Archivo de la etiqueta: Arabia Saudita

El inicio de la escritura en el Hiyaz – Al Baladhuri

El estudio de las corrientes históricas nos muestra que en los albores del Islam, no existía en la Península más que algunos individuos, en número muy limitado, que sabían leer y escribir. Al Baladhuri nos relata al final de su libro «Futah al Buldan» (La conquista de las regiones), 1  el inicio de la escritura en el Hiyaz.

«Tres personas se reunieron, Moramir Ibn Mullah, Aslam Ibn Sadzah y Amir Ibn Yadrah 2 . Establecieron una escritura, copiando las letras árabes de las letras sirias. Las enseñaron a las gentes de Al Anbar que las transmitieron a continuación a las del Al Hirah. Bishr Ibn Abdulmalik, hermano de Akidur Ibn Abdulmalik Ibn Al Kindi, gobernador de Dawmatul Yandal 3 , el cual era cristiano, iba y venia del territorio de las gentes de Al Hirah. Es así como aprendió allí su escritura. Más adelante, se dirigió a la Meca para negocios.





Un día, Sufian Ibn Umaiiah -el tío paterno de Abu Sufian– y Abu Qays Ibn Abd Manaf Ibn Zohra Ibn Halek, lo vieron escribir y le pidieron que les enseñara el alfabeto, a lo cual accedió. Los tres partieron enseguida a Ta’if por negocios. Allá, tuvieron por compañero a Guilan Ibn Salmah Al Thaqafi a quien enseñaron el arte de escribir. Bishr les dejó yéndose a Misr (Egipto) donde enseñó este arte a Amri Ibn Zurarah apodado «El Escribiente». Posteriormente, Bishr regresó a Siria donde difundió a otras personas este alfabeto”.

Por Ayatollah Morteza Mutahari


Notas:
  1. Ahmad Ibn Yahya Ibn Yabar Ibn Dawud Baladhuri, historiador y geógrafo, muerto hacia 890.
  2. Ver «Deh Joda, letra alif», p. 2.484.
  3. Hoy Yawf, cerca de Tabuk sobre el Mar Rojo.

©2019-paginasarabes®

Vacuidad – Huda al-Daghfag

Vacuidad

Conturbada,
mis palmas, apagadas.
Parece que es de noche aquí.
O será que el rostro se ha nublado
O que el temor del fin ha llegado.
¿Cómo?
¿Qué provocará el pavor terminal?
Mis manos durmieron y
algo dormitó con ellas.
¿Qué viste?
¿Qué es lo que ve el ciego?
Una llama que atrapa la brasa de sus ojos para que el aceite no languidezca,
ramas de olivo incendiadas de secreto,
un fuego sobre las espaldas;
y cuando mis piernas se extienden, sopló.
Mis oídos no durmieron,
observaron, con disimulo
la entrada de algunos parientes
confabulados con las veredas y las sendas.
Y también con los caminantes.
Mis pies se acurrucaron entre las ropas
y, luego,
comencé a diluirme.
Porque no hay niños que me retraten.
Por eso
me
he
Di… suel…to

Huda al-Daghfag


©2018-paginasarabes®