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Árabes en Canadá: 130 años de historia

La historia de los arabos canadienses no es nueva como muchos lo creen,  más bien parece haber comenzado en 1882 con la llegada del primer inmigrante de origen árabe, Ibrahim Abu Nader, libanés de la ciudad de  Zahle quien, en 1882, formaba parte del Moutassarrifiyat del Monte Líbano, territorio autónomo en el seno del Imperio Otomano.

Sin embargo, después de más de 130 años de inmigración, la historia de los arabos canadienses sigue poco documentada.

Pero, de donde provienen los canadienses de origen árabe? Sus diferentes comunidades, su contribución al mosaico canadiense, dónde y cómo viven, cuáles son sus religiones, las personalidades que se destacan y las organizaciones y los medios de comunicación que los representan? También, cómo los arabo canadienses  reaccionan frente a eventos políticos, como el debate sobre la Carta de la laicidad, la primavera árabe o el terrorismo.

Un análisis del Instituto Canadiense Árabe  producido en 2014 sostiene que habría un poco más de 750 mil canadienses de origen árabe!

Estadísticas oficiales canadienses fijaron en 2011 este número en un poco más de 550.000.

Lo seguro, después de más de 130 años de inmigración árabe en Canadá,  es que el conocimiento sobre los canadienses árabes sigue siendo prácticamente desconocido.

Al inicio, la historia de los inmigrantes de origen árabe en Canadá se parecía de muchas maneras a la de los que inmigraban a Estados Unidos. Generalmente escapaban de la pobreza o huían de regímenes déspotas o corruptos.

Henri Habid, profesor emérito de ciencias políticas en la Universidad Concordia, de Montreal, destaca entre otros, que, aunque inicialmente la inmigración árabe fue masivamente cristiana,  los problemas políticos actuales en Siria y la caída de Irak en 2003 permitieron la llegada masiva de musulmanes. Y que “hoy existe una migración mixta musulmana-cristiana pero no podría decir cuál es la más grande”.

Por otro lado,  el profesor de sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, Rachad Antonius, en su libro Las comunidades árabes en Canadá y Quebec distingue  cuatro olas de inmigración provenientes de los países árabes. La primera data de finales del siglo XIX e inicios del XX,  la segunda va desde los años 1950 hasta más o menos 1975, la tercera se extiende de 1975 a 1992, y la cuarta de 1992 hasta el momento actual.

Ellas se distinguen entre sí por los países de procedencia de la mayoría de estos inmigrantes así como por sus características sociodemográficas.  Estos períodos sirven como punto de  referencia, sobre todo para las dos últimas olas según Rachad Antonius.



Los primeros inmigrantes árabes – 1882

Los primeros inmigrantes originarios de los países árabes llegaron a Canadá, más concretamente a Montreal, en 1882. Eran de la Gran Siria, una región que correspondía a los territorios actuales de Siria, Líbano, Jordania y  Palestina.

Se estima que había unos 2.000 inmigrantes sirios en Canadá en 1901, y casi 7.000 en 1911. Pero esta inmigración árabe se detuvo en el medio de las dos guerras y solo el crecimiento natural fue responsable del aumento de la comunidad.

Compuesta  principalmente por cristianos, la primera generación de este grupo fue económicamente activa en la explotación de los pequeños comercios.

La segunda ola de árabes desde 1950

La segunda ola comenzó en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial y continuó hasta 1975.

Esta segunda oleada de inmigrantes árabes vino sobre todo de Egipto (37%) y Líbano (33,6%) pero también de Marruecos (14,9 %), de Siria (7,6 %) y de otros países árabes (6,6 %). Conjuntamente, estos grupos árabes suman, en 1971, 28 550 personas en total, según las cifras oficiales que se compilaron siguiendo el criterio de la lengua materna y no el del país de origen.

En 1971, Canadá tenía entre 50 000 a 60 000 personas de origen árabe, y de 70 000 a 80 000 en 1975.

Si bien los inmigrantes de origen egipcio conforman el mayor contingente de esta ola, y que muchos se han asentado en Montreal, cabe señalar que una mayoría de esos egipcios eran cristianos de origen sirio-libanés, proveniente de un grupo que inmigró a Egipto a finales del siglo XIX.

Varios otros grupos originarios de Egipto constituyen esta segunda ola de migración: los coptos (cristianos nativos egipcios) y los musulmanes.

En cuanto a los inmigrantes en esta segunda ola provenientes de Líbano, en su mayoría  eran cristianos, pero también figuraban muchos sunitas, drusos y chiíes.

La tercera ola desde 1975

A partir de 1975 el perfil sociodemográfico de los recién llegados se diversificó en varios aspectos. Ellos no tuvieron el conocimiento de las lenguas inglesa ni francesa contrariamente a los grupos egipcios y libaneses llegados en las décadas de 1960 y 1970.

Éstos solían ser trilingües (árabe-francés-inglés) o, por lo menos, bilingües (árabe y francés o árabe e inglés). Muchos libaneses que deseaban huir de la guerra de las milicias de Líbano, que duró unos quince años, pudieron instalarse en Canadá gracias a la flexibilización de los procedimientos de inmigración, especialmente del llamado Programa Libanés.

También empezaron a emigrar a Quebec personas y grupos procedentes del sur de Líbano, mayoritariamente musulmanes o chiíes. Pero los países de origen ya no son sólo Egipto y Líbano, sino que a partir de este momento se añaden otros países del Levante como Iraq, Jordania, Siria, Palestina, así como países petroleros de la Península Arábiga, como Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. También aumenta el porcentaje de inmigrantes procedentes de Túnez y de Marruecos.

La mayoría de estos inmigrantes son musulmanes, francófonos o más bien  bilingües (árabe / francés), en contraposición a la anterior oleada de inmigrantes con una alta proporción de habla de lengua inglesa.

Estos nuevos inmigrantes árabes, incluyendo a los argelinos huyen de la violencia y ponen la religión en el centro de su identidad colectiva.



La cuarta ola

Entre 1997 y 2006, más de 53.000 argelinos y marroquíes llegaron a Canadá.

Con el 24% del total de la inmigración árabe en Canadá entre 1960 y 2011, Líbano es de lejos el mayor contribuyente de inmigrantes árabes, seguido de Egipto (lejos detrás) en 14%, Marruecos 13%, Argelia  11%, e Irak con un 11%. Entre ellos, estos países representan casi tres cuartas partes de la inmigración árabe a Canadá en este período que se extiende aproximadamente en unos 52 años.

Los canadienses árabes, minoría visible

Baha Abu-Laban y Sharon Mcirvin Abu-Laban,  profesores eméritos de sociología en la Universidad de Alberta, dicen en sus escritos, que las categorías raciales son construcciones sociales cambiantes, tal y como prueba la experiencia de las personas de ascendencia árabe en Norteamérica. Y destacan que los primeros inmigrantes árabes, tanto en Estados Unidos como en Canadá, combatieron las leyes de inmigración racistas reivindicando su «blancura» racial.

A diferencia de lo que sucedía en EE.UU, los primeros inmigrantes árabes de Canadá lucharon por la aceptación arguyendo que la legislación existente contra la inmigración iba dirigida a las personas procedentes del Este asiático y que ellos eran caucásicos. Después de la Conferencia de San Remo de 1920, llegaron a sostener que eran europeos, ya que sus países natales estaban en ese momento bajo protectorado francés o británico. Los inmigrantes árabes acabaron consiguiendo convencer a los legisladores de ambos países de su etnicidad «blanca», pero, en la actualidad, la clasificación de los arabos estadounidenses como blancos es puramente oficial.

En Canadá, las personas de origen árabe son consideradas «minorías visibles», es decir, pertenecen a un grupo clasificado como no caucásico y/o «de color no blanco» dentro de la Ley de Igualdad en el Empleo de 1986, que fomenta las prácticas de empleo propositivas para atenuar la gravedad de la exclusión histórica en el mercado de trabajo. La construcción «minoría visible» constituye un término creado por el gobierno canadiense, utilizado de manera habitual por los medios de comunicación y que engloba a todo un abanico de personas que incluye chinos, sud asiáticos, negros y latinoamericanos, entre otros.

Los canadienses de origen árabe definen ellos mismos su pertenencia o no a una minoría visible en los formularios de los censos.

En 2006, uno de cada seis canadienses entraba en la clasificación de minoría visible.

Con información de Radio Canada International

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La Bogotá de los árabes

Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel - El Espectador
Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel – El Espectador

En la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, hay una pequeña zona donde la comunidad árabe de Bogotá rehizo su vida con el comercio.

Incrustado en el centro de Bogotá hay un almacén que se llama Pequeño París, pero su dueño es de Ramallah, una ciudad Palestina. A Hassan Alí le pertenecen esa y otras tres tiendas de ropa ubicadas en la misma cuadra. Parado detrás del inmenso mostrador de su local principal, con un impecable traje azul oscuro con delgadas rayas beige, Hassan no parece tener 65 años de edad. Ni su cabeza completamente cana lo delata. Sólo cuando empieza a narrar su historia da la impresión de que ha vivido un siglo.

Cuenta que llegó a Bogotá en 1976, escapando de la escasez que azotó a Palestina debido al conflicto árabe-israelí, que se desató cuando se creó el Estado de Israel en 1948. Empezó su vida en Colombia a los 22 años, vendiendo cobijas en la calle, y hoy tiene cuatro locales mayoristas.

Al lado de Pequeño París, a dos cuadras de la Plaza de Bolívar, hay una serie de tiendas en las que la comunidad árabe ha vendido por décadas. A simple vista parece una cuadra comercial como muchas otras: las coloridas telas, cobijas, manteles y sábanas que cuelgan en la puerta de los almacenes ondean suavemente con la brisa. Unos maltrechos maniquíes, a veces sin nariz o brazos, exhiben abombados vestidos blancos y oscuros trajes de paño en vitrinas decoradas con flores de papel crepé. Un sector muy común. Pero si se mira con más detenimiento, se verá que esa es la Bogotá de los árabes.

¿A qué árabes me refiero? ¿A los de Palestina, como Hassan y su familia? ¿A los de Irak, los de Siria o Líbano? A todos. A todos los que por razones económicas, sociales o religiosas tuvieron que dejar su tierra y embarcarse hacia al extraño mundo occidental. Contar la historia de la inmigración árabe a Bogotá es narrar cómo se desarrolló esta colorida y multifacética ciudad creada con retazos de múltiples culturas. Para historiadores como Louise Fawcett, entre los extranjeros venidos a Colombia desde la Independencia los árabes constituyen el segundo grupo más numeroso, luego de los españoles. Se estima que entre los años 1890 y 1930 migraron entre 5.000 y 10.000 árabes al territorio colombiano. Por esta razón, su influencia en el idioma, la religión y los negocios también es grande.

La inmigración empezó en 1880, cuando llegaron turcos que huían de la persecución religiosa que se desató en el Imperio otomano. Los árabes cristianos migraban hacia países como Estados Unidos o Argentina. Pero a veces, más por azar o equivocación que por planeación, llegaban a Colombia. La mayoría se quedaba en las ciudades costeras, como Barranquilla, con la añoranza de regresar a su tierra. Otros buscaban una embarcación que los llevara por el río Magdalena hasta La Dorada, de allí a Girardot y finalmente a Bogotá.

Desde ese primer período de inmigración hasta hoy ha pasado más de un siglo, y todos esos pioneros cumplieron su cometido de volver a su patria o continuaron hacia otros lugares, algo que el teórico de las migraciones Sélim Abou llama la “eterna utopía de una tierra prometida”. Pero los nietos y sobrinos de esa primera generación escucharon historias de un país suramericano llamado Colombia y por eso hubo otros dos períodos en los que vinieron al país. Es por eso que Hassan llegó a Colombia. Y es por eso que todavía hay una calle en el centro de la capital que tiene tiendas con nombres como Almacén La Palestina, Alí Babá Parrilla y Nofal e Hijos.

Hassan recuerda que llegó a Bogotá sin estudios, sin familia ni dinero para montar un negocio. “Iba para Venezuela, pero por un error en el vuelo terminé en Bogotá. Recordé que mi tío había vivido aquí en la década de los 50 y nos contaba historias sobre esta ciudad, así que me quedé”.

Empezó a aprender español mientras vendía cobijas y sábanas puerta a puerta por los barrios bogotanos. Así pasó 16 años. Cuando tuvo suficientes clientes y confianza con los proveedores, pidió un crédito y abrió su primer almacén. Lo hizo en la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, por la misma razón que lo habían hecho otros árabes antes que él: porque los locales le pertenecían a la Beneficencia de Cundinamarca y los arriendos eran económicos. Pero, aun con las facilidades del crédito y el arriendo barato, pasaron dos años en los que el negocio sólo le alcanzaba para pagar los gastos.

Esos años pasaron. Ahora se apoya sobre el mostrador y lanza una carcajada mientras recuerda todo lo que le costó tener una clientela habitual. “Hoy en día todo va más rápido. Mire, mi hijo menor de 23 años acaba de abrir un local aquí al lado y ya lo llenó. Venga se lo presento”.

Sale de la tienda y camina con las manos en los bolsillos. Sólo las saca para señalar los letreros de sus almacenes. “Ese se llama Lina Linda, porque así se llama una de mis hijas. El otro se llama Sara Linda, porque me gusta ese nombre”.

Hassan tuvo pocos hijos, sólo cuatro. Pocos comparados con la familia Nofal: son siete. Cuando sus hijos eran pequeños los mandó para Palestina para que aprendieran el idioma y no olvidaran su religión. Se veían cada año por veinte días o un mes. Gracias a ese esfuerzo, todos sus hijos crecieron con respeto hacia la cultura árabe y la religión musulmana.

En la tienda de Ahmed, el hijo menor de Hassan, hay fotos de toda la familia pegadas en la pared. El muchacho saluda efusivamente y cuenta que desde hace unos años las tiendas de la cuadra dejaron de vender sólo telas y empezaron a comerciar productos terminados. “Deja mejor ganancia”.

Después de mostrar con orgullo los logros de su hijo, Hassan continúa su recorrido por la cuadra. Saluda a los dueños de las demás tiendas con una corta inclinación de cabeza y un “As-salamu alaikum”, “que Dios te dé protección y seguridad”. “Antes había mucha familia acá. Más de cien hogares árabes tenían sus negocios en esta zona. Ahora quedamos pocos, creo que no más de veinte”. El resto se fueron para Estados Unidos, Canadá, Panamá… la eterna utopía.

Caminando nos encontramos con Cais Nofal, el hijo mayor de Alí Nofal, uno de los comerciantes más antiguos de la zona. Su familia tiene seis almacenes en esa cuadra. Él también saluda con una pequeña inclinación de la cabeza a los amigos que disfrutan los últimos rayos de sol sentados a la entrada de sus negocios o charlando con los policías que custodian la zona. Acepta contarnos cómo fue crecer entre Colombia y Palestina.

Sin prisa camina hasta el almacén que administra y se sienta detrás de un pequeño mostrador de vidrio. El techo del local está unos cinco metros por encima del suelo y hasta allá llegan las cajas apiladas. Hay zapatos, vestidos, chaquetas, accesorios… todo lo que un bogotano promedio podría necesitar para un bautizo, primera comunión, baby shower, colegio, matrimonio o cualquier otro evento formal. Allí, entre la obra de vida de su padre, cuenta su historia.

“Nací en Colombia, pero nos fuimos para Palestina en el año 2000. Viví una etapa clave allá. La juventud fue cuando mi vida empezó a cobrar sentido. Por eso desarrollé un arraigo tan profundo hacia Palestina, la tierra de mis padres y de mis abuelos. Cuando llegamos empezó el levantamiento Intifada Al Aqsa, cuando los palestinos reclamaban Jerusalén como territorio árabe. Vivimos cosas difíciles. Al principio nos daba miedo salir a la calle, pero después nos acostumbramos y entendimos la cultura. Estuve seis años allá y en 2006 me fui para Cuba a estudiar medicina. Por mi labor como médico me gustaría volver a ayudar a mi gente”. Cais se casará este año y afirma que también criará a sus hijos en Palestina.

Cais y Hassan están de acuerdo en que el secreto del éxito de sus negocios radica en su perseverancia. Ambas familias llevan 25 años en el sector y han construido el comercio poco a poco. Hassan enfatiza la importancia de los amigos en los negocios. “La palabra vale más que el dinero”, dice una y otra vez. Con esto quiere decir que un negocio sale adelante con un buena vida crediticia. “Si los proveedores creen en su palabra, si le dan crédito aún cuando el mes no está bueno, el negocio sale adelante”.

Lejos de mimetizarse, de hacerse una con la ciudad, la comunidad árabe de Bogotá mantiene sus costumbres, sus creencias y sus locales. Es un retazo cultural más de los que componen la diversa capital.

Por Susana Noguera Montoya
Con información de El Espectador

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Chile, mayor refugio de la diáspora palestina fuera de Oriente Medio

Chile, el gran refugio de la diáspora palestina fuera del Oriente Medio
Chile, el gran refugio de la diáspora palestina fuera del Oriente Medio

Después de meses de surcar mares y océanos, sobrevivir al hambre y cruzar los Andes, tres jóvenes palestinos llegaron a la ciudad de Santiago de Chile. Era finales del siglo XIX y las crónicas de la época cuentan que los aventureros hicieron fortuna.

Tras regresar a su madre patria para casarse, los árabes viajaron de nuevo al país austral acompañados en esta ocasión por sus esposas, amigos y también abuelos. Hoy se estima que los descendientes de esa generación en Chile superan las 300.000 personas y conforman la mayor comunidad palestina fuera del mundo árabe.

«Llegamos huyendo de la guerra, buscando nuevas oportunidades para nuestras familia y un mayor bienestar económico y social para los hijos», relata el comerciante chileno Carlos Abusleme, cuyos padres se radicaron en Chile tras escapar de la persecución de los turcos otomanos a principios del siglo XX.

La mayoría de los palestinos huía de una tierra azotada por siglos de dominación, conflictos religiosos y disputas territoriales que proyectaban un horizonte no más brillante que el que dibujan actualmente los muros de hormigón que mutilan sus libertades.

Gran parte de ellos procedían de los mismos barrios de Beit Jala, Beit Sahour o Belén, tres ciudades de la región conocida como Cisjordania pobladas por cristianos ortodoxos, cuya tradición también trajeron a Chile.

«Fue una migración en cadena. Los recién llegados necesitaban a gente que les ayudara en sus trabajos y empezaron a traerse a sus familias, a la gente de su barrio y del mismo clan familiar», explica el académico Eugenio Chahuán.

Así como otros jóvenes países de Sudamérica, en esa época Chile necesitaba más mano de obra para consolidar su economía y, a pesar de que los gobiernos apostaron preferentemente por los inmigrantes europeos, como los alemanes o los austriacos, (a quienes se ofrecían tierras y derechos), los palestinos llegaron sin preguntar y comenzaron a forjar su futuro de la nada.

En ese periodo, el modelo de la economía chilena, que hasta el momento se basaba eminentemente en la producción agrícola, estaba transmutando hacia un sistema de producción capitalista, un contexto que, según Chahuán, «favoreció» a los inmigrantes palestinos, que aprovecharon la expansión del mundo de los negocios y se dedicaron al comercio y a los textiles.

Los recién llegados de Medio Oriente arribaban a Chile con un conocimiento del mundo mucho más amplio que los habitantes del país, aislado al este por la gigantesca cordillera de los Andes y al oeste por la inmensidad del océano Pacífico.

Este impulso comercial se plasma hoy en distintas multinacionales chilenas e instituciones como el Club Social Palestino, encargado de dinamizar la actividad cultural y social de la comunidad, y el Club Deportivo Palestino.

No obstante, la adaptación a la vida y costumbres chilenas no les hizo perder la identidad de su tierra, de ahí que en muchos hogares de descendientes palestinos aún sea común ver servirse hojas de parra, hummus y berenjenas rellenas, cuyo aroma se entremezcla con el dulce ritmo de las melodías árabes.

«Mi alma es chilena pero mi corazón es palestino», dice la santiaguina Patricia Eltit, segunda generación en Chile y propietaria del restaurante de comida palestina Qatir, ubicado en uno de los barrios acomodados de la capital.

Aunque Eltit no visitó Palestina hasta que ya fue adulta, asegura que al poner un pie en la tierra de sus antepasados sintió un fuerte magnetismo por esos paisajes de laderas pedregosas y gente cercana.

«No nos entendíamos con palabras, pero muchas veces no era necesario hablarnos, porque traducía perfectamente sus gestos y miradas, tan sorprendentemente parecidos a los míos y a los de mis padres», relata la cocinera mientras enrolla hojitas de parra con una destreza asombrosa.

A pesar de esta exitosa adaptación e integración, el proceso de asimilación de elementos culturales de la sociedad chilena también acarreó la consecuente pérdida de algunos rasgos propios. Uno de los más evidentes fue la pérdida idiomática, pues tan solo 2.000 miembros de la comunidad continúan dominando el árabe.

Ello no ha impedido que algunos jóvenes de ascendencia palestina se sientan atraídos por la música árabe, lo que les ha llevado a crear grupos y orquestas de música tradicional en los que interpretan canciones de su tierra, cuyas letras son incapaces de descifrar.

«Lo que se reproduce es un cierto modo de ser y, por tanto, como las sensaciones y el gusto por la música perduran, los músicos, a pesar de no conocer la lengua, son capaces de interiorizarla e interpretarla», dice el músico Kamal Cumsille.

Aunque muchos hayan perdido el idioma y algunas de sus tradiciones, la distancia entre ambos pueblos y el siglo y medio de generaciones que ha habido por medio no han conseguido impedir que las raíces de éstos chileno-palestinos permanezcan latentes y sólidamente ancladas en los dos puntos del planeta.

Por Júlia Talarn Rabascall
Con información de El Diario

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Literatura urgente: ficción y no ficción sobre migraciones

Relatos e investigaciones sobre refugiados y desplazados se multiplican en Europa en las voces de una generación de escritores y periodistas.

Ilustración ©María Elina Méndez
Ilustración ©María Elina Méndez

«Llegados a la frontera, el pasador me dijo que lanzara una última mirada a mi tierra natal. Me detuve y miré hacia atrás: todo lo que vi fue una infinita extensión de nieve, con las huellas de mis pasos. Del otro lado de la línea de demarcación vi un desierto que me pareció una hoja de papel virgen. Sin ninguna marca. Me dije entonces que el exilio sería eso, una página en blanco que habría de llenar.» Lo escribe el afgano Atiq Rahimi en su libro La ballade du calame (La balada del cálamo), publicado en 2015, y el párrafo se convierte en la muestra de un fenómeno que ya es tendencia. No sólo las crónicas periodísticas, las fotografías documentales o las denuncias de organismos internacionales, también la literatura y el ensayo, en Europa y Estados Unidos, están dando cuenta de la gran tragedia de este siglo: los desplazamientos de millones de personas empujadas de sus tierras por las guerras, el hambre y las persecuciones.

Conviene, sin embargo, que esta nota dedicada al fenómeno de los libros sobre migración, integración o refugiados -que al menos en el mercado inglés es casi un género con nombre propio: border crossings– comience con una digresión.

En Survivants, el británico Chris Stringer, eminencia en materia de evolución humana y uno de los principales líderes de la escuela Out of Africa, analiza la emergencia del hombre moderno, el homo sapiens. Según el célebre paleontólogo, un grupo de humanos surgió de África hace unos 50.000 años como consecuencia de cambios revolucionarios en la fabricación de herramientas y otros comportamientos. Desde ese continente -afirma Stringer-, esas nuevas poblaciones se dispersaron hasta Europa, donde «dominaron y reemplazaron rápidamente a los neandertales gracias a su superioridad tecnológica y a su capacidad de adaptación». De ahí el segundo nombre de su teoría: «De la sustitución». Hay otras hipótesis. Pero, en todo caso, una cosa es segura: la historia del hombre está signada por la migración, por el intento de integración e incluso de reemplazo.

Sumergidos en una ola de migración que parece incontrolable -la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) contabilizó en 2015 la escalofriante cifra de más de un millón de personas llegadas a Europa a través del Mediterráneo, unas 34.000 por vía terrestre desde Turquía y casi 3800 muertes en la travesía-, la sola evocación de esa realidad basta para ponerles los pelos de punta al 90% de los europeos contemporáneos. Y a sus gobernantes: la Unión Europea definirá esta semana si acepta un polémico plan de «trueque» de migrantes con Turquía que ha abierto enormes dilemas jurídicos y que algunos califican directamente como «deportación».

También existen voces contrarias: «La migración no tiene que llevar necesariamente a la distopía. La migración puede llevar -y varias veces lo ha hecho- a la renovación, la fertilidad, la apertura y el vigor», escribió en The Guardian Mohsin Hamid, novelista paquistaní-británico.

No es casual. La literatura fue siempre uno de los mejores vehículos para expresar esos temores atávicos y también para demolerlos. Y en épocas de crisis (pero ¿cuándo no las hay?), el número de esas publicaciones suele aumentar en forma exponencial.

En efecto, en Europa, no menos de tres centenares de libros sobre temas de inmigración, integración, refugio o asilo fueron publicados en los últimos seis meses. Ensayos políticos, económicos, étnicos, novelas, biografías, reportajes, obras infantiles, informes. Aunque algo menor, el mismo frenesí se confirma en Estados Unidos. Inmigrantes o europeos de origen extranjero cuyos relatos reflejan experiencias de exilio, travesía y adaptación, o que a partir de sus propias vidas se ocupan de demoler clichés sobre la integración a una sociedad distinta; académicos y periodistas que investigan las vicisitudes de los desplazados, entre las raíces históricas de esos movimientos forzados, las ciudadanías informales y hasta la problemática económica de las remesas.

Es difícil, sin embargo, descubrir un hilo conductor en esta literatura. No es una generación específica la que escribe, tampoco los representantes de una tendencia política en particular. «Tal vez, el único hecho significativo en Europa es que, desde hace unos años, se ha producido la entrada de un sólido grupo de autores de origen árabe o turco, no siempre musulmanes, que producen una literatura de gran calidad», dice  Corinne Leitmann, historiadora de la literatura en la Universidad de Toulouse.

Aquí, un recorrido por algunos de los títulos más representativos de este fenómeno de literatura urgente.

En narrativa

En el terreno de la ficción, la novela más intensa de 2016 llegó a Europa precisamente desde Turquía, ese viejo puente entre el Oriente descalzo y el Occidente bien vestido, por el cual transita todo aquello que es ilegal: Encore (Aún), del turco Hakan Günday. Publicado en su lengua original en 2013, el libro proyecta al lector en la cabeza y las tripas de un joven traficante de migrantes, que busca exorcizar su pasado contándolo. Es un relato de impetuoso aliento, donde la única luz llega de una ranita de papel que le ofreció un afgano, la voz de su conciencia.

La acción de Les échoués (Los encallados), del escritor francés de origen armenio Pascal Manoukian, transcurre a comienzos de 1990, cuando Lampedusa, Ceuta y Melilla aún no eran trágicamente célebres pero Europa ya había abolido sus fronteras internas. Virgil el moldavo, Chanchal el cingalés, Assan el somalí y su hija tuvieron que tratar con los mismos traficantes y los mismos explotadores que los refugiados de hoy. El primero es cristiano; el segundo, hindú y el tercero, musulmán. Poco importa. Sus caminos se cruzan en un suburbio parisino y terminarán ayudándose mutuamente. El autor, ex reportero de guerra, revela en forma magistral las razones del exilio, los dramas de la travesía y las dificultades de la integración. «La miseria y el hambre son un tesoro inagotable para los mafiosos, los jihadistas, los rebeldes y los traficantes de todo tipo», escribe Manoukian.

Nous serons des héros (Seremos héroes), de Brigitte Giraud, relata cómo, a fines de los años 60, tras la muerte de su padre, un militante asesinado por la dictadura de Salazar, Olivio (8 años) llega clandestinamente con su madre a Francia. Junto a otros refugiados como él, el pequeño hallará consuelo junto a su amigo Ahmed, un inmigrante argelino, mientras su madre se enamora de Max, un piednoir (francés nacido en Argelia) que no consigue aceptar su condición de «repatriado» y se siente traicionado al mismo tiempo «por los árabes y por Francia». En 1974, la Revolución de los Claveles devolverá el orgullo perdido a los exiliados portugueses, mientras que los «hijos de Argel» seguirán alimentando su resentimiento. Brigitte Giraud analiza con fineza cómo el país abandonado sigue acechando, incluso formando a los exiliados.

Atiq Rahimi, llegado a Europa en 1985, cuando todavía los afganos eran recibidos con los brazos abiertos, publica en La ballade du calame (La balada del cálamo), una meditación poética sobre sus orígenes que podría resumir la devastadora experiencia de la integración. Y concluye: «Heme aquí 30 años después, siempre parado frente a esa página en blanco».

Muchos vieron en El ruso adora los abedules, de Olga Grjasnowa, la voz de toda una generación de inmigrantes bien integrados en Europa. «Demuele los clichés y hace sentir lo que significa vivir en Alemania sin que sus abuelos y bisabuelos lo hayan hecho a su vez», afirma la crítica literaria alemana Cristina Nord. La heroína y álter ego de la autora, una judía azerí que llegó a Alemania a los 11 años, al igual que sus amigos turcos, palestinos o libaneses, «no fracasa en la escuela y no tiene padres aferrados a rígidas tradiciones. Son cultos, inteligentes, comprometidos políticamente, privilegiados, aunque sus vidas no se parezcan a un largo río tranquilo», dice desde Berlín el periodista Gerrit Bartels.

Sumisión de Michel Houellebecq es uno de los títulos más célebres de este listado. El 7 de enero de 2015, fecha del atentado terrorista contra el semanario Charlie Hebdo, coincidió con la publicación de la última novela del escritor francés, en la que un musulmán es elegido presidente en Francia. Para muchos fue simplemente un grosero panfleto anti-Islam. En todo caso, el libro invita a reflexionar sobre lo que falla en nuestras sociedades occidentales. Incita a meditar sobre el vacío que el hombre contemporáneo instaló en su cabeza, aceptando una sociedad sin proyecto, sin verdaderas creencias y que, en muchos casos, rompió con su propia herencia cultural.

En investigación y ensayo

El terreno del ensayo es igual de prolífico cuando se trata del candente tema de la inmigración y la integración. Pero, ¿cuándo no lo fue en el espacio europeo?

Italia es citada hoy como una de las principales víctimas de esa inmigración indiscriminada que -para muchos- la asfixia, la deforma y le arrebata su futuro. Pero ésa no es la mirada de algunos especialistas, como el geógrafo Fabio Amato, autor de Atlas de la inmigración en Italia. Durante décadas país de emigración, Italia cuenta hoy con 3.760.000 de extranjeros en situación regular (tres veces más que hace diez años), de 180 nacionalidades diferentes. La tragedia de los boat people que naufragan frente a sus costas no deja ver una realidad mucho más sutil, según el autor.

En esa obra iconoclasta, el geógrafo demuele los prejuicios, mientras pone bajo la lupa las transformaciones territoriales provocadas por la ola inmigratoria. Contrariamente a lo que se puede pensar, señala que casi el 60% de los migrantes se instalan en las regiones septentrionales, «allí donde ruge la xenofobia de la Liga Norte». Afirma que, a diferencia de lo que ocurre en países como Alemania, Francia o Gran Bretaña, en la península no hay «ghettos étnicos»: los extranjeros están distribuidos por todos los rincones del país, lo que sería signo de una integración en marcha. En cuanto a la actividad económica, Italia cuenta hoy con cerca de 200.000 dueños de empresa que llegaron como inmigrantes.

Otro país, otra realidad, otra percepción muestra Neukölln ist überall, de Heinz Buschkowsky, que en traducción libre podría llamarse El libro negro de la inmigración. El ex alcalde socialdemócrata de Neuknoll, barrio de Berlín particularmente desamparado, donde 41% de la población es de origen extranjero, se transformó -sin serlo él mismo- en ícono de xenófobos y racistas al denunciar en términos durísimos el fracaso de la política de integración alemana. El libro describe el desarrollo de comunidades cerradas, «que rechazan todo lo que es alemán». Buschkowsky se queja de la dificultad de encontrar salchichas de cerdo en Neuknoll, de las mujeres vestidas con burka y de las familias que viven gracias a los subsidios y se niegan a enviar a los niños a la escuela.

To the Ends of the Earth. Scotland’s Global Diaspora (Hasta el fin de la Tierra. La diáspora mundial escocesa), de T. M. Devine, se suma a la lista. Aunque Escocia cuenta con apenas 5 millones de habitantes, «hasta 40 millones de personas podrían reivindicar sus raíces escocesas en todo el mundo», explica el historiador T. M. Devine. En esa apasionante investigación el autor afirma que los resortes que empujan a los escoceses a emigrar son mucho más complejos que el simple mito nacionalista del individuo víctima del yugo inglés. También cuestiona la representación que se tiene en general de la inmigración, por ejemplo, la del migrante que escapa de la pobreza. Para ello identifica «dos períodos durante los cuales Escocia era floreciente y la emigración alcanzó niveles sin precedentes: a fines del siglo XIX, cuando el país era el taller del imperio británico, y después de 1945, cuando se introdujo el Estado bienestar». Una paradoja que se explica -a su juicio- por el «optimismo» que reinaba entonces y daba alas a los que intentaban la aventura.

La periodista Atossa Araxia Abrahamian demuele otro de esos clichés en The Cosmopolites: The Coming of the Global Citizen (Los cosmopolitas: la llegada del ciudadano global). Publicado en Estados Unidos y fruto de una extensa investigación, el ensayo recuerda que el a veces feroz proceso de integración no es experiencia exclusiva de los migrantes que arriban a un país extranjero. Para demostrarlo, cuenta el caso de los beduinos en los Emiratos Árabes Unidos (EAU) que, originarios de la región, por numerosos motivos nunca se registraron y, en consecuencia, carecen de nacionalidad. Esa condición no sólo les impide el acceso a los innumerables beneficios sociales o subsidios de los ciudadanos emiratíes (sólo el 15% de la población), sino que las autoridades los consideran inmigrantes ilegales.

Para resolver el problema, los dirigentes de los EAU decidieron comprar ciudadanías a uno de los estados más pobres de África, las islas Comores, y adjudicársela a esos habitantes. De esa manera, sin ser consultados, sin siquiera conocer el país al que pertenecían a partir de ese momento, los beduinos pasaron a ser el problema de otro y los responsables emiratíes se lavaron las manos. En 2014, Kuwait adoptó la misma política con sus beduinos, que constituyen el 25% de su ejército.

El filósofo canadiense Joseph Carens define la ciudadanía como «el equivalente moderno los privilegios de clase feudales». Y si bien el caso emiratí relatado por Atossa Araxia Abrahamian es un perfecto ejemplo, la autora también se ocupa de aquellos, afortunados, que por el contrario tienen la posibilidad de comprar numerosas ciudadanías: los ultra-high-net-worth-individuals (UHNWI o los ultramillonarios). «Ellos probablemente jamás pongan sus pies en sus nuevas tierras de adopción. Lo que compran son pasaportes que ofrecen acceso a otras naciones y mercados, así como la posibilidad de utilizar las jurisdicciones más ventajosas para poner a salvo sus abultadas riquezas», escribe.

Y como justamente toda crisis o aventura humana termina en algún momento explicándose en costos y ganancias, es revelador el libro de Marco Marcocci, Migranti et banche (Migrantes y bancos), que analiza con lupa el llamado migrant banking, es decir, la relación entre los recién llegados y el sistema bancario local. Señalando la importancia del envío de remesas y otras posibles fuentes de ingreso a los países de origen, el autor da pistas a las instituciones bancarias -en este caso, italianas- para incorporar cuanto antes esa nueva población a la cartera de clientes tradicional. «El libro -según la casa editora, Don Chisciotte-, que constituye un excelente instrumento formativo para el personal bancario, diseña un nuevo concepto de migrant banking en el cual el banco y los migrantes se integran armoniosamente uno con otro.»

La escritora de origen turco Elif Shafak, que ha escrito también en inglés y francés, afirmó recientemente en The Guardian: «El racismo, el ultranacionalismo y la xenofobia tienen un efecto perjudicial en el alma humana: nos hacen indiferentes al dolor de los otros. Pero la apatía no es un sentimiento pasivo: requiere un esfuerzo constante […]. No nos olvidemos de que la globalización no se trata solamente del incremento de tecnología de la información y circulación de capital; también significa que nuestras historias, y por eso mismo nuestros destinos, están interconectados». En tiempos urgentes e inciertos, la literatura puede ayudar a hacer esto más visible.

Por Luisa Corradini
Con información de La Nación

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Sirios,bienvenidos a Chile

Refugiados sirios esperando reubicación en Hungría ©efe
Refugiados sirios esperando reubicación en Hungría ©efe

La terrible emigración de millones de sirios, acosados por la guerra y la persecución religiosa ha impactado a la humanidad y nos obliga a participar como país.

La principal contribución que Chile puede hacer es acoger refugiados otorgándoles un lugar donde vivir. Es una ineludible obligación humanitaria. El gobierno ya ha señalado el deseo de recibir a 100 o 150 personas, que es el primer paso, aunque insuficiente. La necesidad de quienes salieron de su territorio es de tal magnitud, que la oferta no puede ser pensada como un experimento social. Aquí el papel de la colonia siria y, en general, la de origen árabe, es decisiva, especialmente en facilitar y hacerse cargo de la acogida, como ya ocurrió en la inmigración de sus padres y antepasados. La corriente migratoria de palestinos, sirios y libaneses fue fundamental en el país y no han perdido sus lazos culturales y sociales con sus orígenes.

Aparte de la responsabilidad humanitaria, se debe dar un paso adelante, porque los inmigrantes han constituido un aporte en nuestro progreso. No es solamente la llegada de los europeos, que se destaca; también es decisivo el aporte de aquellos de origen árabe, entre ellos, los sirios, un ejemplo de tenacidad, emprendimiento y espíritu empresarial que se une a su aporte cultural, tan significativo en la vida social.

Una de las causas históricas de nuestro lento desarrollo económico es el carácter isleño del chileno, casi xenófobo, que mira con desconfianza al foráneo, lo aleja en vez de acogerlo, a diferencia de otros países abiertos al exterior, como han sido Estados Unidos, Australia y Argentina, en circunstancias que, por su propia naturaleza, el inmigrante y su familia son personas seleccionadas por sus ansias de progresar, de mejorar sus condiciones de vida, de sacrificarse, ahorrar y asimilarse a la comunidad de destino. El espíritu empresarial y la capacidad de inventiva están en la personalidad de quien inicia la aventura de dejar su lugar de nacimiento y llegar a un país extraño.

En los últimos decenios la situación migratoria de Chile ha cambiado. Desde una situación de emigración neta, donde quienes salían para radicarse en el extranjero eran más que los llegados, ahora hay una inmigración neta. En buena medida ha ocurrido por el progreso de Chile desde el término de la dictadura, que atrae especialmente a latinoamericanos que desean mejorar sus condiciones de vida y, al mismo tiempo, ha permitido una mayor retención de los chilenos un su país.

Estos cambios positivos han ocurrido mientras la legislación de Extranjería está cada día más obsoleta. Fue dictada con la concepción que no había que facilitar la permanencia de extranjeros, protegerse de la presencia de «indeseables». Pero el país cambió.

El atraso se manifestó en dos experiencias recientes con refugiados en los Programas de Reasentamiento. La llegada en 1999 de un pequeño grupo de serbios dejó al desnudo lo que no debe hacerse, fue un fracaso vergonzoso. En 2008 se mejoró con los palestinos que se radicaron en La Calera y sus cercanías, pues el gobierno y la comunidad local se movilizaron. De ese aprendizaje se deben sacar lecciones para la llegada de los sirios, en las trabas administrativas como en los programas de reinserción. Está pendiente una modernización integral de la legislación y sus normas para enfrentar la situación actual, en que se espera la inmigración continúe, especialmente desde países latinos, lo cual requiere revisar las diferentes condiciones de estadía en el país, incluso la situación de los fronterizos, transitorios e ilegales; así como el acceso a la salud, educación, previsión social y vivienda.

Esta modernización debe partir por el diseño de una política general respecto a los flujos migratorios, tanto de extranjeros que deseen radicarse en Chile como los nacionales que salen al extranjero; por ejemplo, la situación de estudiantes que entran o salen. Estas definiciones son complejas y deben responder a preguntas tales como si se debe fomentar la integración de los extranjeros o preservar su identidad cultural.

Pero no se puede esperar una respuesta a la necesidad de una nueva política que abra «la puerta de nuestra casa»; ahora urge recibir a quienes buscan salvar sus vidas y la de sus familias.

Por Andrés Sanfuentes
Con información de Diario Financiero

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Chile: Nación de inmigrantes

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Nuestro país es una nación de inmigrantes. Aquí han llegado españoles y alemanes, yugoslavos y sirios, franceses y judíos, hombres y mujeres movidos por la común esperanza de construir un mundo mejor. Religiones y razas, inveteradas ociosidades y desenfrenadas pasiones, se funden y calman en el lento pero firme proceso de integración bajo una nueva bandera que habla de tolerancia y de paz, de dignidad y de progreso.

Nadie sobra en Chile. Esta patria se ha hecho y se seguirá construyendo con el aporte del chino y del gringo, del turco y del bachicha. También con el de Catrileo y el de Coñuepán, los únicos quizás con derecho a sentirse dueños y que tan mal tratamos cuando el prejuicio nos cubre los ojos del entendimiento.

Cada vertiente trae su aporte valioso. Los árabes en particular, su amor a la familia, su valoración del trabajo en todas sus manifestaciones, su sentido poético y sensual de la vida capaces de atenuar los negros espectros de las tétricas visiones españolas del pecado y del horror a la carne.

Hombres como Benedicto Yamil Chuaqui, abren caminos, encienden lámparas en la noche, transmiten secretos mensajes de humanidad que llegan hasta nosotros por las circunstancias más inesperadas…

Q.·.H.·. Carlos.F.A.

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Una güerita y un par de ojos azules

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Bodas de Wahibe con Dib Barquet Tahtac, celebrada el 7 de octubre de 1915 en la Iglesia de la Sagrada Familia, entonces en construcción.

A la memoria de Patricia Jacobs Barquet

A principios del siglo XX, como buenos descendientes de fenicios, nuestros cuatro abuelos emigraron de Líbano en busca de mejor fortuna y por barco. Los maternos, a México, a donde llegaron por Veracruz. Tanto el abuelo como la abuela emigraron de niños, de nueve y diez años de edad respectivamente; los dos descendían de familias de comerciantes bien asentados. Él había nacido en Trípoli, que desde entonces era la segunda ciudad del país, y ella, aunque nacida en Nueva Jersey, Estados Unidos, venía de Hasroun, en las montañas, lugar en el que había pasado los  primeros años de su infancia.

Después de haber dejado atrás a los dos hermanos mayores, el abuelo, Dib Barakat (o Barquet) Tahtac (1892-1982), en 1901 llegó a México huérfano de padre, con un hermano y su madre, a reunirse con su única hermana, R’hda, o Catalina, según la llamaron en México, casada y asentada en Zacatecas. Por su parte, la abuela, Wahibe Ermnt, o Vermont, como interpretaron en Ellis Island, Landy Simoni (o Assemani) (1898-1986), que fue la sexta de ocho hijos, en 1908 emigró con sus padres y tres de sus hermanos, y la familia se instaló en la capital, en donde nacerían sus dos hermanos menores.

Las dos familias eran cristianas del rito maronita, pero al incorporarse a México acogieron la religión católica. La lengua materna tanto de los Barquet como de los Landy fue el árabe, pero mientras que el español fue el segundo idioma de Dib, fue el cuarto de Wahibe, pues ella antes había aprendido inglés y francés. (En México, asistió al Colegio Francés, a donde acudía acompañada por el esclavo negro, de nombre Ahmed y origen egipcio, que la seguía a diez pasos de distancia. Él era propiedad de nuestro bisabuelo Mansour. De hecho, formó parte de la emigración a México de la familia Ermnt Assemani. En un momento dado, el bisabuelo le dio la libertad, y la familia le perdió el rastro.) A lo largo de su larga vida, nuestros abuelos mantuvieron vivo el árabe. Por lo que hace a él, no llegó en ochenta años a hablar castellano sin un recuerdo de acento árabe.

Él se formó como comerciante con su cuñado (aficionado a la cría de caballos) en Zacatecas, pero para 1910, cuando era un joven de diecisiete años de edad, ya trabajaba en la ciudad de México. Y la fecha es importante no sólo desde el punto de vista histórico de este país, sino desde el punto de vista individual de nuestro abuelo, pues, el día 22 de septiembre de aquel año tuvo lugar en México un acontecimiento que lo inscribiría a él socialmente, tanto como miembro de una comunidad ciudadana específica, que como futuro fundador de nuestra familia materna, Barquet Landy.

Nos referimos a un hecho parteaguas, es decir, la ceremonia de entrega del reloj otomano (por estar Líbano en esos momentos bajo el Imperio Otomano) que regaló a México la Colonia Libanesa, en ocasión de las Fiestas del Centenario de la Independencia que este país festejaba, y asimismo en agradecimiento a la hospitalidad con la que México había recibido a esta emigración.

Existen fotografías oficiales del suceso. Aunque nuestro abuelo, Dib Barquet Tahtac, no ha sido identificado en ellas, en cambio sí lo ha sido, entre otros, Bajish Landy Assemani, quien, en esa ocasión, o en días previos o subsiguientes, trabó amistad con nuestro abuelo. En los meses posteriores a aquella fecha, Bajish invitó a Dib a su casa y le presentó a su hermana, nuestra abuela, Wahibe Landy Assemani, con quien se casaría en 1915, él, de veintitrés años y, ella, de diecisiete.

En la fotografía oficial de la entrega del reloj, de igual modo aparece nuestro bisabuelo materno, Mansour Ermnt (o Vermont) Landy que, plenamente identificado, y con la condecoración de Bey en la solapa (que había recibido en Líbano de manos del último sultán otomano, Abd Al Hamid II, 1876-1909), destaca en la primera fila, al lado de los representantes de Porfirio Díaz, que fueron, Enrique Creel, Ministro de Relaciones; Guillermo Landa y Escandón, Gobernador del Distrito Federal, y Demetrio Sodi, Presidente de la Suprema Corte de Justicia; y, asimismo, al lado de Antonio Letayf, quien entonces era la figura más destacada de la Colonia Libanesa, por lo que fue quien dirigiera el discurso de entrega del reloj, situado en la esquina de las calles hoy llamadas Bolívar y Venustiano Carranza, en el hoy llamado Centro Histórico de la ciudad.

Esta ceremonia constituye en México el primer acto de presencia oficial de los inmigrantes libaneses, como colonia o comunidad. Además, creemos que marca una de las características de los libaneses en general, que es la de adaptarse a las circunstancias que sea que se les atraviesen y encontrar el modo de que, por adversas que éstas pudieran parecerles, a ellos los beneficien.

De aquí que, por ejemplo, sin haber dejado de hablar árabe, mal que bien hubieran aprendido a hablar español; o que, sin haber dejado su comida, mal que bien la hubieran sazonado con elementos de la mexicana. Queremos decir que los libaneses, quizás en especial los que emigran, en lugar de alterar ningún orden, aprenden a adaptarse a él, y más bien a arreglárselas para que dicho orden los favorezca.

Por otra parte, en este sentido también se nos ocurre, noción quizá más pertinente todavía para los fines de estas líneas, que a nuestros abuelos, que emigraron específicamente a México, aunque se adaptaron con naturalidad a este país, les resultó impresionante la exageración en México, o el contraste tan radical que existía, entre las condiciones de vida de los ricos versus las de los pobres. Los impactó en particular cómo se discriminaba al indígena en las ciudades, aparte del grado de miseria en la que vivían dichos indígenas. Por otra parte, los tranquilizó advertir que, a diferencia de la situación de Líbano en este punto, en México no se discriminara a ninguna comunidad por motivos de religión. En conjunto, las condiciones de vida que encontraron en México, por más contrastantes que les hubieran resultado respecto de las de Líbano, y por más que nuestros abuelos se hubieran adaptado a ellas, no les impidieron añorar el país que habían dejado atrás. Incluso, los que pudieron, regresaron a morir allá, como, en 1933, fue el caso de nuestro bisabuelo, Mansour Ermnt Landy. Por su parte, nuestro abuelo, que murió en México, sin embargo pasó los últimos meses de su vida pensando que estaba veraneando en B’rmana.

Sin negar ser, mal que bien, beneficiarios de un país que no era independiente, como era Líbano, nuestros abuelos participaron, como comunidad y de forma oficial, en la celebración de independencia del país al que se integraban. (No era que nuestros abuelos hubieran emigrado porque estuvieran en contra de pagar impuestos al Imperio Otomano, como que, por su ancestral sentido de ambición, hubieran querido que los beneficios de su trabajo fueran, tampoco para su tierra natal, sino, sencillamente, para ellos mismos. Y de ahí que emigraran. Si no, ¿por qué no se quedaban a luchar contra el imperio que sojuzgaba a su nación?)

O, también congruente con la finalidad de estas páginas, de aquí que nuestros abuelos se hubieran integrado, de una forma u otra, a la revolución que estalló apenas a dos meses de esta celebración de independencia que con tan digna presencia habían festejado. No hay que olvidar que lo que las diferentes fuerzas revolucionarias de México ponían en duda era precisamente la naturaleza de esta independencia.

La Revolución Mexicana, por decirlo de la manera más elemental, protagonizó a todos los sectores sociales, más o menos unidos entre sí, ricos y pobres, hacendados, peones, campesinos, obreros, empleados, políticos, intelectuales, contra el presidente constitucional y sus favorecidos, que eran únicamente los ricos y poderosos del centro del país, por una parte y, por otra, los inversionistas extranjeros.

Las vivencias de nuestros abuelos relacionadas con la Revolución Mexicana no alcanzan a ser un puñado, pero son lo suficientemente vívidas, si no mayormente significativas, como para que dieran color y persistieran en el memorial familiar.

Contaba la abuela que en una ocasión estaban sus padres con los seis hijos reunidos alrededor de la mesa cuando irrumpió en el comedor de su casa de las calles de la Acequia un soldado revolucionario armado que les exigió de malos modos que le dieran de comer porque tenía hambre. Mientras ella, cobijada por su madre, temblaba de miedo ante el intruso de aspecto sucio y desaliñado, su padre dio órdenes en la cocina para que le dieran de comer al desconocido. Nuestra abuela nos contaba que cuando el hombre por fin se fue, ella se había soltado a llorar. Refería también que su padre, mientras que había satisfecho la necesidad de comer de un revolucionario hambriento, se había opuesto férreamente a satisfacer las solicitudes de otro revolucionario, éste todo un general, elegante jinete de un caballo blanco, y amigo personal del bisabuelo, que le pedía autorización para cortejar a nuestra abuela, a la que se refería como “Güerita”. Simultáneamente, y por magnífica fortuna para nosotros, el bisabuelo sí aprobó que en su momento la enamorara Dib. No descartamos que en buena medida la aprobación se hubiera debido a que el pretendiente era libanés, y en dicha aprobación quizá debamos conceder la fuerza decisiva al hecho de que a Wahibe sencillamente la enardeció el azul de los ojos de Dib.

En los primeros tiempos de la Revolución Mexicana, el abuelo recorrió en tren el país como comerciante abonador. En una memorable ocasión, formó parte de una comisión de inmigrantes libaneses que solicitaron la intercesión del General Francisco Villa para que uno de los miembros de la comunidad libanesa, acusado de galanteador de la esposa de uno de los generales de la contienda armada, no fuera fusilado. Y el General Villa los complació, pues dio órdenes inmediatas para que el condenado fuera liberado. El abuelo recordaba a Villa como “un hombre gordo, malencarado y mal hablado pero, no obstante, muy listo y, sobre todo, muy justo.”

Para cuando nuestros abuelos se casaron, el 7 de octubre de 1915, en la Iglesia de la Sagrada Familia, que entonces estaba en construcción, él ya se había incorporado a la mercería de Julián Slim, La Estrella de Oriente, que se localizaba en el Mercado del Volador, en donde hoy se encuentra la Suprema Corte de Justicia. Y contaba que una mañana, durante la Decena Trágica, aunque todavía antes de su matrimonio, en camino a la mercería, y ya cerca de ella, lo había azorado e incluso detenido el espectáculo ampliamente documentado de un número de cadáveres de caballos que yacían extendidos sobre la calle, imagen tremenda que nos consta que lo persiguió hasta sus últimos días, pues siempre la recordó, siempre con espanto.

Sus dos hijos mayores, Karim y Wahib, nacieron durante la década en la que se consolidó la Revolución Mexicana. En años posteriores, nacieron los otros tres, Ramiz y Jorge, y nuestra madre, Norma, que nació a medianoche del 27 de octubre de 1921, en la casa de familia, entonces en las calles de Tabasco, en la Colonia Roma, en el corazón de la ciudad, la única hija, entre cuatro varones, de la familia Barquet Landy.

*Foto: En su baúl personal, la escritora Bárbara Jacobs conserva imágenes de su genealogía familiar/Cortesía Bárbara Jacobs

Por Bárbara Jacobs
Con información de : El Universal

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