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Renuncia Patriarca de Antioquía y se solidariza con presos palestinos

El papa Francisco aceptó la renuncia al gobierno pastoral de la Iglesia greco-melquita presentada por Su Beatitud Gregorio III Laham, de 87 años, Patriarca de Antioquía de los greco-melquitas. Según las normas del derecho, el administrador de la Iglesia Greco-Melquita, hasta la elección del Patriarca es monseñor Jean-Clément Jeanbart, arzobispo de Alepo de los greco-melquitas, el obispo más anciano por ordenación del Sínodo Permanente.

En febrero pasado, en una audiencia que tuvo con el Papa Francisco, Gregorio III Laham le presentó al Papa la renuncia al cargo patriarcal y le pidió que decidiera el mejor momento para aceptarla.

En una carta que con este motivo le envió, Francisco agradece al Patriarca, a quien califica como “celoso servidor del pueblo de Dios”, los años de “servicio generoso a su Iglesia y el haber mantenido la atención de la comunidad internacional sobre el drama que vive Siria”.

Su Beatitud Gregorio III Laham nació el 15 de diciembre de 1932 en Daraya (Siria), en la archieparquía de Damasco. Ingresó en la Orden Basiliana del Santísimo Salvador de los Melquitas donde hizo su profesión perpetua el 20 de enero de 1952. Después de haber completado sus estudios en Roma en el Pontificio Instituto Oriental, fue ordenado sacerdote el 15 de enero de 1959.

Después de regresar al Líbano, fue rector del Seminario de su Orden y enseñó Teología y Liturgia. Su apostolado prosiguió tanto en el Líbano como en Siria, con especial atención a los aspectos de la pastoral juvenil.

Elegido a la sede titular de Tarso de los greco-melquitas el 9 de septiembre de 1981 recibió la ordenación episcopal el 27 de noviembre de 1981 con el oficio de auxiliar y de protosincelo de Jerusalén de los greco-melquitas.

El Sínodo de los Obispos de la Iglesia greco-melquita, el 29 de noviembre de 2000, lo eligió canónicamente Patriarca de Antioquía de los greco-melquitas, tras la renuncia de Su Beatitud Maximos V. Como nuevo Patriarca tomó el nombre de Gregorio III. El día después de la elección pidió al Papa San Juan Pablo II la “comunión eclesiástica”, que recibió el 9 de diciembre de ese año.

En los años de la crisis actual en Siria mostró un gran deseo de paz, compromiso con la reconciliación y cercanía paternal a los fieles.

Patriarca de Antioquía anuncia huelga de hambre en solidaridad con presos palestinos

El Patriarca de Antioquía y todo el Oriente Gregorio III Laham anunció su huelga de hambre en solidaridad con los presos palestinos en cárceles israelíes, y dijo que su renuncia está motivada por razones especiales y del interior de la Iglesia.

Expresó a los prisioneros estar con ellos en su sacrificio por Palestina, con la esperanza de lograr sus demandas durante la Batalla por la Dignidad.

El Patriarca manifestó que la cuestión palestina se ha convertido en curiosidad para las mentes de los árabes y que la división entre las facciones palestinas ha traído como resultado de divisiones árabes.

En referencia a la solidaridad de las instituciones europeas con los presos palestinos, el Patriarca dijo que hay cientos de millones de árabes en las fronteras de Palestina dispuestos a derrocar al enemigo.

Al argumentar el tema de su renuncia a su puesto reveló que ello obedece a razones especiales, y por razones interna de la iglesia.

Con información de : Aica y  Al Mayadeen

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Levy: gobierno israelí no tiene intención de solución con palestinos

Referente. El periodista israelí Gideon Levy es reconocido en todo el mundo por sus textos sobre el conflicto entre israelíes y palestinos ©AFP

El columnista del diario Haaretz no cree posible la solución de dos Estados. Y denuncia el peligro de la discriminación en Israel.

Gideon Levy es un periodista israelí tan respetado fuera de Israel como denostado dentro. Héroe para algunos; “villano” para otros. Ya no viaja en un coche blindado y con guardaespaldas como tuvo que hacer en 2014 durante la ofensiva de Israel en Gaza. No porque temiera a los palestinos, sino porque pensó que podrían lincharlo algunos de sus compatriotas, los que vivían en las comunidades del sur, fronterizas con la Franja. Allí fue duramente criticado por denunciar la actuación del ejército y la muerte de civiles gazatíes (el 75% del total, según la ONU).

Asegura que suele equivocarse en sus predicciones, pero la agudeza y suspicacia de sus análisis – incómodos para muchos de sus conciudadanos- y su cobertura para el diario Haaretz del “otro lado”, el de los palestinos, a donde muchos periodistas israelíes “no van”, lo han convertido en un referente no solo de la prensa nacional sino también mundial.

Del gobierno de su país, Gideon Levy dice que es xenófobo. Asegura que las últimas leyes impulsadas por el Ejecutivo minan el carácter democrático de un Estado que nació para acoger a refugiados, pero que hoy apuntala los cimientos para levantar lo que, para él, será un Estado del apartheid. Según él, es hora de que la comunidad internacional deje “la palabrería” (es decir, hablar de la solución de los dos Estados) “porque no va a suceder nunca”, y empiece a hablar de la realidad: es decir, un solo país para dos pueblos que convivan de verdad con los mismos derechos.

Usted sigue acumulando premios…

Sí, bueno, solo hago mi trabajo. Somos muy pocos los periodistas israelíes que vamos a los territorios palestinos, al terreno. Siempre me dicen que mis historias son exclusivas, ¡pero es que es muy fácil porque la mayoría de mis colegas no van!

¿Diría usted que sus colegas gozan de la libertad de prensa en Israel?

Hoy tenemos más libertad que antes, pero exceptuando mi periódico, muchos periodistas se aplican la autocensura. Ese es el gran peligro, mucho más que el gobierno nos cierre la boca. Estamos cerrándonos la boca voluntariamente y eso es mucho peor. Casi todos los medios están en manos privadas y eso traiciona nuestra misión. Quieren conseguir lo imposible: satisfacer a los lectores o a la audiencia, no haciéndoles que se enfaden, no contando historias controvertidas. Ahí radica el problema.

Durante la ofensiva israelí en Gaza de 2014 fue una de las pocas voces públicas en Israel que criticó la operación militar. Dijo entonces que lo acosaron por ello. ¿Mantiene el guardaespaldas que llevaba entonces?

No, afortunadamente no. Solo fue durante ese período. Viajaba también en un coche blindado que pagaba el periódico. Llegué a temer por mi vida, sí.

En su columna semanal en el diario Haaretz usted escribe sobre las condiciones de vida de los palestinos bajo la ocupación israelí. En algún editorial, su periódico ha hablado de un cierto “macartismo” gubernamental contra quienes la denuncian. ¿Qué considera está ocurriendo?

Lo que ocurre es que este gobierno no tiene ninguna intención de llegar a ningún tipo de solución con los palestinos y entienden que no podemos seguir en esta especie de limbo temporal. La ocupación está aquí para quedarse y para eso hay que cambiar leyes, normas, prepararse porque no quieren ninguna resistencia. Por eso están combatiendo a pequeños grupos como el movimiento BDS (Boicot, Desinversiones y Sanciones).

El gobierno ha aprobado hace poco una ley para denegar la entrada al país y deportar a algunos de estos activistas…

La lucha contra el BDS está tornándose contraproducente para el gobierno. Hoy el BDS es más fuerte que hace dos años en parte por la respuesta tan agresiva de Israel. Lo mismo para Breaking the Silence (ONG formada por ex-militares que denuncian los abusos generados por la ocupación de los territorios ocupados). Usted podría preguntarse: ¿Por qué Israel se preocupa por organizaciones tan pequeñas? Porque quieren matar cualquier tipo de resistencia que persiga evitar crear este Estado del apartheid, un Estado que ya no sea una democracia ni para los judíos…

Según afirman algunos miembros de los grupos que menciona, en Israel hay un proceso de discriminación como el sudafricano en los años 50…

Lo primero que diría es que Israel es hoy el único país del mundo con tres regímenes: uno para los judíos, el cual es bastante liberal y democrático hasta ahora; otro para los palestinos israelíes que son ciudadanos de Israel y formalmente tienen los mismos derechos, aunque en la práctica están profundamente discriminados por ejemplo económicamente; el tercer régimen es la ocupación militar que es brutal y sí, es un sistema de apartheid. Hablamos de un pedazo de tierra para dos pueblos donde uno tiene todos los derechos y el otro ninguno. Si va al valle del Jordán y ve esos maravillosos asentamientos de judíos y junto a ellos a beduinos viviendo sin agua, sin electricidad, sin nada, ¡esto sí es apartheid con todas las letras! Ahora quieren convertirlo en una realidad permanente y así será ese Gran Israel que buscan.

Usted habla de un Estado que incluya a los dos pueblos, pero la mayoría de los israelíes está en contra…

Durante 50 años ya hemos tenido un Estado, no es algo nuevo que tengamos que crear. La Línea Verde (demarcación fronteriza previa a la guerra de 1967) no existe desde hace tiempo. Por eso, tiene que dejar de ser un régimen y convertirse en una democracia. Para aquellos que quieren solo un Estado judío la única solución es la de los dos Estados, pero eso conllevaría evacuar todos los asentamientos y ¿quién va a evacuar a 800.000 colonos? ¡Nadie!

Da por enterrada la vía de la solución de los dos Estados…

Yo estoy a favor de que dividamos la tierra: una parte para un pueblo, la otra para el otro, pero no es realista. Israel nunca ha querido de verdad hacerlo. Era muy fácil para Europa, para la Autoridad Palestina, pero… ¿qué pasa con el 20 por ciento de los palestinos que residen en Israel? No hay solución para ellos porque se quedarían aquí ¿verdad? ¿Y los colonos? Cientos de miles tendrían que ser trasladados y no va a pasar. La gente como yo debería cambiar el discurso internacional, dejar de hablar de la ocupación, de las colonias, un Estado Palestino, etc. Pasemos a hablar sólo de una cosa: derechos iguales para todos. Lo demás, es perder el tiempo.

Y en este juego, ¿qué les diría a quienes opinan que lo que usted propone es imposible por las diferencias culturales o religiosas entre los dos pueblos?

No es solo religión o la cultura, hay mucho odio y miedo por ambas partes. No, no es simple, pero tomemos como ejemplo ciudades mixtas como Haifa o incluso Tel Aviv y Jaffa. No es lo ideal, pero viven juntos. No son iguales, pero tampoco es como en Irlanda donde los católicos y los protestantes vivían en la misma casa. Hay muchos problemas, pero puede ser una salida que nos saque de este limbo. No soy un soñador. Sé que el camino es largo, la historia está contra nosotros, pero es la única forma de tener algún tipo de esperanza.

En Israel la mayoría quiere un “Estado judío”.

Mire, ¿qué teníamos nosotros en común con el millón de rusos que llegó a Israel en los años 90? ¿Qué tenía yo en común con ellos, especialmente con los que no eran judíos, pero también con los que sí lo eran, por ejemplo los de Kazajistán?¡Nada! Mire, esto no es una historia de amor. No tenemos que amarnos y obviamente los palestinos seguirían viviendo en sus ciudades, con sus tradiciones. En Ramat Aviv no nos parecemos tanto a la gente de Yenín ¿y qué? La alternativa es no hacer nada… Y para aquellos que no quieren mantener una mayoría judía en el país, un dato: hoy ya vivimos al 50 por ciento (israelíes y palestinos) entre el río Jordán y el Mar Mediterráneo si incluimos la Franja de Gaza, porque no se puede excluir Gaza por mucho que quiera Israel. Gaza es parte concreta de Palestina.

El ISIS está cada vez más acorralado, pero ya nos advierten de que el fin del califato no implicará necesariamente su desaparición. ¿El terrorismo internacional que hemos visto en Francia, Alemania o Reino Unido está aquí para quedarse?

Nadie vio que el ISIS podía llegar al poder y nadie sabe cuál será la siguiente fase. El terrorismo estará en los próximos años y décadas. Se le llamará de una forma u otra, pero se quedará porque es el arma de los más débiles. No lo justifico, pero no olvidemos que Estados Unidos ha matado a más gente que Daesh (acrónimo en árabe para el grupo yihadista ISIS). Israel ha matado a mucha más gente que la OLP, Hamas o Hezbollah. No olvidemos eso.

La violencia terrorista sigue provocando la huída de miles de refugiados en Irak o Siria. Su familia también lo fue…

Sí, como mucha gente en este país. Siempre hablo de mi padre como un refugiado. Él le dijo adiós a mi abuelo en 1939, yo aún no había nacido, nunca volvió a verlos. Pasó medio año en un barco a la deriva, los británicos no los dejaron entrar en Palestina. Fue arrestado y llevado a un centro de detención en Beirut, lo que nos recuerda mucho a lo que pasa hoy. En Alemania él era joven, con un doctorado en derecho. Con los nazis tuvo que dejar todo, a sus padres, su novia, venir a Israel y ser nada. Vivió aquí 60 años, pero nunca halló su lugar.

Y en un país que se creó precisamente para acoger a refugiados, ¿qué le parece que Israel no haya abierto sus puertas a quienes han huido de la crisis siria?

Cualquier judío debería recordar su pasado. Los judíos eran refugiados en los años 30 y fueron rechazados en muchos países. No hay diferencia con los que hoy vienen de África o Asia. Esperaba que Israel fuera más generoso a la hora de abrir sus fronteras. Es cierto que tampoco pueden abrirse de una forma ilimitada, pero hay un deber para los países más ricos del mundo. No podemos cerrar nuestras fronteras si esa gente es enviada directamente a la muerte.

¿Cree usted que eso puede estar relacionado con el hecho de que muchos de los refugiados son musulmanes?

No. Mire, a Israel han llegado eritreos, que son cristianos y no son mejor aceptados que los sudaneses, musulmanes. Hay que señalar que Israel discrimina como muchos países en Europa. La diferencia es que en Israel el racismo se construye desde el propio sistema. No es solo la extrema derecha, hay algo básico en el sentimiento de que somos el pueblo elegido, somos las mayores víctimas de la historia lo que nos permite olvidar nuestro propio pasado. Israel absorbió a un millón de rusos en los años 90. Más de la mitad de ellos no eran judíos. A Israel le dio igual, ¿por qué? Porque eran blancos. Los eritreos y los sudaneses claramente no lo son.

La baza del miedo a los refugiados triunfó en Reino Unido con el Brexit. Marine Le Pen la juega y afirma tener opciones en Francia. ¿Le ve futuro a la Europa que conocemos hoy?

No creo que estemos en el proceso de algo terrible. Mire, pensamos que (Geert) Wilders saldría elegido en Holanda y no ha pasado. Tampoco creo que Le Pen vaya a salir en Francia porque hay siempre un último momento en el que la gente dice “No, esto es demasiado”. Hasta ahora, excepto por Donald Trump, ningún político de extrema derecha lo ha logrado, lo mismo para Alemania. Es cierto que los nacionalistas racistas intentan, de una forma muy cínica, ganar rédito político a través del miedo a los refugiados. El método es muy parecido, aunque no se pueda comparar, al que utilizó Hitler con los judíos. Demonizándolos ganó popularidad y lo mismo pasa ahora. Creo que Europa es lo suficientemente sólida y fuerte todavía. Y no olvide una cosa, la economía va bastante bien…

Hablando del presidente Trump. ¿Cómo ve la situación de Oriente Medio con la nueva Administración?

Esa es la gran pregunta. Trump parece ser un hombre ignorante y racista. Pero en lo que se refiere a Oriente Medio debemos ser prudentes. En sus primeros cien días no ha cometido grandes errores y parece dispuesto a presionar a Israel después de 8 años de Barack Obama, el gran liberal, el presidente que comparó a los palestinos con los esclavos negros de los EE.UU. y que al final no ha hecho nada por ellos.

Los representantes que Trump ha nombrado en la ONU o en su embajada en Israel ya indican la dirección de su política en esta zona…

El antiguo embajador en Israel, el de Obama, era también judío, sionista y pro-asentamientos. Los embajadores no son importantes en ningún caso, pero tomemos como ejemplo el de Trump, Jason Greenblatt. Cuando lo vi la primera vez pensé: “Lleva una kipá, seguro que apoya la construcción de asentamientos y es un derechista”. Pero entonces vino y visitó un campo de refugiados. ¿Cuándo hemos visto a un enviado norteamericano en esta zona visitando un campo de refugiados y hablando allí con la gente? ¡Nunca! Quizá al final no signifique nada. Pero ¡démosle una oportunidad!, porque lo que había antes ya lo conocemos y no funcionó.

Por Ana Garralda
Con información de Clarín

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La dama que secuestraba aviones

Za’atar persigue obsesionado una pelota de tenis. De muro a muro la pelota rebota. Él corre detrás de ella tratando de no resbalar y de alcanzarla en el aire. Cuando al fin la tiene en el hocico, el pequinés se instala en un rincón del salón esperando que vengan por ella y se la lancen una vez más. Es un juego interminable que parece no agotarlo.

La mujer palestina que sostiene la pelota lo observa y le llama la atención.

—Ya basta, Za’atar, es tiempo de detener el juego y pasar a comer.

Za’atar es también el nombre de un condimento bastante popular en el mundo árabe, de color verde olivo. Es una mezcla de especias: tomillo, semillas de ajonjolí, sal y zumaque. Está presente en la mayoría de los platos de Siria, Jordania, Líbano y Palestina.

️ ️La mesa exhibe distintos platos de esa cocina que contienen, entre otras cosas, mucho za’atar. En un rincón, Za’atar, el pequinés, sigue reclamando la pelota de tenis. Za’atar tiene suerte. En el mundo árabe los perros son considerados animales inmundos. Se les desprecia y, en general, no son animales de compañía ni mascotas privilegiadas, como en Occidente. Pero Za’atar es cuidado por una mujer diferente, una mujer que ha desafiado su entorno cultural y social.

La pelota llega a sus pies y la mujer la recoge lentamente, la toma entre sus manos y amenaza una vez más: ¡Za’atar, esta es la última!

Al levantarse, su rostro se confunde con una foto en blanco y negro que cuelga enmarcada en la pared. En ella, una joven de sonrisa amplia cubre su cabello con un hatta (pañuelo palestino) y porta un rifle AK-47. Un antes y un después de quien ha vivido con intensidad.

Es Leila Khaled, la militante y guerrillera que a sus 70 años continúa en la lucha que la llevó a convertirse en ícono de la causa palestina. Grabada como imagen que no envejece en esténciles, grafitis, afiches, cuadros y pancartas.

Este es el relato de varios encuentros con Khaled, de viajes al pasado de una juventud singular y retorno a la vida actual de quien se convirtió en la primera mujer en el mundo en secuestrar un avión.

Leila Khaled exhibe, en la sala de su casa, la imagen que evoca sus luchas. Foto: Yasna Mussa

Es 1969. El mundo está sumergido en la Guerra Fría. Los movimientos sociales y las guerrillas se mueven en Latinoamérica y los países árabes; sus luchas tienen en común la autodeterminación y el rechazo a las dictaduras locales. Para el Frente Popular de la Liberación de Palestina (FPLP) –un partido de izquierda nacido en 1967, fundado por George Habash, autoproclamado marxista y laico— la ocupación de Palestina no es lo suficientemente visible. La mayor parte del mundo ignora lo que sucede contra una población cuya tierra ha sido arrebatada desde 1948 y cuya diáspora espera ansiosa por retornar a sus hogares.

Entre ellos está Leila Khaled, una joven estudiante palestina refugiada en Líbano. La número seis de una docena de hermanos, la hija de una familia musulmana que nunca quiso llevar velo, la dueña de un carácter inquebrantable y una mirada penetrante. Es la misma que se pasea vistiendo un traje blanco, sombrero y gafas de sol mientras espera en el aeropuerto de Roma. Está nerviosa, pero sus nervios no se asemejan a los de los otros viajeros. En su traje de verano lleva escondida un arma y unas granadas y ha logrado burlar el sistema de seguridad del aeropuerto.

Del otro lado de la sala está Salim Issawi, un combatiente del Comando de Unidad Che Guevara, del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Ambos fingen no conocerse. Nadie sospecha que se trata de dos compañeros de misión ni que en pocos minutos protagonizarán una arriesgada maniobra política.

Esta vez, en el cielo, un acontecimiento se registra en la historia. El vuelo TWA 840 con destino a Atenas sufre un sorpresivo cambio de planes: Issawi y Khaled toman como rehenes a los 116 pasajeros a bordo y lo desvían con destino a Damasco, Siria. Antes, Leila Khaled solicita al piloto sobrevolar Haifa, su tierra natal.

El gesto no es parte de la operación, pero es el motivo que la llevó a alistarse en las filas de la política y la guerrilla. Es la nostalgia que se cuela en medio de la frialdad y el rigor de una mujer apátrida que dejó la mochila universitaria y se colgó al hombro un rifle para ir a combate.

La noticia del secuestro vuela rápido por el mundo. La prensa habla de una serie de secuestros que desde 1968 son reivindicados por el FPLP. Nadie resulta herido o muerto. El hecho causa impacto cuando los secuestradores hacen explotar el avión después de bajar a todos los pasajeros. Logran su objetivo: llamar la atención, hablar de Palestina y su causa.

Pero hay una pregunta que no queda resuelta: ¿quién es la mujer al mando de esta última operación? El enigma queda despejado cuando Eddi Adams, fotoperiodista de guerra estadounidense, la retrata en blanco y negro, portando el hatta y un rifle AK 47. Una imagen que se volverá histórica y estampa de un ícono, algo que no conjuga bien ni con la personalidad ni con las intenciones políticas de su protagonista.

Su rostro se multiplica, se difunde, se vuelve conocido. Leila acepta entrar al quirófano y cambiar su apariencia con seis cirugías plásticas. Su nariz y su mentón han sido modificados hasta el punto de ya no ser los de la atractiva mujer de la foto. Guarda su vanidad y su identidad como quien se disfraza para un evento. Guarda su vanidad y su identidad porque pueden costarle la libertad o la vida.

Es 6 de septiembre de 1970. Otra pareja espera en el aeropuerto de Ámsterdam. Ambos con pasaporte hondureño. El hombre es Patrick Argüello, un nicaragüense que lleva también un pasaporte estadounidense, miembro del Movimiento Sandinista y que nueve años antes se había enfrentado al dictador Somoza. La mujer, una vez más, es Leila Khaled.

Ambos han logrado pasar los controles de seguridad, aunque le han pedido a la mujer que abra su bolso de mano para revisarlo detalladamente pues, según la oficial a cargo, han aumentado los secuestros y atentados. Leila se muestra comprensiva ante la situación y accede con amabilidad, observando en silencio. En los bolsillos de su pantalón guarda dos granadas de mano.

Aunque Leila posee un pasaporte falso de Honduras, su español se limita a un “sí, señor”, y confía en que será suficiente. Su preocupación es otra: debe cumplir la misión de desviar el vuelo 219 de El Al con destino a Nueva York y unirse a otros tres secuestros simultáneos que serán dirigidos hasta un terreno desolado en Jordania, bautizado por el FPLP como aeropuerto revolucionario.

Instalada junto a su compañero en la segunda fila de la clase turista, los militantes se dirigen hacia el piloto y anuncian el secuestro. Aunque unas horas antes habían logrado burlar la seguridad en tierra, en el aire las cosas se complican. Cuatro agentes israelíes se encuentran entre los pasajeros y reaccionan a tiempo. En el acto, disparan a Argüello, y Khaled es herida y capturada. Las granadas siguen en sus bolsillos. Leila Khaled, con dos costillas quebradas e impactada al ver cómo su compañero se desangra frente a sus ojos, se mantiene firme ante las instrucciones del FPLP: no herir ni asesinar a los pasajeros.

El secuestro frustrado cambió la historia de Khaled, del FPLP y de los palestinos en Jordania. La joven militante de 26 años fue entregada a la comisaría de Ealing, en Londres, donde tuvo que pasar 28 días antes de ser canjeada por otros rehenes y liberada.

Cuarenta y cuatro años después, este episodio sigue nublando la mirada de Khaled y quebrándole la voz. No se logra responder una pregunta que se instaló en su mente desde ese 6 de septiembre de 1970: “¿Por qué fue Patrick? Yo debí estar en su lugar”, se lamenta Leila Khaled.

Es el mediodía de un lunes de verano. El encuentro con Leila Khaled está fijado en el segundo piso del edificio de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Amán, Jordania. Una bandera palestina ondea en la entrada y dos guardias custodian la puerta principal. En el vestíbulo una docena de personas aguarda su turno para resolver asuntos consulares. En Jordania residen casi 4 millones de refugiados palestinos y en esta ciudad, a 40 kilómetros de la frontera con su tierra natal, hay símbolos que lo recuerdan a cada instante.

En el segundo piso, entran y salen hombres que fuman y hablan fuerte. Es una sala despejada que solo tiene algunos escritorios y sofás más bien gastados por el tiempo. Ahmad –un hombre de bigote y sonrisa tímida– sirve el café y el té de una sala a otra, mientras los otros continúan fumando y conversando como si el tiempo no pasara ni la temperatura marcara 33 grados Celsius.

Al fondo, una oficina privada, amplia y cómoda. A un extremo de la sala, un escritorio y una gran bandera palestina. En el muro de enfrente, las fotos de Yasser Arafat y Mahmoud Abbas cuelgan en el mismo muro pero separadas. No es la oficina de Leila Khaled, pero es el espacio que nos han facilitado para la entrevista.

Leila Khaled me recibe luego de terminar su reunión política. Seria, con una sonrisa amable pero discreta, me extiende la mano. Lleva el pelo corto en melena y gafas ópticas. Viste un blazer negro estampado con llamativas flores de colores, que contrastan con su postura, formal y poco expresiva.

—Chile. Hay buenos militantes en Chile. Ha habido un apoyo histórico con Palestina y ahora mismo lo están haciendo con lo que sucede en Gaza –dice, como primer comentario, al enterarse de mi nacionalidad.

Para Leila Khaled Latinoamérica ha sido un aliado estratégico e histórico. Ella está segura de que para la población de Gaza, los latinoamericanos son considerados hermanos, más cercanos aún que el resto del mundo árabe. Cree que los gestos solidarios de Venezuela, Bolivia y, más recientemente, de Argentina, Chile, Perú y Brasil son una actitud que debería servir como ejemplo para el resto del mundo.

—Mi nombre en el secuestro de 1970 era María Luna –dice, mostrando su primera sonrisa, con la voz rasposa y la mirada iluminada. No sabía nada de español y todavía no sé nada de español.

Ahmad, el hombre del café y del té, sirve dos tazas. Leila Khaled enciende un cigarrillo apenas termina el anterior y bebe un poco de café. Su voz se corta por el humo y luego sale aún más grave. Llega a cada punto con una ligera tos que marca las pausas y delata los años que el tabaco la ha acompañado.

—La ocupación es terrorismo –dice Leila Khaled al hablar de Gaza. No se trata de que Hamas o el FPLP existan y resistan, pues el problema es la ocupación. Ocupar sus casas, maltratar a los niños, herir a las mujeres, matarlos a todos ellos y destruir también sus casas. Esa es la política de ocupación israelí. Nunca en la historia un Estado fue creado por una resolución, excepto Israel.

Leila Khaled se acomoda en su silla, bebe otro poco de café mientras piensa su respuesta. Afirma que cuando el sionismo se instaló en Palestina, los grupos paramilitares usaron su fuerza en contra de la población nativa para aterrorizarlos y motivarlos a huir. Al mismo tiempo que la colonización avanzaba, dice, ellos arrestaban y asesinaban personas, cuyos cadáveres eran exhibidos para difundir el miedo.

Leila Khaled levanta las cejas y recalca con fuerza que todavía cree y respalda la lucha armada palestina.

—No podemos liberar Palestina con rosas o con negociaciones –continúa, mientras exhala el humo del cigarrillo que le rompe la voz aún más. Las personas nunca han podido conquistar la independencia de sus países sin el uso de armas, desde los inicios de la humanidad. Desde la Revolución Francesa, la gran guerra civil de Estados Unidos entre el Norte y el Sur, y así en todos los países que han buscado su independencia o los derechos civiles de la gente. Y esta, la de Palestina, es la última colonización de la historia.

Leila Khaled nunca ha dicho lo que otros esperan que diga. Esta vez no es la excepción y repite, en la oficina de la OLP, un discurso tan político como ajeno a la diplomacia actual. Porque para ella, una vez que se resuelva el problema de los refugiados, podrán vivir todos en un Estado democrático donde cada persona tenga sus derechos garantizados. Ha sido enfática en desvincularse del discurso oficial de la Autoridad Nacional Palestina que negocia por la creación de dos Estados. Es una fedayín que ha dejado de entrenarse en los campos de tiros de Jordania, pero que dispara con su lengua.

—Nosotros le ofreceremos soluciones humanas –dice Leila Khaled.

Y sigue:

—No como la solución de Israel, que significa un genocidio contra nosotros. Lo que tienen ahora se llama Estado de Apartheid.

️Llegamos a su piso. Es un amplio y bello departamento decorado con delicadas piezas de artesanías tradicionales y otras que aluden a la revolución.

La mujer del rifle AK 47 habla de sus miedos y de los recuerdos de ese 6 de septiembre de 1970. Evoca esos 28 días que pasó recluida en la celda de Ealing, sin tener noticias de sus compañeros, de los otros secuestros ni de cuál sería su futuro. Abatida en ese retén inglés, respondió interrogatorios con inteligente ironía, sin revelar jamás detalles secretos, mostrándose serena y fuerte.

—Un día llegó uno de los agentes ingleses a interrogarme. Yo llevaba varios días negándome a hablar –recuerda con picardía–; el hombre se dio cuenta de mis respuestas evasivas, dijo que yo era una mujer inteligente y brillante. ¡Yo no acepto cumplidos de ningún hombre!, le respondí. Pero el hombre se echó a reír y me preguntó si yo era una mujer conservadora. Claro que sí, le respondí, y él me dijo que nunca había conocido a una mujer conservadora que secuestrara aviones.

Leila Khaled reconoce que la trataron bien durante su estadía. Fueron respetuosos y hasta cumplieron algunas peticiones suyas. Le llevaron revistas de moda que se acumularon en un rincón de la habitación, hasta que sus custodios se dieron cuenta de que ella prefería leer periódicos.

Un día, la mujer encargada de custodiarla le llevó una naranja. En ella había una etiqueta que decía Jaffa –una localidad muy cercana a su Haifa natal–, y Leila Khaled se echó a llorar.

La mujer, con quien Khaled había desarrollado una buena relación durante esos días, no entendía qué sucedía y solo atinó a consolarla y preguntarle por qué lloraba.

—Estas naranjas son palestinas –dijo Leila Khaled, entre sollozos–, es por esto que lucho, para volver a mi hogar.

Pero esa no fue la primera vez que Leila Khaled sintió nostalgia por sus naranjas.

️Todo se remonta a un 9 de abril de 1948, cuando ella cumplía cuatro años de vida. Ese día, Israel llevó a cabo una masacre en el pueblo de Deir Yassin, ubicado en una colina a unos cinco kilómetros de Jerusalén. Los grupos terroristas sionistas de Irgún y Leji perpetraron la masacre que asesinó a más de cien personas. La madre de Leila Khaled se encontraba sola, pues su esposo estaba luchando junto a las tropas palestinas. Tomó a sus ocho hijos, incluida la más pequeña de solo 40 días de vida, y partió con ellos a Tyr, un pueblo al sur del Líbano, donde vivía el resto de la familia.

Llegó a vivir a la casa de un tío. Los árboles cargados de naranjas rodeaban la vivienda y los niños no aguantaron las ganas de ir por ellas y comerlas.

—Ella nos dijo: “Esto no es de ustedes. No tienen derecho a sacarlas. Las suyas están en Palestina” –cuenta Khaled, con la mirada perdida en sus recuerdos. Esa fue la primera lección que recibimos y que nos dijo que debíamos volver a Palestina. Desde el primer minuto, supimos que eso no era nuestro, así que desde ese momento odié las naranjas.

Leila Khaled no volvió a comerlas.

—Todo el tiempo yo sentí que nada era nuestro. Que nuestras cosas, lo que amábamos, estaba en Palestina, así que teníamos que hacer algo –insiste, mientras sirve el café y un plato con frutas. Teníamos que volver a Palestina porque solo ahí podíamos comer nuestras naranjas.

Por eso, para ella la situación actual en Gaza no resulta una novedad, por terrible y espantosa que sea. Desde su primera infancia sus recuerdos están marcados por la persecución, las masacres, los asesinatos y el desplazamiento forzoso.

—Israel ha exigido que se negocie. Hemos aceptado y la OLP ha negociado durante 20 años, y qué ha pasado después de eso –se pregunta y responde enseguida–, durante veintiún años de negociaciones han aumentado los asentamientos, con más colonos, y los colonos son en sí otro ejército; demuelen las casas, construyen un muro de apartheid, han metido en prisión a miles de activistas y los tratan como criminales. Israel ha violado todo tipo de leyes y se considera a sí mismo dentro del derecho internacional. Hasta ahora, Israel no ha sido condenado por todos sus crímenes. Ahora es tiempo de que pague, así que no podemos permitir que siga avanzando en nuestra patria, tenemos que pelear hasta el final.

Un silencio se instala en el salón. Su esposo, Fayez Rashid Hila, ha ido a dormir la siesta. Za’atar lo imita a un costado del sofá con el hocico sobre su pelota de tenis. Leila Khaled mira la televisión sin volumen, también en silencio.

¿Crees en Dios?, ¿en el paraíso?, le pregunto, incómoda.

—Claro, los dos son la misma cosa: Palestina –ironiza Leila Khaled y bebe un último sorbo de café.

Por Yasna Mussa
Con información de:Late

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