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Los Hassassin, el Islam y la creencia en la Transmigración

La doctrina del renacimiento, o más correctamente de la transmigración, es un tema central en numerosas creencias orientales, particular en las enseñanzas jainistas, hindúes y budistas. En la versión hindú el alma nace una y otra vez para poder adquirir gradualmente una mayor comprensión hasta alcanzar el conocimiento perfecto o libertad. Cuando muere el nombre y la forma, namarupa, la vida, jiva, continúa viviendo; según el pintoresco ejemplo del Brihadaranyaka Upanishad: “El yo corporal se separa del cuerpo como una fruta se separa de su tallo”.

Tales ideas eran ampliamente aceptadas en Persia y evolucionaron en la particular forma musulmana de creencia en el Mahdi, «el guiado por Dios hacia la verdad». La versión ismailita de estas ideas se cristalizó en dos escuelas de pensamiento: la primera de ellas cree en la inmortalidad del mismo Ismail y, en consecuencia, afirma que él es el Mahdi; la segunda cree que Mohamed, hijo de Ismail, fue Mahdi y que no morirá hasta no haber conquistado el mundo. En cualquier caso, este concepto se encuentra en la misma base del mesianismo islámico.



Los drusos aceptan la reencarnación como uno de los principios característicos más importantes de su religión: consideran que su fundador y apóstol Hakim poseyó el alma del duodécimo imán, es de ese hecho de donde deriva su autoridad. Los drusos, de los que disponemos de más información que de los Asesinos y cuyas doctrinas son usualmente casi idénticas, creen que todas las almas humanas fueron creadas juntas y que su número es fijo. Al igual sucede con el concepto hindú citado anteriormente, las almas progresan a través de una serie de transmigraciones hacia un grado de excelencia cada vez más elevado. Una de las epístolas drusas afirma que los hombres virtuosos progresan en el conocimiento de su religión hasta alcanzar eI imamato.

Algunas de las anécdotas escritas hacia 1324 por Abu Firas y citadas por Guyard se refieren a la reencarnación en su forma particular de metempsicosis. En una de ellas se cuenta la historia de como Rashid Sinan viajaba en compañía de algunos Asesinos después de que un cierto Fahd hubiera matado al usurpador Khodjah ‘Ali. Los superiores de Sinan en Alamut le habían ordenado que acusara públicamente a los rebeldes que habían intentado apoderarse de la secta. Durante el viaje, vieron una serpiente y la guardia de Sinan se dispuso inmediatamente a matarla. Pero Sinan los detuvo, diciendo: “No la toquéis. Se trata de Fahd. Esta metamorfosis en forma de serpiente es su purgatorio y no debemos librarle de él».

En otra ocasión, de la que igualmente informa Abu Firas, los Asesinos observaron que su líder, Sinan, se alejaba a menudo del campamento durante la noche, quedándose a solas. Pensaron que lo hacía para ocultar tesoros y joyas en algún lugar secreto. Una noche, uno de sus seguidores lo sorprendió conversando con un pájaro verde. Sinan argumentó que ese pájaro era Hassan-i Sabbah, que había acudido desde Alamut para visirarle. Esta historia ilustra la forma en que las leyendas adquieren complejidad y confusión, puesto que sin duda alguna el pájaro verde representa al loro, animal al que ya hemos visto aparecer en relación con el hashish. Estas dos anécdotas sirven para ilustrar la suposición de que los Asesinos creían en la metempsicosis.

El problema de la doctrina ismailita

Los eruditos han establecido las líneas principales de las doctrinas exotéricas de los ismailitas, y han demostrado que el impulso principal de las ideas esotéricas se desarrolló a partir de fuentes islámicas y neoplatónicas. Pero los detalles de los aspectos esotéricos
sólo pueden discutirse en términos generales y con un cierto grado de suposición. Incluso dentro de la fe ismailita ha habido numerosas sectas divergentes que quizá diferían en un solo concepto o interpretación importante. La investigación reciente sobre los escritos y  las doctrinas ismailitas, surgida en Siria y en la India, no nos dirá necesariamente mucho sobre las prácticas de Hassan-i Sabbah. Y aunque los drusos poseen un registro escrito mucho más preciso de sus doctrinas, presumiblemente cercanas a la doctrina ismailita primitiva, tampoco podemos llevar dicho paralelismo demasiado lejos.


El verdadero problema de los ismailitas en general, y de los ismailitas nizaríes o Asesinos en particular, es que siempre fueron considerados heréticos y, por lo tanto, perseguidos por el Islam oficial, a excepción del período en el que el ismailismo fue la religión oficial bajo los califas Fatimitas de Egipto. La consecuencia de ello es que nunca se conoció una fórmula comprehensiva del credo de los Asesinos. Los propios Asesinos mantuvieron sus doctrinas en secreto, mientras que sus enemigos se limitaron a despreciarlos como heréticos, sin estudiarlos ni informar sobre ellos.

Por E. Burman

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Mushkil Gusha – El Disipador de Dificultades y el palacio del leñador

En esencia, Mushkil Gusha es la historia de nuestra propia e individual relación con el mundo interno. Y dado que estamos viviendo en un momento en el que hay una gran necesidad de comprender el poder curativo que hay dentro de nosotros, esta historia no debe ser olvidada, para que, en palabras de Mushkil Gusha, “las personas que tengan verdadera necesidad podrán encontrar su camino”.

Entonces, un día, sucedió que un rey, acompañado por sus visires, estaba regresando a su palacio después de un día de caza. Por casualidad él pasó al lado del majestuoso nuevo palacio construido por el cortador de espinos. Aquel hombre, un humilde leñador que había sido favorecido por Mushkil Gusha, el Disipador de Dificultades, quien había entregado al humilde hombre y su joven hija una gran cantidad de piedras preciosas con las que el cortador de espinos había construido aquella lujosa fortaleza.

Y quedando el rey sumamente sorprendido, él inquirió sobre el dueño. Sus cortesanos le informaron que había sido construido bastante recientemente, y que nadie sabía de quién era. Lo único que todos sabían era que el nombre del dueño era La‘el l-e Sowdagar, (comerciante de gemas).

Oyendo ésto, el rey consultó con sus visires más cercanos. Uno de ellos sugirió que ellos fueran al palacio y, bajo el pretexto de conseguir un poco de agua para el rey, intentar averiguar qué estaba pasando y quién era el dueño. Todos estuvieron de acuerdo y así ellos se acercaron el palacio, y cuando alguien vino a la puerta, uno de los cortesanos dijo, “Su Majestad Imperial, el Centro del Universo, está volviendo a su palacio de cazar y está sediento. Nosotros deseamos tener un poco de agua.” Sucedió que el cortador de espinos respondió a la puerta; así, habiendo oído la petición, hizo una reverencia, diciendo, “Pero claro, por supuesto; es un placer.”


Entonces entró rápidamente y llenó una copa dorada con gemas incrustadas con sorbete de cardamomo y agua de rosas y se lo entregó al rey. Después de beber el sorbete el rey miró la copa y dijo, “Qué copa tan hermosa. No hay ninguna como ella en todo mi tesoro”. El cortador de espinos hizo una reverencia una vez más y dijo, “¿Puedo regalárselo a su majestad?”. El rey estaba complacido. Él preguntó entonces quién era el dueño del palacio. El cortador de espinos contestó, “Su majestad, pertenece a su sirviente y esclavo, La ‘l-e Sowdagar.” El rey se dirigió a casa sin esperar más.

En su llegada él corrió hacia su hija que inquirió por qué regresaba tan temprano. El rey le contó la historia entera. No teniendo ningún compañero de juegos, la princesa dijo, “me gustaría que le hubiera preguntado si tenía una hija de mi edad, para que pudiera ser mi dama.” El rey envió inmediatamente a algunos de sus sirvientes a preguntar. A su regreso ellos informaron no sólo tenía La’el l-e Sowdagar una hija, sino que era tan bonita que invocaba a la luna para que no surgiera, para que ella pudiera iluminar la noche por sí misma.

Ellos concluyeron que era perfecta para ser la dama de la princesa. La princesa envió a sus sirvientes para traerla. La hija del cortador de espinos estaba encantada y partió para el palacio del rey. Al principio la princesa sintió celos de la belleza de la muchacha, pero pronto se hicieron buenas amigas. Se encontraban todos los días, e iban a menudo y nadaban y jugaban en un arroyo que el rey había constituido para su hija.

Un día, la princesa llevaba un hermoso collar, y antes de bañarse, se lo quitó y lo colgó en un árbol al lado del arroyo. Cuando salió del agua se olvidó que lo había colgado en el árbol, y no pudiendo encontrarlo, decidió que su nueva dama lo había robado. La princesa contó ésto a su padre, que arrestó a la muchacha y a su padre. La joven fue vendida como esclava, y el hombre fue enviado a prisión. Lo curioso, sin embargo, fue que cuando los soldados fueron a confiscar el palacio de La’el l-e Sowdagar y su mobiliario encontraron que todo se había esfumado y había desaparecido.

La recién encontrada riqueza del cortador de espinos se había acabado. Fue tratado como un delincuente común. No más sorbetes o carnes delicadas en sus comidas. Tenía que vivir de pan y agua, y dormir sobre paja sucia. Entonces una noche de miércoles él tuvo un sueño: Un santo varón luminoso, que llevaba sandalias, manto y turbante verdes, se le acercó y, referente a él con su bastón de caminante, dijo, “Oh, tú! interiormente ciego, usted se ha olvidado de recordar a Mushkil Gusha. Ahora, levántese; hay un penique escondido bajo el umbral de la puerta. Tómelo, compre un poco de fruta seca, y cumpla su promesa.” El hombre se despertó con un sobresalto, y entonces recordó su sueño. Al mismo tiempo comprendió que era jueves. Buscó el penique y efectivamente allí estaba.

Recogió el dinero, y llamó a través del orificio de la llave al carcelero, diciendo, “Dios lo bendiga, hermano, por favor tome esta moneda y cómpreme un poco de fruta seca”. El guardia dijo, “yo debo decir, que tiene usted valor. Usted quiere que yo siga un encargo tonto para que usted pueda escapar. No, nada haré.” Un par de minutos después el cortador de espinos repitió la misma demanda a un hombre a caballo que vio pasar fuera de la ventana de la cárcel; pero el hombre inventó alguna excusa y siguió su rumbo.

Una mujer vieja que caminaba despacio pasó por allí. El hombre la llamó, “Dios la bendiga, señora. Por favor tome este penique y consígame un poco de fruta seca para que yo pueda cumplir mi promesa.”

La vieja mujer contestó, “Estimado señor, mi hijo está moribundo, pero no importa yo le ayudaré.” Así que la mujer vieja trajo la fruta, y el cortador de espinos le agradeció y le preguntó si ella la compartiría con él y simplemente escucharía su historia.

Ella consintió, y apenas concluyó de narrar su historia alguien se apresuró y llamó a la mujer vieja, “Usted no puede creer esto, pero su hijo justo ha logrado escapar de las garras de Azra’il (El Ángel de Muerte). Él está requiriéndole.”


Ese  mismo día, la princesa fue a bañarse en el arroyo de nuevo. Creyó ver su collar que yaciendo en el fondo del arroyo. Pero cuando miró de nuevo comprendió que era un reflejo de su collar lo que ella vio. Buscó, y allí estaba, aun esperando en la rama dónde ella le había dejado, era su collar. Ella se apresuró al rey y le contó las noticias. El rey ordenó entonces que el cortador de espinos y su hija fueran liberados. La princesa y la muchacha se hicieron amigas de nuevo, y aunque parezca extraño, cuando el cortador de espinos y su hija regresaron a su casa ellos se dieron cuenta de que su palacio todavía estaba allí. Una vez más, el cortador de espinos se volvió Al ‘l-e Sowdagar, y todos vivieron felices por siempre. Nosotros rogamos a Dios que cumpla vuestro deseo tal como Él cumplió los suyos. Dios lo quiera.

No olvides compartir esta historia esta noche, cuando el sol se ponga.Comparte unos dátiles, Mushkil Gusha, el disipador de dificultades, estará allí.

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Mushkil Gusha – El disipador de dificultades y el leñador

Recuerda compartir unos dátiles una noche de jueves y contar esta historia del “Disipador de dificultades”.

El Leñador

Había una vez, a menos de mil millas de aquí, un pobre leñador viudo que vivía con su hija pequeña. Todos los días iba a la montaña a cortar leña para hacer fuego, que traía a casa y ataba en haces.

Después de tomar el desayuno caminaba hasta el pueblo más cercano, donde vendía la leña y descansaba un rato antes de regresar. Un día, al volver ya tarde a casa, la niña le dijo:

-“Padre, a veces desearía tener mejor comida, más cantidad y diferentes clases de cosas para comer”.

“Muy bien hija mía”, dijo el viejo “mañana me levantaré más temprano que de costumbre, me adentraré en la montaña donde hay más leña y traeré una cantidad mucho mayor que la habitual. Llegaré a casa más temprano y así podré atar la leña antes para luego ir al pueblo a venderla; conseguiré de esta forma más dinero y te traeré toda clase de cosa ricas para comer”.

A la mañana siguiente el leñador se levantó antes del alba y se fue las montañas. Trabajó duramente cortando leña, e hizo un enorme haz que acarreó sobre su espalda hasta la casa.

Cuando llegó, todavía era muy temprano. Puso la carga en el suelo y golpeó la puerta diciendo:

“Hija, hija, abre la puerta que tengo hambre y sed, y necesito tomar algún alimento antes de ir al mercado”.

Pero la puerta permaneció cerrada. El leñador estaba tan cansado que se acostó en el suelo y pronto se quedó dormido al lado del atado de leña.

La niña, que había olvidado la conversación de la noche anterior, estaba profundamente dormida. Cuando el leñador se levantó, unas horas después, el sol ya estaba alto. Golpeó nuevamente la puerta y dijo:

“Hija, hija, ven pronto. Debo comer algo e ir al mercado pues es mucho más tarde que otros días”.

Pero como la niña había olvidado aquella conversación de la noche anterior, mientras el padre dormía, se había levantado, arreglado la casa, y había salido a dar un paseo. Dejó la cabaña cerrada, suponiendo, en su olvido, que su padre estaba todavía en el pueblo.

Así que el leñador se dijo: “Ya es demasiado tarde para ir al pueblo, regresaré a las montañas y cortaré otro haz de leña, que llevaré a casa, así mañana tendré doble carga para llevar al mercado.

Trabajó duramente ese día en las montañas, cortando leña y dando forma a la misma. Era ya de noche cuando llegó a su casa con la leña sobre los hombros. Puso el atado detrás de le casa, golpeó la puerta y dijo:

“Hija, hija, abre que estoy cansado y no he comido nada en todo el día.

Tengo doble cantidad de leña que espero llevar mañana al mercado. Esta noche tengo que dormir bien para poder sentirme fuerte”.

Tampoco hubo respuesta, pues la niña, sintió mucho sueño al regresar a su casa, se preparó la comida y se fue a la cama. Al principio estuvo preocupada por la ausencia de su padre, pero luego se tranquilizó pensando que se había quedado a pasar la noche en el pueblo.


Nuevamente el leñador, al ver que no podía entrar en su casa, cansado, hambriento y sediento, se acostó junto a la leña y de inmediato se quedó dormido. Le fue imposible permanecer despierto a pesar de la preocupación que sentía por lo que hubiera podido pasarle a su hija. Como el leñador tenía tanto frío, tanto hambre, y estaba tan cansado, despertó muy temprano, a la mañana siguiente, aun antes de que hubiera luz. Se sentó y miró a su alrededor pero no pudo ver nada. Entonces ocurrió algo extraño, le pareció escuchar una voz que decía:

“Rápido, rápido, deja tu leña y ven aquí. Si lo necesitas mucho y lo deseas poco, tendrás una comida deliciosa”.

El leñador se puso de pie y caminó en dirección hacia donde venía la voz. Anduvo, anduvo y anduvo, pero no encontró nada. Entonces sintió más cansancio, frío y hambre que antes, y además se encontraba perdido. Había tenido muchas esperanzas, pero eso no parecía haberlo ayudado.

Ahora se sintió triste, con ganas de llorar, pero se dio cuenta de que llorar tampoco le ayudaría. Así que se acostó y se durmió. Muy poco después despertó nuevamente, tenía demasiado frío y hambre para poder dormir.

Fue entonces cuando se le ocurrió relatarse a sí mismo, como si fuera un cuento, todo lo que había ocurrido después de que su hija le hubiera pedido una clase diferente de comida.

Tan pronto como terminó su historia, le pareció oír otra vez, en algún lugar por encima de él, como saliendo del amanecer, una voz que decía:

“¿Qué haces ahí?”

“Estoy contándome mi propia historia”, respondió el leñador.

“¿Y cuál es esa historia?”, preguntó la voz.

El leñador repitió su narración.

“Muy bien,” dijo la voz. Y a continuación le indicó que cerrara los ojos y subiera por la escalera.

“¡Pero yo no veo ninguna escalera!” dijo el viejo.

“No importa, haz lo que te digo”, ordenó la voz.

El hombre hizo lo que se le indicaba. Tan pronto como hubo cerrado los ojos, descubrió que estaba de pie y, levantando el pie derecho, sintió algo como un escalón debajo de él. Comenzó a subir lo que parecía ser una escalera. De repente los escalones comenzaron a moverse, se movían muy deprisa, y la voz le dijo:

“No abras los ojos hasta que yo te lo indique”.

No había pasado mucho tiempo cuando le ordenó abrirlos. Al hacerlo, se encontró en un lugar que parecía un desierto, con el sol ardiente sobre su cabeza. Estaba rodeado de cantidades y cantidades de pequeñas piedras de todas clases: rojas, verdes, azules y blancas. Pero parecía estar solo; miró a su alrededor y no pudo ver a nadie.

Pero la voz comenzó a hablar de nuevo:

“Toma todas las piedras que puedas, cierra los ojos y baja los escalones”.

El leñador hizo lo que se la decía y, cuando abrió los ojos por orden de la voz, se encontró delante de la puerta de su propia casa. Llamó a la puerta y la hija le abrió. Ella le preguntó  dónde había estado y el padre le contó lo ocurrido, aunque la niña apenas entendió lo que él decía porque todo le sonaba muy confuso.

Entraron en la casa, y la niña y su padre compartieron lo último que les quedaba para comer, un puñado de dátiles secos. Cuando terminaron, el leñador creyó oír nuevamente la voz que le decía:

“A pesar de que quizá tú aún no lo sabes, has sido salvado por Mushkil Gusha.

Recuerda, Mushkil Gusha siempre está aquí. Asegúrate de que todos los jueves por la noche comerás unos dátiles, darás otros a alguna persona necesitada y contarás la historia de Mushkil Gusha. De lo contrario, harás un regalo en su nombre a alguien que ayude a los necesitados. Asegúrate de que la historia de Mushkil Gusha nunca, nunca sea olvidada. Si tú haces esto y otro tanto hacen las personas a quienes tú cuentes esta historia, los que tengan verdadera necesidad siempre encontrarán su camino”.

El leñador puso todas las piedras que había traído del desierto en un rincón de su casa. Parecían simples piedras y no supo qué hacer con ellas. Al día siguiente llevó sus dos enormes atados de leña al mercado y los vendió muy fácilmente, a muy buen precio. Al regresar a su casa, llevó a su hija toda clase de ricos manjares, que ella hasta entonces jamás había probado.

Cuando terminaron de comer, el viejo leñador dijo:

“Ahora te voy a contar toda la historia de Mushkil Gusha.

-“ Muskhil Gusha significa el disipador de todas las dificultades. Nuestras dificultades han desaparecido gracias a Mushkil Gusha, y debemos siempre recordarlo”.

Durante una semana el hombre siguió como de costumbre. Fue a las montañas, trajo leña, comió algo, llevó la leña al mercado y la vendió. Siempre encontró un comprador sin dificultad.

Llegó el jueves siguiente y, como es común entre los hombres, el leñador olvidó contar la historia de Mushkil Gusha. Esa noche, ya tarde, se apagó el fuego en casa de los vecinos, los cuales no tenían nada con lo que volver a encenderlo; fueron a casa del leñador y le dijeron:

“Vecino, vecino, por favor, danos un poco de fuego de esas maravillosas lámparas que vemos brillar a través de tu ventana”.

“¿Qué lámparas?” preguntó el leñador.

“Ven fuera y verás”, le respondieron. El leñador salió y vio claramente toda clase de luces que brillaban, desde dentro, a través de su ventana. Entró en casa y vio que la luz salía de montón de piedras que había colocado en un rincón. Pero los rayos de luz eran fríos y resultaba imposible emplearlos para encender fuego, así que salió y les dijo:

“Vecinos, lo lamento, no tengo fuego”, y les dio con la puerta en las narices. Los vecinos se sintieron molestos y sorprendidos, y volvieron a su casa refunfuñando.

El leñador y su hija, rápidamente, taparon las brillantes luces con cuanto trapo encontraron, por miedo de que alguien viera el tesoro que tenían. A la mañana siguiente, al destapar las piedras, descubrieron que eran luminosas piedras preciosas. Una por una, las fueron llevando a las ciudades de los alrededores, donde las vendieron a un enorme precio. El leñador, entonces, decidió construir un espléndido palacio para él y su hija. Eligieron un lugar que quedaba justamente frente al castillo del rey de su país. Poco tiempo después había tomado forma un maravilloso edificio.


Éstos son algunos de los incidentes de la historia de Mushkil Gusha. Es un cuento muy largo y nunca termina. Tiene muchas versiones; algunas ni siquiera se llaman la historia de Mushkil Gusha y por eso la gente no las reconoce. Pero es por causa de Mushkil Gusha por lo que su historia, en cualquiera de sus formas, es recordada por alguien, en algún lugar del mundo, día y noche, donde quiera que haya gente. Así como su historia siempre ha sido relatada, así seguirá siendo contada siempre.

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