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El origen del «Belén»

El origen del «Belén» o el acto de adoración de un Juglar de Dios

Belenes por todo el mundo

En adviento, ese tiempo litúrgico que prepara la Iglesia para la celebración de la gran fiesta del Nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, empiezan a aparecer los «nacimientos» o «belenes» en casas, iglesias, catedrales, colegios, conventos, plazas, centros comerciales… de los cinco continentes, allá donde existen comunidades de católicos. Y con ellos, las alegres luces que iluminan las noches y la hermosa música que llega hasta el fondo el corazón; composiciones de música culta y popular que, desde la Edad Media hasta nuestros días, se han ido creando al calor de la Navidad.

La imagen del niño Jesús

El centro y corazón del «belén» es la imagen de ese niño casi desnudo, pobre, recostado sobre pajas. Imagen elocuente y plástica del gran misterio de la Encarnación. Todo el Poder y la Gloria, la Santidad y la Inefabilidad, el Señorío y el Amor de Dios están en esa figura inocente y dulce del Niño recién nacido. ¡Oh misterio admirable! De la total trascendencia de Dios Todopoderoso sólo vemos al niño Jesús nacido en Belén de Judá. A ese niño indefenso se le adora como Dios: por ángeles por pastores (Cf Lc2, 8-20) y por los Magos venidos de Oriente (Cf Mt 2,9-11).

Alrededor de la figura del niño Jesús toman forma las representaciones de las personas de los acontecimientos que giran en torno a ese insondable misterio: el portal de Belén con María y José; los santos esposos ¡¡dirigiéndose a la posada y no encontrando aposento; el anuncio del ángel a los pastores; la adoración de los pastores y animales; la venida y adoración de los Magos; el Palacio del rey Herodes; la matanza de los inocentes; la huida de la Sagrada Familia a Egipto; el pueblo de Belén con sus numerosos hombres y mujeres, niños y animales; expresado de forma diversa según la cultura y la genialidad de los artistas de todo el mundo. Estos «belenes» son la expresión plástica del testimonio que nos dejaron los evangelistas Mateo y Lucas, en sus dos primeros capítulos respectivos; conocidos popularmente como «evangelios de infancia».

Convento di Greccio

Cuando no existían los «belenes»

No siempre fue así. Durante más de mil años el cristianismo no conoció esas representaciones tan familiares para nosotros llamados
«nacimientos» o «belenes». Estos tienen un origen conocido, del que fueron testigos gente sencilla y frailes humildes. Sabemos, por datos de la historia, el genio a quién se le ocurrió; el día y el año que aconteció y el lugar concreto donde empezó. Pero antes de desvelar y admirar este hecho insólito, anotemos brevemente la historia de las celebraciones litúrgicas de la que depende el «belén».

La fe en Jesús, muerto y resucitado por nosotros y para nuestra salvación, tiene su expresión más viva en la celebración del misterio de Cristo en el curso del año. Aunque el centro de la celebración gira en torno a la máxima solemnidad de la Pascua, se apoya ante todo en el ritmo semanal marcado por el domingo. Este día es fundamental porque recuerda la resurrección del Señor y la efusión del Espíritu Santo. En ese día la Iglesia se reúne para celebrar la eucaristía, según el mandato del Señor, teniendo sus raíces en el origen apostólico de esta «acción de gracias». En el principio a este día se le llamó «el primer día de la semana» (el día siguiente al sabat judío). A partir del año 70 de la era cristiana, con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo, se extiende la denominación del «día del Señor» de donde viene el nombre actual de domingo.

Si desde el origen de la Iglesia la celebración semanal del domingo y de la Pascual anual era común a las diversas comunidades, otras fiestas litúrgicas fueron apareciendo paulatinamente. A ese primer ciclo Pascual celebrado desde el origen, se complementó posteriormente con el ciclo natalicio o de la manifestación del Señor.

Las fiestas de la Navidad y de la Epifanía aparecieron en el calendario cristiano a comienzos del siglo IV, aunque en lugares diferentes. La Navidad se empezó a celebrar en la iglesia de Roma y la Epifanía en oriente, casi con toda seguridad en Egipto. Ambas celebraciones se extendieron rápidamente por toda la Iglesia (Nota 1).

Aunque a partir de entonces se celebraba la Navidad (el nacimiento de Nuestro Señor), no había aparecido la expresión plástica de nuestro «nacimiento», la figura del niño Dios en el pesebre.

Convento di Greccio – La grotta del Presepe

Y vino el juglar de Dios

Así fueron trascurriendo los siglos hasta que un hombre, extraordinario por lo sencillo y pobre, quiso reproducir y celebrar el nacimiento del niño de Belén, pobre y humilde. Eso aconteció tres años antes de la muerte de ese hombre único y extraordinario llamado por los suyos como el «poverello» (el pobrecito).

Era el bienaventurado San Francisco de Asís. Tuvo lugar el año del Señor de 1223. El momento fue la Nochebuena de ese año; y el lugar de tan entrañable acontecimiento fue Greccio (Italia).

Francisco, el que quiso imitar a Jesús

Antes de entrar a relatar los acontecimientos, nos detendremos brevemente en la figura de este hombre, para poder comprender mejor los hechos que tuvieron lugar.

San Francisco de Asís (1181-1226) es uno de los santos más universales y singulares de toda la historia de la Iglesia. Abrazó el Evangelio como forma de vida e hizo un seguimiento total de nuestro Señor Jesucristo. Él hubiera podido decir como San Pablo: «para mí la vida es Cristo» (Flp 1, 21).

Quiso vivir como Jesús: en total obediencia al Padre, haciendo suya plenamente la pobreza y la entrega, proclamando con palabras y obras la gloria de Dios, humillándose en el servicio, dando vida por amor. Y lo vivió de tal manera que reprodujo en su persona los dos grandes misterios del Señor: Encarnación y la Cruz. Nos relata el hermano de religión y contemporáneo del «poverello», el Beato Tomás de Celano en su Vida Primera: «La suprema aspiración, más, vehemente deseo y, el más eficaz propósito de nuestro bienaventurado Francisco, era guardar en todo y por todo el santo Evangelio y seguir e imitar con toda perfección y solícita vigilancia, con todo el cuidado afecto de su entendimiento y fervor de su corazón los pasos y doctrinas de Jesucristo Nuestro Señor. Son asidua meditación recordaba sus divinas palabras y con sagaz penetración consideraba sus obras. Pero lo que ocupaba más de continuo su pensamiento, y tanto que apenas quería pensar en otra cosa, era la humildad de su encarnación y el amor infinito de su pasión santísima» (1 Cel 84) (Nota 2).

Toda su vida fue una imitación de la Encarnación del Señor, ese vaciamiento y abajamiento por obediencia a la voluntad del Padre, e imitar su Pasión y Muerte, entrega total por amor. Y todo ello lo vivió con tal entrega, con tal fuerza y tan plenamente que recibir al final de su breve vida, como dones del Espíritu Santo la inspiración para «celebrar la Natividad de una manera hasta entonces nunca usada en el mundo»(Nota 3) y, un año después, en el otoño de 1224, en el monte Alvernia, impresión de las llagas de Jesús en su cuerpo. Dos años después, consumido de amor, el 4 de octubre de 1226 iba a entregar su alma a Dios para participar de la gloria de su Señor y su Dios, al que
había querido imitar plenamente durante su vida de consagrado.

Santuario Greccio – Gruta del nacimiento – Detalle pesebre

Su amor por la Navidad

Nos dice Joergensen: «Desde su viaje a Tierra Santa y su visita a Belén había quedado Francisco con el corazón henchido de una devoción particular por la fiesta de Navidad» (Nota 4). De esa profunda devoción por la celebración de la fiesta del Nacimiento de Jesús tenemos el siguiente texto que recogen unas palabras del libro Espejo de Perfección en la que leemos:

«Damos testimonio nosotros, que vivimos con el santo Patriarca y redactamos este escrito, de que muchas veces le oímos expresarse de esta manera: «… por reverencia al Hijo de Dios, a quien en aquella noche la Santísima Virgen María reclinó en un pesebre sobre pobres pajas, en medio de un buey y un asno, todo el que tuviese alguno de esos animales estuviese obligado a proveerles con largueza de un buen pienso; y, por último, que todos los ricos estuviesen obligados en dicho, día a saciar con sabrosos y exquisitos manjares a los pobres de Cristo».

Esto hacía el bienaventurado Francisco porque profesaba mucha mayor devoción al tierno misterio del Nacimiento de Cristo que a todas las otras festividades, por lo cual decía: «Después que Cristo nació por nosotros, debemos tener por segura nuestra salvación». De aquí su gran deseo de que todos los cristianos se alegrasen dicho día en el Señor y que, en vista del amor de Aquel que se entregó a sí mismo por nosotros, todos procurasen regalar con largueza, no sólo a los pobres, sino también a los animales y a las avecillas»(EP94) (Nota 5).

Diciembre de 1223

A finales del año 1223 San Francisco estaba en Roma para ser confirmada su segunda Regla por el Papa Honorio III. El último mes de ese año: «…que aquel mismo día Francisco dejó el palacio y la torre del Cardenal (Hugolino) y se marchó, sin que ni los ruegos de éste ni las torrenciales lluvias que en el mes de diciembre caen sobre Roma, consiguieran detenerle. Pronto pasó la puerta Salara y, a pesar del intenso frío que reinaba, y del viento que soplaba furioso y del barro que cubría los caminos, tomó resueltamente el camino del norte. Iba contento y gozoso, marchando, aunque sin percatarse de ello, con mayor rapidez que la que solía, con la idea de verse pronto en su querido valle de Rieti y otra vez en compañía de sus hermanos de Fonte Colombo. Allá, en medio del silencio majestuoso de los montes Sabinos, le esperaba una nueva consolación» (Nota 6).

Preparando la Navidad de 1223

Tenemos una fuente precisa de lo acontecido en la Navidad de 1223 y la encontramos en la Vida Primera, libro primero, capítulo 30, titulado Prepara un pesebre el día del Nacimiento de Nuestro Señor, escrita por el mencionado fraile franciscano, el Beato Tomás de Celano (Nota 7).

En Greccio tenía el santo un amigo y bienhechor llamado Juan Vellita, que le había hecho donación de una peña rodeada de árboles que poseía frente a la ciudad, a fin de que moraran sus frailes. En ese escarpado paraje había unas cuevas que servían de refugio y abrigo. Aun hoy en día, cuando visitas el eremitorio de Greccio, a pesar de encontrar unas construcciones sencillas erigidas con posterioridad al acontecimiento, impresiona su ubicación y lo escarpado del terreno. Al eremitorio, colgado de una pared vertical, sólo se puede acceder a pie.

Quince días antes de Navidad, Francisco llamó desde el convento de Fonte Colombo a su amigo Juan Vellita, como hacía otras veces, y el santo le habló del siguiente modo: «Si deseas que celebremos en Greccio la próxima fiesta del natalicio divino, adelántate y prepara con diligencia lo que voy a indicarte. Para hacer memoria con mayor naturalidad de aquel divino Niño y de las incomodidades que sufrió al ser reclinado en un pesebre y puesto sobre húmeda paja junto a un buey y un asno, quisiera hacerme de ello cargo de una manera palpable y como si lo presenciara  con mis propios ojos. Oyó esto el buen hombre y apresuróse a preparar en aquel lugar todo lo que le había dado a entender Francisco» (1 Cel 84) (Nota 8).

La Nochebuena de 1223

«Llegó por fin el día de la alegría y la hora de la satisfacción apetecida. Fueron convidados religiosos de varias partes, los hombres y mujeres del lugar, según su posibilidad, y con íntimo gozo, con luces y hachas, se dispusieron a iluminar aquella noche, que con inmensa claridad, cual astro refulgente, irradia sobre los días y los años.

Llega en último lugar el siervo de Dios, y hallándolo todo a punto según lo deseara, alégrase en extremo. Dispónese luego el pesebre, acomódase la paja y se trae el buey y el asno. Hónrase allí la sencillez, se elogia la pobreza, se celebra la humildad, y Greccio se convierte en otra ciudad de Belén. Queda la noche iluminada como claro día y da placer a los hombres y a los animales. Llegan los pueblos y animan con nuevo entusiasmo y fervor aquel admirable misterio. Resuenan en el valle las voces, y los ecos responden con estremecimiento. Cantan los religiosos y entonan las divinas alabanzas y transcurre la noche en santa alegría. Contempla extático el siervo de Dios el pesebre, suspira tiernamente y se le adivina rebosante de ternura anegado en mar de celestiales goces. Celébrase el santo sacrificio de la misa junto al pesebre, y el sacerdote disfruta de inusitado consuelo» (1 Cel 85) Nota 9).

Tomás de Celano nos relata como vivió el santo ese momento que quedaría grabado en la memoria de los asistentes y que se recordaría los siglos posteriores. Durante la eucaristía «viste Francisco los ornamentos sagrados propios del grado de diácono, a cuyo orden estaba elevado, y con voz conmovida entona el santo Evangelio. Y aquella voz insinuante y dulce, clara y sonora, convida a todos a los premios eternos. Predica después al pueblo que le rodea, y de sus labios brotan dulcísimas palabras sobre el nacimiento del Rey-pobre y de la insignificante ciudad de Belén. Cuando ha de pronunciar el dulce nombre de Jesús, ardiendo en flagrantísimo amor, llámale, con sin igual ternura, el Niño de Belén; y esta palabra, a causa del estremecimiento y emoción, percíbese como tierno balido de oveja, y su boca llénase, más que con el nombre, con el dulce afecto que al pronunciarlo experimenta. Su lengua, cuando ha de nombrar al Niño de Belén o el nombre ternísimo de Jesús, muévese alrededor de los labios cual si lamiese y saborease algo dulcísimo y gustase el grato sabor de aquella divina palabra… Cesaron, por fin, los solemnes cultos, y cada cual volvió a su casa lleno de gozo y alegría» (1 Cel 86) (Nota 10).

Después de aquella Nochebuena

«Consagróse más tarde el lugar del pesebre en templo del Señor, y construyóse allí mismo un altar y se edificó una capilla en honor del beatísimo Padre Francisco, a fin de que allí donde algún tiempo habían comido su pienso de paja los animales, de allí en adelante los hombres, para la salud de su alma y de su cuerpo, comieran las carnes del Cordero sin mancilla, Jesucristo Nuestro Señor, que con suma e inefable caridad se nos dió a sí mismo, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo, Dios eternamente glorioso, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya, Aleluya» (1 Cel 87) (Nota 11).

El visitante actual puede contemplar esa cueva convertida en la «capilla del pesebre» con una decoración sencilla y pobre, donde tuvo lugar por primera vez este acto de adoración del Niño Dios de manera tan pedagógica y real. (Nota 12).

Esa escenificación del Niño Jesús en el portal de Belén y su adoración, que surgió de lo más íntimo del corazón de Francisco, quedó grabada de tal manera en la memoria de todos los asistentes, fieles y frailes, que a partir de entonces la Navidad iba a ser diferente. Este regalo que nos dejó San Francisco fue acogido por los creyentes con inmensa alegría. A partir de esa Nochebuena de 1223 Greccio se convirtió en el epicentro de un movimiento que fue extendiéndose paulatinamente por toda la Iglesia hasta nuestros días. A ello contribuyeron los frailes franciscanos, grandes evangelizadores y misioneros. Con ellos viajó el «belén». Gracias «al nacimiento» los fieles podían ver plásticamente el Misterio de la Encarnación y percibir claramente que todo cristiano, sin importar la edad, ni la pobreza, puede celebrar la Navidad cuando va con un corazón agradecido a adorar a ese niño recostado entre pajas y, con un beso, agradecer el amor infinito de Dios que se hizo hombre por nosotros.

¡Gracias juglar de Dios! ¡Gracias «poverello» de Asís! ¡Gracias bienaventurado Francisco!

Por José Antonio Pastor Mora. (Publicado en Cavalcada Reis Mags 2011-Bañeres (Alicante)).


NOTAS
1. Cf Julián López Martín, La liturgia de la Iglesia. Teología, historia, espiritualidad y pastoral, BAC, Madrid 2005, págs. 249-253.
2. Escritos completos de San Francisco de Asís y biografía de su época, BAC, Madrid 1956, pág. 339.
3. Giovanni Joergensen, San Francesco dAssisi, Edizioni Porziuncola, Assisi 2005, pág. 263. He utilizado la traducción al español de dicho libro obra de R.P. Antonio Pavez O.F.M., de Editorial Difusión, Buenos Aires 1945. Joergensen (1866-1956), pensador, historiador, escritor, poeta y periodista danés, y convertido al catolicismo en 1898,escribió una de las más prestigiosas biografías que existen sobre San Francisco y, desde su publicación en 1907, ha tenido una amplia difusión y múltiples traducciones a diversos idiomas.
4. Idem, pág. 262.
5. Escritos completos de San Francisco de Asís y biografías de su época, pág. 782-783.El libro Espejo de Perfección fue escrito casi con total, seguridad, según los historiadores, por el hermano León, compañero y secretario de San Francisco y tan querido por él.
6. Giovanni Joergensen, pág. 262.
7. Escritos completos de San Francisco de Asís y biografía de su época, págs. 339-342.
8. Idem, pág. 340.
9. Idem. págs. 340-341.
10. Idem. pág. 341.
11. Idem. pág. 341-342
12. Cuando visité el eremitorio de Greccio pude ver un pequeño museo de «nacimientos» de diversas partes del mundo.


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San Nicolás y otras tradiciones navideñas

San Nicolás
San Nicolás

SAN NICOLÁS

También San Nicolás es un personaje del mundo antiguo cuyo culto cobró fuerza a lo largo de la Edad Media. Nació en Patara, Lycia, provincia romana de Asia Menor, en torno a la década del 270 d.C. Cuando sus padres murieron se entregó plenamente a la vida religiosa. Ordenado sacerdote, llegó a ser obispo de Myra (Turquía), ciudad en la que vivió el resto de su vida. Destacó tanto por combatir el paganismo y la herejía arriana, como por el trato que dispensaba a los niños, a los que cada Nochebuena, regalaba juguetes que el mismo había confeccionado. Murió entre 340 y el 350 d.C.

La fama de su santidad se extendió rápidamente. La tradición dice que de su tumba brotaba un manantial de agua milagrosa que curaba las peores enfermedades. Venerado profundamente en el Imperio Bizantino, sólo en Constantinopla tenía veinticinco templos. En Grecia se extendió con gran fuerza y a principios del siglo X pasó a Rusia donde se convirtió en el santo nacional. Su culto en Occidente empezó a penetrar por Alemania en el año 972, gracias al enlace matrimonial del emperador Otto II con una princesa bizantina. En el siglo XIII, ya era patrono de Ámsterdam y repartía regalos entre los niños la noche del 5 al 6 de enero, día de su fiesta hasta el siglo XVII en que se trasladó al 25 de diciembre.

Quizás la rapidez con la que se extendió su fama se deba a que muy pronto este obispo, fue relacionado con una serie de figuras paganas vinculadas al renacimiento vegetal, como eran por ejemplo el Padre Invierno para los escandinavos o los diferentes gnomos y espíritus de la naturaleza para los celtas. Habitualmente estos seres, no sólo tenían una función simbólica en sus culturas, sino que se decía de ellos que agasajaban con regalos a los niños llegado el Año Nuevo. Curiosamente los restos del obispo, al igual que ocurrió con los Magos de Oriente, iniciaron un largo periplo a partir del año 1087. Primero, fueron depositados en una basílica bizantina levantada en su honor en Myra. Allí fueron robados por comerciantes del sur de Italia que los llevaron a Bari donde fueron vendidos como reliquias. Esta ciudad se sintió tan identificada con el santo que aún hoy se le conoce como San Nicolás de Bari.

TRADICIONES NAVIDEÑAS

Comidas y dulces

El origen de la cena de Nochebuena y de la comida del día de Navidad, es casi tan viejo como la propia fiesta. Estos ágapes, entroncan directamente con los banquetes que los romanos hacían durante la celebración de las Saturnales con las que recibían el Año Nuevo, y que igualmente, tenían un carácter festivo y propiciatorio. Cierto es que los platos que se servían durante el Medioevo debían variar mucho con respecto a los que consumimos hoy día e incluso diferían entre unas clases sociales y otras.

La dieta de la mayor parte de los europeos, se compuso durante muchos siglos de pan, hortalizas, verduras, legumbres secas, carne de cerdo, queso, leche, cerveza y vino. La variedad resultaba mayor en las mesas de los nobles, en la que además hacían acto de presencia la miel, la caza, el cordero y rara vez pescado (si no se trataba de una zona pesquera). Así mismo, las especialidades variaban según las regiones dependiendo de que la base de su economía fuera de tipo agrario, pesquero o ganadero, lo que ha dado como fruto un rico catálogo regional de cocina navideña española.

La tradición de poner sobre la mesa un ave como plato central de la cena de Nochebuena o de la comida de Navidad, habitualmente, ganso, gallo, capón o pavo (una vez traído de América), es muy antigua y proviene del mundo clásico grecorromano. Para ellos las ocas u otras aves migratorias, que volvían al norte al final del invierno, traían con ellas el anuncio de la primavera, por lo que poner un ave de este tipo en el plato, constituía un acto favorecedor del buen tiempo. Con esto se solicitaba el pronto retorno de estas aves y el fin del gélido invierno. De hecho, en época bizantina dentro del mundo cristiano, la presencia en los banquetes de pintadas o gallinas de Guinea, era algo habitual.

Desde el siglo VI lo fue el capón, el gallo castrado y engordado para las comidas de Navidad, mientras que el siglo XIII lo corriente entre la nobleza provenzal, fue el gallo, símbolo de fertilidad y resurrección. El consumo de gansos y ocas fue tan elevado a lo largo de la Edad Media que a punto estuvo de exterminarse esta especie de aves en varias regiones europeas, algunas de las cuales aún hoy la mantienen como tradicional comida navideña.

En cuanto a la variedad de dulces navideños huelga decir que es inmensa. Los más populares y generalizados entre nosotros son el mazapán, el turrón y el famoso roscón de reyes que cierra el ciclo navideño. El origen del mazapán es incierto. Algunos estudiosos afirman que proviene del mundo árabe y llegó hasta nosotros a través de Chipre, Sicilia o Venecia. Otros sitúan su nacimiento en esta última ciudad e incluso en Alemania. Sin embargo, hay serios estudios que afirman que nació en España, en concreto en la ciudad de Toledo, en el convento de San Clemente el Real. En uno de los asedios que sufrió la ciudad por parte de los musulmanes, la comida empezó a escasear y las religiosas recordaron que guardaban en sus despensas gran cantidad de almendras, que machacaron y mezclaron con azúcar hasta formar una pasta que trocearon. Con ello se alimentaron los defensores cristianos de la ciudad. Este hecho tuvo lugar en el año 1214, conocido en las crónicas de la época como el año del hambre.

Ahora bien, el dulce navideño por excelencia es el turrón. Una carta escrita por María de Trastámara, en el año 1453, a las monjas del Convento de Santa Clara de Barcelona, es la primera noticia escrita que tenemos en España de este manjar, a la vez que sirve para sustentar la teoría de su origen español. A pesar de esta carta, parece ser que el origen de este dulce es árabe. Sin ir más lejos, en el famoso Las mil y una noches, donde se recogen cuentos y tradiciones orales antiquísimas, aparece nombrado un dulce muy similar a nuestro turrón, que debió tener su precedente en el alajú o alfajor del mediterráneo oriental.

Por último, el Roscón de Reyes parece ser que tiene un origen pagano. En las Saturnales romanas se comía una gran torta circular en cuyo interior se hallaba un haba. El afortunado que la encontraba en su porción era nombrado rey de la fiesta, y todos los presentes debían obedecerle como tal. Esta tradición se cristianizó y seguía celebrándose de ese modo en el Occidente cristiano allá por el año mil, momento en el que la torta ya recibía el nombre de pastel de Reyes y servía para cerrar las fiestas navideñas. En ocasiones, y según que países, el haba era sustituida por un anillo o por una moneda (sur de Francia).

Según Rachel Arié, los habitantes de al-Andalus, con motivo del primero de enero del calendario juliano, tenían las costumbre de intercambiar regalos, y preparaban para ese día pasteles en forma de ciudades (mada’in) que anuncian la costumbre moderna de los roscones de Reyes para el día de la Epifanía, pero sin habas en su interior. Fernando de la Granja hace la traducción que se detalla:

“Nos ha contado más de un viajero que en algunas ciudades de al- Andalus (Dios la asista y la tenga de su mano) estos puestos llegan a valer setenta dinares o más, por los quintales de azúcar que contienen las arrobas de alfeñiques, la variedad de frutas secas, bolsas de dátiles, sacos de pasas e higos, de diferentes clases, especias y variedades, y toda suerte de cascajos: nueces, almendras, avellanas, castañas, bellotas y piñones; amén de caña de azúcar, y toronjas, naranjas y limas de la mejor calidad”.

Pues bien, con esta fiesta y su roscón se cerraba al igual que en la actualidad el tiempo de Navidad, con la esperanza que el año recién estrenado, colmase las aspiraciones que habitaban en el corazón de los que habían vivido estas fiestas.

OTRAS FIESTAS Y MOTIVOS NAVIDEÑOS

Nochevieja y Año Nuevo

La elección del 31 de diciembre como fractura temporal de cierre de un año e inicio de otro es una convención que se debe a Julio César, cuando en el año 45 a.C., y siguiendo a los astrónomos egipcios, instauró el año solar, que comenzaba el primero de enero, arrinconando así el sistema primitivo.

Más tarde, se sustituyó el calendario juliano por el gregoriano, que introdujo algunos cambios para compensar las desviaciones del anterior y hacer coincidir el año civil con el año trópico. Este nuevo calendario que se implantó en el siglo XVI sigue vigente en la actualidad.

En cuanto a la última noche del año, parece ser que desde los inicios del Imperio Romano, enero estaba dedicado al dios bifronte Janus, que miraba delante y detrás y tenía un rostro envejecido y otro joven. Los romanos invitaban a comer a los amigos y se intercambiaban miel con dátiles e higos para que pasase el sabor de las cosas y que el año que empezase fuese dulce. Esta vieja costumbre romana fue poco a poco entrando en Europa, donde con la misma finalidad venturosa comenzaron a ofrecerse lentejas, de las que se dice que propician la prosperidad económica del año que empieza.

La tradición de tomar las doce uvas, que por cierto es exclusiva de España, se remonta tan sólo a principios de nuestro siglo. La implantación de esta costumbre no se debe a motivos religiosos o culturales, sino más bien a meros intereses económicos. En la Nochevieja de 1909, los cosecheros en un esfuerzo desesperado de imaginación, consiguieron desembarazarse del excedente de uvas de ese año inventando el rito de tomar las uvas de la suerte en la última del año. Existen otras opiniones en cuanto al origen de esta costumbre que la sitúan en Madrid en 1896. Parece ser que comenzó como burla popular a la costumbre de las clases acomodadas de cenar uvas la noche de fin de año.

Árbol de Navidad

Se ha querido ligar al árbol de Navidad con una costumbre romana bien documentada durante las calendas de enero que consistía en colocar ramas de árboles perennes como decoración en las casas. El culto a los árboles fue especialmente practicado entre los pueblos germánicos. Crónicas históricas romanas (destaca la Germania de Tácito) y el análisis lingüístico de las lenguas germánicas, entre otras fuentes, confirman que los antiguos germanos tenían sus santuarios en medio de los bosques. Y no sólo entre los indoeuropeos, diversos pueblos alrededor del mundo han creído en mayor o menor grado en la santidad o divinidad de los árboles.

James George Frazer explica que el culto a los árboles nace de la creencia común en las religiones naturalistas de que todas las cosas, humanos, animales y plantas, tienen un alma. Esta creencia posteriormente evolucionaría de un alma para cada árbol a la de un alma para cada especie de árbol, del «espíritu del árbol» al «dios de los árboles«. Estos dioses de los árboles suelen ser también dioses del sol, la lluvia y la fertilidad, y por los principios de la magia simpatética, practicar rituales sobre un árbol en particular deberá afectar a todos los árboles en general, y por lo tanto deberá actuar sobre el espíritu del árbol y la fertilidad. En el caso del árbol de Navidad, colgarle esferas o foquitos de alguna forma pretende hacer que al llegar la primavera todos los árboles y plantas puedan florecer y dar frutos. Al traer el árbol de Navidad a la casa, se busca atraer la fertilidad propia de los árboles a nuestros hogares y familias.

Paradójicamente, el árbol de Navidad aunque se le relaciona con el consumismo y el materialismo estadounidense, es eco de una religión más antigua que cualquiera de nuestras tradiciones nacionales. En cierto modo, al adoptar el árbol de Navidad hemos recuperado parte de nuestro legado indoeuropeo, que ha sobrevivido a dos mil años de cristianismo. El árbol navideño es una reliquia de una época remota y olvidada, cuando los seres humanos estaban directamente vinculados con la naturaleza y sus grandes ciclos, y que, a pesar de la publicidad descarada, el despilfarro y los excesos, sigue ocupando un lugar central en las celebraciones invernales, recordándonos que después del frío, la oscuridad y la muerte vienen la luz, el calor y la vida.

San Bonifacio, uno de los grandes misioneros de los primeros tiempos del cristianismo extendió su labor evangelizadora por Europa, donde halló el culto a estos árboles. Entre sus cometidos se encontraba el de eliminar los símbolos paganos, y uno de ellos decidió que debía ser el árbol venerado. Se cuenta que el santo, ante la mirada de los germanos tomó un hacha y cortó el árbol y en su lugar plantó un pino, símbolo perenne del amor de Dios, lo adornó con manzanas y con velas; el significado es claro, las manzanas simbolizan las tentaciones y las velas representaban la luz de Cristo que ilumina el mundo. A medida que pasó el tiempo, estos símbolos se fueron transformando en esferas y otros adornos.

Los árboles han tenido a lo largo de la historia un significado muy especial y encontramos que en todas las culturas poseen distintos aspectos simbólicos que pueden ser antropológicos, místicos y poéticos. La idea extendida de los aspectos benéficos de los árboles para el hombre ha dado lugar a distintas leyendas, e incluso, a relacionarlo con sentidos mágicos y rituales. Para muchos, el árbol representa el medio y la unión del cielo y la tierra (ahonda sus raíces
en la tierra y se levanta hacia el cielo). Por ello, en ciertas religiones, sobre todo en las orientales, el árbol es signo de adhesión del hombre con lo sagrado.

Otros de los significados ampliamente extendidos sobre los atributos mágicos del árbol están concernidos a la fecundidad, el crecimiento, la sabiduría y la longevidad. Para los druidas también muchos de los árboles de sus bosques eran sagrados y alrededor de ellos celebraban sus rituales para entrar en contacto con Dios.

En el cristianismo se asocia fundamentalmente para explicar el misterio de la encarnación del hijo de Dios para salvar al hombre. En primer lugar se asocia el árbol de Navidad con el árbol de la vida, que Dios había dispuesto en medio del jardín del Edén y que después de la caída desaparece; la fruta, los adornos y las luces recuerdan las gracias y dones que el hombre tenía cuando vivía en el Paraíso en completa amistad con Dios. A través del nacimiento de Cristo los hombres renacen y tienen acceso a la plenitud de la vida. El Árbol de Navidad simboliza la recuperación por parte del hombre de dichos dones.

Aguinaldo

Breve mención merece esta costumbre que consiste en un regalo o propina que se regala durante las fiestas navideñas. Según la tradición grupos de niños van de casa en casa cantando villancicos y se le obsequia con una cantidad simbólica. Todavía perdura esta costumbre en el ámbito anglosajón. En México, el aguinaldo son los dulces que se reparten en Nochebuena. En Ecuador existe una tradición pintoresca: los hombres se visten de viuda y salen a pedir el regalo, llevando consigo un muñeco con los rasgos de un personaje conocido.

Según la leyenda, el primer aguinaldo lo recibió Rómulo, mítico rey de Roma. Un 1 de enero el Soberano recibió como obsequio las ramas de un árbol frutal. Este detalle fue interpretado como señal de buena suerte para el año que se iniciaba.

Villancicos

Los villancicos son las canciones populares de temática navideña. Parece ser que los primeros fueron poemas de amor repetidos por el pueblo llano (los villanos) durante los siglos XV y XVI. Más tarde, en el siglo XVII, se transformaron en canciones religiosas. De entre ellas, fueron las de Navidad las que tuvieron más éxito, hasta el punto de que villancico pasó a significar canción navideña. Grandes poetas de la época, como Lope de Vega o Luis de Góngora, escribieron algunas de sus letras.

Tarjetas de felicitación

Un antecedente de las actuales tarjetas navideñas son las monedas que se regalaban en la antigua Roma. Estas llevaban el anagrama A.N.F.F. “Anno novo faustum felix, tibi sit” (Que tengas un feliz año nuevo). Siglos después con la invención de la imprenta aparecieron las tarjetas propiamente dichas, siendo la primera conocida del año 1476. Por esa época, la mayoría de las felicitaciones eran grabados coloreados a mano con la figura del Niño Jesús y adornos florales. Más tarde, en el siglo XIX, aparecieron felicitaciones comerciales. A partir de 1843, llegarían los christmas en color, en ocasiones con reproducciones de obras pictóricas famosas.

La lotería

La lotería fue introducida en España por el rey Carlos III, en 1763. Pero es a principios del siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia, cuando surge la verdadera Lotería Nacional de España, que se emitió para aumentar los ingresos del erario público sin quebranto de los contribuyentes. Se le va a conocer popularmente como Lotería Moderna y el primer sorteo celebrado en Navidad tuvo lugar el 18 de diciembre de 1812.

Desde 1771 los encargados de cantar los números son los alumnos del Colegio madrileño de San Ildefonso. Estos escolares son conocidos como “los niños de la suerte”. El sorteo de Navidad se celebra cada año el 22 de diciembre, aunque no se trata del único, ya que unos días más tarde, concretamente el 5 de enero, se celebra el también popular sorteo del Niño.

Por Estrella Rodríguez Gallar

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La Navidad en el Medioevo

Joseph Bricley (1973)
Joseph Bricley (1973)

LA NAVIDAD EN LA EDAD MEDIA

No ha de sorprendernos encontrar ya en la Edad Media o en nuestros días, costumbres y tradiciones cristianas íntimamente relacionadas con este pasado pagano, pues si bien es verdad que la Iglesia durante la Edad Antigua, las transformó incorporándolas a su propio culto, no es menos cierto que aportó una enorme riqueza y un sentido espiritual a las mismas, del que carecía la religión grecorromana.

Durante la Antigüedad el cristianismo se acrisoló y desplazó al paganismo de su lugar de privilegio, pero fue durante el Medioevo cuando este depuró, definió y enriqueció sus fiestas y tradiciones navideñas, dotándolas de la grandiosa solemnidad y el riquísimo acervo de manifestaciones y expresiones sociales, artísticas y gastronómicas de las que aún gozamos hoy.

Entre los siglos IV a VI se estableció y generalizó el periodo de Adviento (del latín, adventus, venida, llegada), fase de preparación espiritual previa al nacimiento de Jesús, cuya duración oscilaba entre las tres y las seis semanas según los países, y que se acompañaba de meditaciones, predicaciones, oraciones y penitencias. Los cristianos de la Edad Media siguieron fielmente estas recomendaciones de la Iglesia y así, el tiempo de Adviento, se convirtió en una auténtica etapa de introducción al sentido de la Navidad.

Transcurridas estas semanas, llegaba la época navideña y con ella sus dos primeras grandes fiestas, la Nochebuena y la Navidad. Tras el primer gran banquete, la cena del 24 de diciembre, constatada desde los primeros siglos del cristianismo, los fieles acudían a la Iglesia a medianoche, a celebrar la Misa del Gallo. La realización de esta ceremonia se extendió rápidamente por la Cristiandad y así a partir de los siglos V y VI d.C. comenzó a darse en Hispania, norte de África y norte de Italia, aunque no fue hasta el siglo VIII d.C. cuando se popularizó en toda Europa.

Ahora bien, entre las aportaciones del Medioevo a la liturgia navideña, destaca su serena grandiosidad. Esta llegó a tal, que en la propia noche de Nochebuena, en los monasterios y catedrales se cantaban y proclamaban con solemnidad las Profecías del Profeta Isaías, los textos de León Magno, el Prólogo del Evangelio de San Juan, la genealogía de Cristo y los textos de los oráculos sibilinos que hacían referencia al nacimiento del Mesías. En la Alta Edad Media, la noche del 24 de diciembre, se celebraban no una, sino tres misas; la primera de las cuales, la de medianoche, fue la que se popularizó en todo el mundo cristiano, y aún hoy se conoce como Misa del Gallo.

Esta, recibe su nombre de una leyenda que cuenta, que fue un ave que pasaba la noche en la gruta de la Natividad, la primera en conocer el nacimiento de Jesús y salir a anunciarlo. Algunos identificaron al ave con un ermitaño o cabañero, especie que suele habitar en establos y grutas, otros lo hicieron con un gallo encaramado a las partes más altas del establo. En cualquier caso, el gallo como símbolo de fecundidad y renacimiento en las culturas paganas y como anunciador desde tiempo inmemorial de la salida del sol con su cacareo, fue el ave que dio nombre a esta primera misa de la Navidad, en la cual su canto, imitado en mitad de la misa por un niño ubicado en el coro o por un ave llevada a este efecto hasta principios del siglo XX, servía para anunciar a los cristianos que Cristo acababa de nacer.

Ahora bien, en la liturgia de la medianoche del día de Nochebuena no sólo había solemnidad y recogimiento, sino también un jolgorio y alegría desbordante entre el pueblo. La algarabía llegaba a su punto culminante durante el momento de la adoración al Niño, pues los fieles entonaban cantos, puede que villancicos (aunque el primero recogido está fechado en 1492), hacían sonar sus instrumentos, e incluso liberaban dentro del templo algunos pajarillos que habían sido capturados con este fin.

Parece ser que la Navidad llegó a gozar de tan alto grado de aceptación entre el pueblo cristiano, que la festividad se extendió incluso a otras religiones, tales como la musulmana. La importancia religiosa de Jesús para los musulmanes y la convivencia entre éstos y los cristianos en la Península, allanaron el camino para que la Navidad despertase el interés y se celebrase igualmente entre los seguidores del Islam, tal y como los prueban diversos testimonios entre los que destaca el de Abu-l-Qasim al-Azafí, rey de Ceuta en la segunda mitad del siglo XIII. No hemos de olvidar que el propio Carlomagno escogió el día de Navidad para su coronación como Rey de Romanos, esto es, como emperador de los francos.

EL BELÉN EN LA EDAD MEDIA

El origen del belén se encuentra en Italia y es fruto de un hermoso pero complejo proceso de imaginación, arte y fe, cuyos antecedentes hunden sus raíces, como no, en la Edad Media. De todos es sabido por los relatos evangélicos, que Jesús nada más nacer fue recostado en un pesebre. Este elemento, símbolo pagano de vida y renacimiento natural debido a la madera que lo forma, se convirtió en un icono cristiano. Así, pronto pasó a convertirse en un objeto significativo en las celebraciones navideñas, especialmente a partir del siglo VII, cuando el Papa Teodoro I (642-649) hizo traer de Belén los restos del pesebre que acogió al Niño Jesús, depositándolos en la Basílica de Santa María la Mayor, en Roma. Desde ese mismo momento y a lo largo de toda la Edad Media, el pesebre se hizo indispensable en todas las iglesias, abadías y catedrales de la Cristiandad durante el tiempo de Navidad. Sus formas eran variadas, podía tratarse de simples troncos de abeto huecos, denominados en Italia, primer país en el que se dio esta costumbre, tettotie, o auténticos pesebres, en los que no está claro si se depositaban o no imágenes del Niño Dios.

Por otra parte, ya en el siglo X se celebraban en Europa representaciones escénicas de ciertos episodios bíblicos del Nacimiento de Jesús. Con el tiempo estas escenificaciones fueron ganando en elaboración y complejidad, llegando a recogerse por escrito y a atraer el interés de escritores del momento, que participaron activamente en su creación. Así nació por ejemplo, la primera de las obras dramáticas de las que tenemos constancia en España, el Auto de los Reyes Magos, elaborada en el siglo XIII, a partir, casi con toda seguridad de fuentes de origen francés 1.

El Auto o representación, de los Reyes Magos, compuesto en versos de nueve, siete y catorce sílabas, comienza con los tres monólogos de los Reyes, en los que cada uno de éstos afirma haber visto una estrella desconocida, lo interpretan como señal del nacimiento del Mesías y decide ir a adorar al recién nacido. Puestos en marcha, los tres Reyes se encuentran y convienen caminar juntos. Melchor se pregunta ¿cómo conocerán la divinidad de Jesús? y Baltasar propone que le ofrezcan oro, mirra e incienso; si escoge este último será prueba de que es el rey del cielo. Los tres Magos acuden entonces a visitar al rey Herodes; éste, sorprendido, le ruega que busquen al nuevo rey y que vuelvan a darle noticia. Al salir los Magos, Herodes se enfurece, llama a sus consejeros y les pide información, pero aquellos fingen no saber nada. Y aquí se interrumpe el texto conservado. Cabe imaginar que la obra concluirá con la adoración de los Magos en el portal de Belén y que la representación quedaría cerrada con el canto de un villancico.

El arte del Auto es muy elemental, pero posee una deliciosa ingenuidad poética, corre con fluidez y no carece de momentos acertados, como la duda de los Magos -sobre todo del rey moro, Baltasar-, el recelo de Herodes y los embustes de los rabinos 2.

Llegadas las festividades navideñas, en las diferentes parroquias se realizaban estas representaciones, en las que como ya hemos visto el jolgorio y la alegría desbordada, daban lugar a abusos y a que la fiesta saliese de los cauces de lo religioso, terminando entre otras cosas, en mofas por parte de los pastores y del propio pueblo, hacia la persona de San José. A fin de cortar de raíz estos excesos, el papa Inocencio III (1198-1216) prohibió en el año 1207 las escenificaciones dentro de los templos, pero sin embargo el deseo de ofrecer una catequesis plástica o en imágenes persistió, lo que hizo que los tradicionales actores fuesen sustituidos por figuras que de manera inmóvil y muda representaran las mismas escenas y movieran a la devoción.

La tradición ha considerado que fue precisamente poco tiempo después de esta prohibición, en 1223, cuando San Francisco de Asís, que habitaba en Greccio, en la Toscana, realizó el primer belén de la historia. Llegado el tiempo de Navidad y previo permiso del Papa Honorio III, el santo de Asís, deseoso de contemplar con sus propios ojos lo que muchas veces había imaginado, preparó una gruta en la que se había dispuesto un buey, una mula y un pesebre con paja. Los campesinos hicieron las veces de pastores, ángeles y Magos, mientras que una joven pareja representaba a José y María en torno a una imagen del niño. Durante la celebración de la Misa del Gallo, las escenas y la predicación del santo emocionaron a los fieles, que se sintieron sobrecogidos cuando en un momento determinado, San Francisco tomó la imagen del niño en sus brazos cobrando este al momento vida y naturaleza humana. El hecho, como no podía ser menos, fue tenido por milagroso, a la vez que se consideró que Dios había puesto de manifiesto su deseo de ser adorado también a través de representaciones e imágenes, con lo que se levantó la anterior prohibición.

Así, en el siglo XIII, fue cuando tuvo inicio la elaboración de figuras tanto para templos como para casas, que pronto se extendió por Italia para saltar desde allí a toda la cristiandad. Papel destacado tuvieron en su difusión los Franciscanos y las Clarisas, rama femenina de la orden, ya que se convirtieron en las introductoras de los Niños Jesús en los conventos y en los domicilios particulares.

Aunque realmente no está claro cual es el belén más antiguo de cuantos conocemos en Europa, se considera que es el del monasterio de Füssen, en Baviera, Alemania, que data de 1252. Otro de los más antiguos es el realizado para la catedral de Florencia en 1289. De manera exacta, los belenes tal como los conocemos hoy, debieron nacer en el siglo XV, cuando las figuras se hicieron exentas, esto es fuera de los relieves y comenzaron a formar grupos escénicos independientes. Las riberas mediterráneas sirvieron de vehículo puente entre países por los cuales se traspasó esta hermosa tradición, de ahí que las figuras más antiguas que tenemos en España, se encuentren en los territorios del antiguo Reino de Valencia y de la Corona de Aragón, aunque la mayor parte de las imágenes se localizan en Castilla y León.

Por último, debemos añadir que en recuerdo de aquel milagro de San Francisco por el cual una imagen del Niño Dios cobró vida, conservamos la costumbre de besar y adorar cada Nochebuena la imagen del niño Jesús al final de la Misa del Gallo.

Por Estrella Rodríguez Gallar


Notas:

1 GOMEZ FERNÁNDEZ, F.J., o.c., pp. 44-47.
2 ALBORG, J.L., Historia de la Literatura Española, Madrid 1970, pp. 198-202.


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Orígenes de la Navidad

Il Moretto (1495-1554)
Il Moretto (1495-1554)

ORÍGENES

Las fiestas de Navidad son las más populares de todo el calendario cristiano, sin embargo no fueron tal y como las conocemos hoy en día, pues hunden sus raíces en tradiciones milenarias, y aunque celebran un hecho concreto, el nacimiento de Jesús en Belén, muchas de sus manifestaciones han sufrido con el paso del tiempo un proceso de simbiosis con tradiciones paganas y de compleja elaboración tanto en lo teológico como en su expresión pública y popular. Así, trataremos de seguir el desarrollo de las fiestas de Navidad y Epifanía a partir del momento en que hacen su aparición, es decir, desde el siglo IV, hasta el momento que adquieren su forma definitiva.

La mayoría de los historiadores están de acuerdo sobre un punto: la fijación de la fecha del 25 de diciembre, lo mismo que la del 6 de enero, no descansan sobre una tradición histórica.

DÍA DE NAVIDAD

¿Cómo se ha llegado a celebrar el 25 de diciembre el aniversario del nacimiento de Cristo? Nos encontramos en presencia de dos hipótesis: o bien se ha elegido esa fecha por conjeturas, o bien se instituyó esta fiesta por influjo de las solemnidades paganas. En cuanto a la primera hipótesis algún autor ha argumentando que se ha llegado a la fecha del nacimiento de Jesús partiendo de su muerte. Según una antigua creencia Cristo habría muerto el 25 de marzo, día elegido por su coincidencia con el equinoccio de primavera, es decir, el mismo día en que, siguiendo una idea muy extendida habría sido creado el mundo. En consecuencia, la encarnación tuvo que realizarse el 25 de marzo y Cristo habría nacido nueve meses más tarde, el día 25 de Diciembre 1.

Otros autores llegan a conclusiones diferentes y establecen una relación entre la encarnación y la creación del mundo y en lugar del 25 de marzo proponen el 28 de marzo, es decir, el día cuarto, cuando fue creado el sol.

Los antiguos no se preocuparon especialmente de grandes precisiones científicas, sino por ideas populares. Y el buen sentido popular no ha imaginado nunca que haya que añadir a la edad de las personas los meses que han estado el seno de sus madres. En definitiva, debemos aclarar que se propusieron para el natalicio de Jesús otras fechas como por ejemplo la del 20 de mayo. Por otro lado, la segunda hipótesis a la que hacíamos referencia, establecía la influencia de las solemnidades paganas en la elección de este día. Debemos aclarar que en los siglos III y IV, la Iglesia se encuentra en plena competencia con el paganismo. No se trata únicamente de predicar una doctrina, hay que procurar que penetre en la vida, desarraigar estos cultos tan profundamente enraizados en las costumbres y sociedad del momento 2.

El nacimiento de Jesús es un hecho histórico indiscutible, del que a ciencia cierta tenemos pocos conocimientos. Sin embargo, nos consta que la Iglesia eligió estratégicamente una serie de fechas para celebrar las fiestas navideñas, consciente de la importancia que ya revestían los citados días para la religión pagana, por lo que resultaría mucho más sencillo cristianizar estas festividades milenarias, que hacerlas olvidar radicalmente y sustituirlas por otras.

Así, la elección del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús, se realizó sobre la base del simbolismo del solsticio de invierno, un hecho celebrado por todas las religiones antiguas 3.

Esta segunda hipótesis tiene su fundamento en dos festividades paganas básicamente:

  • SaturnalesUna breve mención merecen las Saturnales, fiestas en honor a Saturno, que se celebraban en la antigua Roma. Comprendían el periodo del 17 al 23 de diciembre y celebraban el final de la oscuridad. A partir de entonces los días se iban alargando y las noches cada vez eran más cortas. Durante esta etapa cesaba el trabajo y los amigos acostumbraban intercambiar regalos y saludos; se liberaba a los esclavos y éstos eran servidos por sus amos. Se comía y bebía sin mesura. Relajaban la moral hasta hacerla inexistente.Parece ser que el origen de este acontecimiento social estaba ligado a las labores del campo, pues finalizaban los trabajos de siembra y los esforzados campesinos se entregaban al merecido relax, felicitándose por lo trabajado y encomendándose a los dioses para que los procesos naturales siguieran buen curso y a la postre llegara una valiosa cosecha. Según el mito, Saturno fue expulsado del Olimpo por Zeus recibiendo buena acogida en el Lacio hasta que fue proclamado rey. Entonces, propició un gobierno de paz y prosperidad llamado «la edad de oro«, periodo en el que los dioses convivían con los mortales. Como recuerdo de esta era se establece la fiesta.
  • La fiesta del ‘Sol Invictus’Después del otoño, en el que las horas de oscuridad superan ampliamente a las de luz a lo largo de la jornada; y tras el solsticio de invierno, el día comienza a alargarse de nuevo y robarle espacio a la noche. El sentido dado por los cristianos a tan señalada fecha era evidente: el nacimiento de Cristo representaba una nueva esperanza para el hombre y el inicio de una renovada humanidad 4.El mitraísmo, religión de origen mistérico, estaba muy extendida en el Imperio Romano entre los siglos I al IV d.C. En ella se rendía culto a una divinidad de origen iranio llamada Mitra y tuvo una especial implantación entre los soldados romanos. Los misterios de Mitra concedieron un destacado papel al Sol, impulsado igualmente por el culto oficial de Deus Sol Invictus instituido por Aureliano en 274.El Sol Invicto de Aureliano no trató de suplantar a ningún dios romano ni fue impuesto a las poblaciones provinciales, pero su culto como dominador del mundo quedó definitivamente consolidado. Paralelamente se elabora toda una teología solar, con la colaboración de los neoplatónicos. Con Macrobio se puede ver toda la culminación del sincretismo solar.Para entonces dicho culto constituía un “puente” tendido entre el paganismo y el cristianismo. Constantino hizo del Sol Invicto su divinidad suprema; el propio emperador aparece representado en el arte con la cabeza radiada, identificándose con él. Su conversión del politeísmo al cristianismo no se hizo bruscamente, sino descubriendo que ese dios supremo (el Sol o Apolo Solar) era el dios de los cristianos.

A comienzos del siglo IV d.C., especialmente desde el llamado Edicto de Milán (313), el monoteísmo cristiano comienza a asumir una posición de igualdad respecto al paganismo tradicional. Gran parte de la población romana fue poco a poco, abandonando la vieja religión politeísta (enriquecida por las aportaciones de los cultos orientales) por una nueva religión que sólo admitía la existencia de un Dios único.

El papa Julio I pidió en 350 que el nacimiento de Cristo fuera celebrado el 25 de diciembre, lo cual fue decretado por el papa Liberio en 354. Fue en el año 379 cuando el Estado se separó oficialmente del paganismo, y poco después, por el Edicto de Tesalónica (380), decretado por el emperador romano Teodosio, cuando se obligó a los súbditos del Imperio a someterse a la fe cristiana 5.

También existen dudas en cuanto al año del nacimiento. Dionisio el Exiguo señaló el año 753 de la fundación de Roma como el año del natalicio de Jesucristo. Tomó entonces este año como el primero de la era cristiana. Este nuevo calendario fue tomando importancia primero entre los cristianos y luego en el mundo secular. Estudios posteriores han señalado que Cristo nació varios años antes de lo que calculó el monje. Según estos estudios, Jesús nacería durante el reinado de Herodes el Grande. Los Evangelios y el historiador Macrobio señalan que Herodes murió poco después de la masacre de los Santos Inocentes. También sabemos, según datos del historiador Flavio Josefo, que Herodes el Grande murió en el año 750 de Roma. Por lo que se deduce que Jesús debió haber nacido antes de ese año.

Por otro lado, según San Lucas, Jesús contaba unos treinta años cuando fue bautizado. Ahora bien, como San Juan Bautista comenzó su ministerio el año 15 del reinado de Tiberio, tenemos un punto de referencia. El año 764 de Roma es la fecha más probable del principio del reinado de Tiberio. Si añadimos 15 años para llegar al ministerio de San Juan Bautista, estamos en el año 779 de la fundación de Roma. Si para entonces Jesús tenía treinta años, Él nació el 749 de la fundación de Roma, es decir 4 años antes de lo calculado por Dionisio. Entonces, la fecha del nacimiento de Jesús sería el año 4 a.C.

EPIFANÍA

Es una fiesta de origen oriental que surgió en forma similar a la Navidad en Occidente. ¿Por qué fue el 6 de enero escogido para Epifanía? Los eruditos nos dicen que los paganos celebraban en Oriente, sobre todo en Egipto, la fiesta del solsticio de invierno el 25 de diciembre y el 6 de enero el aumento de la luz, a los trece días después de haberse producido el cambio. La Epifanía nace en Oriente como respuesta de la Iglesia a la celebración solar pagana establecida y trata de sustituirla, reemplazando el culto al dios-sol pagano por el culto a Jesucristo. Así se explica que la Epifanía se le llame en Oriente Hagia Phota (la santa luz).

Entre los años 120 y 140 d.C, los gnósticos trataron de cristianizar estos festejos celebrando el bautismo de nuestro señor. Siguiendo esta creencia, los cristianos de Basílides celebran la Encarnación del Verbo en la humanidad de Jesús cuando fue bautizado. San Epifanio trata de darle otro sentido al decir que Cristo es la verdadera luz y por tanto los cristianos celebran su nacimiento.

La palabra epifanía es de origen griego y quiere decir manifestación, revelación o aparición. Cuando la fiesta oriental llegó a Occidente, por celebrarse ya la fiesta de Navidad, se le dio un significado diferente al original: se solemnizó la revelación de Jesús al mundo pagano, significada en la adoración de los “Magos de Oriente”. El mundo cristiano celebra como Epifanía tres eventos: la Epifanía ante los Reyes Magos, la Epifanía a San Juan Bautista en el Jordán y la Epifanía a sus discípulos en el comienzo de su vida pública, en el milagro de Caná.

Así las cosas, la Epifanía oriental conmemora el bautismo de Cristo en el río Jordán, expresando con ello la manifestación de este como el Hijo de Dios. Esto se refleja particularmente en la celebración de la Gran Bendición de las Aguas, que recuerda el bautismo de Cristo y constituye un aspecto conspicuo de la celebración oriental. San Juan Crisóstomo explica las razones por las cuáles es de este modo ¿Por qué no es el día en que Cristo nació llamado Epifanía, sino el día en que fue bautizado? Porque no fue manifiesto a todos cuando nació, sino cuando recibió las aguas.

La Epifanía occidental celebra la veneración del Cristo recién nacido por los sabios Magos Orientales como el evento que marca la manifestación de la divinidad de Cristo a las naciones. Especialmente desde tiempos medievales, el cristianismo occidental desarrolló una elaborada tradición alrededor de estas figuras.

Los orígenes de la Epifanía en occidente son, sin embargo, algo oscuros. Existe un consenso de que esta fecha fue introducida en la Iglesia occidental desde Oriente en el siglo IV, siendo establecida primero en los lugares que estuvieron más en contacto con esta zona: Galia, Hispania e Italia. La Iglesia universal celebrará así ambas solemnidades, Navidad y Epifanía. Las dos fiestas conmemoran, desde diferentes perspectivas, el misterio de la encarnación, la venida y manifestación de Jesús al mundo. Navidad acentúa más la venida, mientras que Epifanía subraya la manifestación 6.

Por Estrella Rodríguez Gallar


Notas:
1 BOTTE, B., Los orígenes de la navidad y de la epifanía, Madrid, 1964, pp. 87-88.
2 Ibid, pp. 88-89.
3 GÓMEZ FERNÁNDEZ, F.J., “Navidad en la Edad Media”, en Arqueología, Historia y Viajes sobre el mundo Medieval, nº 9, Madrid 2004, p. 44.
4 GÓMEZ FERNÁNDEZ, F.J., o.c., p. 44.
5 AA.VV., Historia de las religiones antiguas. Oriente, Grecia y Roma, Madrid 1993, pp. 612-616.
6 BOTTE, B., o.c., pp. 97-119.


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