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Vocablos árabes presentes en el lenguaje de los pueblos europeos

Después del siglo XII la decadencia se acentúa, y en el es decisiva la ruina : destrucción del Califato Oriental por los mongoles ; conquista de Córdoba por San Fernando, en 1236.

El florecimiento de la cultura árabe en intensidad, extensión, profundidad y variedad, es enorme. No queda ningún campo importante vacío de ella. Después de un período extraordinariamente breve, en que se asimilan todo cuanto el mundo anterior había podido producir, llegan el arte y la ciencia, la técnica y la industria, a un desarrollo cuya extensión y grandeza apenas podemos concebir sin el auxilio de la fantasía.



El lenguaje de los pueblos europeos contiene multitud de palabras que expresan su origen árabe ; entre ellas figuran numerosas designaciones de Astronomía, Matemática, Química, Farmacia, Náutica, Derecho, etc., así como muchos nombres de objetos comunes y corrientes, tejidos, prendas de vestir, etc.

Así, dice muy bien un erudito escritor (1): «Que desde el zaguán de una casa a la azotea de la misma, toda su albañilería y utensilios recuerdan la influencia de los árabes : el aljibe, en el patio ; la alberca, en el huerto ; las tapias, tabiques, alacenas, tarimas, rincones, alcobas , ajimeces, azulejos, alcayatas, aldabas, etc. ; los utensilios de cocina : jarras, cazuelas, almireces, candiles, bateas y tazas; los de cama : almohada, sábana y jergón; los de sala : sofá y alfombra; los nombres de objetos de vestido: tacón, zapato, zaragüelles, zamarra, jubón, chupa, capa, toca, canana, alamares, cenefas, jareta, ribete, alforza, abalorios y alfileres; los de guisos y dulces: albóndiga, almíbar, arrope y alfeñique; los de fruta de la tierra: sandías, limones, naranjas, alcachofas, albaricoques, albérchigos, bellotas, azafrán y aceite; los de flores: albahaca, alhelí, azucena, etc. ; los de medida de capacidad y peso: azumbre, arroba, quintal, quilate, fanega, cahiz y celemín; los de equitación y arriería: acicate, jaez, albarda y recua; de guerra: algarada, zaga y alférez ; de administración: alcaide, alguacil, aduana y mesta; y, finalmente, entre otras muchas, las de establecimientos, como tahona, alhóndiga, fonda, almacén y alfarería, son palabras de una sociedad que se desvía del patrón de los pueblos neorromanos.»

Entre las bellas artes descuella—ya que la representación humana por la pintura o la escultura no estaba permitida— la arquitectura: arco ojival y arco de herradura, profusión del estuco, preferencia por los colores y los ornamentos (arabescos).

La poesía destaca entre todas las artes : Abderrahmen I y muchos médicos célebres han sido poetas notables. Unas veces es poesía alegre y anacreóntica : cánticos al amor, al vino, etc.; otras tiene un carácter filosófico y pesimista. Al decaer el Imperio árabe se transforma en juegos artificiosos y retorcidos de un lenguaje recargado.



En ciencia destacan los estudios matemáticos , astronómicos, geográficos, mecánicos, ópticos, químicos y mineralógicos.

La ciencia está en gran parte inspirada en la escuela de Alejandría, a la que sigue no servilmente, sino con una gran labor original y propia. Numerosos experimentos y observaciones propias determinan un enriquecimiento extraordinario del material científico, que puede ser utilizado gracias a análisis muy exactos y a muy hábiles clasificaciones. Las aplicaciones prácticas de los estudios científicos se logran fácilmente, merced a una técnica muy perfeccionada.

Por el Dr. G. Del Real


Notas:
  1.  Citado por J. Cabello en La provincia de Segovia, 1920, pg. 97.

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El Algarrobo en la cultura árabe

La Ceratonia Siliqua, árbol leguminoso, siempre verde, de flores purúreas y cuyo fruto se denomina Algarroba, siendo una legumbre con semilla de color de café, azucarada y muy alimenticia.

La Biblia cuenta que el Hijo Pródigo sólo comía Algarrobas al regresar al hogar paterno, y así lo encontramos citado en otras leyendas parecidas de otros sistemas religiosos. Desde nuestro punto de vista, es árbol lunar; pero que recibe grandes y significadas impresiones solares.

Los árabes lo cultivaron en jardines sagrados, como remedio contra la epilepsia, pero para esta enfermedad sólo son útiles los frutos de una tercera generación de algarrobos cultivados bajo formas astrológicas.

Los árabes lo llaman Kahrub y los franceses Caroubier, de cuya palabra procede la medida Carate, Quilate, pues en tiempos remotos usaban las semillas de la Algarroba para pesar las piedras preciosas. De ahí tomó también su nombre la moneda árabe.



Ricardo I, en sus cruzadas estuvo expuesto a perecer de hambre con sus huestes de no haberse alimentado con Algarrobas, que dio aquella época en cosecha abundante y capaz de sostener a un ejército sitiado.

En casi todas partes, se llama al Algarrobo Pan de San Juan, ya que dice la leyenda que el Bautista no tomaba otro alimento que el fruto de este árbol. Al preguntársele el porqué, respondió que ese árbol, siendo lunar, marchaba en su evolución a convertirse en solar, de lo cual era símbolo el Bautismo y la Redención.

Cuando San Juan murió mártir, se perdió su cabeza después de la horrible exposición, y al encontrarla los cristianos se había convertido en Ortiga. La Ortiga es mercuriana, pero con influencias de Marte, y por eso el hierro que contiene es doblemente medicinal. Analizada la Ortiga, vemos que tiene las mismas sales que la sangre humana. Su extracto, por consecuencia, es de grandiosos resultados para mantener prolongadamente una vida sana.

Por el Dr. K-Heller

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Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani – Abulcasis – Médico andalucí

Abulcasis,padre de la cirugía moderna

Sana Helwâ tabiba Yasmín!

Toda la Medicina árabe se encuentra influida por el espíritu de la dialéctrica peripatética, que ajustaba perfectamente al carácter mental de pueblos orientales, y que Galeno había adaptado a la Medicina griega, haciendo retroceder la investigación directa de la Naturaleza ante las construcciones mentales apriorísticas y estancando de este modo el avance de la Medicina.

Del mismo modo que el progreso de la Medicina clásica, después de Galeno, sólo fue posible al aparecer un gran material científico, que trae consigo una modificación esencial en los métodos de estudio del mismo, la Medicina árabe, que se mueve por completo dentro de las normas galénicas, supone progreso en cuanto amplía considerablemente la base de observaciones y de conocimiento médicos.

Es indiscutible que somos deudores a los árabes del beneficio de haber enriquecido extraordinariamente el tesoro terapéutico con valiosos remedios, fundando la profesión farmacéutica, creando la farmacopea y desenvolviendo la creación de grandes hospitales, utilizables para la enseñanza, y en la que se cultiva brillantemente la Medicina, sobre todo en las especialidades oftálmica y de enfermedades mentales.

El número de médicos árabes autores de obras científicas es extraordinario. Wüstenfeld lo calcula en más de trescientos ; Leclerc lo eleva a cuatrocientos. De la mayor parte no se conoce más que el nombre del autor y el título de las obras, que existen sólo como manuscritos o que se han perdido y no se conserva más que la cita que de ellas hacen los restantes escritores.

Es tan extraordinario el valor de la ciencia árabe, que en el siglo XII, y sólo por ser el centro de traducción de esta ciencia, Toledo, reconquistado en 1085, se convierte en el centro cultural de la Europa de Occidente. La escuela, conocida con el nombre de «los traductores de Toledo», traslada de Oriente a Occidente la ciencia clásica de los árabes, vertiendo hasta noventa textos médicos; lo habían hecho en sentido inverso es decir, del griego y el latín al árabe, los enviados de Bagdad, Mesué, Johannitus y otros. Estas traducciones nutren el pensamiento europeo por espacio de tres siglos.

Las mejores obras de la escuela de Salerno y las de la ciencia francesa no son más que traslaciones y comentarios de estas traducciones toledanas. Por lo que a España hace referencia, basta decir que en la segunda mitad del siglo XVIII aún eran libros de texto los Cánones de Avicena y de Mesué, y se estudiaban en uno o dos años de la carrera médica.




Abulcasim Jalaf ben Abbás el Zahrani-Abulcasis o Abulcasim (936-1013)

Pertenece al grupo de los grandes médicos bienhechores de la Humanidad y es indiscutiblemente la mayor autoridad quirúrgica de la Medicina árabe.

Nació en Zahara (Córdoba), la residencia del Califa Abderrahemen III, faltando datos seguros acerca de la fecha de su nacimiento y de su muerte, así como del sitio de su residencia habitual. Se admite en general que vivió en la corte de aquel Califa, y como Abderrahmen, murió en 961, la vida de Abulcasis debió deslizarse entre los dos últimos tercios del siglo X y el primero del XI, lo que coincide con los datos de algunos cronistas árabes, que afirman que vivía el año 460 de la Hegira  y que murió el 404 (es decir, el 1013 de la Era cristiana).

Si se admitiera, con León el Africano, que Albucasis vivió cien años, debió de nacer en el 912.

Conocedor de las obras de la antigüedad clásica, y especialmente de la literatura médica de griegos, romanos, judíos y árabes, tuvo Albucasis dos iniciativas que le han inmortalizado: una, la de rehabilitar la Cirugía, reuniendo metódicamente en un solo libro las nociones de este arte, disgregadas antes de él en diversas obras, y otra, el coleccionar alrededor de doscientas láminas que ilustran sus manuscritos, unas originales y otras recogidas de viejos pergaminos, sobre instrumentos, operaciones y representaciones de enfermos y de enfermedades, con lo cual su obra viene a ser el mejor, sino eI primer libro con atlas dedicado a la Cirugía.

La idea de ilustrar el texto con láminas se atribuye a Aristóteles, y varios libros de los comienzos de la Era cristiana las tienen ; pero ninguno en tanto número, ni tan bien expuestas, con sus nombres y descripciones, en cada uno de los capítulos donde tienen su aplicación adecuada.

El conjunto de su obra, dividido en treinta libros, lleva el título de Altasrif (en traducción latina, concessio ei data, qui componere hand valet). Es un compendio de Medicina práctica, traducido en el siglo XII al hebreo por Sem Tob y al latín por Gerardo de Cremona.

Se divide en dos partes : la primera , parte médica, tiene una traducción latina incompleta : Liber theorica nec non practicae Alsaharavii. Ang. Vid., 1519, y se basa principalmente en los escritos de autores árabes anteriores, principalmente de Rhazes. Merece ser citada la parte que trata de la preparación de los medicamentos ; los del reino mineral, principalmente, por sublimación. Para la destilación utilizaba una estufa especial cuyo combustible se iba renovando de un modo automático.

La segunda parte, quirúrgica, publicada primeramente en traducción latina, en Basilea, en 1541 ; después, en el texto original y traducción latina por Channing (Oxford, 1778), traducida posteriormente al francés por Leclerc (París, 1891)

A la Cirugía está consagrado el último de los treinta libros de Albucasis, en el que expone en primer término la Anatomía, aunque no sea ésta más que la primitiva y errónea de aquellos tiempos.

Según los eruditos modernos—Escribano—, la obra de Albucasis es, en lo quirúrgico y en gran parte, copia del sexto libro de Pablo de Egina, a quien, sin embargo, no cita el cordobés, siguiendo en esto la costumbre de los enciclopedistas árabes.

Roger de Parma y Guillermo de Salíceto (siglo XIII), pagaron a Albucasis en la misma moneda, silenciando su nombre a pesar de copiarle repetidas veces.

Por la traducción al francés que hizo Leclerc, en 1861, conocemos el texto y 150 láminas, a la vez que una crítica seria y apenas mejorada posteriormente del autor y de su obra.

Fué Albucasis, según se desprende del estudio de sus obras, un espíritu profundamente religioso, un partidario del método de la observación directa y un cirujano parco en operar y más inclinado al cauterio que al bisturí.

Como creyente convencido, repite varias veces la frase «Yo cuido a los enfermos ; pero realmente es Dios quien los cura», que cinco siglos más tarde adquirirá resonancia, pasando por original y simbólica, repetida en francés por Ambrosio Paré y esculpida en su estatua con las palabras : «Je le pensay et Dieu la guarist», cuya invención, como dice Escribano, es probable que tampoco pertenezca al cirujano de Córdoba, sino a literaturas mucho más antiguas, pero cuyo profundo y laudable sentido comparten gran número de sabios médicos de todos los tiempos.

Como observador sagaz, concede Albucasis gran predominio al método de observación y de experiencia al estilo de Hipócrates, frente a las supercherías de los charlatanes y la astrología de los ilustrados, asegurando que todo lo escrito en sus libros lo había visto con sus propios ojos y practicado con sus manos.

El libro consagrado a la Cirugía aparece dividido en tres partes. En la primera estudia todo lo relativo a los cauterios : sus formas, materiales empleados en su construcción y trastornos patológicos, muy numerosos, en que deben ser aplicados. Encuentra igualmente aplicación el cauterio en la hemostasia, especialmente en la hemorragia arterial. Para combatir ésta recurre, sin embargo, a otros métodos, como, por ejemplo, la división completa de la arteria sangrante, la ligadura doble con doble hebra de la arteria sacada al exterior con un gancho, etc.

Aunque en la segunda parte sigue, en la exposición y en el orden de la misma, a Pablo de Egina, se encuentran también gran número de observaciones propias y de métodos originales, que, prescindiendo de las láminas explicativas, dan gran valor a la obra. No podemos detenernos en la exposición del contenido de la obra, que comprende el estudio de las suturas, la talla, la litotricia y la circuncisión.

Dice, respecto de la traqueotomía, no conocer a nadie que haya realizado esta operación. En las resecciones, además de algún caso muy interesante, describe diferentes clases de sierras y otros instrumentos. La indicación de la amputación es la gangrena, que puede depender de diversas causas. Es admisible la amputación hasta por encima del codo o de la rodilla ; si la gangrena avanza más arriba, la muerte es inevitable. Describe la técnica de la amputación ; la hemorragia se cohibe con el termo con los cáusticos ; no se citan las ligaduras. En el último capítulo se describe la flebotomía y las ventosas.



La tercera parte del libro 30 comprende el estudio de las fracturas y de las luxaciones, describiendo muy detalladamente el tratamiento de las mismas.

Termina la obra exponiendo los métodos más adecuados en aquella época para tratar los partos difíciles y complicados y las diferentes operaciones de Oftalmología, Odontología y Otología.

De que es injusta la censura lanzada contra Albucasis de ser cirujano tímido da buena prueba, entre otras, la sutura intestinal que improvisó en un soldado herido y la extirpación de un tumor del maxilar superior profundamente adherido, empleando, uno tras otro, el bisturí, el escoplo y el martillo y, finalmente, el hierro candente.

La fama de Albucasis trascendió a toda Europa en el siglo XII, gracias a la traducción hecha en Toledo, siendo la base de los libros de Lanfranc (1296) y de Chauliac (1330-1363), los grandes divulgadores de la Cirugía en Francia, Italia y España.

En España debió ser muy leído Albucasis, primero en la escuela de Córdoba y después, ya traducido al latín, en los reinos cristianos, juzgando por la gran notoriedad que alcanzó en la Edad Media y lo mucho que le citan nuestros clásicos, posteriormente ya, en el siglo XVI ; pero al castellano sólo se tradujo un fragmento, en Valladolid, por Alfonso Rodríguez de Tudela, en 1516, y no su libro 30, de Cirugía, sino el 28, que trata de minerales, plantas y animales.

Es dudoso que la obra que con el título de Liber servatoris,impreso en 1471 en Venecia y más tarde, unido a las obras de Mesué el Joven, estudia la preparación de los medicamentos, sea verdaderamente original de Albucasis. 1


Por el Dr. García del Real

(1) Véase edición española de la Historia de la Cirugía, de Harvey Graham, y Apéndice de la Cirugía en España, por García del Real. Barcelona, 1942.


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La medicina en la antigua civilización babilónica.

Opio, mandrágora, cáñamo, cerveza y vino, así como diversos tipos de venenos, formaban parte de los ingredientes de la medicina en la antigua civilización babilónica.



Para tratar la ceguera nocturna y otras enfermedades de los ojos, los antiguos egipcios usaban jugo de hígado. Hoy se sabe que el principio activo que mejoraba la visión de los egipcios era el retinol o vitamina A que contiene esta glándula.

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Leonardo Fibonacci y su nexo con los alquimistas árabes

Recordemos que en el siglo XII un mercader, Leonardo Fibonacci (1170-1245), conoció a unos alquimistas árabes en Bujia (Argel), donde le enseñaron el sistema de cálculo que nosotros utilizamos ordinariamente.

Alrededor de 1228 escribió el Liber abaci, donde daba forma a la nueva numeración que se extendió desde Italia por toda Europa. Introdujo, además, la numeración posicional, las operaciones con números enteros y fraccionarios, la trigonometría y el álgebra, fue un gran divulgador y un genio matemático, sus postulados, soluciones y descubrimientos alimentaron sin variar durante tres siglos el conocimiento matemático.



Hay que señalar que hasta el año 1959 aún trabajaban en la ciudad de
Fez (Marruecos) varios laboratorios alquímicos, uno de ellos subterráneo.

Por S. Río

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Omar Khayyam-Desde la trigonometría hasta la poesía de los cuartetos

Estatua de Omar Khayyam

(Omar Jayyam o Khayyam; Nishapur, actual Irán, 1048 – id., 1131) Poeta, matemático y astrónomo persa. Se educó en las ciencias en su nativa Nishapur y en Balkh. Posteriormente se instaló en Samarcanda, donde completó un importante tratado de álgebra. Bajo los auspicios del sultán de Seljuq, Malik-Shah, realizó observaciones astronómicas para la reforma del calendario, además de dirigir la construcción del observatorio de la ciudad de Isfahán. De nuevo en Nishapur, tras peregrinar a la Meca, se dedicó a la enseñanza y a la astrología. La fama de Khayyam en Occidente se debe fundamentalmente a una colección de cuartetos, los Rubaiyat, cuya autoría se le atribuye y que fueron versionados en 1859 por el poeta británico Edward Fitzgerald.

Si en Occidente Omar Khayyam tan sólo es conocido como poeta, Oriente, en cambio, lo conoció casi exclusivamente durante toda la Edad Media como astrónomo, matemático y filósofo; en el ámbito de la matemática estudió las ecuaciones cúbicas proporcionando una solución geométrica para algunas de ellas, e intentó clasificar ecuaciones de diversos grados según el número de términos que aquéllas contuvieran. Sólo a partir de mediados del siglo XIX, desde que la traducción de Edward Fitzgerald de los Rubaiyat dio celebridad a su nombre en Europa y en América, empezó también a ser estudiado y admirado como poeta por el Oriente persa y árabe.

    • Pocos hechos de su vida se encuentran atestiguados históricamente. Nació en Nishapur en año impreciso, alrededor de 1050. El nombre entero que se da en su Álgebra es Omar ibn Ibrahim al-Khayyami, de la que fue extraída la forma que él mismo usa en sus cuartetos como nombre poético: Khayyam (en árabe «fabricante de tiendas»). La noticia de su amistad de adolescente con el futuro ministro seleúcida Nizam al-Mulk y con el futuro jefe de los asesinos Hassan ibn as-Sabbah suscita serias dificultades de cronología. Pero es indudable que, en 1047, el todavía joven científico fue invitado por el sultán Malik-Shah, juntamente con otros dos eruditos, a preparar una reforma del calendario persa, que terminó con la fijación de una nueva era, la era Gialali, denominación que procede del sobrenombre del sultán.

En 1112, el compilador Nizami Arudi Samarquandi recuerda haber encontrado al maestro en Balkh y haber oído de él una profecía sobre su propia tumba, que él vio después cumplida en Nishapur, donde el sepulcro de Omar Khayyam, como el mismo poeta había predicho, estaba cubierto de pétalos de flores y a la sombra de un peral y de un melocotonero. Un pasaje recientemente descubierto del ilustre az-Zamakhshari (literato y teólogo fallecido en 1143), atestigua una relación suya con Omar Khayyam, de la que se desprende la doctrina y la modestia del científico y poeta persa (otros en cambio lo habían descrito como intratable y soberbio), y su conocimiento del que puede considerarse en algunos aspectos como su precursor árabe, Abu al-Ala al-Maarri.

    • Rubaiyat no es el nombre de una obra sino de una forma métrica (en singular, «rubai», que puede traducirse como «cuarteto»). Tal estrofa, formada por cuatro versos con el esquema de rima A-A-B-A, era extraña a la poesía árabe clásica, y fue usada sobre todo en la persa. Se encuentran cuartetos designados con el vocablo árabe «rubaiyat» desde los comienzos de la lírica persa, en el siglo X; los vemos después atribuidos a muchísimos poetas, y aun a hombres de ciencia, como Avicena; entre los más insignes sobresalen los poetas místicos Abu Saìd de Mehne (968-1049), y su contemporáneo Baba Tahir de Hamadàn. Pero los Rubaiyat por antonomasia son los atribuidos a Omar Khayyam.

Algunos investigadores sostienen que Khayyam nunca hizo poesía y que los Rubaiyat se le han atribuido por su fama y erudición. Ciertamente, el número de poemas atribuidos a Omar Khayyam es excesivo (entre quinientos y un millar), y es probable que tan sólo alrededor de unos doscientos sean suyos. Estas breves composiciones tienen su origen en la literatura persa pre-islámica, y suelen condensar en sus versos una descripción ambiental y un pensamiento. En los poemas de Khayyam, escritos con un magistral poder de síntesis, el poeta canta aparentemente a los goces del vino y el amor como refugio a la transitoriedad de la vida, mas bajo ello subyace una profunda y a menudo pesimista reflexión sobre la naturaleza del universo, el paso inexorable del tiempo y la relación del hombre con Dios.



La fisonomía del poeta que estos versos traslucen es inequívoca, orientada hacia un amable goce de las efímeras alegrías de la vida y hacia un íntimo y amargo escepticismo sobre las posibilidades del hombre para alcanzar las verdades supremas, estado de ánimo que continúa toda una tradición de poesía escéptica oriental que se remonta ya a Avicena (se sabe que Khayyam fue un apasionado estudioso de Avicena), y que es presentado con excepcional fuerza epigramática, no sin una acentuada nota de intelectualismo. Junto a la hondura con que se tratan temas metafísicos como la relación del hombre con Dios, la eternidad y la incertidumbre de la existencia humana, a través de concisas y tajantes sentencias, Khayyam realza la belleza y sensualidad del mundo material, la alegría de vivir, la naturaleza y los placeres. Sus versos son simbólicos y transmiten la sabiduría antigua con sencillez y voluptuosidad, a menudo con un irresistible hechizo o entre una aureola de misterio, y son estimados como uno de los más brillantes tributos del genio persa a la literatura universal.

Con información de :  Biografias y Vidas

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Recepción del pensamiento árabe por la Edad Media Occidental

Resumamos, entonces, lo más importante de la recepción del pensamiento árabe por la Edad Media occidental. En primer lugar, fueron los árabes quienes dieron a conocer a Europa el pensamiento filosófico de Aristóteles, la ciencia médica de Hipócrates y Galeno, la geometría de Euclides y la astronomía de Ptolomeo. Con ello hicieron posible el auge de la filosofía escolástica medieval. Es verdad que en un comienzo los estudios aristotélicos de tendencia arabizante fueron combatidos por la Iglesia; pero ya en 1366 el Papa impuso a los candidatos a la Licenciatura en Artes la obligación de haber estudiado los tratados aristotélicos que antes habían sido condenados. Con ello, la chispa encendida por los pensadores árabes se convertía en hoguera.

En segundo lugar, junto con las obras científicas griegas, los árabes legaron a Europa el interés por la investigación científica de la naturaleza, en la que ellos mismos habían alcanzado niveles de excelencia insospechados para los occidentales.

Los árabes fueron los grandes impulsores que sembraron en Europa la semilla que conduciría a la germinación del pensamiento occidental. En el siglo XVI se borraron los últimos vestigios de la influencia de la filosofía árabe en Occidente, pero ya el pensamiento europeo estaba maduro para empezar a recorrer su propio camino en forma independiente.

Por el Prof. Joaquín Barceló L.


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