivas iniciativas del gobierno de Bush después de los ataques del 11 de septiembre del 2001, que fueron utilizados como justificación para las invasiones neocoloniales a Irak y Afganistán. De la misma manera, frente a la campaña mediática contra Cuba y su dirigencia revolucionaria, en la que un sector de la intelectualidad -algunos otrora de izquierda, otros debido a su precipitación declarativa antes de informarse en fuentes cubanas sobre los hechos – formuló duras críticas a la decisión soberana del gobierno de la isla de someter a juicio y encarcelar a miembros de la contrarrevolución interna pagada por el gobierno de Estados Unidos, y de juzgar y aplicar la pena máxima a tres participantes en la ola de secuestros de embarcaciones y aeronaves con violencia homicida y derramamiento de sangre, que venía produciéndose en consonancia con los planes desestabilizadores imperialistas. El propósito evidente era estimular una ola migratoria ilegal en masa de Cuba a Estados Unidos, que ofrecería a Washington el casus belli, el pretexto, para atacar militarmente a Cuba. Bajo la consigna de “Iraq hoy, Cuba mañana”, se había organizado en Miami la única manifestación pública celebrada en el mundo en apoyo a la invasión del país árabe.

Ese grupo de mexicanos (y latinoamericanos residentes en México) coincidía con respecto a la escalada de agresión contra la Revolución Cubana, en lo siguiente: 1.- Cuba es el país con más importantes logros sociales en nuestra América y el foco de resistencia principal a la dominación imperialista y a las políticas neoliberales, en una región donde la abrumadora mayoría de los gobiernos habían sucumbido ante ellas, lo que explicaba la prioridad concedida por el parafascista de Bush a la supresión de su régimen social. 2.- El Estado revolucionario cubano había demostrado durante décadas su capacidad para derrotar con mayoritaria adhesión popular y un uso mínimo de la fuerza, las agresiones estadunidenses, y no existía ningún dato objetivo nuevo para pensar en un cambio de esa conducta. 3.- Cuba -con sus virtudes y defectos, pero en todo caso ejemplo de dignidad, soberanía y reserva estratégica del socialismo en América–, es una hermana en peligro y defenderla es defender a toda América Latina de la política de recolonización del continente que ya se acometía a través del ALCA y su antecedente el TLCAN.

Tres hechos vinieron a reforzar estas conclusiones básicas, marcando el punto de giro en la reversión de la campaña mediática en América Latina y en el mundo y propiciando el ya aludido razonamiento más informado por la opinión pública internacional sobre los acontecimientos en la isla. El primero fue el valiente y honesto artículo publicado por Pablo González Casanova el 26 de abril de ese año en La Jornada, en el que develaba el plan de Estados Unidos de invadir a Cuba con el pretexto de los derechos humanos mientras los violaba masivamente en Irak y era promotor de la supresión de libertades y de la extensión de la injusticia social y la opresión en todo el mundo. El intelectual mexicano declaraba su solidaridad irrestricta y la de los “muchos” con la Revolución Cubana y censuraba la errónea actitud asumida hacia ella en ese contexto por el escritor portugués José Saramago; el segundo, las diez demoledoras líneas suscritas cuatro días más tarde por Gabriel García Márquez, también en La Jornada, en las que asentaba: «Algunos medios de comunicación están manipulando y tergiversando mi respuesta a SusanSontang, para que parezca contraria a la revolución cubana. Este es un indicio más de que las muchas declaraciones sobre la situación cubana – aún de buena fe – pueden estar aportando y aun magnificando los datos que los Estados Unidos necesitan para justificar una invasión a Cuba»; el tercero, la declaración en el mismo sentido de un grupo de relevantes intelectuales mexicanos, leída el primero de mayo en la Plaza de la Revolución de La Habana ante más de un millón de cubanos por González Casanova. Endosada por el propio García Márquez, también la apoyaban Miguel León Portilla, Leopoldo Zea y Lisandro Otero y pronto recibió el apoyo de premios Nobel y de destacados intelectuales y personalidades internacionales.

En lugar del cuadro lúgubre que se pretendió pintar de una revolución cubana aislada y condenada por la inteligencia del mundo, emergía una pujante corriente de solidaridad con ella impulsada por las voces de prestigiosos intelectuales y artistas. Ello, claro, no era ajeno a la extraordinaria obra cultural desarrollada en Cuba por la Revolución ni al fluido diálogo del movimiento intelectual cubano con el gobierno de la isla, así como su ascendencia sobre sus pares del exterior. Pero aunque la campaña mediática fracasó y la derecha perdió el debate y por lo tanto coyunturalmente la iniciativa en relación con Cuba, no se podían lanzar campanas al vuelo pues las razones de la agresividad de Washington contra la isla no habían cambiado, como no cambiarán mientras no surja una fuerza capaz de transformar la correlación de fuerzas políticas internas y externas que impidan la permanente amenaza al pueblo soberano y su revolución.

Al regreso de González Casanova de Cuba después del acto del 1º de mayo, donde había sostenido intercambios con Fidel, Abel Prieto y Ricardo Alarcón, pidió convocar a una reunión de un grupo de intelectuales mexicanos con el embajador de Cuba, Jorge Bolaños. Allí, González Casanova planteó que una vez derrotada la reciente campaña mediática contra Cuba, con el apoyo al manifiesto A la conciencia del mundo de una parte muy influyente de la intelectualidad de América Latina y el Caribe, África, Asia, Estados Unidos y Europa, lo que debía seguir -como la mejor manera de defender a la Revolución Cubana- era frenar la política guerrerista y de conquista colonial de la administración de George W. Bush. Argumentó la necesidad y la urgencia de crear un frente internacional que no debiera conformarse con resistir, sino pasar a la ofensiva y proponer formas de organización social y de hacer política alternativas a las hegemónicas. Planteó que los pilares de esa empresa estaban en el movimiento internacional contra la globalización neoliberal y en el que se opuso a la agresión contra Irak, sin excluir a nadie dispuesto a sumarse.

El embajador Bolaños, que había participado en los intercambios con González Casanova en La Habana, manifestó que lo procedente era que un grupo se trasladara a La Habana para discutir estas ideas con una representación de la intelectualidad cubana, señalando la conveniencia de que esta iniciativa fuera acogida y promovida desde México, con el simbolismo de toda su tradición de amistad con Cuba y el hecho de que allí hubiera dado a luz el manifiesto A la conciencia del Mundo, que puede considerarse el documento precursor de la actual Red de Redes En Defensa de la Humanidad. En él se asentaba:

“La invasión a Irak ha tenido como consecuencia el quebranto del orden internacional. Una sola potencia agravia hoy las normas de entendimiento entre los pueblos. Esa potencia invocó una serie de causas no verificadas para justificar su intromisión, provocó la pérdida masiva de vidas humanas y toleró la devastación de uno de los patrimonios culturales de la humanidad. Nosotros sólo poseemos nuestra autoridad moral y desde ella hacemos un llamado a la conciencia del mundo para evitar un nuevo atropello a los principios que nos rigen. Hoy existe una dura campaña en contra de una nación de América Latina. El acoso de que es objeto Cuba puede ser el pretexto para una invasión. Frente a esto, oponemos los principios universales de soberanía nacional, de respeto a la integridad territorial y el derecho a la autodeterminación, imprescindibles para la justa convivencia de las naciones”.

Fue así como a finales de mayo y principios de junio de 2003, se inició una singular reunión, en el Palacio de las Convenciones, entre un grupo de intelectuales mexicanos con unos 40 de los más destacados intelectuales cubanos, presididos por el Ministro de Cultura, Abel Prieto, quien después de hacer una explicación de las razones que nos congregaban invitó a los mexicanos a exponer sus puntos de vista. A ello siguió un rico y fructífero intercambio entre cubanos y mexicanos sobre la coyuntura abierta por la elección de Bush, el atentado del 11 de septiembre y las guerras de Afganistán e Iraq, así como las acciones que se consideró que era necesario realizar para denunciar la magnitud de la barbarie en curso, hacer conciencia sobre la amenaza que constituía para la humanidad e intentar ponerle freno.

Esta reunión se prolongó hasta el día siguiente, cuando en la tarde se sumó Fidel, quien evidentemente ya conocía por Abel el desarrollo del debate anterior. Hizo varias preguntas y algún que otro comentario sobre aspectos muy poco conocidos de la situación internacional, se mantuvo muy atento al debate, en el que hizo algunas precisiones importantes de conceptos, y luego del fin de la reunión, brindó una de sus antológicas pláticas informales, en la cual aportó argumentos y puntos de vista muy importantes sobre los avances que estaban en marcha en América Latina después de la elección de Hugo Chávez. Afirmó, ya en esas fechas, que Chávez era un gran líder no sólo venezolano sino latinoamericano, llamado a desempeñar un papel muy importante en la resistencia a las políticas imperiales y en el impulso a la unidad e integración de América Latina y el Caribe. En la sesión de esa tarde se perfiló la idea de convocar en México a un encuentro internacional de intelectuales “en defensa de la humanidad”, aceptándose ese nombre para la organización que surgiría. El propósito del encuentro sería la constitución de una red internacional de intelectuales, en el sentido más amplio del término, que luchara por los objetivos identificados en el debate de esos dos días.

Al regreso de Cuba, se constituyó un comité organizador, en el que participaban la casi totalidad de los intelectuales que concurrieron a la reunión de La Habana, además de compañeros tan valiosos como Adolfo Sánchez Vázquez, siendo ésta una de sus últimas actividades públicas, misma que desempeñó con la humildad de un militante de filas hasta la celebración del Primer Encuentro de Intelectuales y Artistas por la Humanidad.

El encuentro de México en octubre de 2003 en el Polyforum Siqueiros tuvo varios aciertos importantes. Sus deliberaciones fueron ajenas al abandono de principios irrenunciables de la izquierda crítica, justificado en nombre de una supuesta modernidad por no pocos tránsfugas tras el derrumbe del socialismo eurosoviético y la generalización de la ofensiva neoliberal. La declaración final, publicada íntegramente en La Jornada, llamó a terminar con la globalización excluyente, no a limar sus aristas «más duras», y rechazó la renuncia del Estado al interés público, representada por la liberalización económica, las privatizaciones y los recortes al gasto social.

El documento llamó al imperialismo por su nombre y lo consideró el causante del actual orden hegemónico depredador y militarista que «opera como una máquina de exclusión social» y ha llevado a la humanidad a un «punto crítico que entraña serios peligros». El imperialismo, afirmaba, hace uso instrumental de la democracia: «la apoya en sus aspectos formales si conviene a sus intereses y conspira contra ella si las fuerzas populares llegan al poder por la vía democrática». Como corolario, denunciaba el uso que hacen los gobernantes neoliberales de la democracia «como patente de corso (…) para la entrega de recursos al capital trasnacional». Igualmente, reivindicó el derecho de los pueblos a la rebelión, señalando como ejemplo a la que defenestró en Bolivia «un gobierno totalmente subordinado a Estados Unidos.»

Precisamente por su apego a los principios de la auténtica izquierda, la reunión no fue tampoco una nostálgica y estéril reivindicación de los dogmas de un socialismo alejado del sentir del pueblo. Por eso postuló que «la diversidad es consustancial a la sociedad humana» y denunció el menosprecio del sistema dominante por las culturas y valores de los excluidos, «a menos que sean reducidos a los imperativos del mercado». Subrayó el arraigo popular de la Revolución Cubana y su firme voluntad de construir otro tipo de sociedad como fundamentos para que hubiera podido resistir casi cinco décadas de bloqueo y agresiones.

El rescate del internacionalismo como valor intrínseco de la izquierda recorría el documento, que se manifestó solidario «con los patriotas que -acusados de terroristas- luchan por la libertad de sus pueblos». De este modo, logró la combinación entre la defensa de lo local, -el edificante patriotismo y nacionalismo que identifica a las comunidades,- y lo universal, encarnado por los supremos intereses de la humanidad toda.

La declaración trazó con precisión la postura ética que define el compromiso social de los intelectuales al valorar el trabajo intelectual «que se funda en procedimientos rigurosos y, al mismo tiempo, es sensible a la injusticia del mundo en que vivimos; que aprende de sectores en todas las regiones, naciones y continentes que se levantan contra el orden establecido» y definirse «en favor de la igualdad económica, de géneros, postulando que la dignidad, la libertad y el respeto a la riqueza cultural de la humanidad han de prevalecer sobre el capital».

En el Encuentro se escuchó un mensaje enviado en video desde las montañas de Chiapas por el subcomandante Marcos, y a un Evo Morales, quien viajando expresamente de Bolivia a la reunión sin todavía llegar a la presidencia, afirmaba en su discurso: «La defensa de la humanidad pasa por la eliminación del imperialismo y el neoliberalismo».

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