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Rock and roll islam (Fragmentos) – por Abdul Wakil Cicco

Páginas Árabes agradece la reseña de su libro que ha preparado el talentoso Abdul Wakil Cicco para hacerlo llegar a nuestros lectores. Shúkran yazilan jaie!

El islam, desde lado del mundo, suena lejano, ajeno, sospechoso. Pero está más cerca de lo que parece. Se cree que había musulmanes, que escapaban de la inquisición en España, en las carabelas de Colón. Y hay quienes juran que el primer mapa de América fue obra del marroquí Al Idris, también musulmán en el siglo XII. En Salvador, Bahía, en 1835, hubo una revuelta popular de esclavos musulmanes –se la llamó Revuelta de los Males (musulmanes)-: dos días de matanza sin cuartel de 70 esclavos y prisión para 280. Los líderes fueron sentenciados a muerte. Pero fue epopeya que dispararía, años más tarde, la abolición de la esclavitud.




El islam impregna la política argentina. Cuando buscaba respuestas en momentos difíciles, Juan Domingo Perón –según narra su secretario privado, Ramón Landajo-, abría su Corán, traducido al castellano. Las Fuerzas Armadas Peronistas surgieron en 1968 de la mano de Envar El Kadri. Si bien no practicaba las oraciones islámicas, y seguía más el ejemplo del Che Guevara que del Profeta Muhammad, poco antes de morir repetía a sus amigos: “Recuerden que soy musulmán. No me entierren como cristiano”. Hoy, El Kadri está sepultado en el cementerio musulmán de San Justo, bajo tierra que él mismo recogió en Líbano, país de sus antepasados.

Hay inscripciones islámicas en el subte de Buenos Aires –en la estación Independencia del ramal C se lee: “no hay más vencedor que Allâh-”-, y una iglesia del siglo XX empapada de estrofas del Corán: la de Santo Domingo, en la provincia argentina de San Luis, única en el mundo.

Hubo centenares de desaparecidos de origen árabe durante la dictadura que empezó en 1976 y se cree que muchos de ellos eran musulmanes. Los contó, para el 30 aniversario del golpe, Mustafá Ali, ex director de industrias culturales durante el gobierno de Kirchner.

-Nadie lo había hecho –se entusiasma Ali-. Me tomé el trabajo de contar uno por uno los apellidos árabes en la lista de la Conadep. Y luego quité los que ya estaban identificados como judíos.


«Tu libro lo leí en dos días. Me sentí muy representado». Suhail Assad es uno de los sheiks, de la corriente shia, con más presencia en Latinoamérica. Durante cinco años, en su otra vida, fue actor de teatro under en Buenos Aires. Su compañero era el provocador José María Muscari. Juntos hacían sus propias obras en el Rojas y el Parakultural. A los 25, dejó todo y se recibió en el Líbano de recitador coránico. Hace 20 años, vive en Irán, donde se doctoró en filosofía y misticismo. Y recibió doctorado honoris causa en ciencias del sufismo. Hoy, conduce programas islámicos de tevé seguidos en toda el habla hispana. Y fundó diez centros islámicos en Latinoamérica. Desde la Mezquita Imam Musa Alkazem, en Qom, Irán, le pone voz a un fragmento de «Rock and roll islam».


Los historiadores todavía debaten si los gauchos eran o no descendientes de musulmanes escapados de la Inquisición. A juzgar por sus costumbres, la ropa y el léxico, todo indica que eran más descendientes de moros que de españoles.

En la Argentina fue hecha una de las primeras traducciones al español del Corán –la hizo Ahmed Aboud, en 1943- y desde el año 2000 tiene la mezquita más grande de Latinoamérica –destronó a la mezquita Ibraheem Al Ibraheem en Caracas, aunque esa sigue teniendo el minarete más alto de Occidente-: tres hectáreas y media, con escuela, estacionamiento y capacidad para 2000 personas. Costó 14 millones de dólares (se dijo en un momento que fueron 40), y es producto de la visita que hizo durante su primer mandato el presidente Menem a Arabia Saudita, cuando le preguntó al rey Fahd en qué podía ayudar él, de familia musulmana, al islam en su país. El rey le dijo:

-Haga una mezquita.

Y Menem –esta vez sí- lo hizo. Eligió tres hectáreas en una de las zonas mejor cotizadas de la ciudad, que pertenecían a los ferrocarriles.

Se sabe que un musulmán cordobés –nunca supe quién- se carteaba con René Guenon, un esotérico que se inició como masón y vivió sus últimos años en Egipto convertido al Islam, y que el erudito suizo Frithjof Schuon –convertido al islam – tenía un representante de origen libanés en Buenos Ares, que celebraba reuniones sufis en un cuarto lleno de humo de tabaco y que murió sin pena ni gloria en el Hospital Ferroviario.

Hay un héroe de Malvinas musulmán que sobrevivió a la guerra: el soldado Marcelo Salomón, fallecido en 2007. Hay un pueblo musulmán, La Angelita, a 350 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, con 300 habitantes de los cuales, se estima, la mitad practica el islam. Y hasta hay un santo musulmán –a los santos en el islam se los llama awliya-, enterrado en el cementerio de Pérez, en Soldini, Santa Fe: Ahmed Amado. Gente de todas las religiones peregrina a su tumba y acumula cada día más milagros. Se cuenta que durante un apagón, cuando Amado estaba por morir, la única bombilla eléctrica que se mantuvo encendida pendía sobre su cama de hospital. En el islam, a los milagros se los llama karamat. Y por prudencia y humildad, en vida los santos los esconden.

-El hombre perdió la capacidad de maravillarse –dice el sheikh sufí yerrahi Abdul Qadir Ocampo, café en mano y mordiendo una Cerealita en el patio cerrado de su lugar de reunión en Buenos Aires-. ¿Cómo llegó este café a mi mano? Es un hecho excepcional. La existencia de un árbol ya es una maravilla. La bellota del roble está vacía. Entonces, uno se pregunta, ¿cómo algo puede nacer del vacío? Eso es un milagro. Lo que pasa es que cuando uno está lleno de ego, no le entra nada. Ninguna maravilla. Está enajenado de lo divino.


Abdul Wakil en el hajj en Arafat

Los sirios, libaneses y turcos que llegaron a la Argentina desde el siglo XIX, en vez de afirmar sus raíces islámicas las hicieron hilachas. No dejaron a su paso mezquitas, y apenas llegaban al puerto de Buenos Aires los empleados de migraciones, por apuro, desdén o incomprensión, les cambiaban el apellido. O directamente les decían:

-No te entiendo nada. Así que te anoto como Jorge.

Las cifras lo dicen todo: el 62% de los hijos de la primera generación de musulmanes argentinos no habla árabe. Y el 87 por ciento de sus nietos no sabe ni una palabra (el dato lo recoge Abdul Wahed Akmir en su estudio “La inmigración árabe en Argentina”). En los años ’80, para preservar la descendencia, la World Assembly of Muslim Youth, de Arabia Saudita, organizó campamentos juveniles en Tucumán. Convocaron a hijos de musulmanes de todo el país. Al comienzo, fueron un éxito: asistían 200 personas. Pero el campamento, para los jóvenes, era una patada en la ingle: los levantaban a rezar a los empujones antes del amanecer, y a las parejas de enamorados las disuadían de todo contacto con gritos y linternas. En las comidas, a los varones los sentaban con las madres de las chicas. Y tras un interrogatorio, si el joven salía airoso del desafío, la madre le señalaba a la candidata.

– Mirá, mi hija es la de allá. ¿Te gusta? ¿No querés venir a cenar a casa algún día de estos? Se nota que sos un chico de buen corazón.




El último campamento se celebró a mediados de los ’80, y no terminó a las piñas por muy poco. El que dirigía el rezo –el imam- casi se le echó encima al que convocaba a viva voz a la oración –el muecín- porque, decía, éste lo había hecho según la tradición shíita, y el imam era sunnita. La grieta que todo lo embrolla.

Nadie sabe cuántos musulmanes hay en la Argentina. El último censo religioso, de 1947, indica que existían 18 mil. Hoy sólo hay conjeturas: el Centro Islámico estima 800 mil. Un informe del International Religious Freedom Report calculaba en el 2010 la presencia de entre 400 y 500 mil. Para el mismo año, el centro de investigación Pew de Washington conjeturaba que había un millón. Otros, más modestos, trazan una proyección del último censo del ’47 y, como no hay más migración islámica –excepto la reciente ola de senegaleses-, señalan que en el país no hay más de 40.000 de musulmanes.

A veces, el islam se esfuma durante siglos y reaparece, como el bambú, en descendientes que, tan apartados de su origen, desconocen que tuvieron ancestros musulmanes. En el mundo islámico esto se explica por el poder de la dúa: el pedido a Allâh. Lo más probable es que, hoy en día, todo aquel que se convierte al islam haya tenido, allá lejos y hace tiempo, un antepasado que puso la frente en la alfombra y rogó a Dios para que alguien de su descendencia regresara al islam.

Muchas de las historias de este libro son respuestas a esas plegarias.


Construyó mezquitas en varios países. Tradujo un texto esencial de las ciencias islámicas. Sobrevivió a una picadura de escorpión. Una puñalada. Y su nombre figuró por error entre los desaparecidos. Desde Granada, Abdur Rahman Colombo lee un fragmento de «Rock and roll islam».


El origen del sufismo es obra y gracia de un acto de espionaje. El primer hombre en ser considerado sufí -aún cuando el término no existía- se llamaba Hudhayfa ibn Al Yaman y vivió en el siglo VII. Era contemporáneo y compañero del Profeta Muhammad. Hudhayfa dormía junto a otros emigrados sin techo, a un costado de la mezquita en Medina, en Arabia Saudita: unos 90 hombres y sus familias, viviendo de limosnas y changas y durmiendo en el piso.

-Estamos hechos de tierra –decían-, y volveremos a la tierra.

Sin ataduras de trabajo, Hudhayfa seguía al Profeta a toda hora y a todas partes. Y él le tenía tanta confianza que fue el único a quien le reveló un secreto: la lista de los hipócritas que convivían junto a ellos en Medina, la ciudad que lo había albergado a él y a los suyos tras el exilio de Meca.

Algunos lo habían recibido como profeta, y dieron su vida por él. Otros, lo consideraron enemigo y dieron su vida para acabar con él. Y había un tercer grupo: se hacían llamar musulmanes pero, puertas adentro, eran traidores. Eran los más peligrosos.

Muhammad le ordenó a Hudhayfa que los observara discretamente, noche y día. Hudhayfa reportaba reuniones clandestinas. Conspiraciones. Puñales escondidos. En poco tiempo, se volvió experto. La misión de espiar no hubiese pasado de anécdota si no fuera porque Hudhayfa empezó a aplicar ese método sobre sí mismo. Se detenía a observar si cuando rezaba era suficientemente sincero o si era, también él, un hipócrita oculto –la sinceridad, en el islam, representa un tercio del camino-. Se preguntaba si cuando daba limosnas no lo hacía sólo para que vieran lo generoso de su acto. Otros compañeros apuntaban a acumular actos virtuosos; él se dedicaba a quitar la mugre de su alma. Mientras los demás preguntaban al Profeta cómo plasmar buenas obras, él preguntaba cuáles eran las malas acciones.

-Así evito caer en ellas –decía.

Hudhayfa se hizo tan respetado que, tras la muerte del Profeta, los líderes que lo sucedieron le pedían consejo, y hasta que él no estuviera presente las oraciones fúnebres no se hacían. Algunos, con cierta vergüenza, le preguntaban si su nombre figuraba o no en la lista de hipócritas del Profeta.

-Hay distintas clases de corazón -enumeraba Hudhayfa-. El corazón cerrado o atrofiado, de los desagradecidos y no creyentes. El corazón envuelto en capas delgadas de los hipócritas. Y el corazón abierto y justo que emite luz radiante de los creyentes. La fe es un árbol que se alimenta de agua pura, mientras la hipocresía es un grano que se alimenta de sangre y pus. Aquel que más florece, gana el control.

Esta ciencia del corazón tiene tinte épico: es el duelo contra lo peor de uno mismo. Caprichos, miedos, hipocresía, estamos llenos de basura. El Profeta lo llamaba Yihad akbar: la gran batalla. El combate entre el hombre y cuatro enemigos: sus deseos, el ego, el mundo material y el demonio. Cada uno, de acuerdo a los sabios, equivale al ataque de 700.000 soldados. El guerrero que se dispone a pelear contra ellos es un verdadero sufi.

Los sufís hicieron del Profeta modelo de vida. Cuanto más se lo imita más se progresa. Cuanto más se lo ama, más lo ama a uno Dios. El Profeta repetía que él había venido a este mundo para perfeccionar la personalidad de los seres humanos. “Un hombre puede obtener virtudes en todas sus acciones, advertía, incluso en llevar comida a su boca”.

Los sufís son maestros de cortesía.


Aquí el sheik Abdul Rauf, representante de la orden sufí naqshbandi y guardián de una reliquia power, le pone voz a la primera enseñanza que recibí en casa de Mawlana Sheik Nazim, el maestro más apabullante de los últimos tiempos.


-El sufismo busca alcanzar el estado del Profeta -dice el argentino Abdul Rahman Colombo, en una confitería de Barrio Norte frente a su casa-. Sufismo es saborear lo que él saboreó.

El Corán y la conducta profética se volvieron así métodos de limpieza interior y elevación de conciencia. Semilla del sufismo.

Tal como hizo Hudhayfa, en lugar de sólo observar las conductas, los sufís colocaron el énfasis en las enfermedades espirituales del corazón –envidia, avaricia, falta de fe-, un órgano que late 100.000 veces al día, bombea por hora 300 litros de sangre e involucra un cablerío de 96.500 kilómetros de arterias y venas, dos veces y media la vuelta al mundo.

-Ni los cielos ni la tierra pueden contenerme -dice Dios, en un relato profético-. Sólo Me contiene el corazón del creyente.

En el islam, se insiste en que todos nacemos musulmanes. Uno, desde el comienzo, ya conoce a Dios. A lo largo de la vida el viaje hacia Él es, en realidad, viaje de vuelta. Descubrirlo es recordarlo.

En el Corán está claro: antes de venir al mundo, las almas fueron reunidas. Y Dios preguntó: “¿Acaso no soy su Señor?” Y todos dijimos que sí. Luego llegamos a este mundo, y entre boleta de luz, corte de calle y maratón de Netflix, uno lo olvidó todo –hombre, en árabe, también significa olvido-. Aún así, Dios dejó una marca de ese episodio. Un sello original en cada uno de nosotros: la Fitra. Tomar contacto con esa fitra y recuperar la memoria es el mayor objetivo de los místicos: es transformarse en ser humano. El Profeta lo llamaba morir antes de morir. Morir a la boludez. Despertar a la verdad.

Abdul Wakil en Medina

El sufismo era lenguaje nuevo, embriagador. Se cuenta de santos que, de tan absorbidos por el amor divino, no sienten nada cuando les amputan una pierna durante la oración. De quienes se inclinaron en la oración sin reparar en que habían sido atravesados por flechas. Y hay quienes irrumpen en afirmaciones que espantan a los musulmanes más atados a la ley que a la inspiración.




Mientras los musulmanes ortodoxos sostienen que creer en santos, visitar tumbas o seguir a un maestro es quitarle protagonismo a Dios –adjudicarle poder a otro es el peor pecado en el islam-, los sufís llaman a los santos “amigos de Dios”, rezan junto a sus tumbas y entregan su obediencia a un maestro espiritual, a quien ven como la encarnación viva del Profeta. Para los sufís, el éxtasis, la música y el canto son instrumentos para acercarse a Dios. Pero el resto de los musulmanes esas son actividades prohibidas y los más ortodoxos juzgan a los sufís como volados y soñadores. Los sufís los ven a ellos como la policía religiosa.

-Si todos los musulmanes fueran sufís -comenta Abdul Hakim Murad, un británico converso que hoy dirige el Muslim College en Cambridge-, entonces todo el mundo se haría musulmán.

Abdul Wakil al salir de la seclusion que cuenta al final del libro

Por Abdul Wakil Cicco


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