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Estos son los refugiados que Europa no quiere

Las mujeres sirias con sus hijos hablan entre ellas en el campo de refugiados de Ritsona, a unos 86 kilómetros al norte de Atenas (AP)

Cientos de miles de afganos, iraquíes, pakistaníes, nigerianos o malienses, entre otros, huyen del horror que dejan a su paso los conflictos armados y el terrorismo en busca de una nueva vida en Europa. Sin embargo, la mayoría de los miembros del bloque comunitario rechazan un gran número de peticiones de asilo procedentes de estos países. A ojos de la Unión Europea, no son refugiados ni merecen la protección internacional. Son los denegados.

Afganistán es la segunda nacionalidad en número de refugiados en el mundo, con 2,5 millones de personas

Al margen del caso de los europeos que piden asilo a los 28, como los albaneses o serbios y kosovares, los países a cuyos habitantes más deniega refugio la UE, en términos absolutos y a partir de los datos de Agencia de Naciones Unidas par los Refugiados (ACNUR) del año 2016, son Afganistán, con 41.1637 solicitudes denegadas, Irak (con 35.044), Pakistán (con 27.558) y Nigeria(con 21.427). Todos ellos, con altos niveles de inseguridad y violencia.

Afganistán es la segunda nacionalidad en número de refugiados en el mundo, con 2,5 millones de personas, después de Siria (5,5 millones), y por delante de Sudán del Sur (1,4 millones). Sus habitantes, a diferencia de los sirios, a quienes se les ha concede casi la totalidad de las solicitudes, no siempre son considerados aptos para la protección internacional.

PaísesPeticiones procesadasDenegadasPorcentaje de denegadas sobre el número de procesadas
Mali12.4347.32458,90
Algeria15.2928.75657,26
Iran40.8868.82021,57
Ucrania41.80110.09924,16
Macedonia21.29711.92055,97
Rusia34.73912.81036,87
Bangladesh30.68913.91045,33
Desconocido495.89418.2983,69
Nigeria42.52821.42750,38
Pakistán66.10027.55841,69
Irak162.00235.04421,63
Afganistán169.88841.63724,51
Serbia y Kosovo71.69843.53360,72
Albania66.96146.20769,01

A pesar de ser uno de los países con más solicitudes y de vivir un conflicto armado desde 2001, sus habitantes no cuentan con el amparo del refugio en todos los países de la Unión. En los acuerdos de reubicaciones de 2015, Bruselas dejó fuera a Afganistán del reparto ya que únicamente se tuvieron en cuenta las nacionalidades que, en el conjunto de los 28, tenían un porcentaje de protección superior al 75%. Un trato muy distinto al que recibe Siria que, además de acaparar los focos mediáticos de la crisis de refugiados, alcanzó 824.400 peticiones aceptadas a escala global en 2016.

Los criterios de aceptación de peticiones de asilo no se aplican uniformemente en todo el sistema europeo y esto, alerta la coordinadora estatal del servicio jurídico de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR), Paloma Favieres, lleva a grandes desigualdades y desconciertos, “empezando por los mismos refugiados”. Además, “en Grecia hay más de 20.000 afganos en el limbo: no les dan ni protección internacional, ni los reubican, ni les deportan. Su situación es lamentable”, sentencia la experta. “En CEAR ya alertamos desde el principio de que los afganos no podían estar fuera de la reubicación”, añade.

Alemania es uno de los países que más rechaza a los afganos (aunque también de los que más acoge). La canciller Angela Merkel, que fue la abanderada de la política de acogida en los inicios de la oleada, es ahora la responsable de llevar a cabo expulsiones colectivas de miles de afganos (80.000 en el último año, según el Gobierno alemán).

La política de la líder alemana ha sido duramente criticada tanto por un centenar de ONGs dedicadas a los refugiados como por la población alemana, sobre todo después del mortífero ataque suicida con un camión bomba que el pasado 31 de mayo que dejó más de 150 víctimas e hirió a otras 463 en la zona de alta seguridad de Kabul. Berlíntuvo que aceptar la gravedad de la situación y suspender las deportaciones de forma temporal.

 Albania: 77.198
Serbia y Kosovo: 78.961
Afganistán: 331.190
Irak: 229.659
Paksitán: 92.705
Nigeria: 80.909
Desconocido: 82.508
Bangladesh: 35.208
Rusia: 50.898
Macedonia: 23.165
Ucraina: 34.992
Irán: 69.399
Algeria: 20.408
Mali: 18.829

Respecto a Mali, nacionalidad a la que España rechazó todas las solicitudes, Fervieres explica la política adoptada por el Ejecutivo español: Desde el aumento de solicitudes procedentes de este país en 2012 y 2013, España primero denegó las peticiones a las personas procedentes del sur del país porque entendía que el conflicto estaba en el norte. “Pero ahora la situación se da por normalizada y si se deniegan todas las peticiones”, añade. Entre los otros países que también han sido rechazados se cuentan Argelia, Colombia y Venezuela.

Además, en 2016 España cumplió con solo el 8% del compromiso de reubicación y reasentamiento, cuyo fin de plazo termina en casi tres meses. A nivel europeo el cumplimiento asciende a un 20%. Mientras, 1.800 personas ya han perdido la vida en el mar Mediterráneo en lo que va de año, una cifra que se prevé que supere las más de 5.000 muertes del año pasado.

“Una pequeña minoría de las personas que huyen en el mundo lo hacen a algún país europeo y, sin embargo, la UE es incapaz de cumplir sus compromisos de mínimos y apenas mueve un dedo para que el Mediterráneo se convierta en una fosa común cada vez más grande”, sentenció la secretaria general de la entidad, Estrella Galán, durante la presentación del informe la semana pasada.

Por Gina Tosas
Con información de: La Vanguardia

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Felicidad en Herat – Octavio Paz

Mezquita Azul en Herat, Afganistán

A Carlos Pellicer

Vine aquí
como escribo estas líneas,
sin idea fija:
una mezquita azul y verde,
seis minaretes truncos,
dos o tres tumbas,
memorias de un poeta santo,
los nombres de Timur y su linaje.

Encontré al viento de los cien días.
Todas las noches las cubrió de arena,
acosó mi frente, me quemó los párpados.
La madrugada:
dispersión de pájaros
y ese rumor de agua entre piedras
que son los pasos campesinos.
(Pero el agua sabía a polvo.)
Murmullos en el llano,
apariciones
desapariciones,
ocres torbellinos
insubstanciales como mis pensamientos.
Vueltas y vueltas
en un cuarto de hotel o en las colinas:
la tierra un cementerio de camellos
y en mis cavilaciones siempre
los mismos rostros que se desmoronan.
¿El viento, el señor de las ruinas,
es mi único maestro?
Erosiones:
el menos crece más y más.

En la tumba del santo,
hondo en el árbol seco,
clavé un clavo,
no,
como los otros, contra el mal de ojo:
contra mí mismo.
(Algo dije:
palabras que se lleva el viento.)

Una tarde pactaron las alturas.
Sin cambiar de lugar
caminaron los chopos.
Sol en los azulejos
súbitas primaveras.
En el Jardín de las Señoras
subí a la cúpula turquesa.
Minaretes tatuados de signos:
la escritura cúfica, más allá de la letra,
se volvió transparente.
No tuve la visión sin imágenes,
no vi girar las formas hasta desvanecerse
en claridad inmóvil,
el ser ya sin substancia del sufí.
No bebí plenitud en el vacío
ni vi las treinta y dos señales
del Bodisatva cuerpo de diamante.
Vi un cielo azul y todos los azules,
del blanco al verde
todo el abanico de los álamos
y sobre el pino, más aire que pájaro,
el mirlo blanquinegro.
Vi al mundo reposar en sí mismo.
Vi las apariencias.
Y llamé a esa media hora:
Perfección de lo Finito.

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Afganistán, donde sólo hay guerra encontré paz

Hoy ha sido mi último día de guardia. Tres meses aquí y no lo creo, ha sido una experiencia única. Cuando llegué, el hospital era diferente y no es que en este tiempo haya cambiado, es solo que ahora lo siento parte de mí, le tomé cariño, igual que a la gente que trabaja en él.

A las señoras de limpieza que me saludan cada día con una sonrisa cuando llego al hospital, que me toman la mano, me abrazan y hacen que al entrar al hospital empiece el día con una sonrisa. A las comadronas que visten sus uniformes azules y sus velos. Algunas usan un piercing en la nariz. Aunque cubren su cabello dejan ver sus aretes y van siempre gritando de un lugar a otro, amables y alegres.

También me he encariñado con las pacientes y sus familiares. Ahora ya no me resulta tan extraño encontrar a las abuelas y suegras sentadas en el piso de la entrada de la sala de partos con los recién nacidos entre las piernas, envolviéndolos con mantas y amarrándolos con un lazo de colores que mágicamente hace que dejen de llorar. Es todo tan diferente a México, donde las madres no quieren ni que les de el aire a sus hijos.

Las pacientes con sus vestidos y velos. Casi todas con dibujos de jena en las manos y las plantas de los pies. Alguien me dijo que era una tradición para estar preparadas para la muerte pues nunca se sabe lo que puede pasar. Otros dicen que es solo por estética. Las pacientes casi nunca sonríen. Están serias, ocultan su dolor, algunas solo gritan cuando dan a luz, y otras permanecen calladas junto a sus acompañantes, generalmente las madres de sus esposos.

Cuando paso consulta y las reviso me gusta darles la mano, acariciarles la cara y, aunque no hablamos el mismo idioma, creo que nos comunicamos. Me sonríen y tratan de decirme cosas que casi nunca entiendo, solo puedo saber lo que dicen cuando alguna traductora o colega afgana hace de intérprete.

Muchas veces dicen que rezarán por mí, que soy buena doctora. En ese momento siento que todo vale la pena. Cuando estamos en la sala de parto me gusta tomarlas de la mano y acompañarlas mientras superviso el trabajo de las doctoras o comadronas. Cuando termina y tienen a su bebé, me abrazan, me acarician la cara y sonríen. Nunca pensé que en este país, donde todo el mundo piensa que solo hay guerra, podría encontrar tanta paz y satisfacción.

Al principio, las doctoras me trataban con cierta distancia. Ahora creo que confían en mí, siento que somos un equipo. Me preguntan cosas y discutimos sobre los casos y tratamientos. Creo que también he podido transmitir parte de mi experiencia sobre cómo tratar a las pacientes. No se trata solo del manejo clínico, sino también de reconfortarlas, de hacerlas sentir bien y en confianza; de acompañarlas en un proceso tan importante como el nacimiento de un hijo o una hija.

Tengo ganas de regresar, de volver a Afganistán y a Khost, un proyecto que ocupará un lugar importante en mi memoria porque esta ha sido mi primera misión con MSF y aquí  empecé a cumplir mis sueños. Espero que sea la primera de muchas más salidas a terreno. Me encanta mi trabajo, lo disfruto y me llena de satisfacción ahora más que nunca, porque siento que estoy aportando un granito de arena a este mundo que parece ir de cabeza.

Por Elia E. Martínez Mercado, ginecóloga del proyecto de maternidad de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Khost, Afganistán.
Con información de: El blog solidario

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Amores, geopolítica y negocios: los libros sobre Osama Ben Laden

En «Los Bin Laden. Una familia árabe en un mundo sin fronteras», el periodista norteamericano Steve Coll hace foco en el imperio empresarial creado por Mohammed Ben Laden, un pobre inmigrante yemení¬ que hizo fortuna en la construcción con el patrocinio de la familia real de Arabia Saudita.

Luego la legó a sus más de 20 hijos, entre los que se cuenta a Osama Ben Laden, que mientras mantuvo su condición de criminal más buscado del planeta no opacó la prosperidad de la familia, cuyos negocios siguieron floreciendo impulsados por la suba del petróleo.

El periodista, ganador de un Premio Pulitzer, relata que Osama recibió en 1989 una herencia de 18 millones de dólares en participaciones empresariales y en metálico pero parte de esa fortuna le fue congelada por las autoridades sauditas en 1993, como resultado de sus actividades subversivas.

Otra parte se empleó en sus poco rentables inversiones en Sudán, de donde fue expulsado en 1996, y en subvenciones a diversos grupos yihadistas.

A partir de entonces, el líder de Al Qaeda fue repudiado por su familia y dejó de recibir ingresos provenientes de las empresas del grupo, aunque algunas de las víctimas del atentado a las Torres Gemelas creyeran lo contrario y presentaron una demanda.

Con estos elementos, Coll desmonta una versión difundida por la propia CIA según la cual a fines de los 90 financió con su patrimonio muchas de las operaciones terroristas que llevó adelante la agrupación que lideraba.

Desde un registro más banal, la poetisa Kola Boof, que fue amante de Ben Laden, relata en un texto titulado «Diary Of A Lost Girl: The Autobiography Of Kola Boof» -no editado en español- que el ex líder de Al-Qaeda estaba enamorado de Whitney Houston hasta el punto de tener preparada una estrategia para casarse con ella.

La mujer, que en 1996 compartió parte de su vida con el líder islamista, revela el amor de Osama por la cantante: su intención era gastarse una gran cantidad de dinero para viajar a Estados Unidos e intentar organizar una cita con ella, además de regalarle una mansión que poseía en los suburbios de Jartum.

Según Boof, el líder de Al-Qaeda creía que a la estrella del pop, su esposo Bobby Brown y la cultura norteamericana le habían hecho un lavado de cerebro y por eso planeaba asesinarlo. También detalla que los programas televisivos favoritos de Ben Laden eran «Los años maravillosos», «División Miami» y «MacGyver».

Una de las obras más recientes, sobre el ascenso y ocaso de la figura de Ben Laden, es «Fuera de control», un libro donde el periodista y ex espía ruso Daniel Estulin analiza el accionar de Al-Qaeda y alerta sobre los equívocos y trampas en torno a la llamada «guerra contra el terrorismo».

Estulin acusa al gobierno norteamericano y al inglés de financiar y apoyar a los grupos islamistas y sus atentados, incluyendo los del 13 de noviembre de 2015 en París, donde murieron 130 personas.

«La llamada guerra global contra el terrorismo se ha convertido en uno de los mayores engaños criminales de la historia moderna», asegura el autor, para quien el Reino Unido no sólo es el epicentro y el hogar de decenas de las organizaciones islamistas internacionales más sangrientas, sino que «los terroristas afincados en Inglaterra operan amparados por el gobierno y la Corona británicos».

«La guerra global contra el terrorismo es una invención basada en la mentira y la idea equivocada de que un hombre, Osama Ben Laden, fue más listo que los servicios de inteligencia estadounidenses, dotados de un presupuesto anual de 40.000 millones de dólares. La guerra contra el terrorismo es una guerra de conquista», sostiene Estulin al comienzo de su voluminoso trabajo, que abarca más de 700 documentos analizados.

Desde la Argentina, el periodista Víctor Ego Ducrot también se dedicó a la figura del creador de Al-Qaeda: en su libro «Bush and ben Laden S.A.» despliega de hecho una audaz hipótesis sobre los presuntos móviles que ocultaba por entonces la guerra que Estados Unidos libraba en territorio afgano, a la que definía como el primer conflicto bélico global entre grandes corporaciones financieras.

El autor de «El color del dinero» rastrea cómo las grandes corporaciones financieras utilizan a las naciones como brazos armados al servicio de sus intereses y analiza una serie de fenómenos ligados a los atentados del 11 se septiembre de 2001 en Estados Unidos, como llamativos movimientos bursátiles vinculados a las compañías aseguradoras, enormes ganancias especulativas, una gigantesca operación de lavado y el fortalecimiento de la industria armamentista.

«Lo que está en juego es el tráfico de heroína, el petróleo del Mar Caspio y las rutas de gas barato para la Unión Europea, factores cuyo epicentro es Afganistán. Por otra parte, hay escenarios y personajes similares en materia de intereses económicos tanto en la guerra del Golfo como en los ataques de 1998 de Estados Unidos sobre Irak«, sostiene Ego Ducrot en su texto.

Por su parte, en su obra «Qué es Al Qaeda», el periodista y analista internacional Pedro Brieger afirma que ni George W, Bush ni  Barack Obama, pudieron cambiar la sensación que tienen la mayoría de los árabes y musulmanes de que «hay una guerra contra el islam».

El libro, publicado por Capital Intelectual, está dividido en cinco capítulos que van desde la importancia de la revolución iraní, en 1979, a Afganistán: un territorio muy codiciado, invadido por los ingleses, los rusos y luego por Estados Unidos, tras los atentados del 11-S.

La saga literaria y documental en torno a la figura de Ben Laden se cierra con «Un día difícil», que ofrece en primera persona la narración de un miembro de las fuerzas especiales que mataron al líder islamista en un registro cuya mayor aporte es que da cuenta de la cosmovisión de la sociedad norteamericana en torno a la figura que desató una de las peores tragedias de su historia.

Bajo el seudónimo de Mark Owen, este integrante de los SEAL (fuerzas especiales de la Armada estadounidense) publica una narración pormenorizada sobre la trastienda de la muerte de Ben Laden, aunque no aporta ninguna evidencia nueva ni arriesga una hipótesis distinta a las circularon por los medios en los meses posteriores a la operación.

El ex soldado relata que subía unas escaleras hacia el tercer piso de la residencia de Ben Laden, detrás del primer SEAL en la línea, cuando escuchó dos detonaciones amortiguadas por silenciador. Cuando los miembros del equipo llegaron a la habitación, hallaron al jefe de Al Qaeda en el suelo «con sangre y los sesos fuera del cráneo» y a dos mujeres que gritaban aterrorizadas.

El libro llevaba vendidos más de 2 millones de ejemplares cuando desató múltiples controversias durante su publicación, entre ellas una acusación del Pentágono al ex militar por incumplir el compromiso de confidencialidad que había firmado con el organismo

Por Julieta Grosso
Con información de Telam

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Amenazas y desafíos: primera orquesta de mujeres de Afganistán

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

Las 35 jóvenes de la primera orquesta femenina de Afganistán se han aprendido al dedillo el solfeo para tocar ante los ricos y poderosos del mundo en el Foro de Davos.

La orquesta “Zohra“, compuesta por jóvenes de entre 13 y 20 años, muchas de ellas de familias humildes, tocaron en la clausura del Foro Económico Mundial que reúne cada invierno en Suiza a unos 3.000 dirigentes mundiales.

Primer concierto en el extranjero de esta orquesta fundada unos meses atrás en un país en guerra desde hace casi 40 años. Interpretará únicamente temas clásicos afganos.

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

Con el ceño fruncido, muy concentradas en los instrumentos, las chicas ensayan bajo la batuta de Negina Khpalwak. Esta joven de 20 años ya es todo un símbolo. “La primera directora de orquesta del país“, afirma, orgulloso, el doctor Ahmad Sarmast.

Musicólogo y trompetista, fundador del Instituto Nacional de Música (Anim) y padre de la orquesta Zohra (Venus en árabe y en persa), el doctor Sarmast ya fue víctima de un atentado. Y es que desafía una doble prohibición.

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

Su formación se costeó con la ayuda del Banco Mundial y de donantes extranjeros. Es “probablemente la primera orquesta femenina del mundo musulmán“, al menos de música clásica, afirma.

Un auténtico desafío a las fuerzas oscurantistas que, 15 años después de la caída del régimen de los talibanes, siguen relegando las mujeres a un segundo plano y considerando la música como una perversión, pese al rico patrimonio afgano.

Amenazas de muerte

Zohra nunca tocó fuera de Kabul. “Para las afganas todo es muy difícil, algunos padres siguen prohibiendo a sus hijas ir al colegio“, explica Negina. “Para ellos las niñas deben quedarse en casa y hacer la limpieza“.

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

“En mi casa, con la excepción de mis padres, todos se oponían. Mi abuela advirtió a mi padre: ‘Si dejas que Negina vaya a la escuela de música, dejas de ser mi hijo“.

Desde entonces se rompieron los vínculos familiares y los padres de Negina se fueron de la provincia de Kunar, en el este, para vivir con la joven en Kabul. “Más vale eso que morir“, cuenta ella. Uno de sus tíos incluso amenazó con matarla si la ve. “Nos avergüenzas“, le soltó.

Negina aspira un día a obtener una beca en el extranjero “para estudiar, estudiar y volver como directora de la orquesta nacional de Afganistán“, lo que sería toda una hazaña.

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

En 2016, según la oficina nacional de estadísticas, sólo el 36% de las afganas menores de 25 años fueron a la escuela.

“Aquí, si no te alzas contra la sociedad, no tienes futuro. Yo quiero abrir el camino para otras“, afirma categórica Negina.

Las chicas de la orquesta Zohra se dan cuenta de la ocasión que se les presenta para cambiar de destino. Algunas fueron niñas de la calle, sin techo. El instituto recluta a la mitad de sus efectivos entre la población más marginada.

‘I Love Michelle Obama’

A sus 18 años, Zarifa Adiba, violinista, ya tocó con el Instituto Nacional de Música en el Carnegie Hall de Nueva York.

Ahora, durante los ensayos, esta bella joven de la minoría chiita Hazara es quien transmite calma a sus compañeras, muy nerviosas.

Orquesta Zohra  ©Anne Chaon afp

“Vivir en Afganistán en la actualidad es temer cada minuto por tu vida ¿Dónde y cuándo será la próxima explosión? Como música, el peligro es todavía mayor“. Pero Zarifa, cuya madre nunca fue a la escuela, está convencida de que “su generación debe cambiar la mentalidad” de la sociedad.

“Nosotros somos los que tenemos que hacer algo por este país, se tardará una generación en cambiar las cosas“, piensa la joven, que se apasionó por la música mirando la televisión. “Ahora quiero irme a estudiar a Yale, Harvard o Stanford y ser una buena persona. Pero prometí volver luego“.

“¿Irá Michelle Obama a Davos?“, pregunta, cruzando los dedos para que la primera dama saliente acuda al foro. “La adoro, cuando la oigo, me siento orgullosa de ser mujer“.

Para el doctor Sarmast, estas jóvenes son las mejores embajadoras para demostrar que Afganistán “sabe implicarse en favor de la diversidad musical y cultural“.

Por Emilio Contreras
Con información de BioBioChile

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Diario de Lahcen Ikasrrien, yihadista marroquí

Lahcen Ikassrien, en el momento de su detención en 2014 en Madrid ©Álvaro García
Lahcen Ikassrien, en el momento de su detención en 2014 en Madrid ©Álvaro García

Un marroquí que reclutaba voluntarios para Al Qaeda relata sus andanzas en Afganistán.

“El hermano checheno fue alcanzado por una bala que le atravesó el estómago y alcanzó la columna vertebral». Yo le había traslado sobre mis espaldas hasta el centro donde se encontraban los hermanos y durante el trayecto los francotiradores nos disparaban. Él me decía que le dejara y escapara para salvarme. Yo le contesté: ¿cómo voy a dejarte y salvarme cuando tú estabas luchando y arriesgando tu vida por tus hermanos? Y me contestó: «ojalá lo supieran”.

Así describe Lahcen Ikasrrien, de 49 años, alguna de sus peripecias en Afganistán en un diario que niega haber escrito, pero que entre otras pruebas ha servido a los jueces para condenarle a 11 años y seis meses de prisión por dirigir como emir (jefe) desde Madrid un grupo salafista que envió a varias personas a luchar a las filas del Frente Al Nusra, filial de Al Qaeda, y del Estado Islámico (ISIS) en Siria. Dos de ellas murieron.

Ikasrrien, un marroquí residente en España desde hace dos décadas, es un tipo tímido que habla un perfecto español. Los jueces le acaban de condenar por integración en organización terrorista y, según la sentencia, descubierto un rosario de mentiras sostenidas durante años. Cuando regresó a España tras un calvario de cinco años de cárcel y torturas en la prisión de Guantánamo logró ser absuelto en la Audiencia Nacional. En los numerosos encuentros que mantuvo con este periódico juró que nunca había luchado como muyahidin junto a los talibanes ni participado en acciones terroristas cuando en el año 2000 fue detenido en Afganistán. “Allí compré un taxi y una carnicería que me regentaban unos afganos”, afirmaba sentado con una taza de té en un bar del barrio madrileño de Lavapiés. El diario que reproduce hoy EL PAÍS ha sido una de las pruebas en las que se han apoyado tres magistrados para condenarle.

“Nací y me críe en un hogar religioso y conservador donde aprendí de memoria el Corán con solo 11 años. Vivíamos sometidos porque el Gobierno se había apropiado de todas nuestras tierras con el pretexto de que eran para un bien general. Tras el acoso, toda mi familia tuvo que trasladarse a otras ciudades y nos convertimos en extraños cuando somos los autóctonos y la historia es testigo de que fueron nuestros padres quienes expulsaron de nuestras tierras al colonizador español”, arranca el diario.

Lahcen afirma que siguiendo el consejo de su padre se trasladó a Madrid en busca de trabajo donde terminó en una cárcel por tráfico de drogas. “Mi vida sufrió una transformación por las diferencias culturales… Entré en el campo de la venta de hachís y eso me llevó a la cárcel tras una condena de 4 años, pero gracias a Dios ha sido un motivo para cambiar el cauce de mi vida, me arrepentí y decidí encaminar mi vida hacia Allâh gracias a la amistad con unos hermanos. La cárcel fue mi escuela donde aprendí mucho…” “Cuando salí decidí no volver a la situación anterior a la prisión, la desviación y los pecados que me llevaron a la cárcel. Decidí cambiar de ambiente y de lugar y busqué un país donde vivir en el Islam y en una sociedad islámica. Y solo encontré Afganistán como refugio y me encomendé a Allâh”.

El salafista marroquí, natural de Alhucemas, describe su viaje a Turquía en el 2000 rumbo a Afganistán donde le detuvieron y dieron 48 horas para abandonar el país. No cuenta que junto a él fueron también detenidos tres de sus amigos: Amer el Azizi, Said Berraj y Salahedin Benyach. Años después todos acabaron mal: Azizi muerto bajo las bombas de un avión Predator de EE. UU. en Pakistán, Benyach preso en Marruecos y Berraj huido tras participar presuntamente en la matanza del 11-M. Desde Estambul “viajé a Siria y de ese país llegué a Afganistán. Allí encontré todo aquello que buscaba: el Islam, un país islámico, Gobierno y un pueblo que me recibió y me acogió como hermano…” “Me acogieron con generosidad…. que Allâh les devuelva la bandera de su Califato”.

Ikasrrien describe su paso por Kabul donde convivió con “numerosos hermanos muyahidines árabes” y como se trasladó hasta hasta Jouj donde su misión consistió en controlar las fronteras del Califato y se enfrentó a las fuerzas de Al Mesaud (Ahmed Shah Massud , dirigente de la Alianza del Norte que combatió a los talibanes). “Conseguimos matar a 10 de los suyos y la destrucción de un tanque y un blindado. Por nuestra parte cayó herido uno de los hermanos de origen uzbeko y tres heridos de origen árabe… Los enfrentamientos esporádicos entre nuestras fuerzas y las suyas no cesaban porque se llevaban a cabo cada 24 horas. Las armas con las que nos atacaban eran tanques de última generación y armamento sofisticado. Entre las armas utilizadas contra nosotros había de fabricación iraní, especialmente misiles y tanques rusos….”. “ Tras la participación en estas batallas aprendimos como se trata con los enemigos en el campo de batalla…”

Lahcen Ikasrrien en su ficha policial al regresar de Guantánamo
Lahcen Ikasrrien en su ficha policial al regresar de Guantánamo

El ex preso de Guantánamo que siempre había negado su participación en actividades armadas en Afganistán dedica parte de su diario para glosar con admiración presuntas hazañas bélicas de alguno de sus hermanos árabes. “He presenciado como uno de los hermanos que procedía del Golfo Arábigo salía de su posición para disparar con sus Kalashnikov al enemigo a cuerpo descubierto para matar a dos de ellos y arrebatarles sus armas y volver sano y salvo, hecho que sorprendió al resto de los hermanos por su valentía…. En esta operación también se encontraba uno de los hermanos yemenitas famosos que había participado en numerosas operaciones militares en Bosnia, Chechenia, Yemen y Afganistán y con la bendición de Allâh consiguió alcanzar y destruir un tanque enemigo y provocó su retirada por las numerosas bajas sufridas y el número de heridas en sus filas. A esta operación le puse el nombre de Nescafé porque estábamos preparando el café para desayunar..”

Lahcen describe, también, el asesinato de Massud, el dirigente de la Alianza del Norte que combatía a los talibanes. “Fue una sorpresa para nosotros porque vimos muchos disparos al aire y más tarde supimos que eran expresiones de júbilo y alegría por la muerte del enemigo de Allâh..” “En esos días recibimos la visita del dirigente de los hermanos uzbekos Taharjan y el emir militar Jamas Jay, emir de los hermanos de la zona norte que posteriormente murió durante la retirada. En esa época pudimos observar que había aviones americanos que sobrevolaban el espacio en sus ruedas de reconocimiento que tomaban imágenes de las zonas en las que nos encontrábamos. En esos días ocurrieron los atentados del 11 de septiembre. Nuestra alegría fue inmensa al recibir la noticia y todos deseamos haber estado con esos hermanos por todos los sufrimientos que injustamente padecemos por parte de América….” Antes de su última detención Ikasrrien había manifestado a este periódico estar en contra de la violencia.

En la parte final de su relato el muyahidín describe con detalle las bajas de dos de sus compañeros de filas y se convierte en protagonista. “Me encontraba en un frente que hizo una fuerte resistencia contra el enemigo y tuvimos a dos hermanos entre nuestras bajas, Abusalim el checheno, y el hermano Al Gahgah, el yemení que Allâh los tenga en su gloria».

Ikasrrien se describe a sí mismo como el emir (jefe) de un grupo de seis personas “sedientas y hambrientas” que “bajo el intenso bombardeo y hostigamiento del enemigo” caminó por el desierto durante 90 kilómetros en dirección a la ciudad de Kunduz. Según su relato le acompañaban dos pakistaníes, uno de ellos menor de edad, dos saudíes, uno de 16 y otro de 19 años, y Mohamed, un afgano que hacía de intérprete. Asegura que los jóvenes saudíes murieron como “mártires” y termina su diario describiendo en varios folios su llegada a la ciudad de Kunduz y la negociación de los talibanes con Dostum (el general uzbeco Abdul Rashid Dostum) para pasar a la zona de Herat Mazar-i- Sharif. “Se ordenó la salida de Kunduz, lo cual es un error militar enorme”, concluye. El diario inacabado termina así: “en nombre de Allâh clemente y misericordioso. Soy Lahcen Ikasrrien”.

En 2006 este hombre reveló a EL PAÍS las torturas sufridas durante varios años en Camp Five, el campo más duro de la prisión de Guantánamo adonde le condujeron los militares norteamericanos después de ser capturado en la fortaleza de Qila-i-Jhangi, a las afueras de Mazar-i-Sharif, donde la rebelión de los mercenarios extranjeros que ayudaban a los talibanes terminó en una masacre de 600 presos, denunciada por la ONU. Él era uno de ellos y sobrevivió, aunque el impacto de un misil norteamericano le reventó una mano y un brazo que mostraba con orgullo. Este fue uno de los episodios más trágicos de la invasión norteamericana en Afganistán. También describió por primera vez las visitas secretas de policías españoles que acudieron a Guantánamo para interrogarle.

Lahcen relató los malos tratos sufridos en Kandahar donde antes de ser traslado a Cuba un soldado le colocó en su mano derecha una pulsera en la que se leía :“Animal número 64”. Un avión militar lo devolvió a España en julio de 2005 junto al denominado talibán ceutí, Hamed Abderramán y tras obtener la libertad se casó y tuvo dos hijos. En junio de 2014 la Policía le detuvo en Madrid junto a otras ocho personas por captar voluntarios para el ISIS. “Sigo sin trabajo, sigo igual que siempre. Nadie me ayuda y ahora casado y con dos hijos todo es más difícil”, confesaba al otro lado de su teléfono móvil semanas antes de ser detenido.

Por José María Irujo
Con información de El País

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Afganistán: ganar la guerra y perder la paz

Único superviviente del atentado contra el líder anti-talibán Masud, preludio del 11-S, Masud Jalili acaba de publicar ‘Los susurros de la guerra’.

Masud Jalili, embajador de Afganistán en España ©Jaime Villanueva
Masud Jalili, embajador de Afganistán en España ©Jaime Villanueva

Decir que Masud Jalili (Jabal Sarat, Afganistán, 1950) es un testigo de la Historia no es una exageración. Poeta e hijo de uno de los poetas afganos más famosos, Ustad Jalilulá Jalili, filólogo, diplomático y guerrillero, estaba sentado junto a Ahmed Sah Masud cuando fue asesinado por dos falsos periodistas tunecinos, con explosivos adosados a una cámara y a sus propios cuerpos, enviados por Osama Bin Laden al norte de Afganistán, dos días antes de aquella mañana de septiembre en la que el atentado contra las Torres Gemelas puso fin al siglo XX. Único superviviente del ataque, 15 años después, aún se le ilumina la cara cuando habla del León del Panshir o “el comandante” de la Alianza del Norte, como se refiere a él. Actual embajador de Afganistán en España, Jalili acaba de publicar en español y en primicia mundial Los susurros de la guerra (Alianza Editorial), un diario epistolar a su mujer, escrito durante un viaje en burro por el Afganistán que pudo haber sido y no fue, en la década de los 80, en plena invasión soviética.


Pregunta. ¿Podría repetir ese viaje ahora?

Respuesta. Desde luego que no. Debería llevar muchos guardaespaldas. Primero, porque mi mujer no me dejaría. Segundo, porque, desgraciadamente, hay partes de mi país que ahora son distintas porque lo que ahora tenemos ya no es una guerra tradicional, es una guerra terrorista, no sabes cuando le das la mano a alguien quién es. El terrorismo está provocando un efecto muy malo: está haciendo que se pierda la confianza en la gente, no confías ya ni en tu secretario, a lo mejor alguien le ha lavado el cerebro. Así que sería difícil, excepto que lo hiciese en helicóptero.

P. En el libro, hay ecos de un Afganistán que pudo ser y no fue…

R. Sí, pero la guerra de los 80 hirió de muerte la cultura de mi país. Teníamos una cultura muy fuerte, éramos todos buenos musulmanes, pero no islamistas. Esa es la diferencia. Durante mis viajes, la gente era muy amable, muy generosa, mayores y jóvenes me conocían, recitaban los poemas de mi padre. La guerra hirió la cultura, pero las nuevas generaciones van volviendo poco a poco a esa cultura… Cuando los jóvenes van a Kabul a oírme hablar sobre la guerra, les digo: ‘Dios mío, seguís teniendo humanidad’. Y veo lágrimas en sus ojos.

P. ¿Cómo recuerda el asesinato de Masud?

R. Yo era entonces embajador en India. Él me llamó para que fuera y fui. Me encontré en una pequeña habitación, asediados por los talibanes, con una pequeña vela. Hablamos sobre política y a las tres de la mañana le leí una poesía maravillosa. En Afganistán tenemos una tradición, cuando abrimos cierto libro de poesía muy importante, lo leemos al azar y lo que sale es nuestro futuro. Abrí el libro y el último verso del poema era: “Porque no os vais a volver a ver nunca más”. Al día siguiente, murió. En la mañana de ese día, me comentó que dos árabes iban a hacerle una entrevista y me pidió que estuviera con él, que yo era su amigo, un muyaidín. Nos sentamos hombro con hombro, uno de los terroristas llevaba una cámara y otro, no. En la explosión, murió. Yo perdí un ojo, capacidad auditiva en un oído y la metralla me inundó un pulmón.

P. ¿Cómo no sospecharon?

R. Fue el primer atentado suicida. No sospechamos nada y menos de periodistas, siempre habían sido buenos amigos nuestros. Lo que siempre recordaré es que cuando uno de ellos estaba preparando la cámara, sabía que iban a morir, el otro también lo sabía, pero yo no lo sabía, ni el comandante. El de la cámara me miró y nunca, nunca olvidaré esa sonrisa venenosa en su cara. Cuando se acercaba el fuego de la bomba, digamos, era todo como azul, olía mal y noté la mano de mi amigo

P. ¿Quiénes son peores para usted: los soviéticos o los talibanes?

R. Son dos guerras diferentes. La guerra contra los soviéticos era una guerra en la que intentábamos conquistar la libertad de la tierra. En la de ahora, hay que conseguir, además, la libertad de la mente. Odio más la guerra de ahora. Antes conocíamos al enemigo, ahora no.

P. ¿Qué opina del incremento del yihadismo en el mundo, pese a la muerte de Bin Laden?

R. Ya que esta guerra es distinta, si no podemos detenerla, lo que no es fácil, seguirá creciendo. Al Qaeda, Daesh [acrónimo árabe del Estado Islámico], los talibanes, todos son musulmanes, pero no todos los musulmanes son talibanes. Por eso soy optimista, creo que el mundo será capaz de detenerlos, pero lo primero es que lleva tiempo. Lo segundo, mucho dinero. Tercero, inteligencia. Cuarto, combate.

P. Ganaron la guerra, pero perdieron la paz.

R. Tiene razón. Ganas la guerra y pierdes la paz, pierdes ambas cosas. Pero estamos mejor.

P. ¿Qué opina de la intervención militar occidental en Afganistán?

R. Nos dejaron solos en 1992. En cambio, después del 11-S, Estados Unidos se dio mucha prisa en llegar a Afganistán por su propio interés, 100% estadounidense, pero aún así había un 110% de interés por nuestra parte en que viniesen. Y vinieron, nos prestaron ayuda y cambiaron muchísimo el país: no teníamos soldados, ahora hay 300.000, de ellos 4.000 mujeres, 150.000 policías, 40 universidades donde solo había una, Constitución, Parlamento, 77 parlamentarias, escuelas, 50 canales de televisión y 180 de radio. En ningún país musulmán del mundo hay tanta libertad como en Afganistán. Incluso con el estómago vacío.

P. ¿A pesar de que hayan vuelto los talibanes a ciertas zonas y haya presencia del Daesh?

R. No podrán hacerse con el país.

P. ¿Hay esperanza para Afganistán?

R. El libro entero gira en torno a la esperanza. Ahora el miedo se ha hecho un hueco, pero creo que la vela de la esperanza no se apagará en mi país.

Por Cecilia Ballesteros
Con información de El País

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