Eric Clapton – El origen de Layla – (+ Video)

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El amor, si no es verdadero, no es más que un juguete de los sentidos, que dura tan poco como la juventud. El tiempo es perecedero, el amor no. El brasero de carbón en el que arde es la eternidad misma, sin comienzo ni fin.
Nizâmi: Layla y Machnún

«Layla» es una canción rock del álbum Layla and Other Assorted Love Songs del super grupo Derek and the Dominos, lanzada en 1970. Contiene los acordes de guitarra de Eric Clapton y Duane Allman. Sus conocidos movimientos en contraste fueron compuestos por separado por Eric Clapton y Jim Gordon.

La canción fue escrita para Patty Boyd, la bella mujer con la que se casó tanto George Harrison como el mismo Clapton, motivo de disputa y distanciamiento entre los músicos y amigos.

El título, «Layla», está inspirado en la historia de Layla y Machnún (ليلى والمجنون), del poeta clásico persa Nizâmi. Ésta a su vez, está basada en una historia real de un joven llamado Qays ibn al-Mulawwah (قيس بن الملوح) de la península arábiga en el siglo VII. Clapton la escribió después de que su amigo Ian Dallas, que en aquél momento se estaba convirtiendo a la religión islámica, le contase la historia. La historia de  Nizâmi trata sobre una princesa obligada por su padre a casarse con una persona distinta, el joven ,que estaba locamente enamorado de ella, se volvió  loco en realidad (Machnún, مجنون, significa «loco» en persa). La historia tuvo una gran repercusión en Clapton.

La canción está basada además de la historia de Layla y Machnún, en el amor no correspondido de Patty Boyd. Durante la grabación del álbum, Patty y Eric ya se veían a escondidas, aunque era difícil mantenerlo en secreto. Clapton tenía la esperanza de que esta canción le ayudaría a conquistar definitivamente a Patty, y que ésta, abandonaría a su marido por él.

Patty Boyd se divorció de Harrison en 1977 y se casó con Clapton en 1979.

Layla y Machnún de Nezami – El amor verdadero *

La historia de Layla y Machnún transcurre en el siglo XII, pero se puede leer con ojos actuales porque, aun considerando los detalles propios de su época, se mueve en un mundo intemporal, en un espacio de Ideas que constituyen la sustancia esencial de toda la existencia en la que el ser humano se mueve, evoluciona y siente.

Hay algunos aspectos de esta historia que quisiera destacar, aun a riesgo de alargarme más de lo deseable y de no seguir el desarrollo lineal de la narración que, para estas reflexiones, no es imprescindible. Cuando el noble guerrero Nawfal intenta ayudar a Machnún a conseguir a su amada, logra en primera instancia que recupere su salud y se acerque de nuevo al mundo de los hombres corrientes, pero Nawfal, sin saberlo, hace el papel alquímico de “el guardián del umbral”: el que pone la prueba clave tendiéndole una trampa que ha de superar si quiere llevar a feliz término su camino; si olvida todo ideal de pureza y está dispuesto a matar inocentes para conseguirlo, podrá poseer por fin a su amada.

Pero Machnún no cae en el enredo; renuncia a conseguirla así y acaba ganándose el odio y el desprecio de los mismos guerreros que lucharon por él. No tiene otra solución que regresar al desierto y allí, apartado para siempre de los seres humanos, sólo tiene la compañía de los animales salvajes que, sin ser domesticados, sólo por su actitud amorosa y su inocencia se hacen sus amigos y velan por él.

Piénsese que estamos en el siglo XII y al leer esos pasajes en que rescata animales de las garras de los cazadores pareciera que estamos leyendo cuentos ecologistas de finales del siglo XX; apenas un siglo después Francisco de Asís continuará los pasos de Machnún.

Lo que encontramos aquí es el retorno al paraíso perdido, la restitución de la condición adánica en la que el ser humano goza de toda su inocencia y bondad en plenitud, sus instintos (los animales salvajes) velan por él en lugar de agredirle y posee además el lenguaje prístino, “las palabras perdidas” que tienen el poder de los verdaderos nombres.

Uno de los animales con los que Machnún habla es un cuervo, y se diría que es el propio Allan Poe quien está interpelando al córvido, en el famoso poema en que recuerda su amor inmortal por Leonor y aparece esta ave como heraldo, cuando dice nuestro loco en la obra de Nizâmî: ¿Es por eso que llevas ese atuendo oscuro?, ¿o eres un vigilante negro? En ese mundo de animales cómplices, que te guardan y ayudan, Machnún es el “buen rey”. Un rey que no oprimía a sus propios súbditos, que no los desollaba a impuestos y que no sacrificaba su sangre en guerras con otros pueblos (Nizâmî).

Hay, así mismo, en el relato un sabio anciano (que en otro tiempo posterior y otro contexto, pero con esas mismas atribuciones acabará llamándose Mago Merlín) que le habla de Layla, a la que ha visto hace poco y la compara a la palabra yâm (formada por las letras yim, alif y min del alfabeto árabe) que significa copa: una copa milagrosa cuyo cristal refleja el secreto del mundo (la misma que Merlín denominará Santo Grial).

Superadas las pruebas, y tras el arduo camino lleno de dolor, separación y soledad, es la muerte la que acaba por unirlos. Layla queda viuda, pero no aprovecha su nueva condición para unirse con su amado en vida. Antes habían tenido un único encuentro en el que tan sólo se cruzaron las miradas. Y no necesitaban más: ya no eran dos jóvenes enamorados, sino que eran dos almas en una sola. En ese punto de su vida no quería nada más de ésta (Ni siquiera Machnún, el perfecto enamorado, pide más), agotada y cansada del mundo muere y pide que sea enterrada con su vestido de novia porque sabe que en la otra vida se casará con Machnún.

Éste, al enterarse, acude a su tumba y también muere. Machnún, el loco de amor, es salvado por el amor de la virgen inalcanzable y ambos, en su Amor Verdadero e inmortal, consuman la Unión Mística en la contemplación de la Faz de Allah.

* De las cartas de Yahya Nurul Hudá y Teresa

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