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Cristianismo primitivo orígenes de Jesús (II)


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Otro de los territorios del norte que iba a evidenciarse importante para Jesús era Samaria, célebre por la anécdota del buen samaritano. Tras haber escuchado innumerables sermones sobre el tema, los que van a la iglesia han acabado por entender que los samaritanos eran aborrecidos de los demás judíos, y que el caso del buen samaritano que se desvió de su camino para ayudar a la víctima de unos bandoleros es el ejemplo perfecto de la necesidad de reconocerle a cualquier prójimo la capacidad para obrar el bien.

Pero hay otro motivo para prestar atención a Samaria en el contexto de esta investigación. Los samaritanos tenían su propia expectativa de la inminente venida de un Mesías, a quien ellos llamaban el Ta’eb, y que difería bastante de la versión judaica. En el Evangelio de Juan (4, 6-10) leemos que Jesús tuvo un encuentro con una samaritana y que ésta reconoció en él al Mesías. Es de suponer que se referiría al Ta’eb, lo cual sugiere que el judaísmo de aquél era, por decirlo de alguna manera, poco ortodoxo. A lo mejor Jesús concibió la parábola del buen samaritano en agradecimiento al apoyo recibido de ellos.

Otro concepto erróneo sobre los orígenes de Jesús es la idea de que era «Jesús de Nazaret», es decir oriundo de la ciudad de ese nombre, que existe en el moderno estado de Israel. En realidad, no nos consta que existiese antiguamente en el siglo III. Para ser exactos sería preciso decir el nazareo, con lo cual se identificaría a Jesús como miembro de una de las diversas sectas que usaron colectivamente ese nombre… aunque no fundó ninguna de ellas, y eso también es significativo.

De este grupo de sectas llamadas de los nazareos sabemos muy poco, aunque la denominación que eligieron es reveladora en sí misma, ya que se cree que deriva del hebreo Notsrim con el significado de «los Custodios o los Conservadores… los que mantenían la enseñanza y la tradición verdaderas, o guardaban determinados secretos que no participaban a nadie …» (1)

Esa circunstancia va contra una de las doctrinas básicas del cristianismo: que la religión es para todos y no tiene secretos. En donde se perfilaba como polo opuesto de las escuelas mistéricas, que ofrecen diversos grados de conocimiento o iluminación a los adeptos que van escalando los peldaños cada vez más empinados de la iniciación. En estos cultos el conocimiento sólo se da a quien lo merece, y no se le ofrece al pupilo la revelación hasta que sus maestros le consideran espiritualmente preparado. Ésa era una noción muy común en tiempos de Jesús: las escuelas mistéricas de Grecia, Roma, Babilonia y Egipto utilizaban habitualmente esa enseñanza estructurada, y guardaban celosamente sus secretos.

En nuestros tiempos ese método de las escuelas mistéricas lo utilizan muchas religiones y muchos sistemas filosóficos orientales, por ejemplo el budismo zen, y también ciertos grupos como los francmasones y templarios. De esa noción de iniciación proviene precisamente el nombre de ocultismo, que como hemos visto significa únicamente el conocimiento de lo oculto: los misterios se guardan en secreto hasta que se haya cumplido la hora y el discípulo esté preparado. Si las enseñanzas de Jesús no fueron dirigidas a las masas, entonces eran de índole elitista y jerarquizadas… ocultas, por tanto. Y como hemos visto al reconsiderar la verdadera situación de María Magdalena, son demasiadas las semejanzas entre las escuelas mistéricas y el movimiento de Jesús como para no hacer caso de ellas.

Hay otras muchas concepciones equivocadas acerca de Jesús. Por ejemplo la historia de la Navidad es un cuento de hadas en su mayor parte, y corresponde situarlo al lado de los mitos de natividad de otros dioses que mueren y resucitan. Pero es que incluso resulta dudoso que Jesús naciese en Belén. O mejor dicho, el Evangelio de Juan (7, 42) declara expresamente que no fue allí.

Mientras la mayoría de los elementos de la natividad derivan claramente de esos mitos de los dioses que mueren y resucitan, la visita de los Sabios de Oriente se basa en un relato contemporáneo de la vida del emperador Nerón. (2)

A veces se ha llamado a estos personajes los Magos, que es el nombre de determinada escuela sacerdotal de la tradición persa. Practicaban efectivamente sortilegios y hechicerías, y se hace muy extraño pensar que tres visitantes comparables a otros tantos Aleister Crowley visitasen al niño Jesús para ofrecerle sus regalos y que ello no suscite una palabra de crítica o de censura por parte de los evangelistas.

Si es de creer la afirmación de que iban siguiendo una estrella que los llevó a Belén, serían además astrólogos (en la época, la astronomía no era una ciencia separada). Está claro que se intenta impresionarnos diciendo que los hechiceros ofrecieron a Jesús oro, incienso y mirra. (Pero ya hemos visto que Leonardo en la Adoración de los magos suprimió el oro, símbolo de realeza y de perfección.)

También hemos mencionado que se califica a Jesús de naggar, con el significado de carpintero o de hombre de letras y conocedor de las Escrituras. En su caso, más plausiblemente lo segundo. Ni tampoco es probable que los primeros discípulos de Jesús fuesen los humildes pescadores de la leyenda. Según A. N. Wilson eran en realidad propietarios de una explotación pesquera a orillas del Tiberíades. (3) (Aparte de que, como ha señalado Morton Smith, es evidente que algunos de los discípulos no eran judíos: Felipe, por ejemplo, es un nombre griego.) (4)

¿Jesús en verdad era de origen humilde?

Muchos comentaristas citan las parábolas como pruebas de que Jesús era de origen humilde. En efecto suelen emplear analogías sacadas de situaciones cotidianas de la vida rural y doméstica, y esto se toma como demostración de que él tenía experiencia personal de tales situaciones. (5) Sin embargo, otros han señalado que la imaginería utilizada revela sólo un conocimiento superficial de esas realidades triviales de la vida, (6) como si hubiese sido un gran personaje que deliberadamente procuraba hablar a las masas en su mismo idioma, o como el aristócrata de nuestros días que, al presentarse como candidato del partido conservador, se dirige a los votantes de clase obrera en un tono que él cree adecuado para que ellos le entiendan.

Y aunque las bodas de Caná no fuesen, como algunos creen, la fiesta de sus propios desposorios con María Magdalena, demuestran sin embargo que se movía en círculos de «la sociedad», como lo indica la fastuosidad de la celebración.

También el incidente de los soldados romanos que al pie de la Cruz se disputaron las ropas de Jesús indica que valía la pena quedarse con ellas; no habría sido lógico que se jugasen a los dados unos harapos.

Así pues, va apareciendo un panorama de los orígenes de Jesús bastante distinto de las creencias en que nos educaron cuando niños. La próxima cuestión está en saber si podemos justificadamente sentar alguna hipótesis acerca del personaje. Por ejemplo, ¿se puede hallar en los Evangelios alguna indicación positiva de que Jesús no fuese judío?

Después de su bautismo Jesús se retiró al desierto, donde fue tentado por el Diablo, quien por medio de un diálogo capcioso quiso obligarle a revelar su divinidad. Una vez más, la interpretación no es nada fácil. Algunos han postulado incluso que lo revelado por la tentación fue, nada menos, que Jesús rechazaba implícitamente a Yahvé. (7) Lo cual podrá ser discutible, pero hay otro episodio que refleja de manera más decidida su actitud frente al Dios de los judíos.

Uno de los sucesos más famosos del Nuevo Testamento es el que se produce cuando Jesús, presa de cólera justiciera ante el espectáculo de los cambistas del Templo, derriba las mesas de éstos. Lo que parece un episodio bastante sencillo plantea en realidad un problema principal, que no ha pasado desapercibido a los teólogos ni a los estudiosos del Nuevo Testamento.

Aunque habitualmente se explica la actuación de Jesús por la santa ira que le produjo el ver contaminado aquel sagrado lugar por una actividad mercantil, ésa sería una actitud muy occidental, y bastante reciente además. Porque el cambio de moneda a fin de poder comprar los animales destinados a las ofrendas en el Templo de Jerusalén no era una corrupción, ni un abuso, sino parte indispensable de aquellos cultos.

Como ha destacado John Dominic Crossan, profesor de estudios bíblicos en la Universidad de Chicago, «no hay el más pequeño indicio de que nadie estuviese haciendo nada incorrecto ni en lo financiero, ni en lo ritual», y sigue diciendo que «fue un ataque contra la propia existencia del Templo […] una negación simbólica de todo cuanto […] el Templo representaba». (8)

Algunos han intentado explicar el acto —que es uno de los más trascendentales de la vida pública de Jesús— diciendo que expresaba su insatisfacción con el régimen imperante en el Templo de la época. Pero en el contexto de su tiempo y lugar habría sido una reacción desaforada, como para hacer dudar de su equilibrio mental.

Pongamos una analogía moderna: sería como si un anglicano, irritado por haberse aprobado la ordenación de mujeres, expresara su protesta entrando en la abadía de Westminster para derribar y pisotear la cruz mayor del altar. Esto no sucede, sencillamente porque los devotos saben dónde está la frontera entre una acción adecuada, por muy simbólica que sea, y una protesta verdaderamente sacrílega. Lo que hizo Jesús entra en esta segunda categoría.

Así pues, su judaísmo sería, como poco, heterodoxo. Lo cual despeja el terreno a nuevas sugerencias en cuanto a qué era en realidad. Y tenemos claros indicios de que era parte de una escuela mistérica. Pero ¿hay en los mismos evangelios algún episodio que apunte a esa posibilidad?

Juan el Bautista

Casi desde los comienzos de nuestra investigación tuvimos la sorpresa de descubrir que muy pocos investigadores se habían planteado una pregunta, a nuestro entender, fundamental: ¿De dónde sacó Juan el Bautista el rito del bautismo? Porque el estudio de la cuestión nos había revelado que éste no tiene absolutamente ningún precedente en el judaísmo, a diferencia de las abluciones rituales, es decir las inmersiones reiteradas que simbolizan la purificación y están descritas en los Manuscritos del Mar Muerto.

Pero sería inexacto describir esos ritos como «bautismo». Lo que propugnaba Juan era una ceremonia única, un acto de iniciación que cambiaba toda la vida e iba precedido de una confesión y el arrepentimiento de los pecados. El hecho de que ésta no tuviese precedente entre los judíos lo indica el sobrenombre de Juan el Bautista: es decir, el único, porque nadie más lo hacía. De hecho se ha considerado a menudo que había sido una innovación suya, aunque hay muchos precedentes y paralelismos exactos: pero todos fuera del mundo judío.

Por Picknett-Prince


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Notas:

1.Para detalles sobre la vida de Flamel y su consecución de la Gran Obra, véase Holroyd y Powell, Mysteries of Magic, pp. 171-182. Este libro contiene también el supuesto relato decimonónico de un encuentro con Nicolas y Perenelle Flamel, suponiéndose que éstos andaban todavía vivos. Es de notar, sin embargo, que la «obra poco conocida» que citan lleva el título de The Lying Raven («El cuervo mentiroso»), cuya autoría atribuyen a Ninian Bres, que resulta ser anagrama del nombre auténtico de uno de los autores de Mysteries of Magic.
2.Véase nuestro Turin Shroud: In Whose Image?, p. 95.
3.Véase la ilustración que acompaña el artículo de Kenneth Rayner Johnson «The Imagen of Perfection» en The Unexplained nº 45, p. 828.
4.Véase la plancha 13 en Hancock, The Sign and the Seal.
5.Saint-Victor, Epiphany, p. 90.
6.Walker, pp. 866-867.
7.Ean y Deike Begg, In Search of the Holy Grail and the Precious Blood, p. 79.
8.Godwin, The Holy Grail, p. 16.


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