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Un puente festivo en Córdoba – Ikram en Maktub

Ha pasado ya un atareado mes desde aquellos acontecimientos que pasaré a narrar:

Luego de un agobiante viaje de trabajo, complicado por la situaciòn imperante en el país, (cortes en carreteras por reclamos varios), con un agobiante calor y una amenaza de tormenta desde que ingresé a la provincia de Córdoba; por fin regresé a la docta luego de transcurridas casi cuatro décadas.

Ni bien llegar y dejar el móvil a buen recaudo, la tormenta, (que estuvo gran parte del viaje a mi izquierda y acompañàndome), se abatió sobre esta bella ciudad de forma torrencial, anegando calles y dejando el aire limpio y puro. De todos modos, ello no fue impedimento para que aceptase la invitación de los queridos amigos del Ballet Ikram de llegarme a presenciar su clase de dabke. Grato fue ver en acción a Chibli, Juliete y Cecilia y corroborar que, la misma pasión y energía que despliegan en el escenario es puesta en cada una de sus clases.

Hermosas instalaciones tiene la Sociedad Sirio-Libanesa y el Ballet Ikram ensaya en una sala a la que nada le falta, (así es como se debe apoyar a aquellos que mantienen nuestras tradiciones con vida). Bien por ellos!

Luego de la clase, me invitaron a cenar en Al-Malek, comida árabe, (con ese nombre no podía fallar), agradable ambiente e imperdible charla con amigos que, cuanto más compartimos, más imprescindibles se van volviendo, porque en definitiva, lo que uno atesora, (o debería hacerlo), son los bellos y agradables momentos, y a la hora de partir, será lo único que nos  llevaremos.

Al día siguiente, luego de una tarde visitando familia en Cosquín, emprendí el regreso a la Docta. Entré en la ciudad ya noche, y como corresponde, anduve a las perdidas 45 interminables minutos observando detenidamente la periferia, transcurridos los cuales, retorné al hotel con el tiempo casi justo para una ducha y cumplir con la invitación a Maktub Multiespacio, que esa noche cambiaba de dueños.

Ya sin ganas de conducir por esa noche, fui salvado de tal situación por el querido Gabriel Bufe, que no sólo me transportó sino que, me llevó a cenar; claro que, contagiado por su juventud, no tomé en cuenta la edad de mi hígado que, posteriormente me pasó factura.

Llegamos a Maktub en el preciso instante en que el Ballet Ikram comenzaba su presentación y fuimos recibidos por una excelente anfitriona, Gisella Antonello, bailarina y una de las dueñas del lugar, que nos situó en una mesa con una visual estupenda y en la cual estaba una hermosísima pareja que luego nos deleitó bailando un dabke asirio, María Cler Saleme y Abd Abdalaha.

El Ballet Ikram demostró una vez más porque está entre los mejores, el verlos bailar ya alegra el espíritu, y lo hacen con la misma pasión y profesionalismo ante dos mil personas que ante cien.

La Orquesta de Raffi Avakian no tuvo respiro en toda la noche y su música llenaba el ambiente. Capítulo aparte merece la ejecución del derbake a manos de Pablo Elazhar, un virtuoso que nos deleitó en un maratón de excelentes temas de Oriente Medio.

Posteriormente bailaron danzas griegas la pareja de Chiqui y Adriana Stepanian, cantó e hizo bailar Levon Kevorkof y pudimos disfrutar de esta hermosa amalgama de lo árabe-armenio-griego, cuya fusión desdibuja los contornos y al igual que la vida misma compartida en las tierras de Oriente y aledaños, uno ya no distingue donde termina una y comienza la otra. Así de unidas, así de retroalimentadas las comunidades.

Compartir la velada con Gaby Bufe fue de vital importancia en este nuevo desembarco, (luego de tantas décadas), en tierras mediterráneas; es un gran anfitrión. Me presentó gente maravillosa que hizo de la velada un momento inolvidable. Juan Pablo Marengo Blanas, Viviana Saf, (que junto a Gaby Bufe y María Cecilia Abuh han hecho posible, a través de los datos aportados, que esta nota pueda ser, ya que transcurrido casi un mes, muchos detalles y nombres se desdibujan), y entre otros, el prestigioso Facundo Toro.

Me detengo un momento en la figura de Facundo porque me sorprendió gratamente su humildad, su bonhomía, su generosidad. Bien es sabido que de buen árbol sólo puede salir buena madera, y de ésto hablamos un buen rato ya que, su padre, Daniel Toro, es toda una institución en mi familia, y sus bellas canciones me acompañan desde mi más tierna infancia. La alegría y reconocimiento que mis palabras reflejaron en su rostro, demuestran el tipo de hombre, de hijo que es, y que no sólo ha heredado el talento y la voz del padre sino también su hombría de bien, su sencillez y su grandeza.

Luego de un buen rato a gaseosa con jugo de limón, (el hígado lo pedía a gritos), y de ver pasar delante de mis ojos un helado y apetecible arak, comenzó el baile y la pista se llenó.

Tengo presentes algunos rostros, en los cuales se disfrutaba el goce reflejado por el placer de bailar: Susana Wassan Taha, María Cecilia Abuh, Viviana Saf, Gabriel Bufe, Juan Pablo Marengo Blanas, Samir El Sukaria, y un plus, la pareja de Yamil Mustafa y Ceci Minetto Vázquez, ver un raksa bien bailado por enamorados es sublime.

Para Maktub fue un cierre de ciclo, para mí un reencuentro con amigos, con familia, con las raíces, con la memoria de la sangre. De la Qûrtuba argentina procede el 50% de mi código genético, que se hace el 100% en la Qûrtuba andaluza. Volver luego de tantos años fue muy movilizante, muchos recuerdos se agolparon…y golpearon. Aromas, vistas, ausencias. Las imponentes sierras de mi niñez estaban allí, tal cual las recordaba.

Ilâl liqâ Qûrtuba, que esta vez la espera sea menor.

Por Moro
Para Páginas Árabes

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Buenos Aires celebra Líbano 2016

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El domingo pasado la ciudad de Buenos Aires celebró a la República de Líbano. Fue mucha la concurrencia Al Hamdu Lillâh, favorecida por el buen clima. Desde un primer momento pensé en documentar cada una de las presentaciones, (que fueron muchas y variadas), pero me encontré con paisanos que hacía mucho no veía, y con otros que, a pesar del trato virtual, aún no habíamos tenido el gusto de estrecharnos en un abrazo, así que el “reportero” fue dejado de lado y me entregué al disfrute de Líbano, su cultura, sus costumbres y su gente.

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Y en esa recorrida, fue muy grato reencontrarme luego de tantos años, (y muchas más promesas de juntarnos a compartir un kahwâ), con los queridos Abelardo Yunes (del Club Libanés de Buenos Aires), Daniel y Nabil Attar (de la entrañable Asociación De Beneficencia Drusa de Buenos Aires, que por lo que me han dicho han realizado unas reformas espectaculares, por tanto habrá que ir a verlas y de paso degustar su exquisita cocina árabe. Un viernes estaremos por allí compartiendo kahwâ, taule y baile junto al querido Mufid Slica), Walter Salih y esposa junto a la preciosa Ruqaia (una verdadera princesa), el eximio bailarín Gabriel Ahmed, Yibril Assad de Al Nur Catering / Media Luna Halal, (prometí pasar por su stand en la Feria Tradicionalista de Mataderos y degustar sus exquisiteces), y Deborah y Enzo Pastrana.

Llegué justo para la primera presentación del Ballet Ikram, (de Córdoba Capital), y los sigo disfrutando tanto o más que cuando los conocí en el Buenos Aires celebra Siria de 2014. Son profesionales en cada detalle y en todo el sentido de la palabra, disfrutan y hacen disfrutar el baile. Ha sido enormemente grato el reencuentro con María Cecilia Abuh, Susana Wassan Taha, Yamil Mustafa, Chibli Andres Bitar, Samir El Sukaria… Todo Ikram es impecable, y donde ellos están, el clima se hace de fiesta. El momento emotivo ocurrió en el cierre de su última coreografía, cuando recordaron a Pablo Jarma, miembro del Ballet que se adelantó este año en la gira por las pistas del Padre Creador.

El cierre con el Ballet Firqat al Arz fue un deleite para los sentidos, una exquisita puesta en escena de una boda libanesa. Se nota la preparación, el disfrute, el entusiasmo. Firqat al Arz siempre brilla entre los mejores.

Capítulo aparte sería describir lo que fue conocer personalmente al cuarteto formado por Gabriel Bufe, Javier Al Zayar, Andrés Pastrana y Nawel Jalil… ¡Casi una experiencia religiosa! Como diría el filósofo autodidacta Hinrīk Kanayis, (más conocido en Occidente como Enrique Iglesias). Todos hiperkinéticos, con el dabke bullendo en las venas y sin poder dar rienda suelta a la pasión, porque, si hubo algo que faltó, fue una orquesta en vivo que se hubiese dedicado a hacer bailar a la gente, (o aunque sea una buena selección “envasada” de lo mejor del dabke), el espíritu estaba, la gente quería bailar, se juntaban dos o tres, despuntaban el vicio con unos pasos, pero ello implicaba perderse lo que ocurría en el escenario. Ni que hablar del cuarteto de marras!. Creo es un punto importante a tener en cuenta para los próximos “celebra”, darle una mayor participación a la gente que no tiene la posibilidad de compartir sus raíces y cultura muy seguido.

En el final de la jornada, se corrieron las sillas, se desplegó una hermosa e inmensa bandera de Líbano y posteriormente se armó el baile… pero no alcanzó, el espacio era pequeño, los cordones divisores de carriles obstaculizaban el desplazamiento de las filas, y creo en verdad que el escenario en Avenida de Mayo entre Perú y Chacabuco permitía un mejor desplazamiento e invitaba al baile.

La opinión compartida es que nos hubiera gustado ver y disfrutar de la inigualable seducción de un raksa, (sólo comparable a una zamba argentina bien bailada), y la contagiosa adrenalina de un inmenso dabke colectivo. ¿Quién les dice? … quizás sea en la próxima.

Por Moro
Para Páginas Árabes

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Eduardo Falú, argentino de pulso sirio

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Uno de los más grandes músicos argentinos de todos los tiempos. Eduardo Yamil Falú nació un 7 de julio de 1923 en El Galpón, provincia de Salta. El Galpón es un pequeño pueblo, un antiguo lugar de carreteras hacia la provincia del Chaco, en el que Falú permaneció muy brevemente. Hijo de Juan Falú y Fada Falú, ambos sirios de igual apellido pero no parientes. Atraído por esa curiosa sinfonía, a los 11 años ya tenía entre sus manos una guitarra, propiedad de su hermano mayor, Alfredo. Alfredo tomaba clases con un profesor y Eduardo lo copiaba al pie de la letra, y así sacó sus primeros tonos. A los 14 años se muda de Metán a Salta donde la guitarra termina de conquistarlo para siempre. En Salta conoce a Arturo Dávalos y poco después a Jaime Dávalos, autor de innumerables poemas a los que Falú les pone música.

Se casa con doña Aída Nefer Fidélibus, a quien, cariñosamente, llama Nefer. La vida les da dos hijos: Eduardo y Juan José. Juan José, al igual que su padre, siente una gran afición por la guitarra y el canto.

De estatura sobresaliente, ojos verdes, tristones, inundados de esa nostalgia de árabe acriollado en una tierra que aprendió a amar, casi más que a sí mismo. De esa mirada que fluctuaba entre la interrogación y el asombro se desprendía la bondad y la mansedumbre, y tal vez un dejo de altivez sin desafío, que dejaba al descubierto un alma verdaderamente límpida, frontal y sincera.

Eduardo Falú fue un artista multifacético, aclamado internacionalmente, imposible de encasillar dentro de una sola idea. Guitarrista, cantante consumado y un distinguido compositor. La calidad de su barítona voz fue admirada y amada en el mundo entero.

La trayectoria artística de Eduardo Falú comienza en el ambiente familiar, más tarde se extiende a Buenos Aires para luego conquistar y apasionar a los públicos más disímiles: América, Europa, Rusia, y Japón. Como compositor, no sólo fue el creador de obras modernas folclóricas, sino también de obras clásicas.

En su música se advierte una marcada influencia de las melodías de su provincia natal. Salta tiene ritmos propios: el Carnavalito, el Bailecito, la Cueca y otros derivados de la combinación de la música india y las melodías españolas que acompañaron a los conquistadores. Eduardo Falú ha creado música para más de un centenar de poemas, no sólo de Jorge Luis Borges y Jaime Dávalos, sino también de León Benarós, Manuel Castilla y Alberico Mansilla, entre muchos otros. Hoy podemos decir que Don Eduardo, ese eterno amigo, se ha diluido misteriosamente para pasar a ser parte de todos los corazones que aman el Folclore. (Prof. José de Guardia de Ponté).

Eduardo Falú logró instalar su sello en el folklore argentino. Falleció el 9 de agosto de 2013 a los 90 años. Sus composiciones, la música magistralmente interpretada en la guitarra y su voz profunda lo distinguieron. Su trayectoria lo ubica en referente obligado de la cultura argentina.

Poco después de que Ernesto Sábato publicara su novela Sobre héroes y tumbas (1961) en la que rememora la tragedia final del general Juan Lavalle, unos amigos le sugirieron escribir un texto poético, una especie de oratorio. El encuentro con Eduardo Falú fue entonces providencial. Juntos dieron vida al Romance de la muerte de Juan Lavalle a mediados de la década del 60.

Su Suite Argentina para Guitarra, Cuerdas, Clavecín y Corno fue estrenada y grabada con la Camerata Bariloche, dirigida por Elías Khayat. Esta ciudad contó con su ilustre visita en numerosas oportunidades.

“Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En el medio siglo que dura, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que es un vínculo que seguirá hasta que nos separe la muerte”.

La frase inicial da paso a una descripción: desde los once años Eduardo Falú ciñe la cintura de ese sensual instrumento, mágica transmutación del cuerpo de mujer. La guitarra hizo crecer a Falú, es cierto, pero no lo es menos que su espíritu y talento le dieron en la Argentina su mayoría de edad y blasones de clasicismo.

Metro ochenta y pico de altura,  cuarenta y dos años vivió en Buenos Aires, a donde llegó con César Perdiguero y comunes sueños. Dos hijos, cerca de cincuenta discos grabados en la Argentina y en Europa, centenares de composiciones, miles de conciertos y kilómetros recorridos por todo el mundo, más de un millón de discos vendidos, obras en colaboración con Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, premios, un libro editado en España sobre él. Contabilizar la obra de Falú es aproximarse a la epidermis del fenómeno más universal que ha producido Salta. Esa cuantificación deja de lado, sin embargo, estimar esa madera especial de las que están hechos Falú y su guitarra.

“No, no quiero dejar la guitarra. A los sesenta años Segovia pensó dejarla, pero no pudo. Pienso seguir en esto mientras duren los dedos. Los médicos dicen que lo último que envejece son las manos”.

Esas manos están ahí, gesticulando o juntas encima del escritorio. Son largas como el cuerpo, manchadas por el tiempo. El pelo escasea en la cabeza. Las uñas despuntan firmes y ellas, como la mano toda, parecen barnizadas, levemente brillantes.

“No les doy cuidados especiales. Soy descuidado más bien. Cambio las gomas del auto, hago cosas. Si rompo una uña, me embromé, no puedo tocar. Utilizo yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ese es el sonido más redondo porque el sonido de uña sola es muy flaco, y si fuera de yema sola, es muy débil; bonito pero débil. Los callos están durmiendo sobre las yemas. Sin ellos no podría tocar, Segovia los mimaba. Las manos tienen alma, guardan la memoria de años”.

A los once años rasgó por primera vez la guitarra. Le atraía tocarla y a escondidas de sus padres pulsaba la de su hermano Alfredo, quien en rigor de verdad introdujo la música en aquella casa de Metán. Alfredo anduvo luego por la abogacía y Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos.

“Nací en “El Galpón” pero pronto mis padres nos llevaron a Metán, donde me crié y fui a la escuela”.

Falú reconstruye las imágenes de pantalón corto con su hermano Ricardo yendo al río de aguas cantarinas que lamían las caprichosas formas de las piedras, esa lujuriosa vegetación, los cerros voluptuosos.

“Íbamos allá para que tomaran agua los caballos de mi tata. El viejo andaba siempre viajando por Anta, Joaquín V. González, comprando lazos, guardamontes, quesos, cueros de los criollos. Y vendía mercadería. Teníamos un almacén en Metán que olía a lonjas de cuero, a mercadería, a querosén”.

La guitarra

No había lujos, decía. Quizá el único, era el paisaje y esa libertad de chicos que continuó a los 9 años en Salta. Allí fue el matrimonio sirio de los Falú.

“Entonces conozco la guitarra. En ese tiempo los peluqueros la tenían y tocaban entre corte y corte. Recuerdo a un señor Odilón Isidoro Rasguido -que luego tuvo mimbrería-; a Corvalán, que tocaba el mandolín; al maestro Díaz, que era pintor de brocha gorda. Y el Payo Solá, el Dúo Gauna-García, eran estrellas”.

Guitarra procede directamente del árabe. ¿Alguna cuerda secreta de viejísimos ancestros  se habrá movido en Falú cuando abrazó ese instrumento? Misterio que va más lejos que la coincidencia de orígenes…

“Mi padre no quería que tocara. Por entonces ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia”. Falú fue discípulo de sí mismo. “Años después estudié un poco de armonía con Carlos Guastavino. Pero más que todo fue mi intuición la que me llevó a hacer lo que hice”, refiere. Fue además su propio maestro. Leyó mucho sobre guitarrística española, a Sor, a Aguado, a Domingo Prats, “comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida”.

Su primera escuela estuvo en las “tenidas” de Salta donde circulaban gentes como “El Burro” Lamadrid, los Dávalos, Roberto Albeza, Perdiguero, Manuel Castilla. La casa de los Marrupe era número puesto. También la de César Pereyra Rosas en Tres Cerritos o “en lo Batiti. Era muy lindo. No había avidez de hacer negocios, predominaba el lirismo, la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al día siguiente. Era un tiempo de músicos, de poetas”.

Con Perdiguero (“gran muchacho, ingenioso, con talento creador”) escribieron “La tabacalera” alegato social no partidista; “nos levantamos contra las injusticias sociales”, explica. Luego vino “Soñando con la cosecha”, con Jaime Dávalos y más tarde “Sueño americano” y otras.

“No esperamos que sucediera lo de Malvinas para descubrir que la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos”.

No todo fueron protestas. El amor marcó la música y las letras de los temas de Falú.

Una de sus primeras guitarras fue una que mandó a comprar don Gualberto Barbieri en la Antigua Casa Núñez. Mozo aún, Falú propuso enseñar guitarra a los presos de la cárcel salteña que Barbieri dirigía.

“Me tocó enseñar en épocas de Santos Ramírez, que había puesto en jaque a la policía. Hombre duro, correntino y macanudo fuera de sus cosas, que actuaba a dúo con Doroteo Hernández. Allí tuve mi primera guitarra. Aún no había “luthiers” en Salta”.

En 1945 llega a Buenos Aires. Gente de Radio El Mundo los había escuchado en Salta y le ofrecieron los micrófonos. Perdiguero se volvió pronto. Buenos Aires era un monstruo intimidante que sólo ofrecía un incierto futuro. Trabajó en “Sagaró”, por donde pasaron los hermanos Ábalos, Ariel Ramírez, (Atahualpa) Yupanqui. El folclore recién estaba calando en el público que hasta entonces escuchaba tango, boleros, música extranjera.

En Salta había actuado antes con Lamadrid y con el maestro Lo Giudice en Radio LV 9 todos los días. La primera composición fue el trémolo “La fuga del Sol”, de tipo incaico; el primer éxito llegó con “La artillera” y la primera grabación fue en un simple en 1950 con el sello T-K: “La vidala del nombrador” de un lado. Antes, “discos para Buenaventura Luna, con La tropilla de Guachipampa”.

Falú comprendió que no bastaba estilizar la música. Tuvo oído para escuchar a los poetas. Con Perdiguero y Dávalos empezaron a transformar las viejas letras de un pintoresquismo ingenuo de color “fiestero” otorgándoles vuelo poético.

“No podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados, andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y el corazón del pueblo. Jaime se tomó algunas licencias poéticas bastante audaces para la época”.

Luego, el mundo. La consagración en Buenos Aires, donde sus discos contabilizaban arriba de veinte mil ejemplares por edición, abrieron esa puerta: la Unión Soviética (1959), Estados Unidos, Europa. En el 63, en Japón, donde en cinco años ofrece más de doscientos recitales.

“Después querían que en seis meses diera otros doscientos. Llegué a los ochenta y quedé agotado”.

No hay pueblo ni aldea japonesa donde su guitarra no haya tocado las fibras de los nipones. En 1964 en Estados Unidos lo ovacionaron de pie y la prensa de San Francisco destacó no recordar un suceso guitarrístico similar en sesenta años.

Habiendo actuado en los teatros más importantes del mundo, el Colón inclusive, opinaba que éste es más un símbolo de consagración para un concertista de guitarra; un escenario más apto para ópera y ballet.

“El micrófono y la guitarra no van juntos. Todo se desvirtúa si se pone sonido artificial, se prostituye, dice Segovia. En todo el mundo se prefiere el sonido natural”.

Con Sábato, Romance de la muerte de Juan Lavalle

Predisponerse a escuchar la obra de Ernesto Sábato y Eduardo Falú anticipa el sentimiento que surge al acceder a una obra maestra. Palabras y música provienen de dos de los exponentes de la cultura argentina que ocupan lugares de privilegio entre los generadores del orgullo de un pueblo.

En una nota destinada a resaltar la contribución del autor de El túnel, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador a la música popular; René Vargas Vera introduce al lector a pormenores de la creación del Romance de la muerte de Juan Lavalle

Si bien a don Ernesto Sábato se le conoce más como escritor que abandonó la carrera de Física o es admirado como lúcido ensayista o la mayoría de los lectores lo identifica con sus célebres novelas de tono existencialista y filosófico, mucho menos difundido es su rol en la música. Sobre todo en la popular. No por cierto como constructor de sonidos, sino como furtivo poeta.

Poco después de haber publicado su novela Sobre héroes y tumbas (1961), reseña Vargas Vera, unos amigos le sugirieron escribir un texto poético sobre este mismo tema, algo así como un oratorio. Sábato accedió. Y el azar, o mejor aún, la predestinación, quiso que Sábato se encontrara con el eminente compositor y guitarrista salteño Eduardo Falú, a quien le entregó su texto. Esto ocurrió hacia mediados de los años 60. Y les ocurrió algo similar a lo de Félix Luna con Ariel Ramírez cuando escribieron el maravilloso ciclo La Navidad Nuestra.

El disco editado en 1993 por el sello de Iván René Cosentino incluye el relato que el propio Sábato hiciera del proceso creativo. “En pocas y febriles jornadas de trabajo hicimos esto que ahora sale en una nueva edición”. Le asistía, expresa el autor de la nota, una poderosa razón literaria-estética: “la perduración del Romancero castellano en el folklore vivo de nuestros pueblos”.

Para el Romance de la muerte de Juan Lavalle Sábato escogió mantener la prosa épico-lírica del correspondiente fragmento de la novela, introduciendo las coplas del tipo aún viviente en el folklore de estos países.

“Algunas de esas coplas, como las que rememoran el fusilamiento de Dorrego, las tomé directamente; otras, la mayoría las compuse yo mismo, respetando el espíritu que las caracteriza. De este modo traté de insertar nuestro romance en la gran tradición, adecuándolo sin embargo a la sensibilidad de nuestro tiempo, evitando un lenguaje arqueológico, ya que sólo podemos emocionar mediante la lengua que vivimos”.

Más allá de las enormes satisfacciones que trajo aparejada la experiencia, Sábato rescataba la prueba de que era algo esencialmente legítimo: “prendió en el espíritu de las gentes”. Pero la empresa no hubiera alcanzado ese valor, concluía, “si no hubiera tenido la ventura de encontrar un artista de la sensibilidad, imaginación y virtuosismo de Eduardo Falú. Y una vez más, en esta definitiva versión -porque no tendrá ya otra posibilidad- le quiero expresar no sólo mi admiración, sino su infinita paciencia para soportarme en esta empresa”.

Las reflexiones de Sábato encuentran continente a medida en la música del maestro Falú. Muerto ya Lavalle -luchador incansable por la Independencia, agobiado por el sentimiento de culpa que le producía el haber ordenado el fusilamiento de Manuel Dorrego y las luchas intestinas- es su alma la que habla. Elige a quien portará su corazón -conservado tras descarnar su cuerpo en un arroyo- porque es como dárselo a la tierra:

“… esta tierra regada con la sangre de tantos hombres como él. La tierra de esta Quebrada por la que hace ¡tanto tiempo! muchos hombres, como Aparicio Sosa, humildes y pobres, sin pedir nada, ¡sin recibir nada! ofrecieron su vida, únicamente por la libertad”.

Referencias:El Tribuno de Salta , Bariloche Semanal,Red Salta,La Nación, SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y compositores de Música).

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