Archivo de la categoría: Danzas

Dabke místico y seductor – Gabriel César Bufe

gabriel_bufe_1
©Gabriel Bufe

El «Dabke Sirio Libanés» es una danza árabe original de Líbano, Siria, Palestina, Irak y es practicada en casi todo el mundo árabe.

El dabke  requiere energía y fuerza, la cual se realiza en forma de semicírculo, usualmente entre 6 y 15 bailarines.

Al-lawah” (Punta) es el bailarín que tiene el compromiso de dirigir al resto de la ronda. Posee generalmente un espíritu «alegre y cautivador».  Una vez que el “Kawil” ha terminado de cantar, el líder del grupo “Al-lawah” comienza a bailar solo, por lo que todos los bailarines realizan simples movimientos hasta que el líder del grupo observa que ellos se están moviendo exactamente de la misma manera. Una vez que ha sucedido ésto, él da la señal para que todos empiecen a bailar.


En esta danza suelen utilizarse varios elementos: espadas, pañuelos, varas , lanzas, bastones, etc… El más popular es el «Masbaha» similar al rosario que utilizan los católicos. Y que en este caso se aprecia girando en la mano del Mago Gabriel César Bufe,como se puede observar en el video.

gabriel_bufe_2
©Gabriel Bufe

Nieto de inmigrantes sirios que arribaron a Argentina en 1920, Gabriel César Bufe hereda y hace honor a aquellos abuelos que le transmitieron la sensibilidad para reconocerse en su propio camino a través de la Danza Árabe.  La prestidigitación que lo cautivó desde niño, lo llevó a realizar  desde los 14 años, diferentes espectáculos para la televisión local , teatros y casinos . Gabriel , muy joven, poseía las sorprendentes habilidades del ilusionismo , mismas que le permitieron dominar el arte escénico a los 17 años. Sus raíces sirias lo conectaron con el Baile y durante 8 años  formó parte del Ballet de Danzas Árabes Ikram, uno de los mejores de Argentina.


Gabriel César Bufe recupera la Magia y la fusiona con la Danza árabe y es precisamente de su ingenio,  con  los conocimientos que posee y los medios técnicos de que dispone que nace este concepto, para así combinar con inteligencia y destreza esta unión que vincula al hombre con el cosmos y con él mismo.

«Luego de mis 25 años de Ilusionismo, mi intención es fusionarlo con Arte, Actuación y Magia y dar a conocer el verdadero estilo masculino. Como un guerrero…» Gabriel César Bufe.

©2016-paginasarabes®

Nietos de árabes: la generación del retorno

Ballet Ikram: Yamil Mustafa y Cecilia Abuh en el Festival del Día del Inmigrante  ©Gustavo Moisés Azize
Ballet Ikram: Yamil Mustafa y Cecilia Abuh en el Festival del Día del Inmigrante  ©Gustavo Moisés Azize

Hay una cuestión sociológica, que a la segunda generación como somos nosotros nietos árabes, llamamos ‘los del retorno’. Porque la primera generación –hijos de inmigrantes- la mayoría no saben mucho. Nuestros padres no nos enseñaron a bailar, ni a hablar en «árabe”, cuenta Yamil Mustafa. Y aclara que a veces esto se da, porque los inmigrantes que llegaron –algunos para tratar de olvidar la guerra, por nostalgia o principalmente para insertarse en la sociedad argentina- no se lo transmitieron o bien, no con la suficiente fuerza.

María Cecilia Abuh (39) es psicóloga y se desempeña laboralmente en su consultora de Recursos Humanos. Yamil Mustafa (33) es periodista, aunque no ejerce en la actualidad. Viven en Córdoba. Son segunda generación de inmigrantes árabes. Se conocieron en el año 2000, tomando clases de folklore árabe. Tiempo después, junto a otros compañeros, formaron el ballet de danzas árabes Ikram, del cual son directores. Además, Cecilia y Yamil, dictan clases de folklore árabe en la Sociedad Sirio Libanesa de Córdoba.

“En la parte cultural de la colectividad, hay dos ramas: una es la que hacemos nosotros: folklore árabe, enfocado al folklore sirio libanés, ya que la mayoría de los inmigrantes árabes en Argentina tienen esa ascendencia y es la de nuestros orígenes, enseñamos los estilos dabke yabalí, karyee y el raksa. La otra es belly dance, que es la danza del vientre”, cuentan ellos.

©Gustavo Moisés Azize
©Gustavo Moisés Azize

La historia de Yamil

Su abuelo paterno llegó a Rosario, cerca de 1945, escapando de la guerra civil del sur de Líbano. Bajó del barco en Paraná y conoció a un paisano que era de su mismo pueblo. Este paisano -que al tiempo se convertiría en su suegro- le dijo: “Vení, quedate en casa un par de días, hasta que encuentres trabajo y dónde dormir”.

Allí también conoce a Zulema, quien se convertiría en su esposa (hija de quien lo acogió). Luego se casaron y se mudaron. “Mi abuelo empieza a ser viajante por los pueblos, a vender ropa, como la mayoría de los árabes que venían. En aquella época los árabes eran vistos como el ‘turco vendedor’. Ponen un negocio en Alejo Ledesma y, luego, en Amstrong y también en otra localidad. Y tienen a Oscar, mi papá. Para el cumpleaños de cuatro años de mi papá, mi abuelo deja de trabajar en otros pueblos y viene de sorpresa. Cuando se baja del colectivo, lo pisa un camión”, detalla Yamil.

El abuelo de Yamil era musulmán sunita. Cuando fallece, termina la religión con él, comenta. Nadie le enseñó a su papá su religión islámica, su abuela no la practicaba. “Mi abuela y mi papá cerraron el capítulo árabe, no se consumía nada árabe. Ellos se fueron a vivir a Bell Ville, donde había hermanos de la abuela, y se casó con otro árabe. Mi papá vino a Córdoba a estudiar medicina y ahí quedó lo árabe”, dice Yamil.

“En el ’96, con 16 años, me dio curiosidad de saber ¿por qué me llamo Yamil? ¿por qué tengo este apellido? Y empecé a investigar”, dice Mustafa. Tenía sólo la libreta de casamiento de sus abuelos paternos. Según su abuela paterna, eran de Arabia Saudita, y decía: “Somos de Arabia”. Tenía conceptos árabes muy perdidos.

Entre 1998 y el 2000 empezó a robarle a su papá las cartas que tenía escondidas. Una de esas cartas era del año 82, cuando nace Yamil. Su tío, primo libanés de su padre, le había escrito, porque veía que había guerra en Malvinas, le decía que se tenía que ir (Yamil aclara que son muy nómades los sirios y los libaneses).

“Entonces comencé a buscar gente que hablara en árabe o en francés, porque no entendía nada. Me agarró esta cuestión de investigar. Mi mamá me dice: “Yo te ayudo”. Mi mamá es criolla, riojana. Es médica igual que mi papá. Ella es un personaje, es amante de la cultura árabe. Mi mamá a escondidas, contestaba las cartas y las hacía traducir en francés y las firmaba como mi papá”, cuenta.

En 2002 Yamil envió cartas con aviso de retorno a Irak, a Francia y a Finlandia, donde estaba un primo de su padre. Después de dos o tres años, llega un aviso de retorno, del que estaba en Francia. En esa carta decía: “No sé bien quien sos, pero tenemos el mismo apellido”. Era en las primeras épocas del mail. La hija de ese primo, ve la carta y le escribe un mail a Yamil, quien le mandó otra carta con foto diciendo: ‘Este es mi papá, primo de tu viejo’. Y entonces los hijos de los primos nos comenzamos a contactar, comenta Mustafa.

«En el año 2000, dije: Yo quiero aprender a hablar. Mi abuela escuchaba un programa de radio árabe Ecos de Oriente. Yo le recriminaba a mi abuela que no me decía mucho. Ella escuchó el programa, entonces y me dice: ‘llamé y resulta que dan baile, ya te anoté’. Yo creía que era más de odaliscas. Le dije que no iba a ir. Yo era súper deportista desde siempre. Nunca hice nada de baile. Un día me vuelvo de entrenar rugby y fui por curiosidad, vi la clase y me gustó. A mí siempre me gustó bailar. Y dije: ‘voy a venir ya que mi abuela pagó el mes’. Me gustó y me copó. Y la vi a mi compañera Cecilia. Yo miraba con miedo pensando con qué me iba a encontrar. Aprendí esta danza a los 18 años, no tan de chico. Y comencé a encontrar un grupo de pertenencia», agrega.

Cuando le empezó a contar a su papá sobre las cartas, le gustó y comenzó a entusiasmarse. “Un día dije: ‘me voy al Líbano a conocer mi familia’. Y me fui. Mi papá me decía: ‘¿para qué te vas a ir al Líbano si hay guerra?’ Y mi papá me dijo: ‘bueno, pero esperamos que pase la guerra’. Le dije que me iba lo mismo. ‘Si esperás que pase la guerra no voy a ir nunca’. Al final, aceptó y me ayudó con todo”, cuenta.

Viajó con un amigo de su papá, el doctor Gaith, que es de Siria. “Llegar a Líbano, a la tierra de mi sangre, fue un sueño cumplido, allí conocí a toda mi familia, la tierra de mi abuelo. Me agregaron al árbol genealógico y otros momentos inolvidables como bailar dabke con los soldados y aprender todo sobre la cultura”, recuerda el profesor de danzas. Además, aprovechó y conoció Siria y Egipto. Había hecho un par de cursos árabes, aunque sabía inglés, en Siria y Líbano no lo hablan mucho.

“Mi papá me dijo hace ocho años: ‘Me gustaría que me enseñes a bailar’. Es medio vergonzoso para algunas cosas. Se le pasó toda la vergüenza. Y de repente lo invitamos a desfilar en Alta Gracia y se puso la túnica. Comenzó a tomar clases de folklore árabe, y lo pusimos en la obra La Boda Árabe, que hicimos con Ivana Fernandez Sabah, directora del ballet de danzas árabes en la Colectividad Sirio Libanesa de Córdoba. A mi papá le encantó y aprendió a bailar».

El acercamiento a lo árabe también se dio de parte de su hermano, de profesión arquitecto. Empezó a trabajar en una empresa que realiza diseños arquitectónicos para el exterior. Tuvo la oportunidad de viajar por trabajo y eligió Dubai, por curiosidad. Fue y volvió. Se tatuó en árabe y ahora está entusiasmado con esa cultura. “Es un orgullo ver que en mi familia todos se contagiaron y son un sostén para mí», refiere Mustafá.

En la facultad conoció a Santiago Layus, ambos descendientes de árabes y periodistas, y comienzan a realizar una revista árabe, más abocada al belly dance, con amplia información cultural, gastronómica, sumado el idioma. La revista se llamó Anisa (significa «señorita»). Duró cinco años, hasta que compró, junto a un socio, el restaurante árabe “Maktub”, antiguo Mikonos. Su hermano, lo reformó. Ahí ensayaban y daban clases.

Hace pocos meses, vendió su parte, porque no le daban los tiempos con el otro trabajo en el Hospital de la Fuerza Aérea, las clases, el ballet y en la colectividad.

©Gustavo Moisés Azize
©Gustavo Moisés Azize

La historia de Cecilia

“En el casamiento de una amiga, vi bailar el dabke y me encantó. Le pregunté a mi papá que era eso que bailaban en una ronda, y él me explicó que era el dabke. Había visto bailar a odaliscas pero lo que me generó el dabke fue otra cosa”. Ese año falleció su papá, fue un golpe duro, sin embargo decidió anotarse y empezar a aprender a bailar, porque era una manera de mantener viva la cultura, cuenta Cecilia.

Ella es nieta de árabes, por parte paterna. Su abuelo Miguel Abuh era de Damasco (Siria) y vino a Argentina con un hermano.

Su abuela paterna, Julia Arias (su apellido original era Rahed) era hija de libaneses. Julia era hija de Sara Simón, pastora que vivía en Raas Baalbeck y de Yusef Rahed, funcionario del gobierno y músico, era oriundo de Beirut. Sara y Yusef se casaron en Líbano, vinieron a Argentina, a comienzos del siglo 20. Se instalaron en Arroyito, luego en Córdoba, donde Julia conoció a Miguel. Los padres de Julia, querían otro candidato para ella, pero defendió su amor por Miguel, con quien se casó y formó familia. Uno de los hijos fue Jorge Abuh, papá de Cecilia.

Los padres de Cecilia fallecieron hace unos años: Jorge era concejal y María Inés, profesora de Filosofía y Ciencias de la Educación. Sus hermanas menores y mellizas, Constanza (diseñadora de los trajes del ballet Ikram y para los alumnos) y Soledad, licenciada en Comunicación Social.

Con 24 años, Cecilia comenzó a tomar clases de folklore árabe que, en aquel entonces las ofrecían enfrente de la Iglesia San Jorge, en calle Corrientes. “Me fascinó desde la primera clase; ese mismo día también comenzó a tomar clases Yamil”, recuerda ella.

“Me fanaticé. Escuchaba el programa de radio árabe. Toda la música que me compraba era árabe. Cada vez me gustaba más. Me atrapó, como si me hubiese despertado algo que estaba latente. Había temas que me recordaba a algo cuando era más chica y que los había escuchado en mi casa. Entonces para mí fue un camino sin retorno y nunca, con Yamil, dejamos de bailar. No hubo ninguna etapa o período que por alguna razón, no haya seguido con el folklore”, cuenta la profesora.

Después, empezó a estudiar idioma árabe. Hizo dos años en la escuela de lenguas. Tomó clases particulares con un amigo y en la sociedad musulmana. Confiesa que no tiene la continuidad por la falta de tiempo y que es una deuda pendiente. Sabe leer, comunicarse desde lo más básico en una conversación. También tomó clases de belly dance de manera intermitente con Samia Yasbek y, luego, clases particulares con Romina Montes, pero esto ha sido más bien un complemento para algunos movimientos y más como un hobby.

En la casa se seguían las tradiciones de comidas y escuchar música, aunque ninguno era bailarín profesional. En su familia nadie bailaba dabke, si no que se bailaba el raksa, que es en pareja. Cada integrante bailaba como lo habían aprendido de sus abuelos.

Cuenta Cecilia que no la obligaron a aprender danzas árabes. Aprendió danza clásica y salsa. Se acuerda que de niña, le regalaron una panderetita, con la que acompañaba la música árabe que se escuchaba de Azur Shami y con la que bailaba con su papá. “Había una influencia”, cuenta. Su padre pertenecía al Club San Lorenzo, el club de los árabes, en calle Paraná. Ella recuerda que en esas épocas, el Día del Niño, del padre y otros festejos, se realizaban allí, donde asistía junto a sus hermanas mellizas. Reconoce que siempre había algo árabe en los eventos.

©Gustavo Moisés Azize
©Gustavo Moisés Azize

Nacimiento del ballet Ikram

Cecilia y Yamil tienen una historia de baile en común. Comenzaron en el ballet del Ateneo Cultural Sirio Libanes dirigido por Omar Ayub y Erica Douglas Tillar, que en ese entonces pertenecía a la Sociedad Sirio Libanesa de Córdoba. Al tiempo, Omar y Erica dejan de pertenecer a la institución y continúan con las actividades, manteniendo el nombre del ballet. Cecillia y Yamil permanecen hasta fines de 2003.

Ya en el 2004, Abuh y Mustafa, comenzaron a sentir la necesidad de otros desafíos. Motivados con la idea de hacer coreografías más desafiantes, estudiar aún más de los trajes, participar en la colectividad y forman el ballet Ikram, fuera de las instituciones.

Cecilia inicialmente tuvo más dudas de iniciar este ballet y fue un proceso de maduración en el que cada vez se fue convenciendo más. Yamil era el más osado. La decisión de armar un ballet fue también con temor, porque del que se iban, tenía un nombre, y sabían, que otros que lo habían intentado y no les había ido bien. Aunque ellos estaban convencidos de dar este salto.

En los comienzos de Ikram, los ensayos se realizaban en la casa de la abuela de Cecilia, en la casa de los padres de Yamil o en la de otra integrante. El ballet se armó con un grupo de amigos. Se fueron seis del ballet anterior, en el mismo momento. Cecilia, Yamil, Pablo Jarma, Karim Faiad y Andrea Bonus, luego los siguieron, Ariel Nallar y Gabriela Mohaded.

“Ensayábamos en el garaje de mi abuela. Más allá de necesitar un lugar, también era para mí importante que ella estuviera, se sentaba, nos miraba. Era una manera de compartirlo con ella y con mis tíos. La verdad que al principio nos costó muchísimo”, recuerda la profesora. Cuenta también que al comenzar con Ikram estaban felices, contentos de diseñar los trajes, armar las ‘coreos’, poner otra impronta, lo que implicó, leer, investigar, ver videos, buscar información en Internet. Fue un proceso de crecimiento para los integrantes.

La primera actuación de Ikram fue en el Colegio San Jorge de Maipú y le siguió en  la fiesta de colectividades en Alta Gracia. Recibieron la ayuda, el soporte, los consejos de sus familias; sobre todo al inicio.

“Mi mamá tiene una anécdota muy graciosa, que siempre iba cuando íbamos a algunos lugares a bailar, se paraba detrás del público y decía: ¡Qué bien que baila esta gente! Yo veo que esta gente es muy profesional, yo he visto algunos paisanos, y estos chicos hacen lo mismo”, cuenta Yamil.

Al principio del ballet, eran pocos, ya que evaluaban cada incorporación. Hasta que en un momento decidieron dar un salto y animarse a ampliar más el ballet. En los inicios no había directores. Naturalmente se dio que Ceclia y Yamil quedaran como coordinadores y todos lo aceptaron.

Después empezaros a dar clases en la Sociedad Sirio Libanesa de Córdoba. La directora del ballet de esa institución Ivana Fernández Sabah llamó primero a Yamil, en el año 2006, para que se encargara junto a otro chico, de la parte de folklore. “Las clases pasaron a ser un poco nuestro semillero. Y los que ingresaron desde el 2008, han pasado por nuestra escuela. Entonces Ikram se fue profesionalizando”, dice Cecilia.

Ikram, (que significa «honor» en árabe) hoy cuenta con 10 integrantes, cuatro varones y seis mujeres. Pablo Jarma, Chibli Bitar, Samir El Sukaria y Yamil Mustafa. Cecilia Martinetto, Romina Brane, Julieta Alcalde, Susana Wassan Taha, Ileana Crespin y Cecilia Abuh y, próximamente, se incorporarán nuevos bailarines. Hace cuatro años que Ikram, ensaya en la Sociedad Sirio Libanesa.

©Gustavo Moisés Azize
©Gustavo Moisés Azize

Por Verónica Sudar, de la Unión de Colectividades de Inmigrantes de Córdoba (Ucic).
Con información de La Voz

Nota de la Bitácora: dedicado a la memoria de Pablo Jarma para quien la danza era su pasión.

©2016-paginasarabes®

Turquía, un Islam distinto

Islam y moda. “Lo que los imames no han conseguido con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas”, dicen los fundadores de una línea de ropa que conjuga feminidad e islam: Tekbir. ©Abbas / Magnum Photos
Islam y moda. “Lo que los imames no han conseguido con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas”, dicen los fundadores de una línea de ropa que conjuga feminidad e islam: Tekbir. ©Abbas / Magnum Photos

Vestidos femeninos al límite de las normas, nuevas corrientes religiosas, apertura social…  Turquía y las aspiraciones de un país que lucha por conjugar tradición y modernidad.

«¡A Khariye Yami!». El taxista refunfuñó: «¡Sí, a la iglesia de los yaurs!». Era un hombre de unos 60 años, con el gorro y la luenga barba de uso entre los ancianos de la Turquía rural. Khariye Yami es el nombre oficial de la iglesia-museo de San Salvador de Cora y contiene la más espléndida reunión de mosaicos y pintura bizantinos que puede ser admirada en Estambul. Yami es mezquita, pero el uso del término no engañó a nuestro hombre. Para él, se trataba del lugar de culto de los infieles, fueran griegos o armenios, que durante siglos habían vivido como protegidos en la antigua Constantinopla y, por eso, usaba el término despectivo de yaur.

Fue una buena introducción al encuentro con el resurgimiento del Islam popular que se aprecia al atravesar los barrios situados más allá de la mezquita de Selim, en dirección a las murallas. Estamos a años luz del paisaje europeo que predomina al otro lado del Cuerno de Oro, en el animado barrio de Taksim. Y la impresión se confirma al bajar a pie desde Cora con la intención fallida de visitar otra pequeña joya bizantina, siempre arbitrariamente cerrada a las visitas a pesar de su calificación como museo: la antigua iglesia de la Pammacaristos donde, según la leyenda, el conquistador Mehmet II discutía de cuestiones teológicas con el patriarca ortodoxo. La calle está ocupada por mujeres envueltas en tela negra, lo que los laicos del país llaman «insectos», y por hombres con barba y atuendo afganos. La proliferación de pequeñas tiendas de ropa y talleres de confección es señal de una demanda en ascenso, del mismo modo que la presencia de mujeres siempre bien tapadas, pero sin velo ni chador, indica que el predominio integrista no pone todavía en cuestión la tolerancia.

El panorama cambia al abandonar las callejuelas de los barrios altos, ya cerca de las principales avenidas del viejo Estambul. En especial, cuando se supera el complejo de edificios religiosos que rodea a la Mezquita del Conquistador. La clase media islamista sustituye en este barrio del Fatih a los protagonistas de una incipiente kabulización. Al otro lado de la gran mezquita, el visitante tropieza con una amplia calle comercial, similar a nuestros bulevares, donde abundan las tiendas de ropa con las correspondientes rebajas. La mayoría de las mujeres que las visitan o circulan por la avenida llevan la cabeza cubierta y las faldas hasta los tobillos, pero resulta evidente que en ningún caso intentan esconder su condición femenina. Van maquilladas, cubren parcialmente la cabeza con pañuelos de motivos geométricos y colores vivos, y lucen una túnica ligera, el llamado tesettür, que cubre el cuerpo desde los hombros hasta casi los zapatos. Sólo que en su diseño caben variantes y alguna infracción a la hora de cumplir el mandato coránico de borrar las formas femeninas. En una palabra, resulta posible la moda.


El buque insignia de esa moda islámica, en la avenida que cruza el Fatih, es la tienda principal de la empresa Tekbir, justo enfrente de Benetton. Tekbir ha protagonizado la puesta al día del vestuario para las creyentes de las clases medias. La vocación de ortodoxia en el empeño es visible en la misma marca. Tekbir es la traducción turca de «¡Allah-u Akhbar!», la proclamación ritual de la grandeza de Allâh. «Ya que somos musulmanes, produzcamos aquello que encaja con nuestras creencias», se dijeron los ocho hermanos Karanduman al fundar en 1978 el negocio, incluso antes de que se iniciara el ascenso de la re-islamización. Hasta entonces, en la Turquía laica nadie pensó en un negocio de producción y venta en serie de vestidos que atendieran a las restricciones islámicas. Había únicamente talleres de confección por encargo. Pero no sólo fue la falta de competencia lo que impulsó el rápido éxito de Tekbir. Desde un primer momento, la firma adoptó las formas de promoción ya ensayadas en Europa occidental. A los tres años ya habían organizado una primera exhibición, precursora de los desfiles de moda que ahora van marcando los cambios de estilos. Para reclutar a las modelos, los Karanduman atienden sólo a criterios de prestigio, sin importarles que sean creyentes o laicas.

La regla de oro consiste en mostrar que el vestido cubierto puede realzar la belleza de la mujer más que el abierto, a la europea, y para lograr ese propósito es lícito incluso bordear la infracción, apuntando el relieve de los senos, la marca de la cintura o el perfil de las piernas. Todo sea por el buen fin perseguido, aun cuando no falten críticos integristas que perciban en el estilo Tekbir un sometimiento a la pretensión diabólica de empujar al hombre a la degeneración moral, despertando en su interior el deseo carnal hacia la mujer. De momento, son sólo condenas expresadas en periódicos radicales.

La publicidad de Tekbir se dirigió también muy pronto a superar la identificación de vestido coránico y mujer tradicional: los catálogos mostraban cubiertas a mujeres de las más respetadas profesiones, tales como médicos, estudiantes o ejecutivas. La competencia no se establecía con las pequeñas tiendas religiosas, sino con las compañías productoras de prêt à porter capitalistas. Ante el éxito alcanzado, Karanduman sueña con ir más allá de la conquista del mercado turco, poniendo como ejemplo la difusión mundial de la minifalda. Por lo menos en aquél ya ha marcado buenos puntos conforme puede apreciarse, no ya en un paseo por el viejo Estambul, sino en un lugar emblemático, la colina de Çamlica, en la orilla asiática, a cuya cima acuden como ritual las parejas de novios y sus acompañantes en el día de su boda. Cuatro de cada cinco recién casadas lucen tocado islamista. Karanduman rebosa de optimismo: «Lo que los imames no han podido conseguir con sus sermones, lo hemos logrado nosotros con nuestras tiendas y nuestras exhibiciones de moda».

Las caras del islamismo.

El estilo Tekbir es el emblema de una burguesía islamista que recoge el testigo de la resistencia de fondo que desde los primeros pasos de la República se opuso a la modernización laica y autoritaria de Kemal Atatürk. De ahí que una socióloga simpatizante del proceso, Nelüfer Güle, aprecie en la islamización un contenido democrático por ser el instrumento mediante el cual la sociedad turca trata de superar las fracturas del pasado y apropiarse la modernidad.

El enorme prestigio del fundador y su energía cortaron uno tras otro los sucesivos intentos de restaurar el poder de la religión pero, al llegar la transición democrática a partir de 1950, el predominio electoral de los partidos conservadores obligó a buscar el voto de los musulmanes. La consecuencia fue un paulatino regreso de la religión al espacio público, intensificado a partir de 1980, cuando los militares vieron en el Islam un principio de orden y una doctrina capaz de contribuir a la destrucción de la izquierda. Fue la «síntesis nacional-islamista» que llevó a la Constitución la enseñanza obligatoria de la versión ortodoxa (sunní) del Islam, prólogo de los 10 años de gobierno de Turgut Özal, «el presidente creyente», un hombre de negocios muy vinculado a las cofradías religiosas que en su día prohibiera Kemal.

La era Özal, entre 1983 y su muerte en 1993, fue también la del milagro económico con la entrada masiva de capitales y la liberalización que precedieron a la conquista de los mercados del Este al hundirse el «socialismo real». El crecimiento estuvo marcado en los años 90 por la emigración masiva de población rural a las grandes ciudades, fuertes oscilaciones cíclicas, corrupción gubernativa y desigualdad. En realidad, todo favorecía el ascenso del islamismo. No sólo como creencia, sino como fuerza política y económica, ya que desde 1990 contaba con el apoyo de una importante patronal islamista. Bajo sus distintas etiquetas, el partido de la religión fue ganando terreno sobre los conservadores, hasta la sorprendente conquista de las alcaldías de Estambul y Ankara en 1994 y 1995, prólogo de la reciente victoria electoral de Erdogan.

Los nuevos habitantes de las dos capitales llevaban consigo la mentalidad religiosa del campesino y en sus dificultades económicas encontraban la oferta asistencial del islamismo, que desde el primer gobierno Özal contaba con los recursos económicos procedentes de las bancas islámicas, constituidas con capital saudí. Su oferta incorporaba, además, la promesa de moralidad frente a la corrupción de los demás partidos y disponía, para afirmarse, de elites procedentes de esas clases medias de creyentes, a menudo originarios del interior de Anatolia, que encarnaban la sociedad civil frente al estatismo kemalista y planteaban cuestiones como la reivindicación de la tolerancia para el velo en lugares como la Universidad. Con el respaldo de cuatro millones de firmas.


Modernidad y arcaísmo se unieron eficazmente. Las militantes cubiertas con el velo son la única llave que permite llevar la propaganda del partido al interior de las casas. Por su parte, los hombres de negocios islamistas son, en su mayoría, partidarios de un modelo asiático, prefieren dar la espalda a Occidente, pero temen el rechazo al ingreso en Europa. La ambivalencia es la regla, ya que se trata de volver a la tradición, rehabilitando incluso el pasado otomano, al mismo tiempo que son reconocidas las exigencias de la modernización. Con la consiguiente inseguridad que se proyecta sobre todos los órdenes de la vida. Una muestra es el doble papel que se le ha asignado a la mujer creyente, según la fórmula que hiciera pública el  primer ministro, Tayyip Erdogan: «Las mujeres con talento y educación pueden encontrar trabajo. Las que tienen título deben trabajar. Pero para las demás, permanecer en casa les da por lo menos la posibilidad de coser su propia ropa…». La aparente modernización del tesettür no sólo traza una divisoria frente a la concepción europea de la mujer, sino que sanciona la subordinación y el atraso de la mayoría de las mujeres turcas.

Los seguidores de Alí.

La gran paradoja de la religión en Turquía es que el tradicionalismo avanza sirviéndose de medios modernos, al mismo tiempo que la rama del Islam que defiende un proyecto secular, humanista y abierto a Europa hunde sus raíces en lo más hondo de la cultura popular turca y practica una creencia forjada en la Edad Media, con un cóctel de ingredientes engarzados en torno a un núcleo Shií, pariente del hoy profesado en Irán. Su nombre es alevismo, la fe de los seguidores de Alí, designación moderna que agrupa hoy, o mejor asocia, a los miembros de la cofradía de donde surge la sistematización doctrinal e institucional, los bektashis.

El islamismo intenta hablar el lenguaje de la globalización y el alevismo, su desconocido rival en el mapa religioso de Turquía, sigue las enseñanzas de un santón del siglo XIII y admira por encima de todo a Kemal Atatürk, después de haber sido durante siglos, en una de sus variantes, la religión de los jenízaros. Mayor enredo, imposible. Derviches guerreros en la conquista turca de los Balcanes, los bektashis han ido a parar con el alevismo a una religión de la paz y de la fraternidad entre los hombres, que no sólo cuenta por su singularidad, sino por el hecho de ser profesada por un buen número de turcos, tal vez, de diez a quince millones, veinte según sus propias estimaciones. Hasta el punto de ser, en palabras de una joven universitaria que nos hizo su elogio en Capadocia, «la esperanza de la República».

Basta una somera visita al principal centro religioso y de peregrinación de los alevíes turcos para constatar esa mezcla de ingredientes diversos. La pequeña ciudad de Hacibektas, situada unos 40 kilómetros al norte de la Capadocia turística, fue donde residió y predicó en el siglo XIII Hacibektas Veli, el fundador de los llamados bektashis. Tras el doble golpe de la eliminación de sus fieles jenízaros en 1826 y de la pérdida por el Imperio de los Balcanes, la red de conventos bektashis cedió el testigo al alevismo popular, sólidamente implantado en el centro y el este de Anatolia y, más tarde, llevado por los emigrantes por motivos económicos y también en busca de tolerancia, a las grandes ciudades del oeste, de Esmirna a Estambul.

En Hacibektas se conserva el mausoleo del fundador, dentro de un recinto conventual que recibe numerosas visitas y, sobre todo, atrae a decenas de miles de alevíes en la segunda quincena de agosto para asistir al festival anual de la orden. En su interior, el visitante encuentra una pluralidad de puntos de interés: puede contemplar el mausoleo de Hacibektas y los de sus principales discípulos, asistir en determinadas horas a la exhibición del baile ritual (sema), entrar en la cocina donde se guarda la famosa olla con la cual los jenízaros guisaban y protestaban, mirar intrigado las composiciones caligráficas cabalísticas, con la escritura fundiendo en la imagen de un rostro humano los nombres de Allâh, Muhammad y Alí, y, por fin, en lugar destacado, comprobar la importancia otorgada a Kemal Atatürk, con un busto en cuya base figura la conmemoración de la visita que hizo al lugar en 1919.

Los bektashis le caían bien y el entendimiento se mantuvo incluso cuando Kemal prohibió las cofradías religiosas. A cambio, los alevíes respiraban tranquilos después de un siglo de desprecio y de persecuciones. Como nos explicaba Dogan Bermek, dirigente de la Federación de fundaciones alevíes, «pudimos vivir normalmente». En las tiendas que venden souvenirs en los alrededores del convento, es posible adquirir uno de esos cuadros de rejilla en los que al moverse el espectador se ven distintas figuras. En este caso, de derecha a izquierda, primero Hacibektas; luego, en el centro, Alí; y, por fin, Mustafá Kemal. Todo un programa iconográfico al que se atienen sin excepciones todos los centros públicos del alevismo.

Por los múltiples anuncios, colgados incluso de la fachada de las casas, el pueblo de Hacibektas parece una agrupación de seguidores del Efes Pilsen, la marca de cerveza que patrocina al famoso equipo de baloncesto. Es una infracción al dogma que sus rivales sunníes utilizan para llamarles herejes, y ellos aceptan el reto, bromeando con la incapacidad de los animales para apreciar la bebida.

Pero éste es sólo un aspecto superficial de una creencia muy compleja, en la cual se funden la fe en Alí, el yerno de Muhammad, propia del shiismo, con elementos de origen animista, maniqueo e, incluso, cristiano. Hay árboles sagrados, como el enebro, y animales sagrados, como la paloma en cuya forma peregrinó el fundador a La Meca. No comen cerdo, ni conejo, ni oso. La exigencia de controlar la lengua, la mano y el cuerpo fue antes maniquea y la fórmula de la Santísima Trinidad que asume la relación de Allâh con el Profeta y con Alí, cristiana. De Jesús, admiran el rechazo al fanatismo. Siguen el Corán desde una óptica humanista, que excluye la idea de un Dios de la venganza. Lo mismo que Mevlana, el fundador de la orden más conocida de los derviches girantes, Hacibektas predicó en un tiempo y en un espacio donde el Islam coexistió con creencias ancestrales y con las de los habitantes, cristianos poco ortodoxos, de la Anatolia central. Pensemos que hasta su reciente destrucción, en el interior de una de las iglesias rupestres de Capadocia podía contemplarse la imagen de un sultán selyúcida como protector. «No soy musulmán, ni judío, ni cristiano», escribió Mevlana provocativamente. «Aquello que buscas, búscalo en ti mismo, no en La Meca, ni en Jerusalén ni en Damasco», añade Hacibektas.

La solución reside en la búsqueda directa de la comunión espiritual con la divinidad, característica del sufismo. Tanto en los seguidores de Mevlana, en la ciudad de Kenya, como entre los de Hacibektas, la danza constituye el vehículo para que el hombre busque la unión con el Creador, anulando su individualidad en el éxtasis propiciado por la repetición de movimientos. Las diferencias formales son evidentes. En su sema, los derviches girantes son sólo hombres y su movimiento recuerda el de los planetas en torno al Sol. La sema aleví es practicada por hombres y mujeres, con una rotación irregular que recuerda el vuelo de la grulla, también ave sagrada de los turcos nómadas. Ahora bien, la finalidad coincide, y tal vez por ello, hoy en las reuniones religiosas (cem) de los alevíes ambas danzas son fundidas en una sola.

Los aspectos formales del Islam pasan entonces a segundo plano. El rezo no puede sustituir a las buenas acciones, y el Ramadán no debe ser ocasión para reprimir a quienes «comen el ayuno», es decir, lo infringen consumiendo alimentos. En cuanto a la peregrinación a La Meca, «mi Kaaba es el ser humano». La casi divinización de Alí, heredero en las representaciones del antiguo dios-cielo turco, sirve de base a la declaración de que lo humano se encuentra impregnado de la esencia de Dios. «Tú y yo somos Dios», propone el dicho aleví. El objetivo vital consiste en ser «un ser humano perfecto» que tiene un control de sus deseos egoístas y trata a los demás con igualdad, obrando con solidaridad y sin violencia. Y esa vocación igualitaria incluye la relación entre hombres y mujeres. «Aquel que pega a su mujer, tendrá que soportar por un tiempo un gran peso sobre los hombros», nos contaba Bermek. Los alevíes no rezan en las mezquitas, aunque sí celebran reuniones semanales, las cem, los jueves por la noche, en las que cobra forma el sentimiento comunitario y se despliega la intensidad del fervor religioso. La presiden los líderes de la comunidad, los dedés, y a ellas acuden las células del movimiento, integradas por dos parejas de matrimonios con la de mayor edad ejerciendo funciones tutelares. Es la institución del musahib, base de la cohesión del alevismo ante un entorno hostil y momento decisivo de confirmación para el individuo, que ya en el momento de su circuncisión es puesto bajo la tutela de un padrino. Antes del lokma, o comida ritual, el baile de la sema es la culminación plástica de esa ceremonia participativa, desarrollada siempre bajo los retratos de Alí, Hacibektas y Kemal Atatürk. Su ámbito es la cemevi, al mismo tiempo casa de cultura y de rezo. Dogan Bermek nos informó de que hay unas 500 en Turquía, si bien la ceremonia puede desarrollarse en otros lugares.


Siglos de discriminación, alentada por quienes llaman «los sunníes fanáticos», aconsejaron a los alevíes la práctica de la taqiya, el disimulo de su fe, mantenida hasta hace pocos años. Ni siquiera el principio de tolerancia vigente en la República impidió esporádicas matanzas de alevíes (1978, 1993, 1995), y eso llevó a que, en zonas donde son minoritarios, sigan ocultando su creencia. Su puesto estaba en la Administración republicana, al lado de los continuadores de Atatürk. Es una posición que ha cambiado últimamente por efecto del islamismo. Los alevíes han percibido que no pueden quedar atrás y que deben intentar la participación en el nuevo reconocimiento del hecho religioso, incluso en la percepción de subvenciones que hasta hoy les ignoran. De ahí la creciente actividad de fundaciones, como la Cem Vakfi, situada en la periferia de Estambul, no lejos del aeropuerto, y presidida por el profesor Izettin Dogan con el propósito de dar a conocer el alevismo y de difundir en la sociedad turca una tradición religiosa que es al mismo tiempo profundamente nacional, tolerante y abierta a Europa, tal y como propuso Kemal Atatürk. «Algunos sunníes siguen excluyéndonos del Islam. Nosotros no les pagaremos con la misma moneda», nos comentaba el responsable de la Cem Vakfi.

Por Antonio Elorza *
Con información de El Mundo


* Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense. Autor de «Umma. El integrismo en el islam» (Alianza, 2002), y de «Tras la huella de Sabino Arana: los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco» (Temas de Hoy, 2005). La nueva moda turca en www.tekbirgiyim.com.tr/


©2015-paginasarabes®

Patrimonio Cultural Inmaterial – UNESCO 2014

unesco_2014

Finalmente las Tamboradas no han sido incluidas en la lista representativa como Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO, pese a los esfuerzos de última hora para tratar de complementar la información entregada al Comité para su valoración. En este sentido incluso el Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Hellín, Juan Antonio Moreno, se ha desplazado hasta París, tras ser requerido por el Ministerio y la Consejería de Educación y Cultura, para ayudar a solventar aquellas dudas que pudieran surgir entre los miembros del comité sobre esta manifestación.

El comité de la UNESCO para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial está reunido en París hasta el 28 de noviembre. La lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad está compuesta por expresiones que demuestran la diversidad de este patrimonio y permiten tomar conciencia de su importancia.

Este comité ha considerado que la información incluida en el archivo no es suficiente para que puedan determinar si los criterios para la inscripción en la Lista Representativa están satisfechos. Muchos miembros alegaron que el elemento lo representa la identidad cultural de muchos pueblos, y que se necesita información adicional para identificar su naturaleza y alcance, sus funciones sociales y culturales y su lugar dentro de las celebraciones de la Semana Santa. En la presentación y tras un largo debate, en el que se incluyeron algunas resoluciones al expediente, y en la que algunos miembros admitieron que el expediente contenía la información solicitada, la delegación española no pudo hacer cambiar la opinión, ya anunciada hace días, de los miembros del Comité.

Durante la reunión, que está teniendo lugar entre el 24 al 28 de noviembre en París, el Comité presidido por José Manuel Rodríguez Cuadros (Perú), ha estudiado las candidaturas de inscripción en las dos Listas del patrimonio inmaterial: la Lista del patrimonio inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia y la Lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad.

De las 46 candidaturas propuestas para ser incluidas en ésta última, y a falta de evaluar las últimas 4, 30 han sido incluidas en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial, entre las que finalmente no se encuentra la única candidatura española de este año, “Tamboradas drum-playing rituals”, que aglutinaba las tamboradas de los pueblos de las cinco comunidades autónomas en los que está arraigado el toque del tambor en Semana Santa, y en la que estaba incluida Hellín, Agramón y Tobarra.

El Ritual y ceremonias de la Sebeiba en el oasis argelino de Yanet (Argelia), el lavash: preparación, significado y aspecto del pan tradicional, como expresión cultural en Armenia, el arte de fabricación y el simbolismo tradicionales del kelaghayi, pañuelo de cabeza en seda para el tocado de la mujer en Azerbaiyán, el Pujllay y el Ayarichi: músicas y danzas de la cultura yampara (Estado Plurinacional de Bolivia), el bordado de Zmijanje en Bosnia y Herzegovina, el círculo de capoeira de Brasil, los kilims de Chiprovtsi, la tradición de la fabricación de alfombras en Chiprovtsi (Bulgaria), o la danza ritual del tambor real en Burundi, han sido algunas de las manifestaciones incluidas.

También formarán parte de la lista a partir de hoy el baile chino de Chile, el arirang, un canto tradicional de la República Popular Democrática de Corea, el uso tradicional de la sauna de humo en Võromaa (Estonia), el gwoka: músicas, cantos, danzas y expresiones culturales representativas de la identidad guadalupeña (Francia), los conocimientos y prácticas del cultivo del mástique en la isla de Quíos (Grecia), el arte tradicional de fabricación de utensilios de latón y cobre por los thatheras de Jandiala Guru, Punjab, India, la práctica tradicional del cultivo de la viña en vaso (“vite ad alberello”) de la comunidad de Pantelleria (Italia), el washi, arte tradicional de fabricación manual de papel japonés, el arte tradicional kazajo del dombra kuy, o los conocimientos y técnicas tradicionales vinculados a la fabricación de yurtas kirguises y kazajas (hábitat nómada de los pueblos túrquicos) en Kazajstán y Kirguistán.

Del mismo modo, esta misma mañana han sido incluidos 11 elementos más, el zajal, poesía recitada o cantada en Líbano, la tchopa, danza sacrificial de los lomwe del sur de Malawi, la aparición de máscaras y marionetas de Markala (Mali), el sega tipik mauriciano de Isla Mauricio, el tiro mongol a las tabas (Mongolia), el argán, conocimientos, técnicas y prácticas vinculadas al árbol de argán en Marruecos, las prácticas y expresiones del parentesco jocoso en Níger, la Al-ayyala, el arte escénico tradicional del Sultanato de Omán y los Emiratos Árabes Unidos, la fiesta de la Virgen de la Candelaria en Puno (Perú), el cante alentejano, canto polifónico del Alentejo (sur de Portugal) y el “nongak”, arte escénico con músicas, danzas y rituales comunitarios de la República de Corea.

Justo antes de que llegar el turno a la candidatura de las Tamboradas, el comité admitió la celebración de la Slava en Serbia.

Con información de El Objetivo de Hellin

©2014-paginasarabes®

Parastou Forouhar y sus «melodías visuales»

No es escritura árabe ni palabras que tengan un significado sino una "melodía visual" que tiene "ritmo" y expresa "libertad"
No es escritura árabe ni palabras que tengan un significado sino una «melodía visual» que tiene «ritmo» y expresa «libertad»

Lo que la artista iraní Parastou Forouhar está dibujando sobre un gran lienzo blanco en el patio del antiguo convento de San Pedro Mártir, en Toledo, no es escritura árabe ni palabras que tengan un significado, sino una «melodía visual» que no puede leerse, pero que tiene «ritmo» y expresa «libertad». Durante toda esta semana, la artista asentada en Frankfurt (Alemania) está trabajando en una instalación efímera que concluirá el sábado por la noche, cuando el bailarín sirio-turco Ziya Azazi ejecute sobre el lienzo una danza reinterpretando la tradición derviche.

Calzada con unos gruesos calcetines, que le permiten pisar con delicadeza el papel sobre el que trabaja, la iraní dibuja grafía árabe con pintura acrílica y charla con quienes se acercan a conocer su obra. Forouhar ha explicado que toma como base para su trabajo su cultura farsi (persa), pero ha subrayado que no está escribiendo textos ni palabras con un significado concreto, sino que busca ofrecer al espectador una «melodía visual», un «ritmo».

Sus propuestas artísticas quieren expresar «libertad», ya que Parastou Forouhar opina que, cuando la grafía pierde su sentido como escritura, los trazos fluyen de modo más libre en el interior de cada espectador. Al no tener un significado, la persona tiene la «libertad» de entender y sentir algo muy personal ante el ritmo que aporta su obra, ha explicado.

parastou_forouhar_02

El trabajo de Parastou Forouhar sobre un lienzo blanco de quinientos metros cuadrados forma parte de las actividades de la Fundación El Greco 2014 con motivo del cuarto centenario de la muerte del pintor, y, en concreto, esta instalación se ha organizado como un homenaje a la Escuela de Traductores de Toledo, cuyas raíces se remontan a los siglos XII y XIII. Sobre Doménico Theotocópuli, la iraní considera que su pintura es «apasionada» y sus pinceladas «espontáneas» y con mucha vida, y ha recalcado que de sus cuadros le inspira, sobre todo, su «abstracción».

Como toda obra efímera, la de Forouhar acabará con la danza de Ziya Azazi el sábado y, a partir de ese momento, sólo quedará en la «memoria» del edificio que ha acogido la instalación y en la de los visitantes que lo están disfrutando. El antiguo convento de San Pedro Mártir, situado en el corazón del casco histórico de Toledo, data del siglo XV y en la actualidad es la sede de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla-La Mancha. En su patio danzará, a partir de las 21:00 horas del sábado, Ziya Azazi, con una adaptación contemporánea de las danzas sufís a partir de la tradición derviche.

Con información de El Periódico

©2014-paginasarabes®

Buenos Aires celebra Siria 2014

bsas_celebra_siria_2014
Buenos Aires celebra Siria 2014

©2014-paginasarabes®

Licencia Creative Commons
Buenos Aires celebra Siria 2014 por Páginas Árabes se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2014/07/11/buenos-aires-celebra-siria-2014-2/.

Buenos Aires celebra Siria 2014 – Ballet Ikram bailando con la gente

Ballet Ikram bailando con la gente
Ballet Ikram bailando con la gente

©2014-paginasarabes®

Licencia Creative Commons
Esta obra de Páginas Árabes está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://paginasarabes.com/2014/05/10/buenos-aires-celebra-siria-2014-ballet-ikram-bailando-con-la-gente.