Archivo de la etiqueta: Mauritania

Badi y el poema del camello Shiak

Por si hiciera falta ejemplificarlo Badi cuenta, como un narrador, uno de los poemas de su hermano, en el que canta a la tierra que hay desde Nuadhibu hasta Tuiserfat, en el Tiris.

“Recorrió el camino, midió las distancias y dejó cantada la geografía del trayecto”, dice resumiéndolo. El poema surgió a partir de un incidente que le ocurrió a su hermano en el territorio que hoy es Mauritania. “Iba montado en su asusal (camello castrado), al que llamaba Shiak. Pasó a su lado un avestruz amaestrada propiedad de un francés y el camello le dio una coz y le rompió una pata. Los franceses metieron en la cárcel al camello y le tuvieron encerrado en una cerca.”

Al tercer día su hermano fue a ver a Shiak y le encontró muy triste, con lágrimas en los ojos; extrañaba su tierra natal del Tiris, la echaba de menos. Entonces a su hermano le surgió la idea de componer un poema, recitarlo para aliviar el dolor al camello. En él cantaba el trayecto que una vez liberado iban a recorrer hasta llegar a su amada tierra del Tiris. Se enumeran los siguientes lugares: Nuadhibu, Bir Gandus, Adam Lefueilas (en el Adrar Sutuf), Imusans, Smul Taima, Lask y finalmente Asnig y Tuiserfat. El poema del asusal triste dice así:



Shiak, detén tus lágrimas, destapa tus oídos, apaga la tristeza y no llores
a Tuiserfat porque vamos ya a su encuentro
Tu ánimo se recobrará cuando veas brillar a lo lejos Lereigib
Si desde Lereigib tú, mi camello, te asomas y miras
Dos días te bastarán para pisar el Adam
Y desde aquí verás el Guir si ladeas la mirada
Si en la mañana sales del Guir, al anochecer estarás descansando en el Frig de Lefueila
Y desde el Adam Lefueila, a un salto de gacela, se encuentra Imuisan al norte
Desde Imuisan la planicie se extiende y al fondo se intuyen las lomas de Taiha
Es la misma distancia, en la misma planicie, que te separa de Galb Lask
Ya estás frente a Teniulek
¡La añoranza de Tuiserfat toca a su fin!
Desde Teniuek no tendrás que preguntar por Asaig, está ahí, lo tienes enfrente
Y desde Asaig es un trote llegar a Tuiserfat. 

Por J. C. Gimeno Martín y  L. M. Pozuelo

©2019-paginasarabes®

Mauritania, donde la esclavitud es un estado físico y mental

Biram Dah Abeid

En Mauritania hay una antigua y controvertida tradición que establece que la privación de libertad se transmite por vía matriarcal. De esta manera, los niños nacidos como resultado de violaciones perpetradas por la etnia dominante son propiedad del amo violador.

El Parlamento ha equiparado recientemente esta práctica a un crimen contra la humanidad, castigado con veinte años de prisión. Pero hasta ahora, por desgracia, en todo el país sólo ha sido registrada una condena por este delito.

Biram Dah Abeid, al que muchos apodan «el Madiba de Mauritania», como Nelson Mandela en Sudáfrica, está todavía en la cárcel.

Dos años de prisión: oficialmente por haber participado, en noviembre de 2014, en una manifestación no autorizada en contra de la esclavitud de la tierra (trabajar gratuitamente tierras expropiadas por el gobierno), oficiosamente por haber desafiado al presidente Mohamed Ould Abdel Aziz en las elecciones presidenciales del 21 de junio de 2014.

Con él, en la cárcel, han acabado dos de sus colaboradores más cercanos. Los tres están acusados de resistencia a la fuerza pública durante una marcha en Rosso, ciudad natal de Biram, en la frontera con Senegal.

Biram, defensor del pueblo de los antiguos esclavos de etnia haratine y líder de la Initiative de Résurgence du Mouvement Abolitionniste (IRA), está, por lo tanto, de nuevo en el calabozo.

Con una vida dedicada a la denuncia de las prácticas esclavistas en Mauritania, ya había terminado en la cárcel en 2012 por haber prendido fuego en público a algunas páginas del Corán con las que se adoctrinaba a los esclavos para que estuviesen orgullosos de su condición.

Un crimen de los más graves en la República de Mauritania, que es una de las cuatro en el mundo que se define como «islámica», junto con Irán, Pakistán y Afganistán.

En las dos detenciones de Biram la lluvia de críticas duró varios meses. Alzaron la voz sobre todo Amnistía Internacional, el Parlamento Europeo y algunos senadores demócratas de Estados Unidos.

En 2014 Biram mantuvo también una reunión privada con Barack Obama en la Casa Blanca. Su lucha contra la esclavitud tiene algo de inherentemente subversivo en un país como Mauritania, donde desde siempre existe una articulada jerarquía social que asegura el predominio político y económico de los árabes-bereberes.

Según el Índice Global de la Esclavitud, elaborado por la ONG australiana Walk Free y que calcula el número de personas en estado de esclavitud moderna en 167 países, en este país del África del noroeste hay unas 500 mil personas que siguen viviendo en condiciones de esclavitud.

Estas cifras coinciden grosso modo con las de los especialistas de las Naciones Unidas sobre las formas contemporáneas de esclavitud. Mauritania se confirma así como la nación con la mayor proporción de esclavos en el mundo.

Y ello a pesar de que la esclavitud fue abolida por ley en 1981 y de que el Parlamento endureció las penas primero en 2007 y luego en 2014, equiparando la práctica a un crimen contra la humanidad, punible con 20 años de prisión.

Mauritania era el único país en el mundo que no tenía una legislación adecuada contra la esclavitud. Ahora que la tiene, resulta que a menudo las leyes no bastan para eliminar tales prácticas anacrónicas.

Hay muchos factores que ayudan a explicar por qué la esclavitud en Mauritania continúa sobreviviendo.

Razones políticas

Los esfuerzos del gobierno, que niega completamente la existencia de la esclavitud, y que prefiere hablar de «consecuencias» de la esclavitud, no parecen ser lo suficientemente eficaces.

De hecho, han aparecido agencias gubernamentales para la supervisión de la esclavitud, para la reintegración de los esclavos liberados en la sociedad, pero también es cierto que hasta la fecha sólo una persona en todo el país ha sido condenada por posesión de esclavos.

Mucha parte de la ayuda económica internacional para Mauritania depende de la actitud del gobierno hacia la esclavitud, y por lo tanto las autoridades parecen tener mucho interés en el encubrimiento de quejas en contra de los esclavistas y de eventuales procesos.

No es casualidad que a todos los periodistas que quieren tratar la cuestión se les asigne un agente del gobierno que supervisa su trabajo y cuya presencia, inevitablemente, intimida al entrevistado. Por lo tanto, para entrevistar a un sujeto sensible, a menudo hay que salir por la noche, con un ojo siempre en la nuca.

Razones religiosas

Históricamente, los imanes locales siempre se han posicionado a favor de la esclavitud, especialmente en las zonas rurales. Se sirven de versos polémicos del Corán para justificar la práctica.

Razones geográficas

Mauritania es un país enorme, casi totalmente cubierto por las arenas del Sahara, con una gran parte de la población nómada, y por lo tanto en algunas zonas resulta difícil hacer cumplir las leyes.

Mentalidad

En muchos casos, los esclavos no se dan cuenta de que son esclavos. Están tan inmersos en su condición de sometimiento que creen que es su lugar en el mundo, sin sueldo y sin derechos sobre los hijos.

No son raros los casos en los que los antiguos esclavos deciden volver a su antiguo amo o encontrar a uno nuevo porque la libertad les ha dejado en una situación de más miseria.

Al menos, dicen, con un amo tiene algo de comer y un lugar para dormir. Además, el galopante racismo que existe en el país no hace más que inculcar en las mentes de los esclavos que el hecho de tener la piel negra es sinónimo de inferioridad.

Composición étnica

Mauritania está habitada por diferentes grupos étnicos, que se pueden subdividir en cuatro grandes grupos.

1. Los bidanes (literalmente, «los blancos»), o moros blancos, son bereberes con la piel más clara que hablan árabe y que tradicionalmente han poseído esclavos. Ellos son los que ostentan los principales cargos políticos y las mayores riquezas. Sin embargo, no es raro encontrar a un moro blanco que vive en la pobreza.

2. Los abd (literalmente, «esclavos negros»), o moros negros, tienen la piel oscura e históricamente fueron esclavizados por los moros blancos. Originarios de África subsahariana, los moros negros han asimilado muchos aspectos de la cultura árabe de sus amos y hablan hassaniya, un dialecto árabe.

3. Los haratine (literalmente, «los esclavos liberados»), que constituyen aproximadamente el 40 por ciento de la población, son tanto los esclavos liberados de facto como los que pertenecen a los moros negros como esclavos. Viven en una especie de limbo entre la esclavitud y la libertad, y son objeto de discriminación de clase y raza.

4. En Mauritania viven otros negros de otros grupos étnicos, entre los cuales los wolof, los soninké y los pulaar. Estas comunidades no han sido nunca esclavizadas y se caracterizan por su propia cultura e idioma.

Bouboucar Messaoud, hijo de esclavos, junto con Abdel Nasser Ould Ethmane, ex propietario de esclavos, es co-fundador de SOS-Esclaves, una ONG que desde los años 90 lucha por la abolición de la esclavitud.

SOS-Esclaves proporciona asistencia jurídica a los esclavos que aspiran a la libertad, recoge sus testimonios y los hace públicos a través de campañas de sensibilización.

“A pesar de que gozaban de una libertad limitada, mis padres eran esclavos. Y a mí no se me permitió estudiar. Pero me las arreglé para ir a la escuela en secreto, con la ayuda de un profesor al que le había caído simpático. Así pude empezar a leer, para hacerme una cultura, y comprender los valores universales de igualdad. La educación ha sido mi salvación”, dice Bouboucar.

“Un esclavo puede ser comprado, vendido, regalado. Los precios varían de esclavo a esclavo. Los hijos de los esclavos se convierten automáticamente en esclavos”, añade el líder de SOS-Esclaves.

Dice que “los esclavos, que no reciben ningún salario, son tratados como animales, viven como animales. Tengo muchas historias que contar, sobre todo la de Moulkheir”.

Ella, señala, “era una esclava que trabajaba en el campo. Todos sus hijos fueron resultado de las violaciones de su amo. Había tenido recientemente una niña, pero su amo le había ordenado que la dejase sola en la cabaña porque, aunque la llevase en la espalda, habría ralentizado el trabajo”.

Bouboucar relata que “así lo hizo. Pero a su regreso se encontró a la niña muerta, comida por los insectos. El jefe no le concedió ni un entierro digno. Pero ahora Moulkheir es libre”.

Y concluye: “El primer paso hacia la libertad es darse cuenta de que uno está en estado de esclavitud. En Mauritania las cadenas de la esclavitud son mentales, además de físicas”.

“Romperlas requiere un proceso largo y complejo. Pero el esclavo que desciende de muchas generaciones de esclavos es un esclavo también mentalmente. Y está totalmente sometido, está dispuesto a sacrificarse por su amo. Este es el tipo de esclavitud que tenemos hoy en día todavía en Mauritania”, enfatiza.

Con información de Terra

©2017-paginasarabes®

Marruecos perpetra genocidio cultural en el Sáhara Occidental

30_anios_saharaui
Marruecos perpetra genocidio cultural en el Sáhara Occidental

Marruecos pretende borrar de la faz de la tierra al pueblo saharaui, su historia y su patrimonio. Lo primero que hizo fue invadir el Sáhara Occidental, en 1975, tirar bombas de napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación contra la población que huyó desconsolada de sus casas con lo puesto, en busca de protección. La memoria del pueblo saharaui guarda para la eternidad, los centenares de víctimas civiles de los campamentos de Um Draiga y Tifariti, salvajemente bombardeados por la aviación marroquí.

Los pozos de agua en el desierto, fueron envenenados y más tarde sellados. La población que se salvó huyó a Tinduf ciudad argelina fronteriza con el Sáhara Occidental y se instaló, en campamentos de refugiados hasta hoy día. Los que se quedaron, sufren maltratos, torturas, asesinatos, desaparición y todas clases de violaciones a sus derechos humanos.

Los saharauis fueron colonizados por los españoles, comercializaban a base del trueque y sus tribus eran gobernadas por una Junta de Notables, llamada Consejo de los 40 o Ait Arbayin. Fueron nómadas cuya mayoría se instaló en las ciudades fundadas por los colonizadores. Es la única nación árabe de habla hispana; dominan asimismo el hassanía, un dialecto árabe. Es un pueblo que proviene mayoritariamente del Yemén, que se asimiló con las tribus bereberes meridionales, por lo tanto su linaje es distinto a la del norte, proveniente de Arabia.

El lenguaje, la vestimenta y sus costumbres, son todos diferentes a las marroquíes y hasta la fisonomía entre un saharaui y un marroquí se puede distinguir.

Desde hace 38 años Marruecos trata de “marroquinizar” el Sáhara Occidental (al igual como lo hicieron los chilenos al pretender “chilenizar” la peruanísima Tacna antes de 1929). Aparte de su invasión de colonos, en los colegios dictan solo una inventada historia marroquí, el idioma francés, las ciudades tiene nombre en francés (por ejemplo la capital es El Aaiún, ellos le ponen Laayoune), los nombres de las calles fueron cambiados por nombres de almérides marroquíes o de miembros de su familia real. Los niños saharauis se quejan que “los profesores ponen mejores notas a los alumnos marroquíes, aunque falten”. Censuran el arte libre saharaui. Asimismo, los saharauis no pueden usar su vestido característico cuando van a los mercados porque no les venden y los obligan a usar la ropa marroquí. Entonces, no existe la historia saharaui y se está desacostumbrando el uso de la vestimenta.

Del informe de las Naciones Unidas se desprende, asimismo, no solo eliminar el patrimonio cultural inmaterial, sino también el material que da testimonio de la historia y la cultura del Sahara Occidental. Por ejemplo, destruyeron en el año 2004 el Fuerte de Villa Cisneros, primer edificio levantado por España en el Sahara Occidental en 1884. Pretendieron demoler la Iglesia Católica de Dajla y ante el escándalo retrocedieron.

Tras el campamento de protesta de Gdaim Izik, que reunió a más de 30 mil saharauis, en noviembre de 2010, la potencia ocupante también ha prohibido el uso de la “jaima”, carpas símbolo de identidad nacional saharaui. El Gobierno de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), ha pedido a la UNESCO asumir sus responsabilidades para con el patrimonio cultural del pueblo saharaui, que está expuesto a la ruina y la degradación por Marruecos desde 1975.

«Pero lo más agravante e insolente es la emisión de un reglamento, por las autoridades de Marruecos a través de su Ministerio del Interior, durante la primera semana de marzo de 2013, que prohíbe levantar “jaimas” en las ciudades, los suburbios o en las playas», señala la Ministra saharaui de Cultura, en una carta remitida a la directora de la organización, Bokova Arena.

La destrucción del patrimonio saharaui fue denunciada por Farida Shaheed, Experta independiente de Naciones Unidas para los derechos culturales. Acusó, asimismo, en su informe: “Tratándose del sistema de enseñanza existente, se ha dicho que, como los saharauis sólo aprendían la historia oficial de Marruecos, nada se les enseñaba de su propia cultura ni de su propia historia. La experta independiente recuerda que esto no es conforme con el artículo 29 del Convenio relativo a los derechos del niño y con el artículo 5 de la Declaración de la UNESCO sobre la diversidad cultural”.

Y lo que es más importante, Marruecos prohíbe el uso de nombres saharauis, violando la misma Convención anteriormente citada, que dispone en su artículo 8: “Los Estados Partes se comprometen a respetar el derecho del niño a preservar su identidad, incluidos la nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares de conformidad con la ley sin injerencias ilícitas”.

A pesar que el Reino de Marruecos aprobó con bombos y platillos su nueva Constitución (para tratar de evitar la “primavera árabe” en su país), que dice respetar la “cultura hassanía”, Shaheed menciona: “La experta independiente también se enteró, con preocupación, de que los saharauis no gozan nunca, en la práctica, del derecho de registrar a sus hijos en el registro civil bajo el nombre que desean, en particular, según la práctica hassanía, de utilizar nombres compuestos”.

Por ejemplo, en el Perú se acostumbra poner uno o dos nombres y el apellido paterno seguido del materno. En Brasil privilegian el apellido materno, en Argentina los dos primeros nombres luego el apellido. En el caso del Sáhara Occidental los marroquíes obligan a los saharauis a poner un nombre y un apellido, mientras, los saharauis, siguiendo una costumbre anterior al Islam, el nombre completo viene constituido por el nombre del nacido, el del padre y el del abuelo. Los propios colonizadores españoles respetaron esa costumbre. Como señala el abogado Haddamin Moulud Said “la actual ley del registro civil marroquí, aplicable por la fuerza en el Sahara Occidental, impide a los padres saharaui dar, a sus hijos, estos nombres: Mulay, Sidi y Lal-la. Lo impide porque sólo los miembros de la familia real pueden ostentar esos nombres. Cuando, en el Sahara y, también, en Mauritania, tales nombres son muy comunes y corrientes”.

Los marroquíes construyeron el muro militar de 2720 kilómetros, el más grande del mundo, que divide el Sáhara Occidental en dos, la zona ocupada y la zona liberada por el Frente Polisario, único representante del pueblo saharaui reconocido por la ONU y en donde se constituyó la RASD. Es decir, las familias separadas por un muro y con nombres y apellidos distintos, con idiomas disímiles (francés y español), y enseñanza de historia diferente.

Todo ello constituye un genocidio cultural, prácticas racistas que recuerdan la filosofía y la política de discriminación racial del apartheid en Sudáfrica.

Por: Ricardo Sánchez Serra (*)

(*) Periodista peruano. Miembro de la Prensa Extranjera

Con información de : Generación

©2013 -paginasarabes®

Saharauis – El exilio permanente

El Sahara Occidental fue conquistado primero por España y, después, por Marruecos. Estas sucesivas ocupaciones tuvieron y tienen efectos directos sobre la vida de las mujeres. Además de la pobreza y la opresión, su propia cosmovisión está amenazada: las abuelas ya no son las jefas de familia ni se protege como antes a las mujeres en caso de divorcio. Fatma El Medi Asma, líder de la resistencia de las saharaui en Argelia, visitó la Argentina y conversó con LasI12 para dar a conocer una historia con muchas más riquezas que el mito occidental de la nada en el desierto.

fatma_el_mehdi
Fatma El Mehdi Asma es la presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Saharaui. Ella tuvo que huir de Sahara Occidental, su país, cuando tenía siete años, por un camino que duró tres días y fue el más duro de sus 42 años de vida, hasta llegar a un campo de refugiados en Argelia, igual que otras 173 mil personas, principalmente, mujeres y niños/as. Habla en castellano porque España colonizó su país hasta que, sin tregua, fue invadida por Marruecos. Hoy lucha por la independencia de su territorio. Pero también por las condiciones de las mujeres que viven en Sahara, relegadas a la pobreza, a pesar de las riquezas de la región, por la falta de educación y, por lo tanto, de trabajo. No hay una sola universidad en un país que se pretende autónomo, pero Marruecos tilda de provincia.

La inequidad de la soberanía se complica con la tradición. La cultura marca que las mujeres deben quedarse a cuidar a sus padres. Y si ellas no pueden irse, ni pueden estudiar donde están, no logran capacitarse ni avanzar. Todo complota contra ellas.

Pero son otras mujeres las que luchan por su independencia y por la cosmovisión de su cultura que, lejos de los prejuicios occidentales sobre el Islam, defiende la libertad de las mujeres de casarse y divorciarse, de tener hijos con hombres distintos, les da el lugar de mayor autoridad familiar a las abuelas y protege absolutamente a las esposas (en lo social y económico) frente a un divorcio.

Fatma visitó la Argentina y se reunió con organismos de derechos humanos y las Madres de Plaza de Mayo para pedir apoyo en su reclamo de soberanía. Ella contó su vida a Las/12 en una historia que empieza con una carretera de huidas y partos entre gritos y muerte. Una historia que le pesa. Pero que también ella quiere relatar para construir futuro en ese camino por el que ella quiere regresar a su país cuando sea –nuevamente– un país.

LA RESISTENCIA ESPUMANTE

Ella tiene tres hijos –y otra hija más que murió– y un marido. Estudió en Libia. Pero tuvo que volver al campamento cuando su padre murió para cuidar a sus diez hermanos. Pero no está atada a la penumbra, sino dispuesta a la liberación. De visita por Brasil y Argentina se la ve envuelta en una tela liviana, en una semana porteña de abril que sorprende por no dar lugar a la brisa del otoño, pero que a ella, viniendo del Sahara, la sorprende que se la designe como calurosa. La tela la recubre de cuerpo entero y también su cabeza. El vestido se llama melpha. No luce igual que una occidental y eso se nota, más que en el departamento en el que se aloja, cuando se sale al pasillo o a la calle y, simplemente, estar cubierta marca la diferencia.

Una pregunta clave es si la desnudez occidental nos libera o nos ata a la esclavitud del cuerpo homogénico. Pero, más allá de ese debate, su tela se diferencia de otras burkas, sotanas, polleras, pelucas o coberturas de diferentes interpretaciones de las religiones que judíos, musulmanes y católicos vuelcan como una posible opresión textil sobre sus fieles. La melpha de Fatma no sólo es liviana –como un gran pareo– sino que además sus tonos lilas le dan una vivacidad que, ni siquiera a través del prejuicio del juego de las diferencias, da lugar a verla como una mujer tapada de sí misma.

La liviandad también se acompaña por su amabilidad. Ella está descalza por rito con sus pies pintados de un color morado y apoyados sobre una alfombra. Pero no pide a sus comensales que la sigan. Parecería una decisión de respetar su camino sin exigir que todos los pies anden por su mismo recorrido. Habla un español –su tercera lengua después de árabe y hassania– tan llano que una causa que parece tan lejana como la independencia de Sahara se vuelve cercana, comprensible, tan propia aunque su continente sea Africa y sus vecinos de enfrente sean las islas Canarias.

El territorio que ella defiende y del cual proclama la bandera verde, blanca, negra y roja está conquistado por Marruecos y signado por muros que superan a los ladrillos que ya cayeron en Berlín o que todavía siguen entre Israel y Palestina. Su lugar de exilio es un campamento de refugiados en la frontera del Sahara con Argelia. Pero su raíz común es la conquista de España que terminó en 1975, pero que Marruecos invadió inmediatamente. En ese momento ella huyó a Tinduf. Ahora son 500.000. Tal vez muy pocos para hacer peso. Pero muchos para seguir con el sometimiento.

Su religión es la islámica. Ella cuenta de diferencias. Pero diferencias que tejen orgullos o distinciones. Ninguna frontera infranqueable. También cuenta de las riquezas de su país en pesca, para derribar el mito de la arena infinita, y en minería. “Nuestra riqueza fue nuestra condena a la pobreza”, sentencia Fatma y la sentencia recuerda al destierro que el escritor Eduardo Galeano relató en Las venas abiertas de América Latina, que sin duda ya irrumpió con la lógica del despojo como efecto de la posesión en Oriente y Africa, desde el valor del oro en Potosí –que convirtió a Bolivia en campo de arraso de sus riquezas y de la pobreza de sus habitantes– hasta las actuales peleas por el oro, el gas, el petróleo y el agua que atraviesan la actualidad en la visita en que Fatma visita Argentina. Tan cerca, tan lejos. Tan raro, tan igual.

Es por eso que para acercarse –o mostrar lo cerca que estamos– es que ella viajó hasta Argentina y, ya en la entrevista, las palabras tienen un ritual que las hace desear. Ella acerca a sus comensales el mayor de sus agasajos: un té saharaui: un manjar, una bienvenida, una ronda de afecto, una metáfora.

El té viene con ella. No está procesado, ni elaborado, ni molido, ni puesto en saquitos. Son hebras sin contaminantes que conservan su sabor natural. Pero, en verdad, la pureza no es su distinción. El sabor se asemeja al del té verde. Hasta ahí sus sabores de raíz oriental y nuestros sabores abiertos a volvernos sommeliers en catas podrían suprimir la sorpresa en la garganta. El secreto está en el encanto de las manos. El cobijo de las tacitas. La corriente que produce la infusión beduina en su inquietante ir y venir.

No hay palabras antes del té, ni palabras sin té. El encuentro tiene que ser regado con un sorbo cálido. Ella sirve la yerba en la tetera caliente. Sirve en tres vasos –pequeños, un convite al sorbo más que a un trago largo– y cuenta que la tetera tiene que alcanzar hasta tres reposiciones. Ella vuelca la mezcla. Pero el elixir de su propia cultura no está en lo que se vuelca, sino cómo se vuelca: una, dos, tres veces de un vaso a otro, hasta que el calor y el frío se dejan confundir y se mezclan, hasta que el líquido se mixtura de aromas y texturas y se vuelve espuma. La ceremonia crece hasta volverse suave manjar: bienvenida.

“Está muy mal visto si vas a una familia y no te ofrecen té. Sobre todo la gente beduina que suele trasladarse de un lado a otro en camello y, aunque no tengan comida (también, generalmente, carne de camello), para ellos el té es todo –relata–. Después la persona puede tomar tres vasos. El primero es ‘amargo como la vida’, el segundo ‘dulce como el amor’ y el tercero ‘suave como la muerte’. El té es una forma de mirar la vida.”

Fatma mira la vida desde un lugar que no es el suyo, desde los siete años, cuando huyó de Sahara Occidental, por la invasión de Marruecos, en 1975 y se trasladó hasta un campo de refugiados en un desierto ubicado en Argelia. Desde 1884 su tierra había sido colonia española –nos une ese antecedente histórico–, pero cuando Europa abandonó el poder Marruecos no dejo lugar para la independencia. “La invasión marroquí fue cuando España empezó a retirarse”, apunta.

¿En ningún momento fueron autónomos?

–No nos dieron un respiro. España estaba pasando el fin de la dictadura de (Francisco) Franco, en 1975 y, en ese tiempo de transición, Marruecos aprovechó por un lado y Mauritania, con quien tenemos fronteras por el Sur, por el otro, para invadirnos.

¿España colaboró?

–El 14 de noviembre de 1975 dividió el país en dos partes. La parte del Norte fue para Marruecos y la parte del Sur para Mauritania. España fue la administradora. En Marruecos mandaba el rey Hassan II, que le prometió a los pobres que iban a tener un futuro mejor en el Sahara y organizó la Marcha Verde. Ellos dicen que son una democracia, pero no lo son. Fue una invasión con más de 600 personas. A la vez, hubo una invasión militar que bombardeó el territorio. En el mismo momento entraron los mauritanos en el Sur y empezó otra guerra. El Frente Popular para la Liberación (Polisario) ya luchaba contra España. Después vino la guerra con Mauritania, que duró hasta 1978, cuando se firmó la paz. Sin embargo, la invasión de Marruecos, con la ayuda de Francia, todavía continúa.

¿Dónde vivís?

–Nosotros vivimos en campamentos del lado de Argelia, en la frontera con Sahara, en Tinduf. Argelia nos acoge, pero también tenemos las oficinas de Naciones Unidas.

¿Por qué no viven en Sahara y resisten desde adentro?

–Marruecos cuando vio que no iba a poder resistir la guerra empezó a construir muros para proteger las ciudades más importantes y no es como el muro de Palestina o de Berlín que son paredes. El muro tiene minas antipersonales que no nos permiten pasar y que les permite a ellos quedarse con la pesca porque Sahara tiene una costa de 1200 kilómetros en el Atlántico y además petróleo, uranio, mucha riqueza… por eso fue invadida.

saharauis_torturados
La costa del Sahara no tiene nada que ver con el mito del desierto…

–No, el desierto es donde vivimos ahora: en el desierto argelino. Por esa riqueza fuimos obligados a vivir en la pobreza. La riqueza es el motivo de nuestra pobreza. Por eso, nosotros no podemos vivir en nuestro país desde hace más de treinta y siete años.

¿Cuál es la población que está dentro del territorio?

–La población saharaui es el grupo que se quedó y no pudo salir hacia Argelia. Actualmente viven en las zonas ocupadas y, aun estando en su país, son los más pobres. Hay un campamento de 30 mil tiendas y 80 mil personas en la parte más pobre y desértica del territorio en la cual es más difícil de sobrevivir. No hay mucha agua ni acceso a la comida. Ni agricultura, porque es un territorio muy contaminado por las minas antipersonales. Nosotros proponemos que haya un referéndum y que se controlen las violaciones de los derechos humanos. Pero todavía no lo hemos conseguido.

¿Qué sentiste cuando eras niña y te tuviste que ir de tu país?

–Mi generación creció justo en los momentos de la revolución. El frente Polisario se creó en el ’70, cuando yo tenía dos años. Toda mi vida está muy vinculada con la lucha por la liberación. No recuerdo nada que no tenga que ver con eso. Cuando fue la huida hacia el exilio tenía siete años. En mis primeros recuerdos salen forzosamente las imágenes de ese camino porque fue muy duro. Era un viaje que tardó casi tres días y en el que estábamos casi quince personas en una camioneta y sin comida.

¿Cuál fue el sufrimiento particular de las mujeres?

–Es parte de la educación que las mujeres embarazadas no hablen de lo que les pasa. Se nota, pero no suelen hablar de su embarazo, ni de cuántos meses tienen. Tampoco se puede saber nada porque no hay para hacer ecografías. Mi prima era una chica muy tímida, y durante ese viaje estaba a punto de dar a luz. Ella estaba sufriendo. Pero no decía nada. La gente se refugiaba durante el día debajo de los árboles porque el ejército marroquí nos estaba persiguiendo. Una noche la mayoría estaba buscando leña y, de repente, se oyó un grito muy fuerte. Todo el mundo salió corriendo porque creían que el ejército nos había alcanzado. Al rato mi abuela Gabula se acordó de mi prima. Se fueron a buscarla, siguiendo su grito, sólo mujeres, porque entendieron que podía haber dado a luz. A mí no me querían dejar ir porque era niña, pero yo lloraba mucho porque siempre estaba con mi abuela. Y, como no me separaba de ella, me permitieron acompañarlas. Mi abuela me dejó ir y vi a mi prima muy pálida y sangre por todas partes y luego una niñita muy gordita pero muerta. Hicimos una cueva para enterrarla, como dice el rito musulmán, y llevamos a mi prima en una sábana que hacía de camilla.

¿Cómo es su cosmovisión sobre las mujeres?

–La cultura saharaui es muy abierta y respeta mucho a la mujer. Hay muchos refranes que demuestran que un caballero tiene que tener buen trato con las mujeres.

No es que sufren una opresión histórica por ser árabes, sino por la situación política…

–Nosotras queremos conservar los valores sociales de nuestra cultura porque, en el caso del divorcio, por ejemplo, las mujeres saharaui celebran una fiesta para demostrar que ya son libres y que pueden casarse nuevamente. No hay ningún problema en volver a casarse cuatro, cinco o seis veces. A las saharaui les gusta tener muchos hijos.

¿Son polígamos?

–Antiguamente en nuestra sociedad encontrábamos a mujeres que estaban casadas con un mismo marido y que les dejaban sus hijos a las otras, incluso había quienes no sabían quiénes eran sus madres. Algunas abuelas nos hablaron sobre eso, que era muy bonito, pero ya no existe. También nos hablaron sobre el valor de la mujer. El que tiene que pagar para los preparativos de la boda es el hombre y la que se queda con todos los bienes es la mujer. Está muy mal visto que un hombre se lleve lo mínimo cuando se separa. Ahora hay cosas que se están cambiando. Nuestras abuelas si se enfadaban con su marido no les daban la posibilidad de reflexionar. Se iban a lo de sus padres y para que vuelvan les tenían que hacer una gran fiesta que les costaban un esfuerzo enorme a los hombres. Las nuevas generaciones –que estudian en Venezuela, Cuba, Argelia o España– piensan de otra manera y son más tolerantes con los hombres. Esto no les gusta nada a nuestras abuelas. Ellas son muy exigentes. Por ejemplo, este año hemos tenido un caso que para nosotros es una amenaza: un matrimonio se separó y ella se fue con su familia, la casa se quedó vacía y, cuando él se casó de nuevo –en los campamentos de Argelia– la llevó a su nueva mujer. Tuvimos que hablar con él porque para nosotras la casa tiene que quedar para la mujer. Incluso, si ella no está viviendo ahí, pero es su propiedad. Es la cultura saharaui.

¿Qué cambió con el destierro?

–Antes de la revolución las mujeres no tenían participación política. Después se facilitó la participación por el exilio. Los hombres tenían que ir a la guerra y las mujeres debían quedarse en los campamentos y fueron ellas las que formaron los consejos y fueron gobernadoras de campamento, directoras de colegio, lo hicieron todo. Así fue hasta 1991 cuando empezó el proceso de paz. La conclusión fue que las mujeres hicieron todo pero estaban solas. ¿Y cuando los hombres volvían a los campamentos se iban a ocupar de la parte política, pero no de la doméstica? Fue muy importante la reincorporación de los hombres sin poner en riesgo el lugar de las mujeres que ahora ocupan el 34 por ciento de la representación. Lo que hicimos no es nada excepcional: las mujeres en las crisis juegan un rol muy importante. Pero cuando se termina vuelven a su rol tradicional.

¿Qué pasa con las mujeres que siguen viviendo en Sahara?

–Las mujeres son las primeras víctimas. En las zonas ocupadas son víctimas de torturas, de desaparición, de agresiones sexuales, de ser encarceladas porque son ellas las que manifiestan. Tienen sus hijos o sus maridos desaparecidos y son ellas las que levantan la voz.

Por Luciana Peker

©2012-paginasarabes® 

Licencia Creative Commons

Saharauis – El exilio permanente por Luciana Peker se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en paginasarabes.wordpress.com.