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Medicina en el Antiguo Egipto – El Papiro de Ebers

La medicina egipcia data de alrededor de 2.900 A.C., es tan antigua como la medicina tradicional china pero anterior a la de la India, reconocida entre otras por el famoso Ayur-Veda del 700 A.C.; el estudio de las prácticas médicas de la época de los faraones se ha basado en lo encontrado en unos documentos denominados “papiros”, así como en la observación de la representación artística de la enfermedad en el Valle del Nilo y además en el detenido análisis de los tejidos blandos y esqueléticos de los restos humanos, más el estudio de las momias.


La principal literatura egipcia está representada por los llamados Libros Herméticos del dios Thoth (quien era identificado por los griegos con su dios Hermes), buena parte de los cuales se han perdido. Los papiros médicos son fragmentos de estos libros y son varios los disponibles en la actualidad en los diferentes museos y bibliotecas en que se encuentran; tal vez el más representativo en cuanto a los medios medicamentosos que se utilizaban es el llamado “Papiro de Ebers”, documento de 110 páginas que incluye 877 recetas y menciona unas 700 drogas.

Otro papiro que se debe mencionar de los nueve existentes es el quirúrgico de Edwin Smith, ligeramente anterior al Ebers (aunque ambos se ubican alrededor del 1.550 A.C.); más lógicamente escrito que el último, el texto, que comienza con el diagnóstico y tratamiento de las lesiones de la cabeza, llega sólo hasta las lesiones del hombro, pues dicho texto está mutilado. Vale la pena anotar que ambos papiros fueron encontrados al tiempo y en el mismo lugar; los dos fueron comprados en 1862 por Smith, aventurero, prestamista y anticuario, pero el de Ebers fue adquirido en Luxor, donde al parecer había sido encontrado entre las piernas de una momia, distrito de Assassif en la necrópolis de Theben. Diez años más tarde fue comprado por George Ebers, egiptólogo y novelista, quién publicó una portada del documento con una introducción y un vocabulario inglés y latín; este investigador consideraba su papiro el cuarto libro de la colección Hermética.

Aunque parece haber sido escrito en el 9º año del reinado de Amenothep, contiene un anacronismo histórico que lo situaría cerca de la primera dinastía, unos 3000 años A.C. Ciertamente el papiro hace referencia a prácticas médicas anteriores a las de su escritura, que debió haber sido dictada por algún “Jefe de Farmacia”; en aquellos tiempos había además recolectores de ciertas materias primas con acciones farmacológicas y también preparadores de fórmulas. El papiro tiene 839 párrafos, ordenados en forma casual.

Podríamos decir que los egipcios recomendaban un estilo de vida saludable, practicaron la cirugía y creían en los efectos mágicos de sus medicinas, que ayudaban a sacar del organismo los espíritus malévolos, por lo que los medicamentos debían ser ingeridos mientras se recitaba algún conjuro. Los temas tratados con más énfasis son los de las enfermedades del estómago, con especial referencia a las parasitosis intestinales; los antiguos egipcios sufrían, al igual que ahora, de Bilharsiasis y de enfermedades de los ojos.

Los tratamientos han sido más factibles de identificar, no así los diagnósticos. Dicen que algunas de las medicinas han sido personalmente usadas por varios dioses, y en los márgenes del documento se encuentran comentarios tales como “este es bueno”, o “a mi me ha dado buenos resultados”, primera manifestación de las pruebas anecdóticas o testimoniales que dan los galenos de hoy en día. Aunque el texto médico más antiguo que existe es una tablilla cuneiforme mesopotámica, los papiros médicos egipcios son los libros con cierta extensión y detalle más antiguos que se conocen. Los remedios deben curar dolencias que van desde la mordedura de un cocodrilo hasta el dolor de una uña del pie, pasando por la erradicación de plagas de ratas, moscas y escorpiones.

Tiene una descripción sorpresivamente exacta del sistema circulatorio y anota la existencia de vasos sanguíneos que tienen su centro de distribución en el corazón. Los egipcios tenían conocimientos de anatomía, pues en sus prácticas de embalsamamiento debían extraer todas las vísceras pero dejando el corazón en su sitio; por otro lado, al cerebro no le concedían mucha importancia. Personajes posteriores de la época greco-romana como Heròdoto y Plinio el Viejo, estudiaron con mas detalle estas actividades médicas egipcias.


El aceite de ricino era muy usado como purgante y también para combustible de las lámparas. De los treinta productos vegetales más importantes usados en la época, podemos destacar los siguientes: La albahaca(para el corazón), la sábila (acíbar) o áloe, para los parásitos, la belladona para el insomnio y el dolor (aunque ésta como la sena, tuvieron su auge en la época de los árabes); el cardamomo como digestivo, la colchicina para reducir la inflamación del reumatismo; el ajo y la cebolla (según el historiador griego Heròdoto, los obreros que construyeron las pirámides consumían grandes cantidades de estos dos vegetales para obtener fuerza física); la miel, la mostaza y el anís, la menta, el apio, la mirra, el sen, el enebro y la linaza, amén de la hiel (o bilis) de diferentes animales, así como combinaciones de grasas de éstos para combatir la calvicie. Se habló del molido de pene de asno para el tratamiento de la impotencia, es decir, como antiguo precursor del moderno Viagra. Los remedios para las enfermedades de la piel se categorizan como irritativos, exfoliativos y exudativos.

Veamos algunas curas concretas.

Para la diarrea: Un octavo de taza que contenga higos y uvas, pasta de pan, maíz, tierra fresca, cebolla y un tipo de fresa; imaginémonos el sabor de semejante pócima.

Para la piel: cuando cae la costra, mezclar excremento de Escriba con leche fresca y aplicar.

Para la indigestión: macerado de dientes de cerdo, revuelto en cuatro
tortas de azúcar, comer por cuatro días.

Como medicinas asociadas a conjuros, podemos mencionar una para las quemaduras: mezcla de leche materna (si ha sido parido un niño), con goma y pelo. Diga cuando lo toma: “El hijo de Horus (dios de la salud, que recuperó por medios milagrosos su ojo perdido) se quema en el desierto. ¿Hay agua allí? No hay agua. Tengo agua en mi boca y un Nilo entre mis muslos. He venido a extinguir el fuego” (¡Qué fantasías!).

Para las cataratas: mezclar cerebro de tortuga con miel, colocar en el ojo y decir: “Gritan en el cielo del sur, en medio de la oscuridad; rugen en el cielo norteño, el Corredor de las Columnas cae en las aguas. Te dirijo para que alejes al dios de las Fiebres y cualquier otro arte mortal”. También:”Bienvenido remedio, bienvenido; tu me quitarás el mal que hay en este mi corazón, y en estos mis miembros”. Los campesinos de hoy en día usan conjuros de esta clase para tratar las enfermedades de sus animales.

El historiador médico Lyons dice en su libro que en cuanto a los remedios medicamentosos de los egipcios “su farmacopea era amplia” (Dioscòrides, Galeno y Plinio describen posteriormente muchos de ellos); fueron los primeros en importar materias primas, ya que trajeron del exterior azafrán y salvia de Creta, canela de China, perfumes y especias de Arabia y Abisinia (hoy Etiopía), madera de sándalo, gomas y antimonio”.

Creían mucho en los enemas, pero no para tratamiento del estreñimiento o preparación para algún procedimiento, sino para “devolver el color… o vigorizar los cabellos débiles”o hasta “para producir olores agradables” pues los enemas eran “de agua, leche, cerveza y vino, endulzados con miel”. Entre los minerales usaban mucho el antimonio y el cobre, entre otros; las pinturas que usaban las mujeres para maquillarse los ojos tenían una elevada concentración de antimonio, sustancia que en el Renacimiento llegó a tener una gran importancia farmacológica. Entre estas pinturas, las de color verde contenían sales de cobre, curiosamente de las que se usan hoy día para el tratamiento del tracoma, enfermedad ocular muy común en Egipto desde tiempos milenarios.

Por A. Jácome Roca


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Orígenes de la medicina y la farmacopea

Escritura cuneiforme en arcilla, con recetas médicas de físicos de Nippur, Mesopotamia.

No es difícil pensar que aquellos hombres que guerrearon con caníbales y depredadores animales, recibieron heridas, comieron venenos y sufrieron enfermedades favorecidas por los intensos cambios de temperatura. Alguna forma de sanación debieron emplear, lógicamente asociada a creencias mágicas, religiosas y a fetiches, pero también al uso de algunos elementos encontrados en el planeta azul.

Los espíritus malignos eran inducidos a abandonar el cuerpo por medio de conjuros, por masajes, por trepanaciones, (práctica quirúrgica extraordinariamente antigua), y además por prescripciones de naturaleza repugnante y sabor desagradable, características que hasta no hace muchos años eran muy peculiares de los remedios, pero que en aquellas épocas tan antiguas tenían por objeto erradicar a los demonios.


Además del concepto de seres sobrehumanos, dioses que tenían poder sobre las enfermedades y las fuerzas de la naturaleza, surgieron supersticiones y brevajes, a los que se les asignaba un eventual poder curativo. Por instinto, y observando además a bestias, aves y animales domésticos, descubrieron que estos se trataban sus propias dolencias al comer tal o cuál hierba; ellos siguieron su ejemplo, y por medio de un lento y doloroso proceso de ensayo y error, aprendieron a distinguir los venenos de los alimentos y de las plantas con poder curativo.

Quizás aquellos primeros remedios incluían algunos órganos de animales y también ciertos elementos minerales. Las primeras aplicaciones externas para aliviar el dolor, las heridas, los golpes y fracturas, pudieron haber sido el agua fría, una hoja, la mugre o el lodo. Se lo aplicaron primero para aliviarse a sí mismos y luego para aliviar a otros.

Vale la pena anotar que el color rojo guarda importancia en las primeras medicinas, (en parte por ser el color de la sangre), también se usaba en embalsamamiento de las momias, (y aún todavía), pues da aspecto de vida, colgaduras rojas anti-viruela en los cuartos de los enfermos, franela roja contra la ronquera, hilo rojo en el cuello contra el sangrado nasal, o píldoras rojas en la antigua China.

De la prehistoria, pasando por las edades de bronce y hierro, llegamos a las primeras civilizaciones. Probablemente en tiempos similares, (unos 3.000 años A.C.), aparecen los pueblos de la Mesopotamia: sumerios y acadios, pero particularmente los babilonios; y adicionalmente los egipcios, en el Norte de África, los chinos y los indios, todos con su cultura tribal, algo agrícola y un poco más sedentaria, y también con sus pócimas, hierbas y rudimentarios procesos de farmacia.

Y todos acudieron a los dioses, para que tuviesen compasión, por lo que aquellos sanadores babilonios, (2.600 años A.C.), eran a la par sacerdotes, médicos y farmaceutas, pues según las tablillas cuneiformes de arcilla que se han descubierto, fueron los primeros boticarios. Empleaban la adivinación para descubrir el pecado cometido por el enfermo y como método común tenían el examen detallado del hígado de animales sacrificados, conocido como “hepatoscopia”.

Anotaban los síntomas de la enfermedad, procediendo luego con las recetas y las instrucciones para preparar los compuestos; aunque la farmacopea era en gran medida vegetal, ciertos preparados han sido difíciles de identificar, pues les asignaban nombres curiosos como “grasa de león o “aliento de bebé”. De las medicaciones que han sido identificadas, hay extractos de plantas, resinas y condimentos; algunos de estos preparados tenían propiedades antibióticas o antisépticas, y enmascaraban el mal olor de las heridas.


El aceite era el principal bálsamo para las heridas abiertas, lo que prevenía la adherencia del vendaje. Sin embargo no hay que olvidar el importante efecto placebo que tenían muchos de estos menjunjes pues los pacientes consideraban que los médicos podrían curarlos o aliviarlos con sus compuestos.

En la lengua sumeria por ejemplo, la misma palabra significa “medicina” y “vegetal”. De los babilonios nos queda el famoso código del rey Hammurabì que en su parte de medicina es la primera reglamentación ética y legal donde se castiga la mala práctica de los médicos.

Por A. Jácome Roca

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Nawal As-Saadawi y su formación para ejercer la medicina

Nawal al-Saadawi

Sana Helwâ binti. Sana Helwâ tabiba Yasmín.

Nawal sacó muy buenas calificaciones en secundaria y logró acceder a la Escuela Médica en 1948 para cursar unos estudios que se consideraban “masculinos”. El primer curso tenía carácter preparatorio y se impartía en la Escuela de Ciencias, que estaba situada en el edificio principal de la universidad 1. Habían pasado veinte años desde que la institución universitaria abriera sus puertas a las mujeres, incrementándose la presencia femenina en las aulas en la segunda mitad de la década de los treinta.

Nawal As-Saadawi describe su ingreso en la academia y la segregación sexual presente en determinadas carreras universitarias desde la auto-consciencia y eligiendo cuidadosamente las palabras para reconstruir su experiencia. Buscaba “rehacer” su identidad y obtener independencia económica, como otras muchachas egipcias 2 :

“En aquellos días, no se animaba a las chicas a elegir carreras de ciencias, o a estudiar medicina, ingeniería o ciencias puras. La palabra “ciencia” en árabe era un sustantivo masculino y tenía un algo masculino, pero aadaab (literatura) era femenina, y sus letras eran parecidas a las de adab, que significa buenos modales, obediente, dócil. Un dicho que se repetía a menudo era: “Se prefieren los buenos modales a la ciencia” (con el significado de conocimiento). De las chicas se esperaban buenos modales y obediencia, pero no pasaba lo mismo con los chicos.” 3


Sin embargo, a lo largo de su autobiografía siempre encuentra un momento para recordar que su verdadera vocación era escribir, no la medicina. Tras conseguir el certificado de enseñanza secundaria con muy buenas calificaciones, su primer impulso fue matricularse en la Escuela de Literatura, ser escritora. Su padre le dijo que los graduados de esa escuela acababan siendo funcionarios del gobierno u oficinistas 4. La gente de letras no tenía futuro, vivían y morían en la pobreza, como el poeta Al-Deeb 5. Preocupada, la madre decidió tantear el amor propio de su hija:

“¿Sabes, Nawal, quienes buscan entrar en la Escuela de Literatura? Los que no fueron buenos en la escuela y tienen notas bajas. Pero tú tienes las más altas calificaciones. Ve a la Escuela de Medicina. Podrás ser una doctora famosa como Ali Ibrahim, [uno de los principales cirujanos de Egipto], y podrás cuidar de nosotros sin que tengamos que pagar” 6. La joven acabaría cediendo pero en sus sueños imaginaba que llegaría a ser escritora, como Taha Hussayn 7: “Cuando decía eso, mis colegas sonreían sarcásticamente. ¿Qué tontería estás diciendo? Escribir no te dará de comer, Nawal” 8.

Su padre decidió ahorrar para pagarle la carrera. Pero ella consiguió que el Decano de su Facultad la eximiera del pago de la matrícula durante todo el período de estudio por haber pasado los exámenes de la escuela secundaria con las máximas calificaciones. Cuando volvió a casa para devolverle el dinero ahorrado a su progenitor, la cara de éste quedó grabada en su memoria: “Fue un momento que no puedo olvidar y cuyos detalles vivirán para siempre” 9. La lucha de Nawal por afirmarse, gestionar sus propios asuntos y obtener respetabilidad empezaba a dar resultados.

En la universidad empezó a mezclarse con el “otro sexo”, algo que estaba prohibido en la educación primaria y secundaria. Las dos palabras que más le ruborizaban las mejillas eran: sexo y hombre. En su primer año preparatorio, de anatomía, se agudizaron sus preguntas al conocer tanto el cuerpo femenino como el masculino. No entendía por qué su madre hacía tantas distinciones entre ella y su hermano, por qué hablaba del hombre como si fuera un dios a quien tendría que servir en la cocina durante toda la vida, por qué la sociedad había tratado siempre de convencerla de que la masculinidad era una distinción y un honor y la feminidad una debilidad y una desgracia.

Le molestaba que la sociedad formara a los hombres para sentirse dioses y a las mujeres para ser incapaces de hacer nada. Pero pronto sus pensamientos cambiaron de rumbo para concentrarse en sus estudios y en aprobar los exámenes de fin de curso. Después del año preparatorio se trasladó al edificio principal de la Escuela de Medicina, en la calle Kasr Al Aini 10. Allí accedió al primer curso de Al Mashraha 11.

“Mi imaginación se desbocaba al acercarme a la entrada del edificio. ¿Cómo iba a ser capaz de cortar un cuerpo humano?, ¿Cómo sería capaz de seccionar el músculo llamado corazón, que nunca había dejado de latir durante toda mi vida?, ¿Cómo sería capaz de cortar las células del cerebro que nunca había dejado de hacer preguntas, y de recuperar los recuerdos de la infancia?”12.


Le costó acostumbrarse:

“Los primeros días, temblaba cada vez que hacía un corte en el cadáver con el escalpelo, porque no podía olvidar que era carne humana lo que diseccionaba. Dejé de comer todo tipo de carne, y cuando veía algún trocito flotando en la sopera, me entraban náuseas. Me recordaba a un miembro flotando en formalina” 13.

En Memorias de una Joven Doctora 14 habla de lo que la ciencia le hizo descubrir, de cómo le abrió los ojos, encontrando en ella respuesta a muchas de las preguntas que se había hecho desde pequeña. Durante años había intentado entender el mundo, comprender las diferencias entre chicos y chicas, y averiguar las causas de la discriminación sexual. Ahora, en esta nueva etapa de su vida iría sustituyendo los discursos legitimadores religiosos por los discursos científicos. Thomas Laqueur aún no había publicado su libro sobre el análisis histórico de la literatura médica, en el que pone de relieve el salto cualitativo que supuso pasar de la percepción de un solo sexo, el masculino, pues el “cuerpo femenino” se consideraba un mero apéndice o versión devaluada de él, a la consideración de dos sexos, el masculino y el femenino, con sus propias características y sus representaciones culturales 15.

La dualidad se puso de relieve en la profusión de dibujos sobre la anatomía del cuerpo femenino, las nuevas interpretaciones sobre la reproducción humana y el papel de las mujeres en ella, algo que canalizaría la educación femenina hacia la domesticidad 16. La ciencia le reveló a Nawal la igualdad y la diferencia desde perspectivas biológicas, culturales y éticas. Existían cuerpos sexuados, categorías generacionales, étnicas y raciales que a veces se combinaban debido a un cúmulo de circunstancias. Conviviendo con ellas se palpaban la presión social y familiar, la educación segregada, la huella de unos roles históricamente construidos y de unas ideologías justificativas de la desigualdad que creaban relaciones de dependencia y de sometimiento personal 17. De ahí “la inferioridad” de las mujeres. A partir de ese momento se abriría un mundo nuevo ante la joven estudiante de medicina.

Su “yo” llegó a una fase nueva, de adaptación. Abducida por los estudios que le requerían mucha concentración y dedicación, por la responsabilidad de aprobar los exámenes de fin de curso y ser la alumna modelo a ojos de la sociedad y de su familia, Nawal dejó de lado sus preocupaciones por su condición de mujer, para verse sumergida en una nueva lucha: terminar su carrera y luchar por la liberación de su patria:

“La niña se había transformado en una muchacha veinteañera, una estudiante que se tomaba su trabajo muy en serio, estudiaba anatomía, bioquímica, psicología y patología. Había leído el Corán y partes del Antiguo y el Nuevo Testamento, además de otros libros de filosofía, religión y, sobre, todo, historia, desde el tiempo de los faraones y los antiguos egipcios hasta el Khedive Ismail, la ocupación británica, el rey Fouad y el rey Farouk, y el nacimiento de los partidos políticos en Egipto 18.

Tras el relumbrón intelectual y emocional que provocó en ella el descubrimiento de la medicina, Nawal constataría en su práctica profesional en hospitales y centros de salud que el cuerpo humano, cada cuerpo, supone semejanza, desigualdad y diversidad; valoraría las consecuencias del uso abusivo del “biologismo” y el “culturalismo”, cuando se utilizan en un sentido reduccionista, y entendería que la construcción de una genealogía femenina basada en la necesidad de valorar los hechos, trabajos y aportaciones sociales de las mujeres se había anticipado a las argumentaciones científicas sobre el alcance de la diferencia sexual 19.

En sus prácticas médicas tuvo ocasión de comprobar que el patriarcado y sus instituciones identificaban feminidad con maternidad y que a partir de la capacidad anatómica y biológica reproductiva de las mujeres se habían construido modelos de feminidad, normas jurídicas y educativas, mecanismos de control de la sexualidad, discursos, representaciones y experiencias que las llevaban a “desaparecer” como sujetos tras su función materna 20.

Nawal As-Saadawi se graduó en la Universidad de El Cairo en 1955 con unas calificaciones excelentes, motivo por el que pasó a trabajar como médica residente en el hospital universitario de Kasr el Aini. Allí desapareció la pesadilla que de manera reiterada le había acompañado durante su niñez y su juventud:

“Mi madre me dejó la tarea de encender el hornillo. Todas las noches, dormida, soñaba que el hornillo habría estallado, veía a mi madre en medio de las llamas y corría a salvarla, pero era demasiado tarde porque ya se había muerto abrasada. La envolvían en un sudario blanco y colocaban su cuerpo sobre el lecho de latón. En el sueño, el sudario era el blanco vestido de seda con que se casó” 21.


El sueño se repetiría de diferentes maneras: “Sólo me dejó, recuerda Nawal As-Saadawi, después de graduarme en la escuela de medicina y convertirme en residente con “honores” en el hospital universitario de Kasr Al Aini” 22. Posiblemente a través de estas fantasías oníricas, que obedecían a impulsos diversos, se estaban expresando vínculos ocultos de afecto y temor entre la madre y la hija 23.

A comienzos de abril de 1955, Nawal cobró por primera vez en su vida un sueldo mensual. Nueve libras, “cada una de ellas tan grande como la siguiente, para usar una expresión de Sittil Hajja” 24. Se había convertido en una mujer independiente, hablando en términos económicos, un requisito básico para construir el camino de su liberación personal.

Después de trabajar un año en el Hospital Universitario fue enviada a un Centro de Salud de la zona rural de Kafr Tahla, que albergaba tres secciones distintas: unidad clínica, unidad de servicios sociales y unidad educacional. Se trataba de uno de los proyectos emprendidos en las áreas rurales por el régimen revolucionario en 1956.

Por Mouna Aboussi Jaafer, (Universidad de Málaga)


Notas:

  1. AS-SAADAWI, Nawal, op. cit., pág. 298.
  2. Las obras de Virginia Wolf marcaron el camino. Cf. Un cuarto propio, Madrid, Horas y Horas, 2003, Tres guineas. Barcelona, Lumen, 1999 y Las mujeres en la literatura, Barcelona, Lumen, 1981. La segregación sexual, a pesar de los avances experimentados, aún se mantienen. Ver BALLARÍN DOMINGO, Pilar (ed.), Desde las mujeres. Modelos educativos: coeducar/segregar. Granada, Universidad de Granada, 1992; BLANCO, Nieves, Educar en femenino y en masculino, Madrid, Akal, 2001 y ARENAS, Gloria, Triunfantes perdedoras. Investigación sobre la vida de las niñas en la escuela. Málaga, Universidad de Málaga, 1996.
  3. AS-SAADAWI, Nawal, op. cit., pág. 304.
  4. AS-SAADAWI, Nawal, La hija de Isis, op. cit.,pág. 296.
  5. Este escritor dice en uno de sus poemas: “Soy una pared en la que está escrito: ¡Oh, hombre de vejiga llena, mea aquí!”. Ver AS-SAADAWI, Nawal, La hija de Isis, op. cit, 296.
  6. Idem. 
  7. Taya Hussain
  8. AS-SAADAWI, Nawal, op cit, pág. 322.
  9. Idem, pág. 316.
  10. Idem, pág. 305.
  11. Idem, pág. 308. La sala de disección. Se refiere al curso en el que los estudiantes cursan anatomía y fisiología del cuerpo humano, además de farmacología y parasitología.
  12. AS-SAADAWI, Nawal, op cit, pág. 308.
  13. Idem. pág.310
  14. AS-SAADAWI, Nawal, Memorias de una Joven Doctora, Barcelona, Lumen, 2006.
  15. LAQUEUR, Thomas, La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud. Madrid, Cátedra, 1990.
  16. SCHIEBINGER, Londa, “Skletons in the Closet: The First Illustrations of the Fenmale”, en Catherine Gallagher y Thomas Laqueur (eds.), The Making of the Modern Body: Sexuality and Society in the Nineteenth Century. Berkeley, Los Ángeles, Londres, University California Express, 1987, págs. 42-82.
  17. TUBERT, Silvia (ed.), Del sexo al género. Los equívocos de un concepto. Madrid, Cátedra, 2003 e IZQUIERDO, María Jesús, El malestar de la desigualdad. Madrid, Cátedra, 1998, especialmente el capítulo segundo: “El cuerpo: semejanza y diversidad”, págs. 57-112.
  18. AS-SAADAWI, Nawal, Prueba de fuego, op. cit., pág. 49
  19. IZQUIERDO, María Jesús, El malestar en la desigualdad. Madrid, Cátedra, 1998, pág. 13.
  20. TUBERT, Silvia (ed.), Figuras de la madre. Madrid, 1996, págs. 8-10.
  21. AS-SAADAWI, Nawal, La Hija de Isis, pág. 178.
  22. A los estudiantes de medicina graduados con buenas calificaciones se les asignaba una plaza de residente en el hospital universitario.
  23. BUZZATTI, Gabriella y SALVO, Anna, El cuerpo-palabra de las mujeres. Los vínculos ocultos entre el cuerpo y los afectos. Madrid, Cátedra, 2001, págs. 20, . 37 y ss.
  24. AS-SAADAWI, Nawal, La Hija de Isis, op. cit., pág. 178.

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