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Alqántara, ópera prima del ensamble colombiano-árabe Alqántara Latina

Alqántara Latina en la Misión diplomática palestina – Colombia

Alqántara, (puente), la ópera prima recientemente lanzada por el ensamble colombiano de música árabe Alqántara Latina, conjuga elementos sonoros identificables de la música del Atlántico colombiano, el fraseo de sus melodías es fácilmente cantable, aunque el timbre sea el de un instrumento árabe como el qanun.

En otras secciones del tema, Alqántara circula entre el bebop y el maqsum, logrando así una multiplicidad de sonoridades que refuerzan la idea de un mundo íntimamente conectado.

Dentro de las imágenes presentes en el video, aparecen textos en árabe de Gabriel García Márquez, literatura colombiana sobre el exilio y el desplazamiento, y viejos recortes de la revista Ar-raed, (el reportero), que circuló en español y en árabe en Colombia en la década de los 30. Este escaso material se halló en la Biblioteca Nacional de Colombia.

Aquí dialoga el maracón con la darbuka, el tar y con el req, las cuerdas de la guitarra con las del qanun y el violín, entrelazan contrastes el nay y el saxofón. Todo acompañado de un bajo mestizo, con motivos recordables en el Atlántico colombiano como en el Mediterráneo egipcio…

Por Oscar Beltrán Santos, Sociólogo, Director ensamble Alqántara Latina.


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Cocina Fusión – Marmaón- Tradiciones que se transforman

Es quizá extraño observar un plato típico levantino en la mesa de un caribeño. Pero es aún más extraño saber que la forma en que se prepara en Barranquilla, Colombia, es diferente a la preparación original en su lugar de origen: la ciudad palestina de Belén. Si bien el Medio Oriente y el Caribe se encuentran separados geográficamente por miles de kilómetros, un idioma de otra familia y costumbres diferentes, han estado en contacto por varios siglos de forma indirecta y directa. Un primer contacto se dio con la llegada de los españoles a América, pues la Península Ibérica había estado bajo el dominio de los árabes entre el siglo VIII y XV.

Otro más directo ocurrió -y sigue dándose- cuando iniciaron las masivas migraciones de palestinos, sirios y libaneses a América Latina hacia finales del siglo XIX. Este último contacto nos ayuda a explicar por qué en Barranquilla por ejemplo, la comida árabe es tan popular, tanto así que a veces es difícil diferenciar lo árabe de lo autóctono, (el kebbe es una común confusión).

Sin embargo, uno de los platos que más llama mi atención y que trato de comer casi semanalmente, (aunque en Belén se sirve en ocasiones festivas), es el marmaón. Siempre comí marmaón en casa de mis abuelas, e inclusive de mi bisabuela, de la forma en la que se come en los restaurantes de Barranquilla: pequeñas bolitas sancochadas de trigo recubiertas de harina con una sala a base de tomate y pollo. Para mi sorpresa, cuando visité a mi familia en Belén, me sirvieron las mismas bolitas que tanto me gustaban, sólo que con garbanzos enteros, pollo condimentado al horno y caldo – casi como si el marmaón fuese el arroz del plato.


No entendía qué parte de mi familia lo había preparado “mal”. Pero algo había fallado. Más aún, cuando viajaba a otras ciudades palestinas y pedía marmaón, me decían que tal plato no existía; y luego de tratar de explicarles tan complejo manjar en un árabe casi inventado, me miraban con incredulidad y decían que ese plato se llamaba mughrabiye palestino.

En el Reino Hachemita de Jordania me pasó algo similar, sin embargo, ya había decidido acostumbrarme a las sorpresas gastronómicas de la región y la desinformación culinaria que aparentemente traía desde el Caribe.

En Ammán fui a un restaurante que vendía comida lista, y cuando vi el marmaón, lo ordené inmediatamente, (aunque tenía otro nombre: maftool). Las bolitas venían acompañadas de garbanzos, caldo y pollo al horno, otra vez. ¿Y el tomate? A mi regreso a tierras caribeñas, decidí indagar la verdad acerca del marmaón.

Consideré pertinente preguntarle a mi abuela paterna sobre el origen, o más bien la mutación del plato. Ella me dijo que efectivamente no era el mismo que se comía en Belén, pues su madre, Doña Zoila, había cambiado la receta estando en Colombia. Al parecer, ella nunca le contó a mi abuela el porqué del cambio, pero mi abuela se imagina que pudo ser por la facilidad y rapidez de la nueva preparación. Además, me preguntó que si podía imaginarme el tiempo que llevaría cocinar las pechugas y muslos necesarios para invitar a toda la familia a comer, (generalmente, las familias árabes son muy, muy numerosas, todos son “primos” y la hospitalidad es avasalladora).

Mi duda persistía, y mi papá, quien había estado escuchando la discusión sobre el marmaón, sugirió que quizá mi bisabuela se dejó influenciar por la comida italiana, puesto que esta es muy popular en la ciudad así mismo debido a la fuerte migración. De hecho, esto tenía más sentido, pues la salsa con la que se come el marmaón en Barranquilla es parecida a una preparación italiana, o por lo menos, a simple vista no parece árabe. Sin embargo, no me quedaba muy claro cómo y porqué una persona había logrado cambiar la tradicional preparación del marmaón y difundirla por toda la ciudad, pues por ejemplo, en Cartagena, una de las hermanas de mi abuela lo prepara como se prepara en Belén. Así entonces, decidí ir donde mi bisabuela materna, quien de hecho tiene un restaurante árabe. Me dijo que ella había creado esa receta porque así era más fácil de preparar y más gustoso.

Mi confusión crecía con el tiempo. Supuse que si preguntaba a otra abuela árabe me diría que también ella había sido la pionera de la salsa de pollo, por lo tanto, decidí frenar la investigación. O quizá, mis dos bisabuelas, quienes son concuñadas y vivieron juntas cuando una de ellas llegó al país desde Belén, modificaron esta antigua receta que hoy es tan popular entre los restaurantes árabes de la ciudad y sus comensales.

Resulta curioso el hecho de que sólo algunos platos típicos palestinos llegaron a estas costas en la memoria de los inmigrantes. Otras comidas se quedaron atrás, mientras que otras se dejaron permear por el medio, el paso del tiempo, las tradiciones locales y disponibilidad de ingredientes en el mercado.

A fin de cuentas, ambas culturas han estado y aún están expuestas a encontrarse y mezclase en una pequeña ciudad que recibió a miles de inmigrantes árabes que entraron a través de Puerto Colombia y que desde allí siguieron su errante rumbo. Lejos de su tierra natal, y en una que los acogió, estos personajes lograron influenciar y dejarse influenciar por la cultura local, creando, entre otras cosas, este delicioso banquete árabe-caribeño.



MARMAÓN

Ingredientes para la preparación del marmaón (en Barranquilla)

4 libras de marmaón, (se puede hacer a mano o se compra listo en tiendas o restaurantes árabes)
3 ¼ barras de mantequilla
2 cucharadas de aceite

Ingredientes para la preparación del consomé

6 alas de pollo enteras
5 pechugas grandes
1 zanahoria grande partida en 4 pedazos
4 onzas de cebollín bogotano entero
½ frasco de pasta de tomate

Ingredientes para la preparación de la salsa

1 libra de cebollas trituradas en el procesador de alimentos
8 onzas de pasta de tomate
1 frasco pequeño de salsa de tomate
2 cucharadas de aceite
1 barra de mantequilla
4 onzas de agua
Sal y pimienta al gusto

Preparación

El marmaón debe estar descongelado desde la madrugada y envuelto en un mantel o toalla limpia donde no entre el aire y se absorba la humedad.

Cocinar todos los ingredientes hasta obtener consomé.

Para preparar la salsa, se debe sofreír la cebolla a fuego medio hasta que dore. Luego, se incorpora la pasta de tomate hasta que se obtenga color rojizo. Luego se vierte el agua, los condimentos y de último la salsa de tomate. Hervir la salsa 20 minutos a fuego alto y luego a fuego medio.

Colocar el marmaón en una porcelana y derretir ¼ de una barra de mantequilla y echar las dos cucharadas de aceite. Engrasar con las manos el marmaón que se va colocando en una olla especial que está superpuesta sobre una que de antemano tiene agua hirviendo. Dejar en el fogón por una hora y media. Luego, se remoja el marmaón con una parte del consomé que ya debe estar listo. A este consomé que le agrega más sal y pasta de tomate para que dé el color característico al marmaón. Después de aproximadamente 25 minutos, se vuelve a colocar en la olla, y esta vez se tapa con una toalla o trapo húmedo, y puede durar una hora hasta que el grano se sienta tierno.

Las pechugas se pican en trocitos diagonales y con tijeras de cocina y luego, cuando la salsa esté casi lista, se vierte el pollo en el sartén. Esto debe hacerse 20 minutos antes de servir y no revolver para que no se desbaraten los trocitos de pollo.


Por Omy David

Con información de ReinventandoTradiciones

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Los sirio-libaneses en Colombia

«Bendita sea la colonia siria, que nos ha traído la baratura». Con estas palabras, un periódico de principios del siglo XX resumía la política de precios de los comerciantes de origen árabe en Colombia. Además de precios bajos, estos comerciantes cambiaron la tradicional estrategia de ventas en Colombia, el esperar que el comprador llegara hasta al almacén, por la forma innovadora de las ventas ambulantes y al salir a ofrecer la mercancía de puerta en puerta.

Por «colonia siria» el autor se refiere a los inmigrantes procedentes de Siria y Monte Líbano, quienes conformaban el grueso de la inmigración árabe a Colombia, integrada además por los palestinos.

Los territorios de Siria, Líbano y Palestina estuvieron bajo el poder del Imperio Otomano por cerca de 400 años, desde el siglo XVI hasta comienzos del XX. Las primeras migraciones significativas desde los territorios árabes ocupados por los turcos hacia Brasil, Argentina y México empezaron en la década de 1870. Como los pasaportes de estos inmigrantes eran expedidos por las autoridades turcas, esto llevó al equívoco de llamar «turcos» a los árabes que llegaban a América Latina, la mayoría de los cuales eran cristianos maronitas. El Imperio Otomano se desintegró al final de la Primera Guerra Mundial y gran parte de su territorio pasó a manos de las potencias europeas. Por esta razón, Siria y Líbano se convirtieron en protectorado francés, y Palestina quedó bajo mandato británico.

La mayoría de historiadores acepta que los primeros inmigrantes de origen árabe que llegaron a Colombia lo hicieron hacia 1880, entraron por los puertos del Caribe y se distribuyeron inicialmente por las diferentes poblaciones del Caribe colombiano. Tiempo después remontaron el río Magdalena para distribuir mercancías en las provincias andinas y los valles interandinos, y se establecieron en departamentos como Huila, Cundinamarca o Santander.

¿Cuantos sirios, libaneses y palestinos llegaron a Colombia entre 1880 y 1920? No existe un dato preciso, ya que desde un principio resultó muy difícil censar la población de origen árabe en los diferentes países de América Latina. A su llegada, estos inmigrantes eran registrados indistintamente como turcos, otomanos, sirios, árabes, y sólo a partir de la década de 1930 en algunos países empezaron a diferenciar entre sirios, libaneses, palestinos, armenios o turcos otomanos.

De todas formas, no debemos llamarnos a engaños y pensar que en Colombia se estableció un numeroso grupo de inmigrantes procedentes del Oriente Medio. El país fue un destino de segunda categoría para los emigrantes árabes, que en su aventura hacia América preferían países como Estados Unidos, Brasil o Argentina.

De acuerdo con el emigrante sirio Elías Saer, los jóvenes árabes sólo tenían referencias de estos tres países a donde emigrar, mientras muy pocos tenían conocimiento de la existencia de Colombia. De acuerdo con su testimonio, «emigrar al continente americano era encontrarse con la abundancia, la riqueza, con las grandes oportunidades, en fin, con el paraíso terrenal». Algunos estudios calculan que hacia 1920 la población de origen árabe en Colombia era apenas de 3.800 personas, mientras en Brasil ascendía a 162.000, y en Argentina, a 148.000. Pese a su escaso número, en Colombia su visibilidad estuvo en función de su dinámica presencia en sectores clave de la sociedad, como el comercio, la política y la medicina, entre otros.

Una de las características del inmigrante árabe fue su pragmatismo, tanto en los negocios como en su vida cotidiana, lo que explica por qué varios de ellos castellanizaron sus nombres y apellidos, como una manera de asimilarse más rápido a las comunidades donde llegaban. De origen árabe son las familias Guerra (originalmente Harb), Domínguez (Ñeca), Durán (Doura), Lara (Larach), Cristo (Salibe), Flores, María, Gloria y Juan, entre otros.

La base económica y el punto de partida de estos inmigrantes fue el comercio, y a esa actividad le siguieron otras como la agricultura, la ganadería, la industria, la navegación fluvial y la política. En menos de una generación ascendieron socialmente y en esta segunda fase, sus hijos tuvieron edad para empezar a estudiar en la universidad, sobre todo carreras de prestigio como medicina y derecho. Los hijos de los inmigrantes no se conformaron con el éxito económico de sus padres: ahora ellos querían gobernar, tener poder y para eso era necesario incursionar en política.

Es así como en 1930 Gabriel Turbay irrumpe como figura política regional, al ser elegido diputado por el departamento de Santander, y César Fayad concejal por Cartagena; en 1941, Abraham Jabib fue elegido concejal por Lorica y en 1962, José Miguel Amín fue nombrado gobernador de Córdoba. La espiral política llegó a su punto culminante durante el cuatrienio 1978-1982, período durante el cual Julio César Turbay se desempeñó como presidente de la República. La presencia de los políticos de origen árabe en la vida nacional ha sido intensa y, en ocasiones, controvertida, por lo que el tema ameritaría un estudio riguroso desde la ciencia política.

En síntesis, los hijos y los nietos de esos inmigrantes que alguna vez fueron discriminados, empezaron a gozar de una destacada posición en la sociedad colombiana desde mediados del siglo XX. Su aporte a la sociedad colombiana se dio no sólo en los campos del comercio y la política, sino también en actividades como la industria, la medicina, la literatura, la culinaria y los medios de comunicación. Personajes como Gabriel Turbay, Antonio Chalita, Emilio Yunis, Juan Gossaín, Fuad Char o Shakira Mebarak son tan colombianos como cualquier otro nacido en estas tierras.

Han pasado más de 120 años desde cuando desembarcaron los primeros inmigrantes árabes en Colombia. Sus prácticas austeras, su dedicación al trabajo y su espíritu emprendedor, les facilitaron acceder a las oportunidades que ofrecía el país a nativos ya inmigrantes.

Por Joaquín Viloria De La Hoz
Investigador de estudios regionales del Banco de la República.

Con información de:Semana 35

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Alqántara Latina – Un puente con la música árabe

Alqántara Latina
El grupo, con sede en Bogotá, se integró en 2013 por músicos colombianos con formación en música árabe

El nombre de Alqántara Latina  deriva del árabe القنطرة al-qanṭarah , que significa «el puente» y precisamente es la intención del ensamble, establecer un puente , un puente latino, desde el ser y el sentir latino con las expresiones de la música del mundo árabe, identificando sus singularidades estéticas, los ornamentos tímbricos y estilísticos que distinguen esta música de las demás, definiendo criterios estéticos armónicos tanto en nuestro Occidente mestizo como en Oriente Medio.

Originado en 2013, cada uno de los músicos ha tenido experiencias diversas con la música de Oriente Medio, pero por primera vez decidieron sumar esfuerzos y consolidar un grupo que reivindica la música de un sector de la sociedad globalizada altamente marginada y cargada de estereotipos.

El ensamble tiene un alto componente de investigación que involucra lectura y búsqueda de música en lengua árabe y se centra en el repertorio clásico egipcio para ser reinterpretado en la ciudad de Bogotá.

Los integrantes de Alqántara Latina son:

Oud/Qanun/Dirección: Oscar Beltrán Santos
Darbuka: César Ortiz
Req: Sebastián Camacho
Violín: Katherine Serrano
Saxofón: Brayan Cárcamo
Bajo: Felipe Trejos

Y se han presentado en diversos festivales de música a nivel nacional, en Colombia, en embajadas, academias de danza árabe, espacios como bibliotecas (Virgilio Barco), teatros (Teatro ECCI, Teatro Tecal, La Media Torta), Universidades (Universidad el Bosque) y museos (Museo Nacional de Colombia, Museo del Chicó).

Alqántara Latina  cuenta con un proyecto de difusión cultural que busca acercar a mayores sectores de la población a estas prácticas musicales, conciliando visiones del mundo en torno a las diversas expresiones sonoras.

Cabe destacar que Alqántara Latina ha sido invitado a participar en diversas actividades de la embajada de Palestina en Colombia, quienes reconocen y valoran el esfuerzo del ensamble por presentar un proyecto serio y de calidad; también el grupo obtuvo el primer lugar en la convocatoria Conciertos Temáticos-Sonidos del Mundo de IDARTES (Entidad Distrital que fomenta las artes en Bogotá) por la interpretación de música árabe en Colombia, ha sido invitado especial en la programación sabatina de la biblioteca Virgilio Barco.

Actualmente concluyeron  un ciclo de conciertos y están programando las próximas presentaciones para mayo y el resto del año. Para contactarlos pueden dirigirse a la siguiente dirección electrónica : alqantaralatina@gmail.com  ,  en la red social de Facebook , así como en su Página Web .

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Barranquilla y Belén reactivan convenio de hermandad

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La Alcaldía de Barranquilla y Belén reactivaron su hermandad cultural, según informó la Gerencia de Proyectos Especiales y la Fundación Encuentro Cultural Colombo-Árabe.

El convenio, de acuerdo con la Gerencia de Proyectos, estaba inactivo por un trámite interno de la Alcaldía de Barranquilla. La entidad aseguró que través de la Secretaría de Cultura se continuarían con las actividades de intercambio cultural.

Zuleima Slebi, presidenta de la Fundación Encuentro Cultural Colombo-Árabe, asegura que el convenio facilita un intercambio de culturas. Indica que la presencia de Belén en la capital del Atlántico no se “reserva exclusivamente” a los pesebres y villancicos.

Slebi recuerda que los árabes, sirios, libaneses y palestinos arribaron a finales del siglo XIX a Colombia, tras lo cual comenzaron a insertarse en el desarrollo y la construcción de la región Caribe, específicamente de Barranquilla. En ese sentido, destacó los aportes de esta cultura a la gastronomía, arte, literatura, comercio, política, desarrollo empresarial y urbano que “han sido decisivos para el progreso en conjunto de la ciudad”.

La presidenta de la Fundación recordó también que el pasado 29 de noviembre se conmemoró el Día Internacional de Solidaridad con el Pueblo Palestino, una fecha que se estableció por mandato de la Asamblea General de las Naciones Unidas desde 1977, con el propósito de llamar la atención del mundo frente a la situación que se vive en esa región.

Zuleima Slebi dice que Belén, su legado y su población nativa árabe cristiana lucha actualmente por su supervivencia en difíciles circunstancias políticas y económicas.

Por Denis Contreras
Con información de: El Heraldo

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La unión entre la Caribañola y el Kebbe

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Caminar por el epicentro comercial de Beirut es sentirse en Lorica dibujada en esquinas, rincones y tiendas de víveres y abarrotes detenidas en el tiempo.  Morder un turrón de nueces en Rabat, es morderlo en el Caribe colombiano hecho de coco, millo, piña o guayaba.  Deleitarse con las vitrinas de tradicionales panaderías y reposterías en Argel es recorrer el Paseo Bolívar de “La Arenosa”, el centro de Sincelejo o Montería, en donde la forma de exhibir los productos y la decoración colorida y barroca de las tortas solo cambia de lugar.

Mamules rellenos de guayaba, panes árabes con dulce de coco, pastillas convertidas en empanadas y arepas de maíz rellenas de huevo, carne o pollo bien condimentadas, friche guajiro o tayin de cordero, se cocinan en diferentes “Calderos”, pero comparten especias y una particular sazón que las hermana.

En el maravilloso caos de los mercados y centros atiborrados de productos, de voces ofertando al precio más bajo las imitaciones de las grandes marcas de calzados, ropa y tecnología. Chuzos, pinchos, kebabs o brochetas, arepas aquí, tortas de sémola allá. Rostros pintados y mantas guajiras por el sol incandescente del desierto. Rostros cubiertos por el rito Islámico que canta rezos desde el amanecer hasta la puesta de sol.

Medinas de pasajes iluminadas con lámparas de aceite, de alfombras mágicas aterrizadas por el regateo del precio justo. Comercio interminable de telas, fragancias y cerámicas, de bronce y bisutería. Música de sinuosos vientres, tambores que alegran caderas descubiertas, zamures, cítaras, clarinetes y acordeones. Puertos que reciben y despiden. Pescados, mariscos, moluscos extendidos en los mesones del mercado…

¿Estoy en el mercado de granos de Curramba o en Zouk de Rabat? ¿En la tienda de Don Abraham o en el Depósito la Magola? ¿En la kasbah de Argel o en el Patio del Hotel Majestic de Barranquilla?

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Más allá de homonimias de formas, la idiosincrasia de la cultura árabe está impresa en el “alma” de Colombia, especialmente de sus costas y regiones orientales como los santanderes.

Quibbeh, carimañola, suero, labne, tahine, bolas de ajonjolí se exhiben humildemente sobre los andenes o en palanganas sobre erguidas cabezas… Dicen que el mejor pan árabe del mundo lo prepara un Sr. Barguil en Cerete Córdoba, en un horno de ladrillo y barro, cocido con leña. Que los mejores quibbes se disputan entre Deyanira y la Viuda de Chaar en la misma población.

Que los muebles más finos hechos en cedro libanes con incrustaciones de nácar pertenecen a la familia Jattin-Chadid de Lorica. Que los mejores restaurantes árabes tradicionales se pueden degustar entre Barranquilla y Cartagena. Que Maicao tiene la segunda mezquita más grande de Sudamérica. Que el sistema de libranzas fue un aporte árabe al comercio de nuestras tierras… ¡Y, todo eso, es cierto! Porque la comunidad árabe en Colombia procedente principalmente de Líbano, Siria y Palestina vino para quedarse y echar raíces profundas, tan hondas que muchos bailan mejor ballenato y cumbia que los propios.

Aunque la influencia vino mucho antes de las migraciones de la primera guerra mundial. Los Españoles portan en sus costumbres, culinaria y tradiciones el legado árabe del Norte de África. Gran parte de la cocina de las costas pacífica y caribe son de origen afro-descendiente. El patrimonio cultural y memorial de esta población que ocupa el primer lugar en tasas migratorias (forzadas en sus inicios) es uno de los más grandes aportes y pilares que define la identidad de la cocina colombiana.

Recetas como la Boronia (Ensalada de berenjenas con plátano y guiso), cuya raíz se deriva del vocablo árabe Al’Boroni que significa berenjena o los guisos del Pacífico con hierbas de azotea (Orégano, albahaca morada, Cilantro cimarrón y Menta) representan la pluralidad de las viandas de la región del Magreb.

Es indiscutible que Colombia es un país de cocinas regionales. Símbolos como: caldero, guiso aromático, especias como pimienta, comino, clavos y canela. Cremas untuosas como el suero y en valores intrínsecos como la hospitalidad y la mesa compartida unifican los matices multiétnicos de aportes indígenas, blancos, afro-descendientes y árabes.

Que los intercambios culturales a través de la cocina siga impulsada por los vientos que mueven al tiempo pero en distintos lugares las palmas de dátiles y las de corozo.

Por Alex Quessep
Con información de Confidencial Colombia

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La Bogotá de los árabes

Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel - El Espectador
Alí Nassar conversa con su hija frente a su negocio en el centro de Bogotá ©Luis Ángel – El Espectador

En la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, hay una pequeña zona donde la comunidad árabe de Bogotá rehizo su vida con el comercio.

Incrustado en el centro de Bogotá hay un almacén que se llama Pequeño París, pero su dueño es de Ramallah, una ciudad Palestina. A Hassan Alí le pertenecen esa y otras tres tiendas de ropa ubicadas en la misma cuadra. Parado detrás del inmenso mostrador de su local principal, con un impecable traje azul oscuro con delgadas rayas beige, Hassan no parece tener 65 años de edad. Ni su cabeza completamente cana lo delata. Sólo cuando empieza a narrar su historia da la impresión de que ha vivido un siglo.

Cuenta que llegó a Bogotá en 1976, escapando de la escasez que azotó a Palestina debido al conflicto árabe-israelí, que se desató cuando se creó el Estado de Israel en 1948. Empezó su vida en Colombia a los 22 años, vendiendo cobijas en la calle, y hoy tiene cuatro locales mayoristas.

Al lado de Pequeño París, a dos cuadras de la Plaza de Bolívar, hay una serie de tiendas en las que la comunidad árabe ha vendido por décadas. A simple vista parece una cuadra comercial como muchas otras: las coloridas telas, cobijas, manteles y sábanas que cuelgan en la puerta de los almacenes ondean suavemente con la brisa. Unos maltrechos maniquíes, a veces sin nariz o brazos, exhiben abombados vestidos blancos y oscuros trajes de paño en vitrinas decoradas con flores de papel crepé. Un sector muy común. Pero si se mira con más detenimiento, se verá que esa es la Bogotá de los árabes.

¿A qué árabes me refiero? ¿A los de Palestina, como Hassan y su familia? ¿A los de Irak, los de Siria o Líbano? A todos. A todos los que por razones económicas, sociales o religiosas tuvieron que dejar su tierra y embarcarse hacia al extraño mundo occidental. Contar la historia de la inmigración árabe a Bogotá es narrar cómo se desarrolló esta colorida y multifacética ciudad creada con retazos de múltiples culturas. Para historiadores como Louise Fawcett, entre los extranjeros venidos a Colombia desde la Independencia los árabes constituyen el segundo grupo más numeroso, luego de los españoles. Se estima que entre los años 1890 y 1930 migraron entre 5.000 y 10.000 árabes al territorio colombiano. Por esta razón, su influencia en el idioma, la religión y los negocios también es grande.

La inmigración empezó en 1880, cuando llegaron turcos que huían de la persecución religiosa que se desató en el Imperio otomano. Los árabes cristianos migraban hacia países como Estados Unidos o Argentina. Pero a veces, más por azar o equivocación que por planeación, llegaban a Colombia. La mayoría se quedaba en las ciudades costeras, como Barranquilla, con la añoranza de regresar a su tierra. Otros buscaban una embarcación que los llevara por el río Magdalena hasta La Dorada, de allí a Girardot y finalmente a Bogotá.

Desde ese primer período de inmigración hasta hoy ha pasado más de un siglo, y todos esos pioneros cumplieron su cometido de volver a su patria o continuaron hacia otros lugares, algo que el teórico de las migraciones Sélim Abou llama la “eterna utopía de una tierra prometida”. Pero los nietos y sobrinos de esa primera generación escucharon historias de un país suramericano llamado Colombia y por eso hubo otros dos períodos en los que vinieron al país. Es por eso que Hassan llegó a Colombia. Y es por eso que todavía hay una calle en el centro de la capital que tiene tiendas con nombres como Almacén La Palestina, Alí Babá Parrilla y Nofal e Hijos.

Hassan recuerda que llegó a Bogotá sin estudios, sin familia ni dinero para montar un negocio. “Iba para Venezuela, pero por un error en el vuelo terminé en Bogotá. Recordé que mi tío había vivido aquí en la década de los 50 y nos contaba historias sobre esta ciudad, así que me quedé”.

Empezó a aprender español mientras vendía cobijas y sábanas puerta a puerta por los barrios bogotanos. Así pasó 16 años. Cuando tuvo suficientes clientes y confianza con los proveedores, pidió un crédito y abrió su primer almacén. Lo hizo en la carrera Novena, entre las calles 11 y 14, por la misma razón que lo habían hecho otros árabes antes que él: porque los locales le pertenecían a la Beneficencia de Cundinamarca y los arriendos eran económicos. Pero, aun con las facilidades del crédito y el arriendo barato, pasaron dos años en los que el negocio sólo le alcanzaba para pagar los gastos.

Esos años pasaron. Ahora se apoya sobre el mostrador y lanza una carcajada mientras recuerda todo lo que le costó tener una clientela habitual. “Hoy en día todo va más rápido. Mire, mi hijo menor de 23 años acaba de abrir un local aquí al lado y ya lo llenó. Venga se lo presento”.

Sale de la tienda y camina con las manos en los bolsillos. Sólo las saca para señalar los letreros de sus almacenes. “Ese se llama Lina Linda, porque así se llama una de mis hijas. El otro se llama Sara Linda, porque me gusta ese nombre”.

Hassan tuvo pocos hijos, sólo cuatro. Pocos comparados con la familia Nofal: son siete. Cuando sus hijos eran pequeños los mandó para Palestina para que aprendieran el idioma y no olvidaran su religión. Se veían cada año por veinte días o un mes. Gracias a ese esfuerzo, todos sus hijos crecieron con respeto hacia la cultura árabe y la religión musulmana.

En la tienda de Ahmed, el hijo menor de Hassan, hay fotos de toda la familia pegadas en la pared. El muchacho saluda efusivamente y cuenta que desde hace unos años las tiendas de la cuadra dejaron de vender sólo telas y empezaron a comerciar productos terminados. “Deja mejor ganancia”.

Después de mostrar con orgullo los logros de su hijo, Hassan continúa su recorrido por la cuadra. Saluda a los dueños de las demás tiendas con una corta inclinación de cabeza y un “As-salamu alaikum”, “que Dios te dé protección y seguridad”. “Antes había mucha familia acá. Más de cien hogares árabes tenían sus negocios en esta zona. Ahora quedamos pocos, creo que no más de veinte”. El resto se fueron para Estados Unidos, Canadá, Panamá… la eterna utopía.

Caminando nos encontramos con Cais Nofal, el hijo mayor de Alí Nofal, uno de los comerciantes más antiguos de la zona. Su familia tiene seis almacenes en esa cuadra. Él también saluda con una pequeña inclinación de la cabeza a los amigos que disfrutan los últimos rayos de sol sentados a la entrada de sus negocios o charlando con los policías que custodian la zona. Acepta contarnos cómo fue crecer entre Colombia y Palestina.

Sin prisa camina hasta el almacén que administra y se sienta detrás de un pequeño mostrador de vidrio. El techo del local está unos cinco metros por encima del suelo y hasta allá llegan las cajas apiladas. Hay zapatos, vestidos, chaquetas, accesorios… todo lo que un bogotano promedio podría necesitar para un bautizo, primera comunión, baby shower, colegio, matrimonio o cualquier otro evento formal. Allí, entre la obra de vida de su padre, cuenta su historia.

“Nací en Colombia, pero nos fuimos para Palestina en el año 2000. Viví una etapa clave allá. La juventud fue cuando mi vida empezó a cobrar sentido. Por eso desarrollé un arraigo tan profundo hacia Palestina, la tierra de mis padres y de mis abuelos. Cuando llegamos empezó el levantamiento Intifada Al Aqsa, cuando los palestinos reclamaban Jerusalén como territorio árabe. Vivimos cosas difíciles. Al principio nos daba miedo salir a la calle, pero después nos acostumbramos y entendimos la cultura. Estuve seis años allá y en 2006 me fui para Cuba a estudiar medicina. Por mi labor como médico me gustaría volver a ayudar a mi gente”. Cais se casará este año y afirma que también criará a sus hijos en Palestina.

Cais y Hassan están de acuerdo en que el secreto del éxito de sus negocios radica en su perseverancia. Ambas familias llevan 25 años en el sector y han construido el comercio poco a poco. Hassan enfatiza la importancia de los amigos en los negocios. “La palabra vale más que el dinero”, dice una y otra vez. Con esto quiere decir que un negocio sale adelante con un buena vida crediticia. “Si los proveedores creen en su palabra, si le dan crédito aún cuando el mes no está bueno, el negocio sale adelante”.

Lejos de mimetizarse, de hacerse una con la ciudad, la comunidad árabe de Bogotá mantiene sus costumbres, sus creencias y sus locales. Es un retazo cultural más de los que componen la diversa capital.

Por Susana Noguera Montoya
Con información de El Espectador

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