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Maronitas: Están entre nosotros, pero ¿les conocemos?

©Violaine Martin-UN Geneva-CC

¿Quiénes son y qué influencia tienen los católicos de este rito oriental en el continente americano?.

El mexicano Carlos Slim es un famoso empresario que desde hace años es considerado uno de los hombres más ricos del mundo. Hasta ahí una historia bastante difundida y conocida. Sin embargo, Slim presenta otra característica que por muchos ha pasado desapercibida y que es menos expandida, pues si bien nació en Ciudad de México es descendiente de libaneses y es cristiano maronita, o sea, que pertenece a la rama oriental de la Iglesia católica.

De los 13 millones de cristianos maronitas que hay dispersados en otras regiones del mundo, se estima que 8.9 millones están en América Latina. Una de las comunidades de maronitas más grandes del continente se ubica en Brasil con 5,8 millones de miembros.

América Latina se convirtió en una tierra de esperanza para estos inmigrantes de ascendencia árabe, pero de confesión cristiana, y hasta el día de hoy siguen marcando presencia.

Recientemente, el papa Francisco le encomendó a Fadi Bou Chebel, un sacerdote maronita de origen libanés, construir una diócesis en Bogotá (Colombia) dirigida a la comunidad siria-libanesa-palestina.



“Tengo que preocuparme por los descendientes de la colonia siria-libanesa-palestina para conservar nuestras raíces y nuestra, digamos, espiritualidad oriental, para eso tengo que fundar una diócesis maronita en esta tierra”, señaló a El Comercio de Quito en esa oportunidad.

En ocasión de una visita a Ecuador, este sacerdote maronita pidió rezar por las víctimas del terremoto que afectó el país el 16 de abril de 2016.

“Estoy muy emocionado. Doy gracias a Dios por que nuestra colectividad no quedó cerrada sino que se abrió al país que lo recibió, que esta comunidad ha hecho el bien para la sociedad ecuatoriana; eso es parte de nuestra misión”, agregó.

Bou Chebel se comprometió a seguir visitando el país con bastante frecuencia.

A nuestro lado, pero poco conocidos

¿Pero quiénes son los cristianos maronitas y qué influencia han tenido en el continente? La respuesta es amplia, pero aquí van algunas pistas.

San Marón es el nombre clave. Estos cristianos católicos le deben a él su denominación, pues fue un monje que vivió cerca de Antioquía en el siglo IV –se relacionó con figuras como San Basilio y San Crisóstomo– y es calificado por muchos como un hombre santo, firme y defensor de la fe católica en oriente.

Durante su tiempo había una polémica que dividía a la Iglesia en torno a la figura de naturaleza de Cristo y para mantenerse al margen, Marón se retiró a una zona aislada montañosa y formó una comunidad de fieles, precisamente llamados maronitas.

Luego de la muerte de San Marón (año 410) sus discípulos crecieron en número y formaron el “Convento de San Marón”.

Hacia el año 510, varios miembros de la comunidad sufrieron persecución por temas doctrinales y de parte de quienes no aceptaron la fe católica definida en el Concilio de Calcedonia, llegando incluso hasta a haber mártires.

Con el transcurso de los años, integrantes del pueblo del patriarcado de Antioquía tuvieron que huir a los valles del Líbano donde formaron la Iglesia maronita y san Juan Marón estuvo al frente, siendo el primer patriarca maronita y de todo oriente.

Fue recién en el siglo XVI cuando los maronitas se integraron a la Iglesia católica.

Hoy en día los maronitas están en comunión con Roma, siempre fue fiel y unida al Papa, e incluso actualmente el patriarca maronita se llama Nasrala Butros Sfeir, siendo al mismo tiempo cardenal y por ende “papable”.

Los cristianos maronitas practican el rito oriental, por lo que la liturgia está vinculada a la tradición oriental y emplea el árabe y el arameo (además del español en países de habla hispana), especialmente en la consagración, idioma que hablaba Jesús.

“El rito de la Iglesia maronita tiene una riqueza muy amplia y tradición de la espiritualidad de los primeros padres de la Iglesia, la espiritualidad del ascetismo, del sacrificio para que el cuerpo del ser humano sea purificado por la penitencia, la oración y el silencio”, explica el sitio web de la Iglesia Nuestra Señora del Líbano en México.

Justamente, si bien las principales comunidades están en Siria y Líbano, hay un gran número de emigrantes alrededor del mundo y América Latina es uno de los lugares de mayor refugio para sus creencias y tradiciones.

Fuerte presencia en Argentina, Brasil y México.

No solo Slim es un personaje conocido (hijo de cristianos maronitas) y de origen libanés o ascendencia árabe. En América Latina hay muchos y provenientes de diferentes ámbitos que van desde la cultura hasta la política.

Dentro de este último espectro uno de los más conocidos es el expresidente de Argentina, Carlos Saúl Menem (1989-1999), hijo de sirios (su madre era cristiana maronita). En Brasil, hasta el propio presidente interino Michel Temer es descendiente de libaneses; en este caso, al igual que Slim, también hijo de cristianos maronitas.

¿Sabías que Shakira, la famosa cantante colombiana, también tiene ascendientes libaneses?  ¿Y Ricardo Darín, el reconocido actor argentino ganador de varios premios internacionales? También.

Los ejemplos son muchos y la lista podría continuar.  Pero en cuanto a los cristianos maronitas, en Brasil se encuentra la mayor comunidad.

La eparquía (circunscripción territorial bajo la autoridad de un obispo, sinónimo de diócesis para la Iglesia católica occidental) en ese país data del año 1962.

El primer obispo (o eparca) en Brasil fue Francis Zayek y su particularidad radica en que fue el primero de esta jerarquía nombrado para la diáspora, o sea, fuera del patriarcado maronita en Oriente Medio.

Tomó posesión de la sede de San Pablo, uno de los lugares más influidos por los maronitas en ese país.  Por ejemplo, en esta ciudad la influencia llegó hasta la ciencia y la medicina. Uno de los mejores hospitales del país es el “Sirio- Libanés”.

En Argentina, un claro ejemplo de la presencia maronita es la majestuosidad de la catedral de San Marón en Buenos Aires, lugar muy concurrido por ellos. Fue erigida a principios de siglo con piedras traídas desde  Líbano.



Si bien hace más de 100 años que están presentes en ese país, recién hace poco la comunidad pudo desarrollar esta magnífica obra arquitectónica.  Su obispo emérito es Charbel Merhi, que vive como eremita en  Líbano.

Por otra parte, en Argentina hay un famoso caso, el de Nínawa Daher,  una periodista y abogada católica fallecida en el año 2011 cuya causa se estudia como posible camino para beatificación. Su madre fundó la  Fundación Nínawa Daher -Por una vida digna.

Además, en este país, los miembros de esta comunidad no son ajenos a lo que está sucediendo actualmente en Oriente Medio con los campos de refugiados.

Recientemente lanzaron, en conjunto con la comunidad libanesa en el país, una campaña de apoyo a los refugiados que viven en los campamentos en esa parte del mundo.

“Nos parece que el modo más conveniente para ayudar de forma responsable no es traerlos a un país tan lejano como Argentina, sino brindarles toda la asistencia humanitaria posible en los países donde están refugiados para que puedan vivir de un modo más digno”, expresó Juan Habib Chamieh OMM, administrador apostólico de la eparquía (diócesis) San Charbel en Buenos Aires de los maronitas en la Argentina.

Los maronitas también tienen presencia en México y otros países del continente, un poco menor como Estados Unidos, Canadá, Uruguay e incluso Colombia con el impulso que le quiere dar Francisco.

¿Y en cuanto a la influencia de los maronitas?

Sin lugar a dudas los católicos maronitas que desembarcaron en América Latina dejaron su huella y eso se trasluce en simples ejemplos de personas con descendientes de esa comunidad influyentes tanto en el ámbito político como cultural.

Pero también dejaron su marca  en otros niveles, como en Brasil en cuanto a la medicina, y confirmaron que América Latina fue un lugar seguro para seguir difundiendo sus costumbres y creencias a pesar de las barreras de índole idiomática.

Brasil fue la principal puerta de entrada de los árabes cristianos en el continente durante una fuerte ola de inmigración que hubo a finales del siglo XIX y comienzo del siglo XX escapando de serios problemas, como la persecución religiosa de las  minorías católicas maronitas a manos del Imperio Otomano.

En el continente no encontraron mayores trabas para su desarrollo personal e incluso laboral. Muchos se dedicaron a lo que más sabían: el comercio y por ahí una de las pistas de su huella.

En tanto, el hecho de que muchos de estos inmigrantes fueran precisamente católicos maronitas a nivel de creencias tampoco les ocasionó mayores inconvenientes, pues la mayoritaria en América Latina también es la católica.



Así pues, los cristianos maronitas pisan fuerte en el continente. Y la historia de acogida parece que continuará, pues América Latina sigue siendo de puertas abiertas y sin mayores trabas legales para muchos que tienen esperanzas en un futuro mejor, máxime con la actual crisis de refugiados que se vive ahora en aquella región tan castigada del mundo.

Por Pablo Cesio
Con información de Aleteia

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Refugiados sirios en América Latina

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Tienda de dulces árabes regentada por un refugiado sirio en Quito. | Foto ©Esteffany Bravo

Salieron de Siria huyendo de la guerra, pero tomaron un rumbo distinto al de la mayoría. En vez de embarcarse en una peligrosa e incierta travesía hacia Europa a través del mar Mediterráneo, prefirieron montarse en un avión con destino a América Latina. Desde que comenzó el conflicto armado en 2011, más de 5.000 sirios han optado por iniciar una nueva vida en la región.

«Vine a Ecuador porque en este país no me piden visado para entrar», cuenta Wahed, nombre ficticio de un refugiado sirio que pide ocultar su identidad. «Cuando estaba en Siria, pensé en arriesgarme en el mar junto a mi familia para llegar a Europa, como mucha gente ha hecho. Pero luego un amigo que vive en Ecuador me dijo que podía ir a trabajar con él. Por eso vine hasta aquí», explica este hombre de mediana edad y de tez clara procedente de Idlib, una ciudad cercana a la frontera turca en disputa entre el gobierno sirio y diferentes grupos rebeldes.

«Tuve que dejar a mi familia en Siria», manifiesta con pesadumbre. Wahed lleva más de un año en América Latina. Ahora regenta una tienda de dulces árabes en Quito llamada Siria, como su país. «Los hace buenísimos», afirma su amiga libanesa, que ejerce de traductora durante la entrevista.

En los últimos cinco años, al menos 5.413 ciudadanos sirios han llegado a América Latina, según ACNUR. La gran mayoría de ellos, el 87%, decidió solicitar refugio en Brasil. Desde 2013, el gigante regional ha mantenido una política de puertas abiertas hacia los refugiados sirios, concediendo más de 8.000 visados humanitarios.

«Brasil ha tenido un rol muy importante en el tema de derechos de los refugiados en América Latina: no solo porque ha propiciado políticas o cuenta con un sistema de asilo bastante eficiente, sino porque también ha motivado a que otros países de la región promuevan políticas similares», confirma Karina Sarmiento, directora para América Latina de la ONG Asylum Access.

Jalil es uno de los miles de sirios que solicitó un visado humanitario en un consulado brasileño. Lo hizo en Estambul, después de haber sido deportado desde Dubái en su intento por llegar a América Latina. Este ingeniero eléctrico originario de Latakia, en la costa siria, decidió abandonar el país para evitar ser reclutado por un grupo armado. «Elegí venir a Ecuador porque mi hermano lleva 18 años viviendo aquí», describe. Su viaje, que duró un total de 23 días, no fue ni mucho menos un paseo idílico.

«En Dubái no me dejaron pasar por ser sirio»

«Fui en coche a Líbano, donde cogí un avión a Estambul. Desde allí volé a Dubái. Mi viaje tenía que ser desde Dubái hasta Sao Paulo y desde Sao Paulo a Quito. Pero como soy sirio, me pararon en Dubái durante tres días y perdí mi vuelo», recuerda el joven. Compró otro billete para ir de Dubái a Rio de Janeiro, desde allí a Lima y luego a Quito. Pero de nuevo se chocó con la negativa, y vuelta a Estambul. «Tenía papeles y una invitación firmada por el gobierno, pero no me dejaron pasar por ser sirio, por mi pasaporte. Estuve allí siete días en Estambul, fui al consulado brasileño y conseguí un visado.

«Finalmente llegué a Ecuador desde Estambul, pasando por Sao Paulo. Todo esto duró 23 días. Gasté 7.000 dólares porque perdí dos billetes de avión. Pasé mucho sufrimiento, mucho dolor. Todo por ser sirio, por mi pasaporte», continúa Jalil en un inglés entrecortado, salpicado por la rabia de un árabe que se sabe discriminado por otros árabes.

La mayoría de sirios que llegan a América Latina son profesionales de clase media-alta, según Gómez, experta en migraciones internacionales. El viaje desde Siria hasta Ecuador cuesta alrededor de 2.000 euros, mientras que viajar a Europa a través del mar supone un gasto aproximado de 4.000 euros.

En el caso de este sirio padre de tres hijos, Brasil solo fue un país de tránsito en su cruzada por escapar de la guerra. Tuvo que dejar a su familia atrás, dado que no contaba con el dinero suficiente como para pagar el viaje a su esposa e hijos. «He venido aquí para trabajar con mi hermano, necesito dar de comer a mi familia. Ahora les envío dinero todos los meses», desvela Jalil, quien no quiere revelar su verdadera identidad por miedo a que su familia sufra represalias.

Los más de cinco años que ya dura la guerra en Siria se han saldado con un balance catastrófico para la población civil. De los 23 millones de personas que vivían en Siria antes del inicio del conflicto armado, en la actualidad casi 5 millones han tenido que abandonar el país en busca de protección internacional, mientras que casi 7 millones son desplazados internos.

La tradición humanitaria de América Latina

«América Latina ha demostrado a lo largo de su historia una tradición humanitaria de mantener sus puertas abiertas», asegura Sonia Aguilar, directora de comunicación de ACNUR en Ecuador. «Durante décadas, los países han buscado respuestas ante el desplazamiento forzado. Desde la propia experiencia, como demuestra la existencia de la Declaración de Cartagena de 1984, la región mantiene tanto en su acervo legal como en sus prácticas, una orientación hacia la acogida. Y en ese sentido, América Latina ha asumido un compromiso importante para apoyar en una respuesta humanitaria frente a la crisis que viven los refugiados del conflicto en la República Árabe Siria», declara la portavoz de ACNUR.

Esa disposición latinoamericana hacia la acogida de personas perseguidas puede explicarse por la propia historia de la zona. Las dictaduras del Cono Sur y los conflictos en Centroamérica y en Colombia afectaron a miles de personas, que se vieron obligadas a huir de sus países en búsqueda de protección. Como consecuencia, los estados latinoamericanos firmaron la Declaración de Cartagena, un documento clave que amplió la definición de refugiado y permitió que fueran reconocidas como tales no solo las personas perseguidas por su raza, religión, nacionalidad o ideas políticas, sino también aquellas personas que huían de situaciones de violencia generalizada.

Falta de ayudas

En septiembre de 2015, cinco familias sirias que habían sido reasentadas en Uruguay un año antes, acamparon en una plaza de Montevideo para expresar su deseo de regresar a Líbano. Los refugiados se quejaban del alto coste de la vida y de las escasas ayudas que recibían del gobierno uruguayo, lo que apenas les alcanzaba para vivir.

«Normalmente, los programas de acogida a personas refugiadas en la región no incluyen apoyos. Y, si los incluyen, suelen ser pequeños, como en Brasil y Uruguay, donde se dan ayudas económicas, pero no son tal vez apoyos como se los preveía antes en Europa: alojamiento, un salario o un beneficio por el mes», comenta la responsable de Asylum Access en América Latina.

En sus propias carnes lo está viviendo Ahmed, un joven refugiado sirio que lleva dos años y medio en Ecuador que tampoco quiere revelar su nombre real. «La situación aquí es muy difícil: no puedo estudiar y tampoco hay trabajo por la crisis económica en el país. Además, nadie busca trabajar con refugiados», denuncia este chico de 22 años que se vio obligado a dejar sus estudios de Literatura Inglesa en la Universidad Nacional de Damasco. Ahmed, quien dice tener facilidad para los idiomas, aprendió a hablar español mientras trabajaba en un restaurante de Quito. «Encontré un trabajo en un restaurante, pero me pagaban menos del salario mínimo (366 dólares al mes), la jornada era de 14 horas y no tenía seguridad social. Con lo que gastaba en transporte no me sobraba nada», afirma Ahmed, que llegó a Ecuador junto a sus padres y hermanos después de haber probado suerte en Egipto. En Ecuador, donde residen 10 refugiados sirios y 79 solicitantes de asilo, el estado no aporta ayudas a las personas que buscan refugio. Estos dependen de ONG como HIAS, cuyas contribuciones económicas son irrisorias.

«Tenía sueños, pero la vida me los está destruyendo»

A Ahmed le gustaría continuar con sus estudios en Quito, pero dice no poder porque para entrar a la universidad le exigen superar un examen de español para el que no tiene suficiente nivel. Al no poder estudiar ni trabajar, Ahmed se siente atrapado. No puede volver a su país, pero tampoco ve esperanza en Ecuador. Por eso quiere ser reasentado.

«Es mi última opción. En este tiempo ya debería haber acabado la universidad, pero están pasando los años y no estoy haciendo nada: no estoy trabajando, no estoy estudiando, no estoy apoyando a mi familia», confiesa con voz temblorosa. «Solo espero no llegar al punto de no querer nada de la vida. Cada vez hay que adaptarse a una cosa y a otra cosa y a otra cosa. Tenía sueños, pero la vida me los está destruyendo», concluye.

Aparte de los problemas económicos, las barreras culturales se alzan entre los refugiados y las sociedades receptoras. Sham, una jovial mujer siria que llegó a Quito hace 10 meses destaca que su madre «pasa todo el día en casa, no quiere salir. Se pone el hiyab (velo) y la gente no sabe lo que es, le miran raro y ella se siente mal. Por eso prefiere estar en casa. No habla ni una palabra de español».

Raghida, que huyó de Siria porque el grupo yihadista Jabhat al-Nusra quiso obligarla a convertirse al Islam, plantea que el mayor reto de integración es el idioma. «En Ecuador casi nadie habla inglés, aunque la gente ha sido muy buena conmigo y me ayuda cuando digo algo mal en español», relata la joven drusa. Raghida dio a luz a su hijo poco después de llegar a Quito. Ahora solo quiere aprender español para encontrar un trabajo. «Así podríamos vivir una muy buena vida», sentencia mientras da de mamar su bebé.

¿Por qué América Latina?

¿Por qué hay población siria en América Latina? Esa es la pregunta del millón para Carmen Gómez, profesora de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). No tiene fácil respuesta, asegura, pero entre los principales motivos están las políticas de apertura de varios países de la región. Para el caso de Ecuador, un país al que los ciudadanos sirios pueden entrar sin necesidad de visado, «una de las hipótesis que se baraja es que en los últimos años se generó una imagen pública de apertura de las fronteras del país, de flexibilidad a nivel migratorio y de estabilidad económica que pudo atraer a los sirios», aclara Gómez. A esta imagen puede haber contribuido el caso del fundador de Wikileaks, Julian Assange, al que Ecuador proporciona asilo en su embajada en Londres desde 2012.

No obstante, según Gómez, esta percepción que se tiene del país andino puede ser engañosa. «Últimamente, Ecuador no está proporcionando el estatus de refugiado a la población que viene de Oriente Medio. Esto ocurre por varios motivos, entre ellos el desconocimiento de lo que ocurre en la región y los prejuicios que se tienen hacia los musulmanes», explica.

Según Gómez, «Ecuador está muy centrado en el caso colombiano» y por eso es reticente a facilitar el refugio a personas de otras nacionalidades. Ecuador, el país latinoamericano que alberga a más población refugiada en América Latina, acoge en su territorio a casi 60.000 refugiados colombianos.

En cualquier caso, los sirios que huyen del conflicto armado en su país lo hacen para salvar su vida y asegurar un futuro para ellos y sus familias. Los casos de Wahed, Jalil, Ahmed, Sham o Raghida muestran cómo algunos sirios prefieren buscar refugio más allá de Europa, evitando arriesgar su vida cruzando el mar y viajando a una tierra mucho más lejana y desconocida para ellos. Como afirma Raghida, «cuando Siria esté bien, me encantaría regresar a casa con mi familia». Por el momento, ella y todos los demás tendrán que construir un futuro en América Latina, una región que les ha abierto sus puertas a pesar de no contar con tantos recursos como Europa.

Por Jaime Giménez
Con información de: El Diario

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