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Las parábolas del maestro Sufí

Un maestro Sufí tenia la costumbre de contar una parábola al terminar cada lección, pero los alumnos no siempre entendían el mensaje de la misma.

-Maestro_ le dijo en tono desafiante uno de sus estudiantes un día-, siempre nos haces un cuento pero nunca nos explicas su significado más profundo.

-Pido perdón por haber realizado esas acciones- se disculpó el maestro-, permíteme que para reparar mi error, te brinde mi rico durazno.

-Gracias maestro.

-Si embargo, quisiera agradecerte como mereces. ¿Me permites pelarte el durazno?

-Si, muchas gracias- se sorprendió el alumno, halagado por el gentil ofrecimiento del maestro.

-¿Te gustaría que, ya que tengo el cuchillo en la mano, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?



-Me encantaría, pero no quisiera abusar de su generosidad, maestro.

-No es un abuso si yo te lo ofrezco. Sólo deseo complacerte en todo lo que buenamente pueda. Permíteme que también te lo mastique antes de dártelo.

-¡No maestro, no me gustaría que hiciera eso!-se quejó sorprendido y contrariado el discípulo.

El maestro hizo una pausa, sonrió y le dijo:

-Si yo les explicara el sentido de cada uno de los cuentos a mis alumnos, sería como darles a comer fruta masticada.

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El círculo

    • Quien está en el círculo, en un movimiento alrededor del polo, no se aleja nunca.
    • Quien prisionero de la imaginación sigue la tangente y recorre un camino rectilíneo, se aparta del objeto de la búsqueda, pues sale en busca de lo que ya está en él.
    • En cambio, para quien sigue el movimiento circular, no hay punto de partida ni de llegada, obteniendo así la realización espiritual. Él es el último por su eterna permanencia. Él es la existencia de lo primero y de lo último, de lo exterior y lo interior. Él es su nombre y lo que es nombrado. Su imagen está en mis ojos y en mi boca su nombre.
    • Moras en mi corazón ¿pero dónde te escondes?
    • Si alguien me dice: “Tú has abolido su señorío”.
      Yo respondo: no he abolido su señorío, porque Él no cesa de ser un señor magnificente ni cesa de ser adorador magnificado.

Él no cesa de ser Creador, ni yo ceso de ser creado.

Él es ahora tal como era.

Sus títulos de Creador, o de Señor magnificante, no están condicionados por la existencia de una cosa creada o de un adorador magnificado.

Antes de la creación de las cosas creadas, Él poseía todos sus atributos. Él es ahora tal como era.

Cada uno lleva en sí las posibilidades del amor y nadie puede sustraerse al mismo.

Como ninguna criatura puede existir sin su Creador y ningún servidor sin su Señor.

La creencia de un ser divino es necesaria para nuestra subsistencia.


Los que algunos llamamos Allâh, alabado sea su nombre, sentimos su presencia a cada paso de nuestras vidas.

Buscamos la perfección del alma, de nuestro ser a través de sus enseñanzas. Pero como seres imperfectos no poseemos la sabiduría absoluta.

Somos como las páginas de un libro, separadas no dicen más que parte del libro. Mojadas, quemadas o dañadas sólo pueden leerse palabras o letras sueltas, que a simple vista carecen de sentido.

Pero cada uno de nosotros somos para la creación, una letra, una palabra, una oración, una página de la sabiduría divina.

Juntos, conformamos el libro de la esencia del creador.

Todos somos importantes para poder comprender los misterios de la vida eterna.

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El primer pilar del Islam en el sufismo

El primer pilar del Islam es doble.

El testigo debe también testimoniar que Muhammad es el Mensajero de DiosMuhammadun Rasûlu-Lâh. El «viajero» debe aprender a ver en esta fórmula un resumen del camino espiritual, de la ola que le llevará hasta el final del viaje.

Los dos testimonios terminan de forma semejante.

  • Pero mientras lâilâha illâ-Llâh empieza por un término negativo, como para volver la espalda al mundo…
  • Muhammadun Rasûlu-Llâh 1 menciona en primer lugar el estado de perfección humana como punto de partida hacia la realización de todo lo que está situado más allá. Con otras palabras, existe un abismo entre esta fórmula y el novicio que, en diversas órdenes, no es autorizado a repetirla metódicamente hasta que la recitación de la primera Sahâda haya anulado ciertas contradicciones de su alma y le haya conducido al punto en el que le resultará posible salvar el vacío gracias a su aspirar y poner su subjetividad en el nombre Muhammad.


Repetir la fórmula Muhammadun Rasûlu-Llâh con el acento puesto en la primera palabra, es como revestirse con un hábito magnífico demasiado amplio, pero que tendría el poder mágico de hacer crecer hasta sus propias dimensiones al que lo lleva.

Sin embargo, el portador no debe confesarse a sí mismo que no lo llena; y la cortesía espiritual (adab) de la vía exige que vea en sus compañeros, discípulos como él, a portadores del mismo hábito y que, en consecuencia, les testimonie su respeto. Hay aquí otro ejemplo de ka’anna (como si), muy característico del sufismo, lo que ilustra también la primordialidad de su perspectiva.

Por M. Lings


Notas:
  1. Si Muhammadun Rasûlu-Llâh expresa el reflujo de la ola, puede encontrarse la expresión complementaria de su flujo en las tres letras Alif-Lâm-Mîm.

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La gnosis como vía de adoración y corazón de todas las religiones

Aunque la mayoría de los hombres están ocupados ganando su sustento y atendiendo a sus necesidades diarias y no muestran ninguna preocupación por los asuntos espirituales, yace en la naturaleza humana una necesidad innata de buscar al único Real.

Todo hombre cree en una Realidad permanente, a pesar de la afirmación de sofistas y escépticos, quienes llaman a toda verdad y realidad ilusión y superstición. Ocasionalmente, cuando el hombre contempla con una mente lúcida y un alma pura la Realidad permanente que impregna el universo y el orden creado, y al mismo tiempo ve la impermanencia y el carácter transitorio de las diversas partes y elementos del mundo, es capaz de contemplar el mundo y sus fenómenos como espejos que reflejan la belleza de una realidad permanente. El gozo que produce la comprensión de esta Realidad borra cualquier otro gozo de la visión de quien la contempla y hace que todo lo demás le parezca insignificante y desprovisto de importancia.

    • Esta visión es esa misma atracción Divina (yadhbah) gnóstica que arrastra la atención del hombre centrado en Dios hacia el mundo trascendente y despierta el amor de Dios en su corazón. Debido a esta atracción olvida todo lo demás. Todos sus múltiples deseos son suprimidos de su mente. Esta atracción guía al hombre hacia la adoración y alabanza del Ser Invisible que es en realidad más evidente y manifiesto que todo lo que es visible y audible. En verdad es esta misma atracción interior la que ha producido las diferentes religiones del mundo, religiones que están basadas en la adoración de Dios.
    • El gnóstico (‘arif) es quien adora a Dios a través del conocimiento y por amor a Él, no con la esperanza de la recompensa o el temor del castigo.

Por lo que acabamos de decir resulta claro que no tenemos que considerar la gnosis como una religión entre otras, sino como el corazón de todas las religiones. La gnosis es una de las vías de adoración, una vía basada en el conocimiento combinado con el amor, antes que con el temor. Es la vía para realizar la verdad interior de la religión, en lugar de permanecer satisfecho con su forma exterior y el pensamiento racional.

    • Toda religión revelada, e incluso las que aparecen en la forma de idolatría, tienen ciertos seguidores que caminan sobre la vía de la gnosis. Las religiones politeístas y el Judaísmo, el Cristianismo, el Zoroastrismo y el Islam tienen todas creyentes que son gnósticos.


Entre los compañeros del Profeta, ‘Ali es conocido particularmente por su elocuente exposición de las verdades gnósticas y las etapas de la vida espiritual. Sus palabras en este dominio comprenden un tesoro de sabiduría inagotable. Entre las obras que se han conservado de los otros compañeros, no hay gran cantidad de material que se refiera a estos temas.

    • La mayoría de los místicos sunníes o shi’íes consideran que el linaje espiritual de sus maestros se remonta al Imam ‘Ali, a través de compañeros como Salman Farisi, Uways al-Qarani, Kumayl ibn Zyad, Rashid Hayari, Maytham Tammar, Rabi’ ibn Jaytham y Hasan al-Basri.
    • Después de este grupo, en la segunda centuria de la era islámica, aparecieron hombres como Tawus Yamani, Shayban Ra’i, Malik ibn Dinar, Ibrahim ibn Adham y Shaqiq Balji, quienes fueron considerados por las gentes como santos y hombres de Dios. Estas personas, sin hablar públicamente sobre la gnosis o el sufismo, aparecían externamente como ascetas y no ocultaban el hecho de haber sido iniciados por el grupo precedente y haber recibido instrucción espiritual bajo su dirección.
    • Luego, a finales del siglo II/VIII y principios del III/IX, aparecieron entre otros Bayazid al-Bistami, Ma’ruf Karji y Yunayd al- Baghdadi, los cuales siguieron la vía sufí y manifestaron abiertamente su relación con el sufismo y la gnosis. Algunas de sus expresiones esotéricas, basadas en sus intuiciones y visiones espirituales, les acarrearon, a causa de su apariencia repugnante, la condena de algunos juristas y teólogos. Como consecuencia de ello, algunos fueron encarcelados y azotados y en algún caso incluso ajusticiados. Sin embargo, este grupo continuó floreciendo y mantuvo sus actividades a pesar de toda oposición. De esta manera prosiguió el desarrollo de la gnosis y la ‘vía’ (Tariqah) hasta que en los siglos VII/XIII y VIII/XIV alcanzó el apogeo de su popularidad y expansión. Durante las épocas posteriores ha sufrido fluctuaciones, pero ha podido mantener su existencia en el mundo islámico hasta el día de hoy.

Por Al’lamah Muhammad Husain Tabataba’i (*)
Traducido por Salim Algora


(*) Ayatullah Sayyid Muhammad Husayn Qadi Tabataba’i, nació en 1904 en la ciudad de Tabriz, en el Azarbaiyán iraní, en el seno de la familia Tabataba’i, la cual durante los últimos tres siglos ha producido generación tras generación destacadísimos sabios religiosos. Los sadat (plural de Sayyid) de esta familia descienden del segundo Imam, al-Hasan ibn ‘Ali. Este clan familiar también recibe el nombre de al-Qadi.


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Ibn ‘Arabi y el despojo de los bienes

Es así como yo mismo me despojé de todo cuanto me pertenecía; sin embargo, en aquella época, yo no tenía maestro (terrestre), a quien confiar el asunto y entregar mis bienes. Por lo tanto recurrí a mi padre; después de haberle consultado puse en sus manos todo cuanto poseía. No recurrí a nadie más porque no regresé a Dios por intermedio de un maestro, puesto que en aquel entonces no conocía a ninguno. Me separé de mis bienes como un muerto se separa de su familia y de sus propiedades.


En la mentada visión no sólo se le aparece Jesús, sino también las otras dos principales figuras del monoteísmo –Moisés y Muhammad-, brindándole cada uno de ellos un consejo específico. Si Jesús le exhorta a la renuncia de los bienes mundanos, Moisés le augura el logro del conocimiento trascendental de la unidad, mientras que el Profeta le recomienda que se aferre a él para salvarse. Y precisa Ibn ‘Arabi que, a partir de entonces, ya no abandonó el estudio de las tradiciones proféticas durante toda su vida. Por extraño que parezca, ese tipo de guía invisible no es ajeno en el ámbito del sufismo, sino que cuenta con reputados antecedentes históricos que se remontan a la época del mismo Muhammad. Quienes se benefician de ella poseen el estatuto de uwaysi, en alusión a la figura de Uways al-Qarani, contemporáneo del Profeta, que fue instruido por este sin que ambos se encontrasen físicamente.

Por F. Mora

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Encuentro en Córdoba entre Ibn ‘Arabi y Averroes

Cierto día, en Córdoba, visité la casa de Averroes (Abu al Walid Ibn Rusd), quien había expresado el deseo de conocerme personalmente, porque había oído hablar de ciertas revelaciones que yo había recibido, mientras me hallaba en retiro, que le habían asombrado. Por consiguiente, mi padre, que era uno de sus íntimos amigos, me envió a su casa con el pretexto de cierto encargo, sólo para dar así ocasión a que Averroes pudiese ponerme a prueba. Era yo a la sazón un muchacho imberbe. Así que hube entrado, se levantó del lugar en que estaba y, dirigiéndose hacia mí con grandes muestras de cariño y consideración, me abrazó y me dijo: «¡Sí!», y se mostró muy complacido al ver que yo le había entendido. Yo, por otro lado, percatándome por el motivo de su alegría, le respondí: «No». Entonces Averroes se apartó de mí, su color cambió y pareció dudar de la opinión que en principio se había forjado de mí. Entonces me formuló la siguiente pregunta: «¿Cuál es la solución. pues, que te ha aportado la iluminación mística y la inspiración divina? ¿Coincide con lo mismo que a nosotros nos enseña el razonamiento?». Le respondí: «Sí y no. Entre el sí y el no los espíritus vuelan más allá de la materia y las cervices se separan de sus cuerpos». Palideció Averroes, sobrecogido de terror, y le vi temblar mientras recitaba: «No hay poder salvo Dios», pareciendo entender el sentido de mi alusión.


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Ibn ‘Arabi y la Sura Ya-Sin

Cuando apenas cuenta con doce años, Ibn ‘Arabi cae gravemente enfermo, es muy probable que aquejado de la peste negra que, alrededor del año 1176, azotó el sur peninsular y el norte de África. Ésta es, dicho sea de paso, la referencia autobiográfica más antigua que aparece en sus escritos y también la primera alusión a las abundantes y profundas experiencias visionarias que ya no le abandonarían a lo largo de su vida:


Un día -cuenta Muhyiddin– caí gravemente enfermo y me hundí en el coma, hasta el punto de que se me creyó muerto. Vi entonces gentes de aspecto horrible que intentaban hacerme daño. Percibí entonces a una persona graciosa, poderosa, que exhalaba un delicioso perfume que me defendió de ellos y logró vencerlos. «¿Quién eres tú?», le pregunté. Aquel ser me respondió: «Soy la azora coránica Ya-sin, yo te protejo». Inmediatamente recobré el conocimiento y encontré a mi padre -¡Dios se haya apiadado de él!-, que me velaba, todo cubierto de lágrimas; acababa de terminar la recitación de la azora Ya-sin.

Por F. Mora

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