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CANTO A ANDALUCÍA (Antonio Roldán Manjón-Cabeza)

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Leyenda Árabe …. El círculo del 99

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente que era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey, cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara ,y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre.

Un día el rey lo mando a llamar.

-Paje- le dijo- ¿Cuál es el secreto?

-¿Qué secreto, Majestad?

-¿Cuál es el secreto de tu alegría?

– No hay ningún secreto, Alteza.

– No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.

– No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.

-¿Por qué está siempre alegre y feliz? Eh, ¿por qué?

– Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además, su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos ¿ Cómo no estar feliz?

– Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey – Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.

– Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría mas que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando…

– Vete, vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse como el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

-¿Por qué él, es feliz?

– Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.

– ¿Fuera del círculo?

– Así es.

– Y éso es lo que lo hace feliz?

– No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.

– A ver si entiendo, estar en el circulo te hace infeliz.

– Así es.

-¿Y cómo salió?

– Nunca entró

-¿Que círculo es ése?

– El círculo del 99.

– Verdaderamente, no te entiendo nada.

– La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.

-¿Cómo?

– Haciendo entrar a tu paje en el circulo.

– Éso !, obliguémoslo a entrar.

– No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.

– Entonces habrá que engañarlo.

– No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito.

-¿Solito? Pero ¿ él no se dará cuenta de que éso es su infelicidad?

– Si, se dará cuenta.

-¡Entonces no entrará!

– No lo podrá evitar.

– Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en éll y no podrá salir?

– Tal cual Majestad; ¿ estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del circulo?

– Si.

– Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos.

– ¡99! ¿Que más? ¿Llevo los guardias por si acaso?

– Nada más que la bolsa de cuero Majestad, hasta la noche..

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron, junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pincho un papel que decía: «Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie como lo encontraste.»

Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban, para ver lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agito la bolsa y al escuchar sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y cerro la puerta. El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado solo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas para el. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacia brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas.

Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco… y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60… hasta que formó la última pila: ¡¡9 monedas !!. Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más; luego en el piso y finalmente en la bolsa.

-«No puede ser», pensó.

Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

– Me robaron -gritó- ¡me robaron, malditos!!

Una vez mas busco en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro «sólo 99».

«99 monedas. Es mucho dinero», pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un numero completo -pensaba- Cien es un número completo pero noventa y nueve, no. El rey y su asesor miraban

por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguién de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña.

Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?. Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después, quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. Era demasiado tiempo!!! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, mas comida habría para vender…Vender… Vender… Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno, Para que más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.


El rey y el sabio volvieron al palacio. El paje había entrado en el circulo del 99…

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entro a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de malas pulgas.

-¿Qué te pasa?- pregunto el rey de buen modo.

– Nada me pasa, nada me pasa.

– Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.

-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No paso mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Cuantas cosas cambiarían si pudiéramos disfrutar de nuestros tesoros tal como están.

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Almanzor una leyenda árabe

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Un Mercader de joyas que vivía en la ciudad de Adén, en el Oriente, habiendo oído celebrar mucho la esplendidez y magnificencia de Muhammad, pasó a estas partes de Andalucía para presentarle muchas y preciosas perlas.

Abi Amir, después de tomar las que más le agradaron, dió en pago al joyero su bolsa de piel llena de oro, con la cuál se despidió aquél muy contento, tomando, al volverse, el camino de la Rambla o arenal en las riberas del Guadalquivir.

Era un día muy caluroso, de suerte que el mercader, llegando a la mitad de aquel camino, no pudo sufrir más el bochorno del sol y queriendo refrescarse en el río, se despojó de sus vestidos y los dejó con la bolsa en la orilla. Cuando de improvisto llegó un milano y creyendo que la bolsa de piel era carne, la apresó con sus garras y se remontó con ella por los aires hasta perderse de vista. El mercader viendo arrebatada su fortuna y no pudiendo encontrarlo, se afectó tanto que le sobrevino una congoja y se retiró a su posada muy abatido y doliente. Pensando en su infortunio, al cabo de dos o tres días, vínole a la memoria lo que había oído decir de la gran sagacidad de Muhammad, y volviendo a presentársele le contó lo ocurrido.

– ¿Por qué al punto que te sucedió el caso -le dijo Muhammad– no viniste a mí con la nueva y te hubiese dado remedio? Mas, ¿observaste por ventura hacia qué parte dirigió el ave su vuelo?

– Pasó -respondió el mercader- volando hacia el Oriente, sobre la cima de ese monte de la Rambla, inmediato a tu alcázar.

Entonces Muhammad llamó a los esclavos de la axxortha que asistían de continuo cerca de su persona, y les dijo:

– Traedme luego a los jeques y mayorales de la gente de la Rambla.

Marcharon los esclavos y como volviesen de allí a poco con los jeques, dijo e éstos Muhammad.

– Dadme noticias al punto de ciertas personas de vuetra vecindad que han salido de repente del estado de pobreza en que vivían.

Los ancianos se miraron confusos por algunos momentos y al fín uno de ellos respondió:

– Oh señor mío: sólo tenemos noticias de un varón de los más pobres de nuestra gente, pues él y sus hijos siempre vivieron del trabajo de sus manos y han ido a pie con sus cargas, por no poder adquirir un jumento; y hoy no sólo le han comprado, sino que él y sus hijos van vestidos con alquiceles de un precio mediano.

Oído esto por Muhammad, mandó que al otro día por la mañana, compareciese en su presencia aquél rústico y encargó al mercader de joyas que volviese a verlo a la misma hora.

Llegados, pues, el uno y el otro a la hora que se les mandó, el amirí dijo al rústico, estando presente el mercader:

-Sábete que yo he perdido lo que tú te has hallado, ¿qué has hecho de ello?

El rústico respondió:

– Aquí está, señor mío; y dándose un golpecito en el zaragüel, dejó caer la bolsa, a cuya vista el mercader dió un grito de alegría y no le faltó mucho para enloquecer de contento.

-Cuéntanos como ha pasado ésto; dijo Muhammad al rústico, el cual respondió: – Trabajaba yo en mi huerto, debajo de una palma, cuando pasando un buitre, dejó caer a mis pies esa bolsa. La recogí, y admirándome de su primor, dije para mí: » Acaso el ave la habrá arrebatado del alcázar vecino». Guardéla, pues, con intención de restituirla, pero mi pobreza me incitó a tomar de la bolsa diez mizcales para socorrerme con ellos y aunque confieso que hice mal, me disculpé a mí mismo, reflexionando que esa cantidad sería lo menos con que la generosidad de mi señor me gratificaría por mi hallazgo.

Admiróse Abi Amir de lo que oía y dijo al joyero:

– Recoge tu bolsa y examinala bien. Dime si lo que hay en ella es lo mismo que yo te entregé.

Hizoló así el mercader y dijo a Muhammad :

– En verdad, señor mío, que nada falta de ello, sino los dinares que él mismo confiesa haber tomado y que ya se los doy por regalados.

Replicole Muhammad:

– Yo no puedo consentir que este caso uses de largueza, ni quiero disminuirte un punto de tu alegría, sino que tu satisfacción y el premio de la honradez de este buen hombre sean completos.

Dicho esto, mandó que se diesen al mercader diez dinares en vez de los diez miztcales que había metidos en la bolsa, y otros diez al hortelano en recompensa de su tardanza en gastar el rico hallazgo que la fortuna puso en sus manos y añadió:

– Si yo empecé por preguntarte lo que habías hecho con la bolsa, antes de averiguar si la habías tomado, fue para poderte dar mayor galardón, premiando tu buena fe.

El mercader, tan satisfecho de haber recobrado su hacienda, cuando admirado de la sagacidad de Muhammad, no se cansaba de darle las gracias y le dijo:

– ¡Por Allah!, oh, señor mío, que con ser tan celebrado tu nombre por todos los países, aún no ha llegado a saberse en ellos toda la grandeza de tu gobierno, ni había oído decir que tú mandabas sobre las aves de tus señoríos como mandas sobre los hombres y que ellas no esquivan tu poder, sino que respetan hasta tu vecindad.

Rióse Muhammad al oír esto y afectando modestia, dijo al joyero:

– Modérate en tus palabras, y Allah te perdone.

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KITAB AL-HIKAM – (El Libro de la Sabiduría) – Ahmad Ibn Ata’Illah – Capítulo 1

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1.
Señal de que contamos con la acción es que merme la esperanza cuando hay caída.

2. Desear la pobreza cuando Allah te impone que uses las riquezas es búsqueda de ti mismo, disfrazada. Pero careces de altas ambiciones si deseas usar las riquezas cuando Allah te impone la pobreza.

3. La muralla de las decisiones divinas: no la atraviesa ninguna fuerza síquica.

4. Tira el lastre de gobernarte a ti mismo: lo que otro hace por ti no tienes que hacerlo tú.

5. Tus afanes por alcanzar lo que tienes garantizado y tus descuidos al realizar lo que se pide de ti: pruebas de que las tinieblas te velan el ojo del corazón.

6. Cuida de no desesperarte si, pese a tus apremiantes súplicas, tarda Allah en otorgarte Su favor. Cierto es que te lo ha prometido, pero el que El elija para ti y no el que tu elijas para ti mismo. Y en el tiempo que El prefiera, no en el que te hubiera gustado a ti.

7De Su promesa no dudes si lo prometido no llega ni aunque tuviera señalado plazo fijo: dañarías al ojo de tu corazón y empañarías el brillo de tu conciencia.

8. Si Allah te abre una senda al conocimiento ¿qué importa que tus obras sean mínimas? La senda, sólo la ha abierto para darse a conocer por ti. ¿Acaso ignoras que el conocimiento es Su don y las obras tu ofrenda? ¿Qué medida común puede existir entre lo que El te da y las ofrendas que tú Le haces?

9. Muchas y diferentes son las obras, como variado es en sus formas el advenimiento de los estados de Unión.

10. Las obras son formas fijadas: en ellas penetra la vida por el secreto de la intención pura.

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EL HALCÓN DEL REY SINDABAD


“Dicen que entre los reyes de Fars hubo uno muy, aficionado a diversiones, a paseos por los jardi­nes y a toda especie de cacerías. Tenía un halcón adiestrado por él mismo, y no lo dejaba de día ni de noche pues hasta por la noche lo tenía sujeto al puño. Cuando iba de caza lo llevaba consigo, y le había colgado del cuello un vasito de oro, en el cual le daba de beber. Un día estaba el rey sentado en su palacio, y vio de pronto venir al wekil que estaba encargado de las aves de caza, y le dijo: “¡Oh rey de los siglos! Llegó la época de ir de caza.” Entonces el rey hizo sus preparativos y se puso el halcón en el puño.

Salieron después y llegaron a un valle, donde armaron las redes de caza. Y de pronto cayó una gacela en las redes. Entonces dijo el rey: “Mataré a aquel por cuyo lado pase la gacela.” Empeza­ron a estrechar la red en torno de la gacela, que se aproximó al rey y se enderezó sobre las patas como si quisiera besar la tierra delante del rey. Entonces el rey comenzó a dar palmadas para hacer huir a la gacela, pero ésta brincó y pasó por encima de su cabeza y se inter­nó tierra adentro.

El rey se volvió entonces hacia los guardas, y vio que guiñaban los ojos maliciosa­mente, Al presenciar tal cosa, le dijo al visir: “¿Por qué se hacen esas señas mis soldados?” Y el visir contestó: “Dicen que has jurado matar a aquel por cuya proximidad pasase la gacela.” Y el rey exclamó: “¡Por mi vida! ¡Hay que perseguir y alcanzar a esa gacela!” Y se puso a galopar, siguiendo el rastro, y pudo alcanzarla. El halcón le dio con el pico en los ojos de tal mane­ra, que la cegó y la hizo sentir vértigos. Entonces el rey, empuñó su maza, golpeando con ella a la gacela hasta hacerla caer desplo­mada.

En seguida descabalgó, dego­llándola y desollándola, y colgó del arzón, de la silla los despojos. Hacía bastante calor, y aquel lugar era desierto, árido, y carecía de agua. El rey tenía sed y también el caba­llo. Y el rey se volvió y vio un árbol del cual brotaba agua como manteca. El rey llevaba la mano cubierta con un guante de piel; cogió el vasito del cuello del halcón, lo llenó de aquella agua, y lo colocó delante del ave, pero ésta dio con la pata al vaso y lo volcó. El rey cogió el vaso por segunda vez, lo llenó, y como seguía creyendo que el halcón tenía sed, se lo puso delante, pero el halcón le dio con la pata por segunda vez y lo volcó. Y el rey se encolerizó, contra el hal­cón, y cogió por tercera vez el vaso, pero se la presentó al caballo, y el halcón derribó el vaso con el ala.

Entonces dijo el rey: ¡Alah te sepul­te, oh la más nefasta de las aves de mal agüero! No me has dejado beber, ni has bebido tú, ni has dejado que beba el caballo.” Y dio con su espada al halcón y le cortó las alas. Entonces el halcón, irguien­do la cabeza; le dijo por señas. “Mira lo que hay en el árbol.” Y el rey levantó los ojos y vio en el árbol una serpiente, y el líquido que corría era su veneno. Entonces el rey se arrepintió de haberle cortado las alas al halcón. Después se le­vantó, montó a caballo, se fue, lle­vándose la gacela, y llegó a su pala­cio.

Le dio la gacela al cocinero, y le dijo: “Tómala y guísala.” Luego se sentó en su trono, sin soltar al halcón. Pero el halcón, tras una es­pecie de estertor, murió. El rey al ver esto, prorrumpió en gritos de dolor y de amargura por haber ma­tado al halcón que le había salvado de la muerte.

¡Tal es la historia del rey Sinda­bad!”

Cuando el visir hubo oído el rela­to del rey Yunán, le dijo; “¡Oh gran rey lleno de dignidad! ¿que daño he hecho yo cuyos funestos efectos hayas tú podido ver?. Obro así por compasión hacia tu persona. Y ya verás como digo la verdad. Si me haces caso podrás salvarte, y si no, perecerás como pereció un visir astuto que engañó al hijo de un rey entre los reyes.

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Una Leyenda Árabe


Cuenta una historia  que dos amigos iban caminando por el desierto.
En algún punto del viaje comenzaron a discutir, y un amigo le dio una bofetada al otro.

Lastimado, pero sin decir nada, escribió en la arena:

MI MEJOR AMIGO ME DIO HOY UNA BOFETADA.

Siguieron caminando hasta que encontraron un oasis, donde decidieron bañarse.
El amigo que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, pero su amigo lo salvó.
Después de recuperarse, escribió en una piedra:

MI MEJOR AMIGO HOY SALVO MI VIDA.

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El amigo que había abofeteado y salvado a su mejor amigo preguntó:
Cuando te lastimé escribiste en la arena y ahora lo haces en una piedra. ¿Por qué?
El otro amigo le respondió:

Cuando alguien nos lastima debemos escribirlo en la arena donde los vientos del perdón puedan borrarlo.
Pero cuando alguien hace algo bueno por nosotros, debemos grabarlo en piedra donde ningún viento pueda borrarlo.

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El origen de los Sueños a través de una leyenda árabe

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Sobre el origen de los sueños existen muchas leyendas pertenecientes a diferentes culturas, ya que eran muchos los que intentaban buscar una explicación a estos sueños, y los basaban en dichas leyendas. Hoy traemos una de estas historias que han difundido los árabes desde hace siglos.

El Sueño era el padre y origen de todos los sueños. Un buen día se embarcaron todos juntos en dirección a una isla maravillosa que estaba encantada. El dios de las Tormentas se había sentido agraviado por el Sueño, dado que bajo el influjo de éste, algunos marineros del barco se habían quedado dormidos.  Así que el dios de las Tormentas lanzó con la fuerza de sus vientos al Sueño y a sus hijos los sueños a una tierra estéril y aburrida.

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Al terminar el día y comenzar la noche, el Sueño se apiadaba de la tristeza de sus hijos y  permitió que los sueños volaran y se esparcieran por todas partes. Por éso, en las noches, existen todo tipo de sueños en toda clase de personas: desde bonitos y dulces sueños a terribles pesadillas.

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