Archivo de la etiqueta: Guantánamo

Adnan Al-Hamdi, de Yemen al infierno de Guantánamo

Adnan Al-Hamdi había aprendido a pensar en sí mismo como si fuese un ratón en una madriguera, que sobrevivía en un desierto lleno de tigres y serpientes. Era un paisaje abrasado, donde el sol blanco no se ponía nunca.

Los halcones eran una presencia permanente, sus sombras revoloteaban sobre la cabeza de Adnan a intervalos perfectamente cronometrados, como si giraran al ritmo de un tambor. El toque eran sus pisadas, el paso de las botas de los guardias que se acercaba incesante y se perdía luego en los corredores del Campo 3. Una vez por minuto. Dos veces por minuto. A todas las horas todos los días.

A veces los observaba desde su litera, el ratón enterrado debajo de las sábanas con el hocico al aire, moviéndose sólo lo suficiente para verles pasar: garras, pico y plumaje envueltos en camuflaje militar, el arma lista; una vista amenazadora, pero inofensiva siempre que no gritara ni se moviera como solía hacer al principio. La atenta observación había revelado una debilidad en su porte. En el lugar de sus uniformes donde se suponía que tenían que aparecer sus nombres, llevaban tiras de cinta adhesiva. Al parecer, ellos también temían este lugar.

Adnan no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba allí, sobre todo porque los primeros días (¿meses, tal vez? ¿años incluso?) eran ahora un borrón, y sólo recordaba algunos.

Le habían capturado en el campo de batalla cuando llevaba pocos meses en Afganistán, tras haber dejado su patria con un sentido de fervor y espíritu aventurero. Para unirse a la yihad. La obra de Dios llamaba allende los mares y desiertos. Aterrizó en Pakistán, donde los santos varones de las montañas le llevaron al norte desde Karachi, y luego al oeste, al otro lado de los desfiladeros yermos. No había suficientes fusiles para todos, y la nieve y el terreno de las elevaciones más altas le habían sobresaltado y entumecido. Durante semanas hicieron poco más que esperar o marchar; y entonces, aparecieron los bombarderos.

En una semana murieron la mitad de los hombres. Explosiones enormes por doquier, y luego un viaje caótico hacia el sur. Les pilló una banda de tayikos. Los amontonaron en un camión pintoresco y luego los metieron a todos en un calabozo hediondo en medio de un naranjal, donde permanecieron semanas, hasta que le sacaron a la luz del sol delante de dos hombres con pantalones planchados y gafas de sol. Hablaban por aparatos emisores receptores y bebían agua clara de botellas de plástico. Uno hablaba algo de árabe, pero no muy bien.

—Eres un jefe —le dijeron los hombres.

—Soy un soldado —replicó Adnan—. Un defensor, sí, alabado sea Dios, el más santo, pero sólo soy un soldado.

—No —dijeron ellos—. Los hombres que te trajeron aquí dicen que eres un líder, un organizador.

Siguieron más preguntas. ¿Dónde te entrenaste? ¿Quién te pagó? ¿Cómo los reclutaste? Tomaron su ignorancia por obstinación, luego le llevaron al norte, medio día de camino valle arriba, otros dos días en un cajón metálico caluroso a la orilla de una pista de aterrizaje, rodeada de minas. Le pusieron un mono naranja, le vendaron los ojos y le metieron una bolsa por la cabeza, como a un pollo para degollarlo, que le tapó la cara mientras otro le ponía grilletes en las muñecas y en los tobillos. Le llevaron por un paso de tablones a un aeroplano, cuyos motores ya resonaban y el suelo vibraba debajo de sus pies. Luego más grilletes cuando se sentó, que le sujetaron al suelo. Sintió un portazo, luego oscuridad y el impulso del despegue antes de un viaje que le pareció que duraba días.

Hundido en sus propios vómitos, heces y orines mientras el avión se balanceaba en los cielos fríos, siempre en la oscuridad estruendosa. Tiritaba y gritaba, pero sólo oía los chillidos de sus compañeros en el interior del tubo metálico hueco que los transportaba. En determinado momento, alguien le puso una manzana en las manos y consiguió estirarse el tiempo suficiente para dar unos bocados: el sabor y los jugos eran abrumadores. Pero era demasiado difícil seguir comiendo, amarrado como estaba, y cuando el avión rebotó en alguna turbulencia se le cayó la manzana. Oyó que rodaba entre sus piernas por el suelo.

Transcurrieron más horas hasta que, al fin, el avión golpeó con fuerza el suelo y se detuvo vibrante. Adnan oyó abrirse la trampilla trasera y notó la luz que traspasó la bolsa y la venda de los ojos. Oyó gritos, algunos en una lengua extranjera y algunos en árabe rudimentario, que le mandaban levantarse mientras alguien le soltaba del armazón del avión. Intentó incorporarse y se le doblaron las rodillas. Le pegaron con un palo en las pantorrillas y alguien le gritó al oído algo incomprensible. Luego le agarraron bruscamente de los brazos y le arrastraron, con las piernas hormigueantes. Notó el olor de aire marino y sintió una ráfaga de polvo y arena en las manos. El aire era un manto húmedo del que no se había librado desde entonces.

Cuando le quitaron al fin la caperuza y la venda de los ojos, estaba en una habitación blanca y helada, sentado en una silla metálica con las piernas encadenadas al suelo.

Le interrogaron cuatro horas seguidas, las mismas preguntas que le habían hecho los hombres de Afganistán. ¿Dónde te entrenaste? ¿Quién te pagó?

¿Cómo los reclutaste? Adnan contestó una y otra vez que no lo sabía, y luego le encerraron en su madriguera. No en la que vivía ahora, sino en una especie de jaula entre otras jaulas. Después le habían trasladado donde estaba ahora, todavía ofuscado por temores y extrañeza.

Hacía semanas que había empezado a percibir este nuevo mundo. Ocurrió después de darse cuenta de que la única forma de recuperar el equilibrio era imponiendo su propio orden natural. Pondría nombres a los objetos que le rodeaban, los clasificaría, los ordenaría y los enumeraría a su modo. Y había elegido la idea de los halcones y las serpientes como primeras etiquetas zoológicas, una taxonomía que esperaba ampliar mediante meticulosa observación.

Algunos aspectos de este universo resistían la simple clasificación. El día y la noche, por ejemplo. Los paneles fluorescentes del Campo 3, (Adnan había oído a un halcón decir el número de este lugar), emitían un resplandor crudo permanente. Era un limbo gélido entre sol y luna, que dejó la brújula de Adnan girando sin ancla hasta que redescubrió las posibilidades magnéticas de la oración. Ahora se guiaba por las cinco llamadas que llegaban regularmente por los altavoces de la prisión, cayendo al reducido espacio del suelo con celo famélico. Se orientaba hacia La Meca por una pequeña flecha negra marcada en el suelo a los pies de su cama, luego se arrodillaba en una alfombrilla fina de espuma.

Había poco espacio para mucho más. La habitación medía 1,80 por 2,60 metros, y la cama ocupaba aproximadamente un tercio. Adnan pasaba allí todas las horas del día, excepto las que le obligaban a volver a la habitación blanca, el nido pulcro y frío de las serpientes. Por lo demás, sólo hacía un viaje semanal a las duchas, escoltado a punta de pistola, para que se lavara bajo los rollos de alambre de espino, más media hora al día de «ejercicio», un poco de ocio en un rincón de cemento mientras miraba las madrigueras de los otros ratones que hablaban en otras lenguas.

Tenía pocas pertenencias, sólo las que le habían dado en una bolsita el primer día, y que reponían a medida que se le acababa cada provisión: su mono anaranjado, chancletas para la ducha, un gorro de oración, una colchoneta de espuma más una sábana y dos mantas para la cama, una manopla para lavarse, dos toallas pequeñas, un cepillo de dientes corto y grueso que se encajaba en la yema de un dedo, jabón, champú, la alfombrilla de oración y un Corán en una bolsa de plástico.

El retrete era un agujero en el suelo, en un rincón. En otro rincón estaba el lavabo, donde el agua salía en un chorrillo amarillento tan tibia y viciada como el aire. Tenía que agacharse para lavarse las manos, y agacharse más para beber directamente del grifo. Los halcones no le daban vaso porque decían que era un peligro para la seguridad. Podrías usarlo para arrojarnos tus excrementos y orines como hiciste anteriormente. Él no lo recordaba, pero no tenía razón para pensar que no fuese cierto. O podrías hacer algo con él, incluso un arma. Le dijeron que el lavabo era bajo para que pudiera lavarse los pies más cómodamente para rezar.

Pero Adnan ya no se preocupaba de las abluciones, porque la piedad ya no motivaba sus rezos. Había sido religioso en Yemen, y todavía más en Afganistán, cuando perdió las esperanzas de aventura ante los cañonazos y la penuria. Siempre que se acercaba la muerte, Dios parecía acechar detrás de él como un aliento cálido en la nuca. Pero en este lugar sólo sentía a Dios como una ausencia, un vacío. Dios, en su infinita sabiduría, había escapado y no se había llevado a nadie con él, desvaneciéndose en los vapores del calor sin una palabra. Así que la oración se convirtió en una simple rueda del reloj interno de Adnan y, cuando coincidía con la hora de comer, le indicaba la hora aproximada del día.

En un mundo sin horizontes, bajo un cielo sin estrellas, la orientación temporal era su salvación. La rueda de su día giraba así: oraciones del amanecer, desayuno, ducha (sólo una vez a la semana), llamada para los enfermos, oraciones del mediodía, almuerzo, media hora en el patio de ejercicios, llamada para el correo, oraciones del crepúsculo, cena, oraciones de la noche…

Por D. Fesperman
Con información de The Prisoner of Guantánamo

©2018-paginasarabes®

Seis historias poco conocidas del penal de Guantánamo

Amanece en la prisión estadounidense de Guantánamo (Cuba), en 2013 ©quality
Amanece en la prisión estadounidense de Guantánamo (Cuba), en 2013 ©quality

EEUU realiza el mayor traspaso de presos aprobado en el mandato de Obama, que prometió cerrar la cárcel hace seis años.

Los atentados del 11-S en Nueva York desencadenaron en Estados Unidos una doctrina de guerra preventiva contra el terrorismo que se materializó en la prisión de Guantánamo, en Cuba. El Gobierno del republicano George W. Bush abrió el centro en 2002, sorteando las salvaguardas internacionales, para albergar a sospechosos de terrorismo. Obama prometió que lo cerraría en 2010, pero seis años después, el centro de detenciones de Guantánamo sigue abierto. El Gobierno estadounidense ha trasladado a 15 de sus detenidos a Emiratos Árabes, el mayor traspaso aprobado durante su mandato. Pese a ello, el penal aún mantiene a 61 reclusos —ha llegado a albergar unos 780 presos— y no tiene visos de cerrar en un futuro próximo. El Congreso ha rechazado permitir el traslado a EEUU de aquellos reos considerados demasiado peligrosos para ser liberados. A continuación, un repaso por seis hechos sorprendentes de los 14 años de historia de la prisión.

EE UU ‘subastó’ reos de Guantánamo a varios países

Al día siguiente de ser investido presidente en 2008, Barack Obama se comprometió a cerrar en enero de 2010 el penal situado en Cuba. La filtraciones de Wikileaks revelaron después que el Gobierno estadounidense inició entonces duras negociaciones con varios países para que estos recibieran a presos. Entre ellos estaba España: la Administración Obama llegó a ofrecer al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero 85.000 euros por cada uno de los cinco presos acusados de terrorismo que España se había comprometido a acoger para mejorar las relaciones bilaterales. EE UU ofreció dinero a varios países europeos por los presos menos peligrosos, pues necesitaba con urgencia que acogieran a los que no podían repatriar a sus lugares de origen por posibles violaciones de derechos humanos: unos 60 de los 241 que había entonces en Guantánamo.

mohamedou_ould_slahi

Mohamedou Ould Slahi, el preso que se convirtió en cronista del horror

Este mauritano de 45 años lleva 14 años detenido en la prisión de Guantánamo. A día de hoy, espera su liberación, que un juez federal americano ya ordenó en 2010. Ould Salhi, cuyos vínculos terroristas con Al Qaeda no han sido demostrados, decidió relatar en el verano de 2005 su experiencia en el campo de prisioneros. El resultado fue Guantanamo Diary, un espeluznante recuento de los aberrantes abusos que sufrió, que fue finalmente publicado —aunque parte del relato está censurado— en 2015 tras años de batallas legales. El preso fue seleccionado para el programa de Proyectos Especiales, aprobado personalmente por el secretario de Defensa de George W. Bush, Donald Rumsfeld. Un trato «especial» que incluía dejarle sin comer ni beber agua durante muchos días para luego forzarlo a comer hasta que vomitara, privarle del sueño u obligarlo a escuchar toda la noche, de pie; por ejemplo, canciones de heavy metal a todo volumen.

mohammed_ali_abdullah_bwazir

El recluso que prefirió Guantánamo a un traslado a Europa

El yemení Mohammed Ali Abdullah Bwazir cumplió en mayo 14 años —de sus 36 de vida— en el centro de detención norteamericano. El preso se negó en enero, instantes antes de subir al avión, a ser trasladado a un país europeo que no ha sido revelado, en el que quedaría en libertad. «La mayoría de hombres en Guantánamo harían lo que fuera por salir y se hubieran ido felices a ese país europeo”, dijo su abogado John Chandler, que aseguró que su cliente solo quiere ir a un país árabe. Bwazir fue arrestado en 2001 en Afganistán bajo el argumento de haber recibido entrenamiento de Al Qaeda, aunque no ha sido formalmente acusado de ningún cargo y se ha declarado dos veces en huelga de hambre por su detención indefinida. Su abogado explicó que Bwazir está deprimido y se mostró «reticente a aventurarse en un mundo nuevo» porque Guantánamo es su mundo y teme lo desconocido.

Programa ‘Penny Lane’: presos reclutados como agentes dobles

No lejos de las oficinas administrativas del centro de detención de Guantánamo, la CIA construyó ocho pequeñas viviendas que fueron bautizadas como El Marriot por las comodidades que ofrecían, frente a las miserables condiciones del penal. La explicación: un plan ejecutado por la CIA entre 2003 y 2006 para convertir en agentes dobles a algunos de los más peligrosos reclusos de Al Qaeda, según informaron en 2013 algunos funcionarios retirados y en activo. Presos de «alto valor» que recibían un trato de favor que incluía vivir en estos bungalows con cocina privada, ducha y televisión —algunos incluso recibieron material pornográfico—. El objetivo del plan era infiltrar a esos reclusos a sueldo en las células terroristas en las que participaban en sus respectivos países y convertirles en informantes del Gobierno norteamericano. No existen datos del número de reclutados, pero se estima que no se consideró a más de una docena, y solo un pequeño número acabó trabajando para la CIA.

reclusos_en_uruguay

Reclusos rehabilitados en Uruguay

El país sudamericano —que entonces presidía José Mujica— acogió a finales de 2014 a seis presos de Guantánamo declarados por EE UU como «de baja peligrosidad». Una vez en libertad —tras diez años de detención sin cargos—, el cambio de estos cuatro sirios, un palestino y un tunecino fue impactante. A los pocos días se mostraron paseando por Montevideo afeitados y en camisa, una imagen que contrastaba con la que lucían, embutidos en un mono naranja, en el penal. Los seis comenzaron a aprender español y recibieron hasta 30 ofertas laborales, según el sindicato que los acogió. Eran muchos los que les visitaban para donarles ropa, alimentos y distintos objetos. Los seis de Guantánamo se ganaron la simpatía de la sociedad uruguaya. Tanto es así que cinco meses después la mitad de ellos tenía pareja y dos se casaron en junio de 2015 con sendas uruguayas convertidas al Islam. Pese a ello, su adaptación pasó por altibajos y algunos medios les acusaron de ser demasiado recelosos y rechazar ofertas de trabajo. El presidente entrante Tabaré Vázquez, anunció según llegó al poder —en marzo de 2015— que Uruguay no recibiría más presos de Guantánamo.

ultimos_uigures_guantanamo

La salida de los últimos uigures

Uno de los mayores envíos de presos desde Guantánamo fue el de 17 chinos musulmanes, pertenecientes al grupo étnico uigur de la región autónoma de Xinjiang (extremo occidental de China), que fueron trasladados en 2009 hasta el remoto Palaos, una turística nación insular del Pacífico Norte. El entonces presidente de Palaos, Johnson Toribiong, lo definió como un «gesto humanitario que permitirá que puedan reanudar sus vidas con la mayor normalidad posible». Un gesto que no salió gratis: Washington destinó una partida de 200 millones de dólares (142 millones de euros) al desarrollo de este antiguo territorio de EE UU, de apenas 21.000 habitantes, según fuentes oficiales. Fueron los últimos uigures, a los que EE UU no consideraba «combatientes enemigos», en salir de Guantánamo. Antes lo habían hecho otros cinco compatriotas a Albania, en 2006. Esta etnia formaba parte del contingente de prisioneros que el país norteamericano no quería enviar a sus países de origen por posibles violaciones de derechos humanos, y por los que ofreció sumas de dinero a varios Estados.

Con información de El País

©2016-paginasarabes®

Crónicas:injusta prisión en Afganistán y Guantánamo

Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.
Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.

Viajé a Zarqa en Nochebuena (Zarqa, de «Zarqawi», ya que es la ciudad natal del más reciente coco de Estados Unidos). Se trata de un gris y paupérrimo poblado jordano preso de las ventiscas y ubicado al sur de Ammán.

El hombre al que fui a ver era palpablemente inocente de todo crimen, incluso cuenta con un documento del ejército estadunidense que lo comprueba, pero aún así pasó dos años de su vida encerrado en Afganistán y en Guantánamo. La historia de Hussein Abdelkader Youssef Mustafá dice mucho de la «guerra contra el terror» y de los abusos que ésta trae consigo.

Es un hombre delgado y aspecto de asceta, con larga barba entrecana. Sentado en el suelo de concreto de la casa de su hermano, usaba una capa, un gorro de lana y anteojos sin armadura. Es palestino de nacimiento pero vivió en Pakistán desde 1985 y trabajó en una escuela cerca de Peshawar enseñando a afganos que habían huido de la invasión soviética de 1980. Visitó Afganistán sólo en una ocasión, en 1988, para enseñar en una escuela cerca de Mazar e Sharif.

El 25 de mayo de 2002, soldados paquistaníes y policías vestidos de civil irrumpieron en su casa, lo amarraron y lo guiaron hacia la calle donde Mustafá vio a un hombre y a una mujer vestidos de civil –él supone que eran agentes de la FBI-, para después dejarlo durante 10 días en la vieja prisión de Khabiar.

Ahí fue interrogado por un estadunidense rubio que hablaba árabe y después lo llevaron al aeropuerto de Peshawar, desde donde fue trasladado, junto con otros 34 árabes -lo cual es ilegal según el derecho internacional-, hasta la base estadunidense de Bagram, en Afganistán.

«Nos llevaron encapuchados en el avión y cuando llegamos nos desnudaron y nos dieron overoles con números. Yo era el 171 y estuve dos meses bajo interrogatorio», me dijo Mustafá. «Lo hacían estadunidenses con uniforme pero sin nombre. Querían saber de mi vida, de los afganos que conocía; me preguntaban de dónde venían unos pasaportes falsos. No sabía nada de esto. Les hablé de mí. Les dije que era inocente. Me hicieron quedarme parado sobre una pierna en el sol. No me dejaban dormir más de dos horas. Como inodoro teníamos un barril que usábamos delante de todos».

Mustafá me aseguró que las autoridades jordanas le dijeron que no hablara de sus experiencias con nadie. Sin duda, los estadunidenses dijeron a los jordanos que lo callaran. Sin embargo reconoció: «Mis torturas no fueron tan malas como las de otros. Me insertaron un palo de escoba por atrás, me golpearon muy duramente y me empaparon antes de colocarme delante de un acondicionador de aire».

¿Por qué le hicieron esto los estadunidenses? «Si un prisionero no aceptaba cooperar y dar detalles en Bagram, los abusos que se le infligían dependían de si su interrogador lo creía culpable. Para lograr la calificación de ‘no culpable’ a sus ojos, uno tenía que soportar un largo periodo de abusos físicos».

Después de dos meses y 15 interrogatorios, uno de los estadunidenses le dijo que lo creía inocente. «Me preguntó: ‘Has visto Cuba en la televisión. Te voy a hacer prisionero de ahí. Lo siento mucho, pero no está en mis manos. Tendrás que ir a Cuba'».

Agregó Mustafá: «Nos ataron, vendaron los ojos, esposaron y nos unieron a todos con cadenas. Además, nos pusieron anteojos oscuros para que no pudiéramos ver. Nos cubrieron la boca y las orejas, y casi no podía respirar. Me metieron tres o cuatro pastillas en la boca; eran drogas. En el avión sentí que siempre estaba durmiendo y despertando. Nos tomó 24 horas llegar a Cuba. Cuatro horas después de salir de Bagram aterrizamos para cambiar de avión».

¿Habrá sido Diego García? ¿Sería ésta la misteriosa base aérea militar? Estos musulmanes encadenados, encapuchados y drogados, ¿habrán sido trasladados vía nuestra base Diego García?

Mustafá dice que fue tratado con menos dureza en Guantánamo. Uno de sus interrogadores era un iraquí estadunidense. «Primero estuve encerrado y aislado en un cuarto hecho de metal. Hasta el suelo era metálico. Sólo había una rendija en la puerta. Constantemente revisaban los informes que tenían sobre mí, haciéndome una y otra vez las mismas preguntas. ¿Por qué era maestro en Pakistán? ¿Para qué había ido a Afganistán?»

A veces, «en las regaderas mujeres soldados nos veían desnudos. Nos afeitaron las barbas. Si no obedecíamos rápidamente nos rociaban la cara con aerosol paralizante. En Bagram golpeaban a los hombres con palos. Aquí no hacían eso, pero muchos trataron de suicidarse en Guantánamo. Recuerdo al menos a 30. Veíamos que se habían ahorcado y gritábamos: ‘Soldados, vengan rápido’, y luego veíamos como los descolgaban».

En total, Mustafá pasó 20 meses en Cuba y en los últimos 10 nadie le hizo una sola pregunta. «Un día me hicieron una prueba con detector de mentiras, exámenes médicos y me midieron para saber mi talla de ropa. Me dieron un pantalón de mezclilla, una chamarra y zapatos deportivos. Tres días más tarde un intérprete estadunidense me dijo que nos íbamos. Le pregunté a dónde, y respondió: ‘No tengo idea, pero ya no tenemos nada que hacer contigo'».

Cinco días más tarde, encapuchado y atado, Mustafá abordó un avión junto con un iraquí, un turco y dos tadyikos, y voló de regreso a Bagram. Le fotografiaron el iris de los ojos. «Nos dijeron que ahora éramos ‘huéspedes’, pero pasé otros cuatro meses en Bagram. Luego, un oficial estadunidense vino a vernos y dijo: ‘Como ustedes saben, fuimos objeto de un enorme ataque y miles de nuestros conciudadanos fueron asesinados. Por eso arrestamos a todas estas personas. Ahora volverán a sus países de origen como cualquier otro ciudadano y no tendrán que enfrentar ningún problema posterior’. Y eso fue todo. Ni una sola disculpa, nada. Me llevaron de regreso a Ammán».

Se le entregó a Mustafá un documento de la fuerza de tarea conjunta 76 en Bagram. «Se ha determinado que este individuo no implica amenaza para las fuerzas armadas de Estados Unidos o sus intereses en Afganistán. Este individuo ha sido liberado cerca de la localidad en que fue capturado».

La Cruz Roja confirmó la excarcelación de Mustafá en un documento que decía que el lugar de su nacimiento era «Silat al Hatezia, Palestina». Pero a los estadunidenses no tuvieron el valor. Al enfrentarse al pequeño problema de que su prisionero no nació en Pakistán, por lo que obviamente se pusieron nerviosos. ¿Iban a atreverse a poner en el documento la palabra «Palestina». Claro que no. Así que junto a la especificación «País de origen» escribieron «Cisjordania».

Mustafá está desempleado y vive con su familia en Zarqa, pero no tiene futuro. Le robaron dos años de su vida y su historia, por vergonzosa que sea, ya es tan rutinaria que se olvidará fácilmente. Cuando la Cruz Roja denunció ante mí en 2002 que Mustafá había sido trasladado ilegalmente de Pakistán a Afganistán, escribí de ello en The Independent. Ni un periódico retomó la historia. Esto dice mucho del mundo ilegal en que George W. Bush pensaba que debíamos vivir.

El 11 de septiembre se ha vuelto un artículo para la legislación. Nos permite arrestar a quien queramos en cualquier país que se nos antoje. Es el homenaje de Bush a los muertos en el World Trade Center, el Pentágono y Pennsylvania. Golpizas, abusos, el encarcelamiento de inocentes; esto sólo queda claro en el caso de Mustafá porque contamos con la información, y de todas maneras, que se vaya al diablo. Si hasta podemos inventar un nuevo nombre para el país de origen de un prisionero. Cisjordania, desde luego.

Por Robert Fisk
Con información de The Independent y La Jornada
Traducción de Gabriela Fonseca

©2015-paginasarabes®

Adnan Al-Hamdi – Un yemení preso en Guantánamo

Preso en Guantánamo
Preso en Guantánamo

… En Guantánamo, el tema de su discusión aquella noche era un yemení de diecinueve años, Adnan Al-Hamdi, el proyecto preferido de Falk, aunque sólo fuese porque no hablaba con nadie más. Adnan había sido capturado en Afganistán hacía casi dos años en una escaramuza al oeste de Jalalabad. Él y otros sesenta yihadistas inadaptados de Pakistán, Chechenia y los Estados del Golfo habían sido capturados por los combatientes tayikos de la Alianza del Norte, tras la precipitada retirada de los talibanes hacia el sur. Pasaron seis semanas pudriéndose en una cárcel provincial hasta que los estadounidenses los descubrieron. Adnan atrajo especial interés, sobre todo porque un compañero de viaje, un viejo paquistaní excitable, juró que Adnan era un cabecilla. Y él, con sus respuestas monosilábicas habituales, no se esforzó en confirmarlo o negarlo, así que cayó en la red, uniéndose a una de las primeras hornadas de importaciones a Guantánamo. Llegó con los ojos vendados y vestido con un mono en el vientre de un avión de carga estruendoso, en la época en que el centro de detención era una instalación rudimentaria de jaulas para simios llamado Campo Rayos X.

Cuando llegó Falk más de un año después, los loqueros residentes de Gitmo (el equipo asesor de especialistas en comportamiento llamado Biscuit) habían dado a Adnan por una causa perdida. No hablaba y tiraba regularmente sus heces a los guardias, a veces después de mezclarla con pasta de dientes y puré de patatas.

Así que se lo endosaron a Falk, cuya especialidad lingüística era precisamente el dialecto de Sana, la ciudad natal de Adnan, sólo porque había visitado el lugar cuando el FBI investigó la explosión del buque estadounidense Cole en el año 2000.

Falk emprendió la tarea de someter al joven con rumores y mentiras, historias adornadas con pinceladas coloristas que recordaba de las polvorientas callejuelas de Sana. Al poco tiempo, Adnan empezó a escuchar en vez de gritar o taparse los oídos con las manos, como solía hacer antes. Incluso hablaba de vez en cuando, aunque sólo fuese para corregir pequeños errores de interpretación de Falk. El progreso fue lento, pero Falk sabía por experiencia que la dificultad en una etapa tan temprana no significaba que no quedaran puntos vulnerables. A diferencia de la mayoría de los detenidos, Adnan ni siquiera podía dejarse crecer una barba completa, y a Falk le parecía casi conmovedor la pelusa de su mentón, como la florescencia desnutrida de un jardín abandonado.

Tal vez Falk reconociese en Adnan a otro solitario. Porque de hecho también él estaba solo en el mundo a sus treinta y tres años. No tenía esposa ni hijos ni perro, ni ninguna novia que le esperara en Washington. Figuraba como huérfano en el registro del personal del FBI, una conclusión deducida de una mentira que le había dicho hacía quince años al oficial de reclutamiento de la infantería de Marina de Bangor, Maine, por resentimiento y por el deseo del fugitivo de una ruptura total.

Y, debido a su actitud independiente y a su progreso con Adnan, había adquirido fama de tener el tacto preciso para los detenidos desorientados en los niveles bajo y medio del Campo Delta. Esto suponía que casi nunca echaba un vistazo a las pocas docenas de detenidos considerados las posesiones más preciadas de Gitmo: lo «peor de lo peor».

En su lugar, se reunía con ancianos solitarios y canosos, o con individuos perturbados de veintitantos años (albañiles, taxistas, zapateros y campesinos) que se habían alistado como soldados de infantería de la yihad, sujetos de dudoso valor informativo, a quienes los escépticos aludían a veces como «campesinos».

En el curso de aquellas sesiones, Falk descubrió las virtudes apaciguadoras de los alimentos (los dulces, sobre todo), y los había empleado con Adnan últimamente. Todavía la semana anterior, una porción de baclava chorreante había propiciado una prolongada discusión sobre técnicas de explosivos, y una descripción bastante buena de su instructor en el uso de armas, que coincidía con la de otro detenido que recordaba el nombre. Era de suponer que otros empleaban el mismo método en algún otro lugar.

Un psicólogo militar del equipo Biscuit definió la técnica de cambiar alimentos por información como «carne para los leones». En el caso concreto de Adnan, se parecía más a dulces y leche tras un largo día de escuela, un convite para serenar el alma y ponerse a hacer los deberes. Falk le había llevado incluso una vez un Happy Meal del McDonald’s de la base.

—Hoy mereces un descanso —le dijo, entregándole una caja de color rojo chillón.

La ironía publicitaria pasó volando sobre la cabeza de Adnan, pero el joven devoró agradecido la pequeña hamburguesa; la mostaza le caía por la comisura de los labios, agrietados por el sol, mientras masticaba.

—Trabaje con él —le dijo un funcionario visitante del Servicio de Información de la Defensa—. Conviértalo en un proyecto personal. Que no intervenga nadie más, y ya veremos cómo va.

Traducción: volverá a casa sólo cuando nos diga lo que sabe, y le corresponde a usted conseguirlo. Lo cual dejaba a Falk dueño del destino del joven, como si dijéramos. Así que aquella misma semana había decidido probar un nuevo curso de acción: despertaría a Adnan de madrugada (una técnica que al Pentágono le gustaba llamar «ajuste del sueño»), con la esperanza de conectar con un flujo de conciencia distinto del diurno.

Falk había llegado a la verja de entrada al Campo Delta a las 2:20. Un policía militar hosco y aburrido verificó su documento de identidad en la lista de visitas programadas y abrió la verja de la primera entrada. Estas operaciones nunca requerían intercambio de nombres. Los interrogadores firmaban el registro con números. Los policías militares, por su parte, se cubrían los nombres con cinta adhesiva para impedir que sus nombres pasaran a una red oscura de Oriente Próximo que pudiera localizar a su familia algún día en Ypsilanti, Toledo o Skokie. Antes de abrir la siguiente puerta, el policía volvió a cerrar la anterior, y repitió la operación en otras dos. Con tanto ruido metálico, parecía que Falk estuviese entrando en un patio trasero suburbano, y daba la impresión de que el lugar fuese una perrera. Y olía como si lo fuera; apestaba a excrementos, a sudor y a desinfectante. Las duchas estaban estrictamente racionadas y no había aire acondicionado que contrarrestara el calor cubano, y cada bloque de celdas hedía como un vestuario que necesitara una buena limpieza.

El lugar podía ser ingobernable de día. Los prisioneros no siempre aceptaban el castigo por las buenas, sobre todo cuando los trasladaban de sitio. Había refriegas, huelgas de hambre y griteríos. Cuando alguien se pasaba de la raya, los guardias recurrían a su versión de ataque aéreo: una fuerza de reacción inicial o IRF. Era una especie de fila de la conga de combate de cinco guardias con cascos, gruesas protecciones, guantes de cuero negro, sprays paralizantes y escudos antidisturbios. Cuando entraban en acción, golpeando rítmicamente las botas en el suelo, los prisioneros contestaban gritando todos a una: Allahu Akbar! (¡Dios es grande!).

Pese a lo mucho que se habla de que Delta es una especie de torre de Babel con sus diecinueve idiomas, las lenguas mayoritarias eran el árabe y el pashto, y quienes llevaban la batuta eran los árabes, que adoptaban un aire despectivo con los adustos pashtunes de las montañas afganas y paquistaníes. Una actitud extrañamente acorde con la de los interrogadores y psicólogos, que consideraban campesinos a casi todos los pashtunes.

Algunos prisioneros árabes se habían convertido en predicadores carcelarios y podían silenciar todos los bloques de celdas con sus sermones, invocando la cólera divina con encendidos versículos coránicos. Eso desquiciaba a los policías militares, aunque Falk encontraba las exhibiciones curiosamente entretenidas, tal vez porque le recordaban a las emisiones radiofónicas de los domingos por la mañana de su infancia, fúnebres advertencias de muerte y condenación entre las interferencias y zumbidos del dial de amplitud modulada.Falk se inscribió para ver a Adnan y luego repasó las notas que había tomado mientras esperaba en una de las ocho cabinas de interrogación idénticas. Su lugar de trabajo no era gran cosa: poco más de 3,5 m2, suelo de linóleo blanco, paneles gris claro y luz fluorescente. Sin ventanas, sólo un espejo-ventana en una de las paredes, que daba a la sala de observación, casi siempre vacía. No había adornos, aunque el ejército había colocado hacía poco carteles de una madre árabe afligida con una leyenda que decía cuánto deseaba que su hijo volviera a casa. Los habían colocado en la pared frente al detenido, y el mensaje implícito era: «El deseo de la madre se cumplirá si hablas». Falk ya se había ganado una reprimenda por quitar uno antes de su última sesión con Adnan. Volvió a hacer lo mismo ahora, lo enrolló bien y lo dejó al lado de la puerta.

Leer Más >>>

Crónica: Guantánamo se ha convertido en un "legado tóxico" para los DDHH

11 de Enero 2012 – DENUNCIA DE AMNISTÍA INTERNACIONAL

guantanamo_ddhh

La continuidad del centro de detención de Guantánamo, en Cuba, supone un «legado tóxico» para los Derechos Humanos, según ha denunciado este martes Amnistía Internacional (AI) con motivo del décimo aniversario del traslado de los primeros detenidos a esta «tristemente conocida prisión estadounidense».

La sección española ha abierto una ciberacción en www.actuaconamnistia.org , en la que se pide al presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que libere a todos los prisioneros que no hayan sido acusados ni procesados con las debidas garantías, que prohíba las comisiones militares, que renuncie a la pena de muerte para algunos detenidos y que lleve ante la justicia a los responsables estadounidenses que hayan cometido violaciones de Derechos Humanos.

Aparte, Amnistía Internacional-España ha pedido al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, que siga reclamando el cierre de Guantánamo y continúe acogiendo a detenidos de la base estadounidense, «tal y como se ha hecho en los últimos años».

En un informe publicado este martes con motivo del aniversario, titulado ´Guantánamo: Una década de daños a los Derechos Humanos´, Amnistía Internacional ha puesto de relieve «el trato ilegítimo» que se inflige a los detenidos de Guantánamo y ha expuesto las razones por las que el centro de detención «sigue representando un atentado contra los Derechos Humanos».

«Guantánamo ha llegado a simbolizar durante diez años la falta sistemática de respeto a los Derechos Humanos por parte de Estados Unidos en su respuesta a los atentados del 11-S», denunció el investigador de Amnistía Internacional sobre Estados Unidos Rob Freer.

«El Gobierno estadounidense ha ignorado los Derechos Humanos desde el primer día de detenciones en Guantánamo, y con el comienzo del undécimo año de vida del centro de detención, esta falta de respeto continúa», añadió. El Ejecutivo de Obama, según AI, ha adoptado el marco de la «guerra» global ideado durante la presidencia de su antecesor, George W. Bush.

171 PRISIONEROS

Pese al compromiso del presidente Obama de cerrar el centro de detención de Guantánamo antes del 22 de enero de 2010, a mediados de diciembre de 2011 el centro albergaba a 171 hombres. Al menos 12 de los trasladados a Guantánamo el 11 de enero de 2002 seguían recluidos en el centro, según la organización. Uno de ellos cumple una condena a cadena perpetua después de ser declarado culpable por una comisión militar en 2008 y ninguno de los once restantes ha sido acusado formalmente.

Al respecto, la organización recordó que el Ejecutivo norteamericano ya dejó claro en enero de 2010 que cabía la posibilidad de que alrededor de 40 prisioneros de Guantánamo no fueran enjuiciados ni puestos en libertad, sino que permanecieran en detención militar indefinida sin cargos ni juicio penal, «en virtud de la interpretación unilateral de Estados Unidos de las leyes de la guerra».

«Hasta que Estados Unidos aborde estas detenciones como una cuestión de Derechos Humanos, el legado de Guantánamo pervivirá con independencia de si se cierra o no el centro de detención», advirtió Rob Freer.

El centro de detención de Guantánamo, según AI, «se convirtió en un símbolo de las torturas y de los malos tratos cuando se abrió, cuatro meses después de los atentados del 11-S». Entre los detenidos que permanecen en el centro en la actualidad figuran algunas personas que fueron sometidas a tortura y desaparición forzada por Estados Unidos antes de ser trasladadas a Guantánamo.

La rendición de cuentas por estos crímenes contra el Derecho Internacional, cometidos en el marco de un programa de detención secreta gestionado por la autoridad presidencial, es «escasa o nula», denunció AI. Aparte, el Gobierno estadounidense ha bloqueado «sistemáticamente» todos los intentos de los antiguos prisioneros para obtener una reparación por estas violaciones.

En diez años, solo uno de los 779 detenidos de la base ha sido trasladado a Estados Unidos para ser juzgado por una corte federal ordinaria. Otros han sido sometidos a «juicios injustos» ante comisiones militares y, en la actualidad, el Gobierno trata de obtener en estos procesamientos militares la pena de muerte para seis de los detenidos, prosiguió la organización.

DERECHO INTERNACIONAL

El Gobierno de Obama ha justificado el incumplimiento de su compromiso de cerrar el centro de detención de Guantánamo con el argumento de que el Congreso no ha garantizado el cumplimiento por parte de Estados Unidos de los principios internacionales de Derechos Humanos relacionados con este asunto.

«En virtud del Derecho Internacional, no se pueden invocar las leyes y la política nacionales para justificar el incumplimiento de las obligaciones contraídas en un tratado», advirtió Freer. «Es una respuesta inadecuada que uno de los tres poderes del Estado culpe a otro de que en el país se vulneren los Derechos Humanos», prosiguió. «El Derecho Internacional exige que se busquen soluciones, no excusas», concluyó Rob Freer.

Fuente: Diario Progresista

Nota de la Bitácora: a punto de finalizar el 2012,y siendo Obama reelecto para un nuevo período,la situación sigue sin cambio alguno.

©2012-paginasarabes®