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EU-Rusia: ¿crisis de misiles "a la inversa" de 1962?- Por Alfredo Jalife-Rahme


Cuando el planeta ha estado más cerca de una guerra nuclear ha sido en 1962, durante la crisis de los misiles instalados por la URSS en Cuba, en las cercanías de Estados Unidos, y que fue resuelta felizmente mediante un quid pro quo de las partes con retiro simultáneo de armas consideradas ominosas tanto en la isla del Caribe como en Turquía.

La crisis de los misiles de 1962 es lo más cercano que se ha acercado el “reloj del juicio final” del Boletín de Científicos Estadunidenses a su fatídico epílogo.

Los estrategas de ambos países –Estados Unidos, triunfante de la guerra fría, y una ex URSS balcanizada y transformada en Rusia– saben perfectamente, dados los antecedentes de hace medio siglo, las implicaciones que conlleva instalar misiles en las cercanías de sus fronteras respectivas.

La “perezagruzka” (“reajuste”) entre Estados Unidos y Rusia anunciada al inicio de la administración Obama se ha desajustado en varios frentes, donde colisionan sus intereses geopolíticos a grado tal que hoy se encuentran en las aguas territoriales frente a Siria el portaviones estadunidense USS George H. W. Bush y tres barcos de la armada de Rusia. Los temas donde chocan las dos superpotencias nucleares son numerosos cuan variados, desde los contenciosos de Siria hasta Irán.

Sin tapujos, un general ruso de alto rango, Nikolai Makarov, sentenció ante el influyente cuerpo consultivo Cámara Pública Rusa que “no podía descartar que, bajo ciertas (sic) condiciones, conflictos armados locales (sic) y regionales (sic) podrían crecer a una guerra a gran escala, posiblemente aun con armas nucleares (¡súper sic!)”.

Al general Makarov le perturba la expansión de la OTAN a las entrañas del colapsado mundo soviético en busca de deglutir a Ucrania y Georgia. El general Makarov fustigó el proyecto de Estados Unidos para colocar su controvertido escudo misilístico en las fronteras de Rusia.

La retórica ha escalado ominosamente y el portal de la televisora Russia Today (25/11/11) ha llegado hasta difundir la opinión de expertos espaciales rusos sobre la probabilidad de que el “arma climática” High-Frecuency Active Auroral Research Program (HAARP, por sus siglas en inglés) de Estados Unidos pudo haberse encontrado detrás del sabotaje a su misión satelital para Marte. ¡Uf!

Durante dos días consecutivos, Russia Today (24 y 25/11/11) se consagró a difundir el concierto de severas críticas de los más altos funcionarios rusos contra el despliegue del escudo misilístico de Estados Unidos.

El supuestamente más “pro occidental” de los líderes rusos, según la narrativa fantasiosa de los mendaces oligopolios multimediáticos israelí-anglosajones, el presidente Dimitri Medvediev, “envió un mensaje para despertar (sic) a los líderes occidentales” al advertir que “Moscú desplegará misiles de largo alcance en la frontera europea como contramedida al despliegue de Estados Unidos”.

Nunca en su vida Medvediev había sido públicamente tan duro: no solamente contempla elevar de nivel las capacidades ofensivas de los ominosos misiles balísticos estratégicos de Rusia dotados de nuevas ojivas de alta precisión, sino, además, vislumbra “asegurar cuando sea necesario (sic) la destrucción (¡súper sic!) de la información y las capacidades de un sistema misilístico de defensa” (léase: el escudo de Estados Unidos).

En caso de que tales medidas graduadas “no sean suficientes, Rusia desplegará sus modernos sistemas de armas ofensivas al oeste (sic) y al sur (sic) que garantizan la derrota (¡súper sic!) del componente europeo del sistema misilístico de defensa”.

Medvediev no se anduvo por las ramas y especificó que “uno de estos pasos será el despliegue del sistema misilístico Iskander en la región de Kaliningrado”. Se recuerda que Kaliningrado –la antigua Konigsberg, donde nació el filósofo alemán I. Kant– es el enclave ruso entre Polonia y Lituania en el mar Báltico.

¿Que necesidad existe para que los países del Báltico jueguen con el fuego nuclear y sirvan de carne de cañón a los objetivos aviesos del belicismo estadunidense hoy en franca decadencia?

A juicio de Russia Today, el anuncio del presidente Medvediev “envió ondas de choque a través de las capitales europeas”.

¿Empezó una nueva carrera armamentista entre Estados Unidos y Rusia, que puede inmolar a Europa y cuyos países más belicosos, curiosamente los más vulnerables, parecen no haber aprendido nada de la previa guerra fría ni de la balcanización del euro en curso?

Rusia solicita “algún género de garantías legales” (v.gr. un contrato) de que el despliegue misilístico de la OTAN, el bloque militar de 28 países encabezado por Estados Unidos, “no está destinado a alterar el equilibrio de disuasión”, como promete “verbalmente” su secretario general, el danés Anders Fogh Rasmussen.

A raíz del colapso de la URSS en 1991, la OTAN no cumplió su promesa “verbal” de no traspasar las fronteras balcanizadas. Después de tantos engaños “occidentales” los dirigentes moscovitas, menos cándidos que sus antecesores, no desean repetir los mismos errores ni correr riesgos innecesarios.

Robert Bridge, de Russia Today, considera que Moscú “no puede detener el sistema, pero puede tomar medidas preventivas para asegurarse de que los dirigentes estadunidenses –quienes pueden cambiar sus lealtades conforme a los vientos impredecibles de su política interna– no amanezcan una mañana con la noción de que Rusia es el enemigo”.

Baste escuchar las jeremiadas expectoradas durante los debates para alcanzar la nominación de los candidatos presidenciales del Partido Republicano, donde Irán y Rusia se han vuelto las piñatas favoritas, para obligar a cualquier actor internacional a prevenirse y defenderse.

La intransigencia de Estados Unidos para instalar su escudo misilístico en suelo europeo, dizque para defenderse de Irán (según Kissinger para obligar a la teocracia jomeinista a sentarse a negociar su proyecto nuclear), a juicio de Robert Bridge puede descarrilar tanto la perezagruzka como el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START, por sus siglas en inglés) entre Estados Unidos y Rusia, renovado recientemente en Praga.

El analista alemán Alexander Rahr considera que el endurecimiento del saliente presidente Medvediev proviene de su “desilusión” de que, pese a la notable mejoría en el ambiente de las relaciones bilaterales, Estados Unidos se empecine en colocar su escudo misilístico en las fronteras rusas (nota: lo cual justifica con un pretexto pueril, la amenaza iraní).

Hasta ahora la réplica rusa ha sido excesivamente retórica y prudentemente limitada en sus actos, como la reactivación de su sistema de alerta de radares en Kaliningrado.

Según el muy influyente Mijail Margelov, mandamás del Comité de Asuntos Internacionales del Consejo de la Federación Rusa, quien asistió a la reunión entre Obama y Medvediev al margen de la cumbre Asia-Pacífico en Honolulu, la lúgubre advertencia del presidente ruso no significa el fin de la perezagruzka: “Un desacuerdo en uno de los varios puntos de la agenda de las relaciones ruso-estadunidenses no es razón para la ruptura”, cuando existen otros “proyectos comunes en materia de seguridad con Estados Unidos y la OTAN”.

No es todavía una crisis de los misiles de 1962, pero tampoco Estados Unidos y Rusia se encuentran tan lejos de sucumbir en ella, esta vez “a la inversa”.

Fuente: La Jornada – Bajo la Lupa

El Olivo, un árbol mítico – Símbolo de la Paz

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En cierta ocasión hubo que escoger rey entre los árboles. El olivo no quiso abandonar el cuidado de su aceite, ni la higuera el de sus higos, ni la viña el de su vino, ni los otros árboles el de sus respectivos frutos; el cardo, que no servía para nada, se convirtió en rey, porque tenía espinas y podía hacer daño.

La palabra olivo y oliva viene del latín olea, que a su vez proviene del griego eala. Más allá de está designación se encuentra el celta olwe o eol. La misma raíz lingüística se encuentra también en el cretense elaiwa y más allá de todas en las lenguas semíticas con la raíz ulu. Parece ser que el nombre cretense irradia hacia Ática como lathi y hacia Grecia continental como elies, pasa a la península italiana como oli y se expande por los Balcanes como eli. Es fácil encontrar esta raíz en las lenguas latinas como el italiano olio, el catalán oli, el francés huile o el castellano olivo-oliva.

En castellano y en otras lenguas peninsulares se utiliza la raíz ole u oli, proveniente del mediterráneo oriental y que ha seguido el curso geográfico y lingüístico de las lenguas latinas. En el lado opuesto del mediterráneo, las culturas semíticas parten de la raíz zait o zeit, que derivó en az-zeitun en árabe y aceitunero o aceituna en castellano. Muchas de las lenguas europeas contienen la raíz latina en sus denominaciones. Así, en inglés es olive o en catalán olivera.

Por otro lado, la palabra griega de elaios significa acebuche (olivo silvestre) y al mismo tiempo designa el acto de arrojar a los malos espíritus, papel que parece ser jugaron de manera importante las ramas de olivo (según R Graves). Nuestra voz acebuche arranca de las formas semíticas y proviene casi directamente del árabe az-zambuy.

La palabra árabe para designar al árbol es, zaitun, la cual parece derivar de zait, cuya raíz es común en las lenguas semíticas. Esta raíz aparece en el fenicio como zeitin y se encuentra también en la lengua hebrea, aramea y, sobre todo, en los antiguos textos que componen la recopilación de libros antiguos conocidos como la Biblia o el Corán.

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Zait equivale en las lenguas semíticas al eol de las greco-romanas; estas dos raíces lingüísticas han recorrido los países y culturas del entorno Mediterráneo de manera paralela. Las voces olimpo y olimpia son propias de los pueblos del norte y Zaid o Said de los pueblos del sur del Mediterráneo, situados concretamente al este del delta del Nilo.

Las palabras adoptadas por las regiones del norte parten de la raíz eol y las que se expandieron por el sur, de la forma zait. Ambas confluyen en la Península Ibérica y se mantienen vivas simultáneamente en el castellano, en las palabras olivo, oliva, aceitunero y aceituna.

La palabra aceite (proveniente, como se ha visto, de la raíz árabe) pasó a designar a cualquier grasa más o menos líquida; tanto en inglés, alemán, francés o catalán conservan la etimología latina, con las denominaciones de oil en inglés, huile en francés y oli en catalán.

La palabra Tat egipcia para designar al olivo ha constituido una raíz que se encuentra en el propio nombre de Toth, el del faraón Tutankhamon y en innumerables denominaciones. Esta raíz se irradió y se diseminó como las arenas del desierto en la voz Tazemurt de los tuareg y otras palabras de origen del centro y norte de África.

La mitología griega afirma también el origen lingüístico y el posible curso de su irradiación. En las excavaciones que dieron a luz el descubrimiento de la ciudad de Cnosos en la isla de Creta se hallaron tablillas correspondientes a la cultura minoica, la cual se desarrollo durante los siglos XXX y X a.C.; entre sus ruinas aparecieron signos que representan tanto al acebuche como al olivo, árbol que debió ser cultivado intensamente en esta isla por una cultura precursora de la civilización griega; así mismo, aparecen registros de inventarios de productos importados, como cereales y aceite de oliva.

La mitología griega atribuye la fundación de Atenas a Cécrope hacia el siglo XVI a.C. y a su promotora y protectora, la diosa Atenea quién, según la leyenda, hizo brotar un olivo en la ciudad con la punta de su lanza.

Algunas leyendas cuentan que tanto Atenea como Cécrope provenían de la antigua Libia, esto es del mundo de los fenicios. Algunas narraciones llegan a establecer que el primer olivo que creció en Grecia provenía de una rama de Libia que fue injertada en un acebuche. Estas versiones aclaran el curso de propagación del olivo en el mundo mediterráneo antiguo.

Ciertas leyendas griegas refieren que Heracles clavó su famosa lanza, hecha con madera de acebuche, en el templo dedicado a Zeus en el monte Olimpia, la cual rebrotó y se convirtió en un árbol sagrado venerado como tal durante siglos.

Los atenienses regularon cuidadosamente la conservación de los viejos olivos dentro de la ciudad: herir o cortar un árbol público estaba castigado con el destierro y nadie podía abatir más de dos olivos, aunque se tratara de su propio terreno.

En los jardines de la Academia fundada por Aristóteles crecían olivos. Según algunos relatos, eran los retoños de los centenarios árboles sagrados los que las tropas persas arrasaron en el siglo V a.C.; luego, por sí mismo los árboles brotaron haciendo gala de la fama inmortal que los convirtió en símbolo de fecundidad y victoria.

Las culturas mediterráneas están trenzadas a este árbol que ha sido venerado, cultivado y expandido desde los mismos tiempos en que se originan sus propias culturas: un olivo creció en la tumba del propio Adán; una pequeña rama llevada en el pico de una provisoria paloma anunció a Noé el principio del resurgir del mundo vivo que él rescató. Esta creencia se encuentra inicialmente en las leyendas asirias y después en la del Noé bíblico recopilado, así mismo, por el Corán. Jesús de Nazaret, lloró en un huerto de olivos ante la proximidad de su muerte que se consumaría en una cruz de olivo, según antiguas versiones cristianas.

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Entre los mitos del génesis griego se encuentra la disputa de Poseidón, Dios de las aguas, y Atenea, diosa de la sabiduría y de la guerra. La confrontación se resolvió en una pacifica contienda cuyo juez sería el rey Cécrope (Cecrop) y su pueblo. En la contienda, Poseidón clavó su tridente en tierra de donde salió un brioso caballo. Atenea clavó su lanza en una roca de la cual brotó un olivo. El rey Cécrope y los atenienses dieron el triunfo a la diosa Atenea, puesto que el olivo produciría la ansiada paz y prosperidad al pueblo.

La victoria trajo como consecuencia la fundación de una ciudad que desde ese momento (según esta leyenda) fue nombrada Atenas. El árbol que creció fue un centenario olivo que los atenienses veneraron y cuidaron durante siglos dentro del propio recinto de la Acrópolis. Atenas fue dedicada a su protectora, quien por otro lado representaba los atributos de sabiduría y justicia que permitían el desarrollo de las artes, el cultivo y la paz; atributos que distinguieron a esta gran ciudad y sus habitantes

El león que mató Heracles cuando apenas contaba con dieciocho años, cayó abatido por una estaca sin trabajar, que el héroe tomó de un olivo silvestre que crecía en el monte Helicón. El olivo brinda una madera fuerte y elástica, símbolos que se atribuyen al héroe griego adoptado por los romanos como Hércules. Los productos de este árbol acompañaron a Heracles hasta su muerte. Su cadáver, según la propia voluntad del héroe, fue incinerado con madera de roble y olivo, y su fuego hecho con una varilla de olivo friccionada sobre una base de roble: los dos grandes árboles míticos de la antigüedad.

Higinio cuenta que este árbol era utilizado para ahuyentar a los malos espíritus. La costumbre griega, que pervivió en el Mediterráneo durante siglos, consistente en colocar ramas de olivo en las puertas de los hogares, responde a esta ancestral costumbre e indica una de las propiedades mágicas del olivo: la de proteger los hogares infundiendo paz y ahuyentando el mal

Cuando Teseo preparaba su expedición a Creta, ofreció sacrificios al dios Apolo, al mismo tiempo que le ofrendaba una rama del árbol sagrado del Acrópolis adornada con lana virgen. Esta costumbre pasó a los romanos y está documentada en Tito Libio.

Los vencedores en los juegos olímpicos griegos eran coronados con ramas trenzadas de olivo; originalmente, la rama no provenía de cualquier olivo sino justamente del árbol sagrado de la Acrópolis, cuya historia está ligada a los orígenes de la cultura griega. Sin embargo, no siempre fue así: desde la primera Olimpiada a la séptima se utilizaron coronas trenzadas de manzano hasta que Pausanias consultó al oráculo de Delfos, quien le indicó que abandonara el manzano y en su lugar utilizara las ramas de un árbol que crecía en los alrededores y que estaba cubierto de telarañas. Pausanias encontró ese árbol; se trataba de un acebuche.

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Fragon de Talles dice que desde la séptima olimpiada se instituyó la rama de olivo, puesto que tenía la categoría suficiente para coronar a los vencedores, los cuales se equiparaban en la tierra al Zeus de los cielos griegos.

Las festividades olímpicas tenían su paralelismo en los juegos femeninos que se realizaban cada cuatro años en honor a Hera, la esposa de Zeus. La contienda consistía en una carrera de carros tirados por cuatro caballos. La ganadora recibía una corona de olivo y durante un año tenía ciertos privilegios en la ciudad de Atenas. Frazer ve en esta festividad un paralelismo con el antiguo matrimonio del sol y la luna en las culturas arcaicas e identifica a la figura femenina con la luna, la cual se encuentra asociada al olivo en monedas y otras representaciones

Los curetas y las sacerdotisas de los templos de Donoa dormían sobre hojas de olivo para que la madre tierra, a través de su árbol predilecto, les infundiera el saber oracular; esto habla de una tradición anterior donde el olivo era considerado representación telúrica.

Esta documentada opinión de Frazer puede precisarse: la corpulencia y amplitud de las raíces de este árbol lo identifican naturalmente con la tierra, por ello, la tradición de los cureta era dormir bajo su copa. Pero ramas y hojas son plateadas en virtud de las sustancias céreas que recubren su epidermis, como estrategia del árbol para no perder agua y resistir las sequías de las regiones donde habita

En las noches, la copa del olivo reluce con la blancura de la luna y su apariencia plateada lo identifica con ella. Esta duplicidad pasa a la diosa que lo ama y representa, Atenea, la cual participa de una doble condición: de guerrera, que solo viste sus armas defensivamente, y de reina de la noche. Los sabios ojos de búho de la diosa representan al ave nocturna que canta al cobijo de los olivos.

Las sacerdotisas adivinas tenían una noche perfecta para el oráculo: dormir en verano en un olivar entre las argénteas hojas de sus árboles, dejándose llevar por la magia de la luna llena y el canto agudo de la vigilia nocturna de los cárabos.

El olivo también simbolizaba la fertilidad. Su abundancia en flores y frutos infundía su virtud a las tierras y a las familias que a él recurrían. Los griegos celebraban durante las fiestas dionisíacas ritos y procesiones en los cuales portaban ramas de olivo, flores y frutas; estas fiestas debían propiciar las buenas cosechas; también portaban las consabidas ramas envueltas con hebras de lana.

De la época de los griegos arranca la costumbre de labrar con madera de olivo imágenes (ahora de santos), los cuales eran colocados en los campos para que propiciaran buenas cosechas. Algunas de estas estatuillas han sido reproducidas en bajorrelieves descriptivos, procedentes de la Grecia del siglo I .

El aspecto solemne y noble del aceitunero representaba las categorías que los hombres esperaban de la vida tranquila. Son innumerables las citas referentes al olivo como árbol de la paz: Virgilio en la Eneida refiere cómo Eneas cuando llega a la región del río Tiber es cuestionado por Palante, hijo del rey Evandro, si sus intenciones son pacíficas o viene a hacer la guerra. Eneas responde con una rama de olivo que le muestra desde la popa de su barco. Orestes hace lo propio al dirigirse a Apolo como suplicante.

Jesucristo entró en Jerusalén y fue recibido con palmas y ramos de olivo. Tal era el símbolo universal de paz y abundancia que el olivo representaba en todas las culturas mediterráneas, que continúa jugando ese papel universal al lado de la paloma.

El aceite de oliva fue para los judíos no solo un combustible para alumbrar la noche con los candiles, sino que tenía también una connotación religiosa. El aceite sagrado que representaba el papel de ungidor en la cultura hebrea fue adoptado por los cristianos.

La veneración por el aceite se encuentra mostrada en estas poéticas y bellas frases del Corán:

“Dios es la luz de los cielos y la tierra. Su luz es como la de un candil en una hornacina….Se enciende gracias al árbol bendito del olivo, el árbol que no es oriental ni occidental, cuyo aceite alumbra casi sin tocar el fuego: es luz de la Luz”.

En la tradición cristiana, varias son las vírgenes aparecidas al pie o en los troncos de los árboles. La Mare de Deu de Montolivet (La Virgen del Monte Olivo ), se le apareció a un soldado cuando fue apresado en Palestina; el relato cuenta que logró escapar y extenuado por la huida ,se quedó dormido bajo un olivo y cuando despertó encontró un manto con la imagen de la Virgen, pero ahora el olivo estaba en las huertas de su pueblo natal, Ruzafa, Valencia, en el monte que ahora lleva el nombre de la Virgen, Nuestra Señora de Monteolivete. Ésto debió ocurrir, según cuenta la leyenda, hacia el año 1350.

El olivo silvestre o acebuche es un árbol común en el cercano oriente y en el entorno mediterráneo. El olivo y las culturas occidentales originarias dibujan el mismo mapa geográfico. No se ha establecido claramente dónde comenzó a cultivarse, tal vez porque simultáneamente se hizo en varias regiones donde la vida sedentaria asentó la cultura agrícola y con ella sus tres pilares principales: los cereales, el olivo y la vid.

Si su cultivo comenzó en la antigua Persia o si fue iniciada por asirios o si las primeras olivas crecieron en Palestina, es algo que puede considerarse secundario; lo importante es que se encuentra en los orígenes de las culturas fenicias, asirias, judías, egipcias, griegas y otras muchas menos documentadas de la geografía mediterránea. En este sentido, cabe hablar de simultaneidad.

Las primeras referencias documentadas del cultivo del olivo se encuentran en las regiones orientales de la actual Siria e Irán, cuya antigüedad se remonta a 4000 años antes de la actual era. Lo más probable es que los fenicios jugaran un papel determinante en su expansión a través de las islas del Mediterráneo oriental como Creta o el extremo occidental en la actual Península Ibérica.

En la Biblia se encuentran unas cuatrocientas menciones al olivo o a su aceite. Era la base del ungüento de la unción y la luz que iluminaba la oscuridad de los templos y hogares. Es muy probable que Jerusalén estuviera, desde tiempos anteriores a la palabra escrita, rodeada de olivos.

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El olivo en la Península ibérica

Parece ser que los primeros olivos de la Península Ibérica fueron cultivados en Cádiz y Sevilla; Cádiz fue un enclave muy visitado por los fenicios, los cuales mantenían relaciones importantes a través de su puerto. Otro tanto ocurrió con Sevilla, cuyo río el Guadalquivir fue siempre navegable.

Cundo las tropas de Julio Cesar se enfrentaron en la Hispania con las de Pompeyo, éstos acamparon entre olivos en la región del Aljarafe que rodea a Sevilla, tradicional enclave de éstos árboles y famoso por su excelente aceite. Tales hechos fueron narrados en De bello hispanico por un narrador anónimo al servicio de César en el año 45 a.C. Esta es una de tantas menciones de olivares de la Bética del sur de España.

La palabra Córdoba significa molino de aceite y las menciones de sus olivares y la calidad del aceite por ellos producido ya era famosa desde el tiempo de los romanos, al punto de que el poeta hispanorromano Marcial llamaba a las regiones andaluzas Betis olifera.

La región de Ampurias, inicialmente una colonia griega rodeada de ciudades íberas cuyos vestigios aún se conservan, también fue un importante centro de introducción del olivo, que vio su esplendor en la época romana, en las fértiles tierras de Tarragona, lugar donde se producen hasta hoy día excelentes aceites finos.

Los pueblos árabes que recorrieron la península se encontraron con los magníficos olivares. El geógrafo y viajero Muhammad Al-Idrishi, que vivió entre 1100 y 1166, describe y señala los mayores olivares que se encontraban en la península: hace mención especial de los olivares de Priego de Córdoba y del resto de la Subbética. Señala el aceite sevillano como uno de los mejores de toda la Bética.

En la época de Al-andalus, se expandieron y mejoraron tanto las técnicas de cultivo como las de obtención del aceite; no hay que olvidar que en el oriente Mediterráneo, lugar de donde provenía la cultura árabe, tenían una larga tradición en este sentido. La mezcla cultural tanto agrícola como económica e intelectual dio como resultado la magnífica cultura agraria andalusí que floreció durante el califato de Córdoba.

Durante los siglos XV y XVII se consolidó la expansión y distribución geográfica de los olivares actuales, cuya mayor densidad de plantaciones se encuentra en el centro de Andalucía y comprende a las provincias de Jaén, Córdoba y Sevilla.

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Símbolo de paz y prosperidad, de sabiduría y de victoria. Su tronco agrietado y grueso, que aguanta impávido la dureza del clima invernal y los golpes recibidos en sus ramas por los vareadores, que hacen así caer la aceituna para recogerla del suelo, nos habla de resistencia y de generosidad al darles a cambio el dorado y rico fruto del aceite.

Las hojas pequeñas y perennes, de un color verde oscuro por un lado y plateado por el otro, nos hablan a la vez de la eterna dualidad de lo manifestado y de su permanencia frente a la ciclicidad de sus frutos. Estos, redondos o también ovalados, son símbolo de la esperanzadora preñez del eterno femenino, generador y nutricio, balsámico y apaciguador para los hombres.

Ningún árbol como el olivo para simbolizar la Paz y la Concordia.

“Debemos encontrar la manera de plantar un árbol de olivo en nuestra tierra, que la quemaron. Un árbol de olivo. Para simbolizar –y recordarnos también– la rabia que sentimos.

Para que no se pierdan en el olvido los recuerdos del pasado, que no se pierda en el olvido la rabia del presente, que no se pierda en el olvido nuestro propio futuro. Que algunos, con nombre y rostro, nos lo pisotean. Allá y aquí. En Atenco y en Olimpia, en la Selva Lacandona y en el Peloponeso, en México y en Oriente, en Europa y en América Latina. En el mundo entero.”

Referencias
Nueva Acrópolis Uruguay
Un árbol de olivo (campaña una escuela para Chiapas), Eugenia Mihal.
R. Graves
Rallo, Luis , “Variedades de Olivo en España”., Sevilla, Madrid, Barcelona, México.

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28 de octubre – San Judas Tadeo y San Simón el Cananeo

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La palabra “apóstol”, del griego apostello, “enviar”, “despachar”, tiene un sentido etimológico muy general. Apostolos (apóstol) indica una persona que es enviada, despachada. En otras palabras, significa una persona a la que se confía una misión, o mejor, una misión en el extranjero. Aunque el vocablo tiene un sentido más fuerte que mensajero, quiere decir casi lo mismo que delegado. No es frecuente el uso de esta palabra entre los autores clásicos. En la versión griega del Antiguo Testamento aparece una sola vez, en III Re 14, 6 (cf. Ibid. 12, 24). Por el contrario, en el Nuevo Testamento aparece, según las cuentas de la Concordancia de Bruder, cerca de ochenta veces y no siempre es usada para designar a todos los discípulos del Señor, sino a aquellos pocos que fueron llamados en forma especial. Es obvio que Jesús  quien hablaba un dialecto arameo, dio a sus discípulos un título arameo, cuyo equivalente griego era “apóstol”. No parece haber duda razonable acerca de que la palabra aramea en cuestión era seliah, con la que los judíos posteriores a Jesús, señalaban a “quienes eran enviados desde la ciudad madre por los gobernantes en alguna misión al extranjero, especialmente aquellos que estaban encargados de recoger los tributos que se pagaban para el servicio del templo” (Lightfoot, “Galatians”, London, 1896, p. 93). La palabra apóstol podría ser una traducción exacta de la raíz de la palabra seliah = apostello.

San Judas Tadeo, apóstol de Jesucristo, descendía de la estirpe de David y era consanguíneo de Jesucristo. El  padre de San Judas, llamado Cleofás, era hermano de San José, Esposo de la Santísima Virgen; la madre, llamada María de Cleofás, era prima de la Santísima Virgen: por tanto, San Judas Tadeo, que fue uno de los doce apóstoles, era primo carnal de Jesús.

Judas significa: “alabanzas sean dadas a Dios”. Tadeo quiere decir: “valiente para proclamar su fe”.

Después de la Última Cena, cuando Cristo prometió que se manifestaría a quienes le escuchasen, Judas Tadeo le preguntó por qué no se manifestaba a todos. Cristo le contestó que Él y su Padre visitarían a todos los que le amasen: “Vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Juan, 14, 22-23).

El apóstol es un enviado de Jesucristo. Un hombre llamado por Jesucristo para ser un testimonio vivo de su mensaje redentor en el mundo. Así lo hicieron estos dos hombres: Simón y Judas.

Bien poco sabemos de Simón. Unos le identificaron con Simón el Cananeo, o el Zelotes, uno de los doce apóstoles del Señor. Otros aseguran que fue obispo de Jerusalén, sucesor del apóstol Santiago el Menor (hacia el a. 62; cf. EUSEBIO, H. E., 11 t.20 col.245 ). En esta última hipótesis hubiera sellado con su sangre la fe cristiana en la persecución del emperador Trajano, hacia el año 107. Pero esto resulta insostenible, puesto que el Simón obispo de Jerusalén fue, según Eusebio, hijo de Cleofás y no hermano de Santiago.

En la lista de los apóstoles le suelen llamar siempre Simón el Cananeo, o el Zelotes, dos términos que se identifican. Son, en efecto, dos traducciones de un mismo vocablo, qanná, que quiere decir zelotes o celoso. Así Simón, apóstol fiel de Jesucristo, encarna en su persona el gran celo del Dios omnipotente; “de hecho, el Dios de Israel se muestra como un ser “celoso” de sí mismo, que no puede en manera alguna tolerar cualquier atentado contra su trascendente majestad” (Ex. 20,5; 34,14).

En los albores ya de la era mesiánica los romanos toman definitivamente en sus manos las riendas de la administración palestinense. Los habitantes, agobiados por el peso aplastante de la opresión extranjera, se esfuerzan desesperadamente por abrirse un resquicio de libertad y de esperanza. Quieren crear una fuerza de resistencia que los libere. A impulsos de Judas de Gamala y del fariseo Sadduk se organiza un partido de oposición. Los miembros que integran el partido toman el sobrenombre de zelotes.

El partido se ampara en un sentido eminentemente religioso. Quieren ser en medio de la dominación extranjera corrompida por el paganismo, un monumento vivo a la fidelidad a la ley mosaica.

Una gran preocupación mesiánica invadía el sentimiento nacional de estos hombres. La espera incontenida del gran Libertador se vivía en el partido con el alma en tensión.

La impotencia humana para quebrar, por fin, la esclavitud, les empuja irresistiblemente a un patriotismo exaltado y zozobrante, que culmina en la guerra judía.

Simón pertenecía evidentemente a este partido, en el que se habían enlazado indisolublemente la religión y la política. No podemos olvidar que en la historia del pueblo “elegido” la preocupación social, religiosa y política iba siempre de la mano. Simón fue un zelotes. Es verdad que en su vida pesaba, sobre todo, el matiz religioso. El celo ardiente por la Ley le quemaba el centro de su alma israelita. Como San Pablo, es Simón un judío entregado plenamente al cumplimiento de las tradiciones paternales. Rozando en su persona el formulismo asfixiante y agobiador de los fariseos.

Pero un día, venturoso para él, se encontró con la mirada del Maestro y se convirtió sinceramente al Evangelio (Act. 21,20).

Perdido en su humildad, la Providencia ha querido dejarle olvidado en un casto silencio. De todos los apóstoles, él es el menos conocido. La tradición nos dice que predicó la doctrina evangélica en Egipto, y luego en Mesepotamia y después en Persia, ya en compañía de San Judas.

En la lista de los apóstoles aparece ya al final, junto a su compañero San Judas (cf. Mt. 10,3-4; Mc. 3,16,19; Lc. 6,13; Act. 1,13).

Simón es el Zelotes para distinguirle de Simón Pedro, el príncipe del Colegio Apostólico; Judas es llamado Tadeo (Lebbeo en algunos manuscritos de San Mateo) para distinguirle de Judas el traidor. San Juan le llama expresamente “Judas, no el Iscariote”.

San Judas aparece también en el Evangelio con un gran celo apostólico. En la última cena, Jesucristo hace de sí mismo causa común con su Padre. El que le ame a Él, será amado de su Padre celestial. Acaba el Señor de proclamar el mandamiento nuevo. Y Judas siente que se le quema el alma de caridad al prójimo, y no puede aguantarse: “Señor, ¿cómo ha de ser esto, que te has de mostrar a nosotros, y no al mundo?” (Io. 14,22). La inefable dulzura del amor a Jesucristo, el testimonio caliente de la revelación del Verbo, tenía que penetrar el mundo entero. A través de estas palabras tímidas, pero selladas con el marchamo inconfundible de un apóstol, descubrimos la presencia de un alma grande y un corazón ancho.

Los evangelios no nos conservan de él ni una palabra más. La tradición, recogida en los martirologios romanos, el de Beda y Adón, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, nos dicen que San Simón y San Judas fueron martirizados en Persia.

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Afirma la leyenda que los templos de la ciudad de Suamir estaban recargados de ídolos. Los santos apóstoles fueron apresados. Simón fue conducido al templo del Sol y Judas al de la Luna, para que los adoraran. Pero ante su presencia los ídolos se derrumbaron estrepitosamente. De sus figuras desmoronadas salieron, dando gritos rabiosos, los demonios en figuras de etíopes. Los sacerdotes paganos se revolvieron contra los apóstoles y los despedazaron. El azul sereno de los cielos se enluteció de pronto. Una horrible tempestad originó la muerte a gran multitud de gentiles. El rey, ya cristiano por la predicación de los santos apóstoles, levantó en Babilonia un templo suntuoso, donde reposaron sus cuerpos hasta que fueron trasladados a San Pedro de Roma.

El nombre de Judas es muy frecuente en el Nuevo Testamento y en la Iglesia primitiva (cf. Mt. 13,55, Mc. 6,3). San Clemente de Alejandría, influenciado, sin duda, por el protoevangelio de Santiago, cuenta a Judas entre los hijos del primer matrimonio de San José. San Lucas le llama “Judas de Santiago” (6,13,16). Aquí se suelen apoyar no pocos exegetas para decir que Judas era hermano de Santiago. Así lo afirmaban los escritores eclesiásticos de los primeros siglos testificando al propio tiempo que era “hermano”, es decir, “pariente” del Señor, aunque luego no se pongan de acuerdo al darle el título de apóstol. Y así se viene invariablemente repitiendo en la exégesis católica. Y, sin embargo, el genitivo suele indicar siempre relación de paternidad, más que de fraternidad. El mismo San Lucas, en el mismo contexto, habla de “Santiago de Alfeo“, es decir, hijo de Alfeo.

Cuando San Judas se presentó a sí mismo en su carta apostólica, parece que no se incluya en el número de los doce. Se llama humildemente “un siervo de Jesucristo”. Y hasta da la sensación que se excluye positivamente del grupo apostólico (v. 17 ) .

Esto, tal vez, concordaría más con la actitud de Jesucristo, que no elige a sus familiares para ser apóstoles de su doctrina. De hecho los hermanos del Señor se colocan fuera de los doce (cf. Act. 1,13-14).

Pero los católicos han proclamado siempre para San Judas el apostolado apoyados en Mc. 6,3, donde Santiago y Judas son llamados “hermanos de Jesucristo”.

A través de la breve carta, escrita con un claro sentido de polémica, contra las primeras herejías nacientes, descubrimos en San Judas un escritor de mentalidad semita, con un conocimiento exquisito de la lengua griega. El clasicismo griego alterna en él con alguna influencia popular del estilo.

Desprecian los primeros cristianos la divinidad de Jesucristo, imbuidos indudablemente por las ideas gnósticas. Difunden una doctrina esotérica y no vacilan en llamarse “pneumáticos” o espirituales, mientras menosprecian a los demás con el nombre de “psíquicos” o carnales. Contra ellos levanta San Judas su voz, llena de un santo celo.

La fuente de inspiración es para él el Viejo Testamento, donde descubre una serie de sentidos típicos en orden al Nuevo Testamento. Tiene San Judas un gran conocimiento de documentos extrabíblicos. Hace referencia a los Apócrifos de Henoc y a la Asunción de Moisés.

Este uso que el apóstol hace en su predicación de la Biblia y de la tradición judaica tenía, sin duda, un valor extraordinario para los convertidos del judaísmio. La fe, según San Judas, constituye el fundamento de la vida cristiana. Pero esta fe, cálida y viva, va necesariamente unida a la caridad. El cristianismo es en él una aventura.

Hay que jugárselo todo por el amor de Dios y del prójimo. Así la predicación de San Judas evoca la doctrina del cuarto evangelio. Como San Juan, predica él la confianza plena en el día del juicio, como una consecuencia obligada de haberse refugiado en la misericordia de Jesucristo.

La misericordia, la paz, la caridad, son una maravillosa expresión del ritmo ternario de la epístola y de su doctrina apostólica, La doxología final tiene una gran influencia doctrinal en la literatura cristiana de los primeros tiempos, comenzando por San Pedro y San Pablo. San Policarpo, igual que San Judas, desea a los filipenses la misericordia, la paz, la caridad en abundancia.

El hecho de llamarse a sí mismo “hermano de Santiago”, nos indica que San Judas se dirige a cristianos que tenían en gran estima a aquel apóstol. Y estas comunidades hemos de buscarlas en Palestina, Siria y Mesopotamia, donde, como hemos dicho, señala la tradición el campo de actividades al apóstol.

San Judas, tal vez, perteneció a la humilde clase de los trabajadores. Eusebio cuenta que fueron acusados ante el emperador Domiciano unos nietos de Judas, por ser parientes del Señor. Pero el emperador los dejó en libertad, al ver sus manos encallecidas por el trabajo.

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Martirio de los dos Apóstoles

Los dos Apóstoles se alojaron en casa de un discípulo llamado Semme. A la mañana siguiente a su llegada, los sacerdotes idólatras de Suamir (ciudad de la antigua Persia), seguidos por una gran multitud del pueblo azuzados por las venenosas presiones de Zaroes y de Artexat, rodearon la casa de Semme pidiendo a gritos la entrega de los dos Apóstoles.

Entréganos, oh Semme, inmediatamente a los enemigos de nuestros dioses, o si no te quemaremos la casa”.

Ante estas amenazas que no admitían réplica, San Judas y San Simón se pusieron en manos de aquellos  que los obligaron inútilmente a adorar a sus dioses; golpeados hasta la sangre, encontraron aún fuerzas para mirarse a los ojos y San Judas, dirigiéndose a su compañero de martirio le dijo: “Hermano, veo a Ntro. Señor Jesucristo que nos llama”.

La turba de los idólatras, ignorando estos coloquios celestiales, movida por un insano furor, se arrojó con mayor encarnizamiento sobre los cuerpos ya sangrantes de los dos Santos Apóstoles hasta destrozarlos: ¡la corona del martirio brillaba sobre sus cabezas gloriosas! A San Simón lo mataron aserrándolo por el medio, y a San Judas Tadeo le cortaron la cabeza con una hacha y por eso lo representan con una hacha en la mano. Se cree que el martirio ocurrió en el año 70 de la era cristiana, es decir, 36 años después de la Ascensión de Jesucristo al Cielo. Como fueron martirizados juntos, la Iglesia lleva a cabo la conmemoración el mismo día de su martirio para ambos: 28 de octubre.

Los cuerpos de los dos Santos Apóstoles se veneraron en Babilonia en un templo cristiano que se construyó por orden de algún rey cristiano, después de años de trabajo; el sepulcro se convierte inmediatamente en glorioso por la frecuencia de los milagros obrados .

Las reliquias se trasladaron de Babilonia a Roma, siendo colocadas en la Basílica Vaticana, a los pies de un altar dedicado a los dos Santos Mártires.

Desde este sepulcro, San Judas Tadeo, que tan solícitamente responde a las invocaciones de socorro del género humano, otorga al mundo las gracias y favores que la misericordia del Señor concede a sus potentísimas súplicas.

San Judas Tadeo es uno de los santos más populares a causa de los numerosos favores celestiales que consigue a sus devotos que le rezan con fe.

Oración a San Judas Tadeo

Apóstol gloriosísimo de Nuestro Señor Jesucristo, aclamado por los fieles con el dulce título de Abogado de los casos desesperados, hazme sentir tu poderosa intercesión aliviando la gravísima necesidad en que me encuentro. Por el estrecho parentesco que te hace primo hermano de Nuestro Señor Jesucristo, por la privaciones y fatigas que por Él sufriste, por el heroico martirio que aceptaste gustoso por su amor, por la promesa que el divino Salvador hizo a Santa Brígida de consolar a los fieles que acudiesen a tu poderosa intercesión, obténme del Dios de las misericordias y de su Madre Santísima la gracia que con ilimitada confianza te pido a Ti, Padre mío bondadosísimo, seguro que me la obtendrás siempre que convenga a la gloria de Dios y bien de mi alma. Así sea.

Glorioso Apóstol San Judas Tadeo, ruega por nosotros. (Repetir 3 veces)

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Referencias:
Biblioteca Católica
Don Evaristo Martín Nieto

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