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El mate en los países árabes: Una tradición que se exporta

Desde fines del siglo XIX, Argentina, referente internacional en materia de producción de Yerba Mate, comenzó a exportar este noble producto natural. La introducción en esta lejana región se inició con la gran inmigración siria  producida en el año 1850/60. Quienes arribaron a nuestro país, adquirieron el hábito de tomar mate y cuando muchos de ellos regresaron a su tierra, llevaron consigo esta costumbre.

A más de 12 mil kilómetros de distancia, el mate se consume cotidianamente entre jóvenes y adultos como una bebida energizante y económica que no hace diferencias entre clases sociales. El parecido con Argentina es asombroso, pero se trata de Siria, en Oriente Medio. En el lejano país, la costumbre del mate se arraigó, haciéndose indivisible con la identidad del pueblo. Cuentan que su consumo nació en las primeras décadas del siglo pasado como una curiosidad llevada por emigrantes sirios cuando volvieron a su país.

Atentos a este fenómeno, varias firmas de Siria  comenzaron a invertir y a hacer negocios con las distintas productoras de Yerba Mate y, poco a poco, ese país se transformó en el mayor mercado exterior de la yerba mate argentina.

Así, la extraña infusión amarga (lejanamente dulce al final) gustó y ya más del 75% de la población lo toma.

A diferencia de la costumbre local, en Siria  cada “tomador” tiene su equipo matero de uso exclusivo: mate, bombilla y un paquete de yerba, sólo se comparte el agua caliente.

Es cierto que los árabes siempre tuvieron predilección por el té y las infusiones de menta, anís, limón y especias. La Yerba Mate no fue la excepción, muy por el contrario, pasó a formar parte fundamental en la vida cotidiana de los sirios  que hoy tienen al mate tan arraigado a su cultura como nosotros.

Y lejos de reducirse, se proyecta que los consumidores árabes se podrían incrementar aceleradamente, por la incursión del hábito en otros países de la región árabica. Así lo consideran desde el Grupo Kabour, una empresa de capitales sirios, que desde hace siete años está instalada con un gran centro de acopio y exportación en Comandante Andresito. Desde allí proyectan ofrecer la yerba mate también a consumidores de Egipto, donde si llegara a gustar, provocaría un nuevo gran salto en la demanda externa de la yerba mate.

Un producto noble

En Siria, la yerba mate es considerada un producto noble, y desde su exportadora en la provincia se cuida que la calidad de envío sea la mejor posible. Se esmeran por ello en la recepción de hojas limpias, con muy poco palo, de buen tamaño, sin malezas, asegurando luego un secado limpio y el estacionado natural de un año para luego estacionarse otro año en Siria. Allá finalmente la yerba mate será envasada para su venta en paquetes de 250 gramos.

El precio estable (sin inflación, a diferencia de Argentina) es de 75 centavos de dólar. Se toma con mate de vidrio y se prefiere el uso de pavas (en imagen superior) a los termos usados en esta región.

De Andresito a Siria

Una vez procesada, acopiada y estacionada, la yerba mate se despacha en bolsas de doble arpillera sintética de 50 kilos. En su exterior pueden verse descripciones en español y árabe, informando los datos de la empresa exportadora y comercializadora. Para su envío a Siria se cargan en camiones con contenedores donde pueden entrar 22 mil kilos (440 bolsas). El envasado en arpillera le asegura a la yerba poder respirar y a la vez no tomar contacto con la humedad que pueda filtrarse al container por los fuertes cambios de temperatura durante el viaje en barco.

“El tiempo de viaje del barco desde que sale del puerto de Buenos Aires hasta llegar a Siria es de un mes. Pero para llegar al puerto desde Andresito el camión puede demorar unos 6 días hasta entregar la carga. Una vez que el envío sale, tiene una fecha de embarque que tiene que respetar. Si no llega a tiempo por cuestiones climáticas u otros inconvenientes, se pueden perder más días”, explicó Omar Kassab, apoderado del Grupo Kabour SRL en la provincia.

“Estamos tratando de alcanzar una medida standard de containers durante todo el año. Ahora recién estamos alcanzando un circuito estable de corrido. Lamentablemente, por el tema de la guerra en Siria, hace poco tuvimos que parar con los envíos; durante dos meses no hicimos carga porque se había anunciado un ataque a Siria y tuvimos que frenar los containers. Ahora, gracias a Dios, se resolvió un poco el panorama y se abrió el puerto de Siria, por lo que empezamos a exportar nuevamente”, agregó Kassab.

Futuro esperanzador

A futuro, desde la empresa se apunta a abastecer el consumo en países vecinos a Siria, como Líbano y Egipto, donde el mate tiene potencial de venta porque hubo emigrantes sirios que lo hicieron conocer.

Así lo explicó Kassab: “La yerba se termina envasando en Siria y desde allí se reparte a otros países, como pueden ser Emiratos Árabes, Libia, Arabia Saudita y Líbano. La idea en el futuro es alimentar el consumo en esos países directamente desde acá.  Y realmente estamos con la idea de abrir el mercado de Egipto. Si eso se logra, vamos a empezar a enviar más yerba desde aquí”.

Yabrud

Yabrud (en árabe, يبرود) es una ciudad de Siria que pertenece a la gobernación de Rif Dimashq, a unos 80 km de la capital Damasco.

El origen del nombre Yabrud es probable que sea una palabra aramea que significa «frío»: la ciudad está situada en la falda de las montañas Qalamoun (Cordillera del Antilíbano) a una altura de 1.550m.

Ciudad donde se encuentra este curioso monumento.

Con información de El Territorio

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Baklawa con café y anís en casa de Olga Harba en Valcheta

La presencia libanesa en toda la región sur rionegrina fue tan intensa que hasta hoy su cultura se palpa en cada acto cotidiano que viven sus pobladores.

En nuestros pueblos el anonimato no existe.

Semanas atrás, en Valcheta, una tarde bien fresca preguntamos:

– ¿Dónde vive Olga Harba?

– Andan bien… ¿ve aquella casa? Bueno, es esa.

No pudo ser mejor la bienvenida en su hogar. La anfitriona, amable. Dispuesta a hablar de la cultura libanesa en su pueblo y de cómo ésta influyó en casi todas las prácticas culturales de la región, contado desde su vivencia. También estaba ahí su hija, María Eugenia Rodríguez Harba. Y también había allí, en el comedor, una inmensa bandeja con unas masas que eran capaces de ejercer un poder hipnótico en quien pudiera verlas. Y olerlas. Y agarrarlas. Y disfrutarlas.

Olga había hecho en versión libanesa uno de los pasteles dulces más deliciosos de Medio Oriente. El baklawa está elaborado con una pasta de nueces trituradas, distribuida en la masa filo y bañado en almíbar, básicamente.

Una bienvenida así, ¿no es genial?

– ¿Cómo los hizo, Olga?

– Originalmente, la receta árabe la realizan con masa philo (rakak). Mezclan ½ kg de harina con 1 pizca de sal. Se le agrega 1 y ½ cucharadas de aceite y cantidad necesaria de agua tibia hasta formar una masa firme y homogénea.

Yo, desde hace bastante tiempo, hago la masa de hojaldre según el libro de Doña Petrona. Se realiza a base de harina común y manteca. Lleva dobleces para que cuando se cocine se levante el hojaldre.

Cuando está hecha la masa se estira de acuerdo al molde que vayamos a utilizar (asaderas).

Se cortan 2 trozos de masa de 1 cm de espesor, colocamos una en la asadera, luego las nueces picadas con el azúcar (bien mezclado) Y la otra masa se corta en rombos o cuadrados chicos en crudo y se lleva al horno durante 45 minutos aproximadamente. Al retirar se le agrega el almíbar.

Y acás las tenés…seguí probando.

Y seguimos probando. Al tercer pastelito el cuerpo pido un mate amargo. Anís, por ahora no.

“Gran parte de los inmigrantes acá en Valcheta fueron sirios y libaneses. Se calcula que el 30% de la comunidad fue de sirios y libaneses. Los inmigrantes árabes llegaron luego de la guerra del ´14. En nuestra familia se calcula que fue por 1920. Primero vino Alejandro Mussi con Abraham Mussi con pasaporte turco. Contaban que anduvieron por Corrientes primero y luego se quedaron en Valcheta. Abraham juntó dinero y trajo a Ale y Medhi Mussi y a José Harba. Ale y José, hermanos de Abraham, Medhi primo. A Abraham y Ale les cambiaron su apellido, como pasó con otros descendientes. El apellido verdadero es Harba. José, Ale y Medhi trajeron pasaporte francés”, cuentan madre e hija.

Hubo otras corrientes de inmigrantes, por supuesto, de españoles, italianos, vascos, rusos y alemanes. “Todos ellos llegaron escapando de la guerra, buscando tranquilidad, trabajo y tener un lugar donde vivir con sus familias. Lo eligieron por el parecido que tenía a su país de origen. La similitud de la geografía. En Valcheta sembraron -como en sus lejanas tierras- olivos y vides. Abrieron huellas en el desierto, constituyeron familias numerosas y contribuyeron a la identidad de nuestro pueblo. Conservaron sus costumbres y siempre tuvieron nostalgia por el lejano país de origen al cual muchos nunca volvieron. Fueron mercachifles, peluqueros, agricultores, vendedores ambulantes, acopiadores de lana y frutos del país y propietarios de ramos generales”, relatan.

La tarde se pone linda ante tantos recuerdos y por el café cargadito que ofrecen las anfitrionas. Los pasteles vuelan con cierta discreción desde la bandeja. “Hay más, eh”, dice Olga. La prudencia en los invitados se impone. Emilse Mortada participa de la mesa. ¡Qué genial es esta mujer apuntando anécdotas del pueblo! (Volver a Valcheta para charlar con ella sería un lindo gusto que podría darme cuando pase el frío intenso)

“La comunidad libanesa tuvo una presencia intensa en nuestro pueblo hasta hoy, momento en que sólo quedan hijos, nietos y bisnietos. A la mayoría de ellos le gusta la comida árabe. Muchos se casaron con descendientes de otras nacionalidades. Mi abuelo se casó con una hija de italiano”, comenta María Eugenia.

Ambas destacan que en 1957 se creó el Centro Cultural Libanés para desarrollar la cultura árabe en la región. Don Tufic Zaher fue uno de los impulsores. En ese espacio, la colectividad realizaba sus fiestas con sus familias y amigos, siguiendo sus tradiciones y comidas típicas para no perder sus raíces. “La convivencia con otras corrientes de inmigrantes fue buena y en total armonía”, afirma Olga, en total coincidencia con lo dicho por otros vecinos de Valcheta.

Olga admite creer, con cierto pesar, que hay algunas familias que no le dan importancia a sus raíces. “Hay poca preocupación en rescatar las raíces de algunas familias. Las personas viven el hoy y listo. Preocupados por diferentes circunstancias de la vida van dejando de lado los recuerdos lo vivido”.

“También contribuyó a que esto pase que muchos de nuestros abuelos no nos contaron todo lo que vivieron, su idioma, cultura y costumbres”, aporta María Eugenia.

En este sentido, la joven expresa que desde hace cinco años “venimos trabajando hijos y nietos para que no seguir perdiendo nuestras raíces. Nos juntamos en el Centro Cultural Libanés. Festejamos la Independencia de Líbano cada 22 de noviembre. Cocinamos en grupo o por familia los platos típicos. También se baila la música de acá y de Líbano, dabke. Cuando se puede viajar se realizan cursos de idioma y danza en otros lugares”.

Se sabe que la comida árabe lleva mucha elaboración y dedicación. Tal vez por eso que cuesta que la haga cualquiera. Originalmente los platos se realizaban con carne de ovino, que era la que abundaba en la región. “Que nunca falten las especias, subraya Olga. Pimienta negra y blanca, de Jamaica, coriandro, canela, clavo de olor, nuez moscada. Condimentos como el orégano, ají, sal, tomillo y yerba buena. Hierbas como la albahaca. El perejil, bastante y bien picado. Que abunden los tomates, berenjenas, cebolla, pepino, chauchas y limón. Mucho limón.

Que tampoco falten el yoghur (laban), los quesos, las aceitunas negras, la ricota, la miel, los dulces caseros y la manteca.

El aceite de oliva, sagrado. Tanto como el anís.

“Todos cocinamos muy bien por estos pagos”, dice Olga. Cada familia tiene su toque personal, el sabor que traen de como cocinaban sus abuelos. Cualquier ocasión está buena para fraternizar, comida mediante. Sea en el Centro Cultural Libanés, con la familia o en la casa de amigos. Todos los momentos son buenos para disfrutar de la comida árabe. “¿Porque nos juntamos? Para compartir la comida que cada uno hizo y bailar; contar historias que nos relataron nuestros abuelos, fumar en el arguile”.

¿Quiénes son los que se juntan? “Uy, somos muchos y me voy a olvidar de algunos. Direne y sus familias. Seleme, Arden, Castañeda, Buganem, Mussi, nosotros los Harba, Rada, Marón, los Mortada…”.

¿Y qué comidas lleva cada uno? Hashuf: picadillos para rellenos de kebbes, pasteles y vegetales. Salsa Taratur. Jobs (pan árabe). Tabbuleh (ensalada), fattuch (ensalada), shjsh (brochetes), uparak Inabi (hojas de parra), kebbes (carne molida amasada con burgol), fatajer o sfijas (empanadas), hommus (crema de garbanzos)…

Y de postre, siempre siempre, café con Baklawa con nueces o almendras.

Como siempre, todo bien regado con anís.

– Olga, ¿por qué calle salimos de Valcheta?

– Sigan derecho y ahí nomás está la ruta.

El día ya se estaba apagando y los abrazos fraternos se incorporaban como huellas a nuestras vidas.

Por Horacio Lara
Con información de Río Negro

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El poder de las metáforas: Averroes

2016 puede ser considerado, sin lugar a dudas, el año borgiano.

En 2016 se cumplieron 30 años de la muerte de quien fue el máximo exponente de la literatura en español en el siglo XX y mucha tinta ya ha sido escrita sobre su obra y su legado. La contribución de Borges a nuestro idioma es infinita, y ya ha sido puesta en evidencia por varios medios españoles y argentinos a lo largo de este año. Luego de Cervantes – de quien también en este año se conmemoran 400 años de su deceso – no cabe duda de que Borges es quien mejor supo jugar con el español para inventar mundos. El escritor argentino no solo nos legó piezas bellas sino también metáforas poderosas para comprender el mundo en su totalidad. No se malinterprete esta afirmación: de ninguna manera se podría decir que Borges quiso comprender la realidad por medio del arte. Nada sería más falso. La literatura fantástica borgiana desdeñaba la realidad y nunca quiso copiarla ni deformarla. Su objetivo siempre fue crear mundos, personajes y episodios puramente ficcionales.

En este sentido, la ciencia y la literatura de Borges nos proveen de la misma herramienta. Los conceptos, modelos causales y demás de la ciencia no son sino ficciones que siguen esquemas formales y lógicos que nos permiten aprehender distintos fenómenos de la realidad. A pesar de ser fantástica, en la literatura borgiana no hay un rastro de irracionalidad. La coherencia interna es uno de los elementos que hace a Borges tan magnífico. Así, lo que podemos encontrar en ambos con modelos que nos permiten acercarnos de lo que ellos pretende abstraerse: la realidad.

Uno de los episodios más curiosos que Borges inventó fue La busca de Averroes. Este cuento, contenido en El Aleph, narra la historia de Averroes que fracasa en su intento de comprender la Poética de Aristóteles. Borges afirma que, al estar encerrado en el Islam, Averroes no fue capaz de comprender el significado de la tragedia y la comedia por ser el teatro algo lejano a la cultura árabe. Lo que Borges evidencia con esta poderosa metáfora es que la traducción, contrariamente a lo que se cree comúnmente, no consiste en sustituir palabras de un idioma a otro. No existen significantes que sean sinónimos absolutos y la equivalencia de los significados es una idea muy discutible. Ciertamente pueden existir equivalentes desde un punto de vista estrictamente lingüístico pero nunca desde un punto de vista cultural. En cualquier traducción, lo que se pone en evidencia no es únicamente la relación entre dos lenguas sino principalmente entre dos culturas.

Es hora de ir un paso más allá. Sería ingenuo pensar que únicamente el lenguaje comunica. Toda práctica humana está empapada de significados y significantes. Observar a otra persona es comunicarnos por medio de símbolos. Cuando veo el escenario mundial actual, lo único que pienso es en Averroes. El Brexit y la imposibilidad de integración en los distintos continentes, el triunfo de Trump, la fuerza de los partidos fascistas y nacionalistas en Francia y el resto de Europa, los hate crimes y los crímenes religiosos, la fuerza de ISIS, la migración y los guettos en varias ciudades del mundo, etc.,  no hacen sino demostrarnos la estrechez de nuestras supuestas prácticas interculturales y tolerantes, y la necesidad de ampliar las definiciones existentes de lo humano, la libertad y la justicia.

Tomemos como ejemplo el problema de los refugiados en Europa que se puede entender mejor si se lo piensa desde este cuento borgeano. Es innegable que casi todos los refugiados proceden de una cultura que es incompatible con las ideas occidentales en cuanto a los derechos humanos. Así como Averroes no pudo comprender las voces tragedia y comedia, a los occidentales, encerrados en los parámetros de la democracia liberal, les es imposible entender y tolerar muchas prácticas de los refugiados que forman parte de la vida cotidiana de los musulmanes. De igual forma, los refugiados, encerrados en el Islam, no soportan las imágenes blasfemas que los occidentales consideran como parte de sus libertades. En el uso de la burka, las mujeres occidentales no pueden ver más que subordinación y es comprensible que, luego de decenios de lucha feminista, rechacen categóricamente esto y les sea imposible “mantenerse calladas”. De forma equivalente, los musulmanes encuentran en el estilo de vida occidental, en la homosexualidad, en el libertinaje y en varias prácticas consumistas, amenazas contra la forma de vida por la que ellos han luchado por varios años.

¿Qué hacer? Los derechos humanos y un marco de tolerancia, tal como lo concibe Occidente, es una vía que debe dejar de ser transitada. Enmarcar a la tolerancia en los límites de los derechos humanos tal como se concibe a partir de la democracia liberal y occidental no hace sino agravar la situación. Lo que se necesita es dejar de traducir prácticas de otros en marcos culturales ajenos. Averroes nos demostró que esto impide cualquier forma de traducción y comprensión. Los principios culturales son inconmensurables y el marco de los derechos humanos no puede contener a la Humanidad. Las voces humano, libertad  y justicia deben ser más amplias y abarcadoras para intentar evitar la traducción. Los derechos humanos deben dejar de lado su germen occidental y volverse más universales para, en lugar de traducir todo a  supuestos significantes universales, comprenderlos en su especificidad.

Quizá al encontrar un marco más amplio para la comprensión de lo humano, la lucha dejará de ser contra prácticas que atentan contra el estilo de vida propio y los ideales por los que las distintas culturas han luchado. Es posible que la lucha se enfoque ya no contra prácticas occidentales profanas y blasfemas (desde la visión musulmana), o contra prácticas musulmanas antidemocráticas (desde la visión democrática liberal) sino contra el sistema capitalista actual que destruye todo lo que encuentra a su paso y es lo que realmente nos quita Humanidad.

Borges como siempre tiene algo que decir aun cuando no esto no haya estado en sus planes. Averroes nos demuestra que la interculturalidad debe dejar de ser practicada como Europa y la democracia liberal han pretendido. Ni desde el Corán, ni desde la democracia liberal ni desde la Biblia lograremos comprendernos. Esto no significa que debamos dejar de lado nuestras convicciones y creencias, y adoptar ajenas al momento de interactuar. Lo único que demuestra es la urgencia de imaginar nuevas formas de interacción en las que los otros no sean leídos desde los principios culturales propios sin tener que caer en los principios culturales ajenos ni en una suerte de relativismo inútil. Las bases de la humanidad en común debe anclarse en cada cultura y, al mismo tiempo, trascenderla. Es posible que el propio Borges rechazara esta solución, pues en El idioma analítico de John Wilkins afirma la imposibilidad de crear un idioma. Sin embargo, en el mismo ensayo reconoce el carácter arbitrario de todo idioma lo que nos lleva a afirmar que ni la libertad, ni lo humano, ni la soberanía ni la dignidad designan entes inmutables y a mantener nuestra esperanza.

Por Ignacio Dávila Espinoza
Con información de La República

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