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Árabes desaparecidos y el rescate del olvido

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Ricardo Emir Aiub, detenido-desaparecido el 9 de junio de 1977 y Claudio Cesar Adur, detenido-desaparecido el 11 de diciembre de 1976

Es difícil explicar por qué a 40 años del golpe cívico-militar la comunidad argentino-árabe organizada en sus instituciones no ha hecho presentaciones judiciales formales acerca de cuántos de sus “hijos” militantes y dirigentes del campo nacional y popular fueron secuestrados, torturados, fusilados y desaparecidos, ni tampoco ha hecho reclamos y presentaciones formales a la Conadep, como a las comisiones por la Memoria, la Verdad y la Justicia.

Las colectividades, como la judía y la japonesa, por ejemplo, lo han hecho aunque en distintos tiempos. La comunidad judía, que tuvo gran protagonismo en los 80 en su lucha por los derechos humanos, denunció que no menos de 1960 nombres de desaparecidos son de origen judío. El documental argentino-israelí Sin punto y aparte del periodista Shlomo Slutsky lo explica. Otro caso, muy diferente, es el de la colectividad japonesa, que estuvo callada durante muchos años sin reclamar por los 16 Nikkeis (primera generación de inmigrantes que nacen fuera de Japón) desaparecidos durante la dictadura. El motivo, tal vez, es que entre los inmigrantes japoneses estuvo instalada por muchos años la idea de no generar problemas al país que los recibe. Recién en 2011 se llevó a cabo una muestra sobre detenidos desaparecidos Nikkeis llamada “No desaparece quien deja huella” y el libro de reciente aparición No sabían que somos semilla, del periodista Andrés Asato.

El caso de la comunidad árabe y sus descendientes es curioso, porque quizás haya sido la que aportó a las causas populares, especialmente al peronismo, al radicalismo y al sindicalismo combativo, ejércitos de militantes y dirigentes en todas las líneas tanto partidarias como de gobierno, sobre todo en los provinciales.

Es notable observar en una circular de Interpol (1.7.1976), enviada a la Dirección Nacional de Información e Inteligencia de Uruguay y publicada en la web de la Secretaría de Derechos Humanos para el Pasado Reciente del vecino país, la nómina y datos de integrantes del Partido Peronista Montonero capturados y detenidos. En el listado se encuentran varios nombres de marcado origen árabe como Abraham, Elganame, Haidar y Jalit Jalid. También, las fuerzas revolucionarias como FAP y el Partido Comunista tenían entre sus filas y sentados en las mesas de conducción descendientes de árabes de primera generación.

Voy a destacar algunos ejemplos. Envar El Kadri en 1965 fundó y participó de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) con el objetivo de armar una guerrilla rural en el monte tucumano que enfrente militarmente al gobierno usurpador de Onganía. Los restos de Cacho, como le decían sus allegados, desde 1998 descansan en el cementerio Islámico de San Justo. Fue detenido y torturado duramente en dos oportunidades. Fue liberado en 1973 con la amnistía del presidente Cámpora. Consiguió trabajo bajo la gestión Puiggrós, en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires. El 1º de enero de 1975, amenazado y perseguido por la Triple A, y después de la muerte de su amigo Julio Troxler, comenzó un largo y duro exilio que finalizó en el año 1984, cuando regresó al país.

Otro caso, actualmente más presente, es el del pianista tucumano Miguel Angel Estrella. Estrella (Neyem en árabe) se dedicaba a interpretar música frente a los indígenas y obreros, en los rincones más postergados e inaccesibles de la Argentina. Por su fuerte compromiso con la doctrina social de la Iglesia, fue perseguido y debió huir a Uruguay. Allí fue secuestrado, detenido clandestinamente y sometido a todo tipo de torturas. Pudo salvar su vida por la presión de organizaciones internacionales cuando se conoció el destino que le había otorgado la Operación Cóndor. Otros, entre tantos más, han sido los periodistas Claudio Cesar Adur, detenido-desaparecido el 11 de diciembre de 1976, y Ricardo Emir Aiub, detenido-desaparecido el 9 de junio de 1977. Quizás, todos ellos, parafraseando al poeta palestino Mahmud Darwish en su poema “Yo soy de allí”, han aprendido todo el lenguaje y lo han deshecho para componer una única palabra: Patria.

Hoy, después de cuatro décadas, nos preguntamos, por qué los dirigentes de las instituciones de la comunidad no han caminado los tribunales reclamando por sus hijos caídos y desaparecidos en la lucha por la Justicia Social. Por qué los profesionales e intelectuales no se han atrevido a escribir sus homenajes. Por qué desde las tribunas no se oyó el eco de la voz de los que ya no están, hijos de la resistencia de Palestina y de Argelia. Tal vez sea por desidia o cobardía, por vergüenza o por la complicidad con los poderosos de entonces. No lo sé, pero estas preguntas son un buen comienzo para buscar la verdad y rescatarlos del olvido.

Por Alí Mustafá
Con información de:Página 12

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La tolerancia es el vino de los pueblos

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Mi padre era el cuarto o quinto hijo de una docena que dio al Uruguay un matrimonio de inmigrantes libaneses, cristiana ella y probablemente él también. Toda su infancia la vivió en la miseria, escarbando raíces del campo para comer, poniendo los pies descalzos en el estiércol de las vacas para aliviar el frío de las madrugadas con escarcha, peleándose con otros pobres por los huesos que desechaba el Frigorífico Tacuarembó.

Era un niño de escuela cuando con sus hermanos ya trabajaba amasando barro para hacer ladrillos o plantando verduras que luego vendía en el pueblo. Cuando un hermano volvía de la escuela, el otro lo encontraba a la salida del pueblo para ponerse sus zapatos.

Con el tiempo, allá por los años cincuenta, mi padre logró irse a la capital para estudiar carpintería y radiofonía y al volver a su pueblo levantó su Fábrica de Muebles, como la llamaba él, además de iniciar diversos negocios y de fundar un Rotary Club y alguna cooperativa bancaria con cierto éxito. Durante el día trabajaba en su farmacia o buscaba alguna vaca perdida en alguno de sus campos y por las noches, durante treinta años, daba clases en la escuela técnica. Sus colegas se reían de su habilidad de quedarse dormido sentado o aun de pie.

“Si volviera a vivir, trabajaría menos y disfrutaría más”, fue una de las últimas cosas que me dijo por teléfono, no por amargura sino para darme un nuevo consejo, que resultó ser el último. Nuestra última conversación fue en tono de bromas, porque uno nunca sabe el significado de cada momento.

Un día después de su funeral, caminando por los viejos rincones de la ciudad de mis vidas anteriores, como si sacara a pasear la tristeza con la secreta esperanza de que se perdiera en alguna esquina, me crucé con muchas personas, demasiadas para el momento, la mayoría de las cuales no conocía o no alcanzaba a reconocer después de tantos años. Uno de ellos me dijo:

–La mejor etapa de mi vida la pasé cuando trabajé con tu padre. El hombre sabía cómo conseguir obras en cualquier ciudad y allá íbamos todos.

–Yo fui alumno de tu padre –me dijo otro señor, a quien sí recordaba de años atrás–. Yo era un muchacho perdido cuando lo conocí. El me dio mi primer trabajo y me enseñó a ser gente. Si no fuera por él, hoy no sería el que soy ni tendría la familia que tengo.

Mi perspectiva, como la de cualquiera, no es neutral. Para mí era un hombre austero, generoso con propios y ajenos, aunque seguramente muchos opinarían lo contrario. “Para unos soy un buen tipo –decía él–, y para otros seguramente un miserable. No se puede estar bien con Dios y con el diablo.” No era difícil encontrar defectos en él, no porque se destacara especialmente en esta particularidad humana, sino porque nunca es difícil encontrar defectos en los demás. Si dicen que ya hubo un tipo perfecto, que se la pasaba predicando amor democrático hasta para sus enemigos y lo crucificaron igual, ¿qué más se puede esperar?

Esto era aún más evidente en el mundo de las pasiones ideológicas. Siempre discutíamos de política. El, aferrado a sus principios conservadores y yo, aferrado a rebatirlo. Nuestras discusiones eran intensas, pero siempre se resolvían de una forma sencilla:

–Bueno, ya veo que no nos vamos a poner de acuerdo –decía–; vamos a tomar un vino, entonces.

Claro, alguien dirá que la tolerancia no es el vino, sino el opio de los pueblos. No menos verdad es que su ausencia es la muerte de los pueblos y, peor, la frustración de cada una de las vidas concretas que conforman esa abstracción mitológica.

Yo lo quería muchísimo, como cualquier buen hijo puede querer a un buen padre. Pero un hijo nunca quiere tanto como un padre. Toma una vida entera llegar a esta verdad; algunos, incluso, necesitan dos para comprenderlo y una más para llegar a aceptarlo. Así, uno va descubriendo en los recuerdos antiguos otros significados, cada vez más profundos.

Por ejemplo, en varias elecciones políticas el viejo integró las listas de su partido. Yo nunca lo voté. Recuerdo que en mi primera vez, a fines de los años ’80, voté a un incipiente partido ecologista. Cuando llegué a casa le dije a mi padre que no lo había votado a él. Como siempre, él lo recibió con una sonrisa y me dijo que había hecho bien.

Ahora que ha muerto, me pregunto para qué diablos sirvió toda aquella honestidad idealista de la que presumí aquel día de elecciones. ¿Para qué sirvió toda esa pequeña crueldad? ¿Para qué sirvió toda aquella pequeña verdad, aquella sospechosa honestidad?

¿Para qué sirvió todo?, me pregunto mientras miro un mazo de un centenar de cartas escritas en árabe que sus padres escribieron y recibieron hace casi un siglo atrás. No sé lo que dicen. Apenas puedo sospechar historias de amores y desamores, de encuentros y desencuentros que mi padre tampoco llegó nunca a saber porque los suyos también le ocultaron sus frustraciones, como le ocultaron todos los secretos del idioma que sólo usaban en lo más profundo de sus dos desoladas intimidades en un rancho de barro, en medio de un campo ajeno que apenas daba para sobrevivir.

¿Para qué sirvió todo?, vuelvo a preguntarme.

Entonces miro a mi hijo mirando por la ventana, como yo solía mirar mientras mi padre trabajaba en cosas más útiles y me doy cuenta de que sé la respuesta. La respuesta, no la verdad. Porque una cosa es el deber, lo que debe ser, y otra simplemente lo que es. De una no hay dudas y de la otra, de la verdad, probablemente nadie sabe ni su nombre.

Por Jorge Majfud
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