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El Másbaha – Una historia de Fé en cada cuenta

Másbaha de coral negro

Tenía 11 años y fue amor a primera vista, lo cual es aún más sorprendente dado el hecho de que no tenía idea de lo que estaba viendo. Sin embargo, pronto aprendí que estos objetos fascinantes eran cuentas de oración”, dice Najib Takieddine, un graduado de la Universidad de Cornell, profesor y ávido coleccionista de másbahas.

Takieddine ha dedicado mucho tiempo al estudio de la evolución del másbaha. 

“El másbaha islámico original comprende una configuración de cuerda de 99 cuentas con un único casco alargado (imán), en el extremo y separadores (shawahed), que separa las cuentas en conjuntos de 33.

El número 99 es significativo ya que las cuentas ayudan a los musulmanes a contar y recitar los 99 atributos de Dios «, explica.

Con el tiempo, sin embargo, la duración del másbaha resultó poco práctica y el número de cuentas disminuyó. “Había dos versiones adicionales, a saber, 66 y 33; así que la persona que usó cualquiera de los dos para orar pudo usar la cuerda según fue necesario para llegar al número 99, que es una solución bastante elegante y adecuada».

Como el másbaha es un artículo personal, a menudo refleja el gusto y el carácter del individuo. “En general, las opciones más populares están hechas de coral negro ( yusr ), ámbar ( kawraba ) y koka (semilla de árbol Koka). Yusr existe en abundancia en el Mar Rojo. Es un material duro, negro, pero suave al tacto. Una forma de verificar su autenticidad es exponiéndola a una luz brillante y verificando si tiene un brillo parduzco”, dice Takieddine.



Curiosamente, elementos como la plata a menudo se usan para agregar un toque extra a las cuentas, lo que los convierte en un accesorio de moda. «Es una de las razones por las que muchas personas en todo el mundo comenzaron a recolectar másbahas, elevando su estado a un objeto de arte».

Másbaha de ámbar

La segunda opción más popular es el ámbar, cuyo precio depende de su edad, oxidación y peso. De hecho, un solo gramo puede costar hasta 150 USD. “Esta sustancia se encuentra principalmente alrededor del mar Báltico. La resina, que luego se transforma en ámbar, proviene de los diferentes pinos que solían crecer allí”.



La edad del ámbar en un másbaha de este tipo es generalmente de 15-20 millones de años. El otro elemento importante que se tiene en cuenta al estimar el valor materialista de una pieza es cuánto se han oxidado las cuentas, lo que ocurre cuando los aceites corporales naturales de la mano interactúan con el ámbar.

Además, este proceso altera las cuentas de ámbar de translúcidas a opacas. En base a éso, el másbaha, que tiene en sus cuentas ámbar que data de hace 15 millones de años, podría tener 15 años según el momento en que se diseñó. Por un lado, cuanto mayor es la oxidación, más valor adquiere y más frágil se vuelve.

Es por eso que cuando se trata de coleccionistas, se establece una especie de fecha de vencimiento en el másbaha, después de lo cual se guarda de forma segura o se exhibe. Esto es necesario porque, en caso de que caiga, algunas de las cuentas, que pueden ser insustituibles, se fracturarán, haciendo que el másbaha sea inútil.

“En general, cuanto más transparente es el ámbar, menos costoso es. La mejor manera de averiguar si un pedazo de ámbar es genuino es sumergirlo en agua salada, lo que haría que flotara”, explica Takieddine.

Másbaha de coral rojo

El tercer tipo de másbaha popular en Líbano está hecho de coral rojo ( merjan ), y su precio principal depende de cuán claro u oscuro sea su color, siendo este último más caro. Viene en numerosas variedades, la principal llamada sangre de buey. Takieddine comenta: “Debido a que el material es bastante pesado, frágil y bastante caro, se ha convertido en un accesorio más adecuado para las mujeres. El tipo de coral utilizado, que se encuentra predominantemente en el sur de Italia y Túnez, es cada vez más escaso; Es por eso que en algunos países ahora está prohibido venderlo o importarlo».



Takieddine advierte que la tecnología actual puede emular con bastante precisión casi cualquier tipo de material y que los compradores no tienen acceso a ningún laboratorio que pueda verificar que el másbaha sea auténtico. “Esa es una de las lecciones que aprendí por las malas, pero tuve la suerte de haber conocido a dos de los comerciantes más respetables de Líbano en quienes confío y los recomiendo. Walid Nader opera en Hamra y Toufic Abdul Wahad tiene una tienda en Achrafieh. Si no encuentra lo que está buscando, estoy bastante seguro de que pueden adquirirlo por usted”, dice Takieddine.

Con información de Lebanon Traveler

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La zawiya de Aznalcóllar, rareza árabe del cementerio de San Sebastián

Aznalcóllar, a poco más de 30 kilómetros de Sevilla capital, guarda en su cementerio un tesoro arquitectónico con siglos de antigüedad que intenta volver a su esplendor, una zawiya heredada de los árabes única en Andalucía y una de las pocas que se conservan en toda Europa.

Un edificio que desde el siglo XVIII es la capilla del cementerio de San Sebastián, y que forma parte un camposanto que es en sí un rareza, ya que no es un lugar de enterramientos «plano», sino que su ubicación en una antigua colina desde la que se divisa todo el pueblo hace que haya tenido que crecer a tres alturas, pegado además a las casas que se han ido acercando a él con el paso de los años, según una información de Fermín Cabanillas para Efe.

Nada más entrar en ese cementerio, a la derecha, se vislumbra la majestuosa silueta de una de las pocas capillas de un cementerio católico en Europa que fue construida por los árabes, una zawiya «que queremos poner en valor, arreglarla, que la gente venga a verla y la aprecie en toda su belleza», explica a Efe el alcalde del municipio, Juan José Fernández, que actúa de improvisado guía turístico para dar a conocer algo que «es único, y que queremos compartir con toda la gente que podamos».

Nada más entrar en la zawiya lo primero que llama la atención es el deterioro del suelo de madera colocado en una restauración hace casi 14 años, que tapa el original: «la idea que tenemos es cambiar este suelo por uno transparente, de forma que la gente no pise el primero que tuvo, pero sí lo pueda ver todo el que entre», destaca el alcalde. A media altura, una escalera conduce a la cúpula, y desde allí se divisa todo el pueblo, y todo simplemente porque algún árabe de clase alta decidió que se levantase este monumento en torno a su tumba hace casi un milenio, porque la fecha exacta de su construcción no está clara.

Sí se sabe que su origen puede estar en torno al 1248, cuando Sevilla se rindió a los árabes, pero comenzó entonces una convivencia de lenguas y religiones, y se cree que algunos de aquellos mudéjares fueron los encargados de la construcción, un edificio misterioso, del que sí se sabe que lo que hoy día queda en pie es solo una parte de la zawiya original.

Envuelta en todo ese halo de misterio, ha conseguido sobrevivir en pie como una de las obras más destacadas del gótico-mudéjar en la provincia de Sevilla, y tal es su belleza que incluso la Reconquista la mantuvo en pie, y en torno a ella se construyó la nueva iglesia de Aznalcóllar, que se derribó cuando se construyó la actual, pero la zawiya siempre siguió en su sitio.

Mientras el alcalde consigue la ayuda que reclama para ponerla en valor, la Diputación de Sevilla la ha incluido en la guía que, a través de Prodetur, recoge el impacto cultural, artístico y arquitectónico del gótico-mudéjar, con edificios que se conservan en pie y que hablan por sí solos del paso de los siglos entre el XIII y el XVI en los cuatro puntos cardinales de la provincia.

La propia guía explica que el mudéjar «puede interpretarse como un complejo fenómeno artístico bifronte: el derivado de los contactos, interrelaciones y conflictos entre el arte hispanomusulmán y los sucesivos estilos cristianos acogidos y desarrollados en la Península Ibérica», y es tal el impacto que 58 de los pueblos de la provincia sevillana tienen resquicios de ese estilo en sus calles. De esta forma, aunque parezca imposible, algunos de los edificios que son vistos cada día por miles de personas en calles y pueblos de la provincia salieron de la mente de un arquitecto hace casi un milenio, y han sobrevivido para ser testimonio indeleble del paso de la cultura árabe por suelo andaluz, y con ganas de estar en pie varios milenios más.

Nota de la bitácora:
Zawiya es una construcción que alberga a una comunidad, puede ser una escuela o un monasterio religioso islámico.

Con información de: Revista Radio

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Los mensajes ocultos de la Alhambra

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La propaganda es una constante del poder. En la España del siglo XIII, la dinastía nazarí hacía uso de ella a pleno pulmón. Además, contaba con un soporte extraordinario: los muros, columnas, arcos, fuentes y techos de la Alhambra. El resultado de ese ejercicio intenso de propaganda es que gran parte de las 10.000 inscripciones epigráficas que adornan la ciudad nazarí, frente a lo que se creía, no son bellos poemas ni piadosos versículos del Corán. Los epigramas más frecuentes relatan las hazañas y conquistas de los sultanes, la excelencia de sus construcciones y, por encima de todo, aquellos que contienen la leyenda “Wa-la galib illa Allah”, el lema de la dinastía nazarí que significa “No hay más vencedor que Alá”. Para los lectores de la época, aquello era, sobre todo, un recordatorio de quién les gobernaba.

Esa es una de las conclusiones a las que ha llegado el arabista e investigador científico de la Escuela de Estudios Árabes del CSIC Juan Castilla Brazales, quien, al frente de un equipo de una docena de personas, ha catalogado esas 10.000 inscripciones. El proceso ha supuesto localizar, traducir, vincular con leyendas similares, fotografiar y dibujar todas y cada una de ellas, realizadas sobre tres tipos de materiales: madera, yeso y piedra. Castilla ha completado un trabajo laborioso. “Es difícil encontrar en la Alhambra espacios libres de decoración; incluso los mocárabes, esas construcciones a base de prismas, incluyen a veces una inscripción en cada cara de esos prismas. He pasado horas buscando epigramas en el techo con los prismáticos”, recuerda.

Cúfico geométrico

Las inscripciones epigráficas de la Alhambra están escritas en árabe clásico pero son difíciles de leer para un lector árabe actual. “Es una caligrafía ornamental y además contiene ingredientes que dificultan su lectura”, cuenta Juan Castilla, “como ciertos adornos en la grafía y ornamentos florales”.

Tres son los tipos de letra usadas. La cúfica, de Kufa (Irak) fue la primera. Utilizada para copiar el Corán, se consideró letra sagrada. Fue sustituida por la cursiva hasta que los artesanos granadinos crearon la cúfico geométrico, “de una madurez creativa que nos sitúa ante una de las producciones estéticas más acertadas de cuantas aportaron los andalusíes al arte islámico”, concluye Castilla.

Herramienta publicitaria

La decoración árabe, al contrario que aquella de los palacios y catedrales europeas, renuncia a las figuras humanas y animales. Por ello, para la ornamentación de la ciudad nazarí los constructores recurrieron a formas geométricas y vegetales y, “en ausencia de unas artes plásticas desarrolladas, a la caligrafía”, explica Castilla. “La Alhambra no está plagada de poemas ni de citas coránicas porque uno de los principales objetivos de esta decoración es el refuerzo de la identidad. Es también una herramienta publicitaria”. Son frecuentes las jaculatorias en honor del dios musulmán, como “Gratitud a Alá” o “La gloria es de Alá”; a continuación, las votivas, epígrafes muy breves —de una o dos palabras— sobre conceptos abstractos como felicidad, gloria o bendición y las que ensalzan al monarca. Finalmente, inscripciones coránicas de más o menos extensión y leyendas poéticas.

La investigación de Juan Castilla y su equipo pone punto final a un trabajo que se inició hace 500 años. Tras la toma de Granada por los cristianos, la Alhambra se convirtió, también, en un espacio de visita y con ello, comenzó la curiosidad de estos visitantes por conocer el significado de los escritos. Pero esa tarea se había acometido solo parcialmente; únicamente se habían traducido los poemas, dejando de lado los epigramas de menor tamaño e importancia.

Una labor exhaustiva

Los primeros versos los tradujo, cuenta Castilla, el médico y morisco granadino Alonso del Castillo en 1564. El experto concluye ahora aquel trabajo y tantos otros “con una perspectiva diferente: la exhaustividad”. “No me conformé con las inscripciones que estaban a la vista, busqué en todos los sitios”, comenta. Así, ha encontrado inscripciones en estancias subterráneas, peldaños e incluso en material de derrumbe apilado durante siglos… A la pregunta de si existe algún criterio que determine la asociación entre cada inscripción y su ubicación, el investigador explica que cada sultán trataba de dejar su impronta y, efectivamente, los espacios se diseñaban seleccionando los epigramas. A veces se creaban citas para la ocasión y, en ciertos casos, se usaban fragmentos de textos ya existentes.

La catalogación ha sido recogida en Corpus Epigráfico de la Alhambra, una edición bilingüe de ocho libros-DVD interactivos que permiten al usuario conocer el detalle de todas las inscripciones: localización, traducción, fotografía, dibujo, contexto. La Unión de Editoriales Universitarias Españolas acaba de otorgar a esta obra el premio a la mejor edición nacional realizada en formato digital. Reynaldo Fernández, director del Patronato de la Alhambra y el Generalife, editor de la obra, anuncia que espera poner a disposición del público los últimos dos libros-DVD en el primer semestre del año próximo. La Alhambra tendrá, entonces, 10.000 secretos menos.

Versos de los epígramas de la Alhambra

Versos 2 y 3 del poema de la Fuente de los Leones de Ibn Zamrak

«Pues, ¿acaso no hay en este jardín maravillas que Dios ha hecho incomparables en su hermosura y una escultura de perlas de transparente claridad, cuyos bordes se decoran con orla de aljófar?»

Versos 3 y 4 del poema de la Torre de la Cautiva de Ibn al-Yayyab

«La Alhambra se ha adornado con ella de tal suerte que resplandece con la belleza de sus adornos y es una flor para quien la huele. Calahorra a la que sostienen las estrellas del espacio en la esfera celeste y la cruzan [las Pléyades y Piscis]».

Verso 14 del poema de la Sala de Dos Hermanas de Ibn Zamrak

«¡Qué arcos hay por encima, sostenidos por columnas, de luz engalanadas…»

Verso 4 del poema del Patio de Arrayanes de Ibn Zamrak

«A espada y a la fuerza en Algeciras entraste, abriendo puerta antes cerrada».

Por Javier Arroyo
Con información de:El País

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Mardin, una vigía medieval sobre la planicie siria

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En la alta Mesopotamia turca, 1100 kilómetros al sudeste de Estambul, una ciudad encaramada sobre un promontorio vigila en silencio la planicie siria. Es Mardin, entre los míticos ríos Tigris y Éufrates, y con 6500 años de historia para contar.

Desde el aire se ve, imponente, el perfil de las murallas que desde hace siglos ya no protegen a la ciudad. Fueron parte de la ciudadela y ahora, abandonadas, brindan el mudo testimonio de un pasado en el que la vida en paz nunca fue la norma.

La pequeña Mardin tiene un nacimiento desdibujado que la historia del Cercano Oriente ubica en el año 4500 antes de Cristo. Fue sumeria, babilonia, hitita, persa, romana, bizantina, árabe, kurda, turca…

Saladino no pudo con ella, pero Tamerlán sí. Y esas oleadas de invasiones militares a través de los siglos depositaron los sedimentos de cultura y arquitectura que moldearon la ciudad medieval que nos recibe hoy.

Llegué a Mardin en busca de monumentos y el monumento resultó ser la ciudad misma, otro Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Está enclavada en el Kurdistán, esa región de fronteras flexibles que se reparte entre cuatro estados (Turquía, Irán, Siria e Irak) y que en Turquía habitan unos 20 millones de kurdos.

A las 5 de la tarde, la calle principal de Mardin es puro vértigo. Todo llama la atención en esa vía serpenteante de edificios color arena, llena de comercios, transeúntes y vehículos apurados. Toda la actividad humana en este antiguo pueblo tiene lugar alrededor de la calle principal. A partir de ella, la vida es en subida o en bajada, pero nunca plana.

Esta es la Mardin medieval, en la altura, la que se eleva en el promontorio y baja, aterrazada, en cascadas de casas y mezquitas, hacia la planicie. Allí abre sus brazos para encontrarse con la otra Mardin, la ciudad nueva, de edificios altos, desordenada y de tránsito caótico, donde los buses comparten carril con los burros que zigzaguean en el tránsito.

Esta ciudad nueva surge a partir del proyecto GAP, concebido para desarrollar la región e integrar así al pueblo kurdo originario, a través de mejores condiciones de vida, al estado turco al que pertenecen. El proyecto es antiguo, pero fue el actual presidente, el conservador Recep Erdogan, quien más lo impulsó. El GAP contempla la construcción de más de 30 represas para regular y distribuir el caudal del Tigris y el Éufrates, y que la población lo pueda aprovechar para la agricultura. Esa es la respuesta a los campos verdes y parcelados que se ven desde el aire poco antes de aterrizar: tierras de labranzas en lo que originalmente era un territorio árido e improductivo.

Cae la noche

Cuando comienza a caer el sol sobre Mardin, la luz vuelve dorada a las colinas circundantes y el color arena del entorno cobra una intensidad dramática. Es un fuego que pega sobre el oro y propaga esa luminosidad ardiente a la ciudad.

Luego llegará la noche, redoblando la magia de este enclave medieval, lleno de pasajes y pasadizos que se hunden en la montaña o la trepan por la escarpada ladera.

Las construcciones finas se entremezcan con las comunes y comparten la uniformidad de la baja altura. De ellas, algunos hoteles con pretensiones de caravansay (antiguas postas para las caravanas que atravesaban el territorio) ofrecen una estética acorde, con superposición de alfombras de vivos colores, jarras cinceladas, sillones bajos y narguiles.

Los edificios más destacados del circuito, en un estilo que se denomina arquitectura artukida, del siglo XII, están iluminados con elegancia. Y las luces cálidas sobre los frentes color miel dan mayor profundidad a la variedad de arcos que los embellecen. Son arcos ojivales, apuntados, de herradura o peraltados, y dan paso a puertas o ventanas, o coronan recatados balconcitos en altura.

A lo largo de la adoquinada e ineludible calle principal, los minaretes cuidadosamente iluminados de las dos mezquitas más antiguas de Mardin quiebran la oscuridad del firmamento. El contraste es tan fuerte que las figuras parecen elevarse mucho más allá que las decenas de metros que realmente tienen. Son colosos que se recortan en lo oscuro y guían en la nocturnidad.

Sobre esa misma arteria, los restaurantes aterrazados atraen a turistas y lugareños por igual. La oferta es variada de carnes estofadas, kebabs, quesos muy blancos y algunos en hebras, aceitunas de carozo grande y poca carnosidad, y panes aromáticos que llegan tibiecitos a las mesas.

La noche está apacible e invita un disfrute sibarita.

Aromas del amanecer

A la mañana siguiente, los aromas de la calle despiertan los sentidos.

No son sólo los perfumes matinales de la naturaleza, que siempre se potencian en las zonas áridas. Es el aroma a levadura que sale del pan recién horneado, el olor a café que emerge de los granos apilados en grandes bolsas de arpillera, y ese perfume dulzón como a almendras tostadas que tintinea en el fondo de mi memoria, pero no logro identificar qué es.

Hogazas enormes, leves como plumas, se despliegan ordenadas en las ventanas de los despachos de pan; más allá, pastelerías con bocaditos de pistacho y miel, vestidos de novia, jaulas con palomas, y filigranas de oro y plata trabajadas en aquella artesanía centenaria proveniente de la vecina Siria, el telkari.

Las mañanas de verano en Mardin son frescas y de cielos azules. Y a esas horas tempranas, la postal son los hombres baldeando el reducido espacio de las veredas que ocupan sus pequeños comercios. No hay mujeres tras el mostrador. Sólo hombres… Esposos, padres, hermanos, hijos, procurando el sustento. Y las mujeres, en la casa. Quizá no sólo la arquitectura heredó Mardin de aquel pasado medieval…

La caminata se impone despaciosa. A cada paso aparecen escalones y escaleras que suben o bajan de esa calle principal; pasajes adoquinados y estrechos, de aspecto medieval, verdaderas trampas para el caminante distraído. En este paisaje detenido en el tiempo, con la luz blanca de la mañana bañándolo todo, los minaretes de la Ulu Camii (Gran Mezquita) susurran que emergieron de la tierra misma cuando Alláh la creó, que siempre estuvieron allí, que nunca un humano los construyó. No tienen edad, parecen eternos. Y enmarcan esa aridez infinita hacia el sur que no conoce de fronteras políticas y avanza en profundidad hasta la mitad del territorio sirio.

Conmociona pensar que ese paisaje quieto, apacible, silencioso y aparentemente inconmovible se quiebra abruptamente 30 km al sur, del otro lado del límite, por las bombas de Estados Unidos contra la flamante amenaza del Estado Islámico.

Parece mentira que allí, tan cerca, casi al alcance de la vista, se esté produciendo esa lluvia de sangre, y que sean éstas las arenas doradas sobre las que rodaron las cabezas decapitadas de los rehenes occidentales que el ISIS sacrificó.

Y mientras el Estado Islámico ya impuso la sharia en el territorio que controla, de este lado de la frontera las autoridades se esfuerzan en mostrar que en Mardin siempre reinó la convivencia y que la tolerancia marcó la vida de sus gentes.

Como prueba asoma, sobre aquella misma calle principal, la iglesia caldea de San Hirmiz. Es un edificio sobrio y austero, en el que se destaca, en altura, la simpleza de una cruz calada, recortada en el azul de este horizonte musulmán. La caldea es una de las varias iglesias cristianas, de origen latino, que a lo largo de los siglos mantuvieron una muy difícil presencia en los territorios dominados por el islam.

Esta es Mardin, un enclave precioso en el sur de Turquía, prácticamente cerrado en los años 90 por la insurgencia kurda y que ahora se abre lentamente al turismo como los capullos del algodón que se cultiva en la zona.

Datos útiles

Cómo llegar: desde Estambul dos aerolíneas cubren diariamente el trayecto a Mardin, de aproximadamente una hora.

Dónde dormir: el turista puede optar por alojamiento sencillo o hoteles boutique que buscan recrear con fineza el ambiente de los caravansay del Medievo, las postas a las que llegaban las caravanas de mercaderes que cruzaban Anatolia.

Por Elida Bustos
Con información de:La Nación

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El baúl de la novia – Arte y Ajuar

Al igual que muchos baúles de maderas más blandas provenientes de África del Norte, este baúl de Djerba (Túnez) no está labrado sino pintado. ©Amel Messedi/Dyghet Djerba art et patrimoine/ Caroline Stone

En todo el mundo, durante siglos fue costumbre que las mujeres no solo aportaran dinero al casarse, sino también ropa blanca, su vestimenta personal y joyas.

Casi todas las mujeres, a excepción de las que están en situación de pobreza, llevan consigo los elementos básicos necesarios al formar un hogar. Dar dinero para posibilitar el casamiento de una mujer ha sido considerado un acto caritativo en la mayor parte del mundo musulmán y también en los países cristianos. De hecho, se cree que la tradición de Papá Noel y Navidad se originó con San Nicolás de Myra (actualmente Demre, Turquía), conocido en Occidente como San Nicolás de Bari, que en secreto les daba dinero a las muchachas sin dote.

El valor y el significado de los elementos del ajuar varían notablemente, desde las sábanas y la ropa blanca guardadas tradicionalmente en el último cajón, como en el Reino Unido, hasta el arcón del ajuar característico de América del Norte o los elaborados ajuares adornados con joyas, con bordados y tejidos, con la intención de mostrar las riquezas de la familia o las habilidades de la novia.

En muchos lugares del mundo, los obsequios que se entregan a un nuevo hogar para la novia (que conforman la dote, aunque se denomine o no así) suelen marcar el rumbo del nuevo matrimonio y en ocasiones tienen efecto en su éxito. En el pasado (y aún en algunos lugares actualmente), con frecuencia estos elementos se guardaban en un baúl, tradicionalmente de madera y por lo general se decoraba con la mayor abundancia posible, para demostrar el estatus cuando la novia llegaba a su nuevo hogar. En todo Medio Oriente, donde por tradición las casas no tienen muchos muebles, un baúl así solía colocarse en el espacio reservado a la mujer, donde silenciosamente seguía mostrando un cierto estatus y además servía como mueble.

La forma básica de la mayoría de estos baúles es grande y rectangular. Por lo general, su parte superior es plana (aunque algunos son curvados) para poder usarse como banquillo o mesa pequeña. A veces incluían cajones debajo del compartimento principal y, con frecuencia, ocultaban un compartimento más pequeño dentro de la tapa para guardar objetos valiosos.

Puede ser muy difícil, incluso imposible, determinar si un baúl realmente fue hecho para guardar el ajuar nupcial o para otros fines. Sin embargo, es probable que los que están decorados con mayor riqueza hayan sido baúles para el ajuar nupcial, especialmente los que muestran símbolos de buena fortuna y pinturas en rojo, el color de la celebración, la fertilidad y la sangre.

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Esta caja de marfil, mostrada a una escala de 2/3 de su tamaño real, fue labrada más o menos en el año 961 D.C. cerca de Córdoba para la hija de Abderramán III. © Victoria and Albert Museum

Además de uno o varios baúles de gran tamaño, con frecuencia la novia llevaba con ella una caja más pequeña para guardar las joyas y el maquillaje. Algunos de los ejemplares más antiguos que sobreviven son también los más delicados que se conocen, como el cofre de marfil de Medina Azahara, cerca de Córdoba en al-Andalus: una caja de tamaño pequeño bellamente labrada que perteneció la hija de Abderramán III y que es posterior al año 961 D.C. Alrededor del borde de la tapa, la inscripción en árabe reza: “En el nombre de Dios, esto es lo que se hizo para la Noble Hija de Abderramán, que la misericordia y la benevolencia de Dios estén con él”.

Algunos pequeños alhajeros de novias siguieron siendo de uso extendido ya avanzado el siglo XX. Desde la India se exportaba mucho un tipo hecho de madera dura, con una tapa de “techo de casa” fabricada con cuatro losas de madera inclinadas, con bisagras y cerraduras de metal. Otro modelo, que solía fabricarse en Damasco y que presentaba incrustaciones de nácar o hueso de camello, históricamente era el favorito de los beduinos más adinerados. También están los cofres provenientes de la región de la frontera entre Irán y Pakistán, denominados makran, que presentan ricas decoraciones en metal y que parecen haber sido hechos con fines de exportación, especialmente a África Oriental.

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La pintura roja que aparece debajo de los broches de metal y placas aplicadas de este baúl de “Zanzíbar”, que data del siglo XIX, indican que probablemente se haya usado para guardar el ajuar de boda. © Christie’s

También existían los grandes baúles para el ajuar nupcial, pero son relativamente pocos los que han sobrevivido. Son mencionados muchas veces en la literatura árabe y también aparecen en los documentos encontrados en la Genizá de El Cairo (Ver recuadro) Al-Maqrizi, historiador de la era mameluca en el siglo XIV, describe los baúles que se ofrecían en el mercado especializado de El Cairo. Algunos eran una combinación de baúl y taht o canapé (como los que aún se hacían en Java a principios del siglo XX). Otros, también llamados muqaddimah, estaban hechos de cuero o a veces de bambú y parecen haber sido usados como cajas para cosméticos.

La decoración de los baúles de ajuar varía según la región, de acuerdo con las preferencias locales y los materiales disponibles. Sheila Unwin, autora de The Arab Chest (El baúl árabe) admite que es difícil determinar la fecha de muchos de los baúles o incluso establecer su procedencia porque no parece haberse escrito mucho al respecto antes de la llegada de los europeos. Genéricamente, se los conoce por una variedad de nombres: mandoos, sanduq y safat son tres de los más comunes. Por lo general, se hace referencia a los tipos más específicos por nombres que remiten a lugares, como Omán, Kuwait, Bahréin, Zanzíbar, etc., pero esto suele vincularse con el lugar en que fueron adquiridos, no fabricados.

La mayoría de los baúles más antiguos provenían de la India, un lugar caracterizado por la abundancia de las maderas, teca y palisandro. Los académicos argumentan que los baúles de los marineros portugueses, un cofre plano con bisagras y esquinas de metal y un candado que cumplía las funciones del pequeño cofre militar moderno, fueron los que inspiraron la idea general, pero las decoraciones fueron una innovación totalmente local. Los baúles indios más elaborados podían incluir cajones en la parte inferior (por lo general tres) y colocarse en un soporte para protegerlos de la humedad y los insectos.

Según afirma Unwin, los baúles importados de la India podían clasificarse en cuatro tipos principales. Los tres más importantes eran los más llamativos y buscados: Surat, Bombay y Shirazi. Este último no se fabricaba en Shiraz (ahora en Irán) sino que se encontró en zonas de influencia persa. Todos estaban hechos con teca resistente u otras maderas duras y estaban decorados con diseños de broches de metal y, en ocasiones, con placas de metal cortadas en forma de apliques geométricos o superpuestos, algo que se fue sofisticando con el paso del tiempo.

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Baúl de Turquía o Siria con incrustaciones de nácar ©Dorris Duke Foundation for Islamic Art

Algunos de los baúles más costosos estaban revestidos con alcanfor o sándalo, para proteger el interior de los insectos y para agregar una fragancia deliciosa. En ocasiones los baúles muestran restos de pintura roja, lo que indica su uso para guardar el ajuar, y con frecuencia se colocaban sobre patas de madera separadas y pintadas con franjas. La carpintería de los baúles más delicados incluía de forma inteligente cajones secretos y compartimentos ocultos para esconder tesoros especiales. Este es el estilo de los baúles que posteriormente fueron copiados en toda la península arábiga oriental, especialmente en Omán.

Los baúles Shirazi eran particularmente elaborados, tal como describe Unwin, con “un enchapado de metal grueso colocado de forma dispersa (…) [y] discos en forma de diamante”.” Uno de los raros ejemplos con fechas pertenecía a Sayyida Salme, la hija del sultán omaní de Zanzíbar Said bin Sultan al-Said, que reinó a principios del siglo XIX, y actualmente se encuentra en el palacio del sultán. Salme se casó con un comerciante alemán en 1866 y huyó de Zanzíbar, lo que brinda una fecha probable del baúl. Al casarse adoptó el nombre de Emily Ruete, y su autobiografía, Memoirs of an Arabian Princess (Memorias de una princesa árabe), publicada en 1907, brinda información única acerca de la época.

Otro tipo menos común de baúl provenía de Malabar, en el suroeste de la India. El llamado “baúl de Malabar” está labrado y con frecuencia está hecho de madera de caoba, palisandro, siso u otras maderas duras, y uno de los diseños más usados muestra un vaso central redondo (lota—) con trazos de flores y frutas, en ocasiones uvas y granadas. El diseño muestra influencias portuguesas, aunque ese motivo en particular sugiere fertilidad y buena fortuna, con origen en Europa y hacia Asia Oriental, y es especialmente apropiado para bodas.

La combinación de elementos culturales no se limita a Portugal, la India y el mundo árabe. La forma tradicional de cerrar el baúl era por medio de un pasador, por lo general muy decorativo, y un candado. Mientras que el uso de cerraduras y llaves es una innovación de origen portugués y holandés, hay otro dispositivo de cierre (que utiliza tres anillos y un candado) que proviene de China, al igual que el diseño de algunas de las manijas y bisagras.

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Las alternativas modernas al baúl de ajuar tradicionalmente hecho de madera suelen fabricarse en serie y están hechas de acero galvanizado pintado con esmalte.©Yusuf Metal Boxes

Otra evidencia de diferentes preferencias y tradiciones culturales aparece en la ornamentación. Por ejemplo, los diseños metálicos con incrustaciones de nácar o hueso de camello se originaron en Egipto y Siria durante los siglos IX y X. Este estilo es típico de las clases urbanas adineradas, en tanto la mayoría del resto de la población usaba baúles planos o labrados. Las elaboradas artesanías en madera como la intarsia y la marquetería eran muy populares en todo el territorio otomano, y en el siglo XIX esos baúles se exportaron a Europa, especialmente a Francia. Los baúles, al igual que los juegos de muebles de estilo europeo, se encargaban para bodas. Los patrones tendían a ser extremadamente elaborados, y en ocasiones todo el baúl estaba cubierto de nácar y revestido con maderas aromáticas o brocado de seda o terciopelo.

Por lo general, se hace referencia a los tipos específicos por nombres que remiten a lugares, como Omán, Kuwait, Bahréin, Zanzíbar, etc., pero esto suele vincularse con el lugar en que fueron adquiridos, no fabricados.

La manufactura de estos tipos de incrustaciones era una especialidad de Damasco, aunque para fines del siglo XX había muchos menos artesanos que en el pasado y en su mayoría los encargos llegaban desde la península arábiga. Como consecuencia de los cambios en las tradiciones, las modas y las economías, se hacen muy pocos baúles de ajuar tradicionales y, en cambio, se favorece la fabricación de cajoneras, alacenas y otros diseños más modernos.

En África del Norte es difícil encontrar maderas duras de buena calidad y por eso los baúles de ajuar suelen pintarse, pues las maderas blandas como el pino o la palmera no son aptas para el labrado delicado. Las familias de medios modestos podrían tener un cofre simple decorado con un patrón sencillo, como la fila de arcos que es común en el mundo musulmán, en dos o tres colores. Los daños en las tapas, que incluyen cortes y quemaduras, indican que muchos baúles cumplían diversos fines además de contener bienes valiosos.

La función cultural del baúl de ajuar se destaca en esta obra de arte pública de Al Ain, Emiratos Árabes Unidos, ubicada en una rotonda de tráfico. ©Walter Brian Hall
La función cultural del baúl de ajuar se destaca en esta obra de arte pública de Al Ain, Emiratos Árabes Unidos, ubicada en una rotonda de tráfico. ©Walter Brian Hall

En los hogares adinerados solían tener baúles mucho más grandes, algunos incluso demasiado altos como para sentarse en ellos o como para servir de bancos de trabajo. Muchos mostraban pinturas sofisticadas. El rojo oscuro era uno de los colores de fondo favoritos, y los diseños generalmente incluían flores y plantas estilizadas. Un diseño favorito es un círculo central de gran tamaño con un bol de frutas o un jarrón con flores, ambos símbolos universales de celebración y fertilidad. Otro diseño muestra un par de palomas bebiendo de una fuente, una imagen quizás copiada de los sepulcros de los primeros tiempos de la cristiandad y que en el siglo XIX aún se veía en el campo e incluso era usada en los abrevaderos de caballos. En Túnez los peces son un motivo muy popular: en ocasiones se muestran nadando en un círculo, ya que los peces no solo representan la fertilidad sino que también se considera que atraen la buena fortuna y la protección contra el mal.

Marruecos también tiene una tradición propia de muebles pintados, pero en este caso la norma son los patrones geométricos que con frecuencia hacen juego con la decoración arquitectónica, y el diseño en arco es especialmente popular. Es poco común encontrar piezas antiguas, pero hay una floreciente industria de la reproducción. No obstante, los colores usados tienden a ser más brillantes que los originales. Los baúles tradicionales de Marruecos en ocasiones son curvos en su parte superior, un detalle que probablemente sea el resultado de la influencia española y portuguesa, sobre todo a lo largo de la costa.

Este baúl extremadamente grande, fotografiado en el palacio Azem de Damasco, muestra sofisticadas decoraciones talladas que indican que solo pudo haber pertenecido a unos burgueses. © Age Fotostock/Alamy

A diferencia de África del Norte, donde escasea la madera dura, muy hacia el este, en el valle de Swat en Pakistán, la madera de cedro del Himalaya de buena calidad era tan abundante que se usaba como materia prima para cualquier tipo de objetos, desde edificaciones hasta platos y, por supuesto, baúles. Labrar es una habilidad muy apreciada en la región, y los baúles forman una parte importante del mobiliario de cualquier casa, aunque también en este caso es difícil establecer cuáles han sido hechos para el ajuar nupcial.

Por lo general, los baúles de Swat descansan sobre patas muy altas que continúan por encima del cuerpo del baúl para asemejarse a esbeltos minaretes. Los bordes superiores e inferiores de los baúles con frecuencia muestran un patrón dentado o fileteado. Al igual que los delicados baúles encontrados en la península arábiga, están hechos con piezas articuladas y no mediante el uso de clavos. La parte delantera de los baúles suele tener dos o más paneles, y habitualmente se abren por medio de una puerta deslizante o con bisagras en el frente y no en la parte superior. La puerta se cierra por medio de un pasador y un candado en lugar de una llave. Generalmente, el diseño labrado es geométrico o muestra guirnaldas estilizadas de hojas y flores, que probablemente simbolicen el disco del sol, y los habituales arcos arquitectónicos. Algunos baúles tienen patrones completamente diferentes en los dos paneles frontales, y algunos expertos sugieren que estos diseños distintos representan a la novia y al novio, aunque no es seguro.

Cabe agregar que los baúles, si bien e usaban ampliamente no eran en absoluto una tradición universal para los objetos del ajuar en todas las culturas islámicas y las regiones con influencia del islam. Por ejemplo, en la región rural de Yemen se preferían los canastos, que son más económicos que los baúles, aunque menos duraderos. Muchas regiones de Indonesia tienen una fuerte tradición de fabricación de recipientes a partir de una variedad de hojas y fibras, y algunas cajas de ajuar hechas de esta forma están trabajadas en diferentes colores y a veces son embellecidas con cauri. Las familias adineradas de Indonesia en ocasiones usaban baúles del tipo de Omán importados a través de sus conexiones comerciales, u otros del tipo colonial holandés, e incluso otros con influencias chinas. Las zonas rurales de Java, en especial, producían magníficos baúles de madera tallada, los grobog—, un estilo diseñado para ofrecer también un canapé. De todas formas, en este caso tampoco es posible saber con claridad cuáles de estos baúles estaban diseñados específicamente para el ajuar.

Las modas, las tradiciones y las expectativas sociales cambian. En Estados Unidos, hace tiempo que el baúl de ajuar cedió su lugar a la “despedida de soltera”.” Los ajuares también han cambiado y con frecuencia simplemente desaparecen, al igual que los baúles. Muy pocos de esos baúles tan bellos y elaborados se siguen haciendo. Y si es así, se usan más para una decoración de interiores neotradicional que como ajuar de bodas. En los lugares en los que aún existen, la escasez de artesanos expertos en el tallado de madera y la abundante competencia de alternativas industriales más económicas posiblemente hayan modificado para siempre el estilo del baúl de ajuar. Cuando aún se usa uno de estos baúles, por lo general se trata de un cofre de acero galvanizado o de hojalata, un cofre pequeño en lugar de un baúl artesanal de madera. Los baúles de metal, que son mejores que los de madera para proteger contra la humedad y los insectos, aún se denominan sanduq ‘arus o “caja de bodas”, y con frecuencia siguen importándose a los países del golfo arábigo desde la India. Sin embargo, en lugar de broches de metal, tallado y marquetería, se pintan con diseños en esmalte que suelen mostrar cúpulas de mezquitas como reminiscencia de los diseños arquitectónicos de los baúles más antiguos, aunque el color rojo sigue predominando.

Es posible que los ajuares de bordados y tejidos ya no estén de moda, pero los baúles son cada vez más buscados porque se han transformado en artefactos artesanales, sociales y poco comunes que pertenecen a un tiempo pasado.

Por Caroline Stone
De «El arte de los baúles de ajuar»
Con información de: Revista Saudí Aramco World

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12 siglos de la Biblioteca de al Qarawiyyin en Fez

biblioteca_al-qarawiyyin

El polvo y el ruido de las obras de renovación no son la imagen y el sonido típico de una biblioteca. Sobre todo de ésta.

Fundada hace 12 siglos por una mujer pionera e incrustada en la vieja medina de Fez, la biblioteca de la Universidad de al Qarawiyyin es una de las más viejas del mundo y cuenta con manuscritos islámicos únicos que son un tesoro para los historiadores. Pero el público casi no ha tenido acceso a ella. La principal arquitecta a cargo de la restauración, Aziza Chauni, nativa de Fez, ni sabía que existía hasta que le ofrecieron trabajar en el proyecto.

Se espera que el rey Mohammed VI inaugure el edificio remodelado pronto. Chaouni confía en que haya un cambio de filosofía y se abra la instalación al público por primera vez en su larga historia. Hasta ahora, el privilegio de usar la biblioteca estaba reservado a académicos, que necesitaban una autorización especial, y las autoridades todavía no han decidido si modifican esa política.

Desde los diseños caligráficos en las paredes hasta los patrones de las cerámicas de los pisos y los tallados de la madera de los techos, se puede percibir la marca de cada dinastía gobernante desde el siglo IX.



Una devota y adinerada mujer musulmana de la ciudad tunecina de Kairaouan, Fatima al Fihri, aportó los fondos para construir la biblioteca en el 800. Originalmente fue una mezquita, pero en el siglo X fue ampliada y transformada en una universidad, según relató el imán Abdelmajid el Marzi, administrador de la mezquita.

La biblioteca cuenta con una colección de manuscritos de prominentes pensadores de la región, incluido Muqadimmah, de Khaldun.

Ese trabajo histórico del siglo XIV estuvo seis meses en el museo parisino del Louvre a préstamo mientras procedían las renovaciones, de acuerdo con el curador de la biblioteca Abdelfattah Bougchouf.

Con información de: El Universo

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Granada, el corazón manda

Panorámica del bello barrio granadino del Albaicín desde la Alhambra
Panorámica del bello barrio granadino del Albaicín desde la Alhambra

Los pies de la Alhambra de Granada son de agua. Los ríos Darro y Genil ciñen la colina como un barco varado cuya proa son los baluartes que protegen la torre de la Vela y que no se ven porque los árboles los ocultan. Plaza Nueva sería el primer tramo de agua que la Alhambra debería atravesar en el caso de que fuera un navío. Si así fuese, a un lado dejaría la iglesia de Santa Ana, que es mudéjar en la esbeltez de su torre y en la armadura de su interior, y la Real Chancillería, que es un edificio un poco pomposo, no se sabe bien si más próximo al renacimiento o al primer barroco. Al otro lado del barco, a babor, la proa apartaría la cuesta de Gomérez, las casitas de la Antequeruela y las callejas que atajan para llegar hasta el Realejo. Habría, además, como un caminito a estribor que por esta extraña suerte de sueño y alquimia correría paralelo a las aguas del Darro. Conquistada la ciudad, los granadinos cristianos le dieron el nombre de Carrera y edificaron sobre las modestas viviendas musulmanas casonas moriscas y palacetes de estilo renacentista.

Las aguas frías del río horadan el fondo de un valle perfecto con forma de uve que propone un refinado juego de espejos y similitudes. Conforme se asciende por la Carrera, el Darro dibuja sus primeras curvas y sobre su orilla derecha se encarama la colina Sabika, que es el nombre antiguo que recibe el monte donde se recuesta la Alhambra. Por la orilla izquierda, al lado de la calzada empedrada de la Carrera, parten las callejas estrechas que suben hasta el Albayzín como filamentos o venas, o mejor dicho, como redes nerviosas curvas similares a las neuronas de nuestro cerebro que unen, al igual que aquellas, un pensamiento con una certeza, un sentimiento con una duda, una inesperada satisfacción con una mirada. Tomando un poco de altura, entre las vistas que se cuelan por las esquinas de las callejas estrechas y níveas del Albayzín bajo, la Alhambra comienza a mostrarnos sus rostros. A mitad del siglo XIV el historiador árabe Ibn al-Jatib escribió que la Alhambra fue construida de noche, a la luz de las antorchas, cuyos albores rojizos y fantasmales hacían creer a los ciudadanos de Granada que el color de la fortaleza era roja como la sangre. Es una hermosa imagen, una hermosa fantasía.

En la Carrera del Darro, allí donde hace esquina un callejón umbrío que trepa hasta el Albayzín, hay un hotel con cuatro palabras en su fachada del siglo XVI que dice El ladrón de agua. El nombre del hotel evoca una de las partes del libro Olvidos de Granada, de Juan Ramón Jiménez.

El poeta y su esposa Zenobia Camprubí pasearon por esta ciudad los últimos días de junio de 1924 en compañía de la familia Lorca, de Manuel de Falla y otros amigos. Al contrario que de Federico y de Manuel, hay pocas muestras en la ciudad que recuerden a Juan Ramón, a pesar de que fue él quien mejor la pregonó. Olvidos, que es un conjunto de textos escritos desde el simbolismo y la tristeza, ‘recoje’ en su última edición las cartas que Juan Ramón remitió a la familia García Lorca, en especial a Isabelita, la hermana pequeña de Federico. Una de ellas, fechada el 19 de julio de 1924, ya de vuelta en Madrid, contiene ‘frajmentos’ que retratan Granada mejor que ningún otro libro escrito antes y después que aquellas cuartillas. “Granada me ha cojido el corazón. Estoy como herido, como convaleciente”. Y unas cuantas líneas más abajo escribe: “Sí, la impresión de tu maravillosa Granada es en mí triste, tristísima, pero de una tristeza tan atraedora que me trae y me lleva como en una aguja en ella. (…) Tengo que llenarme de Granada hasta la boca”. Aquella “melancolía paralizadora” de la que tanto han hablado los cronistas que han escrito de Granada está resumida mejor que en ninguna otra parte en estas palabras, en el adjetivo triste y en su superlativo tristísima, en los verbos conjugados trae, lleva y llenarme, que son verbos llanos que se escriben cuando uno anda como sin fuerzas, nostálgico de amores, de paisajes y granadas. Juan Ramón, un párrafo antes de dar por terminada la carta, nos eriza el corazón con esta frase: “Luego iremos todos los otoños a Granada a morirnos un poco…”. Y ahí parece querer decirlo todo, no dejar nada para otros folios, dar por sentenciadas las impresiones de aquel viaje del que se llenaría de adjetivos, olores e ‘imájenes’ para siempre. En ese “morirnos un poco” está sintetizado como en ningún otro renglón lo que Granada ha representado.

La carta a Isabelita está fechada el 19 de julio, pero Federico no volvería a tener noticias de Juan Ramón hasta últimos de noviembre cuando recibe otra que en sus primeras líneas dice así: “De Moguer –en julio-, volví, atolondrado, indeciso, a Madrid. Como era de esperar, la nostaljia avivada de Andalucía me venció, y, en agosto, nos fuimos otra vez a Moguer, Sevilla, Córdoba. Y hubiéramos vuelto a Granada, cuyas montañas vimos vagamente desde lo alto de Sierra Morena” (se confunde. En realidad vieron Sierra Mágina, en tierras de Jaén).

Pero no volvieron. En la misma carta Juan Ramón detalla a su amigo que su suegra, la madre de Zenobia, había empeorado de salud y que se hacía precisa la ayuda del matrimonio. Juan Ramón cuenta otros detalles domésticos, sin mucha importancia, y concluye la carta mandando libros, el manuscrito del poema Generalife que dedica a Isabelita y besos para todos.

Federico García Lorca recibió una de esas cartas que parecen poner fin, no a la amistad, pero sí a la visita prometida y anhelada que el viajero siente necesidad de hacer con urgencia cuando abandona la ciudad en la que tanto ha dejado. El recuerdo se desvanece y se evapora. La remembranza a Granada se desdibuja y es entonces cuando cobra sentido el título de su libro Olvidos. De algún modo, Juan Ramón intuyó que al lugar donde has sido feliz no es bueno regresar jamás.

Nunca más volvió. Los años se complicaron y el poeta de Moguer supo una mañana que su amigo Federico había sido asesinado cerca de Alfacar, una madrugada temprano, junto a un maestro de escuela y a un banderillero que tenían nombres de leyenda. Al saber de su muerte, Juan Ramón escribió: “Esta muerte no creída, no querida creer, la muerte que él, niño, no sé cómo ni por qué, se fabricó; la muerte que él estilizó como un romance; que hubiese y no deseado; la muerte que ya… no, que aún no es su muerte”.

Hoy pasea Granada la sombra de los dos poetas. Y sus palabras, aquellos días, la sombra de sus libros, persiguen al viajero que va y viene, perdido a la sombra de la Alhambra, herido de amor en este invierno frío que se cuela por el Valle de Valparaíso hasta el Paseo de los Tristes y más acá.

Por Manuel Mateo Pérez

Escritor y editor, especializado en literatura de viajes, historia del arte y ensayo. Ha trabajado como periodista y guionista de radio y televisión en los principales medios de comunicación españoles. En la actualidad es el director de El Caminante, suplemento de Viajes y Cultura de El Mundo de Andalucía.
Con información de : ctxt

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