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Galimberti, soldado de Perón y el acercamiento a los países árabes

Rodolfo Galimberti

En el mes de julio de 1972, y gracias a los oficios de Jorge Antonio, Galimberti y Muniz Barreto viajaron a Libia a entrevistarse con el coronel Mohammar el Gaddafi.

Antonio era concesionario de la firma de automóviles Mercedes Benz en África y había provisto al mandatario árabe de la flota de coches oficiales. Galimberti llevó una carta de recomendación de Perón. En ese tiempo, Siria y Libia estaban alineados contra Israel.

No era la primera vez que Galimberti se contactaba con los árabes. En 1971, el líder de JAEN había firmado un manifiesto en el diario Clarín a favor de «los derechos del pueblo palestino» y se comprometió con Saad Chedid, presidente del Centro de Estudios Árabes, a buscar más adhesiones en el seno del movimiento peronista.

En reciprocidad, Chedid concurrió a dar conferencias sobre la problemática de Oriente Próximo a la sede de JAEN. Mantenían una coincidencia básica: la visión del «tercerismo» de Perón y el «tercermundismo» de la OLP. A partir de entonces, por las excelentes referencias que dejaba Chedid en Damasco ante el segundo de Yasser Arafat, Abu Yihad, responsable del aparato militar de Al Fatah, los palestinos empezaron a preocuparse por la suerte de Galimberti, a quien consideraban destinado a desempeñar un lugar protagónico en el futuro «gobierno popular»

En su viaje a Libia, Galimberti se interesó por hacer llegar a la Argentina los proyectiles autodirigidos Sam 7 y entregárselos a Montoneros: aunque todos elogiaban su brillantez en la tarea política, él soñaba con ser el jefe militar de la futura revolución peronista.

Ese mismo mes de agosto Galimberti volvió a Madrid llevando las cintas del acto de Nueva Chicago. Un domingo al mediodía, en el restaurante Moroso, almorzó con Perón, Isabel, López Rega, Cámpora, Osinde, Sobrino Aranda, Abal Medina, Gianola y su nuevo secretario, Raúl Lastiri, casado con una hija de López Rega. Esa semana, el General había convocado a una cumbre con las 62 Organizaciones y el ala «dura» para la replanificación de las líneas de acción del Comando Táctico, con vistas al retorno. Los dirigentes de los gremios «combativos», Julio Guillán y Roberto Digón, hicieron fuerza y también fueron recibidos. Pero España fue la escala de una misión más importante para Galimberti. De allí partió a Líbano, por primera vez.

Perón intuía que si no había elecciones en la Argentina, se iba a disparar una violencia incontrolable y consideraba que lo más conveniente en ese caso era mantener buenas relaciones con los árabes. Galimberti fue al sur de Líbano para recibir adiestramiento militar.

—¿Qué llevo, mi General? —le preguntó.
—Lleve gente suya, no Montoneros. Capacítelos, forme como oficiales a sus hombres de confianza.

Junto al salteño Rodolfo Urtubey —que ofició de traductor en la etapa política del viaje y luego regresó— Galimberti llegó al pueblo de Jalina. También estaban Mario Herrera y «Beto» Ahumada, de gran vocación militar y a la vez uno de los cuadros de mayor talento político, a pesar de su silencio. En base a las recomendaciones que había hecho llegar el embajador argelino en Buenos Aires, Mostefá Lascheraf, Galimberti fue recibido con honores en los campamentos de la OLP. Se adiestró con armas automáticas y tiros con lanzacohetes, y conoció a Abu Yihad, el jefe militar de Al Fatah.

El viaje de Galimberti a Líbano repercutió como un enigma entre los corresponsales madrileños. Un cable de AFP, que publicó La Razón el 23 de agosto, tituló «Un viaje misterioso», dando por supuesto que su destino había girado alrededor de distintos países europeos. Al día siguiente La Opinión consignó una presunta detención suya en el aeropuerto de Lisboa. En Buenos Aires empezaron a correr versiones de su inminente captura cuando llegara al país. «Volveremos separados y por distintas vías», anunció Galimberti. 1

Por M. Larraquy y R. Caballero


Notas:


1.El artículo de La Opinión del 24 de agosto indica: «En núcleos de la juventud peronista aún se comentan las características de la prisión transitoria a la que fue sometido el dirigente juvenil Rodolfo Galimberti cuando regresaba de España. Como se recuerda, al descender en la escala natural del vuelo, en Lisboa, Galimberti fue detenido por la policía portuguesa y trasladado al departamento central de esa fuerza de seguridad. Allí, según la versión que se conoce, fue interrogado durante treinta y seis horas. Galimberti era sospechoso de ser un colaborador del líder opositor de Mozambique, una de las colonias portuguesas del África, cuyo nombre de guerra es Roberto. De acuerdo con la misma versión, durante el interrogatorio estuvo presente un ciudadano norteamericano, presunto miembro de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) o de un organismo de seguridad militar, pero contrariamente a los primeros rumores sobre el episodio, se afirma ahora que este personaje no intervino activamente en la requisitoria policial, limitándose a observar el procedimiento y a sopesar en silencio las respuestas de Galimberti. Es obvio que el propósito del interrogatorio no puede tener relación con la situación en Mozambique. Las explicaciones varían desde un interés por tomar contacto con el dirigente juvenil hasta —lo que se estima probable— un intento de intimidación». Para su presunta orden de captura en Buenos Aires ver Primera Plana, 29 de agosto de 1972. Esa semana fue encarcelado por el gobierno el ex teniente Julián Licastro, consejero superior del Justicialismo.


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Edwin Wilson, los explosivos para Muammar Khadafi y la CIA

En esta foto de archivo del 22 de enero de 1983, el ex agente de la CIA, Edwin Wilson, (centro), abandona la corte federal después de un día de selección del jurado acompañado por alguaciles estadounidenses en Houston. Edwin P. Wilson, un ex agente de la CIA que fue calificado de traidor y condenado por enviar armas a Libia, pero cuya condena fue revocada después de cumplir 22 años de prisión, falleció el 10 de septiembre de 2012. Tenía 84 años.


Edwin Wilson

Nacido en 1928, Nampa, Idaho. Ex disidente de la CÍA a quien sus antiguos jefes tendieron una trampa para enviarlo a prisión.

Edwin Wilson era un típico agente de la CÍA de la vieja escuela e íntimo amigo de Theodore Shackley, el jefe de las operaciones clandestinas de la agencia en la década de 1960.

Wilson abandonó la CÍA en 1971, pero continuó trabajando en la Task Force 157, la unidad secreta de la marina de Estados Unidos, hasta 1976. Para entonces había amasado una fortuna de millones de dólares traficando con armas. Pero en 1977 le vendió diecinueve mil kilos de explosivo C-4 al régimen de Muammar Khadafi.

Como Libia estaba incluida en la lista de «patrocinadores del terrorismo» confeccionada por Estados Unidos, Wilson era ahora un hombre buscado. Instalado en Libia de manera discreta, Wilson fue convencido en 1982 por un antiguo colega, Ernest Keiser —quien estaba en nómina del fiscal federal Larry Barcella—, de que, si se reunía con él en la República Dominicana para llevar a cabo una operación de espionaje, todos los cargos serían retirados.



El plan dio resultado. Wilson fue arrestado al pisar la República Dominicana y trasladado de inmediato a Nueva York, donde se le juzgó cuatro veces en dos años. Finalmente fue condenado por la declaración de Charles Briggs, el número tres de la CÍA, quien firmó una declaración jurada en la que afirmaba que Wilson no tenía ninguna relación con la CÍA desde 1971. Esa declaración jurada resultó crucial: Wilson fue enviado a prisión con una condena de cincuenta y dos años.

En 2003, un juez federal de Houston entendió que los fiscales habían «engañado deliberadamente a la corte». Además los acusó de «traicionar a un agente informal del gobierno a tiempo parcial». Edwin Wilson, Las condenas de Wilson fueron anuladas en 2003 y fue liberado al año siguiente . Es posible que Edwin Wilson no sea un santo, pero eso no justifica que lo hayan enviado a la cárcel con pruebas amañadas.

Falleció el 10 de septiembre de 2012, a los 84 años.

Con información de Conspiracy Encyclopedia

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