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Donald Rumsfeld, Irak y el imperio estadounidense

El «Proyecto para un nuevo siglo estadounidense» es un plan para crear un imperio norteamericano.

El «Proyecto para un nuevo siglo estadounidense», (PNAC, en sus siglas en inglés), es una institución creada en 1997 por William Kristol, el editor de una revista llamada The Weekly Standard. Sus críticos sugieren que tiene una agenda secreta para que Estados Unidos ejerza el dominio militar del mundo en un «nuevo siglo estadounidense».


Kristol formaba parte del movimiento neoconservador, (neocon), en Estados Unidos, fundado en tiempos de la guerra fría por un grupo de intelectuales anticomunistas que incluía a su padre, Irving. En 1997, Kristol reunió a un grupo de estos neoconservadores, entre los que se encontraban Jeb Bush, Donald Rumsfeld, Dick Cheney y Paul Wolfowitz, para crear el PNAC. Su sitio en internet, (newamericancentury), afirma que «el liderazgo estadounidense es bueno para Estados Unidos y para el mundo». Ya en 1998, los miembros del PNAC, incluyendo a Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz, le escribieron una carta al presidente Clinton instándole a invadir Irak.

En enero de 2001, después de que George W. Bush fuese elegido presidente, Dick Cheney fue elegido vicepresidente y colocó de inmediato en el Departamento de Defensa a Rumsfeld y a Wolfowitz. En septiembre de 2000, el PNAC hizo público un informe titulado «Reconstruyendo las defensas de Estados Unidos». Este informe sugería que Estados Unidos, una vez acabada la guerra fría, tenía el deber de desplegar bases militares permanentes en todo el mundo y que existía una «justificación inmediata» para la presencia militar estadounidense en Irak.

Pocas semanas antes de que se produjesen los ataques del 11-S, siguiendo los consejos de Rumsfeld y otros miembros del PNAC, el presidente Bush declaró que cualquier nación hostil sería considerada enemiga de Estados Unidos. Ello suponía la aceptación implícita de la política promovida por el PNAC, y llevaría inevitablemente a una invasión de Irak, a pesar de que ese país no tuviese ninguna conexión con los ataques del 11-S. El PNAC finalmente se salió con la suya.

Con información de Conspiracy Encyclopedia


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11-S: Carta de Gabo a Bush

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¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente ver que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino? ¿Cómo se siente el miedo apretando tu pecho, el pánico que provocan el ruido ensordecedor, las llamas sin control, los edificios que se derrumban, ese terrible olor que se mete hasta el fondo en los pulmones, los ojos de los inocentes que caminan cubiertos de sangre y polvo?

¿Cómo se vive por un día en tu propia casa la incertidumbre de lo que va a pasar? ¿Cómo se sale del estado de shock? En estado de shock caminaban  el  6 de agosto de 1945 los sobrevivientes de Hiroshima. Nada quedaba en pie en la ciudad luego que el artillero norteamericano del Enola Gay dejara caer la bomba. En pocos segundos habían muerto 80.000 hombres mujeres y niños. Otros 250.000 morirían en los años siguientes a causa de las radiaciones. Pero ésa era una guerra lejana y ni siquiera existía la televisión. ¿Cómo se siente hoy el horror cuando las terribles imágenes de la televisión te dicen que lo ocurrido el fatídico 11 de septiembre no pasó en una tierra lejana sino en tu propia patria? Otro 11 de septiembre, pero de 28 años atrás, había muerto un presidente de nombre Salvador Allende resistiendo un golpe de Estado que tus gobernantes habían planeado. También fueron tiempos de horror, pero eso pasaba muy lejos de tu frontera, en una ignota republiqueta sudamericana. Las republiquetas estaban en tu patio trasero y nunca te preocupaste mucho cuando tus marines salían a sangre y fuego a imponer sus puntos de vista.

¿Sabías que entre 1824 y 1994 tu país llevó a cabo 73 invasiones a países de América Latina? Las víctimas fueron Puerto Rico, México, Nicaragua, Panamá, Haití, Colombia, Cuba, Honduras, República Dominicana, Islas Vírgenes, El Salvador, Guatemala y Granada. Hace casi un siglo que tus gobernantes están en guerra. Desde el comienzo del siglo XX, casi no hubo una guerra en el mundo en que la gente de tu Pentágono no hubiera participado. Claro, las bombas siempre explotaron fuera de tu territorio, con excepción de Pearl Harbor cuando la aviación japonesa bombardeó la Séptima Flota en 1941.

Pero siempre el horror estuvo lejos. Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo en medio del polvo, cuando viste las imágenes por televisión o escuchaste los gritos porque estabas esa mañana en Manhattan, ¿pensaste por un segundo en lo que sintieron los campesinos de Vietnam durante muchos años?

En Manhattan, la gente caía desde las alturas de los rascacielos como trágicas marionetas. En Vietnam, la gente daba alaridos porque el napalm seguía quemando la carne por mucho tiempo y la muerte era espantosa, tanto como las de quienes caían en un salto desesperado al vacío. Tu aviación no dejó una fábrica en pie ni un puente sin destruir en Yugoslavia.

En Irak fueron  500.000 los muertos. Medio millón de almas se llevó la Operación Tormenta del Desierto… ¿Cuánta gente desangrada en lugares tan exóticos y lejanos como Vietnam, Irak, Irán, Afganistán, Libia, Angola, Somalia, Congo, Nicaragua, República Dominicana, Camboya, Yugoslavia, Sudán, y una lista interminable? En todos esos lugares los proyectiles habían sido fabricados en factorías de tu país, y eran apuntados por tus muchachos, por gente pagada por tu Departamento de Estado, y sólo para que tu pudieras seguir gozando de la forma de vida americana. Hace casi un siglo que tu país está en guerra con todo el mundo.

Curiosamente, tus gobernantes lanzan los jinetes del Apocalipsis en nombre de la libertad y de la democracia. Pero debes saber que para muchos pueblos del mundo (en este planeta donde cada día mueren 24.000 pobladores por hambre o enfermedades curables), Estados Unidos no representa la libertad, sino un enemigo lejano y terrible que sólo siembra guerra, hambre, miedo y destrucción. Siempre han sido conflictos bélicos lejanos para ti, pero para quienes viven allá es una dolorosa realidad cercana una guerra donde los edificios se desploman bajo las bombas y donde esa gente encuentra una muerte horrible. Y las víctimas han  sido, en el 90 por ciento, civiles, mujeres, ancianos, niños (efectos colaterales).

¿Qué se siente cuando el horror golpea a tu puerta aunque sea por un sólo día? ¿Qué se piensa cuando las víctimas en Nueva York son secretarias, operadores de bolsa o empleados de limpieza que pagaban puntualmente sus impuestos y nunca mataron una mosca? ¿Cómo se siente el miedo? ¿Cómo se siente, yanqui, saber que la larga guerra finalmente el 11 de septiembre llegó a tu casa?

Por Gabriel García Márquez

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Ser musulmán en Nueva York

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Nueva York, con la profusión de jardines floridos en los que se distinguen los tulipanes, acerca reminiscencias obligadas de Holanda. Y en los canteros de algunas avenidas los cerezos desparraman blancura primaveral que obligan a pensar en Japón. Así como con las flores en Nueva York en esta primavera no es posible definir al neoyorquino, los rostros de cada componente de las muchedumbres que como ríos fluyen por sus calles son de una diversidad que asombra, entre los que se muestran los achinados, los japoneses, los latinos y la ineludible variedad de negrura en la piel de los negros que salpican con sus rostros la fisonomía de Nueva York.

No se puede ver, ni aun empeñándose en la búsqueda, ninguna mujer que quiera emular a la muy rubia Marilyn Monroe. Obligado a utilizar taxis para desplazamientos en la “Gran Manzana”, en tres casos los conductores eran egipcios. Entre un inglés a medias y un árabe adherido a mi ADN de hijo de libaneses, en viaje al Museo Metropolitano, pude descubrir naturalmente -por la espontánea expresión del conductor egipcio- que sus referencias a la colección de muros reconstruidos piedra sobre piedra era la del que se sentía despojado: “Se robaron todo”, fue su expresión casi resignada.

El Museo Metropolitano -vale decirlo- muestra una colección de muros y piedras aisladas, monumentos y pequeñas piezas labradas del Egipto antiguo, exhibidos con una moderna y cuidada disposición y respeto, tanto como el que resulta necesario para suponer que con ello moderan las críticas por lo que muchos consideraron un “saqueo” cultural. Como ocurrió con otros museos del mundo occidental.

Aquello que en un principio resultaba el testimonio de un inmigrante egipcio para estar al lado de “sus” piedras y monumentos que surcaron el Mediterráneo y el Atlántico para llegar a estas costas americanas, dejó paso a una expresión que parece el salvoconducto de todos los musulmanes en el mundo. De los de esa extensa mayoría que no adhiere a esa minoría violenta, irracional y brutal. De los que se muestran (y con la colaboración muy errada de la prensa, que es un asunto seriamente a considerar por los editores) como dueños de vida y muerte. De esos increíbles seres humanos que eligen para su accionar violento y brutal el más abominable de los procedimientos. Preguntado, luego de intercambiar expresiones sobre su condición de musulmán (que supuse), casi detiene el taxi, me mira, y con plena disposición para expresarse evidenciando sinceridad, responde: “soy musulmán, pero no radical, no radical”. Y desliza sus alabanzas al Dios único y misericordioso. Estaba ejerciendo el derecho a exhibir el salvoconducto ante un hombre de prensa del sur de América. El conductor del taxi, que era un conocedor, como pocos, de la necesidad de convivir pacíficamente y mostrándose en esa actitud frente a un mundo que estima hostil para los creyentes islámicos. Y nada menos que en Nueva York, donde su condición desde el 9/11 ha venido siendo la más vigilada de Manhattan y del mundo entero donde EEUU tiene casi 950 bases.

Por Carlos Duguech
Con información de La Gaceta

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Crónicas:injusta prisión en Afganistán y Guantánamo

Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.
Violación de los más elementales DDHH en Guantánamo.

Viajé a Zarqa en Nochebuena (Zarqa, de «Zarqawi», ya que es la ciudad natal del más reciente coco de Estados Unidos). Se trata de un gris y paupérrimo poblado jordano preso de las ventiscas y ubicado al sur de Ammán.

El hombre al que fui a ver era palpablemente inocente de todo crimen, incluso cuenta con un documento del ejército estadunidense que lo comprueba, pero aún así pasó dos años de su vida encerrado en Afganistán y en Guantánamo. La historia de Hussein Abdelkader Youssef Mustafá dice mucho de la «guerra contra el terror» y de los abusos que ésta trae consigo.

Es un hombre delgado y aspecto de asceta, con larga barba entrecana. Sentado en el suelo de concreto de la casa de su hermano, usaba una capa, un gorro de lana y anteojos sin armadura. Es palestino de nacimiento pero vivió en Pakistán desde 1985 y trabajó en una escuela cerca de Peshawar enseñando a afganos que habían huido de la invasión soviética de 1980. Visitó Afganistán sólo en una ocasión, en 1988, para enseñar en una escuela cerca de Mazar e Sharif.

El 25 de mayo de 2002, soldados paquistaníes y policías vestidos de civil irrumpieron en su casa, lo amarraron y lo guiaron hacia la calle donde Mustafá vio a un hombre y a una mujer vestidos de civil –él supone que eran agentes de la FBI-, para después dejarlo durante 10 días en la vieja prisión de Khabiar.

Ahí fue interrogado por un estadunidense rubio que hablaba árabe y después lo llevaron al aeropuerto de Peshawar, desde donde fue trasladado, junto con otros 34 árabes -lo cual es ilegal según el derecho internacional-, hasta la base estadunidense de Bagram, en Afganistán.

«Nos llevaron encapuchados en el avión y cuando llegamos nos desnudaron y nos dieron overoles con números. Yo era el 171 y estuve dos meses bajo interrogatorio», me dijo Mustafá. «Lo hacían estadunidenses con uniforme pero sin nombre. Querían saber de mi vida, de los afganos que conocía; me preguntaban de dónde venían unos pasaportes falsos. No sabía nada de esto. Les hablé de mí. Les dije que era inocente. Me hicieron quedarme parado sobre una pierna en el sol. No me dejaban dormir más de dos horas. Como inodoro teníamos un barril que usábamos delante de todos».

Mustafá me aseguró que las autoridades jordanas le dijeron que no hablara de sus experiencias con nadie. Sin duda, los estadunidenses dijeron a los jordanos que lo callaran. Sin embargo reconoció: «Mis torturas no fueron tan malas como las de otros. Me insertaron un palo de escoba por atrás, me golpearon muy duramente y me empaparon antes de colocarme delante de un acondicionador de aire».

¿Por qué le hicieron esto los estadunidenses? «Si un prisionero no aceptaba cooperar y dar detalles en Bagram, los abusos que se le infligían dependían de si su interrogador lo creía culpable. Para lograr la calificación de ‘no culpable’ a sus ojos, uno tenía que soportar un largo periodo de abusos físicos».

Después de dos meses y 15 interrogatorios, uno de los estadunidenses le dijo que lo creía inocente. «Me preguntó: ‘Has visto Cuba en la televisión. Te voy a hacer prisionero de ahí. Lo siento mucho, pero no está en mis manos. Tendrás que ir a Cuba'».

Agregó Mustafá: «Nos ataron, vendaron los ojos, esposaron y nos unieron a todos con cadenas. Además, nos pusieron anteojos oscuros para que no pudiéramos ver. Nos cubrieron la boca y las orejas, y casi no podía respirar. Me metieron tres o cuatro pastillas en la boca; eran drogas. En el avión sentí que siempre estaba durmiendo y despertando. Nos tomó 24 horas llegar a Cuba. Cuatro horas después de salir de Bagram aterrizamos para cambiar de avión».

¿Habrá sido Diego García? ¿Sería ésta la misteriosa base aérea militar? Estos musulmanes encadenados, encapuchados y drogados, ¿habrán sido trasladados vía nuestra base Diego García?

Mustafá dice que fue tratado con menos dureza en Guantánamo. Uno de sus interrogadores era un iraquí estadunidense. «Primero estuve encerrado y aislado en un cuarto hecho de metal. Hasta el suelo era metálico. Sólo había una rendija en la puerta. Constantemente revisaban los informes que tenían sobre mí, haciéndome una y otra vez las mismas preguntas. ¿Por qué era maestro en Pakistán? ¿Para qué había ido a Afganistán?»

A veces, «en las regaderas mujeres soldados nos veían desnudos. Nos afeitaron las barbas. Si no obedecíamos rápidamente nos rociaban la cara con aerosol paralizante. En Bagram golpeaban a los hombres con palos. Aquí no hacían eso, pero muchos trataron de suicidarse en Guantánamo. Recuerdo al menos a 30. Veíamos que se habían ahorcado y gritábamos: ‘Soldados, vengan rápido’, y luego veíamos como los descolgaban».

En total, Mustafá pasó 20 meses en Cuba y en los últimos 10 nadie le hizo una sola pregunta. «Un día me hicieron una prueba con detector de mentiras, exámenes médicos y me midieron para saber mi talla de ropa. Me dieron un pantalón de mezclilla, una chamarra y zapatos deportivos. Tres días más tarde un intérprete estadunidense me dijo que nos íbamos. Le pregunté a dónde, y respondió: ‘No tengo idea, pero ya no tenemos nada que hacer contigo'».

Cinco días más tarde, encapuchado y atado, Mustafá abordó un avión junto con un iraquí, un turco y dos tadyikos, y voló de regreso a Bagram. Le fotografiaron el iris de los ojos. «Nos dijeron que ahora éramos ‘huéspedes’, pero pasé otros cuatro meses en Bagram. Luego, un oficial estadunidense vino a vernos y dijo: ‘Como ustedes saben, fuimos objeto de un enorme ataque y miles de nuestros conciudadanos fueron asesinados. Por eso arrestamos a todas estas personas. Ahora volverán a sus países de origen como cualquier otro ciudadano y no tendrán que enfrentar ningún problema posterior’. Y eso fue todo. Ni una sola disculpa, nada. Me llevaron de regreso a Ammán».

Se le entregó a Mustafá un documento de la fuerza de tarea conjunta 76 en Bagram. «Se ha determinado que este individuo no implica amenaza para las fuerzas armadas de Estados Unidos o sus intereses en Afganistán. Este individuo ha sido liberado cerca de la localidad en que fue capturado».

La Cruz Roja confirmó la excarcelación de Mustafá en un documento que decía que el lugar de su nacimiento era «Silat al Hatezia, Palestina». Pero a los estadunidenses no tuvieron el valor. Al enfrentarse al pequeño problema de que su prisionero no nació en Pakistán, por lo que obviamente se pusieron nerviosos. ¿Iban a atreverse a poner en el documento la palabra «Palestina». Claro que no. Así que junto a la especificación «País de origen» escribieron «Cisjordania».

Mustafá está desempleado y vive con su familia en Zarqa, pero no tiene futuro. Le robaron dos años de su vida y su historia, por vergonzosa que sea, ya es tan rutinaria que se olvidará fácilmente. Cuando la Cruz Roja denunció ante mí en 2002 que Mustafá había sido trasladado ilegalmente de Pakistán a Afganistán, escribí de ello en The Independent. Ni un periódico retomó la historia. Esto dice mucho del mundo ilegal en que George W. Bush pensaba que debíamos vivir.

El 11 de septiembre se ha vuelto un artículo para la legislación. Nos permite arrestar a quien queramos en cualquier país que se nos antoje. Es el homenaje de Bush a los muertos en el World Trade Center, el Pentágono y Pennsylvania. Golpizas, abusos, el encarcelamiento de inocentes; esto sólo queda claro en el caso de Mustafá porque contamos con la información, y de todas maneras, que se vaya al diablo. Si hasta podemos inventar un nuevo nombre para el país de origen de un prisionero. Cisjordania, desde luego.

Por Robert Fisk
Con información de The Independent y La Jornada
Traducción de Gabriela Fonseca

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Mueren autores de documental de 11-S

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Murieron autores de documental sobre actuación de EE.UU en 11-S

Bob Simon, David Carr y Ned Colt pretendían descubrir el verdadero interés del Gobierno norteamericano en el atentado contra las torres gemelas el 11 de septiembre de 2001.

Tres periodistas que elaboraron un documental sobre la implicación del Gobierno de Estados Unidos en el ataque contra las torres gemelas, murieron esta semana.

El miércoles 11 de febrero, falleció el corresponsal, escritor y presentador del programa 60 minutos de la cadena CBS, Bob Simon, en un accidente automovilístico del que aún se desconoce la causa.

El pasado jueves pereció el corresponsal de la cadena NBC, Ned Colt, de un supuesto derrame cerebral masivo. Ese mismo día, David Carr, de 58 años, sufrió un colapso y murió en su oficina ubicada en la redacción del diario New York Times.

Aunque existe poca información sobre los acontecimientos, algunos medios internacionales calificaron las muertes como extrañas, debido a las circunstancias y fechas cercanas entre los tres decesos.

Hace un mes, Carr, Simon y Colt formaron una compañía independiente de noticias en vídeo junto a Brian Williams, quien trabajaba en la cadena NBC desde 2004, pero tuvo que renunciar recientemente por divulgación de información falsa sobre Irak.

Los cuatro presentaron documentos requeridos para tener acceso a archivos confidenciales del Kremlin (sede Gobierno ruso), que contienen pruebas relacionadas con los atentados ocurrido el 11 de septiembre de 2001.

El presidente ruso, Vladimir Putin, había alertado sobre su existencia y destacó que iba a divulgarlos. Se trata de pruebas sobre la participación del gobierno de Estados Unidos y los servicios de inteligencia en el ataque perpetrado en las torres gemelas.

Las otras versiones del 11-S

Recientemente, se reveló que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) habría permitido el atentado el 11 de septiembre de 2001. Las informaciones precisan que el Gobierno de EE.UU. (presidido entonces por George Bush hijo) promovió el asesinato de sus propios ciudadanos por intereses petroleros en Oriente Medio.

El trabajo de los cuatro periodistas pretendía descubrir la verdad del ataque a las torres gemelas. David Carr fue quien ideó hacer el documental tras haber visto el material audiovisual Citizenfour y estudiar cada confesión del exanalista de la CIA, Edward Snowden.

“No pudo dormir luego de que en el diario New York Times elaboró la memoria de la guerra de Ucrania. No solo por no decir la verdad del hecho, sino porque sabían de los emblemas nazis en la cascos de soldados de Ucrania luchando contra los rebeldes”, señalan algunos portales web.

Carr trabajó en ello con Williams y Colt, quien después de salir de NBC News optimizaba sus labores humanitarias en el Comité Internacional de Rescate. A su vez, Bob Simon, consideraba “extremadamente lamentable la manipulación de los medios de comunicación en el período previo a la guerra de Estados Unidos en Irak” según medios locales.

Respecto a la guerra en Irak, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama ha reiterado su interés en autorizar operaciones militares en Siria, Irak y hasta Ucrania.

Con información de : Telesur

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Torres Gemelas: polémicas y certezas sobre su uso político

Torres Gemelas
Torres Gemelas

Se cumplen trece años de aquella mañana que estremeció al mundo. Las Torres Gemelas se venían abajo. Desde entonces se discute la autoría de los atentados. Está claro que el imperio aprovechó del hecho para atacar en Medio Oriente.

Los hechos son perfectamente recordables. En la mañana del 11 de septiembre de 2001 las cámaras de televisión toman un avión de pasajeros que se estrella sobre la Torre Norte. Al principio se creyó en un accidente de aviación, pero un rato más tarde otro avión chocó contra la Torre Sur y la teoría de la casualidad cayó por su propio peso.

Así también cayeron las Gemelas, o con su nombre comercial de World Trade Center, un emblema edilicio más expresivo del sistema capitalista que la Estatua de la Libertad.

Unas horas más tarde ambos edificios se vinieron abajo y quedaron reducidos a escombros. Otros edificios, como el número 7, que no habían sido impactados por los aviones, también se fueron al suelo, lo que alimentaría posteriormente las polémicas.

Lo primero que se pregunta en estos casos es si hubo muertos y cuántos. Se habló de hasta 10.000 fallecidos, pero afortunadamente no fueron tantos. Hubo 3.000 muertos, cifra muy significativa para un país acostumbrado a contar los muertos ajenos en atentados terroristas cometidos por sus marines, CIA y pentagonistas.

Las pérdidas humanas generaron polémicas también en Argentina. Hebe Bonafini, titular de Madres, festejó lo ocurrido y dijo contar con informes según los cuales la mayoría de los muertos eran banqueros y ejecutivos de grandes empresas del WTC.

Salió a refutarla Horacio Verbitsky, quien publicó una nota en Página/12 titulada «La alegría de la muerte». Desde entonces, o quizás desde antes, entre ambas personalidades hubo una gran distancia a pesar de que apoyan de distintos modos al kirchnerismo.Esa división política en el campo de los derechos humanos se extendió a otros planos políticos, de organizaciones y personalidades. No es que hubiera más gente que dijera públicamente «yo apruebo el atentado» pero por lo bajo en Argentina y el mundo se pensaba que el blanco estaba bien elegido y que Estados Unidos estaba recogiendo parte de la tempestad que había sembrado con vientos de guerra en el planeta.

La mayoría de los muertos eran empleados, oficinistas, turistas, personal de limpieza y gentes comunes. Hebe nunca pudo mostrar la lista de ejecutivos fallecidos. A las 8 y 46 de la mañana es temprano para que los CEO de empresas estuvieran en sus oficinas…

Despistados y desagradecidos.

Cuando el primer avión impactó en la Torre Norte, George W. Bush fue avisado mientras visitaba una escuela en Sarasota. El texano puso su mejor cara de bruto y tardó un rato en reaccionar. Su vicepresidente Richard Cheney, en cambio, se había zambullido rápidamente en un refugio especial para estas emergencias.

Además de los dos aviones mencionados, un tercer vuelo supuestamente había dado contra un sector del Pentágono en Virginia y el cuarto había caído (¿abatido o por la pelea entre pasajeros y los terroristas?) sobrevolando Pensilvania.

Se entiende que hubiera mucha confusión ese día, partiendo de la hipótesis de que se tratara efectivamente de una ofensiva de grupos terroristas como Al Qaeda. Aún así la cantidad de errores y contramarchas de las órdenes de la cúpula estadounidense, fueron memorables. No sólo las del presidente y vice sino también las del secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su segundo Paul Wolfowitz, el secretario de Estado Colin Powell, el secretario de Justicia John Ashcroft, el secretario de lucha antiterrorista Richard Clarke.

Desde la óptica de quienes entienden que se trató de un atentado de «falsa bandera» -una corriente que viene creciendo en estos años- tales torpezas de la administración Bush se explican por el apuro de ocultar las pruebas de su implicación.

Como sea, en un caso (atentado) o en otro (auto atentado), lo comprobable fue que el principal país capitalista desarrollado del mundo -a pesar de toda su parafernalia técnica y militar- quedó a merced de cuatro grupos de Al Qaeda. En total 19 personas capturaron los aviones y pusieron al mayor imperio de luto y en ruinas, vulnerable a los ojos del mundo.

Y en ese momento ¿quién tuvo actitud amistosa con EEUU y su mal presidente? Cuba. El país bloqueado y agredido por su mal vecino ofreció por medio de Fidel Castro que aviones norteamericanos dedicados a la emergencia pudieran volar sobre rutas cubanas sin problemas. También puso a disposición de Washington los hospitales y médicos cubanos, si eran necesarios para socorrer heridos.

Fue una actitud humanista de la patria de José Martí. Bush ignoró el ofrecimiento y, peor aún, a partir del año siguiente usó la prisión de Guantánamo, usurpada en el oriente cubano, para llevar presos ilegales, someterlos a tortura y colocarlos en un limbo legal. Así paga el diablo…

Viejos amigos.

Cuando se disiparon las nubes de polvo, comenzó un arduo debate que aún dura sobre lo ocurrido.

La versión oficial fue que era atentados organizados por la red Al Qaeda liderada por Osama Bin Laden; éste posteriormente alardeó de esa autoría. Invocando esa certeza, Bush ordenó en octubre de 2001 la invasión de Afganistán cuyo gobierno de talibanes era afín y protector de Bin Laden. Se inició así un ciclo de invasiones norteamericanas justificadas por la «lucha antiterrorista», que llevaría a invadir Irak en marzo de 2003. Se acusó a Saddam Hussein de tener vínculos con Al Qaeda y almacenar armas prohibidas, dos tremendas mentiras.

Los atentados también sirvieron a la administración republicana para crear la secretaría de Seguridad Interior, dictar el Acta Patriótica y reforzar el espionaje y restricciones democráticas en el frente interno, contra su propia población y del extranjero. Personas, teléfonos, correos, cuentas bancarias, web, etc, fueron espiados por las agencias de seguridad encabezadas por la CIA, el FBI y la NSA.

Aunque la Casa Blanca no lo admitiera, pasaba a declararle la guerra a una organización criminal que EEUU había prohijado en Afganistán en tiempos de la ocupación soviética. En ese tiempo Al Qaeda era «combatiente por la libertad» y luchaba al lado de los Rambos, con financiamiento, entrenamiento, armamento y logística estadounidenses.

¿Suceden en la historia esos cambios de frente? Sí, muchas veces. Sin ir más lejos, Rumsfeld fue el encargado norteamericano de apoyar a Saddam Hussein en su agresión contra Irán, en los años ’80; y más tarde fue -junto con Bush- uno de los «halcones» que arrasaron con Irak y asesinaron al presidente iraquí. Así comprobó otra vez que los imperios no tienen amigos sino intereses, petróleo ajeno que succionar y bases militares que instalar en camino de sostener una tambaleante dominación mundial.

«Falsa bandera».

Los atentados dieron lugar en EEUU a la formación del «Movimiento por la Verdad del 11-S» que al cabo no pudo coincidir en una misma conclusión sobre lo sucedido. Las dos posturas, críticas de Bush, se expresaron en su seno: que los atentados eran factura de Al Qaeda, favorecidos por complicidad de Bush; y que los mismos eran obra del mismo gobierno norteamericano para justificar sus guerras en Medio Oriente.

Entre los primeros, críticos de Bush y Al Qaeda, pueden mencionarse a intelectuales como Noam Chomsky y el documentalista Michael Moore.

Entre los segundos también hay intelectuales prestigiosos como Thierry Meyssan, creador de la Red Voltaire, y el profesor David Ray Griffin, autor de varios libros y una investigación muy minuciosa que puso de relieve 115 mentiras de la administración Bush. La número 113 sostiene: «fracaso en mencionar que la Casa Blanca trató primeramente de impedir la creación de la Comisión [Oficial de Investigación sobre los Ataques Terroristas del 11 de Septiembre] y que obstaculizó después el trabajo de esta, como lo hizo al asignarle un presupuesto extremadamente restringido (ndt: Presupuesto estimado en 15 millones de dólares cuando el film de ficción «Vuelo 93» de Paul Greengrass costó 18 millones y «World Trade Center» de Oliver Stone costó cuatro veces más, o sea 60 millones de dólares. En lo tocante al primer punto, la creación de la Comisión no se produjo hasta después de 441 días de los ataques y el presidente Bush propuso que fuera presidida por Henry Kissinger… para luego retractarse ante las violentas críticas de la opinión pública contra esa proposición)».

Para calificar de atentado de «falsa bandera» se citan antecedentes históricos en EEUU. A saber, que fabricó incidentes falsos para declarar la guerra a México en el siglo XIX; el ataque al barco Luisiana en 1915 para argumentar su ingreso en la I Guerra Mundial; Pearl Harbour para hacer lo propio en la II Guerra y el incidente del golfo de Tonkin para iniciar la guerra contra Vietnam.

Son hechos a tener en cuenta si bien no demuestran otros aspectos de la teoría, tales como que Al Qaeda no existía y Bin Laden tampoco, que eran nombres de «fantasía» de EEUU e Israel.

Donde no habría mayores polémicas es en que la política estadounidense es desastrosa, ayer y hoy. Ayer patrocinando al grupo de Bin Laden y hoy debiendo bombardear posiciones del Estado Islámico en Irak, luego de haberlo apoyado y financiado para tratar de derrocar en Siria al presidente Bashar al Assad.

Por Emilio Marin
Con información de : La Arena

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11-S,nacimiento de una nueva cultura de la violencia

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“Y que de la sombra ya sin límites, brote el grito en silencio…” (1)

En este texto nos proponemos repasar algunos de los elementos que integran la forma en que las sociedades actuales recogen o perciben como integradores de una configuración cultural diferente acerca de la violencia y de si ésta es la misma de principios de la era industrial o con igual vocablo estamos aludiendo a algo distinto.

Hace unos setenta u ochenta años Miguel de Unamuno tuvo que refugiarse durante cinco años en un oscuro y húmedo hotel de la calle Rue du Commerce en Hendaya, Francia, muy cerca de la frontera con España. Huía de la violencia de un estado que le amenazaba de muerte. Hoy es tan común el hecho de que miles y miles de personas escapen precipitadamente lo mismo de la ex Yugoslavia que de Pakistán, de cualquier país africano o de Colombia, de Palestina o del Tibet, que pareciera que es un proceso normal o natural merced a la repetición de las imágenes en las pantallas televisivas con noticiarios que a su vez se asemejan uno al otro y semana tras semana.

Al día siguiente de tomar posesión como primera mujer ministra de defensa en Francia en el nuevo gobierno reelecto de Jacques Chirac, Michèle Alliot-Marie tuvo que viajar a Pakistán para atender el asunto de un atentado del día anterior donde murieron once ingenieros y empleados navales franceses asesinados con un coche bomba frente al hotel Sheraton de la capital de ese país. Estos buenos hombres construían submarinos de guerra para el gobierno pakistaní. Los hechos violentos se convierten en mundialmente cuantitativos y empiezan a dejar de tener un peso cualitativo, es decir, van acostumbrando al receptor de la información, al ciudadano común, a su cotidianeidad. Asumen la condición de inveterata consuetudo.

Un día después, en Kapiscs, Rusia, cerca de Chechenia, estallaba una bomba que mataba a más de treinta personas incluidos varios niños, en pleno desfile de celebración de la victoria aliada de 1945. El Presidente Putin calificó a los atentantes como nuevos nazis. (2)

Hay, sin embargo, varios datos que llaman a reflexión. La violencia afecta en la actualidad más a grupos de seres humanos de escasos recursos que a núcleos de clases medias o encumbradas y este fenómeno se da hacia el interior de los países al igual que en el contexto internacional. Esto es, el crecimiento descomunal de las franjas de pobreza en el mundo indica que éstas serán castigadas con varios látigos simultáneamente al de su depauperación. Uno de ellos será el de la enfermedad creciente y polifacética, el otro es el de la violencia o la inseguridad.

No puede afirmarse ligeramente que sean inseparables en los términos que estamos viendo en las fechas recientes. En la República Popular China pudimos ver durante décadas crecer a cientos de millones de chinos con estrechez económica severa y con sus libertades restringidas incluso, pero no necesariamente sujetos a una violencia combinada y asfixiante como la que asimilamos ahora en muchas regiones. Es decir, podía verse más violencia en un barrio negro de Estados Unidos de América o en un barrio árabe de París en una sola noche, que en todo un mes en una gran ciudad de aquel país asiático. Esto viene reflejándose desde hace más de cuarenta años en el cine norteamericano que inundó a Latinoamérica desde West Side Story o los filmes de James Dean hasta las más recientes de las escenificaciones de Mario Puzo. (3)

La pobreza ha ido creciendo en simultaneidad con la violencia aunque no se acepte su relación de causa-efecto en ninguno de los dos sentidos en que sería integrable. Lo que llamamos violencia que es la alteración lesiva y súbita de la salud, la tranquilidad, la vida o la armonía social de las personas, incluida la pérdida de la vida de las víctimas por parte de particulares o servidores públicos armados, al margen de procesos legales y legítimos, o la afectación grave de sus bienes o posesiones, no deriva necesaria e inexorablemente de la pobreza ni ésta deviene tal por causa de la violencia salvo casos sociológicamente identificables.

Es creíble que la desesperación o la alteración psíquica o anímica que incuba el empobrecimiento de familias, grupos o sociedades vayan nutriendo de algunos de los vectores violentogénicos, pero es más recurrente el conformismo, la mansedumbre, incluso abonada por las religiones, la pasividad o la desidia que la rebelión. La historia muestra que los grandes movimientos de sublevación violenta han sido liderados por personas o pequeños grupos que se hallan en mejor condición económica y cultural que las masas o grandes colectivos a quienes conducen. Existen actualmente, según la ONU, (4) quinientos millones de niños en situación de extrema pobreza en el mundo, lo que nos anticipa que en quince o veinte años ejercerán presión sobre las estadísticas de la violencia en sus diversas manifestaciones.

Muchos de los enfrentamientos violentos de los grupos humanos en la historia registrada, han tomado la característica de guerras o batallas entre grupos selectos de las sociedades preparados como profesionales del combate, es decir, como soldados o guerreros. (5) Esto se viene registrando desde hace más de cuatro mil años en los datos conocidos tanto de pueblos asiáticos como célticos, pirenaicos y africanos antiguos.

Pero la violencia a la que hoy aludimos tiene una doble connotación o ambivalencia. Es por un lado el enfrentamiento de quien se siente superior contra un adversario presumiblemente más vulnerable o la de quien aprovecha circunstancias de anonimato o de clandestinidad para acicatear o socavar a quien presupone más poderoso. Pero el segundo factor es el de la resonancia social o internacional que esta violencia va generando y retroalimentando y a la vez permea hacia el futuro inmediato y consolida lo que podría llamarse la cultura de la violencia, marcada lo mismo en los encuentros deportivos por aficionados incontrolables, que por grupos de terrorismo o de reivindicación violenta, (6) por desquiciados solitarios como el caso del asesino ecologista (7) del líder homosexual en Holanda o el niño asesino de sus compañeros en Alemania o el chofer homicida en Ecatepec (8) o el joven colocador de bombas en lo buzones de Estados Unidos como sucesor de Timothy Mc Veigh y el Unabomber en ese mismo país, o los que mataron a los once franceses con el coche bomba en Pakistán que hemos mencionado. (9) La violencia crece y se reproduce también en los hogares y por ello aumentan día con día las agrupaciones feministas que denuncian violencia en contra de las mujeres en la pareja o las agrupaciones que hacen pública la violencia de todo tipo en contra de los menores.

La violencia contra el medio ambiente (10) se considera delictiva sólo por excepción, el fenómeno llamado graffitismo o graffiti es afrontado por muy pocas autoridades locales como conculcatorio de la armonía social. Es ya común ver en países como el nuestro que grandes volúmenes de personas asistan armados con palos, garrotes o bates y resorteras u hondas a manifestaciones dispuestas a enfrentarse violentamente con las fuerzas policíacas, las que a su vez también van condicionadas psicológicamente para esa eventualidad y llevan equipo y armamento especializado.

Los atentados del 11-S del año 2001 en Estados Unidos de América son tal vez la continuación de una larga cadena de hechos de esa índole terrorista, reivindicatoria o de revancha, pero de lo que no hay duda es que su impacto en la comunicación mundial y en la reflexión sociológica y sociopolítica constituyen un punto de partida identificable y, proyectable, en varios sentidos. Hay quienes han visto una confrontación entre oriente y occidente o la continuación del enfrentamiento de musulmanes y judíos en un territorio para ellos extracontinental.

Umberto Eco (11)  lo ha planteado en esos términos. El ha expuesto en un artículo intitulado “Disparar para que no cambie nada”, que se siente cierta incomodidad al reflexionar (y más aún al escribir) sobre la vuelta del terrorismo. Da la impresión de volver a copiar al pie de la letra los artículos escritos en los años setenta. Ello nos demuestra que, aunque no sea cierto que no haya cambiado nada en el país desde aquella década, sí lo es que no ha cambiado nada en la lógica del terrorismo.

Es la nueva situación en que reaparece lo que induce, si acaso, a hacer una relectura en una clave ligeramente distinta. Se dice que el acto terrorista aspira a la desestabilización, pero se trata de una expresión vaga, porque el tipo de desestabilización a la que puede aspirar un terrorismo ‘negro’, un terrorismo de ‘servicios secretos desviados’, y un terrorismo ‘rojo’ es distinta. Asumo, mientras no se demuestre lo contrario, que el asesinato de Marco Biagi es obra, si no de las auténticas Brigadas Rojas, sí de organizaciones con principios y métodos parecidos, y en este sentido usaré de ahora en adelante el término ‘terrorismo’.

¿Qué se propone normalmente un acto terrorista? Dado que la organización terrorista persigue una utopía insurreccional continúa Eco, aspira sobre todo a impedir que oposición y gobierno lleguen a acuerdos de cualquier tipo, tanto si se alcanzan, como en tiempos de Aldo Moro, mediante una paciente labor parlamentaria, como a través de un enfrentamiento directo, huelga u otras manifestaciones con vistas a inducir al gobierno a revisar algunas de sus decisiones.

“En segundo lugar, aspira a empujar al gobierno a una represión histérica, que los ciudadanos sientan como antidemocrática, insoportablemente dictatorial, y por lo tanto hacer que estalle la insurrección de un amplio sector preexistente de ‘proletarios o subproletarios desesperados’, que sólo esperaban una última provocación para iniciar una acción revolucionaria. A veces, un proyecto terrorista tiene éxito, y el caso más reciente es el del atentado contra las Torres Gemelas. (12)  Bin Laden sabía que en el mundo había millones de fundamentalistas musulmanes que sólo esperaban para sublevarse la prueba de que el enemigo occidental podía ser ‘golpeado en el corazón’. Y en efecto así ha sido, en Pakistán, en Palestina, y también en otros lugares. Y la respuesta estadounidense en Afganistán no ha reducido, sino reforzado, ese sector. Pero para que el proyecto tenga éxito hace falta que este sector ‘desesperado’ y potencialmente violento exista, y cuando digo existir quiero decir como realidad social.

El fracaso no sólo de las Brigadas Rojas en Italia, sino de muchos movimientos en Latinoamérica se debe a que construyeron todos sus proyectos partiendo del supuesto de que este sector desesperado y violento existía, y que se podía calcular no por decenas o centenares de personas, sino por millones. La mayor parte de los movimientos de Latinoamérica consiguieron llevar a algunos gobiernos a la represión feroz, pero no lograron que se rebelara un área que evidentemente era mucho más reducida de lo previsto por los cálculos de los terroristas.

La derrota de las Brigadas Rojas convenció a todos de que, al fin y al cabo, no habían conseguido desestabilizar nada. Pero no se reflexionó lo suficiente sobre el hecho de que, en cambio, sirvieron en gran medida para ‘estabilizar’. Porque un país en el que todas las fuerzas políticas se habían comprometido a defender el Estado contra el terrorismo indujo a la oposición a ser menos agresiva y a intentar más bien las vías del llamado asociacionismo. Por ello, las Brigadas Rojas actuaron como un movimiento estabilizador, o, si se quiere, conservador. Poco importa que lo hicieran por un error político garrafal o porque estuvieran debidamente manipuladas por quien tenía interés en alcanzar ese resultado. Cuando el terrorismo pierde, no sólo no hace la revolución, sino que actúa como elemento de conservación, o de ralentización, de los procesos de cambio”.

Luego Umberto Eco concluye hablando del pecado político de una tentación peor que fascista diciendo que existe un Principio que se traduce así: dado que existen terroristas, cualquiera que ataque al gobierno anima su acción. El principio tiene un corolario: por lo tanto, atacar al gobierno es potencialmente criminal al gobierno. El corolario del corolario es la negación de cualquier principio democrático, el chantaje a la crítica libre en la prensa, a cualquier acción de oposición, a cualquier manifestación de desacuerdo. Que no es desde luego la abolición del Parlamento o de la libertad de prensa (yo no soy de esos que hablan de nuevo fascismo), sino algo peor: es la posibilidad de chantajear moralmente y someter a la reprobación de los ciudadanos a quien manifieste su desacuerdo (no violento) con el gobierno y de equiparar eventualmente la violencia verbal —común a muchas formas de polémica, encendida pero legítima— con la violencia armada. (13)

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Notas:

1)   Savater, Fernando., Diario de Job . Alfaguara. 1983 Buenos Aires, Argentina., p. 190.
2)   Noticia del 9 de mayo del 2002. Reuters.
3)   No me gustan los espíritus fuertes. No hay más que bobos que desafían lo desconocido. Napoleón       Bonaparte. Leslois de la chance. Roger de Lafforest. Edit. Les enigmes de l’univers. Robert Laffont. París 1978. Francia., p. 137.
4)   UNICEF, Cumbre de la Infancia. ONU, Nueva York, EUA, mayo del 2002.
5)   Recuérdese a los trescientos de Leónidas peinándose en círculo unos a otros antes de enfrentarse a los persas.
6)   Tal es el caso del IRA, ejército republicano irlandés o de la ETA organización separatista del país vasco en España y Francia.
7)   Ver artículo El Asesino Verde
8)   Milenio 7 de mayo del 2002. México. Primera plana.
9)   AFP. París, Francia. Mayo 8 de 2002.
10) Ojeda Mestre Ramón. El nuevo derecho ambiental. Revista Mexicana de Legislación Ambiental. Año 2 Número 4, p.69. México.
11) El conocido semiólogo y literato italiano autor de El Nombre de la Rosa y otras obras importantes, es reconocido como un líder actual de la intelectualidad italiana.
12) Pocas veces se ha escrito con toda claridad y crudeza por parte de un escritor significado y confiable en occidente que el atentado del 11-S fue un éxito en cuanto a sus objetivos singulares.
13) Castoriadis Cornelius, ha postulado tajantemente que “La modernidad occidental tiene como especificidad la capacidad de ponerse en cuestión y de criticarse a sí misma: ésta es la parte positiva. Sin embargo, en nuestras sociedades el valor social predominante es el dinero y la corrupción es generalizada. Se logra, así, una sociedad de espectadores televisivos y no de ciudadanos activos, con un fuerte letargo y la desaparición del conflicto. Los signos de resistencia son escasos y la sociedad marcha hacia el abismo. Vid. Metapolítica Vol. 5 abril/junio 2001. México., p.13. Nota agregada por el autor.

 

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